|
En el principio fue el Verbo, lo que es
decir la palabra y la palabra fue la voz
que dijo hágase la luz y se hizo el
mundo. Así como la palabra construye
universos y abre espacios, así los
cuenteros inventan realidades y dibujan,
solo con su voz y su propio cuerpo,
historias montadas en el aire tan
creíbles como cualquier estructura hecha
de hormigón. La magia de atrapar a
cientos de personas desde un escenario,
armada sola de un cuento, llegó a mí
hace muchos años de la mano (o de la
voz, que en este caso es lo mismo) de
Mayra Navarro. Como una asignatura
optativa apareció aquel taller de
narración oral y la experiencia ―que
todavía mis amigos recuerdan― de narrar
un cuento en el cine del
preuniversitario Lenin repleto de
personas. Ese taller fue uno entre
tantos que Mayra ha impartido en nuestro
país,
Argentina, Colombia, España, Guatemala,
México y Venezuela, ella, además es
autora del libro Aprendiendo a contar
cuentos.
De
aquel taller acá me he seguido
tropezando con Mayra alguna que otra vez
pero no fue hasta la reciente
celebración del Festival de Narración
Oral Primavera de Cuentos 2007 que tuve
la oportunidad de hacerle una entrevista
a mi antigua profesora.
|
 |
¿Cómo llega la narración oral a la vida
de Mayra Navarro?
En
1962 María Teresa Freyre de Andrade,
entonces directora de la Biblioteca
Nacional (BN), trajo al equipo de
especialistas de aquel lugar a personas
muy puntuales que ella consideraba que
debían estar allí para hacer la cultura
en aquel momento histórico del comienzo
de la Revolución de rompimiento con el
estatus social existente. Entre esas
personas estaba Eliseo Diego quien vino
como director del Departamento de
literatura infantil y narración oral.
Eliseo Diego era un pedagogo, un hombre
con un conocimiento muy profundo del
mundo de los niños y a mi juicio en eso
tenía mucho que ver su espíritu de
poeta. En ese departamento se publicó la
colección Textos para narradores
que tenía dos vertientes, una eran
cuentos adaptados, preparados ya para
contarlos, para poderlos distribuir en
todas las bibliotecas para que las
narradoras tuvieran un material bueno,
de primera mano, donde apoyarse y además
otra parte que se llamaba Teoría y
técnica del arte de contar que eran
las primeras traducciones hechas al
español de textos de teóricos de la
narración oral en el mundo, porque en
aquel entonces no existían textos para
que los narradores de habla hispana
pudieran conocer la teoría del arte de
contar cuentos.
Este
trabajo duró varios años y fue en aquel
momento que yo entré a trabajar en ese
departamento como auxiliar de música en
el departamento juvenil de la
Biblioteca. Por una coyuntura que me fue
muy favorable la narradora de allí no
podía continuar en ese trabajo y nos
pidieron apoyo a todas las jóvenes que
trabajábamos en la biblioteca juvenil
para que La hora del cuento tuviera una
narradora hasta que apareciera otra que
asumiera ese trabajo. Cuando nos dijeron
eso todas nos quedamos sobrecogidas pero
yo, que había estado escuchando a esa
narradora y me había deslumbrado con
aquello, dije: yo. Y empecé a contar.
Mi
primer cuento sé hoy que fue un pálido
reflejo de lo que debe ser la narración
oral con niños, pero algo debieron ver
en mí o quizá fuera porque era la única
disponible, el caso es que empecé a
ocuparme de eso en serio, al punto de
que yo era estudiante de música y dejé
de estudiarla, no trabajé más como
especialista de música, sino que pasé a
ser una especialista de narración bajo
la tutela de Eliseo Diego y de María del
Carmen Garsini quien era como la mano
derecha de Eliseo en ese departamento.
De esa manera empecé. Recuerdo las
tardes memorables cuando yo era la única
alumna de Eliseo y lo escuché decir
poemas de Vallejo, leerme textos
hermosísimos del Libro de las horas
y luego él, María del Carmen Garsini, la
doctora María Teresa Freyre y la doctora
Audrey Mancebo, eran los profesores de
los seminarios para formar narradores y
yo devine la modelo de lo que ellos
querían que la gente hiciera. Después
andando el tiempo terminé mi
bachillerato, estudié pedagogía y me
dediqué completamente, en cuerpo y alma,
a la narración oral. He hecho muchas
otras cosas, pero siempre digo que la
narración oral para mí ha sido mi pasión
y mi razón, un instrumento de trabajo en
todos los frentes en los que he estado.
