Año VI
La Habana

14 al 20 de JULIO
de 2007

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Tristezas  nacidas en las profundidades
secretas de Pablo Neruda

Luis E. Aguilera • Santiago de Chile

Pablo Neruda recordaba, que los días de la infancia fueron sus únicos personajes inolvidables, fue la lluvia. La gran lluvia austral que cae como una catarata desde el Polo Sur, a los cielos del Cabo de Hornos, hasta llegar a las fronteras. En esas fronteras, o Far West de nuestra patria, fue donde Neftali Ricardo Reyes Basoalto, nació a la vida  el 12 de Julio de 1904, a la tierra, a la poesía y a la lluvia. “Tengo miedo. La tarde es gris y la tristeza/del cielo se abre como una boca de muerto,/Tiene mi corazón un llanto de princesa/olvidada en el fondo de un palacio desierto…”.

Su poesía y su vida transcurrieron como un río americano, como un torrente de aguas de Chile, nacidas en las profundidades secretas de las montañas australes. Su poesía no rechazó nada de lo que pudo traer en su caudal; Pablo Neruda aceptó la pasión, “Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes/ a tus ojos oceánicos…/, desarrolló el misterio, y se abrió paso entre los corazones del pueblo: “Era bueno el hombre, seguro/ con el azadón y el arado. /No tuvo tiempo siquiera/para soñar mientras dormía…”.

Le tocó padecer, luchar, amar y cantar: le tocaron en el reparto del mundo, el triunfo, la derrota, probó el gusto del pan y el de la sangre. “…No me gusta en el viaje/ hallar, en los rincones, la tristeza,/ los ojos sin amor o la boca con hambre./ ¿Qué más quiere un poeta? Todas las alternativas, desde el llanto hasta los besos: “Mi alma es un Carrusel vacío en el crepúsculo”.

A Pablo Neruda el Oriente Rangún (Birmania), le impresionó como una grande y desventurada familia humana. Su vida oficial funcionaba una sola vez cada tres meses, cuando arribaba un barco de Calcuta que transportaba parafina sólida y grandes cajas de té para Chile.  Afiebradamente el joven “Cónsul ad honores chileno” que contaba solamente con 23 años (1927), debía timbrar y firmar documentos. Luego vendrían otros tres meses de inacción, de contemplación ermitaña de mercados y templos. Nos contaría después; “yo existo en ese día repartido,/existo allí como una piedra pisada por un buey,/ como un  testigo sin duda olvidado…”.  A pesar de todo ello continuará publicando regularmente crónicas y poemas. Esta es la época más dolorosa de su poesía.

Pablo Neruda, se adentró tanto en el alma y la vida de ese pueblo, que finalmente se enamoró de una nativa. Ella vestía como una inglesa y su nombre de calle era Josie Bliss. Pero en la intimidad de su casa, que pronto  compartió, ella se despojaba de tales prendas y de tal nombre para usar su deslumbrante sarong  (Traje típico de las mujeres de las islas de Oceanía), y su recóndito nombre birmano.

El poeta tuvo dificultades en su vida privada. La dulce Josie Bliss fue reconcentrándose y apasionándose hasta enfermar de celos: Oh Maligna, ya habrás hallado la carta, ya habrás llorado de furia, y/ habrás insultado el recuerdo de mi madre llamándola perra podrida/ y madre de perros, ya habrás bebido sola, solitaria,/ el té del atardecer mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre y ya no/ podrás recordar mis enfermedades, mis sueños nocturnos,/ mis comidas,/ sin maldecirme en voz alta como si estuviera allí aún/ quejándome del trópico, de los coolics corringhis,/ de las venenosas fiebres que me hicieron tanto daño/ y de los/ espantosos ingleses que odio todavía…”/. El poeta  escaparía sin avisar “Enterrado junto al cocotero hallarás más tarde/ el cuchillo que escondí allí por temor de que me mataras,/ y ahora repentinamente quisiera oler su acero de cocina/ acostumbrado al peso de tu mano y al brillo de tu pie:/ bajo la humedad de la tierra, entre las sordas raíces,/ de los lenguajes humanos el pobre sólo sabría tu nombre,/ y la espesa tierra no comprende tu nombre/ hecho de impenetrables substancias divinas…”
De no ser por sus celos enfermizos, tal vez Pablo Neruda hubiera continuado indefinidamente junto a Josie Bliss: “Maligna, la verdad, qué noche tan grande, qué tierra tan sola!/ He llegado otra voz a los dormitorios solitarios, a almorzar en los/ restaurantes comida fría, y otra vez tiro al suelo los pantalones y/ las camisas,/ no hay perchas en mi habitación, ni retratos de nadie en las paredes./ Cuánta sombra de la que hay en mi alma daría por recobrarte, y/ qué amenazadores me parecen los nombres de los meses, y la/ palabra invierno qué sonido de tambor lúgubre tiene…/.

