Año V
La Habana
14 al 20 de ABRIL
de 2007

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¡Oh, La Habana!

Canto de Abraham Rodríguez

Paquita Armas Fonseca • La Habana


Si Abraham Rodríguez estuviera aún en el mundo de los vivos, su risa, su gracejo y satisfacción inundarían cada una de sus frases, al ver el resultado de su último trabajo, ¡Oh, La Habana!, telenovela que estrena la televisión cubana.

Claro que del dramaturgo, autor de una pieza antológica Andoba, está llena esta propuesta, pero desgraciadamente el mulato jacarandoso, uno de los mejores guionistas de la pequeña pantalla, no pudo vencer a un cáncer que se lo llevó cuando aún faltaban 15 capítulos para concluir el guión.

Por suerte el autor de piezas como Tierra o sangre, La acera del Louvre, Un bolero para Eduardo, Memorias de un abuelo y El eco de las piedras contó con la asesoría y colaboración total de Aida Cayón Rosés, para quien ¡Oh, La Habana! “es una novela actual, donde están representados todos los estratos sociales, así como diversos municipios y barrios. Claro, como está escrita hace cinco años, hemos tenido que hacer algunos arreglos sobre la marcha, porque la vida es muy dinámica y hay cosas que son coyunturales”.
 

Esta mujer, dedicada por entero a la TV, cuenta como en el tiempo de escribir la obra Abraham “hizo tres guiones para el cine —entre ellos la colaboración en El Benny—, y, como era lógico, la telenovela se retardó. Falleció cuando faltaban algunos libretos y tuvimos que encontrar a alguien que pudiera terminar, responsabilidad que recayó en Eurídice Charadán. Fue bastante traumático para mí, pero, por suerte, el proyecto fue asumido por Charlie Medina, un realizador con una sensibilidad increíble, que lo ha tomado como si fuera su propio autor”.
 

Charlie, licenciado en Artes Escénicas, especializado en actuación, ha recorrido un camino de reconocidos resultados estéticos en la pequeña pantalla: Blanco y negro, no; Pocholo y su pandilla, El cucumí se despierta los domingos, El valle de los espantapájaros, Te quedarás y, en los últimos tiempos, ha realizado teleplays y cuentos (El ojo de la noche, Escuchando a Little Richard, Pompas de jabón, El otro y El hombre de Venus) devenidos sucesos para la crítica y el público.
 

Por ejemplo, su Pompas… fue finalista en el VII Festival Ícaro en la categoría de película extranjera mientras Juliette Cruz y Caleb Casas obtenían por su trabajo en esa pieza los Premios de Actuación femenina y masculina Adolfo Llauradó para la TV. Aunque se premió a los intérpretes, mucho tuvo que ver el director, para quien en una obra “lo más importante es tener un texto sólido y un actor con un personaje bien conformado; lo demás es un adorno necesario”.
 

Pero ese adorno, en el caso de Charlie, además de necesario siempre es exquisito. Director de arte de casi todas sus obras, es exigente con el más mínimo detalle de las puestas en escena. Luego que acepta encargarse de un proyecto para él la escasez de recursos puede ser un dolor de cabeza pero nunca una excusa para una puerta mal pintada o una lámpara sucia.
 

En el caso de su obra actual, Charlie dice: “Tratándose del género de telenovela, del cual todos esperan más ligereza, es un guión con personajes excelentemente bien delineados, con protagonistas fuertes y subtramas que requieren de muy buenos actores por su complejidad”.

Larisa Vega, la Mercedes protagonista, recuerda cómo se inició en la actuación: “Lo primero que hice en mi vida fue cine. Estuve en los repartos de Habanera, Tiempo de amar, Las profecías de Amanda. Luego vino un largo paréntesis en el cine que se debió mayormente a la televisión, donde los contratos son muy largos”.

En años recientes ha trabajado en Páginas del diario de Mauricio, de Manuel Pérez; Habana Blues, con Benito Zambrano, y Viva Cuba, con Juan Carlos Cremata. En televisión se recuerdan sus interpretaciones en Si me pudieras querer, El año que viene, Café Habana y Retablo personal.

