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El
peletero ingresa como personaje
privilegiado. No estuvo antes y es
posible que su destino se juegue solo en
este acto. Dispongo de un breve
inventario acerca del oficio. Los
maestros en pieles, luego de sinuosos
litigios con la curandería, fueron
desplazados a funciones menores; se les
prohibió manejar instrumentos
quirúrgicos y su dedicación estuvo
limitada al reino animal. Artesanía de
la añoranza. Afortunadamente, algunos
monarcas conocidos por la adhesión a
esas texturas hicieron construir
depósitos y talleres donde los alojaban.
Los
maestros en pieles tenían hábitos
contrahechos. Mutilados por exclusión
adoptaron los signos del resentimiento.
Una enfermedad de alcance imprevisible.
Sin tierra o casi, hasta una maceta
llegó a convertirse en el hogar de estos
artífices.
Nuestro peletero había heredado el
oficio del padre del padre de su padre,
y al igual que cada uno de esos hombres
rezaba para volver a sentarse en la
vereda de la infancia, aun sabiendo que
la infancia volvería a ser tan dura como
había sido y que envejecer no
contrarrestaba en un ápice aquella
aspereza.
Yo
estaba peinada como una niña pobre: una
trenza sujeta detrás de cada oreja. Algo
dijo el peletero al verme.
-¿Te
gustaría ser mi muñeca?
Sin
respuesta.
Con
pesar comprobó que la prenda no requería
ningún ajuste.
-Adiós, adiós.
No
pudo retenerme.
Eso
me hubiera gustado que ocurriese. Hasta
ahí, hasta donde creía manejar la
situación. Pero no. Él caminó hacia la
puerta y la cerró con llave. Todo fue
muy ligero. Bajar la cortina metálica,
tender trapos sobre el piso, moverse y
moverse como si supiera y no supiera lo
que estaba buscando. El desorden de
alguien que usa el espacio como si el
espacio fuera un cuerpo. Abultado el
pantalón, duros los gestos, las piernas,
los brazos. Decía que iba a pegarme
mientras sacaba de la caja el chaleco,
mientras subía mi vestido, mientras
soltaba mis trenzas. Sin parar repetía
que iba a pegarme. Por el piso el
maniquí, al frente el torso de tetas
cónicas. La cabeza pelada. El ombligo.
Seguro tenés la bombacha sucia. La
alemanita es demasiado grande para jugar
a la muñeca. Yo te voy a enseñar a ser
obediente.
Dilatado el entorno. Agitación. ¿Lo
seguía desafiando? Más palabras, algunos
insultos, descripciones de lo que haría,
de lo que me esperaba, no tenía que
gritar, no se me fuera a ocurrir
contarle a alguien, a nadie, ni al cura,
soberanos bastardos, era mi culpa, nunca
antes había golpeado, ni a sus hermanos
que eran peor que demonios, lo tenía
merecido, no me había dejado manosear.
Consentida, malcriada.
Eso
decía, acorralado en su germen, la
mirada fija, miope. Temblorosas las
nalgas del peletero: paquetes de carne
muerta.
Mi mejor amiga se llamaba Gerty. No era
renga ni estaba a orillas del mar
espiada por un hombre mayor. De pie en
el cordón de la vereda, Gerty veía pasar
un desfile. Soldados y jinetes marchaban
en honor a la independencia. La orquesta
del pueblo en pleno: el intendente, el
obispo, las autoridades. Ella estaba
rodeada por los vecinos del barrio. Como
siempre, había quien a último momento
presionaba por llegar a la primera fila.
Cuando Gerty escuchó los ¡Ah! el
torrente blanquecino ya había estallado.
Le era difícil reconstruir. Entendía
poco. Me contó que los padres no le
permitieron volver a usar el traje que
tenía durante el desfile. Ninguna
prohibición habría podido generar
mayores interrogantes. Aún puedo
imaginar muy bien su figura. Píldoras de
hierro robustecían el futuro de mi
amiga, estimulado a partir del desfile
por una sustancia desconocida.
Con
escasa noción temporal deambulé por la
ciudad. Llevaba el chaleco en una caja y
el medio cuerpo desenvuelto, de manera
que cuando entré al cine ocupé dos
lugares.
Hacia
la mitad del filme, las nalgas del
peletero encendieron mis pupilas. Carbón
al fuego. Ojos de piedra imantada. Un
punto vale más que la figura humana,
confesó Kandinsky. ¿Hechizo de
iluministas? ¿Quién se atreve a
desmentir la leyenda de los delfines
rosas? Amable soledad, nodriza de
fanthomes. Ríe, vuela sin
prisa.
