Año V
La Habana
2007

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

El viejito del sillón 
Antonio Orlando Rodríguez

¡Sé, fulge,
vuela!
Fina García Marruz

Un viejito vino a vivir al barrio y todas las tardes, cuando el reloj de la torre toca seis campanadas, hace así, carga un hermoso sillón de mimbre pintado de blanco, lo saca al portal y se arrellana en él.

Mientras se mece hacia adelante y hacia atrás, el viejito comienza a recordar algo lindo que le haya sucedido durante el día, medio que cierra sus ojos vivarachos como si se estu­viera quedando dormido y entonces, izas! muy suavemente el sillón echa a volar.

Vuela primero sobre las flores de los jardines, como si fuera una abeja cualquiera; se alza luego por encima del follaje de los álamos, lo mismo que un tomeguín; más tarde se va a planear cerca de las nubes, como un absurdo papalote trenzado; y después llega hasta la estratósfera para echar competencias de velocidad con los aviones.

El sillón bailotea en el aire, hace filigranas y maromas que solo de verlas uno siente mareos. Pero al viejito, por lo visto, las piruetas no le dan ni frío ni calor porque, aunque el sillón se vire de cabeza, él sigue sentado de lo más campante, con las piernas cruzadas, bien reclinado contra el espaldar.

Después, lentamente, el sillón empieza a perder altura hasta que se posa otra vez en el portal de la casa. Y vuelve a balan­cearse hacia adelante y hacia atrás con un vaivén tan aburrido que, al verlo, nadie sospecharía que acaba de regresar de una emocionante excursión por el espacio.

Al principio, nadie en el barrio se percató de los extraños paseos del nuevo vecino. Y es que la gente, con el apuro de ir para allá y la prisa de volver para aquí, casi ha perdido la costumbre de mirar a lo alto.

Pero una tarde, cuando los muchachos dibujaban en la calle con sus tizas de colores, vieron deslizarse sobre el asfalto una sombra misteriosa. “¿Será una mariposa nunca vista?”, se pre­guntaron, y al alzar la mirada, distinguieron al viejito que volaba sobre sus cabezas y hacía las más pasmosas acrobacias sentado muy cómodo en su sillón de mimbre.

Y todavía boquiabierto por la sorpresa, corrieron a anunciar­le a las personas mayores su descubrimiento.

—¿Volar?

—¿En un sillón?

—¿El nuevo vecino?

Papás, abuelos y tíos dijeron que era imposible, que sencilla­mente no podía ser y que cosa semejante jamás había ocurrido. Y siguieron leyendo el periódico sacando cuentas, viendo la televisión y regando los cactos con goteros.

Al día siguiente los niños se escondieron tras un muro de ladrillos a esperar que el viejito se asomara a la puerta. Y en cuanto el reloj desgranó las seis campanadas y el nuevo vecino se fue a pasear encaramado en su sillón de mimbre, todos vol­vieron a correr en busca de las personas mayores.

—¡Pero muchacho!

—¿Otra vez con lo mismo?

—Que no puede ser te he dicho.

Pero tanto y tanto insistieron los chiquillos, que a papás, abuelos y tíos no les quedó más remedio que abandonar por un momento sus ocupaciones y asomarse a las ventanas para complacerlos.

Allá, en lo alto, el sillón daba volteretas de nube en nube, y una vez que voló cerca de los postes del alumbrado eléctrico, el viejito les dijo adiós con una sonrisa entre cariñosa y burlona.

—¿Dónde?

—No veo nada.

—¡Esas ideas tuyas!

Dijeron las personas mayores y continuaron pintando las casas, oyendo la radio, pegando botones, fregando los platos. Y lo mismo sucedió una y otra vez, todas las tardes igual, hasta que los niños se aburrieron de correr con el cuento del viejo y el sillón, y de que nadie viera lo que tan claro ellos veían. Un buen día decidieron no importunar más ni a los papás, ni a los abuelos, ni a los tíos.

Ahora los muchachos del barrio están pendientes, cada atar­decer, de las campanadas del reloj de la torre. Y cuando suenan las seis, enseguida se acomodan en sus silloncitos. Se mecen hacia adelante, se mecen hacia atrás y empiezan a recordar tantas y tantísimas cosas lindas que, cuando vienen a darse cuenta, ya están volando sobre los techos de la ciudad.

Vuelan como una bandada de pájaros caprichosos. Primero va el sillón del viejito; y detrás, en perfecta formación, le sigue un burujón de silloncitos. Retozan y hacen cabriolas por los aires; trazan figuras preciosas para quien las sepa ver y, cuando encuentran un arcoiris en el camino, se deslizan por su lomo arqueado que parece un tobogán.

Si por casualidad a alguna persona mayor se le ocurre mirar para arriba en ese momento, siempre comenta lo mismo:

—Qué nublado está el cielo.

Y al punto asiente otra cualquiera:

—Parece que va a llover.                       

Eso dicen si por casualidad miran a lo alto, pero el viejito y los niños, que mientras tanto vuelan y revuelan en sus sillo­nes, se ríen y hacen nuevas piruetas con la confianza de que no siempre va a ser así.                       

Tomado del libro Aventuras insólitas. Editorial Letras Cubanas, 1988.

Antonio Orlando Rodríguez. Narrador, periodista, guionista. Ciego de Ávila, 1956. Licenciado en periodismo por la Universidad de La Habana. Ha publicado, entre otros: Abuelita milagro;  Siffig y el Vramontono 45-A; Cuentos de cuando La Habana era chiquita y Strip-tease.

 

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