Año VI
La Habana

13 al 19
de OCTUBRE
de 2007

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Cuba: Raza y República

Esteban Morales Domínguez • La Habana

 

Como concepto científico la raza no existe. Es una construcción social. Sin embargo, pregúntesele a cualquier ciudadano honesto que le haya tocado vivir en la República. 

En un mundo como el que vivimos hoy, los temas no pueden ser ignorados, mucho menos cuando de hurgar en nuestro pasado se trata, porque nos pueden controlar el presente y diseñar el futuro a nuestras espaldas. 

Cuba resultó ser un punto neurálgico para el encuentro entre el viejo y el nuevo mundo, desempeñando un papel fundamental en el diseño de un modelo de sociedad, que permitiera entrar en la modernidad, pero conservando los mecanismos de explotación heredados del viejo mundo. Trayendo todo ello como resultado que ese nuevo mundo en muchas cosas resultara ser más antiguo que el viejo. Tal situación se puede observar claramente en lo dilatado que fue el proceso de abolición de la esclavitud y el tránsito del trabajo esclavo al asalariado dentro de la producción azucarera cubana y en la resistencia que hizo España para abandonar su “siempre fiel Isla de Cuba". 

En particular, el asunto de los prejuicios y estereotipos negativos, la discriminación y el racismo contra los no blancos, y en particular contra los negros, cruzó de la colonia a la República, sin que se hubiese avanzado prácticamente nada en su solución, a pesar de las cruentas batallas libradas por la independencia de la Isla. Es que no es difícil percatarse de que la propia marginación republicana contra los negros empezó a vislumbrarse aun antes de la fundación misma de la República. En particular, entre otras cosas, porque se juntaron los racistas de las dos orillas del estrecho de La Florida. El racismo que ya los no blancos sufrían en Cuba, con la intervención norteamericana en Cuba, se reforzó. 

Para entender la cuestión racial en Cuba es necesario, diríamos insoslayable, tomar en consideración tres antecedentes de suma importancia: la esclavitud, con su amplia gama de consecuencias, hasta sicológicas; el peso relevante que tuvo el problema racial en lo económico, lo político, lo social, lo ideológico, lo cultural y hasta en lo demográfico, con el síndrome del “Miedo al negro”. Un tercer antecedente, lo fue el largo tiempo que transcurrió hasta la abolición de la esclavitud en 1886; penúltimo acto de abolición en el Hemisferio Occidental. Acontecimiento este último que tuvo una repercusión muy fuerte a corto y largo plazo en la situación del negro dentro de la sociedad cubana. Reflejándose aun en los fuertes residuos de la herencia de una cultura racista, que todavía nos golpea fuertemente. 

Adicionalmente, los asuntos básicos que explican ese tránsito tan nefasto de la colonia a la República son: primero, no fueron las fuerzas progresistas y revolucionarias del independentismo las que lideraron el final de la contienda por la independencia; segundo, los interventores norteamericanos con sus aliados del patio fueron los que finalmente modelaron la situación a partir de la segunda mitad de 1898, diseñando el tránsito hacia una República que fue impuesta a partir de 1902. Con un tránsito por el Protectorado que, me inclino a pensar, sirvió para reubicar y refacturar ideológicamente a buena parte de las fuerzas políticas más radicales, así como a dictar las pautas que debían caracterizar a la República neocolonial, como primer experimento hemisférico del imperialismo yanqui, hasta llevarlo al anhelado modelo de Democracia Representativa que comenzó a caracterizar a Cuba después. Tal y como se pretendió por EE.UU., mucho antes, al exigir a España darle la Autonomía a Cuba, antes de que ellos intervinieran definitivamente en la Isla. 

En medio de tal situación, todo lo que blancos, negros y mestizos, bajo el proyecto martiano, habían hecho para forjar la República “con todos y para el bien de todos" se frustró. 