Dibujar un elefante en base al
recuerdo de los mirlos
La
otra Gerty ¿habrá sido igualmente
inocente? Podría leer la secuencia de
aquella tarde pero prefiero resumirla.
Se trata de un capítulo escrito in
extremis. Impecable caricatura
sentimental.
La
otra Gerty estaba sentada sobre una roca
contemplando la hora vespertina. A lo
lejos se oía el canto de una novena a
María. Por encima de los árboles
estallaban fuegos artificiales. Mientras
sus amigos corrían, ella, virgen
prudentísima, permaneció en el mismo
sitio, inclinada hacia atrás para
observar el chispeante resplandor. La
gloria de Gerty era su cabello castaño
de ondeado natural. El rubor le subía
fácilmente a las mejillas haciendo más
deliciosa su infantil timidez. Como no
le gustaba andar siempre rengueando,
tuvo que inventar pretextos, alegó
cansancio, tedio, debilidad. Quiso darle
a lo congénito un tono accidental. Pero
he ahí que su presencia generó una
incipiente metamorfosis. ¿En quién? En
un caballero vestido de oscuro que había
ido a descansar a esa misma playa. Por
el cielo brillaban artificios. Una larga
candela romana subió entre los árboles.
Gerty tuvo que echarse más y más hacia
atrás para mirar arriba. Con el
movimiento, su pollera se fue
levantando. Ora pronobis. Refugio
de pecadores. Ella se vio mirada. ¿Habrá
intuido que el caballero no podía
resistir el espectáculo? Consoladora de
afligidos. Más y más alto el blanquecino
torrente de lluvia, suave despertar de
fuego, gotas de rocío cayendo de las
estrellas.
Un
día empecé a contarle a mi amiga: sin
pausa entre el diseño del chaleco y su
confección. Comí las semanas de espera,
los ojos, la superficie conquistada por
las yemas de peletero. Había recibido un
regalo sin digerir, grumos de antojo.
Ahí estaba la prenda, cosida sobre mi
piel, podía sentir cada puntada: la
presión de la aguja, el hilván, las
marcas de tiza, los cortes. Agujereado
el sobaco, la cavadura del cuello, lo
que no tocaría y lo que tocó. Dedicado a
las trenzas, al pubis, a quitarme la
ropa y prohibir que temblara. Furioso
entre mis piernas, a horcajadas para
impedir que se escurriera la alemanita.
¿Y el
pegar?
Gerty
quería volver al peletero como habíamos
vuelto al desfile todas las tardes,
reconstruyendo el grupo de vecinos. La
sospecha recaía hasta en sus esposas.
Seguro estaban al tanto de las
chanchadas. Absueltos el intendente, los
músicos, algunos maestros. Recelo del
dentista, el escribano, el relojero y un
chofer; habían sido los últimos en
llegar, se apretujaban. Con los intrusos
era más complejo, recorrimos los barrios
desde la curtiembre hasta el molino de
granos y desde la cervecería hasta la
ruta. Buscábamos, olvidadas también de
lo que buscábamos. Si hubiésemos tenido
alguna pista... aunque solo fuera el
vestido para oler la mancha.
Quizá
no Gerty, pero sí el voyeur de traje
oscuro que se masturba en la playa a las
ocho de la noche de un único día de un
único año de un único mes hubiera sido
un buen interlocutor. ¿De quién? No del
peletero, por supuesto, sino de dos
semivírgenes curiosas y distantes
infectadas de falso pudor.
Un
toque, una breve risa es suficiente. No
importa cuán calmos o fríos sean, los
dedos también son movedizos. Suaves como
telarañas buscan el espesor de la bruma.
La falda apenas subida, marcada a la
altura de las rodillas por el ligero
gesto de coquetear con recato. Humedad
vaporosa. Tierna criatura de venas
azules, inmaculada de sangre y
violación, ¡ven, ven a mí!
LILIANA HEER nació en Argentina. Es
escritora y psicoanalista, estudió
Teoría del Cine Clásico, Moderno y
Neobarroco. Participó en innumerables
encuentros nacionales e internacionales.
Publicó Dejarse llevar, relatos
(1980), Bloyd, Premio Sotis Vian
(1984), Giacomo-EI texto secreto
de Joyce, ficción crítica (1992,
en coautoría con J.C. Martín Real, La
tercera mitad, novela (1988).
Frescos de amor, novela (1995),
Verano Rojo, nouvele (1997),
Ángeles de vidrio, novela (1998),
Argentinian poetry: the written word
re-cited, antología en la revista libro
Poetry lreland Review (2002), en
coautoría con Ana Arzoumanían,
Repetir la cacena, novela (2003) y
Pretexto Mozart, novela (2004).
Lectura realizada en la
sala Alejo Carpentier |