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Hay quienes dicen que la historia es un
género literario, y quienes la pretenden
una ciencia objetiva. Lo que si está
claro es que la ficción es una forma de
singularizar nuestra historia, en ese
territorio al que llamamos mundo y en el
que habitamos. Me refiero a la historia
humana, en el sentido que Bajtin
propone, cuando dice que toda obra
literaria tiene internamente un carácter
sociológico, donde se cruzan fuerzas
sociales vivas, y cada elemento de su
forma está impregnado de valoraciones
sociales, y de búsqueda e interrogación
por el sentido.
Desde que el ser humano estampa su mano
coloreada en la caverna, desde el primer
canto y el primer bisonte grabado, es
capaz de producir y ser producido por el
lenguaje, de contar, de compartir
emoción y conocimiento. La narración es
el gran salto de lo animal a lo humano.
No hablo de la necesidad de comunicarse,
que existe en todas las especies vivas,
sino de la específica manera de hacerlo
de nuestra especie, a través del relato
de la experiencia, de la lengua y su
infinita posibilidad de creación de
sentido. Es probable que el relato haya
nacido al mismo tiempo que la palabra.
Como la música, que no es un sonido
aislado sino un conjunto, una relación
entre diversos sonidos capaces de
articularse, emocionarnos, hacernos
recordar, bailar, celebrar o lamentar.
Antes de la escritura, fue el encuentro
a través de la narración oral y el
canto.
Sin embargo, la novela actual, tiene una
diferencia esencial con aquel rapsoda
del mundo épico que narraba oralmente la
historia de un pasado heroico, el mundo
del comienzo, la historia nacional, la
de los padres, la de los “primeros” y la
de los “mejores”. Ese era un pasado
absoluto, no relativo, inaccesible y
venerado. De héroes, semidioses y
dioses. Una frontera lo separa del
tiempo actual. El tiempo épico es
cerrado, en él todo está elaborado y
acabado. No hay lugar para lo
problemático, para lo susceptible de ser
transformado. Es un tiempo de héroes que
actúan en lugar de los humanos con sus
contradicciones. No hay en ese tiempo
una relación con el futuro, no pretende
una continuación. Tampoco alberga
ninguna utopía. Y por eso en la epopeya,
la memoria, alejada del presente, no es
conocimiento ni indagación sobre el
presente y su posibilidad de
transformarse.
Nuestro sentido de la memoria es
diferente, la memoria es el puente con
nuestra actualidad y su transformación.
Es una experiencia individual y
colectiva, de selección, de pensamiento
y también de imaginación. Es territorio
para la utopía. Pensar es dar forma y
relacionar aquello que la memoria guarda
-u omite- como experiencia. Evocar, en
el sentido de exvocare, es llamar fuera,
volver a nombrar. Y recordar,
ri-cordari, (cor-cordis, corazón) es
traer al corazón.
En la novela, el presente está en plena
construcción, y cito nuevamente a Bajtin:
“la novela refleja con mayor profundidad
el proceso de formación de la realidad
misma, es un genero autocrítico por
naturaleza, excluye o incluye otros
géneros, sean de la vida cotidiana o
ideológicos, desvela el convencionalismo
de sus formas, ironiza, está en contacto
directo con la contemporaneidad no
acabada, imperfecta. La novela aparece
pues como un género crítico y
autocrítico. Opera sobre el tiempo
presente y por lo tanto acude a la
experiencia, al conocimiento y a la
ficción personal: el tiempo y el mundo
se convierten por primera vez en
históricos: se revelan como un proceso
de formación, como movimiento constante
hacia el futuro real, como proceso
inacabado. Por eso la risa, lo cómico,
la ironía, destruyen la distancia con el
pasado épico entendido como absoluto, y
se podría decir que la creación cómica
popular es el antecedente de la
novela.”
