Año V
La Habana
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de 2007

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Martínez Estrada: de Lugones a Martí

David Viñas • La Habana


Quisiera referirme al “canon”. Al canon en general —algo así como un universal, pero pensando, concretamente, en el canon argentino (como un particular con los pies en la tierra de mi país). Se trataría de una generalización, eventual y deseablemente de un “modelo”, digamos, ubicado en el mapa simbólico del lugar histórico, acotado, que de manera presunta conozco, ya que sería posible postular el movimiento inverso: desde Argentina, a partir de la literatura argentina, con un criterio recortado, intentar la formulación de un paradigma. De la base empírica, entonces, llegar a una teoría posible.

Pero la palabra canon, a simple enunciado, porta una entonación “eclesiástica” que me provoca a la síntesis. Y el tiempo de ustedes (condicionado, además, por la Feria, y el oleaje caribeño que golpea por el Malecón, y la trilogía ineludible, enunciada: Martínez Estrada entre Lugones, Leopoldo y Martí, José, tan contradictorios, antagónicos en realidad…

Y pues bien: canon, decía, y lo “eclesiástico”. Porque escuchando con atención, canon me remite a canónico. Ya no solo aludo al derecho, sino que, con más disimulo, me reenvía a los canónigos y a las vetustas sotanas, olor a incienso, ademanes untuosos… Se trata, en última instancia, de mis rencores (y de mis limitaciones)… ¡Vade retro! O como solía decir Valle Inclán en sus grotescos: “Amuéstrame tus pezuñas, demo”…

El canon en general —y muy notoriamente el canon literario argentino— no es un milagro. Algo que desciende carismáticamente de algún cielo más o menos azucarado o forrado de arcángeles y de terciopelo. Es un producto, una construcción, el resultado de un grupo de hombres vinculados a una institución. En la Argentina y en el territorio de la cultura, se destaca un diario fundado hacia 1870 y con domicilio propio; que si empezó siendo liberal (como todos los liberalismos de América Latina —nuestra América— ha terminado, hoy, año 2007, en el más claro conservadurismo o en la reacción). Canon y La Nación de Buenos Aires, decía. Que, notoria, mercantilmente, se ha constituido en una serie que va de El País de Montevideo al Mercurio de Chile, pasando por El Comercio de Lima, El Tiempo de Bogotá, El Universal de Caracas. ¡Amuéstrame las uñas, demo!.

El canon tan canónico de la Argentina (y de nuestro continente del Sur) encarna a nuestros adversarios en el campo cultural.

¡A por ellos, entonces! (con motivo del itinerario, sobre el cual voy a particularizar, de Ezequiel Martínez Estrada).

El canon literario argentino, confeccionado y distribuido por “los hombres de La Nación” de Buenos Aires —en este momento, ya, una estrategia cultural y política convertida en catecismo— se ha ido zurciendo en torno al borgismo. Y no digo de Borges, por ahora adviértase, porque el borgismo es, en realidad, parte de algo así como una sociedad anónima, empresa más o menos enmarcada que ha ido segregando a toda una familia: Victoria Ocampo (legítima propietaria y directora de la revista Sur trocada en “diva” pampeana de la literatura), su hermana Silvina, su cuñado Bioy Casares. Y así siguiendo. El olimpo porteño de la literatura pretende pasar por algo eterno, inmutable, incuestionable. Una táctica mediática trocada en teología. La lectura ha devenido plegaria. Y la crítica eventual, imprescindible, ha sido reemplazada por una complicidad litúrgica.

Podría abundar: entre los procedimientos que han contribuido a esa módica épica tan obstinada como astuta e imperial, se destaca el dualismo: el cuerpo por un lado, por la otra vertiente, los espíritus. Ejemplifico: no importa que Borges, estrella mayor de ese firmamento, ha sido condecorado por Pinochet; así como se han borrado las declaraciones, memorables, del autor del Aleph, a la revista Tiempo de Madrid, en octubre de 1975, donde sostuvo que “El general Videla no ha sido lo suficientemente riguroso con la eliminación de los montoneros…”

Hay que desconfiar, compañeros, de todos los dualismos.

El canon literario, apelando a semejante procedimiento dual, (alma/cuerpo, testos despojados de contextos) ha instaurado y difundido la “república argentina de los espíritus”.

