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Cuba
Cuba, flotante línea suspendida
en la punta del agua sin sosiego;
llama en el centro de su propio fuego,
roja al viento la túnica encendida.
Cuba, de amor extiendes tu medida
y la sombra sepulta su astro ciego:
tu sangre, ardiente luz, es dulce riego
para alzar el tamaño de la vida.
Marítima y frutal, solar y sola,
las olas que establecen tu corola
forman, Cuba, coraza a tu alegría.
Y en tu carrera de canción y espuma
deslumbra a la mirada entre la bruma
el fulgor con que en ti florece el día.
Isla
en el tacto
I
Cosida al mar y al viento por puntuadas
olas
a puro sol prendida,
tu perfil, isla mía, tu contorno en el
agua
con tu constante litoral dibujas
revuelto hacia la luz y hacia la espuma,
hacia el húmedo mundo clamoroso
donde pierden la tierra y el árbol sus
fronteras,
donde encuentra el azul su razón en los
mapas
y se disuelve en sal la geografía.
II
Soledad por tu sol y por tu ola:
isla sola: sol y ola
confundidos ciñendo, acariciándote
la piel mulata de la costa,
la femenina piel, fragante de tabaco,
y la piel de la playa,
cálida y temblorosa con su arena de
azúcar.
III
En ti misma comienza y se reanuda
la línea en movimiento de tus bordes
inmóviles,
ese voluptuoso
límite que recorre tu dimensión exacta
y aprieta con su júbilo
tu verde desnudez estremecida.
En ti nace y renace,
ondulante rodeando tu náutica
estructura,
esa inundada sombra flotadora,
esa flotante sombra sumergida
que marca tu presencia
en el sitio preciso donde el agua
seca las vestiduras de su viaje marítimo
y se detiene el aire para lavar su
túnica.
IV
Isla mía, resonante,
naviera y vegetal a la deriva.
Cañaveral velamen
extendido de líquida, musical
transparencia.
Sonora y descubierta caracola
de sol y mar y viento traspasada.
Palmar de verdes puntas de sonidos
del aire dueño y de la enredadera.
Amo y recorro al tacto
tu ámbito circundado de acústica
intemperie,
tu ámbito en que despliega
la luz de su canción el oleaje.
Ola en la luz, luz rota en la ola:
Ola, ala de sal que interminable vuela
en tu cielo terrestre;
luz, ala de sol que cubre tu dimensión
celeste.
Ola y luz en una única canción
que sin cesar afila su fragancia
en los clamores de los arrecifes.
V
Desde todos sus pétalos la rosa de los
vientos
desde todas sus hojas
olas de verdeazul lanza cada segundo
sobre tu acantilado relieve de desnuda
y abierta geometría.
Desde qué edad remota, desde qué día sin
año,
isla mía sonora,
ya en su oficio sin pausa lanza la rosa
insomne
olas prefabricadas, en serie,
arquitectónicas,
con sus crestas perfectas, con su lote
de espumas,
con su rumor secreto de amante
silencioso,
con su clamor de enfurecido amante,
con su caricia apenas insinuada,
con su látigo sordo, su lenta
cuchillada, su constante golpear,
ese ceñir sin tregua con sus líquidas
manos,
con sus dedos de espumas
la extensión que se alarga, se cierra,
se despliega,
la extensión que está anclada
en su firme frontera submarina,
esa incansable, ciega, salvaje, tierna,
dominante costumbre
de no cesar de no cesar de no cesar
en el ardiente ceñir de tu collar de
olas.
El mar
Se ha caído al suelo el Mar. Difícil
recogerlo, alzarlo, ayudarle.
La masa espesa se mece y se deshace en
espuma,
en olas; se contrae y distiende, se
agita y calma,
se enfurece y desborda como en inútil
esfuerzo por levantarse.
La espesa masa no descansa: moja, hunde,
ahoga;
su corrosivo hálito de salitre, esa onda
salada y húmeda,
está ahí siempre incansable, y el
espumoso oleaje de gelatina,
azogue, agua. Se ha caído al suelo el
Mar.
Y es difícil asirlo, levantarlo.
Quizás sea preferible dejarlo donde
está,
hasta que pueda alzarse por sí solo.
O hasta cuando lentamente se deseque por
cansancio.
O por aburrimiento.
Soneto
Sigo, Amor, con mi júbilo sin bridas
por senderos de mieles tu carrera,
viajando con tu llama y tus heridas
desde el justo contorno de tu esfera.
El pulso tengo de innombrables vidas
en tu perfil sesgado a tu manera
como tu fortaleza tiene asidas
las campanas al sol de mi bandera.
Por una eterna acariciada
llega desnuda y limpia tu figura
al filo de mi luz enamorada,
y en la ventana azul de mi ventura
tu beso, Amor, tu voz y tu mirada
velando mi desvelo de ternura.
El
dolor de ser triste
El
dolor de ser triste
No
reside en la causa de la propia
tristeza,
puesto
que en la tristeza hondo placer existe
que es
recóndito germen de armoniosa belleza.
El
dolor de ser triste reside en el prurito
de
ostentar el grotesco disfraz de la
alegría
cuando el alma nostálgica, ansiosa de
infinito,
goza
las plenitudes de su melancolía.
En la tristeza hay una diafanidad
secreta,
–fuga
de lo banal y refugio en sí mismo–
que
satura las almas de su esencia discreta
pródiga en el milagro de un fecundo
idealismo.
Es algo indefinible que nos deja sus
huellas
luminosas en toda la psiquis anhelante:
huellas como de estrellas
que
en sus destellos vuelcan un hálito
fragante.
Pero todos no saben de estas íntimas
cosas
inefables, no saben de estas
excelsitudes
interiores, no pueden comprender la
armoniosa
belleza que hay en esas sutiles
inquietudes.
Y hay que ocultar la dulce distinción de
ser triste
y
mezclar nuestras risas con las risas del
mundo.
Y es
esa alborozada máscara la que viste
de
dolor tan profundo
el
gozo de ser triste.
Ángel Augier. Poeta, ensayista,
periodista, investigador literario y
crítico. Doctor en Ciencias Filológicas.
Director fundador de la Revista de
Literatura Cubana. Recibió el Premio
Nacional de Literatura en 1991. Miembro
de Número de la Academia Cubana de la
Lengua, correspondiente de la Academia
española. Miembro fundador de la Unión
de Periodistas de Cuba y de la Unión de
Escritores y Artistas de Cuba, de la que
fue vicepresidente y miembro de su
Consejo Nacional. Fue subdirector del
Instituto de Literatura y Lingüística de
la Academia de Ciencias de Cuba. Posee
la Orden Nacional Félix Varela de primer
grado (1982). |