En particular, los negros y mestizos cubanos no habían tenido otro proyecto emancipador que el liderado por José Martí, Gómez y Maceo. Por tanto, al frustrarse ese proyecto, todo se vino abajo para ellos. A diferencia de lo ocurrido en los EE.UU., los negros cubanos habían combatido siempre desde la patria anhelada y no tenían un proyecto de retorno a África. Más bien, tenían aun que luchar mucho para que se les considerase cubanos, ante el peligro de que los devolvieran a África, por no considerarlos como tal. 

Entonces, con la intervención yanqui a partir de 1898, el racismo y la discriminación se fortalecieron y paradójicamente, de ello no se salvó ni siquiera el propio sector más poderoso de la burguesía criolla, que apoyó la intervención, pues se percató, de que bajo las reglas norteamericanas, ella tampoco era blanca, por ser hispana. Precio que ahora paga con creces, diferenciándose profundamente del resto de los hispanos en los EE.UU. del siglo XXI. 

La población negra y mestiza fue muy agredida durante la República por parte de los gobernantes de turno y los siempre interventores blancos. 

Escribía  Leonardo Wood al presidente Mekinley “…. Estamos tratando con una raza que ha ido cayendo por cientos de años y en la cual tenemos que inculcar nueva vida, nuevos principios y nuevos métodos de hacer las cosas…”. 

Esto no podría ser de otro modo, explicaba Wood, porque según este señor, “...después de ser inundada durante siglos con los deshechos de la sociedad española, la isla tiene demasiada 'sangre mezclada' para entrar exitosamente en el concierto de las naciones civilizadas”. Por lo que solo de la mano de EE.UU., y después de “blanquearla” podría ser admitida. 

Según Charles Davenport, un influyente genetista de la época,  “los mulatos combinaban ambición con la insuficiencia intelectual, haciendo de ellos híbridos infelices propensos a romper el orden social armónico”. 

Incluso, muchos que no compartían estos puntos de vista tan negativos sobre la población de la Isla, estaban de acuerdo en que los cubanos eran perezosos, infantiles, incompetentes y afectados por un agudo sentido de inferioridad. 

De tal modo que los maestros que visitaron la Universidad de Harvard  en 1901, fueron descritos “como niños crecidos que no podían entender la importancia de lo que veían”. 

La República consideraba a los negros como ciudadanos desde 1901, según constaba en el artículo Undécimo, Sección IV de la carta magna, pero en la práctica ello chocaba con los intereses clasistas y los prejuicios raciales, que no diferenciaban mucho la situación de la existente durante el período colonial. De modo que las personas no blancas continuaban siendo uno de los grupos más marginados por la sociedad burguesa, al formar este parte en su inmensa mayoría de los sectores sociales más humildes y pobres del país. Al mismo tiempo, los amos extranjeros y los cubanos blancos gobernantes empleaban la ideología racista junto con el mito de igualdad racial, heredado del nacionalismo para subordinar y reprimir a los negros y mestizos, junto a la insistencia por ocultar, manipular y hacer olvidar el pasado glorioso que había tendido a unirlos durante la contienda por la independencia. 

Para la población no blanca, negra en particular, resultaba muy difícil subvertir su estado de frustración haciéndoles entender a sus compatriotas blancos que protestar enérgicamente por su situación no significaba  ser racista, antiblanco, antipatriótico o enemigo de la nación. Pues se trataba solo de que los negros y mestizos simplemente reclamaban sus derechos respecto a lograr disfrutar en igualdad de condiciones del poder, la riqueza y las oportunidades laborales. Todo lo cual resultaba muy difícil, porque las elites trataban de imponer siempre un ambiente dentro del cual la protesta se veía como una agresión al ambiente de convivencia racial que las elites de poder propugnaban.  

Esa visión del cubano, basada en la noción de superioridad racial anglosajona, subsistió en el trato del interventor norteamericano hacia Cuba durante toda la República; de modo que la Embajada norteamericana en La Habana decía, refiriéndose a los políticos cubanos, que compartían con ellos la administración de la Isla, “… poseen el encanto superficial de niños astutos, mimados por la naturaleza y la geografía, pero bajo la superficie combinan las peores características de la mezcla desafortunada de la cultura española y negra, la pereza, crueldad, inconstancia, irresponsabilidad y deshonestidad innata”. 