Sobre su actual reto ha dicho: “Me siento bien. Charlie es un viejo conocido, con quien estudié en el ISA. Espero que tanto esfuerzo sea recompensado, que el público reciba la telenovela con afecto, como me ha sucedido con mis otros trabajos. Me gusta que la protagonista sea una mujer de esta edad, porque casi todo lo que se produce es para jovencitas. Y está bien que se le dedique tiempo a la adolescencia y a la primera juventud, pero, ¿y las mujeres de mi edad, con hijos grandes?, ¿ya no tienen vida?, ¿no necesitan el amor? Son muchas las cosas que me place defender con este personaje”.

El actor Roberto Perdomo encarna uno de los personajes más llamativos: “Cosme es un hombre de 46 años, ex oficial de la Marina Mercante, que ahora labora en el puerto. En lo sentimental no se siente satisfecho: coquetea con una mujer que ni siquiera le interesa, tiene otras alrededor, hasta que encuentra su ideal. Y ahí empiezan los enredos: las neuróticas que viven con él empiezan a hacerle la existencia imposible. El personaje es lindo, pero difícil, y no por complejo o enrevesado, sino por ‘sencillo’; es de esos de los que uno dice: ¿de qué me agarro para ‘venderlo’, pero ese es el incentivo, darle la verdad que te está pidiendo”.

Mientras que Bárbaro Marín, de recordada actuación en Zafiros, locura azul, es Arcadio Becerra, el malo de la serie: “Me hace mucha ilusión, porque hacía mucho no encarnaba un papel de esta envergadura. Aquí, hablando en el argot popular, soy una rata de alcantarilla, pero estoy muy contento: por Arcadio y por poder trabajar con Charlie, un deseo mutuo que no se había podido materializar. Nos hemos tardado un poco, es verdad, pero ha valido la pena”.

La relación de actores y actrices es larga: 62 personajes en total, que se han desempeñado en más de 70 construcciones escenográficas y casi con un 45 por ciento en exteriores.
 

Sin ser un musical típico, en ¡Oh, La Habana! se encuentran bailes como ruedas de casino, congas y también conciertos, festivales de rock, tríos de “sopa” en restaurantes, serenatas nocturnas… porque “la música tiene una fuerza muy grande. Desde el propio libreto, Abraham hizo mucho énfasis en lo que se iba a escuchar, sugirió, incluso, las melodías que debían ambientar las escenas, a lo cual se añade la banda original de Juan Antonio Leyva —ganador del Goya por Habana blues— y Magda Rosa Galván, con quienes repito, pues colaboraron conmigo en El cucumí… y El valle de los espantapájaros”, señala el director.

Si a esa muestra multigenérica musical se añade que tramas y subtramas tocan los diversos estratos de la sociedad cubana actual, especialmente capitalina, es obvio que estamos ante una pieza donde habrá de todo como en esta Habana, tan cara a cubanas y cubanos y a muchos amigos allende los mares. Abraham, en sus dos últimos guiones, El Benny y esta telenovela, indudablemente buscó —esta vez como el cisne— cantar una vez más a la Cuba que tanto amó.

Por supuesto que, telenovela al fin, el melodrama estará presente con más de una historia de amores contrariados y de triunfo del bien sobre el mal. Charlie, que nunca había incursionado en este género, confiesa: “Con respecto a considerar hacer una telenovela como un salto al vacío, creo que podríamos estar conversando horas. Yo empecé haciendo series y conozco muy bien las diferencias que hay entre una telenovela y un unitario, no solo en cuanto a tiempos de producción, sino también con respecto a códigos artísticos, relacionados con los géneros, que se han ido instalando en la conciencia de los televidentes. Sin embargo, como creador, soy de los que respeto y valoro cada tipo de programa. Para mí hay que hacer con el mismo rigor un noticiero, un programa de orientación social, un teleplay o una telenovela. Si no los asumes como lo más importante cuando los estás haciendo, los resultados no pueden ser importantes. Ese puede ser un error de algunos directores, que se esfuerzan cuando hacen un unitario, pero no tanto cuando hacen una telenovela, porque, total, es una telenovela.

