Año VI
La Habana

20 al 26
de OCTUBRE
de 2007

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Meditación en la séptima puerta:
Alrededor de Los siete contra Tebas

Norge Espinosa • La Habana

 

…por supuesto, para Antón Arrufat 

Para quienes hemos querido estar, saber y ahondar en la historia del teatro cubano contemporáneo, se han ido sucediendo claridades y enigmas. Heredando el peso de una dramaturgia que ha ganado poco a poco su esplendor, su espesura, hemos podido trazar una geografía aún incierta de la cual, sin embargo, algunas cimas y abismos son ya visibles. Cimas que parecen inconquistables; abismos sobre los cuales quisiéramos tender un rápido manto, un silencio capaz de redimirnos. Con todo, la claridad ha sido —al menos para la dramaturgia nuestra— el signo de los últimos días, revelándose a través de una diversidad temática y un afán de polémica al parecer lo suficientemente rotundo como para dejarnos pensar que los abismos son cosa ya lejana. Pero antes de afirmar cosa parecida no estaría de más recordar que todo (y no me refiero aquí solamente al mundo del Teatro), es cosa aparente. Aparente y apariencia: duda y pasmo. Si la espesura de la que hablaba ha ganado no poco con el retorno, desde principios de la década, de nombres que parecían insustituibles, de rostros que parecían arrancados de modo definitivo a estas páginas; quedan aún algunos puntos en el mapa lo suficientemente oscuros como para que no podamos cruzar sobre ellos con la misma liviandad de quien atraviesa un campo. Sitios y páramos que son más de los que podemos recordar, que permanecen descubiertos como para evitarnos el sueño, la modorra, la quietud. Y en los que aún se guarda, celosamente, la clave de no pocas de las motivaciones que ahora reaparecen en nuestra escena como  elementos novedosos y plenos de gracias, como osadía que ahora puede extenderse, sin demasiado temor a ser tronchada y castigada. Amargo es detenerse en esos abismos. Pero mucho mas amargo es ignorarlos. 

II 

La obra dramatúrgica de Antón Arrufat es, desde que el director Julio Mata estrenara el El caso se investiga, una referencia obligada en la historia teatral de la Isla —frase que imagino lo mucho que a esta escritor lo divierte. Sus grandes preocupaciones (la Muerte y el Tiempo) reaparecen una y otra vez en las piezas que desde finales de los años 50: la nunca bien llorada época de las salitas, comenzaron a acumularse en la memoria del dichoso y raro espectador que aplaudía esos montajes. A pesar de que su teatro parecía “más construido que vivido” —frase que también sospecho cuánto le hace reír—, Antón era capaz de convencer con sus diálogos trazados con una lúcida ilogicidad y una limpieza filosófica hilarante. Un teatro donde hasta las ambiciones del autor parecían mesuradas, donde el tono de cámara se hace casi palpable y donde los más graves asuntos son tratados con una frialdad pasmosa, capaz de arrebatarles toda grandeza. Un Teatro Aparente.

Confieso haber leído con  fruición esas piezas. Confieso que no todas me gustan, que algunas me parecen ya condenadas por el Tiempo, el mismo que Arrufat no deja de mencionar, transformándolos en una materia casi insoportable. Y más aún, confieso haber llegado a su obra más trascendente por motivos demasiados pueriles, por un azar y no por un empeño. Así, leí finalmente Los siete contra Tebas después de una conversación, en la cual se me describió la pieza como algo que debía ser conocido no por su valor intrínsico sino por haber sido piedra de escándalo. Pero tengo una atenuante salvadora: al leerla por primera vez no tenía más de 19 años, una edad en la que todos ansiamos el escándalo. Y otra, acaso mucho más resistente: la lectura de Los siete contra Tebas me reveló, de un solo golpe, los peligros que pueden caer sobre nosotros si no nos aventuramos de modo cauteloso en el siempre escabroso juego de las apariencias.

Seré sincero: una vez cerrado el libro no entendí el por qué. No vi la burla, la razón del escándalo, el lanzazo en el costado. Había leído una obra hermosa, espléndidamente escrita, cuya valentía mayor creí descubrirla en el modo con que se enfrentaba a un clásico, proponiendo variaciones y sutilezas capaces de (aparentemente) contemporaneizarlo. Pero, ¿hasta dónde? ¿Cuál era el resorte, el doble fondo que ocultaban aquellos versos magníficos, que yo no alcazaba a ver? Necesité un poco más de tiempo para saberlo: tenía solamente 19 años.

Fragmento del prólogo a Los siete contra Tebas de Ediciones Alarcos 2001.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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