Por todo lo cual, se enfatizaba que la Isla y los negros en particular tenían que someterse al poder blanco en la República, siendo este el complemento perfecto en el orden cultural, de la intervención y el control económico y político que ya EE.UU. ejercía sobre Cuba, y que los oligarcas del patio le ayudaron a mantener, aun a costa de un acto de masacre como el que tuvo lugar contra los miembros del Partido Independiente de Color en 1912. 

Al ser tan controvertido el tema racial, este siempre despertó el interés de muchos intelectuales negros, mestizos y blancos también, que lo abordaron en la prensa. Aunque también parte de la prensa sirvió para atacar a los negros y mestizos en sus luchas por ocupar espacio dentro de la sociedad cubana. Situación esta última de la que fue un ejemplo destacado la furibunda y criminal campaña desatada contra los independientes de color y contra los negros en general, durante los años 1908-1912 especialmente. 

A su vez, la ocupación y su influencia en los asuntos internos cubanos, facilitó la transmisión de las ideas “científicas” norteamericanas acerca de la raza, basificadas todas en el llamado “racismo biológico”; así se esgrimían las denominadas “leyes de la herencia”, y se aplicaban programas de esterilización como la única solución viable a la creciente criminalidad. Por supuesto, tal criminalidad provenía de los no blancos y de los negros en particular, siempre caracterizados como los “brujos”, dispuestos a los sacrificios humanos, o los violadores de muchachas blancas.  

Por lo cual, transformación radical de la composición racial de la población cubana, como se deseaba, solo podía lograrse, según pensaban mediante la inmigración selectiva, al mismo tiempo que se esperaba que el bajo crecimiento natural de la población negra supusiera su eventual desaparición. De modo que, como en la época de José A. Saco, el negro no tenía cabida dentro de la Isla y se esperaba que de algún modo desapareciese, dando paso al blanqueamiento.  Centro del principio propuesto por este pensador de “blanquear, blanquear, blanquear y luego hacernos respetar”.

Paradójicamente, los negros y mestizos, que habían estado dispuestos a dar su vida por la independencia, ahora su supervivencia se veía amenazada por aquellos mismos contra los que habían tenido que batirse en la manigua, porque una deseada inmigración blanca y católica, procedente de la península Ibérica, les quitaba las tierras y los mejores empleos. 

Fue solo bajo las fuertes presiones de las compañías azucareras norteamericanas que el gobierno cubano aceptó la inmigración de braceros antillanos, porque, en definitiva, negocio es negocio y a este último el cinismo le cuadra muy bien. 

Es que para muchos blancos, con el problema de la “raza” lo que estaba en juego era nada menos que el futuro racial y cultural de la Isla, pues la gran tragedia de Cuba, según ellos, era su “africanización” creciente. Por lo cual, África, una de las fuentes nutricias principales de la identidad cubana, debía ser borrada de la Isla, física y culturalmente. 

De todos modos, dos atributos de las ideologías raciales dominantes, justificaban entonces el carácter indeseable del inmigrante antillano: su supuesta propensión al crimen y la práctica de creencias religiosas primitivas. Ambas ligadas al color de la piel de estos inmigrantes desfavorecidos. En el trasfondo, el racismo actuando.  

Más tarde, “Gerardo Machado, en sus discursos frecuentemente mencionaba la fraternidad racial cubana, firmaba la ley que declaró duelo nacional el 7 de diciembre, confirió a Juan G. Gómez la condecoración más alta de Cuba, la Orden Carlos Manuel de Céspedes” y se opuso a la creación del Ku Klux Klan en Camagüey, ordenando su disolución”. 

Los negros permanecían subrepresentados en la estructura de poder, aunque habían recobrado cierta visibilidad política. 

Gerardo Machado, muy inteligentemente junto a la clase media no blanca y apoyándose en el club Atenas, trataba de dar la imagen de ser un presidente que simpatizaba con los negros. 

Así el 5 de septiembre de 1928, los representantes de 186 “sociedades de color”, de toda la Isla, se reunían en el Teatro Nacional para rendir tributo al presidente; todo ello, mientras la oposición a su gobierno crecía. Imponiendo a su vez una alianza de todos los partidos, permitiéndose así la consolidación de un régimen crecientemente autoritario. 

