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Este
sábado fue para Tania día de peinado y
para mí una jornada de ansiedad. Como
solemos —afortunadamente— hacer tantas y
variadas cosas juntos, unas seis horas
de separación me las siento y suelen
disparar mi pertinaz impaciencia. La
última tanda de embellecimiento
transcurrió bastante rápida. Por estos
días ando en una etapa febril de mis
búsquedas sobre la vida y la obra de
Miguel Hernández. Me quedé sin nadie al
lado, pero con la fecunda compañía de un
par de biografías de Miguel que tuvieron
la buena fe de prestarme los de la
Fundación que lleva su nombre en la
natal ciudad alicantina de Orihuela.
Cuando
mi mujer llegó de la calle, me
encontraba muy concentrado en la lectura
y antes de que mis ojos pudieran verla,
le solté: “Nené, qué linda quedaste”.
Ella se percató de que tenía el
“texto”, el parlamento, el vocadillo
prefabricado. A eso se le llama en el
teatro “actuar resultados”. Es decir, no
se vive ni se siente el proceso interno
que lleva a la acción o la palabra
orgánica y lógica, sino que se va
directo al final. Caer en esa tentación
es fácil, pues tal vez el intérprete
anda por la función cien y a la cifra de
representaciones hay que sumarle la
multitud de ensayos en los que —para
poner el ejemplo de mi vida cotidiana—
la mujer entró de la calle y él debió
celebrarle el peinado. En mi caso sabía
que si no lo soltaba el piropito
inmediatamente se me olvidaría y le
hablaría a mi recién peinada media
naranja de cualquier otra cosa. Tampoco
se trata de hacerle a la mujer de uno
aquello del chiste. Ella llega de la
peluquería muy contenta de su nuevo
aspecto y se lo anuncia al esposo. Él
—tal vez sin levantar los ojos del
periódico o del partido de fútbol— le
dice: “¿Y qué pasó? ¿Estaba cerrada?”
Después de todo, el inocuo incidente
sirvió para hacerme recordar uno de los
tantos matices de mi querido arte
teatral. Ahora que ando lejos, me pego a
Internet —aunque tenga que arañarme el
bolsillo en un locutorio público— y
estoy al tanto de la vida escénica
cubana. Supe de los 25 años de la
revista Tablas, tan vinculada a
los sueños teatrales de muchos, me sentí
un poco viejo pero feliz de ver a Vivian
Martínez Tabares, a Omar Valiño, al
maestro Estorino y tantos otros afectos
recordando ese cuarto de siglo de
estrenos, comentarios y esperanzas.
Murrieta es un tipo fuera de serie:
fotógrafo, redactor, comunicador nato
que hace una excelente página web, muy
útil para los que —dentro o fuera, en la
noche o la mañana— necesitamos
informarnos sobre nuestra escena. Voy a
felicitarlo y rápido, antes de que corra
el peligro de que se me olvide. |