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Como concepto científico la raza no
existe. Es una construcción social. Sin
embargo, pregúntesele a cualquier
ciudadano honesto que le haya tocado
vivir en la República.
En un mundo como el que vivimos hoy, los
temas no pueden ser ignorados, mucho
menos cuando de hurgar en nuestro pasado
se trata, porque nos pueden controlar el
presente y diseñar el futuro a nuestras
espaldas.
Cuba resultó ser un punto neurálgico
para el encuentro entre el viejo y el
nuevo mundo, desempeñando un papel
fundamental en el diseño de un modelo de
sociedad, que permitiera entrar en la
modernidad, pero conservando los
mecanismos de explotación heredados del
viejo mundo. Trayendo todo ello como
resultado que ese nuevo mundo en muchas
cosas resultara ser más antiguo que el
viejo. Tal situación se puede observar
claramente en lo dilatado que fue el
proceso de abolición de la esclavitud y
el tránsito del trabajo esclavo al
asalariado dentro de la producción
azucarera cubana y en la resistencia que
hizo España para abandonar su “siempre
fiel Isla de Cuba".
En particular, el asunto de los
prejuicios y estereotipos negativos, la
discriminación y el racismo contra los
no blancos, y en particular contra los
negros, cruzó de la colonia a la
República, sin que se hubiese avanzado
prácticamente nada en su solución, a
pesar de las cruentas batallas libradas
por la independencia de la Isla. Es que
no es difícil percatarse de que la
propia marginación republicana contra
los negros empezó a vislumbrarse aun
antes de la fundación misma de la
República. En particular, entre otras
cosas, porque se juntaron los racistas
de las dos orillas del
estrecho de La Florida. El
racismo que ya los no blancos sufrían en
Cuba, con la intervención norteamericana
en Cuba, se reforzó.
Para entender la cuestión racial en Cuba
es necesario, diríamos insoslayable,
tomar en consideración tres antecedentes
de suma importancia: la esclavitud, con
su amplia gama de consecuencias, hasta
sicológicas; el peso relevante que tuvo
el problema racial en lo económico, lo
político, lo social, lo ideológico, lo
cultural y hasta en lo demográfico, con
el síndrome del “Miedo al negro”. Un
tercer antecedente, lo fue el largo
tiempo que transcurrió hasta la
abolición de la esclavitud en 1886;
penúltimo acto de abolición en el
Hemisferio Occidental. Acontecimiento
este último que tuvo una repercusión muy
fuerte a corto y largo plazo en la
situación del negro dentro de la
sociedad cubana. Reflejándose aun en los
fuertes residuos de la herencia de una
cultura racista, que todavía nos golpea
fuertemente.
Adicionalmente, los asuntos básicos que
explican ese tránsito tan nefasto de la
colonia a la República son: primero, no
fueron las fuerzas progresistas y
revolucionarias del independentismo las
que lideraron el final de la contienda
por la independencia; segundo, los
interventores norteamericanos con sus
aliados del patio fueron los que
finalmente modelaron la situación a
partir de la segunda mitad de 1898,
diseñando el tránsito hacia una
República que fue impuesta a partir de
1902. Con un tránsito por el
Protectorado que, me inclino a pensar,
sirvió para reubicar y refacturar
ideológicamente a buena parte de las
fuerzas políticas más radicales, así
como a dictar las pautas que debían
caracterizar a la República neocolonial,
como primer experimento hemisférico del
imperialismo yanqui, hasta llevarlo al
anhelado modelo de Democracia
Representativa que comenzó a
caracterizar a Cuba después. Tal y como
se pretendió por EE.UU., mucho antes, al
exigir a España darle la Autonomía a
Cuba, antes de que ellos intervinieran
definitivamente en la Isla.
En medio de tal situación, todo lo que
blancos, negros y mestizos, bajo el
proyecto martiano, habían hecho para
forjar la República “con todos y para el
bien de todos" se frustró.
En particular, los negros y mestizos
cubanos no habían tenido otro proyecto
emancipador que el liderado por José
Martí, Gómez y Maceo. Por tanto, al
frustrarse ese proyecto, todo se vino
abajo para ellos. A diferencia de lo
ocurrido en los EE.UU., los negros
cubanos habían combatido siempre desde
la patria anhelada y no tenían un
proyecto de retorno a África. Más bien,
tenían aun que luchar mucho para que se
les considerase cubanos, ante el peligro
de que los devolvieran a África, por no
considerarlos como tal.
