Año V
La Habana

24 de FEBRERO
al 2 de MARZO
de 2007

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

Otra de las figuraciones de la mujer moderna: la viajera

Zaida Capote Cruz • La Habana

 

Ofelia Rodríguez Acosta (1902-1975) fue una de nuestras escritoras más activas durante la primera mitad del siglo XX. Bibliotecaria del Club Femenino, editora de una revista de nombre transparente: Espartana, y activa periodista en Bohemia, donde abordó muchos de los temas más candentes de la campaña feminista, la figura de Rodríguez Acosta merece ser estudiada para reconocer su legado, hoy apenas difundido. Del mismo modo en que muchas de las protagonistas de sus novelas respondían a su ideal de la mujer moderna —emancipada económica y legalmente, en pie de lucha por sus derechos, con claros propósitos de intervención en la política nacional— me interesa estudiar aquí otra de las figuraciones de ese modelo: la imagen de la viajera.

Es obvio que la figura de la viajera no es un hallazgo exclusivo de la modernidad, pero fue en el tránsito del siglo XIX al XX que esta figura retomó un auge insospechado, potenciada en las luchas por la reivindicación de los derechos femeninos. Ofelia Rodríguez Acosta, becaria durante varios años del gobierno cubano, una condición que le valiera duros juicios de algunos de sus contemporáneos, vivió en París durante cinco años en los que viajó por buena parte del continente europeo, enviando puntualmente sus crónicas a la revista habanera Grafos. Luego se afincaría en México, para volver a Cuba solo después de 1959. Pero empecemos por el principio.

Su primera “crónica de viaje”, un relato brevísimo titulado Apuntes de mi viaje a Isla de Pinos, publicado cuando su autora contaba 24 años,[1] deja ver dos de los rasgos que luego serán distintivos en los textos de Europa era así:[2]

-         la sensibilidad ante los problemas sociales y políticos

-         la puesta en escena —y este es el punto que más me interesa— de su condición de mujer moderna (fuma todo el tiempo; es desinhibida con su joven anfitrión pinero; expresa su opinión política sin reservas; se ofrece como chauffeur (sic) en la infructuosa excursión al Presidio).

 

La sensibilidad de Ofelia Rodríguez Acosta se expresa aquí, en esta especie de adelanto de lo que serán sus crónicas europeas, sin estridencias. Pero esta breve crónica, escrita por propio impulso, no como compromiso para ser publicada en revista alguna, es bastante sincera. En el caso de los artículos que dedicara a varias ciudades europeas para publicarlas sucesivamente en Grafos salta a la vista el control que debió ejercer sobre su mirada y sobre su estilo, para contener su voluntad de participación política. A pesar suyo, sin embargo, los textos de ese libro están transidos del dolor por la amenaza del desmembramiento o la ocupación de los países europeos.

Antes de entrar en materia, es decir, en las crónicas del volumen Europa era así, les ruego me perdonen aún otra digresión: hay dos textos —que luego no incluyó en su libro— y que son una especie de “marco” eficiente para la lectura de las crónicas. El de la conferencia “La emoción de una cubana viajando por España”, pronunciada en el Club Hispanista de París en 1937, a partir de la cual naciera la idea de publicarlas todas juntas, y el sobrecogedor artículo “Un minuto de silencio”, publicado en Grafos entre una crónica y otra, pero luego excluido del libro, donde Ofelia se decide a enfrentar la situación actual de esas ciudades que había estado describiendo hasta entonces con poca profundidad a fin de animar a los potenciales turistas cubanos a viajar a Europa (la revista publicaba también muchos anuncios de agencias de viajes, de modo que las crónicas, más allá de contribuir a la ilustración de sus lectores, tenían un propósito comercial).

