Año V
La Habana
2007

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

A la una de la tarde 
Carilda Oliver Labra
Esa vez se dio cuenta de que siempre había odiado esa hora. Recordó que dos años atrás, cuando precisamente viajaban en el automóvil, ella dijo que aquella hora era impropia para el amor. Y hoy, de modo imprevisto, todo sucedió a la una de la tarde, cuando el sol condenaba a la tierra y la luz era una marca agobiadora en los cuerpos.

Simplemente hacía calor en la calle y su oficina estaba a un paso con su aire acondicionado, y era verde, y sus ojos también eran verdes como un paisaje donde no llega el otoño.

Encontró unos clientes y quiso marcharse. Primero él la estuvo mirando con sorpresa, después con alguna indiferencia y cierta caricia. Esa era una proporción básica en su mirada generalmente, y era, desde luego, un modo de atraparla.

Al ver aquella gente se excusó por la interrupción y pretendió irse, pero él la detuvo:

—Espérate, en un momento termino…

El ruego lo mismo podía ser interesado que simplemente cortés. Miró a los hombres adivinándoles el pensamiento, así que sólo repuso:

—Vuelvo dentro de diez minutos; también tengo algo pendiente.

Tan pronto caminó hacia la calle se percató de que no debía volver, la razón no estaba bien clara: era un presentimiento. Bueno, le dijo que iba a volver. Odiaba las indecisiones y los términos medios.

Entre ellos no había otro vínculo que el de una amistad que retoñaba de vez en cuando. No eran íntimos que se necesitaban constantemente o que intercambiasen secretos, penas, goces aunque un nudo impalpable los unía misteriosamente; quizás por un sin número de afinidades no manifiestas. Era una relación sin consecuencias, como la que tienen los niños y no lo saben; una alianza, un lazo fuerte por lo débil que aparentaba ser. Ni el amor propio de él levantado como urticaria, cuando se le había negado dos años antes, pudo deshacer la suerte de inteligencia atractiva que los unía.

En fin, volvió , y los clientes se retiraron con presteza. Al principio por no mirarlo, se enfrentó a un cuadro que ennoblecía la pared. Con buen dibujo, era lo más amable en la habitación, aunque quizás algún color pecaba de ligeramente impuro.

Cambió la mirada y la puso en sus ojos verdes. Pensó que a él si no había quien le ensuciara los ojos, y sonrió. Él revoleteaba por la oficina en busca de un libro prometido. La situación era inocente aunque en un caso así la soledad entre hombre y mujer raras veces parece serlo.

Se sentaron uno junto al otro y comenzaron a hablar improvisando temas distintos. A ella le parecía que estaba diciendo más simplezas que él. Todo era falso: las palabras, la hora, el sitio. Estaba bastante molesta consigo misma. No sabía la causa de la visita y la sabía. Cuando le dijo: —Eres la única amiga que he podido conservar— quiso decir que con todas las demás hacía siempre lo mismo. Ella esbozó: —Usas la vida como quieres. Me gusta tu sinceridad. Eres un hombre. Cuesta mucho trabajo encontrar un hombre—; aunque no lo miró al decirlo. Siguió hablando sin saber de qué…Hizo mención a como había sido posible guardar la amistad y huir de… ¿Qué estaba diciendo? ¿Qué máscara se había puesto? Una fuerza cómplice la estremeció. Se volvió hacia él con la gracia de la verdad y el temblor del descubrimiento. Se quedó estática, como a flote, en la onda sin sosiego que venía de las pupilas imantadas. Con gran asombro, con casi perplejidad se escuchó a sí misma diciendo unas palabras que por el mensaje que traían pudieron haber sido bíblicas. Él la tomó por los brazos y ambos sonrieron: por un momento se habían encontrado.

Pronto sería la una. Estaban solos en la oficina desierta. El la besaba. Ella quería pensar mientras la boca se le llenaba de verde. —Tengo que irme— resolvió a mitad del beso, y enseguida pensó otra cosa: —Tengo que irme, estoy diluyéndome, estoy borrándome, todo esto no es cierto, lo he inventado, él no está ni yo tampoco— pero el beso arreciaba —tengo que irme, debo regresar al trabajo a las dos y ya es más de la una— El beso se había bifurcado y empezaba otra vez —Me falta la respiración, vivo en su boca, tengo que irme, va a suceder algo, yo no he venido para esto— Pero el beso trabajador la conducía.

