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El
Acueducto de Albear es un milagro de la
ingeniería. Hasta el frágil precursor
del Modernismo lo reverenció en el
diario La Discusión en su
condición de reportero.
Su pluma se entusiasmó ante un
paisaje de majestad, bucólico como pocos
, y, con los pies en la tierra,
profundizó en su crónica del sábado
primero de febrero de 1890, sobre la
inauguración de un tramo de tan
importante obra, que a más de una
centuria de su ejecución, todavía su
estructura asombra a los científicos de
todo el mundo por la contemporaneidad de
los conceptos constructivos, económicos
y ecológicos, con que fuera concebida en
su tiempo por el ingeniero cubano don
Francisco de Albear y Fernández de Lara.
No es
de extrañar entonces que la Sociedad de
Ingeniería Civil de nuestro país ubicara
a semejante construcción entre las siete
maravillas de la especialidad en la
Isla. El Acueducto de Albear tiene
motivos más que suficientes para figurar
en un registro que prestigian los
paradigmáticos túnel de La Habana y el
puente de Bacunayagua. Lo acredita un
servicio enhorabuena dilatado que aún
hoy garantiza,
en nuestra capital, el abasto de agua a
casi el 20 por ciento de la población en
esta urbe.
Un
poco de historia…
Desde
su fundación, en 1519, La Habana, con
una situación geográfica envidiable,
gracias a su estratégica bahía, sufría,
sin embargo, la carencia de una buena
fuente de agua. Hasta finales del siglo
XIX la ciudad debía abastecerse con el
agua del río Almendares, aunque existían
pozos artesianos y algunos ríos más
pequeños de los cuales se traía el
líquido en carretones de pesada marcha.
En
1592 se había concluido la construcción
de la Zanja Real, que como indica su
nombre, era un canal al descubierto, con
varias ramificaciones, por el cual
corrían las aguas desde el río
Almendares hacia distintos lugares de la
ciudad. El acueducto de Fernando
Séptimo, inaugurado en 1835, también
tomaba sus aguas del propio río. Como es
de suponer, ambas obras, sobre todo la
Zanja, eran, vías para la propagación de
todo tipo de gérmenes y mucho tuvieron
que ver con las epidemias de cólera
que azotaron a la capital cubana durante
aquellos días.
El
primer acueducto que tomaría sus aguas
del manto freático, por medio de pozos,
y que por ello garantizaría un mínimo de
higiene a los vecinos de La Habana, fue
el oficialmente llamado Acueducto de
Isabel II, y que con toda justicia
recibió, desde 1887, el nombre de su
constructor: Acueducto de Albear,
considerado por los especialistas como
una de las obras más importantes en su
género en todo el mundo durante el siglo
XIX.
El
ingeniero Francisco de Albear y
Fernández de Lara nació en el Castillo
de los Tres Reyes del Morro el 11 de
enero de 1816, donde era Gobernador
Comandante su padre, el Coronel de
Infantería Don Francisco José, de
ascendencia española por Castilla La
Vieja, pero nacido ya en nuestra
capital. Su madre fue Micaela Fernández
de Lara, oriunda de Trinidad.
Siguiendo la tradición familiar, a los
diez años el pequeño Francisco comenzó
su carrera militar. En 1835 partía para
España, donde se graduó de ingeniero,
unos años después, con los máximos
honores, en la Academia de Guadalajara,
conocida institución militar ibérica.
Ya de
regreso en la Habana, en 1845, luego de
un viaje de estudios por varios países
europeos, se le nombró aquí Director
General de Obras Públicas de la Real
Junta de Fomento. Desde entonces, Albear
proyectó y dirigió la construcción, en
la isla, de múltiples obras: caminos,
alcantarillado, faros, muelles, líneas
férreas, almacenes. A él se deben
también los primeros proyectos para un
ferrocarril y una carretera centrales en
Cuba. Pero su magna obra fue, sin duda,
el acueducto que con su nombre hoy se le
recuerda y para cuya proyección se basó
en profundos estudios geológicos e
hidrológicos.
Su Memoria sobre el proyecto de
conducción a La Habana de las aguas de
los manantiales de Vento, constituye
un documento trascendental en la
historia de la ingeniería cubana, y cada
uno de sus capítulos, una profunda
investigación científica que se aproxima
y en muchos casos va más allá de los
proyectos contemporáneos de este tipo.
La hazaña de llevar el agua por gravedad
exigió un riguroso estudio topográfico
de la zona, para poder convertir en
realidad ese sueño de maravilla de la
ingeniería cubana, cuyo proyecto recibió
premio en la Exposición Universal de
Paris, de 1878.
A la
realización de su acueducto, Francisco
de Albear dedicó 37 años de su vida, en
lucha constante contra sus enemigos, que
no fueron pocos; contra la falta de
fondos para mantener los trabajos,
contra el mal tiempo que los retrasó, y
resolviendo a cada paso numerosos
problemas técnicos que aparecían a
medida que avanzaba el canal de Vento,
que llevaría las aguas hasta las
inmediaciones de la ciudad. Cuentan que
Albear trabajaba hasta el agotamiento, y
a pie de obra contrajo el paludismo, que
le causó la muerte y le impidió ver su
obra grande terminada. Francisco de
Albear y Fernández de Lara falleció en
La Habana, su ciudad natal, el 23 de
octubre de 1887. Cuando la muerte lo
sorprende lo sustituye como director de
obras Joaquín Ruiz y Ruiz.
Tras
cuarenta años de esfuerzo, en 1897, se
termina la construcción de tan ansiado
Acueducto, que como muestra de
agradecimiento, es llamado de Albear, en
lugar de Isabel II, como fue previsto.
Ese reconocimiento se prolonga en
nuestros días, ante el milagro del agua
de Vento entrando en los hogares del
casi 20 por ciento de los habaneros.
Cada año, el 11 de enero, natalicio de
don Francisco de Albear y Fernández de
Lara, los ingenieros cubanos celebran su
Día, como homenaje al principal impulsor
del Acueducto que lleva su nombre.
Y es
como si otra vez, Julián del Casal
maravillado, desde las páginas de La
Discusión, del sábado primero de febrero
de 1890, nos pregunta ¿Habéis estado en
Vento?...
Al contemplar las altas montañas, … y
los mil manantiales, cuyas ondas
cristalinas al chocar, forman nubes que
parecen estar hechas de perlas
vaporizadas; se siente el deseo de
refugiarse en ese lugar paradisíaco y de
retornar al combate de la vida, donde
hay que permanecer en el puesto señalado
hasta quemar el último cartucho, hasta
exhalar el último suspiro.
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