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El domingo 11 de febrero, en la Feria
del Libro de La Habana 2007, tuve el
placer de presentar el libro Calzar
el coturno americano, de la
profesora de la Universidad de La Habana
Elina Miranda Cancela. Quise entonces
expresar al numeroso público que asistió
a la presentación y venta del libro, mi
satisfacción de que tengamos a partir de
ahora una referencia bibliográfica tan
cuidada y extensa de un tema que lo
merece.
Confieso que cuando leí este libro por
primera vez, como presidente del jurado
del Premio de Teatrología Rine Leal
2005, convocado por Ediciones Alarcos,
lo hice con la premura que siente uno
por encontrar entre muchos un ganador
absoluto. Estoy seguro que es una
experiencia que uno enfrenta lo mejor
que puede cuando asume el ser jurado de
un concurso. Un pecado menor pero que le
roba a uno el placer de la buena y
pausada lectura. Pero ahora con tiempo y
paciencia lo he leído con el interés que
merece.
Con
placer lo he tenido unos cuantos días
entre mis manos, y esta vez he calibrado
en buena medida la excelencia de este
libro tan útil y necesario en la
dramaturgia cubana. La espera no ha sido
en vano, ahora tenemos la compensación
de este momento de máxima lectura. El
tema no es nuevo, ha sido tratado por
algunos estudiosos, pero en este caso
sorprende por la prolijidad y ampliación
con que lo asume la profesora Elina
Miranda, producto, como ella misma
confiesa, de muchos años de labor
investigativa y creadora.
Se
trata nada menos que de un minucioso y
documentado recorrido por la presencia
en la literatura dramática cubana de la
tragedia ática; una materia conocida y
tratada por los estudiosos cubanos del
tema, pero nos atrevemos a aseverar que
nunca ha sido asumido con tanta
profundidad y estudio por los
investigadores de teatro.
Y
para corroborar lo antes dicho, me
permito citar la nota que aparece en la
contraportada del libro: “La ensayista y
profesora universitaria Elina Miranda
Cancela reúne en este libro una decena
de ensayos nucleados en torno a una
temática común: estudiar cómo ha
asimilado e integrado la tradición
teatral cubana desde El príncipe
jardinero y fingido Cloridano, el
texto inaugural de Santiago Pita, hasta
Bacantes, de Raquel Carrió y
Flora Lauten, estrenada en 2001, los
mitos y cánones trágicos de la
antigüedad clásica griega”. Y no es
necesario más. Ya están ustedes
iniciados en la aventura intelectual que
propicia este libro; ejemplar
experiencia por su profundidad y
diversidad.
Dicho
así, a algunos conocedores de la materia
les pudiera parecer un hecho sabido y
consumado. Pero me atrevo a aseverar, y
quizás no es más que mi apresurada
opinión; nunca fue asumido antes con
tanta autoridad y minuciosidad. Y me
atrevo a dar esta opinión, no solo
porque he seguido especialmente, a
partir de la década de los años
cincuenta del pasado siglo XX casi todos
los textos y puestas en escenas cubanos
inspirados en el tema, si no por algo
más personal. Me unió al teatrólogo
cubano Rine Leal una buena y fructífera
amistad, y en nuestras largas y
frecuentes charlas en la terraza de mi
casa (fuimos vecinos cercanos durante
casi 20 años) con su conocida erudición
teatral me fue nutriendo en muchas
ocasiones mis ansias de saber más y
mejor sobre todos los aspectos de la
escena cubana. Los nombres de los
autores aparecían con frecuencia. Y así
inevitablemente surgían referencias como
estas que ahora se me amplían. José
María Heredia se decide a calzarse el
coturno americano, según carta que le
envía a Domingo del Monte el l5 de abril
de 1827:
“Voy
por fin a calzarme el coturno americano,
y a procurar pintar con el buril de
Alfieri la catástrofe de Cualpopoca.”
He
citado este dato tan exacto, porque
hasta ahora lo desconocía y creo que
puede ser de gran utilidad a los
estudiosos de nuestro teatro.
Esta
es la génesis de la conocida obra de
José María Heredia Tiberio.
Heredia, como escribiría Rine Leal en
algún momento: “tiene el mérito de ser
el dramaturgo que se plantea el teatro
en grande y que ya posee una concepción
trágica que soñara alguna vez aplicar a
América como tierra única”. Pero no se
detenía Rine en el mérito indudable de
Heredia, más de una vez me ponderaba el
talento teatral de Joaquín Lorenzo
Luaces, a quien yo tenía más que nada
como un talentoso poeta. Pero Rine Leal
afirmaba, y con el tiempo estuve de
acuerdo con él, que Luaces fue el mejor
comediógrafo del teatro cubano del siglo
XIX, lo que pude valorar personalmente
cuando dirigí su fabulosa comedia El
fantasmón de Aravaca.