Entonces, con la intervención yanqui a
partir de 1898, el racismo y la
discriminación se fortalecieron y
paradójicamente, de ello no se salvó ni
siquiera el propio sector más poderoso
de la burguesía criolla, que apoyó la
intervención, pues se percató, de que
bajo las reglas norteamericanas, ella
tampoco era blanca, por ser hispana.
Precio que ahora paga con creces,
diferenciándose profundamente del resto
de los hispanos en los EE.UU. del siglo
XXI.
La población negra y mestiza fue muy
agredida durante la República por parte
de los gobernantes de turno y los
siempre interventores blancos.
Escribía Leonardo Wood al presidente
Mekinley “…. Estamos tratando con una
raza que ha ido cayendo por cientos de
años y en la cual tenemos que inculcar
nueva vida, nuevos principios y nuevos
métodos de hacer las cosas…”.
Esto no podría ser de otro modo,
explicaba Wood, porque según este señor,
“...después de ser inundada durante
siglos con los deshechos de la sociedad
española, la isla tiene demasiada
'sangre mezclada' para entrar
exitosamente en el concierto de las
naciones civilizadas”. Por lo que solo
de la mano de EE.UU., y después de
“blanquearla” podría ser admitida.
Según Charles Davenport, un influyente
genetista de la época, “los mulatos
combinaban ambición con la insuficiencia
intelectual, haciendo de ellos híbridos
infelices propensos a romper el orden
social armónico”.
Incluso, muchos que no compartían estos
puntos de vista tan negativos sobre la
población de la Isla, estaban de acuerdo
en que los cubanos eran perezosos,
infantiles, incompetentes y afectados
por un agudo sentido de inferioridad.
De tal modo que los maestros que
visitaron la Universidad de Harvard en
1901, fueron descritos “como niños
crecidos que no podían entender la
importancia de lo que veían”.
La República consideraba a los negros
como ciudadanos desde 1901, según
constaba en el artículo Undécimo,
Sección IV de la carta magna, pero en la
práctica ello chocaba con los intereses
clasistas y los prejuicios raciales, que
no diferenciaban mucho la situación de
la existente durante el período
colonial. De modo que las personas no
blancas continuaban siendo uno de los
grupos más marginados por la sociedad
burguesa, al formar este parte en su
inmensa mayoría de los sectores sociales
más humildes y pobres del país. Al mismo
tiempo, los amos extranjeros y los
cubanos blancos gobernantes empleaban la
ideología racista junto con el mito de
igualdad racial, heredado del
nacionalismo para subordinar y reprimir
a los negros y mestizos, junto a la
insistencia por ocultar, manipular y
hacer olvidar el pasado glorioso que
había tendido a unirlos durante la
contienda por la independencia.
Para la población no blanca, negra en
particular, resultaba muy difícil
subvertir su estado de frustración
haciéndoles entender a sus compatriotas
blancos que protestar enérgicamente por
su situación no significaba ser
racista, antiblanco, antipatriótico o
enemigo de la nación. Pues se trataba
solo de que los negros y mestizos
simplemente reclamaban sus derechos
respecto a lograr disfrutar en igualdad
de condiciones del poder, la riqueza y
las oportunidades laborales. Todo lo
cual resultaba muy difícil, porque las
elites trataban de imponer siempre un
ambiente dentro del cual la protesta se
veía como una agresión al ambiente de
convivencia racial que las elites de
poder propugnaban.
Esa visión del cubano, basada en la
noción de superioridad racial
anglosajona, subsistió en el trato del
interventor norteamericano hacia Cuba
durante toda la República; de modo que
la Embajada norteamericana en La Habana
decía, refiriéndose a los políticos
cubanos, que compartían con ellos la
administración de la Isla, “… poseen el
encanto superficial de niños astutos,
mimados por la naturaleza y la
geografía, pero bajo la superficie
combinan las peores características de
la mezcla desafortunada de la cultura
española y negra, la pereza, crueldad,
inconstancia, irresponsabilidad y
deshonestidad innata”.
