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William Vivanco es, otra vez noticia: el
próximo 14 de julio en los Jardines de
La Tropical, tendrá un concierto
en el que “repasará” algunos temas de su
primer CD Lo tengo to’ pensa’o y
el CD La isla milagrosa que
obtuvo en la más reciente edición de la
Feria Internacional del Disco, Cubadisco
2007, el premio en la categoría de
Fusión. Y parece ser que la fusión es
vocación en Vivanco porque va a
“mezclar” e incluso a cantar “algunos
temas que andan por ahí”.

¿Canciones que no están grabadas?
Algunas que están grabadas y otras no.
Sucede que voy cantando canciones y las
voy hilvanando; es una mixtura.
¿Habrá algún estreno?
Pienso que sí. Lo que sucede es que voy
a estrenar algún tema, pero con la
guitarra, porque no he tenido tiempo de
montarlo con la banda. Es algo para que
se quede en la mente de los seguidores
de mi música. Ya estoy pensando en otro
disco —aunque no quiero forzar las cosas
ya tengo hasta el nombre—, pero no
quiero precipitarme. Quizás cante alguna
canción con la guitarra y diré: esta es
una nueva canción para un próximo disco,
pero, por favor, no se lo digan a nadie.
¿Cuál crees que sea la diferencia
sustancial entre
Lo tengo to’ pensa’o
y La isla milagrosa?
Lo tengo to’ pensa’o
es un disco más juvenil en la forma de
escribir y, sobre todo, en los arreglos.
En este segundo disco tenía mucho más
claro por donde debía de caminar.
¿En qué sentido más claro?
En cuanto a los arreglos y el acomodo de
la guitarra. Proyecto las canciones a
partir de la guitarra. En La isla
milagrosa, los productores Descemer
Bueno y Roberto Carcassés nos sentamos y
empezamos a tocar y se veía más claro
por donde iban los arreglos de cada uno
de los temas.
Creo que es un disco más maduro.
Concebimos los temas incluyendo la
percusión —si llevaba un solo por aquí,
otra cosa por allá— y todo eso lo iba
reflejando desde la guitarra. El trabajo
se hizo más fácil y uno va madurando,
aprendiendo y sumando experiencias.
Decías que proyectas las canciones desde
la guitarra ¿es una forma particular de
concebir tu música?
Es el instrumento que mejor domino y
—como también tengo inquietudes
percutivas— mientras estoy haciendo la
canción me voy imaginando el sabor que
va a llevar. He ido explicándole a
Descemer y a Roberto: ‘esto suena por
aquí, esto lleva una percusión que suena
pa / pa’… me caracterizo por
hacer unos sonidos onomatopéyicos que,
creo, los aprendí en el Coro
Madrigalista durante mi formación de
canto. Eso nutre mucho mis canciones. A
veces me imagino primero cómo va a sonar
la percusión y luego voy sacando los
acordes y va saliendo todo lo demás. Es
mi forma de trabajar.
Hace unos tres años en una entrevista
dijiste: “en toda mi carrera trataré de
tener un sello santiaguero y también
haitiano, jamaicano, y africano, que es
lo que me caracteriza y lo que más me
gusta. Me interesa reflejar la parte
negra de mi historia: tengo un abuelo
negro y un abuelo blanco. Creo que la
parte de la poesía, de la letra, viene
del abuelo blanco y la parte de la
sabrosura del abuelo negro” Ahora
aparece La isla milagrosa, un
trabajo más maduro según tu mismo. ¿Está
la continuidad en La isla milagrosa?
Un gran amigo, el periodista Bladimir
Zamora, me dijo: “William, creo que
este disco es más santiaguero que el
anterior”. Prefiero decir que es un
disco más cerca de las raíces de la
música cubana, mezcladas, fusionadas con
todo lo demás y con lo que está pasando
en todas partes. Por ahí pienso seguir
el trabajo: me gusta mucho, muchísimo,
acercarme a la mayor parte de los
ritmos. En este disco hay un pilón, hay
afro, un chacha/rock…
…¿un chacha/rock?, ¿qué tema es?