“En mi caso, he tratado de asumir con ¡Oh, la Habana! la misma manera de hacer que en los teleplays o en los cuentos, sin perder de vista que se trata de una industria y que tengo planes de rodaje que debemos cumplir. Sí puedes estar segura de que si tengo dudas con los resultados de una escena en el rodaje y tengo tiempo de repetirla, lo hago sin pensarlo dos veces. Mi equipo de realización sabe que conmigo no van a pasarse de las 12 horas de trabajo, pero que es difícil que hagamos el plan en ocho, porque siempre que exista la posibilidad, vamos a tratar de hacerlo mejor.

“Por suerte cuento en este momento con un grupo de especialistas que comparten mi filosofía y colaboran, sugieren y están por lo mismo que yo. Creo que eso es importante para evitar que fracase en el intento, ¿no crees?”

El director trabajó por seis años en Colombia: “Efectivamente, en 1994, la entonces jefa de División de Juveniles Infantiles, Vilma Montesinos, me propuso a mí y a Julio Cordero como directores, a Herminio Huerta, quien había hecho la fotografía en Blanco y negro... y a Gastón Joya, escenógrafo, quien, mira lo que son las cosas, hizo la escenografía de ¡Oh, la Habana!, ir a Colombia para asumir una serie que se haría con financiamiento de la UNICEF, Mi familia: Bichos y Humanos . Allí también hicimos con el Canal estatal Papá de noche y luego a Caracol Televisión le interesó nuestro trabajo y dirigimos con ellos El valle de los espantapájaros, escrito por Manuel Gómez, el guionista y director de La hora de las brujas. Además, hicimos un programa deportivo, dibujos animados, comerciales, documentales, impartí clases. Creo que es la etapa de mi vida en que más diversas cosas he hecho, tú sabes, por aquello de ‘la necesidad obliga’, pero resultó un buen entrenamiento y agradezco cada una de las experiencias”.

Le pregunto sobre las diferencias, a partir de sus vivencias, entre trabajar en una TV como la cubana y otra de cualquier país. Su respuesta no espera:

“Mira, es simpático, pero uno a veces se deja permear por el sentimiento de que trabajar para una televisión estatal, de servicio público, como es la nuestra, puede limitar tu libertad de expresión artística y, por lo menos en mi caso, resultó lo contrario. En Colombia descubrí que la relación entre contratados y contratistas está predeterminada. Te contratan para usar tu capacidad y tu talento en función de sus objetivos. Si tus objetivos artísticos coinciden con los comerciales de ellos, ‘paz en la tierra y en el cielo’, pero si no es así, tienes que aceptar sus condiciones o irte a buscar trabajo a otro lugar. Por eso es que en ese mundo los grandes creadores se convierten en sus propios productores ejecutivos e invierten su dinero en sus obras, independientemente de las ganancias. Esto les permite mayores libertades creativas. En Cuba, las limitaciones que tienes son de tipo material. Por ser una televisión no comercial, absolutamente subsidiada por el estado, los recursos con los que cuenta son mínimos. Pero bueno, ese es un tema para otro análisis. Decía que en Cuba el director goza de autonomía para realizar su obra. Él decide qué guión hacer, el casting que usará, su equipo de realización, qué estética le impondrá al programa y todo lo que se refiere a la creación artística. Incluso, a mí siempre me han interesado los temas sociales contemporáneos, que a veces son difíciles de tratar y me caracterizo, además, por abordar el erotismo y el desnudo con cierta audacia para la pacatería que impera en nuestros medios; pues puedo decirte que nunca he pedido permiso para hacer mi obra. A excepción de dos planos en una escena de El Hombre de Venus que le parecieron excesivos a alguien y que cortaron ellos, porque yo no mutilo mi obra, he trabajado con absoluta libertad, y si no he ido más allá es por una elemental responsabilidad social que debe tener todo artista ante el público a quien se dirige. Esas son las diferencias fundamentales que encontré trabajando en Cuba y en Colombia.”

 
 

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La Habana, Cuba. 2007.
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