Por todo lo cual, se enfatizaba que la
Isla y los negros en particular tenían
que someterse al poder blanco en la
República, siendo este el complemento
perfecto en el orden cultural, de la
intervención y el control económico y
político que ya EE.UU. ejercía sobre
Cuba, y que los oligarcas del patio le
ayudaron a mantener, aun a costa de un
acto de masacre como el que tuvo lugar
contra los miembros del Partido
Independiente de Color en 1912.
Al ser tan controvertido el tema racial,
este siempre despertó el interés de
muchos intelectuales negros, mestizos y
blancos también, que lo abordaron en la
prensa. Aunque también parte de la
prensa sirvió para atacar a los negros y
mestizos en sus luchas por ocupar
espacio dentro de la sociedad cubana.
Situación esta última de la que fue un
ejemplo destacado la furibunda y
criminal campaña desatada contra los
independientes de color y contra los
negros en general, durante los años
1908-1912 especialmente.
A su vez, la ocupación y su influencia
en los asuntos internos cubanos,
facilitó la transmisión de las ideas
“científicas” norteamericanas acerca de
la raza, basificadas todas en el llamado
“racismo biológico”; así se esgrimían
las denominadas “leyes de la herencia”,
y se aplicaban programas de
esterilización como la única solución
viable a la creciente criminalidad. Por
supuesto, tal criminalidad provenía de
los no blancos y de los negros en
particular, siempre caracterizados como
los “brujos”, dispuestos a los
sacrificios humanos, o los violadores de
muchachas blancas.
Por lo cual, transformación radical de
la composición racial de la población
cubana, como se deseaba, solo podía
lograrse, según pensaban mediante la
inmigración selectiva, al mismo tiempo
que se esperaba que el bajo crecimiento
natural de la población negra supusiera
su eventual desaparición. De modo que,
como en la época de José A. Saco, el
negro no tenía cabida dentro de la Isla
y se esperaba que de algún modo
desapareciese, dando paso al
blanqueamiento. Centro del principio
propuesto por este pensador de
“blanquear, blanquear, blanquear y luego
hacernos respetar”.
Paradójicamente, los negros y mestizos,
que habían estado dispuestos a dar su
vida por la independencia, ahora su
supervivencia se veía amenazada por
aquellos mismos contra los que habían
tenido que batirse en la manigua, porque
una deseada inmigración blanca y
católica, procedente de la península
Ibérica, les quitaba las tierras y los
mejores empleos.
Fue solo bajo las fuertes presiones de
las compañías azucareras norteamericanas
que el gobierno cubano aceptó la
inmigración de braceros antillanos,
porque, en definitiva, negocio es
negocio y a este último el cinismo le
cuadra muy bien.
Es que para muchos blancos, con el
problema de la “raza” lo que estaba en
juego era nada menos que el futuro
racial y cultural de la Isla, pues la
gran tragedia de Cuba, según ellos, era
su “africanización” creciente. Por lo
cual, África, una de las fuentes
nutricias principales de la identidad
cubana, debía ser borrada de la Isla,
física y culturalmente.
De todos modos, dos atributos de las
ideologías raciales dominantes,
justificaban entonces el carácter
indeseable del inmigrante antillano: su
supuesta propensión al crimen y la
práctica de creencias religiosas
primitivas. Ambas ligadas al color de la
piel de estos inmigrantes
desfavorecidos. En el trasfondo, el
racismo actuando.
Más tarde, “Gerardo Machado, en sus
discursos frecuentemente mencionaba la
fraternidad racial cubana, firmaba la
ley que declaró duelo nacional el 7 de
diciembre, confirió a Juan G. Gómez la
condecoración más alta de Cuba, la Orden
Carlos Manuel de Céspedes” y se opuso a
la creación del Ku Klux Klan en
Camagüey, ordenando su disolución”.
Los negros permanecían subrepresentados
en la estructura de poder, aunque habían
recobrado cierta visibilidad política.
Gerardo Machado, muy inteligentemente
junto a la clase media no blanca y
apoyándose en el club Atenas, trataba de
dar la imagen de ser un presidente que
simpatizaba con los negros.
Así el 5 de septiembre de 1928, los
representantes de 186 “sociedades de
color”, de toda la Isla, se reunían en
el Teatro Nacional para rendir tributo
al presidente; todo ello, mientras la
oposición a su gobierno crecía.
Imponiendo a su vez una alianza de todos
los partidos, permitiéndose así la
consolidación de un régimen
crecientemente autoritario.
