Año VI
La Habana
2007

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TE PONGA EL PLATO?

ENTRE FANTASMAS
Carta a Mozart
Alexis Díaz-Pimienta

            De mi casa entran y salen
más fantasmas cada vez:
Borges, Cortázar, Rantés
Mozart, Vallejo, Woody Allen...



Querido Mozart: he vuelto

a ver cómo Milos Forman,

Tom Hulce y otros, te transforman

en un joven desenvuelto,

bien parecido y resuelto

a ser lo que luego fuiste.

Querido Mozart: es triste

que para pensarte deba

recurrir al cine. Prueba

de que el darwinismo existe.

Wolfgang Amadeus, genio

del piano, ilustre vienés,

desde temprana niñez

brillaste sobre el proscenio.

Precoz para tu milenio,

hábil duende del teclado,

no hubo persona a tu lado

que no se maravillase,

ni nadie que te escuchase

sin quedarse fascinado.

Eras un peligro ingente

para la mediocridad,

para la vulgaridad

natural de tanta gente.

Haydn lo dijo (valiente,

ese otro genio rotundo).

Con gesto grave y profundo

proclamó: “Aquí está, oh, Señor,

Mozart, el compositor

más grande que tiene el mundo".

Tu música cristalina,

sugestiva, con encanto,

honda y limpia como el llanto,

sencilla, discreta, fina.

Tu música, azul, divina,

no apta para el mal gusto,

era cual árbol robusto

cuya ramazón perdura

en ambientes de finura

al pie de tu propio busto.

Juan Crisóstomo Amadeo,

Salzburgo sigue de fiesta.

Tu padre tiene otra orquesta

en casa: viejo trofeo.

Nuevas clases de solfeo.

Lecciones de clavecín.

Tu afición no tiene fin,

y otra vez Leopoldo en Viena

te compra un violín, y ordena

que juegues con el violín.

Y al oír el "Miserere"

en la Capilla Sixtina,

lo memorizas, se afina

tu tímpano, tu voz quiere

cantar lo que te sugiere

la batuta del deseo.

Juan Crisóstomo Amadeo,

Wolfang Amadeus: siente

el propio Papa Clemente

potencia. Deum de Deo.

Tu Ópera bufa "Don Juan"

sigue conquistando ineses

y acompañando entremeses

de castellano ademán.

Tu “Flauta Mágica" han

de adorarla eternamente.

(No importa lo referente

a la fracmasonería.

Es más: vive todavía

por ese toque “inocente”).

En la escritura vocal

tu facilidad conmueve.

Parece que el aire mueve

tu mano. Qué natural,

de qué forma tan cordial

y con cuanta galanura

avanza la partitura

desde el canto gregoriano

hasta el siempre mozartiano

arias de coloratura.

Sinfonías y sonatas,

conciertos para violín

o para piano, un sinfín

de óperas. Tus serenatas

orquestales (siempre gratas

a todas las emociones).

Tus sacras composiciones

con motetes y ofertorios,

tus misas, tus oratorios,

kyries y otras creaciones.

Porque además de sonatas

y de óperas hacías

cánones y letanías,

arias, coros y cantatas.

Mozart de fuerzas innatas

e insospechados secretos,

tus nocturnos y tus duetos

siguen vivos, son tocados,

bailados, reinterpretados.

Tus lieders y tus tercetos,

siguen tocándose. Vives

en los pianos escolares,

en los espectaculares

ballets del mundo. Recibes

vítores que no percibes,

mimos que no reconoces,

aplausos que implican goces

auditivos pertinaces.

Mozart Amadeus: no haces

más que incubar nuevas voces.

Tu música religiosa

(especialmente, las misas)

fue polémica, con risas

burlonas, con luz dudosa.

A esa música piadosa,

sacra pero diferente,

se le llamó intrascendente,

ligera, italianizante,

mundana, teatralizante,

operística, indecente.

Pero ese estilo severo

de contrapunto y fugado,

ese metodismo alado,

esa fluidez sin pero,

ese augusto y placentero

modo de sacralizar

te han reservado un lugar

en las iglesias futuras

(un poco menos oscuras)

donde aún te escuchan tocar.

Misa Breve en Sol Mayor

(llamada "de los gorriones"):

sublimes imitaciones

para un violín piador.

El Réquiem en Re menor

quedó incompleto. Escribías

cuando con sus manos frías

la Muerte te sorprendió.

Sólo el Introitus quedó,

y un kyrie (tú lo sabías)

lleno de rasgos sombríos

y dramáticos trombones.

Réquiem: tristes oraciones

sobre papeles vacíos.

Por las teclas corren ríos

de una tristeza profunda,

inquietud que nos inunda,

súplica conmovedora:

"Salva Me", frase traidora

que anuncia, delata, funda.

El Confutatis nos llena

de angustia y el reverente

Lacrimosa es una fuente

de lágrimas en escena.

Tu octavo compás resuena

fatídico, funeral.

Octavo compás de sal.

Octavo compás de muerte.

Compás con Mozart inerte.

Número ocho sepulcral.

Por eso, Mozart querido,

admirado y envidiado,

Milos Forman ha tratado

de conjurar el olvido.

Creo que lo ha conseguido.

Ya ni la muerte te calla.

