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Si
usted me está siguiendo los pasos, si el
mío ha logrado moverse al ritmo de los
suyos, si mi bastón de ciego parlanchín
le guía entre la montaña de legajos y
papeles, si ha logrado liberarse del
polvo y las termitas, si la poesía le
está siendo familiar y gustosa, no he
perdido mi tiempo. Y lo que es mejor,
usted sabrá de lo que estaré tratando,
porque el poeta de esta ocasión es el de
la semana pasada: Thomas Merton, el
mismo que viste y calza, el que pintó en
su diario una Habana “analogía del reino
de los cielos” y en su
autobiografía otra con “calles
peligrosas y lupanares”. Ya lo
explicábamos, el diario es un género de
improntus, la autobiografía uno de
memoria.
Hoy
descubriremos además nuevas claves, que
sumadas a las ya dadas, nos permitirán
seguir el andar de Merton por la “isla
brillante”, como él llamó a Cuba
en su autobiografía, que no en su
diario. Sin dejar de darle peso al
improntus. Decíamos que era un católico
converso, es decir un hombre que decide
en conciencia aceptar la fe católica
romana, uno que se bautiza adulto más
por convicción que por tradición,
decíamos además que este catecúmeno
tiene vocación, del verbo vocare
que significa llamado, y esta
vocación era un llamado a la vida
sacerdotal, pero que no sabe si lo están
llamando a ser hermano franciscano o
monje trapense. A estas alturas ustedes,
ciegos pero no mudos, se están haciendo
una pregunta: ¿Quién llamaba a Thomas
Merton? Simple, lo llamaba Dios.
Entonces las respuestas que necesitaba
Tom las tenía el Otro, y había que
buscarlas, y una manera de hacerlo era
echarse a andar.
El
llamó a su estancia aquí “vagabundeo por
Cuba”, pero hay que dejarlo
explicarse porque parecería que estamos
delante de una “de aquellas
peregrinaciones medievales que
consistían en nueve décimas partes de
vacaciones y una décima parte de
peregrinación” (Merton). Y no, el
poeta vino a Cuba a “hacer una
peregrinación a Nuestra Señora del Cobre”,
según sus propias palabras, es decir,
Merton no estaba aquí de vacaciones,
había venido a encontrarse con la
Virgen, con la patrona que nos dimos los
cubanos.
Eso
explica el nivel de exaltación que se
respira en su diario y la deformación
que sufre
La
Habana
de 1940 cuando él la describe, tanto es
así que años después al hablar de su
experiencia cubana reconoce que le
acompañó cierta dosis de “inmunidad
frente a la pasión o el accidente”.
Aquí por accidente se puede traducir
realidad y esa inmunidad viene como un
don resultante de su renuncia a poseer
cualquier cosa del mundo o de la
expresión privada y posesiva de ese
mundo que es el cuerpo.
El
viaje de Thomas Merton por Cuba o se
entiende en términos de peregrinación o
se fracasa, es ahora que podemos
descubrir por qué La Habana en él es más
parecida a la visión de la tierra
prometida de Moisés sobre el monte Moria
que la visión que de ella tienen otros
viajeros o la que se desprende de la
vociferada y vociferante prensa habanera
de la época. Merton no es un viajero, es
un peregrino que “a cada paso que daba
se abría un nuevo mundo de gozos, gozos
espirituales, placeres de la mente, la
imaginación y los sentidos en el orden
natural, pero en el plano de la
inocencia y bajo la dirección de la
gracia”.
Atiendan este final, que es
significativo: nuestro poeta no vino a
Cuba sino que fue traído. ¿Traído a qué?
A que le contestaran ciertas preguntas
pero sobre todas las cosas por la
certeza de que él necesitaba de un
ambiente católico, porque, sostenía,
“antes de que haya alguna posibilidad de
una experiencia completa y total de
todos los goces naturales y sensibles
que desbordan de la vida sacramental”
era necesario el ambiente del
catolicismo francés o italiano o
español. Se desprende que esa vivencia
era un imposible en la sociedad
norteamericana, había que buscarla en
Cuba, con un catolicismo todavía muy
español, a pesar de los 38 años de
“república”. Aquí describe iglesias
“cargadas de impetuoso dramatismo
español” en las que encuentra “en
todos los rincones a cubanos en oración,
pues no es verdad que los cubanos
descuiden su religión… o no es
tan cierto como complacientemente
piensan los norteamericanos, basados sus
juicios en las vidas de los jóvenes
ricos y lívidos que vienen al norte
desde esta isla…”
Sin
cometarios. Aunque vale la pena que
hagamos algunas precisiones. El cubano
ciertamente “no descuida su religión”,
pero ¿de cuál religión hablamos? De la
suya propia, de su imaginario, de la que
nace de la rara combinación del bautismo
católico por tradición y el
anticlericalismo por cultura. Pero eso
seguramente es tema para los científicos
sociales. ¡Zapatero a tus zapatos!