Su conferencia en la Sociedad Hispanista de París incluye fragmentos de las crónicas referidas a Sevilla, Córdoba y Granada; pero lo verdaderamente interesante aquí serán sus breves comentarios acerca de la situación en España —recuérdese que tuvo lugar en el verano de 1937. Llama la atención, en una pluma apasionada como la suya, el control que Rodríguez Acosta logró ejercer en sus textos europeos de esos años.[3]

La mencionada conferencia daba inicio refiriéndose a los males de la Conquista, que elige ignorar en señal de simpatía por la grandeza indiscutible de España, antes de referirse al presente como: “esta era de barbarie espantosa en la que los valores emocionales y espirituales han perdido su prestigio”.[4] Apenas eso. Y luego introduce una muestra bastante somera de sus experiencias de viaje por las tres ciudades aludidas. Al final, cuando ya vuelve a retomar el discurso, no puede evitar la alusión —aunque sin estridencias— a la Guerra Civil y el compromiso de los cubanos con el destino de España:

A través de los episodios revolucionarios de Cuba republicana muchos españoles han caído sobre nuestra tierra confundiéndose su muerte con la del cubano. Hoy, muchos de los nuestros vierten la siembra de sus vidas sobre el terreno del combate, grano a grano, gota a gota, con los hijos del suelo español.[5]

 

El gesto de leve protesta en aquella conferencia se vería reforzado por la interrupción del ciclo de publicación de las crónicas, casi dos años más tarde, para incluir su “Un minuto de silencio”[6] porque sabía, claro, que de la derrota del fascismo dependía el futuro del mundo. Su referencia continua a los pequeños países que deben enfrentar las apetencias imperiales de sus vecinos poderosos pone en escena el destino de Cuba frente a los Estados Unidos, una imagen que ya había aparecido una y otra vez en sus Apuntes de mi viaje a Isla de Pinos.[7] Para quien lee el libro se hace notoria una ausencia; la opinión claramente expresada de Ofelia sobre las realidades que estaba viviendo. La autora explica la supresión: “intercalé, con el fin de aislar el propósito descriptivo de mis cuartillas en una zona higiénica y a la vez cumplir con un imperativo de conciencia, dos artículos con consideraciones políticas en la serie de mis trabajos (que estimo pertinente suprimir aquí)”.[8] Y explica, asimismo, su intención: “Este libro es, porque quiere serlo, un canto de esperanza a la apoteosis de la libertad de esos pueblos heroicos. Un acto de fe en la supervivencia de su personalidad”. Evidentemente, sus experiencias europeas de esos años fueron aprovechadas para armar la anécdota dislocada, fragmentaria y por momentos expresionista de su novela En la noche del mundo,[9] —no por azar impresa en 1940 en La Verónica, la imprenta fundada en La Habana por los exiliados españoles Concha Méndez y Manuel Altolaguirre— donde la desazón por el destino de la humanidad tiene como escenario una ciudad moderna, laberíntica y deshumanizada, y como personajes principales de la tragedia a unos pobres seres que se debaten entre un presente irrespirable y un futuro devastador y que, desde la acción social o la prédica casi religiosa, se empeñan en cambiar, sin éxito, el destino de la humanidad.

Pero entremos, por fin, en materia. Europa era así es un conjunto de artículos escritos entre 1935 y 1937 en los que Rodríguez Acosta pasea su mirada de turista curiosa por los grandes monumentos de la civilización europea, lo mismo que por las calles de un zoco marroquí. Lo que me interesa explorar aquí es dónde se ubica la cronista, cuáles son sus apariciones y qué sentido pudieran tener.

