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¡Sé, fulge,
vuela!
Fina García Marruz
Un
viejito vino a vivir al barrio y todas
las tardes, cuando el reloj de la torre
toca seis campanadas, hace así, carga un
hermoso sillón de mimbre pintado de
blanco, lo saca al portal y se arrellana
en él.
Mientras se mece hacia adelante y hacia
atrás, el viejito comienza a recordar
algo lindo que le haya sucedido durante
el día, medio que cierra sus ojos
vivarachos como si se estuviera
quedando dormido y entonces, izas! muy
suavemente el sillón echa a volar.
Vuela
primero sobre las flores de los
jardines, como si fuera una abeja
cualquiera; se alza luego por encima del
follaje de los álamos, lo mismo que un
tomeguín; más tarde se va a planear
cerca de las nubes, como un absurdo
papalote trenzado; y después llega hasta
la estratósfera para echar competencias
de velocidad con los aviones.
El
sillón bailotea en el aire, hace
filigranas y maromas que solo de verlas
uno siente mareos. Pero al viejito, por
lo visto, las piruetas no le dan ni frío
ni calor porque, aunque el sillón se
vire de cabeza, él sigue sentado de lo
más campante, con las piernas cruzadas,
bien reclinado contra el espaldar.
Después, lentamente, el sillón empieza a
perder altura hasta que se posa otra vez
en el portal de la casa. Y vuelve a
balancearse hacia adelante y hacia
atrás con un vaivén tan aburrido que, al
verlo, nadie sospecharía que acaba de
regresar de una emocionante excursión
por el espacio.
Al
principio, nadie en el barrio se percató
de los extraños paseos del nuevo vecino.
Y es que la gente, con el apuro de ir
para allá y la prisa de volver para
aquí, casi ha perdido la costumbre de
mirar a lo alto.
Pero
una tarde, cuando los muchachos
dibujaban en la calle con sus tizas de
colores, vieron deslizarse sobre el
asfalto una sombra misteriosa. “¿Será
una mariposa nunca vista?”, se
preguntaron, y al alzar la mirada,
distinguieron al viejito que volaba
sobre sus cabezas y hacía las más
pasmosas acrobacias sentado muy cómodo
en su sillón de mimbre.
Y
todavía boquiabierto por la sorpresa,
corrieron a anunciarle a las personas
mayores su descubrimiento.
—¿Volar?
—¿En
un sillón?
—¿El
nuevo vecino?
Papás, abuelos y tíos dijeron que era
imposible, que sencillamente no podía
ser y que cosa semejante jamás había
ocurrido. Y siguieron leyendo el
periódico sacando cuentas, viendo la
televisión y regando los cactos con
goteros.
Al
día siguiente los niños se escondieron
tras un muro de ladrillos a esperar que
el viejito se asomara a la puerta. Y en
cuanto el reloj desgranó las seis
campanadas y el nuevo vecino se fue a
pasear encaramado en su sillón de
mimbre, todos volvieron a correr en
busca de las personas mayores.
—¡Pero muchacho!
—¿Otra vez con lo mismo?
—Que
no puede ser te he dicho.
Pero
tanto y tanto insistieron los
chiquillos, que a papás, abuelos y tíos
no les quedó más remedio que abandonar
por un momento sus ocupaciones y
asomarse a las ventanas para
complacerlos.
Allá,
en lo alto, el sillón daba volteretas de
nube en nube, y una vez que voló cerca
de los postes del alumbrado eléctrico,
el viejito les dijo adiós con una
sonrisa entre cariñosa y burlona.
—¿Dónde?
—No
veo nada.
—¡Esas ideas tuyas!
Dijeron las personas mayores y
continuaron pintando las casas, oyendo
la radio, pegando botones, fregando los
platos. Y lo mismo sucedió una y otra
vez, todas las tardes igual, hasta que
los niños se aburrieron de correr con el
cuento del viejo y el sillón, y de que
nadie viera lo que tan claro ellos
veían. Un buen día decidieron no
importunar más ni a los papás, ni a los
abuelos, ni a los tíos.
Ahora
los muchachos del barrio están
pendientes, cada atardecer, de las
campanadas del reloj de la torre. Y
cuando suenan las seis, enseguida se
acomodan en sus silloncitos. Se mecen
hacia adelante, se mecen hacia atrás y
empiezan a recordar tantas y tantísimas
cosas lindas que, cuando vienen a darse
cuenta, ya están volando sobre los
techos de la ciudad.
Vuelan como una bandada de pájaros
caprichosos. Primero va el sillón del
viejito; y detrás, en perfecta
formación, le sigue un burujón de
silloncitos. Retozan y hacen cabriolas
por los aires; trazan figuras preciosas
para quien las sepa ver y, cuando
encuentran un arcoiris en el camino, se
deslizan por su lomo arqueado que parece
un tobogán.
Si
por casualidad a alguna persona mayor se
le ocurre mirar para arriba en ese
momento, siempre comenta lo mismo:
—Qué
nublado está el cielo.
Y al
punto asiente otra cualquiera:
—Parece que va a
llover.
Eso
dicen si por casualidad miran a lo alto,
pero el viejito y los niños, que
mientras tanto vuelan y revuelan en sus
sillones, se ríen y hacen nuevas
piruetas con la confianza de que no
siempre va a ser
así.
Tomado del
libro Aventuras insólitas.
Editorial Letras Cubanas, 1988.
Antonio Orlando Rodríguez.
Narrador, periodista, guionista. Ciego
de Ávila, 1956. Licenciado en periodismo
por la Universidad de La Habana. Ha
publicado, entre otros: Abuelita
milagro; Siffig y el Vramontono
45-A; Cuentos de cuando
La
Habana era chiquita
y Strip-tease. |