Año VI
La Habana

30 de JUNIO
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de 2007

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ENTREVISTA CON JULIA CALZADILLA NÚÑEZ

Entrelíneas de un homenaje

Randy Saborit Mora • La Habana

Este 21 de junio en el Salón de los Espejos del Instituto Cubano del Libro se reflejó la ternura y el talento que Julia Calzadilla lleva dentro. Quienes asistieron a El Autor y su obra, oyeron hablar de la sensibilidad de una poetisa y escritora para niños, la ciencia de la única egiptóloga del Caribe, de la experiencia de una intérprete fundadora de los Servicios de Conferencias de nuestro país y del Equipo de Servicios de Traductores e Intérpretes (ESTI). Entre los fuegos del elogio, Julia prefirió el silencio.

Los ojos de aquella mujer anunciaban lluvia de humildad en una tarde de tiernas palabras. “Julia”, “Julieta”, “July”, “Julita”, “Juliana”,  así la han nombrado sus amigos en 40 años de amistad en los que han compartido sus alegrías y sus tristezas. Conservar en agua tierna a amigos de más de 40 años es todo un reto.

La sapiencia de esta mujer, según dicen quienes la conocen, ha estado al servicio del amor. Sospecho que en ese  idioma es mucho más fluida que en inglés, francés, italiano, portugués; incluso español. Pero como es solo una sospecha de primera impresión debo entrevistarla, “¡por si las moscas!”. Hay seres que merecen ser releídos, como la buena escritura.   

“Nada es casual”, dice una y otra vez Julia Calzadilla de la sala al comedor de su casa, que es como una gaveta atestada de libros, como ella misma ha definido. El visitante que llega y tropieza con los libreros incrustados en las paredes se asombra con tantos tomos de la Biblioteca Internacional de Obras Famosas. Historia. Poesía. Novelas. Cuentos. Filosofía…  Textos que se notan leídos y releídos. “Yo conozco mi biblioteca, cuando busco algo lo encuentro”, refiere por teléfono a alguien que le ha solicitado precise un dato. 

También en una de las paredes de la sala muestra imágenes de faraones de la dinastía XVIII del Antiguo Egipto. A esta mujer que estoy descubriendo me parece haberla conocido desde mucho antes. Tendré que ser cuidadoso para no confundir la segunda persona del plural con la del singular.

Tiene luz en la mirada y gracia en la palabra. Sus ojos penetran con respeto y ternura a la vez.  Es de la madera de los Pinos Buenos. Se le sale Martí por el verbo. Se nota que es una mujer “de donde crece la palma”. Este es un diálogo con Julia, “en julio como en enero”.

Los adolescentes y jóvenes en Cuba tenemos en algún lugar de nuestra memoria los nombres de Mirta Aguirre, Dora Alonso, Denia García Ronda, Julia Calzadilla… ¿Qué significa para Julia que los niños de este país aprendan a leer con algunos de sus textos?

Es un sentimiento de deber cumplido. Con amor. Es compartir un poco la infancia y la formación de nuestros niños. Yo fui alumna de Mirta Aguirre. Conocí muy de cerca a Dora. Fui compañera de estudio de Denia García Ronda. Es decir, todos esos nombres que has citado me son muy familiares. No solo como escritoras, sino desde el punto de vista humano. Sé que compartían este mismo sentimiento.

¿Escribir para niños significa “ñoñería” en el lenguaje?

No, eso es un error que se comete siempre cuando uno empieza, hasta que te das cuenta de que los niños son seres muy interesantes que tienen cosas muy importantes que decir. Como yo he dicho siempre, los niños no deben hablar solamente cuando las “gallinas hacen pipi”, como nos enseñaban a nosotros (se decía de otra manera…). Yo creo que crearle a un niño un universo en “ito”, minimizarle las cosas, es un error; pero es una lección que se aprende. Todo el que comienza a escribir para niños cae en esa “trampilla”, yo pasé por esa etapa, pensar que hay que diminutizarles el mundo, pero no...

 ¿Alguien pudiera pensar que la literatura para niños es un género menor?

No, eso es un absurdo. Yo no creo que haya género mayor o menor. O sirve o no sirve. O es bueno o no es bueno. Tampoco la literatura policíaca es un género menor. Yo no creo que haya nada mayor o menor. Todo es literatura, si es buena, es literatura.

En 1976 obtiene el Primer Premio Casa de las Américas con Cantares de la América Latina y el Caribe, y ocho años más tarde alcanza el segundo con Los Chichiricús del Charco de la Jícara, ¿habrá un tercero?

No sé… depende de lo que pueda hacer. Tengo libros nuevos, pero ya apenas concurso, casi nada, puedo decir. Los concursos en que he participado recientemente son de literatura para adultos, pero de niños no; sencillamente lo llevo a una editorial y se publican. A veces el concurso es una vía para poder publicar.