Pensemos en el cambio que supone “el
Quijote”, en relación con toda la
literatura de caballería y pastoril
anterior. Aparece un personaje que poco
tiene que ver con los héroes de la
épica, y emprende un viaje crítico sobre
su propio tiempo. En este sentido es la
primera novela en nuestra lengua, y
nuestro héroe es profundo, desarraigado,
loco, cómico y trágico: tal vez un
perdedor, pero un hombre capaz de
avanzar según la fuerza de sus sueños.
La literatura es un viaje, hay que salir
de la cueva, dejar la casa atrás,
perderse, reconocerse, desviarse,
comprender, conocer, y a la vuelta, si
fuera posible, contarlo. Así lo hizo
Homero, así lo hizo Cervantes, y así se
sigue haciendo, porque para que algo
exista es necesario narrarlo, dotarlo de
sentido, encontrar respuestas y nuevas
preguntas, y sobre todo hacer que ese
sentido se encuentre con otros sentidos.
Solo el lector tiene la posibilidad de
recrear el sentido, y volverlo
operante.
La lengua que hablo, me habla. El “yo”
que habla es un yo social, que solo
tiene sentido en el encuentro con el
otro, con los otros, en un territorio
donde no hay eternidad, sino
transformación. El arte, además de
cautivar, tiene una función ética
profunda, un deseo de provocar
pensamiento, interrogantes. Llamémosle,
urgencia por cambiar el mundo. Urgencia
por preservar la vida. La escritura no
es más que una forma de situarse en este
sentido, y una manera de crear el mundo
que habitamos.
Cada individuo es al mismo tiempo
muchos, por el hablan diversas voces,
las palabras están cargadas de valores y
de cruzamientos entre diversas fuentes,
la historia, el arte, la ciencia.
Incluso el silencio, o “no hablar de
ciertas cosas”, separar arbitrariamente
la literatura de la política, de lo
colectivo, discutir hasta el cansancio
el compromiso o no del artista,
delimitar cuales son los temas que el
arte debe o no debe tratar, es una forma
entender el mundo. En este momento se
libra una gran batalla por la palabra.
La palabra no es inocente ni es impune.
O está a favor de la vida, o está
apoyando a la barbarie y a la muerte. La
cultura imperial necesita de
subjetividades aisladas, fragmenta la
experiencia, miente, tergiversa a través
del aparato cultural neoliberal para
impedir conocer y comprender nuestra
historia, y por lo tanto el presente. Su
semántica es un arma de destrucción
masiva, que destruye el lenguaje. Lewis
Carroll lo decía, “las palabras tienen
dueño”. Quieren imponer su discurso para
confundir y sojuzgar, se criminaliza la
relación con la historia, se criminaliza
la explicación de lo que ha sucedido
antes en relación a lo que ahora sucede.
Por eso, las palabras son importantes:
porque no es lo mismo llamar “comunidad
internacional” a las potencias que
bombardean Iraq, y siembran Palestina de
bombas de racimo, llamar “donantes” a
los expoliadores, “contratistas” a los
mercenarios, “deuda externa” o “economía
de mercado” al saqueo, “civilización” a
la barbarie. No es lo mismo decir robo
que “inversión de capital”, ni decir
“guerra preventiva” a un bombardeo, o
“ayuda humanitaria” al negocio de la
guerra, ni es lo mismo decir dictadura
que “proceso”, porque en ese gesto nos
han robado la hermosa palabra Proceso.
A través de un potente aparato
propagandístico, que controla los medios
y el mercado cultural, el imperialismo
propone una cultura narcótica, que está
dedicada a generar miedo. Miedo no solo
a la muerte que ellos siembran, sino a
la transformación de esa situación,
miedo a otra forma de vida. Claro que
las palabras libran como nunca hoy una
guerra sin cuartel. El poder de los
medios, el poder de la cultura imperial,
es enorme. Miles de especialistas
fabrican campañas de desinformación y
legitiman las masacres en nombre de la
democracia o la libertad. No hay
inocencia en el lenguaje, y no hay
tampoco inocencia en la ficción, porque
ningún discurso puede ser neutral, ni
inocente. Siempre se habla desde un
lugar y todo lugar es comprometido.