Y nadie se olvida (yo no me olvido), por cierto, ni de las mediaciones, ni de los matices, y mucho menos de las contradicciones. Pero La Nación, apelando a los “carismas” ha logrado borrar, por lo menos, dos palabras del vocabulario: dialéctica e imperialismo. ¡Guay de meterlos en cualquier discurso! Los desaparecidos (y tenerlo muy presente), ya no son solamente cuerpos subversivos sino, también, palabras políticamente incorrectas.

El canon argentino opera, prioritariamente, con el borramiento, me consta: “ninguneo” —como dicen los cuates— que sigue vigente, disimulado a lo sumo, hasta cuando algún hombre de La Nación —Morales Solá de apellido— manipula una audición que si se llama Desde el llano, tendría que titularse Desde el poder…

El canon argentino prolifera en el verano porteño…

¿Digresiones mías? De ninguna manera. Esta suerte de introducción es para situar, con mayor precisión si cabe, a Martínez Estrada y a su itinerario. Por más de una razón, si comienza bajo el patrocinio de Leopoldo Lugones, concluye tan cerca de Martí (y adelanto ya mismo: y de Ernesto Guevara). Martí y el Che —que quede claro— son nexos primordiales entre Cuba y la Argentina. Dos heterodoxos que denuncian con sus textos y con sus cuerpos dialécticos y antiimperialistas —uno hasta 1895 y el otro hasta Ñancahuazú en 1967—, los cánones fraguados por los canónigos respectivos de América Latina.

¡Y a por vosotros!

Precisando: Martí y el Che: el cubano, finalmente tema (y problema) mayor de Martínez Estrada; el cubano de origen argentino, convocante, con insistencia y lucidez, para que Martínez Estrada fuera huésped y trabajador en La Habana.

No fue lineal la trayectoria del autor de Radiografía de la Pampa; tampoco, como se va viendo, es mi reseña de ese circuito de don Ezequiel.

Allá en los orígenes. Años 50. Buenos Aires. Unos muchachones contra el canon… contra los canónicos Eduardo Mallea (director del suplemento literario de La Nación) y Oscar Ivanisevich (ministro de Cultura de la nación). Dos mandrines de guantes patito y con sobretodos de piel de camello. En los ensayos se encarnaban la ideología liberal, por un lado, y por la otra vertiente, lo más conservador del peronismo en su primera etapa (1946-1955). Mallea se creía Henry James al practicar el efecto halo: “Yo soy Rembrandt si me paro al pie de un cuadro del pintor holandés; de su pintura emana una sustancia secreta que me ilumina y santifica”; el ministro Ivanisevich —por su cateto— inauguraba el salón nacional de pintura declarando contra los surrealistas y los existencialistas.

A los jóvenes de los años 50, reunidos en una revistita llamada Contorno, los llamó parricidas el crítico uruguayo de Marcha, Emir Rodríguez Monegal. Esos jóvenes —León Rozitchner, Oscar Masota, Adelaida Gigli, Juan José Sebreli, entre otros, e inventando numerosos seudónimos para fingir que contaban con más tropa—, una especie de angry young men, entonces, levantaron polémicamente el nombre de Martínez Estrada frente a los vetustos canónicos. Un debate en doble fuente. A Martínez Estrada, corrido en esos años, sobre todo por su Radiografía de la Pampa. A Martínez Estrada, al que le dedicaron, como rescate, un número especial de la revista Contorno.

Martínez Estrada, por lo tanto, y los jóvenes parricidas. No un homenaje, sino un rescate. Porque el “viejo Ezequiel”, a través de sus ademanes proféticos, era considerado ya un outsider. Tanto de La Nación como del gobierno peronista (Arturo Jauretche, un abanderado del oficialismo, llegará a llamarlo “profeta del odio”).  Rencor, sentimiento de Martínez Estrada. Siempre fuera de lugar, cultivaba ese sitio robinsoniano. ¿Era un resentido Martínez Estrada? Yo creo que sí. Pero, ¿qué es ser un resentido? ¿Tuvieron una especie de bola intragable? ¿Bajar desabrimientos desde la fuente en dirección al estómago? ¿O padecer, quizá, de peso en la cabeza? Rimbaud era un resentido. Edgar Allan Poe también.

Los jóvenes de Contorno también tenían el aliento ácido. Y el canon legendario de 1953 pretendía distribuir buñuelos azucarados. Ezequiel Martínez Estrada y los jóvenes parricidas.