El alegrón.
Para
La isla milagrosa
te has apoyado en Interactivo,
una banda, francamente, de excelencia.
La esencia de Interactivo está
sin duda alguna en el disco. En La
isla milagrosa hay una mezcla
increíble… las canciones las escribí,
pero luego fueron enriquecidas por el
conocimiento de Roberto Carcassés y de
Descemer… de la amistad de los dos y de
la preparación musical que poseen.
Es envidiable como pudieron estudiar la
música, aquí, en La Habana; veo una
generación que tuvo una escuela musical
profunda, hermosa y muy amplia. Son
momentos que yo no viví y esa mezcla,
afortunadamente, llegó a mi disco.
Luego, la participación de Yusa y de
Haydeé Milanés (en las voces), de
Yaroldi Abreu,
que es un percusionista
impresionante; está David Suárez
(también en la percusión), está Elmer
Ferrer con su guitarra. Todo eso lo veía
muy lejos en los primeros tiempos cuando
llegué a La Habana y luego me fui
acercando poco a poco.
¿Cómo llegas a
Interactivo?
Llego gracias a la rapera Telmary Díaz.
La isla milagrosa es
Interactivo y, creo, tiene eso que
llaman factura elevada, entre otras
cosas, por los músicos que forman parte
de Interactivo que todos son
monstruos.

¿Quién es el responsable del diseño de
La isla milagrosa?
El diseño es de Reynaldo López y Taggles
Heredia. Reynaldo es un diseñador que
trabaja para hoteles y para grandes
compañías. Cuando lo conocí me pareció
que estaba tan loco que pensé: este es
el hombre; me dijo: “jamás he diseñado
un disco” y le contesté: mejor todavía,
creo que así va a ser mucho más
interesante. Los dibujos son de Taggles
Heredia.
¿Tienes pensado continuar la
colaboración con Interactivo?
¡Por supuesto!, hace unos días le
comentaba a Robertico que Interactivo no
va morir nunca… aunque estamos por aquí
y por allá y no nos veamos en tiempo y
no tocamos porque no se dan las
condiciones que requiere Interactivo
—que es una banda potente—; cada cual
tiene su trabajo independiente y se nos
hace difícil reunirnos.
Pero, quizás, ahí esté el secreto de
Interactivo… a veces los proyectos se
agotan por repetición.
Exactamente. Es por eso que, creo,
siempre vamos a encontrarnos y a tocar y
estoy seguro de que será cada vez mejor.
Tiene que ser mejor porque tenemos las
mismas inquietudes en relación con la
música. No tratamos sólo de hacer música
sino de andamos por ahí buscándola por
donde quiera que se meta.
¿Tus inicios?
Lo del canto es desde siempre… desde la
primaria cantaba. Realmente no fui muy
buen estudiante; veía como todo el mundo
se inclinaba por esto y por lo otro y a
mí nada me parecía interesante, incluso,
me decía: ¿Cuándo voy a saber lo que
quiero? A mí, sinceramente, nada me
llamaba la atención. Cuando terminé el
doce grado, supe de una convocatoria que
se había abierto en el Coro
Madrigalista y me presenté. Yo no
sabía mucho de coros.
Pero en Santiago de Cuba hay una
tradición coral arraigada; está el
trabajo del Orfeón de Santiago
que dirige el maestro Electo Silva y
también el Madrigalista que tiene
una historia.
Sí, pero yo era una guajirito de ciudad
y no tenía idea de qué era un coro y
cómo se vivía allí dentro. Mi entrada al
Madrigalista fue algo que me
ayudó y que, indiscutiblemente, me ha
marcado para todo la vida. Ahí aprendí
la técnica del canto, la respiración con
el diafragma, todos los sonidos raros
que hago. El sentido de la percusión
—eso se lo debo a Santiago de Cuba—:
allí hay excelentísimos percusionistas,
rumberos. Mi casa está en La Trocha y
Carretera del Morro y por ese lugar
pasan las comparsas cuando se ensaya
para los carnavales: ¡suben y bajan La
Trocha!, así que estoy metido ahí mismo.
