Año VI
La Habana

6 al 12
de OCTUBRE
de 2007

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Pequeño homenaje a un gran documentalista

Sandra del Valle Casals • La Habana

 

Estas palabras no tributan a la celebración del aniversario de ninguna fecha instituida, ni siquiera de una fecha cualquiera. Es simplemente la voluntad de homenajear a un documentalista cubano que aún no ha sido lo suficientemente valorado dentro del cine nacional.

En la página oficial sobre cine cubano solo se lee una escueta nota biográfica con erratas incluso y una incompleta filmografía:

“Nicolás Guillén Landrián. Director de Cine. Nace en 1938. Trabajó en la radio como locutor. De 1962 a 1972, labora en el ICAIC como asistente de producción y Director de documentales. Falleció en los Estados Unidos el 27 de julio de 2003. 

Filmografía:
 

1962

Congos reales. (Doc.).

Patio arenero. (Nota para Enciclopedia Popular).
 

1963

El Morro. (Doc.).

En un barrio viejo. (Doc.).
 

1965

Ociel del Toa. (Doc.).
 

1968

Coffea arábica [Sic]. (Doc.).
 

1971

Taller de Línea y 18. (Doc.).
 

1972

Nosotros en el Cuyaguateje. (Doc.).” 

Creo que su presentación, sobre todo para generaciones como la mía, que habían sentido sólo el murmullo de un café con algo arábigo, no pudo ser mejor traducida al ser incorporada a una sección llamada “Premios a la sombra” de la II y III Muestra de Nuevos Realizadores del ICAIC, alentada por el cineasta Jorge Luis Sánchez, donde se definía: “A la sombra (frase idiomática): bajo el amparo de// en la cárcel// oculto tras// en la penumbra// sin suerte, sin fortuna// permanecer oculto a pesar de// puesto a un lado// reservado”.

Había en esta explicación la síntesis de una esencia de la propia vida y obra de Nicolás Guillén Landrián. Recuerdo que a propósito del documental-homenaje que le hiciera el realizador cubano Manuel Zayas, Café con leche, en una suerte de juego con el título y la vida del cineasta, escribí en la reseña de esta obra, “Ojo: tómese el café, pero con leche, para que su amargura se corte y la negrura se suavice.”

“Me atreví a cosas que no fueron bien vistas”, diría Nicolás a Manuel Zayas. Ahí enunciaba su pecado capital: su irreverencia formal y su iconoclasia estética. A Coffea Arábiga, con el que había ganado la Espiga de Oro, le reclamarían la utilización de la canción de Los Beatles “The fool of the hill” como fondo musical de unas imágenes de Fidel. Desde la Habana ¡1969! Recordar, fue tildado de incoherente con el contexto, y Taller de Línea y 18 reverberó por su experimentación sonora.

Ya su ópera prima, En un barrio viejo (1963), había sido vista como afrancesada, quizá por esa osadía, que marcará toda su obra, de poner a sus personajes a posar y a mirar fijamente al lente, haciéndose cómplices de la cámara que los registraba. Esta voluntad trasgresora y experimental definiría su obra. Un festival, uno de sus primeros trabajos como parte del Noticiero ICAIC Latinoamericano, más que informar, documentaba. Al arte no le toca informar, quizá pensaba Guillén Landrián. Por eso, nunca usó un cintillo que dijera que era Raúl Castro quien leía las palabras de inauguración de los primeros Juegos Estudiantiles Latinoamericanos; ni resaltó que era Fidel uno de los que desde las gradas miraba el partido de baloncesto.

Este poder de trasgresión de los géneros lo haría explícito en Reportaje, como lección de cómo se puede filmar “un relato vivo” sobre el enterramiento de la Ignorancia en un poblado rural. Luego de la marcha fúnebre, todos se esparcen en el jolgorio. La imagen es omnipotente. Como sustento de su “violación” utiliza como epílogo del material la definición de reportaje. Para Nicolás, como él mismo afirmó, “la imagen era más importante que la palabra en sí”: “Me interesaba elaborar la imagen a través de un lenguaje nuevo, interesante para el espectador”, declararía.

Llegó al ICAIC buscando un trabajo cualquiera y terminó aportando una revolución al lenguaje cinematográfico del documental cubano. Autollamado primeramente Guillén, fue definiéndose por la conjunción de sus dos apellidos, Guillén Landrián; pero nunca Nicolás. Nicolás era el otro, el tío, el Poeta Nacional. Quiso hacer un cine personal y lo logró. Toda la obra de Guillén Landrián parece ser un mismo documental: los mismos personajes típicos, su interpelación a la cámara, el uso innovador de los intertítulos, cuya reiteración acuñaba a veces ironía o agresividad en el lenguaje.

Alejado de la industria en una granja en la Isla de la Juventud y luego en un hospital psiquiátrico, cuando es readmitido en el ICAIC y ubicado en el departamento de Documentales Didácticos, recibe como encargo hacer un documental sobre la siembra de café parte del Plan del Cordón de La Habana. El didactismo se convirtió en juego, el juego en experimentación, la experimentación en ruptura, en innovación, en explosión de códigos visuales: Coffea arábiga.