Hizo un último esfuerzo por zafarse y sólo consiguió que la besara más, que se besaran los dos. Todo era incierto: hasta la voz de él pidiéndole suave, infinitamente. Antes de que pudiera darse cuenta abrió la puerta de la oficina y corrió casi desnudo por el patio para cerciorarse de que todos estaban ausentes y pasar el pestillo de la puerta de la calle. No le vio pero esta imagen no percibida fue la que tuvo el poder de enardecerla. Desnudo, bajo el sol, a la una de la tarde, con su sombra también sobre el pavimento debía ser olímpico, natural. Tuvo un impulso voluptuoso a causa de la imaginación. Por varios minutos sintió miedo a no ser decente. La hoja de parra estaba cayéndosele, pero la mantuvo en su puesto.

Realmente todo era ridículo. Lo pensarían mañana…Él apagó la luz artificial y el sol se encendió más atravesando los cristales opacos. Era la una de la tarde en todos los relojes. A esta hora la piel en un país del trópico suda inexorablemente y no se es joven ni frutal. A esta hora una mujer envejece sin misericordia si ya está pasada de los cuarenta. Echó una última súplica a la puerta de la pequeña habitación: estaba cerrada. Ella también estaba cerrada: así, sin bañarse, sin haberse prevenido de pequeñas argucias femeninas, con el sol del mediodía delatando imperfecciones y sin el amor acompañándola iba a ser muy difícil.

Entonces él, con una intuición prodigiosa empezó a desbaratar tabúes, dijo un solo verbo, el milenario, el mismo ancestral, el de Adán, el de Abelardo, el de Picasso, el de Romeo. Todos los ángeles de la sensualidad fueron convocados.

La carne, casi en calma, asumía una actividad secreta. Quizás ambos no querían amarse. ¿O era el maleficio de la una de la tarde? El sol negaba la intimidad que de noche suele acercarse con alas tan mágicas, y el tiempo era escaso. Su endiablada mente de intelectual empobrecía el estado propicio de los momentos iniciales. Se estaba enfriando sin besos. A cada instante que él dejaba de besarla más se parecía a una muerta. El momento de posesión había pasado. Lo sintió llegar al principio cuando él la apretó contra sí, inevitablemente sin intentar el contacto, sólo la proximidad. Ese fue el momento. Su corazón había sonado con ferocidad y los senos se le endurecieron. Ahora, sin embargo, y sin poder explicárselo, aunque las caricias subieron de tono, no se incorporaba a la situación. ¿Por qué? Tenía que gustarle mucho, exactamente mucho, porque nunca había provocado un asunto tan vulgar como éste, nunca antes hubo de arriesgarse a parecer…

Bueno, no podía seguir pensando porque ahora, otra vez, de nuevo, una salud repentina, estaba trasladándola a otro universo. Se mecía entre suspiros y palpitaciones. Hubiera preferido una palabra, una sola de amor pero él la cubrió con dichos obscenos. Entreabría los labios para respirar porque se ahogaba de placer. Confiarse a la naturaleza parecía el único modo. Cedió, temblando como la tierra cuando se ha desatado la tempestad. Eran una mujer y un hombre. Desde millones de años se hacían la guerra. Y en aquel momento, por una historia de siglos, era más su enemigo. Sólo quería poseerla y robarle su libertad. Y aunque fuera por una partícula de tiempo iba a ser suya y no quería. No quería. Trató de protestar, sólo que no pudo y dijo no sabía qué o nada dijo, y él entendió el mandato secular. Con un gesto apasionado, viril, casi de náufrago, entró en ella.

Cuando recuperó el habla y el barniz de dama intachable, él se estaba vistiendo. Después de abrir la puerta de la calle, parecía más joven, le palmeó los hombros, quiso levantarle la falda que ella alisaba continuamente y la pellizcó en lo alto de la cadera. Jugaba a caricias y mimos. Sólo esta actitud lúdica, este intrascendente modo de coronar el suceso podía ayudarla a vencer un sentimentalismo tonto.

Ya en la acera parecían colegiales que habían alcanzado frutas de un árbol alto. Estaban un poco sofocados, pero nadie sabía que hurtaron cerezas verdes. Esa noche pensarían bastante, aún más en las maduras que en las devoradas frugalmente.