No puedo olvidarme: el otro cuestionamiento al canon de 1953, además de rescatar a Martínez Estrada, levantó a Roberto Arlt. Aristas, pues, para el ensayo y la novela. De Arlt —el autor de Los siete locos y de El juguete rabioso— me dijo en esos años un personaje de La Nación: “Pero, ¿cómo le van a dedicar un número especial de Contorno a un escritor de kiosco?”

Martínez Estrada un outsider en ese momento, Roberto Arlt otro marginal exclusivo del Sancta Sanctorum. Olvidaba ese receso del liberalismo que pretendía darnos consejos que, en su tiempo, el mismísimo autor del Martín Fierro, José Hernández, había sido excluido del canon por ser leído —o escuchado, en realidad— por gauchos que se identificaban su gaucho matrero.

Parecería que en la Argentina —para no abundar— la literatura más viva y auténtica está condenada al ostracismo.

Los de Contorno —con Martínez Estrada y con Roberto Arlt— conjuraban así al ninguneo y al exilio decretados por la versión canónica de la literatura.

Y entre otras cosas, asumían los zigzagueos contradictorios respecto de las versiones monolíticas, socializadas, de Martínez Estrada. Y desde el comienzo: porque si en primer lugar Lugones lo había tocado en la frente por su musculosa Argentina (en la línea lugoniana de Los ganados y las mieses, y tan utilizable para humillar a Manuel Gálvez, su desdeñado adversario y pretendiente al primer premio nacional de literatura), por otro lado, don Ezequiel había denunciado al último modernismo apelando a la piedra despojada contra el oro decorativo. Martínez Estrada —antes de 1920— coincidía en su denuncia del agotamiento rubendariano, con el mexicano Gonzáles Martínez que enunciaba, coincidentemente, que había llegado la hora “de torcerle el cuello al cisne”.

Lugones, en los mismos años en que anunciaba la llegada de la hora de la espada, funcionaba, de hecho, como padrino del primer Martínez Estrada. Es que los versos “clasicistas” del don Ezequiel de esa década coincidían, retóricamente, en el fervor ordenancista del inventor de La grande Argentina. No era, en los 20, un vanguardista Martínez Estrada. Tan distante de los jugueteos metafóricos del grupo Florida, como de los desgarramientos filantrópicos de la gente de Boedo. Entre el 20 y el 30, Martínez Estrada se superpone con la entonación moderada (casi patriótica) de un Luis Franco, o con el rimado escrupuloso de un Nalé Roxlo (ambos, también, formales ahijados de Leopoldo Lugones).

Pero viene el año 30. Cargado de señales que van a atorar la obra, conformista entonación oficial del radical-liberalismo de las clases medias. Cae Hipólito Yrigoyen (en una secuencia latinoamericana que enhebra al Caribe, al Perú de Leguía e, incluso, al Brasil  proveniente de la república velha). “Producir lo que no se consume, consumir lo que no se produce”. El pacto neocolonial con los británicos sufre un sacudón. Carnes, trigo (o café o el producto primario que sea) entran en caída y tirabuzón con el más que conocido crash de Wall Street. Y todo lo que colea en falsa escuadra… ¡Se acaban las vacas gordas y el buen dios dejó de ser criollo!

1930: de la década argentina de “los últimos hombres felices” se pasa a la “década infame”. De “los pueblos deben ser sagrados para los pueblos, como los hombres para los hombres” (frase de Hipólito Yrigoyen dedicada al presidente norteamericano Hoover), la Argentina se desplaza a esa especie de epitafio formulado en Londres por el vicepresidente conservador Julio A. Roca: “Desde un punto de vista financiero, la Argentina es la más preciada columna del imperio británico”.

Dos escritores, en esa coyuntura, señalan la fractura (y angustia que viven las clases medias y el incipiente proletariado): El hombre que está solo y espera (1931) de Raúl Scalabrini Ortiz, y La Argentina y el imperio británico (1934). El hombre solitario de Buenos Aires, dibujado mediante una intuición impresionista, que pretende rescatar sus rasgos más distintivos en un exorcismo por salvarlo de sus angustias y pérdidas de identidad tradicionalmente “triunfalistas”. Scalabrini. Con un trabajo más empírico los hermanos Irazusta van historiando, desde los orígenes del primer empréstito (1836), la dependencia creciente que se había creído autonomía progresiva y liberal. El argentino en crisis; la Argentina, ganadoramente triunfal, al derrumbe.