No es frecuente que un escritor latinoamericano tenga dos premios Casa, ¿qué significan?

Pues me siento muy honrada, no solamente por mí, sino porque las únicas tres personas que tenemos dos premios Casa somos mujeres y cubanas, además. Somos Dora Alonso, Nersys Felipe y yo. En el caso de Dora tiene un Premio Casa en literatura infantil y otro en la categoría de adultos. Y en el caso de Nersys y mío los dos son en literatura para niños y jóvenes.

¿Ha visto alguna vez a un güije?

¡No, pero me encantaría verlo! Yo era muy amiga de Samuel Feijóo, y por él escribí Los Chichiricús… Hice viajes a Santa Clara y a Cienfuegos con él en mi carro, manejando yo, los dos solos. Le decía que yo no había estado el tiempo suficiente en una laguna, en un charco o en un río como para tratar de ver a un güije... Nací aquí en La Habana. Vivo aquí entre edificios, latones de basura y tránsito y claxons. Pero estoy segura de que con mi fantasía podría ver un güije perfectamente. Hay un libro de duendes, gnomos y enanos donde hay una cita en la que se dice que quien no ha visto un gnomo alguna vez en su vida es porque tiene un defecto en la vista. Yo creo eso.

¿Qué haría Julia Calzadilla si sorprende a dos niños de la escuela primaria hablando sobre chichiricús en la parada de la guagua?

Bueno, no me ha pasado en la parada de la guagua, pero me ha pasado en una casa donde estuve una vez de visita, y no sabían que era yo la autora. Entonces la mamá le dijo a su niño: “Si no haces esto, te va a salir el Chichiricú del Charco de la Jícara”… y nos echamos a reír. Ella preguntó que por qué nos reíamos  y quien me  había llevado a esa casa le dijo que la autora de esa noveleta era yo.

 Los  Chichiricús del Charco de la Jícara, Los alegres cantares de Piquiturquino, Las increíbles andanzas de Chirri, Casuarino y el Libro Encantado de los Chacaneques son algunas de sus obras para niños y jóvenes. ¿De dónde le nacen los títulos a Julia Calzadilla?

De la historia misma que cuento, de la trama que recreo. Ahí hay mucho rescate de la mitología cubana, de nuestras tradiciones cubanas y de América Latina. Así, la estirpe de los chacaneques habita en una geografía imaginaria, pero tú te das cuenta de que es Latinoamérica porque existen sitios como Titlaquipa, los montes Andicagua, la etnia de los amerawikos, o sea que juego con las palabras y de ese modo, empleando esos referentes, además de ubicar a los niños en un entorno latinoamericano, el resultado no es un texto didáctico.

A los niños y a los adolescentes les faltan muchas cosas, por ejemplo madurez ¿crees que les sobre algo?

No creo que a los niños y adolescentes les falte siempre madurez, hay muchos adultos que también son inmaduros. Lo que pasa es que son etapas de la vida donde, como dice la palabra, se “adolece” de muchas cosas, de ahí viene la noción de adolescencia. Todos adolecemos de algo, de alguna manera. En la infancia adolecemos, en la adolescencia adolecemos y también en la adultez y en la vejez. En todos los momentos nos faltan y nos sobran cosas, no es solo en una etapa de la vida.

Se dice que para comunicar de mejor manera un mensaje al público, el comunicador debe pensar en alguien concreto. Cuando Julia escribe, ¿en quién piensa?

Pienso, quizá, en la niña que fui o no fui, en la niña que mantengo todavía viva adentro. Y tratando de que el niño a quien me dirijo, que no tiene rostro, que es un niño ideal —vamos a decirlo así—-, un niño colectivo, tenga vivencias mucho más alegres de las que yo tuve.

José Martí  aspiraba a que los niños de América que leyeran La Edad de Oro lo recordaran como un amigo, ¿cuál es la máxima aspiración que tiene Julia que también escribe para niños?

Seguir el camino que trazó el hombre de La Edad de Oro, aunque jamás se podría ser como él. Martí es único. Todos lo somos, pero hay singularidades extraordinarias, como la martiana. No obstante, intento seguir al menos la senda que el marcó, marchar por ella. Es un Maestro, en el sentido pleno de la palabra.

José Lezama Lima decía que José Martí era como un “Mar Mártir”, jugaba con las sílabas de su apellido, ¿cuál es el Martí que la acompaña?

El Martí integral. El Martí espiritual. El Martí masón, que creyó en la espiritualidad también como una ciencia, como la ciencia del espíritu. Ese es el Martí que me acompaña. El Martí hombre, el Martí místico, el Martí patriota, el Martí político. El Martí niño, el Martí padre. El Martí que se espantó una vez de todo y necesitó buscar un refugio, como le escribió una vez a su hijo en el Ismaelillo… el Martí completo, integral, no fraccionado.

