Año V
La Habana

17-23 de FEBRERO
de 2007

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

Dibujar un elefante sobre la base
del recuerdo de los mirlos

Liliana Heer • La Habana

 

El peletero ingresa como personaje privilegiado. No estuvo antes y es posible que su destino se juegue solo en este acto. Dispongo de un breve inventario acerca del oficio. Los maestros en pieles, luego de sinuosos litigios con la curandería, fueron desplazados a funciones menores; se les prohibió manejar instrumentos quirúrgicos y su dedicación estuvo limitada al reino animal. Artesanía de la añoranza. Afortunadamente, algunos monarcas conocidos por la adhesión a esas texturas hicieron construir depósitos y talleres donde los alojaban.

Los maestros en pieles tenían hábitos contrahechos. Mutilados por exclusión adoptaron los signos del resentimiento. Una enfermedad de alcance imprevisible. Sin tierra o casi, hasta una maceta llegó a convertirse en el hogar de estos artífices.

Nuestro peletero había heredado el oficio del padre del padre de su padre, y al igual que cada uno de esos hombres rezaba para volver a sentarse en la vereda de la infancia, aun sabiendo que la infancia volvería a ser tan dura como había sido y que envejecer no contrarrestaba en un ápice aquella aspereza.

Yo estaba peinada como una niña pobre: una trenza sujeta detrás de cada oreja. Algo dijo el peletero al verme.

-¿Te gustaría ser mi muñeca?

Sin respuesta.

Con pesar comprobó que la prenda no requería ningún ajuste.

-Adiós, adiós.

No pudo retenerme.

Eso me hubiera gustado que ocurriese. Hasta ahí, hasta donde creía manejar la situación. Pero no. Él caminó hacia la puerta y la cerró con llave. Todo fue muy ligero. Bajar la cortina metálica, tender trapos sobre el piso, moverse y moverse como si supiera y no supiera lo que estaba buscando. El desorden de alguien que usa el espacio como si el espacio fuera un cuerpo. Abultado el pantalón, duros los gestos, las piernas, los brazos. Decía que iba a pegarme mientras sacaba de la caja el chaleco, mientras subía mi vestido, mientras soltaba mis trenzas. Sin parar repetía que iba a pegarme. Por el piso el maniquí, al frente el torso de tetas cónicas. La cabeza pelada. El ombligo. Seguro tenés la bombacha sucia. La alemanita es demasiado grande para jugar a la muñeca. Yo te voy a enseñar a ser obediente.

Dilatado el entorno. Agitación. ¿Lo seguía desafiando? Más palabras, algunos insultos, descripciones de lo que haría, de lo que me esperaba, no tenía que gritar, no se me fuera a ocurrir contarle a alguien, a nadie, ni al cura, soberanos bastardos, era mi culpa, nunca antes había golpeado, ni a sus hermanos que eran peor que demonios, lo tenía merecido, no me había dejado manosear. Consentida, malcriada.

Eso decía, acorralado en su germen, la mirada fija, miope. Temblorosas las nalgas del peletero: paquetes de carne muerta.

Mi mejor amiga se llamaba Gerty. No era renga ni estaba a orillas del mar espiada por un hombre mayor. De pie en el cordón de la vereda, Gerty veía pasar un desfile. Soldados y jinetes marchaban en honor a la independencia. La orquesta del pueblo en pleno: el intendente, el obispo, las autoridades. Ella estaba rodeada por los vecinos del barrio. Como siempre, había quien a último momento presionaba por llegar a la primera fila. Cuando Gerty escuchó los ¡Ah! el torrente blanquecino ya había estallado. Le era difícil reconstruir. Entendía poco. Me contó que los padres no le permitieron volver a usar el traje que tenía durante el desfile. Ninguna prohibición habría podido generar mayores interrogantes. Aún puedo imaginar muy bien su figura. Píldoras de hierro robustecían el futuro de mi amiga, estimulado a partir del desfile por una sustancia desconocida.

Con escasa noción temporal deambulé por la ciudad. Llevaba el chaleco en una caja y el medio cuerpo desenvuelto, de manera que cuando entré al cine ocupé dos lugares.

Hacia la mitad del filme, las nalgas del peletero encendieron mis pupilas. Carbón al fuego. Ojos de piedra imantada. Un punto vale más que la figura humana, confesó Kandinsky. ¿Hechizo de iluministas? ¿Quién se atreve a desmentir la leyenda de los delfines rosas? Amable soledad, nodriza de fanthomes. Ríe, vuela sin prisa.

