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Ofelia Rodríguez Acosta (1902-1975) fue
una de nuestras escritoras más activas
durante la primera mitad del siglo XX.
Bibliotecaria del Club Femenino, editora
de una revista de nombre transparente:
Espartana, y activa periodista en
Bohemia, donde abordó muchos de
los temas más candentes de la campaña
feminista, la figura de Rodríguez Acosta
merece ser estudiada para reconocer su
legado, hoy apenas difundido. Del mismo
modo en que muchas de las protagonistas
de sus novelas respondían a su ideal de
la mujer moderna —emancipada económica y
legalmente, en pie de lucha por sus
derechos, con claros propósitos de
intervención en la política nacional— me
interesa estudiar aquí otra de las
figuraciones de ese modelo: la imagen de
la viajera.
Es
obvio que la figura de la viajera no es
un hallazgo exclusivo de la modernidad,
pero fue en el tránsito del siglo XIX al
XX que esta figura retomó un auge
insospechado, potenciada en las luchas
por la reivindicación de los derechos
femeninos. Ofelia Rodríguez Acosta,
becaria durante varios años del gobierno
cubano, una condición que le valiera
duros juicios de algunos de sus
contemporáneos, vivió en París durante
cinco años en los que viajó por buena
parte del continente europeo, enviando
puntualmente sus crónicas a la revista
habanera Grafos. Luego se
afincaría en México, para volver a Cuba
solo después de 1959. Pero empecemos por
el principio.
Su
primera “crónica de viaje”, un relato
brevísimo titulado Apuntes de mi
viaje a Isla de Pinos, publicado
cuando su autora contaba 24 años,
deja ver dos de los rasgos que luego
serán distintivos en los textos de
Europa era así:
-
la
sensibilidad ante los problemas sociales
y políticos
-
la
puesta en escena —y este es el punto que
más me interesa— de su condición de
mujer moderna (fuma todo el tiempo; es
desinhibida con su joven anfitrión
pinero; expresa su opinión política sin
reservas; se ofrece como chauffeur (sic)
en la infructuosa excursión al
Presidio).
La
sensibilidad de Ofelia Rodríguez Acosta
se expresa aquí, en esta especie de
adelanto de lo que serán sus crónicas
europeas, sin estridencias. Pero esta
breve crónica, escrita por propio
impulso, no como compromiso para ser
publicada en revista alguna, es bastante
sincera. En el caso de los artículos que
dedicara a varias ciudades europeas para
publicarlas sucesivamente en Grafos
salta a la vista el control que debió
ejercer sobre su mirada y sobre su
estilo, para contener su voluntad de
participación política. A pesar suyo,
sin embargo, los textos de ese libro
están transidos del dolor por la amenaza
del desmembramiento o la ocupación de
los países europeos.
Antes
de entrar en materia, es decir, en las
crónicas del volumen Europa era así,
les ruego me perdonen aún otra
digresión: hay dos textos —que luego no
incluyó en su libro— y que son una
especie de “marco” eficiente para la
lectura de las crónicas. El de la
conferencia “La emoción de una cubana
viajando por España”, pronunciada en el
Club Hispanista de París en 1937, a
partir de la cual naciera la idea de
publicarlas todas juntas, y el
sobrecogedor artículo “Un minuto de
silencio”, publicado en Grafos
entre una crónica y otra, pero luego
excluido del libro, donde Ofelia se
decide a enfrentar la situación actual
de esas ciudades que había estado
describiendo hasta entonces con poca
profundidad a fin de animar a los
potenciales turistas cubanos a viajar a
Europa (la revista publicaba también
muchos anuncios de agencias de viajes,
de modo que las crónicas, más allá de
contribuir a la ilustración de sus
lectores, tenían un propósito
comercial).