Después hice una maestría en educación
por el arte y mi tesis de graduación fue
precisamente eso: la narración oral en
el trabajo sociocultural, como el
animador y el promotor cultural deben
usar esa herramienta de la educación por
el arte, que es el arte de contar
cuentos.
|
 |
La
narración oral ha ido ganando en
reconocimiento y ya hoy se considera una
especialidad dentro de las artes
escénicas, ¿cómo ha sido ese proceso?
Primero que todo desde la Biblioteca
Nacional generamos muchos narradores
para las bibliotecas, trabajamos también
con los círculos infantiles, con los
jardines de la infancia… es decir, se
veía la narración solo para un público
infantil. Después en la década del 70 la
narración oral tuvo un boom y se
incluyó también al público adulto como
un público importante y necesitado del
arte de contar cuentos. Ha sido un largo
proceso, llevo 45 años contando cuentos,
de ellos más de 20 fueron nada más
contando para los niños y por entonces
no me conocía nadie hasta que no empecé
a contar para adultos que son quienes en
definitiva pasan a ser un público que
decide, selecciona y valora. En este
momento nosotros estamos haciendo este
trabajo desde el Gran Teatro de La
Habana, sede durante muchos años de
talleres de narración oral, de formación
de narradores bajo la labor de la
Cátedra itinerante de narración oral y
escénica que fundó y dirige Francisco
Garzón Céspedes. Ahora en el Gran Teatro
de La Habana (GTH) fundamos el Foro de
narración oral del GTH, un foro
integrado por cuatro proyectos de
narración oral adscritos al Centro de
Teatro de La Habana ―esa es otra cosa
que hemos ganado: el centro nos tiene
como profesionales, como proyectos
artísticos― está el proyecto NarrArte
que yo dirijo, el proyecto Te cuento,
dirigido por Octavio Pino, el proyecto
Para contarte mejor dirigido por Ricardo
Martínez y el proyecto Guaycanamar, de
Tania González. Esos cuatro proyectos
somos la célula madre de este foro el
cual, no obstante, está pensado para
recibir a todos los narradores orales en
ejercicio que quieran sumarse. Las
líneas de trabajo son las mismas de
todos estos años: superación e
información de narradores,
presentaciones de espectáculos puntuales
en espacios que ya existen dentro del
GTH y también presentación de funciones
o espectáculos coyunturales que puedan
ser dentro del GTH o de extensión
pedidos por otras instituciones,
festivales como el Fiesta con duendes,
completamente dedicado a los niños,
conducido por Octavio Pino y auspiciado
por el GTH y el Centro de Teatro de La
Habana o como este Festival Primavera de
cuentos, que yo dirijo. En este Festival
han estado representado no solo
narradores de Ciudad de La Habana sino
también de otras provincias y hemos
tratado de tener un lenguaje que nos
identifique y nos defina como una
profesión, como un oficio, para poder
hablar en un lenguaje común.
Hay una tendencia de demarcar
insistentemente los límites entre la
narración oral y el monólogo, ¿por qué?
Porque el monólogo corresponde a otro
arte que es el arte teatral y la
narración oral es un arte en sí mismo
que tiene sus leyes propias, no es
tributario del teatro como tampoco es
tributario de ninguna de las ciencias
sociales aunque se utiliza muchas veces
en función pedagógica, sociocultural,
etc., es un arte independiente, es el
arte de la palabra viva.
Usted decía que los juglares eran una
suerte de padres de los actuales
narradores orales…
El
juglar surge de la cultura popular y la
cultura popular juega un papel de
génesis de este fenómeno, pero ya en
este momento, al decir de Eliseo Diego,
los narradores orales contemporáneos
somos una suerte de juglares o cuenteros
populares artificiales en el mejor
sentido de la palabra, porque tenemos
una comprensión fenoménica del hecho
artístico oral y nos proyectamos de
otras maneras.
Se
da por descontado la importancia de la
voz a la hora de narrar un cuento, pero
también pesan un gesto, una mirada, un
silencio… ¿cómo se arma ese espacio
donde se narra un cuento?
La
palabra no está independiente de todo el
movimiento, la palabra también está en
movimiento. El hecho oral no se separa
nunca de los lenguajes no verbales, los
lenguajes no verbales ―sobre todo para
las culturas latinas, que es el tronco
de nuestra cultura― son muy importantes
para poder dar esos otros valores a la
palabra, que digan a veces lo que la
palabra no dice.
¿Uno escoge un cuento o el cuento lo
escoge a uno?
Uno escoge, pero al final el cuento lo
escoge a uno, porque hay cuentos que uno
los cuenta una vez, dicen lo que tienen
que decir y se van, pero hay otros
cuentos que se quedan para siempre y
permanecen en la sangre y en la vida de
los narradores. |