Dibujar un elefante
en base al recuerdo de los mirlos

La otra Gerty ¿habrá sido igualmente inocente? Podría leer la secuencia de aquella tarde pero prefiero resumirla. Se trata de un capítulo escrito in extremis. Impecable caricatura sentimental.

La otra Gerty estaba sentada sobre una roca contemplando la hora vespertina. A lo lejos se oía el canto de una novena a María. Por encima de los árboles estallaban fuegos artificiales. Mientras sus amigos corrían, ella, virgen prudentísima, permaneció en el mismo sitio, inclinada hacia atrás para observar el chispeante resplandor. La gloria de Gerty era su cabello castaño de ondeado natural. El rubor le subía fácilmente a las mejillas haciendo más deliciosa su infantil timidez. Como no le gustaba andar siempre rengueando, tuvo que inventar pretextos, alegó cansancio, tedio, debilidad. Quiso darle a lo congénito un tono accidental. Pero he ahí que su presencia generó una incipiente metamorfosis. ¿En quién? En un caballero vestido de oscuro que había ido a descansar a esa misma playa. Por el cielo brillaban artificios. Una larga candela romana subió entre los árboles. Gerty tuvo que echarse más y más hacia atrás para mirar arriba. Con el movimiento, su pollera se fue levantando. Ora pronobis. Refugio de pecadores. Ella se vio mirada. ¿Habrá intuido que el caballero no podía resistir el espectáculo? Consoladora de afligidos. Más y más alto el blanquecino torrente de lluvia, suave despertar de fuego, gotas de rocío cayendo de las estrellas.

Un día empecé a contarle a mi amiga: sin pausa entre el diseño del chaleco y su confección. Comí las semanas de espera, los ojos, la superficie conquistada por las yemas de peletero. Había recibido un regalo sin digerir, grumos de antojo. Ahí estaba la prenda, cosida sobre mi piel, podía sentir cada puntada: la presión de la aguja, el hilván, las marcas de tiza, los cortes. Agujereado el sobaco, la cavadura del cuello, lo que no tocaría y lo que tocó. Dedicado a las trenzas, al pubis, a quitarme la ropa y prohibir que temblara. Furioso entre mis piernas, a horcajadas para impedir que se escurriera la alemanita.

¿Y el pegar?

Gerty quería volver al peletero como habíamos vuelto al desfile todas las tardes, reconstruyendo el grupo de vecinos. La sospecha recaía hasta en sus esposas. Seguro estaban al tanto de las chanchadas. Absueltos el intendente, los músicos, algunos maestros. Recelo del dentista, el escribano, el relojero y un chofer; habían sido los últimos en llegar, se apretujaban. Con los intrusos era más complejo, recorrimos los barrios desde la curtiembre hasta el molino de granos y desde la cervecería hasta la ruta. Buscábamos, olvidadas también de lo que buscábamos. Si hubiésemos tenido alguna pista... aunque solo fuera el vestido para oler la mancha.

Quizá no Gerty, pero sí el voyeur de traje oscuro que se masturba en la playa a las ocho de la noche de un único día de un único año de un único mes hubiera sido un buen interlocutor. ¿De quién? No del peletero, por supuesto, sino de dos semivírgenes curiosas y distantes infectadas de falso pudor.

Un toque, una breve risa es suficiente. No importa cuán calmos o fríos sean, los dedos también son movedizos. Suaves como telarañas buscan el espesor de la bruma. La falda apenas subida, marcada a la altura de las rodillas por el ligero gesto de coquetear con recato. Humedad vaporosa. Tierna criatura de venas azules, inmaculada de sangre y violación, ¡ven, ven a mí!

LILIANA HEER nació en Argentina. Es escritora y psicoanalista, estudió Teoría del Cine Clásico, Moderno y Neobarroco. Participó en innumerables encuentros nacionales e internacionales. Publicó Dejarse llevar, relatos (1980), Bloyd, Premio Sotis Vian (1984), Giacomo-EI texto secreto de Joyce, ficción crítica (1992, en coautoría con J.C. Martín Real, La tercera mitad, novela (1988). Frescos de amor, novela (1995), Verano Rojo, nouvele (1997), Ángeles de vidrio, novela (1998), Argentinian poetry: the written word re-cited, antología en la revista libro Poetry lreland Review (2002), en coautoría con Ana Arzoumanían, Repetir la cacena, novela (2003) y Pretexto Mozart, novela (2004).

Lectura realizada en la sala Alejo Carpentier

 

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