También lo haría en Desde la Habana ¡1970! Recordar, como a él le gustaba nombrarle sin duda uno de sus documentales más esquizofrénico y provocador y menos profundamente en su última producción en Cuba guardada, Nosotros en el Cuyaguateje.

Anterior a su desvinculación del ICAIC, Nicolás había ido a Baracoa a buscar un tema para un documental, siguiendo los consejos de su maestro, el danés Theodor Christensen. El resultado sería una trilogía dentro de la cual está una de las obras más bellas del documental cubano: Ociel del Toa. Aquí, como en Reportaje y Retornar a Baracoa, Nicolás se interna en la región, y produce una serie de valor etnográfico, antropológico, sociológico.

En Los del baile, aunque pequeño entre las obras que produjo en esos años, hay determinadas conexiones de Nicolás y lo popular (el cortometraje visualiza a la población negra en un baile público animado por Pello “El Afrokán”); pero también con una de las películas más importantes del cine cubano: Quizá no sea muy conocido que fue Nicolás Guillén Landrián quien escribiera la secuencia que sirve de obertura a Memorias de subdesarrollo, la película de su amigo Titón, donde Sergio, sumergido en la multitud moviéndose al ritmo de Pello, ve pasar la muerte como un hecho natural dentro del carnaval.

Lo popular, lo marginal, el proyecto social de la Revolución, fueron temas que orbitaron en la mayoría de los cineastas de la llamada escuela documental, pero con estilos tan marcados que diferencian, por ejemplo, a un Santiago Álvarez, a una Sara Gómez y a un Nicolás Guillén Landrián. Quizá en Nicolás se sienten más los conflictos con los que él mismo vivió dentro de la Revolución.

En su correspondencia con el documentalista Manuel Zayas, Nicolás declararía lo que es un testamento sobre su obra: “No tengo conflictos estéticos con ninguno de mis filmes. Todos los conflictos estéticos son resultado de los conflictos conceptuales. Yo quería ser un intérprete de mi realidad. Siempre estuve en el vórtice de la enajenación. El resultado cabal es cada filme terminado.”

Luego de casi 20 años de exilio y 30 sin filmar, Nicolás realiza junto a Jorge Egusquiza su documental Inside Downtown (2000). Con Inside… Nicolás vuelve al barrio. Esta vez sí deja oír a sus personajes como modo de documentar el espíritu, el estado de ánimo de la gente que lo habita y sus propios sentimientos. Porque no es cualquier barrio, es el barrio donde ha vivido Nicolás, junto a su esposa Gretel, desde que se exiliaron en los EE.UU. En esa referencialidad constante a su propia obra, patentaría el vínculo real entre En un barrio viejo e Inside Downtown, coincidentemente su primer y último, cuando concluye ambos anunciando: “Fin, pero no es el fin” (The end, but not the end).

Pero no es solo inscribir a Guillén Landrián en la tradición del cine cubano, como lo apuntara el crítico Dean Luis Reyes hace dos años atrás; sino también y sobre todo, en la de las artes visuales de la Isla. En su Camagüey natal comenzó sus estudios de pintura. Fidelio Ponce de León, Wifredo Lam y René Portocarrero fueron algunos de sus mentores. Y aunque se piense que el cine lo alejó de la creación pictórica, Landrián condensó la plasticidad de su mirada en el lirismo que rezuma su obra cinematográfica. De ahí que hablar de la obra de Nicolás Guillén Landrián sea también hablar de belleza, que muchas veces tuvo como ojo al fotógrafo Livio Delgado.

Más allá de su valor estético y plástico, ver las cartulinas realizadas por Nicolás durante su residencia en los EE.UU., es aprehender rostros del horror y de la soledad. En sus dibujos se concentra todo su desgarramiento, su dolor. Es aquí donde más se expresa esa angustia de vivir, sobre todo, en los últimos años, que le haría confesar solo unos meses antes de morir: “No soy feliz. Los pocos momentos de felicidad que logro con mi compañera Gretel Alfonso son los que hacen sentirme relativamente feliz a veces. Porque la felicidad es un poco un mito… Pero yo aspiro a ser feliz […]”.

El 20 de julio de 2003, con 64 años de edad, moría Nicolás Guillén Landrián en el hospital Mercy de Miami. Cáncer de páncreas con metástasis en pulmones e hígado había sido la causa médica. Su cadáver, traído para Cuba por su esposa Gretel, fue sepultado en el Cementerio de Colón.

Alguien pregunta: ¿Ustedes han visto la muerte? Y como Ociel, Nicolás responde: “Yo nunca he visto la muerte. La muerte no se puede tocar, ni oír, ni sentir.”

Palabras leídas en el Homenaje a Nicolás Guillén Landrián que tuvo lugar el 4 de octubre de 2007, en una de las jornadas del evento teórico del Festival Nacional de Cine y Video Cine Plaza.
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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