La llevó en el automóvil y al despedirse pronunció una frase de esas que pulía a propósito para arrojarla de su pedestal. Era un “hasta luego” matemático.

Ella entró en su casa sin hacer ruido, cuidando de meterse en el baño antes de que la vieran. Le parecía que conservaba algunas de las huellas perceptibles que deja la batalla del amor. Efectivamente tenía un beso morado. Lo rodeó con jabón sin tocarlo, como si fuera un sello que de preservarlo, ahora seco, pudiera sobrevivir. Su seno al fin había sido ultrajado. Sin querer, vino la representación mental de otra boca. Antes, el esposo los había velado con su amor de cripta y lejanía, con su amor casi reverente. Los envolvió con seda china y, pleno de ternura mística, quiso eternizarlos con un lápiz Conté en papel azul celeste.

Era una lástima no elegir la tarde para reflexionar sobre esto y sobre la boca nueva caminándole por el cuello como una arañita perdida. Era una lástima tener que vestirse pronto, almorzar harina de maíz y habichuelas y correr hacia el trabajo. Precisamente después, durante todo el tiempo estuvo recordando dos gotas claras que sonreían o llameaban y eran aquellos ojos.

Mientras el organizador de la asamblea de emulación hablaba, ella seguía en el lance sobre los cojines en el piso que temblaban en una órbita menos vertiginosa pero más dulce que la del Sputnik trepador del cosmos.

Sintió vergüenza durante un breve rato mientras se efectuaba la última votación pero, a la suma del resultado, ya estaba acordándose de la línea firme que descubrió en ese tramo que va de la pantorrilla al muslo cuando él se desnudaba. Con disimulo bocetó la rodilla en el cuaderno que tenía sobre la tabla del pupitre en que estaba sentada. Luego quedó pensativa, un poco incómoda al reconocer tales resabios de adolescencia… ¿Y por qué seguía memorizando lo que la lógica aconsejaba olvidar? Él era sólo un relámpago que a veces se sentaba en la oficina y había que tomarlo como: una luz que zigzaguea y se va pronto aunque nos deslumbre. Por otra parte ¿qué más iba a pedir?

No creía en el amor ni en su permanencia sino en el deslumbramiento, la consumación y el tedio posterior. Era triste a los cuarenta años saberlo todo sin casi haber vivido. Él, pues, jugaba con ella como ahora ella con este sueño. Era solamente una respuesta al instinto, el retozo radiante que nos ofrece la sangre. Ni amor ni nada semejante; era un asunto de causalidad. Alguna vez tenía que sucederles porque estaba harta de tenorios municipales, de casados adúlteros, de pederastas que fingían, de otros que armaban versos cursilones para proponerle la cama y, en general, de todos aquellos siervos que la amenazaban con la tradición. Y posiblemente él también se cansaba de las muchachas sentimentales acosándole por el teléfono; con sus remilgos y llantos, de sus candideces falsas, del compromiso que representaba una novia acuciosa o una amante contumaz. Se dijo que lo grato que no esperamos y salta a nuestro encuentro de modo imprevisto es el único placer que la vida reserva a los escépticos; y con ese razonamiento, que no era muy lúcido, regresó a la casa y después de comer algo se acomodó en su mecedora preferida. Hoy no estaba para Chopin ni Mozart. Escucharía mejor a Stronberg.

A la una de la mañana se dispuso a dormir. Le llegó entonces un regalo maravilloso. Al desvestirse ante el espejo, descubrió en la oscuridad del cuarto su imagen iluminada por un rayo de luz. Allí rutilaba una mujer, a lo sumo de veinte años. Los besos habían estirado con suavidad la piel, una llamarada emergía de la cabellera y los senos palpitaban como flores del paraíso.

-1990-



Carilda Oliver Labra. Poetisa, abogada, profesora de dibujo, pintura y escultura. Obtuvo el Premio Nacional de Poesia por su libro Al Sur de mi Garganta en 1950. En 1987 le fue otorgada la Distinción por la Cultura Nacional. Recibió el Premio Nacional de Literatura en 1997. Es autora de una vastísima obra poética, entre cuyos títulos cuenta Al sur de mi garganta (1949), Canto a Martí (1953), Las sílabas y el tiempo (1983), Calzada de Tirry 81 (1987 y 1994), Se me ha perdido un hombre (1992 y 1998), Biografía lírica de sor Juana Inés de la Cruz (1998) y Error de magia (2000) 
 

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