Sus colaboraciones en Grafos casi siempre incluían una o varias fotos de los sitios visitados en las cuales aparecía la autora, en traje sastre y sombrero, frente a los sitios descritos; pero no es esa imagen congelada, austera, la que aflora en sus crónicas, sino otra de mujer emancipada y dialogante con las gentes que se topa en el camino, fumadora, cordial y reflexiva a un tiempo. Su imagen, lo mismo que la intensidad de su discurso, no es estática. La propia Ofelia se encarga de advertirnos la diferencia entre las diversas crónicas que integran el libro:

Con anterioridad no había hecho más que un breve viaje, siendo muy joven y bajo la sujeción familiar, a algunos lugares de los Estados Unidos: así, ese estado de virginidad emocional, diría, en que me lancé a experiencias de la índole de las que aluden estas líneas, se percibe bien claramente. He temido estropear, por una excesiva preocupación de escritor, ese desorden y excitación espiritual —provocados por la avidez— que “se sienten” en los relatos de mi recorrido por España y Marruecos (pp. 8- 9).

Debo decir que prefiero ampliamente sus primeras crónicas, aquellas en que no pretendía regular, controlar tanto su discurso. La “excitación espiritual” —como ella misma dice— que delatan sus relatos en Tetuán y Marruecos los hace incomparablemente más genuinos que los fríos inventarios de monumentos históricos o “tipos” humanos con que nos regala en sus viajes por el interior de Europa. He preferido perseguir sus deslices, el momento en que pierde su compostura de viajera y comentarista experimentada y deja aflorar sus sentimientos, lo mismo que los momentos en que ella misma ocupa el centro del relato, en un protagonismo que iría cediendo espacio a los otros a medida que avanza el recorrido y, con él, el libro.

La primera aparición de Ofelia digna de destaque es aquella en que atraviesa Sevilla a pie, de madrugada, acompañada solo por un maletero y cargando su máquina de escribir (la misma máquina de escribir luego sospechosa para los aduaneros marroquíes), fumando en cada descanso, lo mismo que en el café donde solo hay hombres, y donde, a pesar de que invita al maletero a desayunar con ella, este prefiere sentarse a la barra. Describe a los otros comensales: “algunos trasnochadores, acaso sin hogar ni trabajo. Dormitan sobre la mesa o discuten con el único camarero que hay detrás de la cantina. Los cristales están empañados del vaho del amanecer. Otra vez en marcha. Delante va el hombre, con las maletas a la espalda” (pp. 32- 33). La transición del ámbito poblado del café a las calles solitarias, la descripción completamente aséptica, hacen adivinar a una mujer sin prejuicios, que no tiene reparos en juntarse con desconocidos en su calidad de observadora y cronista de tipos humanos. Sus visitas en Jerez de la Frontera a las fábricas de vinos, su estrenada habilidad enológica y la cordialidad a que la obliga la cortesía de sus anfitriones la lleva a aceptar una copa tras otra, y su cuerpo, ayudado por los cigarros que consume sin tregua, resiste hasta el final, como apunta con ironía:

Son las dos de la tarde. Nos hemos desayunado a las seis de la mañana. Ni una gota de agua en todo ese tiempo. Hay que evitar el ridículo. Hay que beber y beber sin pestañear. El único recurso es fumar, fumar desesperadamente. Y nada de mojar con disimulo los labios, porque nos sorprenden el truco. Inclusive hay que dejar bien puesto el nombre de Cuba: la tierra del ron. (p. 36)

 

Estas apariciones de la cronista luego irán espaciándose; pero aún, a pesar del modesto plural en que intenta escudarse, su imagen es perfectamente visible, claramente perceptible en su diferencia del medio que la acoge, en sus propósitos y en el dibujo de su identidad de extranjera y jueza del nuevo paisaje arquitectónico, natural y humano desplegado ante sus ojos. En Tetuán, en un hostal al que la ha llevado su mínimo estipendio, tiene una experiencia desastrosa:

Bajamos al comedor. El aspecto es inquietante: casi en penumbra de muy dudosa limpieza, y con una enorme mesa al centro a la que están sentados unos doce árabes, con sus eternas “chilabas”, rematando en esa especie de holgado gorro frigio, sobre la cabeza, y con sus barbas negrísimas y rizadas.