Según he podido saber, en sus tiempos de estudiante universitaria le daba a leer sus poemas a Mirta Aguirre y ella le decía que era “trágica” en lo que escribía... Ella, en cambio, la invitó a dar rienda suelta a la ternura que llevaba dentro…

Pero los poemas y artículos que yo le daba en clases no eran para niños. Yo escribía para adultos. En aquella época yo tenía solo 20 años. Había “tragado” a autores difíciles como Nietzsche y Schopenhauer, pero evidentemente no los había “digerido”. Y Mirta me alertó, me dijo que no insistiera en ser trágica, sino que buscara la veta de ternura que había en mí y que escribiera para los muchachos. Eso hice, ella me ayudó muchísimo. Aprendí técnicas de rima, de composición, de métrica, de narrativa gracias a ella.

¿Entonces no es casual que Mirta la acompañe en su vida y en su obra?

Obviamente la presencia de ambos —de Martí y de Mirta— en mi vida y en mi obra no es casual. Viven, me acompañan en mi corazón y en mi mente.

Otra faceta de su vida es la egiptología. Es usted la única egiptóloga del Caribe, ¿no se siente fuera de lugar?

Por supuesto que me siento así si entendemos “estar fuera de lugar”  en el sentido de que en verdad no se comprende la relevancia que eso tiene… Pero no lo estoy cuando se comprende que se trata de una antiquísima cultura de sabiduría excepcional. Lo que pasa es que se choca con la incomprensión y con la subestimación de muchísimas personas que no toman en cuenta una cultura tan antigua y extraordinaria como esa, y la importancia —incluso para nuestro país— de que yo haya puesto el nombre de Cuba en la Asociación Internacional de Egiptólogos, con sede en Inglaterra, desde el año 1998.

¿Por dónde le entra el interés a Julia por el antiguo Egipto?

Me imagino que me entre de otras vidas porque creo en la reencarnación. No hay otra manera de explicarlo científicamente. En mi casa no me habían hablado de ese tema en mi infancia. Mi padre era profesor de Matemáticas, Física y Química del Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana; mi madre había estudiado enfermería, era profesora de Educación Física. Mis tías abuelas amaban la literatura, la poesía, recitaban poemas de Juan de Dios Peza, de Nieves Henes, de Hilarión Cabrisas, de Martí, pero nadie hablaba del antiguo Egipto.

Yo, desde los 6 años más o menos, les pedía que me hablaran de faraones y de pirámides… Entonces —como me explicó mi familia después, siendo ya una muchacha— me inventaban “versiones” de los cuentos y, por ejemplo, si la Caperucita iba por el bosque, se encontraba de pronto con un obelisco, ¡y ya yo era feliz! Eso, me hacían versiones de esos cuentos, siempre incluyendo algo del antiguo Egipto, que es una pasión que ha perdurado hasta hoy. Me licencié en Historia del Arte en 1975 en la Universidad de La Habana. Me especialicé en Arte Egipcio, y después hice dos pasantías (2000 y 2002) en los Museos de Bellas Artes en San Francisco, California. Hoy sigo estudiando, no se puede dejar de investigar…

¿En qué cree fervientemente Julia?

Creo en la verdad, en la honestidad. Esto quizás parezca como una verdad de Perogrullo, pero cuando te digo verdad también te estoy diciendo honestidad. Creo que todo lo que no es verdad es deshonesto… y también creo en la fe. La fe es una de las cosas que no se deben perder.  No solamente la fe en una creencia religiosa, sino también la fe en el prójimo, la fe en un ideal, la fe en una causa. Es algo muy enaltecedor cuando se tiene y muy doloroso cuando se pierde.

¿María Magdalena tiene algo que ver con lo que usted escribe?

Sí tiene que ver porque María Magdalena es un símbolo. Es uno de los  atropellos que se han cometido contra la mujer en la historia. En la misoginia que ha reinado, sobre todo en la Iglesia Católica, al presentar a la mujer como una prostituta, como el origen del pecado, desde la “época de Adán y Eva”.

María Magdalena, repito, es un símbolo y también una figura histórica: fue la esposa de Jesús, fue su compañera. Hay pruebas de ello en los evangelios apócrifos y ahora se ha sacado a la luz… Yo, gracias a Dios, tengo que ver directamente con eso, pues he hecho artículos —y próximamente un prólogo— sobre ese tema desarrollado magistralmente en libros de mi amigo catalán José Luis Giménez, donde se muestran trípticos encontrados de María Magdalena embarazada, en la cruz, llorando por la muerte de Jesús. 