“Pero con una participación irrisoria en los cargos de la administración pública, cerradas las puertas de las empresas privadas a los negros, casi eliminados de las industrias, que había hecho Machado realmente por aliviar la situación de la inmensa mayoría de los negros.” 

Todo era una farsa; mientras los agrupados en el Club Atenas honraban a Machado, la mayoría de los negros luchaban por sobrevivir a las crecientes precariedades en los umbrales de la crisis económica de 1929. Con el colapso bursátil de Wall Street en 1929, y la tarifa Hawlley-Smoot de 1930, la economía cubana tocó fondo, agravando los problemas sociales del país, viéndose los negros especialmente perjudicados.

Todo ello produjo un alza de reclamos por parte de los sectores populares y la emergencia de una vanguardia política dispuesta a subvertir la realidad del país.

Finalmente, tal situación dio al traste con la dictadura machadista. Situación dentro de la cual el problema racial tenía raíces muy profundas, por lo que no podía pasar desapercibido, deviniendo asunto de fuertes reclamos dentro del período de los años 40. 

Aunque hubo sus excepciones de un lado y otro, lo que caracterizaba la situación era que los negros no podían acceder a lugares públicos exclusivos para blancos y viceversa. Además, hubo asociaciones a las cuales solo podían asistir mestizos. 

El famoso Habana Yatch Club solo podía ser visitado por los blancos de la alta sociedad. De otro lado, en el Club Atenas, solo entraban negros de buena posición económica y también profesionales de prestigio negros, mestizos y blancos.

En tales circuitos sociales se manifestaban claramente los problemas socioclasistas y raciales entre blancos y no blancos, visualizándose también las diferencias de clase al interior de cada grupo. 

El carácter elitista de las asociaciones arriba mencionadas contrasta con lo que sucedía en otro tipo de agrupaciones sociales, como las que han descrito en sus investigaciones las investigadoras Carmen Victoria Montejo, Lucila Bejerano y Edita Caveda Román. Según estas investigadoras, existía una amplia gama de sociedades de Instrucción y Recreo, así como otras organizadas según los intereses de individuos de la más diversa extracción social y racial. 

Según el investigador Tomás Robayna, el movimiento social de los negros y mestizos en Cuba se caracterizó por realizar demandas para lograr la igualdad, pero no con la finalidad de favorecer a los negros por encima del resto. 

La limitada intervención estatal, por su parte, abría espacios significativos para la discriminación racial; pero cuando el estado intervenía lo hacía para consolidar y expandir las divisiones raciales y étnicas en la esfera del empleo. Por lo que el estado en su quehacer no contribuía para nada a equilibrar las diferencias, aun dejando al margen la corrupción que caracterizaba su actuación. 

El negro emigraba, más bien huía legal o ilegalmente de la hacienda azucarera y del campo en general y encontraba refugio en los peores barrios de las ciudades.

Falta aún mucho por hacer para tener una historia social del negro, que nos permita visualizarlo en su decursar por la vida de la sociedad cubana. Con el blanco no ocurre lo mismo.

Al negro lo vimos llegar en los barcos negreros; mercancía humana en la plaza pública, devenir esclavo de la plantación y doméstico, en el cepo, en los cabildos y demás organizaciones sociales en la República, luchar por adquirir su libertad; como cimarrón, encontraba una alternativa de libertad enrolándose en el mambisado. Si tenía suerte, hallaba un empleo en la ciudad, si tenía alguna capacidad se hacía artesano, asumiendo aquellas actividades laborales indignas para los peninsulares. Aparecía engrosando las filas de los obreros peor pagados, en los muelles y el trasiego de mercancías. Después ocupaba a veces posiciones dentro de la política. Pero, en realidad, hay muchos baches y desconocimiento en ese decursar, que nos permita conocer realmente su historia.  

La desigualdad racial en Cuba permanecía, siguiendo la tendencia latinoamericana, esta se trasladaba de los sectores masivos de la economía hacia los más deseables. 