“Pero con una participación irrisoria en
los cargos de la administración pública,
cerradas las puertas de las empresas
privadas a los negros, casi eliminados
de las industrias, que había hecho
Machado realmente por aliviar la
situación de la inmensa mayoría de los
negros.”
Todo era una farsa; mientras los
agrupados en el Club Atenas honraban a
Machado, la mayoría de los negros
luchaban por sobrevivir a las crecientes
precariedades en los umbrales de la
crisis económica de 1929. Con el colapso
bursátil de Wall Street en 1929, y la
tarifa Hawlley-Smoot de 1930, la
economía cubana tocó fondo, agravando
los problemas sociales del país,
viéndose los negros especialmente
perjudicados.
Todo ello produjo un alza de reclamos
por parte de los sectores populares y la
emergencia de una vanguardia política
dispuesta a subvertir la realidad del
país.
Finalmente, tal situación dio al traste
con la dictadura machadista. Situación
dentro de la cual el problema racial
tenía raíces muy profundas, por lo que
no podía pasar desapercibido, deviniendo
asunto de fuertes reclamos dentro del
período de los años 40.
Aunque hubo sus excepciones de un lado y
otro, lo que caracterizaba la situación
era que los negros no podían acceder a
lugares públicos exclusivos para blancos
y viceversa. Además, hubo asociaciones a
las cuales solo podían asistir
mestizos.
El famoso Habana Yatch Club solo podía
ser visitado por los blancos de la alta
sociedad. De otro lado, en el Club
Atenas, solo entraban negros de buena
posición económica y también
profesionales de prestigio negros,
mestizos y blancos.
En tales circuitos sociales se
manifestaban claramente los problemas
socioclasistas y raciales entre blancos
y no blancos, visualizándose también las
diferencias de clase al interior de cada
grupo.
El carácter elitista de las asociaciones
arriba mencionadas contrasta con lo que
sucedía en otro tipo de agrupaciones
sociales, como las que han descrito en
sus investigaciones las investigadoras
Carmen Victoria Montejo, Lucila Bejerano
y Edita Caveda Román. Según estas
investigadoras, existía una amplia gama
de sociedades de Instrucción y Recreo,
así como otras organizadas según los
intereses de individuos de la más
diversa extracción social y racial.
Según el investigador Tomás Robayna, el
movimiento social de los negros y
mestizos en Cuba se caracterizó por
realizar demandas para lograr la
igualdad, pero no con la finalidad de
favorecer a los negros por encima del
resto.
La limitada intervención estatal, por su
parte, abría espacios significativos
para la discriminación racial; pero
cuando el estado intervenía lo hacía
para consolidar y expandir las
divisiones raciales y étnicas en la
esfera del empleo. Por lo que el estado
en su quehacer no contribuía para nada a
equilibrar las diferencias, aun dejando
al margen la corrupción que
caracterizaba su actuación.
El negro emigraba, más bien huía legal o
ilegalmente de la hacienda azucarera y
del campo en general y encontraba
refugio en los peores barrios de las
ciudades.
Falta aún mucho por hacer para tener una
historia social del negro, que nos
permita visualizarlo en su decursar por
la vida de la sociedad cubana. Con el
blanco no ocurre lo mismo.
Al negro lo vimos llegar en los barcos
negreros; mercancía humana en la plaza
pública, devenir esclavo de la
plantación y doméstico, en el cepo, en
los cabildos y demás organizaciones
sociales en la República, luchar por
adquirir su libertad; como cimarrón,
encontraba una alternativa de libertad
enrolándose en el mambisado. Si tenía
suerte, hallaba un empleo en la ciudad,
si tenía alguna capacidad se hacía
artesano, asumiendo aquellas actividades
laborales indignas para los
peninsulares. Aparecía engrosando las
filas de los obreros peor pagados, en
los muelles y el trasiego de mercancías.
Después ocupaba a veces posiciones
dentro de la política. Pero, en
realidad, hay muchos baches y
desconocimiento en ese decursar, que nos
permita conocer realmente su historia.
La desigualdad racial en Cuba
permanecía, siguiendo la tendencia
latinoamericana, esta se trasladaba de
los sectores masivos de la economía
hacia los más deseables.
La raza continuó siendo un obstáculo
para acceder a las profesiones.