Hay
otro elemento que le cautiva de Cuba: el
idioma. A Merton el español le parece
una lengua fuerte, ágil, precisa, con
la cualidad del acero, que le da
la exactitud que necesita el verdadero
misticismo, pero que es a su vez
suave, gentil, cortés, devoto, galante y
suplicante. Le parece, como a Víctor
Hugo, “una lengua apropiada para la
oración y para hablar con Dios”.
Vino a peregrinar y quiso hablarle a
Dios en un idioma que le fuera grato,
una lengua que “tiene algo de la
intelectualidad del francés”
pero que “nunca desborda en las
melodías femeninas del italiano”.
Aquí
fue un príncipe, un millonario
espiritual, rodeado de seres humanos
que resistían el ruido persistente y
estridente de la ciudad. Extraño cada
día esa cualidad que la visión
mertoniana nos otorga: paciencia frente
al vaho sonoro que nos envuelve; porque
la cualidad principesca es aún abundante
y empecinada. Valgo una digresión más.
De
iglesia en iglesia, del parque Central a
la casa, ¿qué casa, dónde estuvo, sería
por los costados del parque, por Centro
Habana o más cercano al Vedado? ¡Quién
sabe!! Quién supiera! “Cuando estaba
saciado de oraciones, podía volver a las
calles, paseando entre las luces y las
sombras, deteniéndome a beber enormes
vasos de jugos de fruta helados en los
pequeños bares, hasta que regresaba a
casa a leer a Maritain o Santa Teresa
hasta la hora de almorzar”. No
habla de la casa, ni del libro o los
libros de Maritain, más de Santa Teresa
si: lee su autobiografía.
De La
Habana, va a Matanzas, a Camagüey y a
Santiago de Cuba, atraviesa, en un
bárbaro ómnibus, la isla, pero la ve
gris aceitunada, ¿sería acaso
daltónico? Esta isla es verde,
inmensamente verde, al menos así me lo
cuentan los que cosas verdes ven. Yo la
veo también gris aceitunada y soy
daltónico.
Thomas esperaba ver a la Virgen en algún
ceibo del camino, pero no la vio,
bella, en ninguno de los ceibos.
En
Matanzas va un parque, no dice tampoco
cuál, la gente gira como manillas de
reloj, mujeres a compás y hombres a
contracanto. Seguramente miradas
furtivas, pequeños roces, un guiño, una
tos nerviosa, una sonrisa detrás del
abanico. Tom convoca una pequeña
multitud y en español les habla de su
fe, una escena tierna y conmovedora,
ciertamente infantil. Uno dice, no sé
por qué lo imagino viejo y mulato, que
Merton es “un católico muy bueno”.
Duerme feliz en Matanzas, le gusta el
elogio.
Sus
pasiones, que no alborotaban, regresaron
en Camagüey, despertaron, pero no tenía
por qué preocuparse, Santa María del
Puerto del Príncipe no era un lugar
peligroso. Yo que soy de allí me
limito a decirle a Tom que no ande en
esa gaveta, que no toque esa tecla, que
mejor dejamos las cosas como están, que
pueblo chiquito es averno grande, aunque
aquella, mi ciudad, no es tan pequeña
como la pintan ni tan grande como
hubiéramos deseado. Es gracioso su
dibujo: “ciudad muy insípida y
soñolienta… en donde prácticamente todo
el mundo estaba en cama a las nueve de
la noche”.