La raza continuó siendo un obstáculo para acceder a las profesiones. 

Las diferencias salariales, asociadas al color de la piel no eran muy grandes entre los trabajadores manuales pero aumentaban significativamente entre los profesionales, sector además en el que los negros estaban mucho menos representados. 

La meritocracia, sobre la base de la cual funcionaba la sociedad republicana, siempre fue invocada para minimizar la participación de los negros y los blancos pobres dentro de la administración pública o en las empresas y oficinas del sector privado. 

En medio de ello la Educación devino un permanente campo de batalla de la lucha por alcanzar la igualdad racial. 

Pero alcanzar el nivel educacional no era suficiente, se necesitaban otras cosas que los negros casi no tenían, contactos sociales y políticos. Los clubes de la clase alta y media facilitaban esos contactos. Pero la mayoría de los negros no tenían acceso a esas asociaciones. 

En resumen, la Cuba anterior a 1959 era profundamente racista, los negros sistemáticamente constituían la base de una pirámide de jerarquía social, que compartían con otros pobres, aunque incluso con desventaja dentro de las condiciones de pobreza existentes. Ser negro y pobre se comportaban casi como equivalentes, y aunque todos los pobres no eran negros, podían también ser blancos, sí casi todos los negros eran pobres. En tal escala, los mulatos estaban casi siempre un poco mejor. 

Los negros resultaban ser casi siempre los más pobres dentro de los pobres, muy pocos escapaban a la trampa de la pobreza. Dentro de las estadísticas sociales, los blancos siempre ocupan los sitiales más altos, los mulatos los intermedios y el negro, salvo pocas excepciones, siempre está en el sótano. 

Pero no había pasividad por parte de la población no blanca ante la situación de discriminación racial existente. 

"Durante la República muchos estudios raciales destacaron la vida y trayectoria política militar de líderes negros, sobre todo de aquellos que habían participado en las luchas por la independencia. Tales estudios eran producidos principalmente por negros y llevaban implícita una crítica al lugar subordinado de estos dentro de la sociedad cubana. Otras investigaciones reconocían la participación del negro en la cultura, aunque casi solo fuese como parte del folclor nacional." 

Después de 1920, bajo el término “raíces” abundaron los estudios acerca de los ingredientes africanos, como un esfuerzo para redefinir el significado de la cubanidad. 

Durante los años 20 se puede decir que hubo una vigorización de la toma de conciencia nacional y por eso ha pasado a la historia como una década en la cual Cuba se redescubrió e intentó mirarse a sí misma como país y al unísono comenzó a cuestionarse y a reformularse su propia modernidad desde la cultura.

Una de las zonas más importantes de este movimiento tuvo lugar respecto al controvertido asunto de la identidad, porque ese tema sirvió en diversas ocasiones como punto de partida para múltiples debates intelectuales. Uno de esos debates fue el de la problemática racial, sin que ello sea un proceso que podamos decir que haya concluido aún, siendo en el siglo XXI un tema que aún ofrece motivos suficientes para continuar sometiéndolo al análisis del debate intelectual, e incluso político. 

El debate sobre raza y racismo en Cuba tuvo un momento muy significativo a fines de los años 20 y principios de los 30, cuando apareció en el Diario de La Marina la sección “Ideales de una raza", en columna intersemanal y plana dominical, liderada por Gustavo Urrutia. 

Este debate abarcó el lapso entre 1928 y 1931, cuando el gobierno de Gerardo Machado entraba en el período de su máxima expresión represiva. Pues pese a lo prometedor que parecía Machado, además último presidente general de la Guerra de Independencia, en 1924, su ejercicio de poder devino una de las dictaduras más sangrientas de la historia republicana. El “Asno con garras”, terminaron llamándole. 

De toda la lucha de los negros y mestizos por sus reivindicaciones civiles, el proyecto cultural “Ideales de una raza", liderado por Gustavo Urrutia, desempeñó un papel muy importante hasta su desaparición en 1931. Tratándose lamentablemente de un fenómeno insuficientemente investigado aún. 