Su
conferencia en la Sociedad Hispanista de
París incluye fragmentos de las crónicas
referidas a Sevilla, Córdoba y Granada;
pero lo verdaderamente interesante aquí
serán sus breves comentarios acerca de
la situación en España —recuérdese que
tuvo lugar en el verano de 1937. Llama
la atención, en una pluma apasionada
como la suya, el control que Rodríguez
Acosta logró ejercer en sus textos
europeos de esos años.
La
mencionada conferencia daba inicio
refiriéndose a los males de la
Conquista, que elige ignorar en señal de
simpatía por la grandeza indiscutible de
España, antes de referirse al presente
como: “esta era de barbarie espantosa en
la que los valores emocionales y
espirituales han perdido su prestigio”.
Apenas eso. Y luego introduce una
muestra bastante somera de sus
experiencias de viaje por las tres
ciudades aludidas. Al final, cuando ya
vuelve a retomar el discurso, no puede
evitar la alusión —aunque sin
estridencias— a la Guerra Civil y el
compromiso de los cubanos con el destino
de España:
A
través de los episodios revolucionarios
de Cuba republicana muchos españoles han
caído sobre nuestra tierra
confundiéndose su muerte con la del
cubano. Hoy, muchos de los nuestros
vierten la siembra de sus vidas sobre el
terreno del combate, grano a grano, gota
a gota, con los hijos del suelo español.
El
gesto de leve protesta en aquella
conferencia se vería reforzado por la
interrupción del ciclo de publicación de
las crónicas, casi dos años más tarde,
para incluir su “Un minuto de silencio”
porque sabía, claro, que de la derrota
del fascismo dependía el futuro del
mundo. Su referencia continua a los
pequeños países que deben enfrentar las
apetencias imperiales de sus vecinos
poderosos pone en escena el destino de
Cuba frente a los Estados Unidos, una
imagen que ya había aparecido una y otra
vez en sus Apuntes de mi viaje a Isla
de Pinos.
Para quien lee el libro se hace notoria
una ausencia; la opinión claramente
expresada de Ofelia sobre las realidades
que estaba viviendo. La autora explica
la supresión: “intercalé, con el fin de
aislar el propósito descriptivo de mis
cuartillas en una zona higiénica y a la
vez cumplir con un imperativo de
conciencia, dos artículos con
consideraciones políticas en la serie de
mis trabajos (que estimo pertinente
suprimir aquí)”.
Y explica, asimismo, su intención: “Este
libro es, porque quiere serlo, un canto
de esperanza a la apoteosis de la
libertad de esos pueblos heroicos. Un
acto de fe en la supervivencia de su
personalidad”. Evidentemente, sus
experiencias europeas de esos años
fueron aprovechadas para armar la
anécdota dislocada, fragmentaria y por
momentos expresionista de su novela
En la noche del mundo,
—no por azar impresa en 1940 en La
Verónica, la imprenta fundada en La
Habana por los exiliados españoles
Concha Méndez y Manuel Altolaguirre—
donde la desazón por el destino de la
humanidad tiene como escenario una
ciudad moderna, laberíntica y
deshumanizada, y como personajes
principales de la tragedia a unos pobres
seres que se debaten entre un presente
irrespirable y un futuro devastador y
que, desde la acción social o la prédica
casi religiosa, se empeñan en cambiar,
sin éxito, el destino de la humanidad.
Pero
entremos, por fin, en materia. Europa
era así es un conjunto de artículos
escritos entre 1935 y 1937 en los que
Rodríguez Acosta pasea su mirada de
turista curiosa por los grandes
monumentos de la civilización europea,
lo mismo que por las calles de un zoco
marroquí. Lo que me interesa explorar
aquí es dónde se ubica la cronista,
cuáles son sus apariciones y qué sentido
pudieran tener.