En
Camaguey leyó a Santa Teresa de Ávila,
“bajo las palmeras grandes y magnificas
de un jardín enorme que tenía
enteramente” para él. Cintio
Vitier, que pasó su luna de miel por
esos lugares, cree que Merton se refiere
al Casino Campestre, parque lleno de
árboles de diversas especies, el más
grande de Cuba, en el que está un ceibo,
El árbol de
la
República,
como
lo llama el poeta Rafael Almanza; pero
creo se equivoca. El Casino es parque no
jardín, las palmas solo guardan la
avenida que actualmente conduce al
stadium y que por la costumbre que han
tenido las tiñosas de tomarlas por casa
nada de admirable ofrecen, por debajo de
ellas hay que andar en marcha apurada,
no se puede leer, además bajo las palmas
-flacas, pestilentes y manchadas- no hay
bancos. Más parece que nuestro amigo
describe los jardines del antiguo Hotel
Camagüey, antes Cuartel de Caballería
del Ejército español y hoy Museo
Provincial. Es un jardín de palmeras
enormes, con bancos y una fuente
recoleta en la que un niño de mármol
orina con inocente desfachatez. Rodeado
de arcadas de medio punto, es un lugar
solitario y silencioso, propicio para la
lectura en la que uno tiene la sensación
de que el mundo es suyo y solo suyo. El
casino quedaba en las afueras del
Camaguey de los años 40, el Hotel
quedaba a dos cuadras de la Terminal de
Ferrocarriles y a unas cinco o seis
cuadras del lugar desde el que llegaban
y salían las guaguas de la línea
Santiago-Habana en la calle Avellaneda.
Además, para leer en el Casino hay que
disponerse a viajar, los hoteles de la
época estaban distribuidos en las calles
República, Avellaneda y Maceo, y el
Hotel Camaguey estaba en los inicios de
la Avenida de los Mártires.
A
favor de la hipótesis de Vitier esta la
devoción de Merton por la Virgen de la
Caridad, motivo de su peregrinar. Para
ir a saludarla en Camagüey hay que
atravesar una avenida y llegar a un
barrio, los de la Caridad justamente. A
su costado está el Casino Campestre. Era
una zona bien comunicada, los tranvías,
los coches, los ómnibus, todo llegaba
hasta allí, en esa zona estaba la
Colonia Española, un hospital de
prestigio; pero el poeta no menciona esa
iglesia, sino otra del centro, la de
Nuestra Señora de la Soledad, advocación
rarísima, que le acompañó siempre. Si
Merton hubiera ido al Casino Campestre
hubiera visitado al Santuario, si lo
hubiera conocido lo hubiera descrito,
tenía un altar mayor de plata pura y
gruesa, muy barroco, dicen que hermoso,
del que sólo quedan pedazos, obra de
unos curas belgas a los que les urgía la
entrada del Concilio Vaticano II en
Camagüey.
Veamos a Thomas Merton describir mi
amada parroquia: “… encontré una iglesia
dedicada a la Soledad…una pequeña imagen
vestida, en una hornacina sombría:
apenas podía uno verla. ¡La Soledad! Una
de mis mayores devociones; no se la
encuentra, ni se oye nada acerca de ella
en este país —se refiere a USA—, excepto
una antigua misión de California que fue
dedicada a ella”. Realmente la
imagen no es tan pequeña, tiene unos 150
o 175 cm de altura y con el manto
abierto, de terciopelo negro bordado en
oro por monjas catalanas, otros tantos.
Es un esqueleto de madera del que
solamente vemos la cara y las manos. Por
debajo, que es un busto,
la
Virgen
tiene senos que casi nadie ha visto,
pudorosamente se le cubrían con un
corpiño y cuando se le iba a vestir se
mandaba a salir a los intrusos. Estaba
en esa época ya en un nicho bien
iluminado, aunque las luces solo se
prendieran durante las misas, lo sé de
cierto por el padre Miguelito Becerril y
por Fausto Cornell, dos de mis amados
amigos difuntos. La iglesia tenía el
piso de lozas grandes de barro cocido y
las paredes blancas, pintadas con cal.
Merton no debió haber oído misa allí,
hubiera recordado el poderoso órgano
Hamont, todavía hoy famoso a pesar del
tiempo, y las tres naves totalmente
llenas de luz, mientras no había
liturgia la penumbra y el silencio se
enseñoreaban.
No más comentarios, me excedí. Apenas
debe quedar tiempo y no llegamos a
Santiago de Cuba. Será para el próximo
artículo.
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Thomas Merton en la isla brillante (I)
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