También fue autor de una tragedia griega
basada en Aristodemo. Esta obra
fue ponderada por el exigente crítico
Enrique Piñeyro en un artículo publicado
después de su muerte. E inevitablemente
hablamos de José Martí como dramaturgo,
que ya es sabido escribió Abdala
con solo 16 años. Martí manifestó su
admiración por los trágicos griegos,
sobre todo por Esquilo. Su
teatro, como es aceptado por muchos, no
está entre lo mejor de su labor
literaria, pero fue una constante en su
vida. Dejó algunas crónicas que merecen
ser leídas y valoradas. Pero esa
posibilidad desborda el propósito de
este artículo.
Pudiera seguir citando a Rine Leal, al
que estoy seguro que la autora no le
niega maestría del tema, pero si lo he
referido es porque creo ver en esta obra
que la profesora Elina Miranda ha andado
y superado en cierta medida el camino
que trazó Rine Leal como maestro y autor
de indudable mérito, a quien no podemos
obviar. Creo que es un acto de elemental
justicia y reconocimiento.
El
teatro griego está en el teatro cubano,
y sigue estándolo porque como afirma el
conocido teórico Jan Kott, citado por la
autora, “…los clásicos reviven cuando se
da la colisión del texto clásico con
nuevas experiencias políticas e
intelectuales”.
Esto
es tan actual, especialmente en el
amplio ámbito americano, que no hay que
buscar tan solo ejemplos y pruebas
netamente teatrales, que las podríamos
citar, es que estoy seguro las vamos a
encontrar en la más inmediata y actual
realidad del continente americano. Hay
una identificación entre mito y
realidad, entre el teatro en su acepción
más amplia y abarcadora y la realidad
social y política nuestra; lo que
resulta a veces inexplicable es que no
esté presente con más frecuencia y
diversidad de enfoque. Esto, por sí
solo, merece todo un estudio cuidadoso y
aparte, y está en la génesis de este
valioso libro.
La
autora destaca el estreno el 23 de
octubre de 1948 de la obra de Virgilio
Piñera Electra Garrigó, en
el teatro Valdés Rodríguez, escrita en
1941, un dato muy significativo. La obra
fue recibida con opiniones muy variadas,
significativas y radicales. Es bueno
decir que Piñera, a quien conocí bien a
partir de mi puesta en escena de su obra
Aire Frío en 1962, se reía
muy regocijado con la afirmación de
algunos de los que asistieron al
estreno, de que su obra era como “un
escupitajo al Olimpo”. Mucho pudiera
decir sobre esta obra que en buena
medida me reafirmó que el teatro cubano,
y especialmente el de Piñera, contaba
con audaces y talentosos dramaturgos,
pero no es oportuno ni necesario. Hoy
muy pocos son capaces de negar un hecho
tan contundente. Pero, ¿a dónde voy a
parar con tantas referencias, ajenas en
parte a la autora de este libro que
considero acucioso y exacto en su
indagación? Muy simple. Nada ni nadie
viene de la nada, según aseguran muchos
ilustres pensadores y casi todos hemos
comprobado. Este libro tiene
antecedentes y también yo pudiera
reiterarle mi sincera admiración por lo
mucho que aporta. Pero no es necesario.
Su valor actual está en sí mismo. Hay
mucho y bueno en él. A través del
volumen desfilan autores tan notables
como José Triana y su Medea en el
espejo, estrenada el 17 de diciembre
de 1960, dirigida por Francisco Morín.
Carlos Felipe y su Réquiem por
Yarini, todo un complejo símbolo
social. Antón Arrufat y su
discutida Siete contra Tebas. Y
Alejo Carpentier con su renombrada
Aprendiz de bruja, su única obra de
teatro. En fin, no se trata aquí de dar
la totalidad de un libro que se destaca
por su complejidad y entrelazado
intelectual. Ya lo comprobarán sus
lectores, que predecimos serán muchos.
Finalmente quiero dejar sentado que este
volumen pienso quedará como un
imprescindible libro de consulta, que no
solo los dramaturgos, los directores, y
hasta los actores y críticos se pueden
beneficiar de él. Su espectro es amplio
y trascendente. |