Sus
colaboraciones en Grafos casi
siempre incluían una o varias fotos de
los sitios visitados en las cuales
aparecía la autora, en traje sastre y
sombrero, frente a los sitios descritos;
pero no es esa imagen congelada,
austera, la que aflora en sus crónicas,
sino otra de mujer emancipada y
dialogante con las gentes que se topa en
el camino, fumadora, cordial y reflexiva
a un tiempo. Su imagen, lo mismo que la
intensidad de su discurso, no es
estática. La propia Ofelia se encarga de
advertirnos la diferencia entre las
diversas crónicas que integran el libro:
Con
anterioridad no había hecho más que un
breve viaje, siendo muy joven y bajo la
sujeción familiar, a algunos lugares de
los Estados Unidos: así, ese estado de
virginidad emocional, diría, en que me
lancé a experiencias de la índole de las
que aluden estas líneas, se percibe bien
claramente. He temido estropear, por una
excesiva preocupación de escritor, ese
desorden y excitación espiritual
—provocados por la avidez— que “se
sienten” en los relatos de mi recorrido
por España y Marruecos (pp. 8- 9).
Debo
decir que prefiero ampliamente sus
primeras crónicas, aquellas en que no
pretendía regular, controlar tanto su
discurso. La “excitación espiritual”
—como ella misma dice— que delatan sus
relatos en Tetuán y Marruecos los hace
incomparablemente más genuinos que los
fríos inventarios de monumentos
históricos o “tipos” humanos con que nos
regala en sus viajes por el interior de
Europa. He preferido perseguir sus
deslices, el momento en que pierde su
compostura de viajera y comentarista
experimentada y deja aflorar sus
sentimientos, lo mismo que los momentos
en que ella misma ocupa el centro del
relato, en un protagonismo que iría
cediendo espacio a los otros a medida
que avanza el recorrido y, con él, el
libro.
La
primera aparición de Ofelia digna de
destaque es aquella en que atraviesa
Sevilla a pie, de madrugada, acompañada
solo por un maletero y cargando su
máquina de escribir (la misma máquina de
escribir luego sospechosa para los
aduaneros marroquíes), fumando en cada
descanso, lo mismo que en el café donde
solo hay hombres, y donde, a pesar de
que invita al maletero a desayunar con
ella, este prefiere sentarse a la barra.
Describe a los otros comensales:
“algunos trasnochadores, acaso sin hogar
ni trabajo. Dormitan sobre la mesa o
discuten con el único camarero que hay
detrás de la cantina. Los cristales
están empañados del vaho del amanecer.
Otra vez en marcha. Delante va el
hombre, con las maletas a la espalda”
(pp. 32- 33). La transición del ámbito
poblado del café a las calles
solitarias, la descripción completamente
aséptica, hacen adivinar a una mujer sin
prejuicios, que no tiene reparos en
juntarse con desconocidos en su calidad
de observadora y cronista de tipos
humanos. Sus visitas en Jerez de la
Frontera a las fábricas de vinos, su
estrenada habilidad enológica y la
cordialidad a que la obliga la cortesía
de sus anfitriones la lleva a aceptar
una copa tras otra, y su cuerpo, ayudado
por los cigarros que consume sin tregua,
resiste hasta el final, como apunta con
ironía:
Son
las dos de la tarde. Nos hemos
desayunado a las seis de la mañana. Ni
una gota de agua en todo ese tiempo. Hay
que evitar el ridículo. Hay que beber y
beber sin pestañear. El único recurso es
fumar, fumar desesperadamente. Y nada de
mojar con disimulo los labios, porque
nos sorprenden el truco. Inclusive hay
que dejar bien puesto el nombre de Cuba:
la tierra del ron. (p. 36)
Estas
apariciones de la cronista luego irán
espaciándose; pero aún, a pesar del
modesto plural en que intenta escudarse,
su imagen es perfectamente visible,
claramente perceptible en su diferencia
del medio que la acoge, en sus
propósitos y en el dibujo de su
identidad de extranjera y jueza del
nuevo paisaje arquitectónico, natural y
humano desplegado ante sus ojos. En
Tetuán, en un hostal al que la ha
llevado su mínimo estipendio, tiene una
experiencia desastrosa:
Bajamos al comedor. El aspecto es
inquietante: casi en penumbra de muy
dudosa limpieza, y con una enorme mesa
al centro a la que están sentados unos
doce árabes, con sus eternas “chilabas”,
rematando en esa especie de holgado
gorro frigio, sobre la cabeza, y con sus
barbas negrísimas y rizadas.
