Año V
La Habana
2007

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El Acueducto de Albear
Josefina Ortega • La Habana

¿Habéis estado en Vento?  Es uno de los rincones más bellos, más poéticos y más  pintorescos del mundo entero. Si la dicha habita en la tierra, allí debe tener su nido.
 
(Julián del Casal)

 

El Acueducto de Albear es un milagro de la ingeniería. Hasta el frágil precursor del Modernismo lo reverenció en el diario La Discusión en su condición de reportero. Su pluma se entusiasmó ante un paisaje de majestad, bucólico como pocos , y,  con los pies en la tierra, profundizó en su crónica del sábado primero de  febrero de 1890, sobre la inauguración de un tramo de tan importante obra, que a más de una centuria de su ejecución,  todavía su estructura asombra a los científicos de todo el mundo por la contemporaneidad de los conceptos constructivos, económicos y ecológicos, con que fuera concebida en su tiempo por el ingeniero cubano don Francisco de Albear y Fernández de Lara.

No es de extrañar entonces que la Sociedad de Ingeniería Civil de nuestro país ubicara a semejante construcción entre las siete maravillas de la especialidad en la Isla. El Acueducto de Albear tiene motivos más que suficientes para figurar en un registro que prestigian los paradigmáticos túnel de La Habana y el puente de Bacunayagua. Lo acredita un servicio enhorabuena dilatado que aún hoy garantiza, en nuestra capital, el abasto de agua a casi el 20 por ciento de la población en esta urbe.

Un poco de historia…

Desde su fundación, en 1519, La Habana, con una situación geográfica envidiable, gracias a su estratégica bahía, sufría, sin embargo, la carencia de una buena fuente de agua. Hasta finales del siglo XIX la ciudad debía abastecerse con el agua del río Almendares, aunque existían pozos artesianos y algunos ríos más pequeños de los cuales se traía el líquido en carretones de pesada marcha.

En 1592 se había concluido la construcción de la Zanja Real, que como indica su nombre, era un canal al descubierto, con varias ramificaciones, por el cual corrían las aguas desde el río Almendares hacia distintos lugares de la ciudad. El acueducto de Fernando Séptimo, inaugurado en 1835, también tomaba sus aguas del propio río. Como es de suponer, ambas obras, sobre todo la Zanja, eran, vías para la propagación de todo tipo de gérmenes  y mucho tuvieron que  ver con las  epidemias de cólera que azotaron a la capital cubana durante aquellos días.

El primer acueducto que tomaría sus aguas del manto freático, por medio de pozos, y que por ello garantizaría un mínimo de higiene a los vecinos de La Habana, fue el oficialmente llamado Acueducto de Isabel II, y que con toda justicia recibió, desde 1887, el nombre de su constructor: Acueducto de Albear, considerado por los especialistas como una de las obras más importantes en su género en todo el mundo durante el siglo XIX.

El ingeniero Francisco de Albear y Fernández de Lara  nació en el Castillo de los Tres Reyes del Morro el 11 de enero de 1816, donde era Gobernador Comandante su padre, el Coronel de Infantería Don Francisco José, de ascendencia española por Castilla La Vieja, pero nacido ya en nuestra capital. Su madre fue  Micaela Fernández de Lara, oriunda de Trinidad.

Siguiendo la tradición familiar, a los diez años el pequeño Francisco comenzó su carrera militar. En 1835 partía para España, donde se graduó de ingeniero, unos años después, con los máximos honores, en la Academia de Guadalajara, conocida institución militar ibérica.

Ya de regreso en la Habana, en 1845, luego de un viaje de estudios por varios países europeos, se le nombró aquí Director General de Obras Públicas de la Real Junta de Fomento. Desde entonces, Albear proyectó y dirigió la construcción, en la isla, de múltiples obras: caminos, alcantarillado, faros, muelles, líneas férreas, almacenes.  A él se deben también los primeros proyectos para un ferrocarril y una carretera centrales en Cuba. Pero su magna obra fue, sin duda, el acueducto que con su nombre hoy se le recuerda y para cuya proyección se basó en profundos estudios geológicos e hidrológicos.

Su Memoria sobre el proyecto de conducción a La Habana de las aguas de los manantiales de Vento, constituye un documento trascendental en la historia de la ingeniería cubana, y cada uno de sus capítulos, una profunda investigación científica que se aproxima y en muchos casos va más allá de los proyectos contemporáneos de este tipo. La hazaña de llevar el agua por gravedad exigió un riguroso estudio topográfico de la zona, para poder convertir en realidad ese sueño de maravilla de la ingeniería cubana, cuyo proyecto recibió premio en la Exposición Universal de Paris, de 1878.

A la realización de su acueducto, Francisco de Albear dedicó 37 años de su vida, en lucha constante contra sus enemigos, que no fueron pocos; contra la falta de fondos para mantener los trabajos, contra el mal tiempo que los retrasó, y resolviendo a cada paso numerosos problemas técnicos que aparecían a medida que avanzaba el canal de Vento, que llevaría las aguas hasta las inmediaciones de la ciudad. Cuentan que Albear trabajaba hasta el agotamiento, y a pie de obra contrajo el paludismo, que le causó la muerte y le impidió ver su obra grande terminada. Francisco de Albear y Fernández de Lara falleció en La Habana, su ciudad natal, el 23 de octubre de 1887. Cuando la muerte lo sorprende lo sustituye como director de obras Joaquín Ruiz y Ruiz.

Tras cuarenta años de esfuerzo, en 1897, se termina la construcción  de tan ansiado Acueducto, que como muestra de agradecimiento, es llamado de Albear, en lugar de Isabel II, como fue previsto. Ese reconocimiento se prolonga en nuestros días, ante el milagro del agua de Vento entrando en los hogares del casi 20 por ciento de los habaneros. Cada año, el 11 de enero, natalicio de don Francisco de Albear y Fernández de Lara, los ingenieros cubanos celebran su Día, como homenaje al principal impulsor del Acueducto que lleva su nombre.

Y es como si otra vez, Julián del Casal maravillado, desde las páginas de La Discusión, del sábado primero de febrero de 1890, nos pregunta ¿Habéis estado en Vento?...

Al contemplar las altas montañas, … y los mil manantiales, cuyas ondas cristalinas al chocar, forman nubes que parecen estar hechas de perlas vaporizadas; se siente el deseo de refugiarse en ese lugar paradisíaco y de retornar al combate de la vida, donde hay que permanecer en el puesto señalado hasta quemar el último cartucho, hasta exhalar el último suspiro.
 

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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