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Adolfo Colombres, reconocido novelista y
antropólogo argentino, uno de los
destacados participantes del recién
concluido V Congreso Internacional
Cultura y Desarrollo que transcurrió en
La Habana, aprovecha su estancia para
proyectar la publicación en nuestro país
de algunas de sus más recientes novelas.
También un prestigioso ensayista,
Colombres ha emprendido el estudio de
las culturas latinoamericanas y aquello
que nos unifica, el propósito común
imprescindible para salvaguardar el
lugar de América Latina en el mundo
globalizado del siglo XXI.
Ha
escrito sobre el proyecto civilizatorio
que debe emprender América Latina para
lograr el desarrollo de la región sin
perder su identidad social y cultural.
¿En qué consiste este proyecto?
Escribí sobre el tema en un libro cuya
primera versión incompleta se hizo en el
año 2000, en La Habana, a cargo del
Instituto Juan Marinello, y que se llamó
La emergencia civilizatoria de
nuestra América. Después el libro
fue completado y publicado en Argentina
y Venezuela con el nombre de América
como civilización emergente. De ese
libro está por salir una versión
actualizada en España y en Bolivia, y
quiero proponerlo también para el
Instituto Cubano del Libro. En él
trabajo sobre el eje de la definición de
civilización, o sea, ¿qué somos? Es
curioso, pero la gente no sabe responder
a esta pregunta. En los países islámicos
tienen una conciencia bien clara de que
pertenecen a un tipo de civilización. La
civilización la entiendo como
aglutinante de una diversidad cultural,
de una serie de matrices culturales que
tienen algo en común, pero que divergen,
ya sea en lo político o incluso en lo
cultural. Esas diferencias no les
impiden actuar frente a otros grupos
como civilización en su conjunto, como
ocurre con la civilización Occidental.
América todavía no se ha definido en
este aspecto. En el Centro de Estudios
Estratégicos de Harvard hablan de ocho
civilizaciones que se van a disputar el
siglo XXI en el cuadro internacional y
nos citan —antes nos llamaban
Iberoamérica, pero ahora nos llaman
Latinoamérica— funcionando como una
civilización dentro del concierto de
civilizaciones.
Nosotros no nos vemos así. Se habla de
cultura Latinoamericana, pero es un
término vago, porque cultura en última
instancia nos tiene que remitir a las
distintas matrices culturales, que
tienen cierta autonomía. Hay que hablar
por lo menos de 2000 matrices culturales
en América, si no más. ¿Cómo se une esa
diversidad? Únicamente con un concepto
de civilización, porque a pesar de ser
diversa, América tiene una mayor
coherencia cultural que otras
civilizaciones, incluso la Occidental.
América tiene la misma lengua,
religiones, miles de costumbres que son
semejantes, etcétera.
Planteo este tema de la definición
civilizatoria para ver cómo, si se va a
construir una nueva civilización
planetaria, que es de lo que se habla en
el Foro Social Mundial, esta mal llamada
“civilización”, pues tendría que ser
“humanidad”, surgiría de un diálogo de
civilizaciones. ¿Cómo entramos allí si
todavía no nos vemos como civilización?
La
definición de civilización no es simple.
Implica trabajar a todos los niveles en
función de una propuesta específica,
tanto una visión de lo ecológico como de
las estructuras sociales, de la
literatura y el arte. La civilización
siempre se define por grandes principios
que la vertebran. Creo que implica una
situación de madurez de la conciencia.
La
situación objetiva ya está. Cuando
hablamos de MERCOSUR, CARICOM y la
Comunidad de las Naciones Andinas,
estamos hablando de países que están
pensándose más allá de las fronteras
nacionales, pero ahora falta englobar
todo eso sobre un concepto común y una
base cultural, porque los otros acuerdos
están muy signados por el mercado. Más
allá de eso, tiene que haber una unión
de los pueblos y las sociedades, porque
la base económica es endeble. Cuando hay
una unión cultural se generan lazos más
fuertes, mayor imbricación; por ahora la
unión cultural depende nada más que de
los intereses económicos, que son
fluctuantes.
Este
tema pasa por el problema de una
inteligencia formada al estilo
occidental y con parámetros y categorías
occidentales, que no se resigna a
desprenderse de la civilización
Occidental. América tiene lenguas y
elementos más occidentales que otros
continentes, tiene una herencia mayor,
pero aún así, si uno va a los pueblos,
especialmente los indígenas, mestizos,
afroamericanos, claramente no se
identifican con Europa. Existe un temor
a esta ruptura, la ruptura del
nacimiento, que no excluye el amor o el
reconocimiento, sino simplemente saber
que uno es un ser diferente, y definirse
como diferente.
