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…por supuesto, para Antón
Arrufat
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Para quienes hemos querido estar, saber
y ahondar en la historia del teatro
cubano contemporáneo, se han ido
sucediendo claridades y enigmas.
Heredando el peso de una dramaturgia que
ha ganado poco a poco su esplendor, su
espesura, hemos podido trazar una
geografía aún incierta de la cual, sin
embargo, algunas cimas y abismos son ya
visibles. Cimas que parecen
inconquistables; abismos sobre los
cuales quisiéramos tender un rápido
manto, un silencio capaz de redimirnos.
Con todo, la claridad ha sido —al menos
para la dramaturgia nuestra— el signo de
los últimos días, revelándose a través
de una diversidad temática y un afán de
polémica al parecer lo suficientemente
rotundo como para dejarnos pensar que
los abismos son cosa ya lejana. Pero
antes de afirmar cosa parecida no
estaría de más recordar que todo (y no
me refiero aquí solamente al mundo del
Teatro), es cosa aparente. Aparente y
apariencia: duda y pasmo. Si la
espesura de la que hablaba ha ganado
no poco con el retorno, desde principios
de la década, de nombres que parecían
insustituibles, de rostros que parecían
arrancados de modo definitivo a estas
páginas; quedan aún algunos puntos en el
mapa lo suficientemente oscuros como
para que no podamos cruzar sobre ellos
con la misma liviandad de quien
atraviesa un campo. Sitios y páramos que
son más de los que podemos recordar, que
permanecen descubiertos como para
evitarnos el sueño, la modorra, la
quietud. Y en los que aún se guarda,
celosamente, la clave de no pocas de las
motivaciones que ahora reaparecen en
nuestra escena como elementos novedosos
y plenos de gracias, como osadía que
ahora puede extenderse, sin demasiado
temor a ser tronchada y castigada.
Amargo es detenerse en esos abismos.
Pero mucho mas amargo es ignorarlos.
II
La obra dramatúrgica de Antón Arrufat
es, desde que el director Julio Mata
estrenara el El caso se investiga,
una referencia obligada en la historia
teatral de la Isla —frase que imagino lo
mucho que a esta escritor lo divierte.
Sus grandes preocupaciones (la Muerte y
el Tiempo) reaparecen una y otra vez en
las piezas que desde finales de los años
50: la nunca bien llorada época de
las salitas, comenzaron a acumularse
en la memoria del dichoso y raro
espectador que aplaudía esos montajes. A
pesar de que su teatro parecía “más
construido que vivido” —frase que
también sospecho cuánto le hace reír—,
Antón era capaz de convencer con sus
diálogos trazados con una lúcida
ilogicidad y una limpieza filosófica
hilarante. Un teatro donde hasta las
ambiciones del autor parecían mesuradas,
donde el tono de cámara se hace
casi palpable y donde los más graves
asuntos son tratados con una frialdad
pasmosa, capaz de arrebatarles toda
grandeza. Un Teatro Aparente.
Confieso haber leído con fruición esas
piezas. Confieso que no todas me gustan,
que algunas me parecen ya condenadas por
el Tiempo, el mismo que Arrufat no deja
de mencionar, transformándolos en una
materia casi insoportable. Y más aún,
confieso haber llegado a su obra más
trascendente por motivos demasiados
pueriles, por un azar y no por un
empeño. Así, leí finalmente Los siete
contra Tebas después de una
conversación, en la cual se me describió
la pieza como algo que debía ser
conocido no por su valor intrínsico sino
por haber sido piedra de escándalo. Pero
tengo una atenuante salvadora: al leerla
por primera vez no tenía más de 19 años,
una edad en la que todos ansiamos el
escándalo. Y otra, acaso mucho más
resistente: la lectura de Los siete
contra Tebas me reveló, de un solo
golpe, los peligros que pueden caer
sobre nosotros si no nos aventuramos de
modo cauteloso en el siempre escabroso
juego de las apariencias.
Seré sincero: una vez cerrado el libro
no entendí el por qué. No vi la burla,
la razón del escándalo, el lanzazo en el
costado. Había leído una obra hermosa,
espléndidamente escrita, cuya valentía
mayor creí descubrirla en el modo con
que se enfrentaba a un clásico,
proponiendo variaciones y sutilezas
capaces de (aparentemente)
contemporaneizarlo. Pero, ¿hasta dónde?
¿Cuál era el resorte, el doble fondo que
ocultaban aquellos versos magníficos,
que yo no alcazaba a ver? Necesité un
poco más de tiempo para saberlo: tenía
solamente 19 años.
Fragmento del prólogo a
Los siete contra Tebas de Ediciones Alarcos 2001. |