(…)
Subimos a la habitación. Mientras nos
hacemos la pequeña “toilette” con una
cólera reconcentrada, por la puerta
entreabierta van asomando las caras y
las sonrisas maliciosas, una a una, de
los doce hombres. Impertérritas
continuamos pintándonos los labios,
observando sus maniobras por el espejo.
Indudablemente somos la única persona
“europea” que hay en el hotel. Siempre
acentuándonos el dibujo de la boca y
mirando por el espejo, comprobamos que
la puerta no tiene pestillo interior.
Continúa el desfile de los rostros
indígenas, con una expresión entre
irónica e infantil. Con la mayor
naturalidad posible terminamos nuestra
tarea, recogemos nuestro impermeable y
nuestros guantes, y salimos. Mientras le
echamos la insegura llave a la puerta,
en el pasillo los moros runrunean. El
murmullo llega a parecernos el ruido de
motor de un aeroplano dentro del mismo
edificio. Encendemos otro cigarrillo,
con la mayor calma. Entonces, uno nos
pide lumbre. Se la ofrecemos en
silencio. Y echamos a andar, mientras le
oímos decir a nuestra espalda: “Gracias,
señora. ¿Le gusta fumar? (pp. 43-45)
La
tensión evidente en este fragmento
vuelve a ubicarla en un lugar central.
Aquí Ofelia está describiéndose
elusivamente como una mujer moderna,
occidental, de clase media, blanca. Su
solidaridad con el joven sirviente
español, su repulsa por los otros
personajes de la historia, así lo
demuestra. Luego de este encontronazo
con la sensibilidad árabe habrá otros
espacios menos problemáticos, como su
camaradería con el guía marroquí que la
invita a un salón de té —ya ha advertido
antes que la mujer árabe no entra en los
cafés— donde los hombres del lugar
cantan canciones de amor, seguros de que
sus respectivas amadas no escucharán sus
sentimientos, pues se considera impropia
cualquier confesión amorosa. Del
descubrimiento de ese contrasentido se
derivará una sabrosa plática sobre la
situación de la mujer marroquí, acerca
de la legislación, las relaciones
familiares, la patria potestad, etc. que
no hará más que reforzar la imagen de la
propia Ofelia como mujer moderna,
desprejuiciada y libre. Lo mismo ocurre
—pero en un nivel más metafórico— con un
claro ejercicio de travestismo cultural
en un museo tangerino: aquel en que se
mete adentro de una urna de madera usada
para trasladar a las novias el día de la
boda. Más que la información buscada en
el diálogo de interés antropológico con
el lugareño, aquí de lo que se trata es
de experimentar en carne y sensibilidad
propias una feminidad distinta e,
incluso, de tratar de entender las
razones de esa diversidad.
Este
ambiente de boato y poderío —escribe
Ofelia— pone de relieve la sumisión de
la mujer, apreciada como un objeto de
lujo, un instrumento de placer o, cuando
menos, un elemento pasivo en la vida. Se
dice que nadie es feliz en la
esclavitud, pero, ¿se puede saber, a
ciencia cierta, lo que constituye la
felicidad para cada ser humano, tanto
hoy como ayer? Solo la conciencia de una
situación y el ideal de una realidad
distinta puede crearnos el problema, y
la mora no acaba de asimilar la vaga
noción que acaso tiene de su condición
de inferioridad. O tal vez no es tal
para ella, y esto nuestro es solo una
apreciación-tipo de la “civilización
occidentalista” (sic). (…) A la vista de
aquella jaula dorada, que los amigos del
joven llevan en andas, se nos hacía
imposible creer que allí cupiera un
cuerpo humano de tamaño normal. Y para
cerciorarnos, entramos en ella forradas
con nuestro moderno abrigo y plenas de
esto que llamamos nuestra libertad. Sí;
cabía una mujer, naturalmente que podía
caber, y hasta mirar (…) el brillante y
alegre cortejo de los invitados (hombres
todos, se entiende) que (…) conducen a
la novia desde su casa a la de su
prometido donde la entregan, cerrando
tras ella la puerta para siempre.