Las diferencias salariales, asociadas al
color de la piel no eran muy grandes
entre los trabajadores manuales pero
aumentaban significativamente entre los
profesionales, sector además en el que
los negros estaban mucho menos
representados.
La meritocracia, sobre la base de la
cual funcionaba la sociedad republicana,
siempre fue invocada para minimizar la
participación de los negros y los
blancos pobres dentro de la
administración pública o en las empresas
y oficinas del sector privado.
En medio de ello la Educación devino un
permanente campo de batalla de la lucha
por alcanzar la igualdad racial.
Pero alcanzar el nivel educacional no
era suficiente, se necesitaban otras
cosas que los negros casi no tenían,
contactos sociales y políticos. Los
clubes de la clase alta y media
facilitaban esos contactos. Pero la
mayoría de los negros no tenían acceso a
esas asociaciones.
En resumen, la Cuba anterior a 1959 era
profundamente racista, los negros
sistemáticamente constituían la base de
una pirámide de jerarquía social, que
compartían con otros pobres, aunque
incluso con desventaja dentro de las
condiciones de pobreza existentes. Ser
negro y pobre se comportaban casi como
equivalentes, y aunque todos los pobres
no eran negros, podían también ser
blancos, sí casi todos los negros eran
pobres. En tal escala, los mulatos
estaban casi siempre un poco mejor.
Los negros resultaban ser casi siempre
los más pobres dentro de los pobres, muy
pocos escapaban a la trampa de la
pobreza. Dentro de las estadísticas
sociales, los blancos siempre ocupan los
sitiales más altos, los mulatos los
intermedios y el negro, salvo pocas
excepciones, siempre está en el sótano.
Pero no había pasividad por parte de la
población no blanca ante la situación de
discriminación racial existente.
"Durante la República muchos estudios
raciales destacaron la vida y
trayectoria política militar de líderes
negros, sobre todo de aquellos que
habían participado en las luchas por la
independencia. Tales estudios eran
producidos principalmente por negros y
llevaban implícita una crítica al lugar
subordinado de estos dentro de la
sociedad cubana. Otras investigaciones
reconocían la participación del negro en
la cultura, aunque casi solo fuese como
parte del folclor nacional."
Después de 1920, bajo el término
“raíces” abundaron los estudios acerca
de los ingredientes africanos, como un
esfuerzo para redefinir el significado
de la cubanidad.
Durante los años 20 se puede decir que
hubo una vigorización de la toma de
conciencia nacional y por eso ha pasado
a la historia como una década en la cual
Cuba se redescubrió e intentó mirarse a
sí misma como país y al unísono comenzó
a cuestionarse y a reformularse su
propia modernidad desde la cultura.
Una de las zonas más importantes de este
movimiento tuvo lugar respecto al
controvertido asunto de la identidad,
porque ese tema sirvió en diversas
ocasiones como punto de partida para
múltiples debates intelectuales. Uno de
esos debates fue el de la problemática
racial, sin que ello sea un proceso que
podamos decir que haya concluido aún,
siendo en el siglo XXI un tema que aún
ofrece motivos suficientes para
continuar sometiéndolo al análisis del
debate intelectual, e incluso político.
El debate sobre raza y racismo en Cuba
tuvo un momento muy significativo a
fines de los años 20 y principios de los
30, cuando apareció en el Diario de
La Marina la sección “Ideales de una
raza", en columna intersemanal y plana
dominical, liderada por Gustavo
Urrutia.
Este debate abarcó el lapso entre 1928 y
1931, cuando el gobierno de Gerardo
Machado entraba en el período de su
máxima expresión represiva. Pues pese a
lo prometedor que parecía Machado,
además último presidente general de la
Guerra de Independencia, en 1924, su
ejercicio de poder devino una de las
dictaduras más sangrientas de la
historia republicana. El “Asno con
garras”, terminaron llamándole.
De toda la lucha de los negros y
mestizos por sus reivindicaciones
civiles, el proyecto cultural “Ideales
de una raza", liderado por Gustavo
Urrutia, desempeñó un papel muy
importante hasta su desaparición en
1931. Tratándose lamentablemente de un
fenómeno insuficientemente investigado
aún.