En el Coro aprendí algo de piano y la
guitarra. Toco un poquito de bajo y creo
que —si practicara más y le dedicara
tiempo— podría ejecutar mucho mejor el
bajo.
Llegaron los noventa y el Período
Especial con sus tremendas limitaciones
y eso me llevó a hacer un cuarteto con
unos señores de Santiago de Cuba.
¡Figúrate!, estaba en el Coro desde las
ocho y media de la mañana hasta las doce
del día y, a esa hora, salía corriendo
para El Morro a tocarles a los turistas,
después iba al Cayo y en la noche,
durante la comida, al Hotel Casagranda
hasta las dos o las tres de la
mañana.
Al otro día, me levantaba y volvía a
comenzar lo mismo. La directora del Coro
me regañaba mucho y siempre me decía:
¡mira como tienes la voz, eso es por la
trasnochadera!, pero esa experiencia me
sirvió: las cuerdas vocales son músculos
y, raramente, me enfermo de la voz;
puedo cantar, incluso con gripe. Preparo
la voz, la caliento y canto; eso me lo
dio ese entrenamiento, ese fogueo tan
fuerte.
Recuerdo que una vez, estando cantando
en el Morro de Santiago, tocamos La
Malagueña, que es muy difícil
y un señor dijo: ¡pero qué bien!,
cántamela y cada vez que me la cantes te
voy a dar una buena propina... En el
Morro la cantamos como cuatro o cinco
veces y, después, nos dijo: ¡móntense en
el carro… y yo seguí cantando La
Malagueña no sé cuantas veces más…!
¿Cuándo das el salto para La Habana?
Llegó un momento en que comenzaron en mí
las inquietudes intelectuales y empecé a
leerme algunos libros, a escuchar a
Silvio Rodríguez y a otros trovadores.
Uno de mis mejores amigos, Ernesto
Rodríguez, ex integrante del Dúo
Postrova, estaba en un trío y yo en
un cuarteto y un día nos dijimos: ¿hasta
cuándo nosotros vamos estar tocando por
propinas?: si seguíamos así íbamos a
estar toda la vida en eso.
Él dejó el trío y yo el cuarteto y
comenzamos a andar por Santiago y donde
nos agarraba la noche empezábamos a
tocar. Esa etapa fue muy importante
tanto para Ernesto como para mí; nos
pasábamos el día escuchando música.
Poníamos una canción y la volvíamos a
poner y la volvíamos a poner e
intentábamos una letra y otra ¡y dale
pa’cá y dale pa’llá!
Eso no lo he vuelto a tener; ese reto,
ese intercambio es muy necesario. Pienso
que no está sucediendo mucho. La gente
está componiendo, pero no hay una
interrelación y eso es muy importante
para la creación.
Te voy a hacer otra anécdota. ¡figúrate
si la propina nos perseguía! que un día
salimos de “tocadera” y fuimos a Las
Américas donde trabajaba un amigo
que nos había invitado a tomarnos unas
cervezas… ya en ese momento nosotros nos
sentíamos unos artistas, que sabíamos
hacer canciones y lo de la propina era
para otros… pues, resulta, que sacamos
las guitarras y empezamos a cantar. Vino
un señor y nos metió un dinero en el
bolsillo y nosotros a decir que no, que
nosotros no tocábamos por dinero y el
hombre a que sí…
¿Y qué tiempo estuviste trabajando con
Ernesto en ese “dame, te doy”?
Unos tres años más o menos. Él y Eduardo
Sosa —también trovador y santiaguero—
estaban más “adelantaditos” y andaban
por La Habana. Cuando llegaban a
Santiago y nos reuníamos me decían: ¡no,
no, que va, William, esas cancioncitas
que nosotros estamos haciendo no sirven…
allá, en la capital, hay unos tipos que
están escapa’os! Imagínate, eran,
Vanito, David Torrens, Habana Abierta.
