Año VI
La Habana
2007

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Como Matías Pérez
Amado del Pino • La Habana

El multimillonario norteamericano Steve Fosset acaba de desaparecer. En este caso el verbo no se usa como amable eufemismo de la muerte, sino que el experto aviador se ha extraviado por los cielos que muchas veces surcó con eficacia, cosechando premios y otras vanidades. Enseguida pensé en nuestro Matías Pérez, personaje histórico y leyenda, hombre concreto y base de una frase popular. Sí, porque cuando en Cuba cuando algo o alguien se pierde, inesperada y festinadamente, se dice “voló como Matías Pérez”.

Matías no era rico, como el desaparecido de estas semanas, sino un pobre fabricante de toldos que se vio asaltado por la pasión de los globos. Realizó varios experimentos, hasta que una hermosa tarde del siglo XIX se alejó alegremente en medio del júbilo y el estupor de los habaneros.

José Ramón Brene —uno de los mejores dramaturgos cubanos de las últimas décadas— escribió una hermosa, enloquecida y poética obra sobre el legendario aeronauta. Brene fue un personaje casi tan pintoresco como Matías. Buena parte de su juventud la gastó como marinero y a los 34 años —entusiasmado por la vida cultural de los primeros 60 en Cuba— se baja del barco y se enrola en el Seminario de Dramaturgia del Teatro Nacional. Otras veces he contado anécdotas de Brene, al que considero uno de mis maestros. Cuando su poco amor a los objetos lo dejó hasta sin máquina de escribir, creaba con unas teclas prestadas, en el taller de reparaciones de un amigo. Le daba gracia que un acto de su obra en proceso se escribiera en una máquina y otra en la siguiente que emergía —recién engrasada— de las manos de su compinche. El singular sitio de trabajo contribuyó a que el bueno de Brene sirviera de intermediario para que un crítico y amigo tan entrañable como Osvaldo Cano se hiciera con su primera Remington.

La bohemia del dramaturgo fue pasando de agridulce a desesperada y sus alcoholes fueron tantos que le robaron sitio a la alimentación. Cuando alguien le pedía que comiera algo, siempre le decía que no se pusiera como su madre, empeñada en darle golosinas a toda hora y  añadía, vehemente, que trataba de evitar  que le pasara como a un vecino suyo que comía tanto que se había muerto con un pan en la boca.

Pienso en Brene y se me sigue enlazando con Matías Pérez. El fabricante de toldos quiso volar y el aire del trópico lo desapareció para siempre. El marinero se hizo artista, amó y encontró muchos amigos. A sus últimos estrenos solía ir acompañado de Perucho, el barman de todos los días en el bar de la calle 23 esquina a 8. Algo falló en el globo afectivo de Brene y —sin herir a nadie ni alimentar rencores frecuentes en estos casos— se hundió en su vaso, hasta desaparecer.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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