Toca, canta, baila, ensaya,

ríe, Mozart, ríe, ríe.

Tu padre llora y sonríe

al fondo de la pantalla

Querido Mozart: he vuelto

a ver cómo Milos Forman,

Tom Hulce y otros, te transforman

en un joven desenvuelto,

bien parecido y resuelto

a ser lo que luego fuiste.

Querido Mozart: es triste

que para pensarte deba

recurrir al cine. Prueba

de que el darwinismo existe.

Wolfgang Amadeus, genio

del piano, ilustre vienés,

desde temprana niñez

brillaste sobre el proscenio.

Precoz para tu milenio,

hábil duende del teclado,

no hubo persona a tu lado

que no se maravillase,

ni nadie que te escuchase

sin quedarse fascinado.

Eras un peligro ingente

para la mediocridad,

para la vulgaridad

natural de tanta gente.

Haydn lo dijo (valiente,

ese otro genio rotundo).

Con gesto grave y profundo

proclamó: “Aquí está, oh, Señor,

Mozart, el compositor

más grande que tiene el mundo".

Tu música cristalina,

sugestiva, con encanto,

honda y limpia como el llanto,

sencilla, discreta, fina.

Tu música, azul, divina,

no apta para el mal gusto,

era cual árbol robusto

cuya ramazón perdura

en ambientes de finura

al pie de tu propio busto.

Juan Crisóstomo Amadeo,

Salzburgo sigue de fiesta.

Tu padre tiene otra orquesta

en casa: viejo trofeo.

Nuevas clases de solfeo.

Lecciones de clavecín.

Tu afición no tiene fin,

y otra vez Leopoldo en Viena

te compra un violín, y ordena

que juegues con el violín.

Y al oír el "Miserere"

en la Capilla Sixtina,

lo memorizas, se afina

tu tímpano, tu voz quiere

cantar lo que te sugiere

la batuta del deseo.

Juan Crisóstomo Amadeo,

Wolfang Amadeus: siente

el propio Papa Clemente

potencia. Deum de Deo.

Tu Ópera bufa "Don Juan"

sigue conquistando ineses

y acompañando entremeses

de castellano ademán.

Tu “Flauta Mágica" han

de adorarla eternamente.

(No importa lo referente

a la fracmasonería.

Es más: vive todavía

por ese toque “inocente”).

En la escritura vocal

tu facilidad conmueve.

Parece que el aire mueve

tu mano. Qué natural,

de qué forma tan cordial

y con cuanta galanura

avanza la partitura

desde el canto gregoriano

hasta el siempre mozartiano

arias de coloratura.

Sinfonías y sonatas,

conciertos para violín

o para piano, un sinfín

de óperas. Tus serenatas

orquestales (siempre gratas

a todas las emociones).

Tus sacras composiciones

con motetes y ofertorios,

tus misas, tus oratorios,

kyries y otras creaciones.

Porque además de sonatas

y de óperas hacías

cánones y letanías,

arias, coros y cantatas.

Mozart de fuerzas innatas

e insospechados secretos,

tus nocturnos y tus duetos

siguen vivos, son tocados,

bailados, reinterpretados.

Tus lieders y tus tercetos,

siguen tocándose. Vives

en los pianos escolares,

en los espectaculares

ballets del mundo. Recibes

vítores que no percibes,

mimos que no reconoces,

aplausos que implican goces

auditivos pertinaces.

Mozart Amadeus: no haces

más que incubar nuevas voces.

Tu música religiosa

(especialmente, las misas)

fue polémica, con risas

burlonas, con luz dudosa.

A esa música piadosa,

sacra pero diferente,

se le llamó intrascendente,

ligera, italianizante,

mundana, teatralizante,

operística, indecente.

Pero ese estilo severo

de contrapunto y fugado,

ese metodismo alado,

esa fluidez sin pero,

ese augusto y placentero

modo de sacralizar

te han reservado un lugar

en las iglesias futuras

(un poco menos oscuras)

donde aún te escuchan tocar.

Misa Breve en Sol Mayor

(llamada "de los gorriones"):

sublimes imitaciones

para un violín piador.

El Réquiem en Re menor

quedó incompleto. Escribías

cuando con sus manos frías

la Muerte te sorprendió.

Sólo el Introitus quedó,

y un kyrie (tú lo sabías)

lleno de rasgos sombríos

y dramáticos trombones.

Réquiem: tristes oraciones

sobre papeles vacíos.

Por las teclas corren ríos

de una tristeza profunda,

inquietud que nos inunda,

súplica conmovedora:

"Salva Me", frase traidora

que anuncia, delata, funda.

El Confutatis nos llena

de angustia y el reverente

Lacrimosa es una fuente

de lágrimas en escena.

Tu octavo compás resuena

fatídico, funeral.

Octavo compás de sal.

Octavo compás de muerte.

Compás con Mozart inerte.

Número ocho sepulcral.

Por eso, Mozart querido,

admirado y envidiado,

Milos Forman ha tratado

de conjurar el olvido.

Creo que lo ha conseguido.

Ya ni la muerte te calla.

Toca, canta, baila, ensaya,

ríe, Mozart, ríe, ríe.

Tu padre llora y sonríe
al fondo de la pantalla

 
 

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La Habana, Cuba. 2007.
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