(…)

Subimos a la habitación. Mientras nos hacemos la pequeña “toilette” con una cólera reconcentrada, por la puerta entreabierta van asomando las caras y las sonrisas maliciosas, una a una, de los doce hombres. Impertérritas continuamos pintándonos los labios, observando sus maniobras por el espejo. Indudablemente somos la única persona “europea” que hay en el hotel. Siempre acentuándonos el dibujo de la boca y mirando por el espejo, comprobamos que la puerta no tiene pestillo interior. Continúa el desfile de los rostros indígenas, con una expresión entre irónica e infantil. Con la mayor naturalidad posible terminamos nuestra tarea, recogemos nuestro impermeable y nuestros guantes, y salimos. Mientras le echamos la insegura llave a la puerta, en el pasillo los moros runrunean. El murmullo llega a parecernos el ruido de motor de un aeroplano dentro del mismo edificio. Encendemos otro cigarrillo, con la mayor calma. Entonces, uno nos pide lumbre. Se la ofrecemos en silencio. Y echamos a andar, mientras le oímos decir a nuestra espalda: “Gracias, señora. ¿Le gusta fumar? (pp. 43-45)

 

La tensión evidente en este fragmento vuelve a ubicarla en un lugar central. Aquí Ofelia está describiéndose elusivamente como una mujer moderna, occidental, de clase media, blanca. Su solidaridad con el joven sirviente español, su repulsa por los otros personajes de la historia, así lo demuestra. Luego de este encontronazo con la sensibilidad árabe habrá otros espacios menos problemáticos, como su camaradería con el guía marroquí que la invita a un salón de té —ya ha advertido antes que la mujer árabe no entra en los cafés— donde los hombres del lugar cantan canciones de amor, seguros de que sus respectivas amadas no escucharán sus sentimientos, pues se considera impropia cualquier confesión amorosa. Del descubrimiento de ese contrasentido se derivará una sabrosa plática sobre la situación de la mujer marroquí, acerca de la legislación, las relaciones familiares, la patria potestad, etc. que no hará más que reforzar la imagen de la propia Ofelia como mujer moderna, desprejuiciada y libre. Lo mismo ocurre —pero en un nivel más metafórico— con un claro ejercicio de travestismo cultural en un museo tangerino: aquel en que se mete adentro de una urna de madera usada para trasladar a las novias el día de la boda. Más que la información buscada en el diálogo de interés antropológico con el lugareño, aquí de lo que se trata es de experimentar en carne y sensibilidad propias una feminidad distinta e, incluso, de tratar de entender las razones de esa diversidad.

Este ambiente de boato y poderío —escribe Ofelia— pone de relieve la sumisión de la mujer, apreciada como un objeto de lujo, un instrumento de placer o, cuando menos, un elemento pasivo en la vida. Se dice que nadie es feliz en la esclavitud, pero, ¿se puede saber, a ciencia cierta, lo que constituye la felicidad para cada ser humano, tanto hoy como ayer? Solo la conciencia de una situación y el ideal de una realidad distinta puede crearnos el problema, y la mora no acaba de asimilar la vaga noción que acaso tiene de su condición de inferioridad. O tal vez no es tal para ella, y esto nuestro es solo una apreciación-tipo de la “civilización occidentalista” (sic). (…) A la vista de aquella jaula dorada, que los amigos del joven llevan en andas, se nos hacía imposible creer que allí cupiera un cuerpo humano de tamaño normal. Y para cerciorarnos, entramos en ella forradas con nuestro moderno abrigo y plenas de esto que llamamos nuestra libertad. Sí; cabía una mujer, naturalmente que podía caber, y hasta mirar (…) el brillante y alegre cortejo de los invitados (hombres todos, se entiende) que (…) conducen a la novia desde su casa a la de su prometido donde la entregan, cerrando tras ella la puerta para siempre. Dentro, envuelta en su lichan, depositada en los cojines como una muñeca de serrín, asiste al baile de las doncellas junto a su futuro consorte, que bebe, fuma y se divierte (pp. 54- 54).