Ellos vieron aquello y dijeron: ¡estamos
embarca’os: hay que trabajar!
Otra anécdota. Fue a Santiago, Medina,
del grupo Cachivache. ¡Figúrate!
aquello era un show, algo sin cabeza y
yo con mis canciones… un día va Medina a
la Casa del Joven Creador y se encarama
en el escenario, agarra la guitarra y
¡acaba con ella! con aquel tema
cáscara de mandarina / por eso yo te
quiero cantar /… esos temas locos y
yo escuchando aquello y me decía ¿y esto
qué cosa es? Después que terminó, la
gente de la Asociación Hermanos Saíz
de Santiago casi que me obligó a cantar
y yo me decía: ¿qué voy a hacer?... las
orejas se me pusieron rojas, la cabeza
se me quería explotar de la vergüenza
¡yo cantar después de aquella
maravilla!; canté como dos canciones
—muerto de miedo— y me fui con la imagen
de la forma de proyectarse Cachivache.
Me encerré y así nació la canción
Café que está en el disco Lo
tengo to’ pensa’o y mucha gente me
conoció a través de ella… es un tema que
tiene unos enredos en los compases, pero
fue de ese impacto, de ese choque
increíble.

¿Cómo llegas a La Habana?
Me quedo en casa de una tía de Ernesto,
por Nuevo Vedado, y machacando por aquí
y machacando por allá… tenía que estar
dos o tres semanas y luego volvía a
Santiago en tren ¡cogí una cantidad de
trenes que ni te imaginas!
Comencé a conectarme con los trovadores
de aquí y —no te voy a decir mentira—,
me parecía flojo el movimiento en
sentido general, pero un día voy a la
Sala Caturla del Teatro Amadeo Roldán
y veo un señor vestido de blanco
haciendo unas canciones y diciendo que
es, también, trovador. La verdad, no
entendía nada.
Yo pensaba que la trova era, solamente,
la referencia que tenía, pero me di
cuenta que ese trovador vestido de
blanco, que es Descemer Bueno, estaba
haciendo un concierto de sus canciones
solamente a guitarra.
Ahí fue donde me di cuenta que habían
otras cosas y empecé a investigar… luego
me enredé con la gente del hip hop y me
fui como metiendo en todos los mundos.
Donde nunca he entrado todavía es —no sé
por qué no me da bola— con los rockeros;
hay algo ahí que me frena. Quisiera,
pero no le cojo la vuelta: ¡figúrate,
guajiro y santiaguero… todos tenemos
nuestras limitaciones!
¿Planes?
Recién terminamos el video clip Pilón
que lo dirige Bilko Cuervo. Fue una
experiencia única. La aventura de hacer
el video en Santiago fue algo increíble.
El día anterior a la filmación hice un
concierto en el Teatro Heredia y
lo dimos todo porque por primera
vez tocaba ahí, en mi provincia, y creo
que lo merecía.
Terminamos muertos de cansancio y al
otro día había que filmar el video clip.
Súmale al “bombillón” que te ponen
delante, el calor de Santiago… tenían
que estarme, constantemente, secando el
sudor.
Pero, resulta que al amanecer el cielo
estaba completamente gris y lloviendo,
cosa rara en Santiago. Todos los
técnicos estaban en Bella Vista
desde donde se ve toda la bahía, pero en
realidad la vista no estaba nada bella,
más bien al revés.
A las ocho de la mañana, después de la
espera, Bilko decidió comenzar a filmar
como si estuviera el sol afuera. Nos
fuimos a la playa y las primeras tomas
las hicimos bajo un tremendo aguacero,
de repente empezó a dejar de llover y a
salir el sol y todo comenzó a coger un
color precioso; los camarógrafos estaban
arrebatados con la temperatura que
estaban cogiendo los colores. Las
imágenes quedaron, realmente,
espectaculares.
¿Y para cuando estará terminado el video
clip?
En horas. Bilko es hiperactivo y por
estos días anda muy sedado… está
irreconocible y yo muy nervioso. |