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Asistir a una conferencia suele ser
edificante pero también conlleva sus
riesgos. Recuerdo el provechoso año en
el que trabajé en el habanero Instituto
de Literatura y Lingüística. El
miércoles era el día en que todos los
investigadores debíamos estar allí, ocho
horas de cuerpo presente, para
intercambiar, reunirnos y evaluar la
marcha de nuestras búsquedas. Pues bien,
ese día al centro de la semana solían
programarse conferencias y charlas en el
elegante y solemne salón del Instituto.
Disfruté allí de formidables
disertaciones y amenos intercambios;
pero también caía de vez en cuando algo
aburrido o repetitivo, y nosotros
—público disciplinado y profesional—
debíamos procurar una mirada de atención
lo más noble posible. Cira, Zayda o
Jorge Domingo, brillantes y entrañables
compañeros de faena literaria, acumulan
anécdotas de mi inquietud en esas
mañanas de “la escuelita”. Como los 40
—y otras bondades del doloroso
aprendizaje— marcan y hasta enrumban,
ahora tal vez hubiese sacado partido a
varias de aquellas charlas escasas de
erudición o brillantez.
En
este 2007 —en Murcia y sin estar citado
por nadie— he asistido a varias
conferencias. La primera estuvo a cargo
del prestigioso escritor Caballero
Bonald. Había leído algunos de sus
poemas y, sobre todo, entrevistas que me
daban la impresión de un hombre sabio y
talentoso pero algo pedante. De frente a
su voz, aquella superficial percepción
se trastocó por completo. Estaba ante un
escritor de una muy bien llevada vejez;
lúcido, diáfano, agradable. Después de
leer algunos de sus poemas, trató de
complacer al auditorio con remembranzas
ligadas a celebridades artísticas, pero
confesó que no se le da bien el arte de
la oralidad narrativa y supimos que para
disfrutar el semillero de anécdotas
debíamos buscar ese libro suyo de título
a la vez sobrio y rotundo: La
costumbre de vivir.
Antes de leer uno de sus textos
poéticos, Caballero Bonald evocó la foto
de su padre en Camaguëy y explicó la
gran influencia de Cuba en su sustrato
cultural y afectivo. Después hablamos de
que nací lejos de la llamada Ciudad de
los Tinajones, pero que mi Tamarindo
pertenecía a la llana y legendaria
provincia. El poeta no encontró por
nuestra Isla actualizaciones familiares,
pero sigue pensando en la luz del
Caribe, evocando un río colombiano,
abierto al cruce de culturas, a la
variedad del pensamiento. Al despedirme
le recordé que en el béisbol simpatizo
con el equipo camagüeyano y que en la
colonial y hermosa ciudad se celebra
cada dos años el mejor de nuestros
festivales de teatro. El poeta sonrió,
fugazmente complacido, como agregando
una mínima nota al pie del archivo de la
ciudad que alimenta esa zona en que la
memoria comienza a confundirse con la
leyenda. |