Y en coincidencia con ese par de publicaciones (entre quejumbrosas y despiadadas), Martínez Estrada publica su Radiografía de la Pampa (1933).

Dos libros, por consiguiente. Tres, en realidad. Y un suicidio, el de Lugones (que, a su vez, se inscribe en una serie de autobiografías). Porque si en algo coinciden los suicidios con las autobiografías, es su circularidad: la víctima y el verdugo son la misma figura, en el suicidio, y el narrador y el  protagonista se superpone en un solo actuante.

En fin, que el suicidio lugoniano subraya, a su vez, el clima de derrota posterior a 1930: Lugones, desde su grande Argentina y su apuesta fascistizante al pie de Uriburu, incurre, en 1932, en un folleto lamentable  —El único candidato— a favor del otro general más fraudulento que mussoliniano. En verdad, el blasón neoliberal que corrompe infatigablemente cuando la llamada a concordancia (y, de manera aparentemente contradictoria, tira por la borda los últimos resabios del liberalismo clásico con el pretexto del Congreso Eucarístico Internacional de 1934).

Lugones, agotado en su carrera de cooptación que lo fue llevando desde el anarco-socialista de La Montaña de 1897, hasta el fervor por Mussolini formulado en el centenario de Ayacucho de 1924 en Lima junto a grandes cortesías de Santos Chocano. Lugones que desde las sucesivas montañas (jacobinas o de oro) había emitido, hacia arriba, plegarias a los dioses y, hacia abajo, órdenes en dirección a las imaginadas columnas proletarias. Lugones, desabrido, vacío, se suicida –simbólicamente– sobre la gran letra del Delta en un “recreo” melancólicamente titulado “El Tropezón”.

Es esta la coyuntura del distanciamiento de Martínez Estrada en relación a su antiguo padrino —del distanciamiento, en medio de una crisis argentina generalizada, pero no de una ruptura. Porque recuerdo un artículo de don Ezequiel sobre el poeta oficial, titulado Lugones, un retrato sin retoques que fue publicado en la revista mexicana Cuadernos americanos: no hay allí una crítica de Lugones, sino un recuerdo más bien nostálgico centrado en las obsesiones detallistas del autor de La guerra gaucha.

Distanciamiento cauteloso y no crítica despiadada. Nada de eso: ni del triunfalismo gritón de Lugones, ni de su fascismo proliferante, avasallante. A lo sumo, el reemplazo del Lugones, padrino intelectual, por otra figura proveniente del modernismo, aunque de neo-barbarie exaltada en la soledad de la selva: Horacio Quiroga, mi hermano mayor. Crítica no alejarse, distanciarse sí: ahí en Radiografía de la Pampa, trabajo en el que se entremezclan lectores de Freud, Simmel y, sobre todo, del Spengler de La caída de Occidente.

Decadencia de la Argentina a partir de un telurismo exasperadamente pesimista que, en su núcleo, denuncia el optimismo del país oficial culminante en el Centenario de 1810 (y de 1816). Diagnóstico que no solo es celebrado por Horacio Quiroga, sino que también es saludado con fervor por el diario La Nación. Son años de concordancia.

Abandonando, o dejando de lado las faenas iniciales en su carrera a favor de un ensayismo corrosivo, sin duda, y que alarma a los bienpensantes, al final de la “Década infame” (hacia 1940), Martínez Estrada publica La cabeza de Goliat. No ya la totalidad de la Argentina, sino una focalización impresionista de Buenos Aires, La cabeza de Goliat, en su cuestionamiento del facilismo en que escamoteaba la crisis concretamente histórica, se opone, en su núcleo, al descubrimiento enternecido de la gran ciudad planteado y reiterado por los vanguardismos de los años 20. El urbanismo no es una fiesta para Martínez Estrada, sino algo despiadado. O, si se prefiere, un réquiem o un epitafio del Buenos Aires mediante el cual se pretende, ya canónicamente, celebrar “el progreso tecnológico”.

En los años siguientes —década del 40 en adelante—, el Martínez Estrada ensayista, si por un lado es corroborado —premios numerosos, presidencia de la sociedad de escritores, intento de cooptación por parte de “la buena vecindad” enunciada por F. D. Roosevelt—, por el otro costado, a partir de 1945, se verá enfrentado al fenómeno del peronismo.