 

Otra vez hace su aparición la figura de la mujer moderna, Ofelia se describe a sí misma “forrada con nuestro moderno abrigo y plenas de nuestra libertad” y aunque el comienzo de este fragmento parece prometer un poco de solidaridad con la visión del otro, con su concepción del mundo y respetar cierta alteridad cultural, su fuerte compromiso con el tema de la emancipación femenina vuelve a aflorar en ese símil casi ofensivo; la mujer árabe es como “una muñeca de serrín” (sic), está a merced de los otros, no tiene voluntad propia, y su única libertad es la de esa mirada cautiva que espía una fiesta donde las doncellas bailan sólo para los hombres. La próxima escena (esto de la urna no es más que una evocación) transcurre en el autobús, donde Ofelia, como siempre, aparece fumando, como ella misma dice, “con gran asombro y curiosidad de nuestras compañeras” (p. 56), de las que continuamente pareciera querer marcar distancia.

Aunque en Europa era así la autora parece desatarse por momentos, el signo permanente de este libro es su contención; parece como si Ofelia estuviera cuidando demasiado la continuidad de sus colaboraciones en Grafos, o como si pensara que aquellas opiniones vertidas en la revista habanera no merecieran publicarse en el libro mexicano, o como si su antigua fuerza de batalladora se hubiera agotado, aunque esto parece desmentirse en algunas páginas. De todos modos, ya no recuperaría el ímpetu de sus primeros años, aquellos que dieron a la imprenta textos tan combativos como La vida manda (1929) o La tragedia social de la mujer (1932). Su experiencia europea se verá reflejada en dos novelas (En la noche del mundo —una metáfora del desenfreno belicista y sus terribles consecuencias para la humanidad— y Sonata interrumpida, cuya protagonista, en plena Italia de Mussolini, deja a un lado sus reparos políticos para disfrutar alegremente de la compañía de su amado, y descubrir con él la historia y la cultura de ese país). Publicadas en el interregno temporal que va de una novela a la otra —En la noche del mundo se publicó en 1940 y Sonata interrumpida en 1943— las crónicas que conforman Europa era así solo pueden entenderse si se leen como parte de ese tríptico donde las reacciones de su autora han quedado registradas, donde también ella misma, en su calidad de mujer moderna, queda expuesta a la curiosidad de nuestras miradas, aunque nos quedemos con ganas de más.


[1] Montiel, La Habana, 1926.

[2] Editorial Botas, México, 1941.

[3] Esa contención consiguió elogios de algunos de sus críticos: “Al escribir este bello libro de tourista perspicaz, Ofelia Rodríguez Acosta se evadió en la carrera misma a través de las fronteras de lo morboso y lo sombrío que impartieron tonalidad a su novela anterior, En la noche del mundo, y su retina ávida de horizontes recogió y penetró el alma disímil de las ciudades y los pueblos más o menos inquietos por el presentimiento de que se aproximaba a pasos agigantados la hora cero”, decía uno de sus reseñadores. Vid. M. M. “Europa era así…”, Revista Cubana, vol. XV, s/n, enero-marzo, 1943, p. 116. 

[4] Revista Cubana, vol. IX, núm. 27, La (pp.10-11Habana, septiembre de 1937, p. 285.

[5] Idem, pp. 301-302.

[6] “Un minuto de silencio”, Grafos, año VII, vol. VII, núm. 73, La Habana, mayo de 1939, s/p.

[7] Ofelia Rodríguez Acosta, Apuntes de mi viaje a Isla de Pinos. La Habana, Montiel, 1926.

[8] Ofelia Rodríguez Acosta, Europa era así (Crónicas de Viaje). Ediciones Botas, México, 1941, (Incluye foto y relación de las obras publicadas por la autora), pp. 9 y 10-11.

[9] Ofelia Rodríguez Acosta, En la noche del mundo. La Habana, La Verónica, 1940.

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
IE-Firefox, 800x600