De
qué vale hablar de diversidad cultural
si no vemos lo esencial, si no somos
capaces de responder a esa pregunta:
¿Quiénes somos nosotros en el mundo de
hoy? ¿Somos una civilización, o somos un
segundo Occidente, una especie de furgón
de cola que Occidente sigue explotando y
destruyendo? En todo caso, si somos
parte de Occidente somos una parte
maltratada.
Mi
libro apunta a todo esto, trata de
avanzar en los distintos terrenos
hablando de los pueblos, de toda esa
pugna inicial en la que por un lado está
el concepto de latinoamericanismo y por
otro el de panamericanismo. Habla de la
Carta de Jamaica, de Bolívar, en el año
1815 y del Congreso de Panamá, y después
del año 1823, en que se pone la primera
piedra del panamericanismo: “América
para los americanos”, es decir, los
norteamericanos, en contra de
“Latinoamérica para los
latinoamericanos”.
Esa
diferenciación fue muy clara para
Bolívar. Al volver de la guerra y
enterarse que Santander había invitado a
EE.UU. a ser parte del Congreso de
Panamá, le dijo que estaba muy
equivocado, que EE.UU. estaba llamado
más bien a ser la ruina de nuestras
naciones y no a ser el hermano mayor que
nos iba a ayudar a hacer nuestro
destino. En esto no se equivocó nada.
Después se fueron separando las aguas de
panamericanismo y latinoamericanismo, y
ahora el primero es el que dirime el
ALCA, mientras el segundo dirime el
ALBA. Es importante entender que no es
un asunto de hoy ni de hace 10 ó 20
años. Son procesos que comienzan antes
de la independencia, que han venido
actuando a lo largo de casi dos siglos
ya.
Ha
afirmado en este Congreso que la
colonización cultural es una verdadera
mutación antropológica. ¿Cómo lo
explica?
Me
refería a todo el proceso de la sociedad
posmoderna y a la parte neoliberal
tardía. Uno ve, por ejemplo, una
creciente destrucción del lenguaje,
gente que ya no habla ni mil palabras.
Hay estudiantes en Argentina que no
pudieron entrar a la Universidad porque
no tenían más de 600 palabras. Con 600
palabras, 800 ó mil, uno no puede dar
cuenta de la complejidad del mundo ni
por el lado analítico ni por el
simbólico. Piense en lenguas como el
inglés o el español: el inglés en la
época de Shakespeare llegó a tener cinco
millones de palabras. ¿Por qué el hombre
inventó tantas palabras? Porque necesita
dar cuenta de aspectos específicos. Hay
culturas, como la berebere, que tienen
50 palabras para designar al león porque
para ellos hay muchos leones, no uno
como vemos nosotros. Alguien que ha
visto su lenguaje reducido a mil
palabras tiene contaminada incluso esa
cantidad, porque los intereses
comerciales y políticos están siempre
manoseando todas esas palabras que
pierden el sentido, pierden esa cosa
cristalina, nombradora del ser de las
cosas, que tienen las palabras cuando
gozan de buena salud. Entonces la
palabra, además de haber quedado muy
reducida, está enferma y contaminada.
Igual que el aire, la tierra y los ríos.
La
palabra contaminada, la destrucción del
lenguaje, su sustitución incluso por
patrones tecnológicos y al mismo tiempo
la supresión de toda la dimensión
profunda del hombre, de lo que
entendemos por cultura y de toda esa
herencia moral de la especie, lleva a
que uno se pregunte si realmente podemos
ser llamados homo sapiens, porque
este se articula en el saber, y el saber
se articula en el lenguaje. La aventura
del hombre, de millones de años, fue una
aventura en profundidad. Toda esta
banalización del mundo, convertido en
una visión epidérmica de las cosas, es
un desandar el camino de la especie.
Por
eso digo que es algo mucho más grave que
la colonización cultural, porque esta
significa desplazar tu propia cultura
para poner otra en su lugar y por lo
general se imponían culturas dignas, de
pueblos que tenían mayor desarrollo —el
caso de España, Inglaterra, Francia,
etcétera. Sustituían una cultura por
otra, pero las dos eran culturas, tanto
la sustituida como la sustituyente.
