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Acabo de volver a casa después de
asistir al homenaje a Eva Forest en
Hendaya y de haber vivido uno de los
días más intensos de mi vida.
Su pueblo, sus amigos y amigas, sus
gentes, han organizado y nos han hecho
participar en la despedida más viva y
más entrañable que cabe imaginar: la que
ella merece.
En el puerto de pescadores de Hendaya,
al borde de la ría, frente al mar se
levantaba un pequeño escenario, cuyo
fondo estaba tapizado por las banderas
de los pueblos cuya lucha
antiimperialista Eva ha hecho suya:
Cuba, Vietnam, Venezuela, Iraq, Bolivia,
Yugoslavia, Colombia , y también la
bandera roja y negra, anarquista, que
marcó la lucha de su padre y que marcó
los primeros pasos de la conciencia de
clase de una comunista. A la izquierda
aparecía una hermosísima foto reciente
de Eva sonriente, tranquila y al mismo
tiempo con esa luz profunda e inquieta
en los ojos de quien sabe tanto, y tiene
tanto por hacer.
Ha sido un día extraño de mayo, con la
primavera estallando en el campo, pero
nublado y fresco. El acto comenzó con
las palabras en euskera de Ion Maia,
bertsolari, autor de uno de los textos
más hermosos que permiten comprender y
vincular la lucha del pueblo vasco con
la resistencia antifascista y la lucha
revolucionaria de los pueblos del estado
español.
Llegaban en ese momento los nietos de
Eva Forest y de Alfonso Sastre en una
barquita, en la que ondeaba la ikurriña,
con las cenizas de Eva desde
Hondarribia, al otro lado de la ría,
desde su casa. Les recibieron allí un
grupo de jóvenes que al son de la
música, ejecutaron una danza que
transmitía la sensación de energía y de
vitalidad; de recibimiento combatiente
de los jóvenes, a una luchadora. El
cortejo juvenil con la vasija de sus
cenizas avanzó hacia el lugar del acto
acompañado por los aplausos emocionados
de los cientos de personas allí
reunidas.
Con la sencillez de quien refleja la
verdad, se recorrió la vida de una
combatiente comunista que hizo suya la
lucha antiimperialista de los pueblos ,
y como expresó Manolo Espinar, ella –
que no era vasca – entendió que no era
lícito solidarizarse con causas
legítimas por las que se peleaba a miles
de kilómetros sin hacerlo con la lucha
del pueblo vasco por su identidad y sus
derechos. Manolo destacó que Eva, ante
los debates que tantas veces esterilizan
y bloquean a la izquierda, siempre
exigía y llevaba a cabo la acción
solidaria con los que luchan.
Se habló de su gran apuesta, la
editorial Hiru. Con palabras suyas,
directas y entrañables, se calificó el
enorme trabajo- una ruina en términos
económicos – como apuesta por ofrecer
herramientas de lucha, por aportar
instrumentos teóricos y políticos contra
la ignorancia y la confusión.
Un cantautor, siento no recordar el
nombre, nos trajo las palabras y la
música de Silvio Rodríguez de: "Te doy
una canción ". Escuchar "miro un poco
afuera y me detengo, la ciudad se
derrumba y yo cantando... te doy una
canción como un disparo, como un libro,
una guerrilla, como doy el amor",
cobraba realidad para Eva, para tantos y
tantas que siguen luchando en las
condiciones más duras, haciéndonos
presente el enorme caudal de amor y de
esperanza que late en la resistencia de
los pueblos.
Alfonso Sastre, su compañero del alma,
subió bien entero, con la fuerza
estremecedora de quien sigue en la
lucha, de quien ha compartido tantas
batallas con ella y , que con ese
precioso bagaje va a continuar, y nos
recitó un poema que le hizo en su 79
cumpleaños, cuando ambos sabían que
tenía un tumor cerebral maligno. Sus
palabras, que tuvieron la gran virtud de
hacerla reir – ojalá las pudiera
transcribir – decían "mientras yo
pensaba en Eva, ella estaba pensando en
Iraq, en Chaves, en Evo Morales, en
Fidel". Nos transmitió, palpitante, el
testimonio y el llamamiento a seguir
luchando de la Eva viva, con el
requerimiento acuciante, insoslayable de
quien nos interpela directamente, de
quien ha empleado todas sus energías,
toda su vida, en la lucha.
Al final, el largo cortejo de los que
allí estábamos, acompañó la vasija con
sus cenizas, que fueron vertidas al mar,
en la ría que une Hondarribia, su casa,
y Hendaya, en medio de los territorios
que constituyen Euskal Herria. Con el
corazón en la garganta, mientras las
cenizas de Eva se esparcían en el mar
sonó un hermoso cántico en euskera que
yo no conozco, y después con suavidad y
con firmeza, bajo las nubes y con el
viento del norte soplando con fuerza,
cantamos la Internacional y el Eusko
Gudariak.
Al terminar, en una carpa de la sociedad
gastronómica de Hendaya bebimos vino y
comimos pinchos, hablamos con los amigos
y amigas, abrazamos con toda el alma a
Alfonso y a sus hijos, supimos que Hiru
sigue adelante y sentimos con toda la
fuerza de lo que es verdad que Eva sigue
viva porque su muerte se inscribe en la
lucha de su pueblo, de todos los pueblos
del mundo, y que por ello, Eva Forest,
como los y las grandes combatientes,
sigue viva.
En su honor, transcribo un texto de los
autores uruguayos Carlos Mª Gutierrez y
Guerra que dice:
Mi tumba no anden buscando
Porque no la encontrarán.
Mis manos son las que van
En otras manos tirando,
Mi voz la que va gritando,
Mi sueño el que sigue entero,
Y sepan que sólo muero
Si ustedes van aflojando,
Porque el que murió peleando
Vive en cada compañero.
Madrid, 27 de mayo de 2007 |