¿Alguien la ha acusado de ingenuidad científico-técnica o mística a partir de su campo de estudio? Si le ha ocurrido qué tendría que decirles a los que así piensan.

Sencillamente, perdóname si soy un poco dura, no me importa. Una vez a mí me preguntaron —creo que fue durante una de las conferencias que he dado—, si lo que yo estaba explicando era “sobrenatural”. Y recuerdo que le respondí al señor que me dijera qué había por encima de la Naturaleza, porque que yo supiera ni supra, ni infla, ni paranatura hay nada, ya que todo está en la Naturaleza. Lo que pasa es que tendemos a negar lo que desconocemos. Pero esas opiniones me tienen sin cuidado.

No solo es una apasionada del mundo del antiguo Egipto, también se interesa por las civilizaciones precolombinas, ¿qué le dice el nombre de Thelvia Marín Mederos?

Imagínate, me acabas de mencionar el nombre de un ser extraordinario, de una creadora, de una intelectual de una dimensión universal. Es una mujer de facetas maravillosas, de profunda sensibilidad… Es, además, mi amiga, que ha tocado puntos muy importantes en la historia de América, que es raigalmente martiana y ha enlazado las culturas antiguas, sobretodo la maya, con temas de gran actualidad en estos momentos, como la Teoría de la Complejidad y la Física cuántica.

Thelvia, en suma, es un ser brillante, extraordinario. Son de esos seres que, cuando uno los conoce, nos dejan con la boca abierta de asombro… que es lo contrario del susto. El asombro es el susto lindo que nos hace hasta aguantar la respiración del embeleso que causa. Cuando tú te encuentras con un ser humano como ese, sensible, tierno, inteligente, que brilla como poeta, escultora, escritora, ensayista, psicóloga… es como para decirle: “Oye, pellízcame porque no me pareces que seas real”… pero ¡bendita sea, lo es!

Cuando leí Viaje al sexto sol sentí ese asombro y enseguida avisé a  mis amigos que buscaran corriendo ese libro que acababa de ser lanzado en la pasada Feria. Es otra joya de su autoría.

Según sus colegas, domina a la perfección el portugués, el francés, el inglés y el italiano. ¿Los años 60 qué tienen que ver con su arista de intérprete?

Bueno, perfección es una palabra muy rotunda porque supone un estancamiento, como una meta a la que ya se ha llegado. No creo, por tanto, que nada se domine a la perfección. Esa frase fue una gentileza llena de cariño de una querida compañera intérprete de hace muchos años… y los idiomas son un organismo vivo que, como se modifica a diario, hay que continuar actualizando de manera permanente.

Los años 60 representaron mucho para el Grupo que trabajábamos entonces en el Departamento de Guías y Congresos del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), tal como se narró hace pocos días en el homenaje que se me dio en el Instituto Cubano del Libro (ICL). Ese grupo fue la semilla de lo que en el año 1973 sería el ESTI.

¿Cómo lograr la fidelidad en una traducción o en una interpretación?

Eso demoraría mucho tiempo en explicarlo porque una cosa es traducir y otra es interpretar.  Y una cosa es ser fiel y otra cosa es ser literal. Para ser fiel tienes que sentir, que conocer el “espíritu” —individual, contextual del autor— para poder transmitir sin tergiversaciones ni omisiones el mensaje que el texto original expresa.

Como expresa Martí: que la buena traducción es como si se estuviera leyendo en la lengua original. En una carta a María Mantilla él lo explica muy bien. Ser “literal” jamás, porque ello sería un disparate. La literalidad es impensable, y por otro lado, la interpretación es una técnica diferente a la traducción. La traducción incluye el 100 por ciento del texto. Pero la interpretación no. Como se realiza en una cabina escuchando un idioma, decodificándolo y transmitiéndolo a otra lengua al mismo tiempo —simultáneamente— que el orador hace una sola de estas operaciones, entonces hay un margen de lo enunciado que puede eliminarse o sintetizarse.

Ha asistido a muchos eventos internacionales importantes, ha estado con Fidel en el año 1979 en las Naciones Unidas y otros escenarios, ha recorrido el mundo…

He viajado en 60 ocasiones al exterior y he participado en cientos de eventos internacionales en estos 40 años que he trabajado como intérprete. No solamente mis compañeros y yo hemos cubierto los eventos internacionales celebrados aquí en Cuba, sino los que se han desarrollado en países como Nicaragua, Venezuela o tan lejanos como Corea, la India, Irán, Sudáfrica, Zimbabwe, Chipre y otros más.

Se ha movido usted por distintos terrenos del conocimiento y en cada uno ha caminado bien, ¿Cómo lo logra?

Gateando primero, cayéndome, levantándome, y después caminando, y algunas veces tratando de correr para en algún momento, poder volar.

 
 

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