Entonces, a pesar de las intenciones de
EE. UU. por introducir un apartheid
racial, las guerras de independencia, la
ideología nacionalista y la
sobreviviente imaginación de una
república “con todos y para el bien de
todos”, impidió que las cosas del
racismo pudieran llegar al extremo
deseado por algunos.
En principio, las batallas dentro de la
constitución de 1901 y el sufragio
universal masculino, hicieron de Cuba un
caso único entre los países con una
población de ascendencia africana dentro
de las Américas del despuntar del siglo
XX.
Las fuertes tradiciones revolucionarias
y representar no menos de un 30% de la
población electoral impidieron que los
cubanos no blancos fueran excluidos de
los derechos electorales. Todos los
partidos estaban interesados en
atraerlos a su lado y a los negros y
mestizos se les presentaban algunas
oportunidades.
Era imposible no tomar en cuenta tal
realidad. Aunque de todos modos, pasada
la efervescencia del momento electoral,
casi todo volvía a tomar su nivel, las
promesas de campaña por lo general se
disolvían y la inmensa mayoría de los
negros retornaban al “cuarto de
desahogo”.
En la Educación, donde el acceso
racialmente no estaba impedido, los
negros lograron beneficiarse,
produciéndose la creación de un nutrido
grupo de profesionales negros y
mestizos, que debido a lo precario de su
situación, se distanciaban del resto de
los negros, al mismo tiempo que no les
era fácil encontrar ocupación favorable.
El negro que lograba emerger de la
pobreza, o que por razones de herencia
familiar ocupaba una posición social de
cierta ventaja, se veía conminado a
alejarse del solar, a apartarse de los
negros más pobres y a fundar
asociaciones donde estos últimos no eran
admitidos.
Estos intelectuales abordaban problemas
que preocupaban a todos los negros y
mestizos, pero las distancias se
ampliaban, porque la dinámica
capitalista republicana los absorbía,
obligándolos a mantenerse sutilmente
separados en sus clubes exclusivos a los
que la inmensa mayoría de la población
negra y mestiza no tenía acceso.
Por lo cual, lo que frecuentemente
aparecía como un discurso negro, era en
realidad el discurso de una clase media
no blanca, como expresión más directa de
la lucha de las sociedades de
profesionales de negros y mestizos,
contra la sistemática exclusión de que
les hacía objeto la burguesía blanca.
Pues esta última mantenía un sutil
“cordón sanitario”, alrededor de la
lucha de la inmensa mayoría pobre, de
negros y mestizos en particular, para
evitar a toda costa una posible
radicalización de la clase media, cuya
connivencia con las reglas del sistema
le venía dada por su propia naturaleza
como clase subalterna.
Aunque las acciones colectivas de estos
clubes eran expresión también de que no
era posible esgrimir un discurso
abiertamente racista y excluyente. No
obstante, esos reclamos de la clase
media no blanca, eran objeto de las
continuas manipulaciones y hasta los
escarnios por parte de los sectores
oficiales, tal y como tuvo lugar con el
discurso oportunista y demagógico, del
entonces candidato presidencial Carlos
Prío Socarrás, en el club Atenas, el 5
de mayo de 1948. En el que el entonces
aspirante presidencial, se vendió como
un aliado de las reivindicaciones
raciales.
Tanto en la constitución de 1901, como
en la de 1940, había sido declarada la
discriminación racial como ilegal y
castigable. Sin embargo, no es posible
recordar una sola ocasión, a lo largo de
toda la práctica jurídica de la
República, en que se sancionase a una
persona o sector oficial por ejercer la
discriminación. Tal situación obedecía a
nuestro entender a dos factores
principales: la forma por lo general
encubierta en que la discriminación era
practicada; y por otro lado, la
debilidad de los negros, mestizos y del
corpus social en general para
exigir justicia en este campo.
De modo que durante la asamblea
constituyente de 1940, en medio de un
ambiente favorecido por las realidades
de la II Guerra Mundial, la Carta
magna incluyó principios generales
antidiscriminatorios, incluso, respecto
a ciertas promesas de igualdad ante el
empleo para negros y mestizos, pero se
delegaron los puntos específicos de
acción por parte del gobierno a la
legislación futura y a pesar de la lucha
de algunos comunistas, como Manuel
Bisbé, casi todo ello terminó en el
“saco sin fondo” de la burocracia
parlamentaria del momento.