Entonces, a pesar de las intenciones de EE. UU. por introducir un apartheid racial, las guerras de independencia, la ideología nacionalista y la  sobreviviente imaginación de una república “con todos y para el bien de todos”,  impidió que las cosas del racismo pudieran llegar al extremo deseado por algunos. 

En principio, las batallas dentro de la constitución de 1901 y el sufragio universal masculino, hicieron de Cuba un caso único entre los países con una población de ascendencia africana dentro de las Américas del despuntar del siglo XX. 

Las fuertes tradiciones revolucionarias y representar no menos de un 30% de la población electoral impidieron que los cubanos no blancos fueran excluidos de los derechos electorales. Todos los partidos estaban interesados en atraerlos a su lado y a los negros y mestizos se les presentaban algunas oportunidades. 

Era imposible no tomar en cuenta tal realidad. Aunque de todos modos, pasada la efervescencia del momento electoral, casi todo volvía a tomar su nivel, las promesas de campaña por lo general se disolvían y la inmensa mayoría de los negros retornaban al “cuarto de desahogo”. 

En la Educación, donde el acceso racialmente no estaba impedido, los negros lograron beneficiarse, produciéndose la creación de un nutrido grupo de profesionales negros y mestizos, que debido a lo precario de su situación, se distanciaban del resto de los negros, al mismo tiempo que no les era fácil encontrar ocupación favorable. El negro que lograba emerger de la pobreza, o que por razones de herencia familiar ocupaba una posición social de cierta ventaja, se veía conminado a alejarse del solar, a apartarse de los negros más pobres y a fundar asociaciones donde estos últimos no eran admitidos. 

Estos intelectuales abordaban problemas que preocupaban a todos los negros y mestizos, pero las distancias se ampliaban, porque la dinámica capitalista republicana los absorbía, obligándolos a mantenerse sutilmente separados en sus clubes exclusivos a los que la inmensa mayoría de la población negra y mestiza no tenía acceso. 

Por lo cual, lo que frecuentemente aparecía como un discurso negro, era en realidad el discurso de una clase media no blanca, como expresión más directa de la lucha de las sociedades de profesionales de negros y mestizos, contra la sistemática exclusión de que les hacía objeto la burguesía blanca. Pues esta última mantenía un sutil “cordón sanitario”, alrededor de la lucha de la inmensa mayoría pobre, de negros y mestizos en particular, para evitar a toda costa una posible radicalización de la clase media, cuya connivencia con las reglas del sistema le venía dada por su propia naturaleza como clase subalterna. 

Aunque las acciones colectivas de estos clubes eran expresión también de que no era posible esgrimir un discurso abiertamente racista y excluyente. No obstante, esos reclamos de la clase media no blanca, eran objeto de las continuas manipulaciones y hasta los escarnios por parte de los sectores oficiales, tal y como tuvo lugar con el discurso oportunista y demagógico, del entonces candidato presidencial Carlos Prío Socarrás, en el club Atenas, el 5 de mayo de 1948. En el que el entonces aspirante presidencial, se vendió como un aliado de las reivindicaciones raciales. 

Tanto en la constitución de 1901, como en la de 1940, había sido declarada la discriminación racial como ilegal y castigable. Sin embargo, no es posible recordar una sola ocasión, a lo largo de toda la práctica jurídica de la República, en que se sancionase a una persona o sector oficial por ejercer la discriminación. Tal situación obedecía a nuestro entender a dos factores principales: la forma por lo general encubierta en que la discriminación era practicada; y por otro lado, la debilidad de los negros, mestizos y del corpus social en general para exigir justicia en este campo. 

 De modo que durante la asamblea constituyente de 1940, en medio de un ambiente favorecido por las realidades de la II  Guerra Mundial,   la Carta magna incluyó principios generales antidiscriminatorios, incluso, respecto a ciertas promesas de igualdad ante el empleo para negros y mestizos, pero se delegaron los puntos específicos de acción por parte del gobierno a la legislación futura y a pesar de la lucha de algunos comunistas, como Manuel Bisbé, casi todo ello terminó en el “saco sin fondo” de la burocracia parlamentaria del momento. 