Sentía ternura hacia sus pies desnudos, hacia las blancas flores que brillaban sobre su cabellera oscura: Pero su temperamento la conducía hasta un paroxismo salvaje. Tenía celos y aversión a las cartas que le llegaban desde lejos a Pablo Neruda; ella Josie Bliss escondía sus cartas, telegramas, sin abrirlos: mira­ba con rencor hasta el aire que él respiraba. “Cuando te mueras se acabarán mis temores", le decía una y otra vez. En otras ocasiones Josie Bliss celebraba misteriosos ritos en su resguardo a la fidelidad del poeta. Así como me aflige pensar en el claro día de tus piernas/ recostadas como detenidas y duras aguas solares,/ y la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos,/ y el perro de furia que asilas en el corazón,/ Así también veo las muertes que están entre nosotros desde ahora,/ y respiro en el aire la ceniza y lo destruido,/ el largo, solitario espacio que me rodea para siempre./

A veces Pablo Neruda se despertaba con una luz, un fantasma que se  movía detrás del mosquitero, era ella,  vestida de blanco, -¡blandiendo su largo y afilado cuchicho indígena. Era ella paseándose horas enteras alrededor de su cama sin decidirse a matarlo: Daría este viento del mar gigante por tu brusca respiración oída en/ largas noches sin mezcla de olvido, uniéndose a la atmósfera como el/ látigo a la piel del caballo. Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el/ fondo de la casa, como vertiendo una miel delgada, trémula,/ argentina/, obstinada, cuántas veces entregaría este coro de sombras/ que poseo, y el ruido de espadas inútiles que se oye en mi alma, y la/ paloma de sangre que está solitaria en mi frente llamando cosas/ desaparecidas, seres desaparecidos, substancias extrañamente/ inseparables y perdidas”.

Seguramente Pablo Neruda pensaba que Josie Bliss acabaría por matarlo. Por suerte, recibió un mensaje oficial que le comunicaba de su traslado a Ceilán. Preparó su viaje en forma secreta, y un día abandonó su ropa y sus libros, salió de la casa como de costumbre y subió al barco que lo llevaría lejos: “Tal vez sigo existiendo en una calle que el aire hace llorar con un/ determinado lamento lúgubre de tal manera que todas las mujeres/ visten de sordo azul…”

Dejaba a Josie Bliss, especie de pantera birmana, con el más grande dolor. Apenas comenzó el barco a sacudirse en las olas del golfo de Bengala, se puso a escribir ese gran poema Tango del Viudo, trágico trozo de su  poesía destinado a la mujer que perdió y le per­dió porque en su sangre crepitaba sin descanso el volcán de la cólera. Color azul de alas de pájaros de olvido,/ el mar completamente ha empapado las plumas,/ su ácido degradado, su ola de peso pálido,/ persigue las cosas hacinadas en los rincones del alma,/ y en vano el humo golpea las puertas./ Ahí está, ahí están / los besos arrancados por el polvo junto a un triste navío/ sacude llamando el alba:/ parece que la boca de la muerte no quiere morder rostros,/ dedos, palabras, ojos:/ ahí están otra vez como grandes peces que completan el cielo/ con su azul material vagamente invencible…”. ¡Qué noche tan grande, qué tierra tan sola!, recordaría Pablo Neruda más tarde. 

 
 

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La Habana, Cuba. 2007.
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