Ahora se destruyen las culturas, se
destruye la herencia humana, para
imponer chatarra, algo que no se le
puede llamar cultura. Se impone una
cultura de los medios hecha para vender,
no para exaltar la diversidad ni la
herencia moral del hombre.
Por
eso me pregunto: si hay una nueva
mutación antropológica ¿cuál es el
mutante, cuál es el nuevo hombre que
surge? Alguien dice que el homo
videns, pero yo no creo en él
porque, si bien el hombre tiene desde el
punto de vista biológico una estructura
claramente visual, tal como la especie
se conformó culturalmente lo visual
tiene poco sentido si tiene que
prescindir de la palabra, o sea, de lo
conceptual. Sí creo que pueda existir
eso que llamamos el homo consumens,
que es un hombre de pocas palabras que
consume o aspira al consumo, es un
hombre masa, como ya lo describía la
escuela de Frankfurt. No es una masa que
implica coherencia y fuerza, si no que
es alguien aislado, metido en su propia
celdilla donde el mundo se reduce a sus
amigos y su familia y todo lo demás no
importa. Lo que llamamos cultura deviene
una especie de entretenimiento
idiotizante, las grandes obras del
espíritu son también ablandadas,
reducidas.
Ese
hombre sin cultura es manejable, y eso
es lo que dicen las corporaciones, lo
que dice este orden mundial injusto. Por
lo tanto, el bombardeo, la retirada de
incentivo y presupuesto a la cultura en
el mundo capitalista no es casual. Creo
que con el tiempo, y no uno lejano, sino
breve, se va a acentuar esta guerra
contra la cultura, porque si uno lo mira
desde el punto de vista de la mutación
antropológica se entiende: ya es una
guerra de especies. Los mutantes van a
querer destruir lo que resta del homo
sapiens, las personas que se
preocupan por el sentido de las cosas
—que es la función del homo sapiens,
un animal constructor de sentidos.
Esta lucha entre especies puede
trascender incluso la lucha de clases y
la lucha cultural.
¿Cree que Congresos como el de Cultura y
Desarrollo puedan influir en esta
situación?
Este
Congreso me pareció excepcional, porque
no es un congreso académico, y tampoco
es uno ligero. A veces también lo
académico deviene ligero, porque aparece
toda la vanidad intelectual, el
despliegue de jergas, como mecanismos
que actúan lejos de la realidad.
Uno
percibe en este Congreso que la gente
que participa maneja destinos, está
metida en los procesos, no son
catedráticos que solamente piensan en la
jerga. Son personas que tienen
proyección en la cultura, son sus
protagonistas. En ese sentido es
importante que sea un Congreso de
protagonistas, en el que unos tienen
cargos universitarios y otros son
indígenas con una palabra vibrante que
dicen grandes verdades por más que no
tengan cargos académicos. Por eso me
interesa este tipo de Congreso, a los
otros casi no voy. Cada vez me siento
más lejos de ese mundo académico.
Soy
escritor, fundamentalmente escritor de
ficción, que es lo que más me gusta
hacer, y si me meto en el terreno de las
ciencias sociales o de las teorías del
arte no es solo por placer sino por que
lo siento casi como un deber frente a un
mundo cada vez más confundido que está
poniendo en peligro todas las cosas que
aprendí a amar.
Sin embargo, estos temas de identidad
cultural también aparecen en sus
novelas…
En
alguna medida. Justamente, sí aparecen
en una novela que también quiero
proponer para Cuba, llamada El
desierto permanece, que transcurre
en África. La actitud del personaje, de
echarse a naufragar en los desiertos del
este de África, al norte de Kenya, tiene
que ver con esto. Se le desarma toda la
base moral de la existencia, lo que le
ha dado sentido a su vida y no logra
reconstruirla. Para no sobrevivirse a sí
mismo, de alguna manera opta por
recuperar los mitos de los mundos
lejanos de su infancia y juventud. Se va
allá como quien naufraga. No quiere
estar librando una lucha denodada por
algo a lo que no le ve sentido.
En mis novelas he tratado temas como el
colonialismo mental, por ejemplo en mi
novela Karaí, el héroe (1988),
usando mucho el humor, pero por lo
general no quiero meter demasiadas
conceptualidades en la novela porque
para eso están los ensayos, mi obra de
ficción va por carriles distintos.
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