Finalmente, luego de la expulsión de los
comunistas de la CTC en 1947, el
debilitamiento del movimiento obrero y
la proscripción del Partido comunista en
1952, la causa de la igualdad racial
perdió sus aliados políticos más
importantes, situación que se vio
complementada por la demagogia
batistiana, al conceder algunas
posiciones a los negros dentro del
ejército, tratando de hacer creer a
estos que esa presidencia era la suya.
Claro, como en los años de Morúa Delgado
y Juan Gualberto Gómez, los negros
oficiales podían participar en las
recepciones, pero sin sus esposas y la
elite blanca además se cuidó muy bien de
no ceder las más altas posiciones de la
jerarquía militar.
La República estaba constituida por
todos, una gran masa de pobres negros y
blancos la sostenía, pero ella
garantizaba el bienestar solo para unos
pocos, lo cual rompía la supuesta
coherencia del discurso de la elite
sobre la democracia racial y de la
democracia en general, enfatizando la
necesidad de construir una República
verdadera.
La República, a pesar de toda la lucha,
se debatía dentro de una situación en
que la exclusión abierta y sistemática
de los no blancos y del negro en
particular se comportaba como una acción
permanente.
La visión igualitaria era defendida por
intelectuales radicales, blancos, negros
y mestizos y por el movimiento obrero en
particular, pero los resortes del poder
clasista de una oligarquía nativa y
subalterna del capital financiero
norteamericano, secundada y apoyada
siempre por EE.UU., frustraba todo
cambio real. No era posible un diseño de
República en la que los pobres tuviesen
mayores oportunidades, mucho menos si
esos pobres eran negros y mestizos.
En general la población negra,
mayoritariamente pobre, no disponía de
mecanismos civiles de defensa de sus
intereses, como sector más discriminado
dentro del período republicano. Los
descendientes directos de haitianos y
jamaicanos como los más discriminados,
mucho menos. Estos últimos resultaban
ser dentro de los negros, negros de
segunda categoría.
La conciencia de la identidad racial,
por la que lucharon tantos intelectuales
progresistas, de todos los grupos
raciales, era sumamente importante para
superar la situación de discriminación.
Pero la discriminación ejercida, llevaba
adjunto un complemento adicional que no
proviene solo del estereotipo negativo o
del prejuicio racial, sino de una
conciencia arraigada en las elites
dominantes de que la discriminación
racial puede ser utilizada como un
instrumento de poder.
Por ello, el prejuicio racial y los
estereotipos raciales podían seguir
siendo alimentados dentro de un contexto
social de más altos niveles
educacionales y de cultura.
Por eso en la República, que era más
desarrollada, educacional y
culturalmente que la Colonia, los
prejuicios raciales negativos, la
discriminación racial y el racismo no
cedían espacio; porque estos últimos
no provienen en esencia, simplemente, de
la ignorancia ni de la incultura, sino
de un contexto social en el que la
discriminación racial y todos sus
atributos complementarios, son
utilizados como instrumentos de
dominación, de control social, de
elitismo y de explotación de unas
personas, a las que siempre se les
mantiene en un plano de desventaja
económica, política, social, ideológica
y cultural.
Todo lo cual tiene que ver también con
la no superación de los rasgos de una
sociedad colonial, que al capitalismo
republicano le interesa preservar, bajo
la forma de prejuicios y estereotipos
negativos subyacentes, como interés de
los grupos y clases que los
retroalimentan en el ejercicio del
poder.
De aquí la importancia de mantener y
fortalecer la identidad racial, dentro
de un contexto de universalidad y
antirracismo.
La llegada de los europeos a América no
fue una simple expedición científica,
sino colonial que nos trajo la
esclavitud del negro, de cuyos lastres
aún no hemos logrado liberarnos.
En la República neocolonial
(capitalista) la discriminación racial
no tiene solución, pues se trata de una
sociedad que se sustenta sobre un
desarrollo bipolar, donde las clases
dominantes utilizan la discriminación
racial, en particular y de todo tipo,
como instrumentos de poder, como
complementos de todo el andamiaje social
que les permite sostener el régimen de
explotación existente.
De lo anterior, nuestra experiencia
muestra claramente que no basta acabar
con ese régimen de explotación para
liquidar el racismo. La tarea es
muchísimo más larga y compleja.
Octubre 3 de 2007. |