Finalmente, luego de la expulsión de los comunistas de la CTC en 1947, el debilitamiento del movimiento obrero y la proscripción del Partido comunista en 1952, la causa de la igualdad racial perdió sus aliados políticos más importantes, situación que se vio complementada por la demagogia batistiana, al conceder algunas posiciones a los negros dentro del ejército, tratando de hacer creer a estos que esa presidencia era la suya. 

Claro, como en los años de Morúa Delgado y Juan Gualberto Gómez, los negros oficiales podían participar en las recepciones, pero sin sus esposas y la elite blanca además se cuidó muy bien de no ceder las más altas posiciones de la jerarquía militar. 

La República estaba constituida por todos, una gran masa de pobres negros y blancos la sostenía, pero ella garantizaba el bienestar solo para unos pocos, lo cual rompía la supuesta coherencia del discurso de la elite sobre la democracia racial y de la democracia en general, enfatizando la necesidad de construir una República verdadera. 

La República, a pesar de toda la lucha, se debatía dentro de una situación en que la exclusión abierta y sistemática de los no blancos y del negro en particular se comportaba como una acción permanente. 

La visión igualitaria era defendida por intelectuales radicales, blancos, negros y mestizos y por el movimiento obrero en particular, pero los resortes del poder clasista de una oligarquía nativa y subalterna del capital financiero norteamericano, secundada y apoyada siempre por EE.UU., frustraba todo cambio real. No era posible un diseño de República en la que los pobres tuviesen mayores oportunidades, mucho menos si esos pobres eran negros y mestizos. 

En general la población negra, mayoritariamente pobre, no disponía de mecanismos civiles de defensa de sus intereses, como sector más discriminado dentro del período republicano. Los descendientes directos de haitianos y jamaicanos como los más discriminados, mucho menos. Estos últimos resultaban ser dentro de los negros, negros de segunda categoría. 

La conciencia de la identidad racial, por la que lucharon tantos intelectuales progresistas, de todos los grupos raciales, era sumamente importante para superar la situación de discriminación. 

Pero la discriminación ejercida, llevaba adjunto un complemento adicional que no proviene solo del estereotipo negativo o del prejuicio racial, sino de una conciencia arraigada en las elites dominantes de que la discriminación racial puede ser utilizada como un instrumento de poder. 

Por ello, el prejuicio racial y los estereotipos raciales podían seguir siendo alimentados dentro de un contexto social de más altos niveles educacionales y de cultura. 

Por eso en la República, que  era más desarrollada, educacional y culturalmente que la Colonia, los prejuicios raciales negativos, la discriminación racial y el racismo no cedían espacio; porque estos  últimos  no provienen en esencia, simplemente, de la ignorancia ni de la incultura, sino de un contexto social en el que la discriminación racial y todos sus atributos complementarios, son utilizados como  instrumentos de dominación, de control social, de elitismo y de explotación de unas personas,  a las que  siempre se les mantiene en un plano de desventaja económica, política, social, ideológica y cultural. 

Todo lo cual tiene que ver también con la no superación de los rasgos de una sociedad colonial, que al capitalismo republicano le interesa preservar, bajo la forma de prejuicios y estereotipos negativos subyacentes, como interés de los grupos y clases que los retroalimentan en el ejercicio del poder. 

De aquí la importancia de mantener y fortalecer la identidad racial, dentro de un contexto de universalidad y antirracismo. 

La llegada de los europeos a América no fue una simple expedición científica, sino colonial que nos trajo la esclavitud del negro, de cuyos lastres aún no hemos logrado liberarnos. 

En la República neocolonial (capitalista) la discriminación racial no tiene solución, pues se trata de una sociedad que se sustenta sobre un desarrollo bipolar, donde las clases dominantes utilizan la discriminación racial, en particular y de todo tipo, como instrumentos de poder, como complementos de todo el andamiaje social que les permite sostener el régimen de explotación existente. 

De lo anterior, nuestra experiencia muestra claramente que no  basta acabar con ese régimen de explotación para liquidar el racismo. La tarea es muchísimo más larga y compleja. 

Octubre 3 de 2007.                 

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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