Enfermo, hospitalizado, crispando en distanciamiento, su “piel lastimada” será —según el propio Martínez Estrada— un síntoma, una señal de su malestar frente al  peronismo. No lo entenderá jamás. Ni intentará hacerlo. Son sus olvidos liberales. Y liberales son también los argumentos que se le exacerban aún después de la caída de Perón en 1955. ¿Qué es esto? No solo es el título de su libro de balance, sino el indicador de los límites de su imaginación liberal.

El gigantismo orográfico de Sarmiento (tópico reiterado acríticamente hasta la náusea), abrumó y marcó a varias generaciones, incluso en el liberalismo más tardío: a Martínez Estrada, como se va viendo; a Ricardo Rojas, a Luis Franco, al mismo Lugones, hasta llegar por lo menos hasta José Luis Romero: la fascinación incondicional por el autor del Facundo. Porque si Rojas habló del “profeta de la Pampa”, Romero se exaltó hasta proclamar apologéticamente: “Sarmiento el grande”. Los gauchos y los indios, de la teurática (y de la acción política) fueron borrados como resultado último del impacto intelectual del eurocentrismo, llevado, con frecuencia, hasta un darwinismo social impregnado del más crudo y explícito racismo. Dos fracturas fundamentales en el itinerario de Martínez Estrada: la primera —lo hemos visto— 1930 que, en sus textos y en sus ademanes primordiales, el deslizamiento desde el optimismo y las rimas en dirección al ensayismo cargado de señales nefastas. La segunda —y Martínez Estrada no tuvo el monopolio—, el impacto en América Latina de la Revolución Cubana a partir de 1959.

En 1902, con motivo de la muerte de Emilio Zola, ante su tumba, Anatole France dijo en su discurso fúnebre: “El Yo acuso de Zola, denunciando dos fraudes cometidos contra el capitán Dreyfus, logró que por el affaire Dreyfus pasara la historia del mundo”. La historia del mundo. Yo no sé si por la Revolución Cubana, a partir de 1959, pasaba la historia del mundo, pero sí tengo la convicción de que pasaba la historia de todo un continente, la historia de América Latina.

Y estamos de acuerdo que en ese capítulo revolucionario, la presencia del comandante Ernesto Guevara fue decisiva. Pues bien, por intermediación del Che Ezequiel Martínez Estrada fue invitado a trabajar en Cuba. Y su eje principal en esa faena fue el descubrimiento y los comentarios sobre Martí.

El Che era un paradigma de la Revolución Cubana. Cuba encarnaba la divisa mayor de la lucha antiimperialista latinoamericana. Todo un continente apostaba identificándose con Cuba y el Che. Pero —permítanme, permítanme— la relación de fraternidad entre Cuba y la Argentina exhibía (exhibe) un nexo peculiar, una densidad justificada y materializada en el Che. Me lo susurró Cortázar, Julio, aquí en La Habana): “El vocativo che, tan porteño, fue internacionalizado a través de Ernesto Guevara”. Pero, compañeros, cómo se iba a explicar el boom literario latinoamericano sino era a través de la trascendencia de la Revolución Cubana…

Martí y Ezequiel Martínez Estrada. Ya no se trataba, como en Rubén Darío a fines del siglo XIX, de Martí incorporado a la serie de los raros. O como una figura capital del modernismo literario finisecular. El Martí de Martínez Estrada era analizado (y situado en su contexto político y cultural) en tanto teórico, precursor y mártir de la descolonización de África, Asia y América Latina: La conferencia de Bandung se inscribía nítida y dramáticamente en la obra y en la vida de Martí. No me olvido: Bahía de Cochinos estaba ahí.  Y Sarmiento, incluso —y no digamos Lugones—, quedaron muy atrás en las evoluciones de Martínez Estrada aplatanado.

Ya no se trataba de un rescate del pasado utilizable. Ya no se trataba de releer textos con los que se podía identificar. Ahí radica —en mi criterio— un trabajo que a Martínez Estrada lo desbordaba. Se trataba, nada menos, de un Martí como proyecto para el hombre nuevo. No un canon, no, sino verbo y acción. 

Conferencia magistral impartida por David Viñas en la XVI Feria Internacional del Libro de La Habana.

 
 

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La Habana, Cuba. 2007.
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