Dentro, envuelta en su lichan,
depositada en los cojines como una
muñeca de serrín, asiste al baile de las
doncellas junto a su futuro consorte,
que bebe, fuma y se divierte (pp. 54-
54).
Otra
vez hace su aparición la figura de la
mujer moderna, Ofelia se describe a sí
misma “forrada con nuestro moderno
abrigo y plenas de nuestra libertad” y
aunque el comienzo de este fragmento
parece prometer un poco de solidaridad
con la visión del otro, con su
concepción del mundo y respetar cierta
alteridad cultural, su fuerte compromiso
con el tema de la emancipación femenina
vuelve a aflorar en ese símil casi
ofensivo; la mujer árabe es como “una
muñeca de serrín” (sic), está a merced
de los otros, no tiene voluntad propia,
y su única libertad es la de esa mirada
cautiva que espía una fiesta donde las
doncellas bailan sólo para los hombres.
La próxima escena (esto de la urna no es
más que una evocación) transcurre en el
autobús, donde Ofelia, como siempre,
aparece fumando, como ella misma dice,
“con gran asombro y curiosidad de
nuestras compañeras” (p. 56), de
las que continuamente pareciera querer
marcar distancia.
Aunque en Europa era así la
autora parece desatarse por momentos, el
signo permanente de este libro es su
contención; parece como si Ofelia
estuviera cuidando demasiado la
continuidad de sus colaboraciones en
Grafos, o como si pensara que
aquellas opiniones vertidas en la
revista habanera no merecieran
publicarse en el libro mexicano, o como
si su antigua fuerza de batalladora se
hubiera agotado, aunque esto parece
desmentirse en algunas páginas. De todos
modos, ya no recuperaría el ímpetu de
sus primeros años, aquellos que dieron a
la imprenta textos tan combativos como
La vida manda (1929) o La
tragedia social de la mujer (1932).
Su experiencia europea se verá reflejada
en dos novelas (En la noche del mundo
—una metáfora del desenfreno belicista y
sus terribles consecuencias para la
humanidad— y Sonata interrumpida,
cuya protagonista, en plena Italia de
Mussolini, deja a un lado sus reparos
políticos para disfrutar alegremente de
la compañía de su amado, y descubrir con
él la historia y la cultura de ese
país). Publicadas en el interregno
temporal que va de una novela a la otra
—En la noche del mundo se publicó
en 1940 y Sonata interrumpida en
1943— las crónicas que conforman
Europa era así solo pueden
entenderse si se leen como parte de ese
tríptico donde las reacciones de su
autora han quedado registradas, donde
también ella misma, en su calidad de
mujer moderna, queda expuesta a la
curiosidad de nuestras miradas, aunque
nos quedemos con ganas de más.
Esa contención consiguió elogios de
algunos de sus críticos: “Al
escribir este bello libro de
tourista perspicaz, Ofelia
Rodríguez Acosta se evadió en la
carrera misma a través de las
fronteras de lo morboso y lo sombrío
que impartieron tonalidad a su
novela anterior, En la noche del
mundo, y su retina ávida de
horizontes recogió y penetró el alma
disímil de las ciudades y los
pueblos más o menos inquietos por el
presentimiento de que se aproximaba
a pasos agigantados la hora cero”,
decía uno de sus reseñadores. Vid.
M. M. “Europa era así…”, Revista
Cubana, vol. XV, s/n,
enero-marzo, 1943, p. 116.
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