El catastrofismo, el desarrollo del
miedo, la profusión de películas de
guerra y violencia, la atomización y la
parálisis del pensamiento, la
subjetividad aislada, son propias de la
sociedad de consumo de nuestros días, un
modelo que necesita borrar el pasado,
impedir que se relacionen los hechos
cotidianos con las causas que los
explican. Para el poder imperial es
necesario negar las relaciones de una
cosa con otra, construir enemigos
borrosos, y presentar los efectos como
si de novedades de supermercado se
tratara, sin una razón que los desvele y
los explique en relación con su pasado y
su presente. La “maldad”, esa maldad
borrosa, es así propia del diferente,
—todo aquel que no acepte el modelo
hegemónico—, sea musulmán, negro, indio,
una extensa categoría que engloba al 90%
de la humanidad desposeída y explotada.
Y a través del aparato propagandístico
la droga del miedo garantiza el
consenso y la idiotez.
Después de la caída del muro, crecieron
enormes muros en todo el mundo. Sin
embargo, el fin de la Unión Soviética,
sirvió sobre todo para condenar
cualquier pensamiento que se pretendiera
social, político, o utópico. La voz de
orden fue que se había llegado el final
de la historia y por lo tanto, no se
debía seguir pensando en términos de
transformación sino de acabamiento.
¿Pero qué se ha acabado, cuando en toda
América Latina avanzan revoluciones y
cambios enormes que están poniendo en
cuestión y transformando cinco siglos de
opresión? ¿Qué se ha acabado cuando el
imperialismo está siendo derrotado, a
pesar de su enorme capacidad bélica y de
la crueldad de la guerra, por la
resistencia del pueblo iraquí, afgano,
iraní, palestino, latinoamericano? ¿Qué
se está acabando, acaso se está acabando
el poder imperial que dicta la norma, la
moda, la configuración de un mundo que
las mayorías del planeta sufren y
rechazan? ¿Qué tipo de personajes y de
mundo nos proponen a través de sus
películas, su prensa, su televisión, su
cultura neoliberal, la cultura del gran
capital financiero? ¿Qué héroes produce
una cultura que promueve la muerte
cotidiana y la atroz violencia de los
grandes monopolios de armas y de droga?
No es la nuestra. Y los conocemos bien.
Por mí y por mis personajes, habla una
comunidad; soy una casual superviviente
del terrorismo de estado, que asesinó a
lo mejor de una generación, una fuerza
social pensante, que se había levantado
en contra de la injusticia y del
imperialismo. En los años setenta, se
implanta en Argentina el terror del
capital financiero, un modelo político y
económico que destruye la industria
nacional, y completa el saqueo del país
entregándolo a los grandes bancos
internacionales. Por eso y para eso, las
fuerzas armadas y la policía se encargan
de exterminar a todos aquellos que
resisten y se oponen al crimen
organizado y al robo: estudiantes,
obreros, empelados, intelectuales, niños
y ancianos. Es un plan perfectamente
planificado y desarrollado por las
fuerzas armadas —con sus socios locales
y sus asesores yankis— que nos dejan 30
000 desaparecidos, 10 000 muertos y 10
000 presos, además de los miles de
exiliados. El terrorismo de estado no se
puede medir solo cuantitativamente, sino
que es especialmente mortal porque
secuestra nuestra voz, nuestra capacidad
de resistencia, nos atomiza como
sociedad, nos inyecta el miedo, esa
droga dura, para expandir la parálisis.
Secuestra y extermina también nuestra
palabra, nuestra acción, nuestra
memoria.
Se abren años siniestros de silencio y
muerte, que continúan más tarde con las
democracias formales de Alfonsín y Menem,
también socios del capital financiero
internacional, y que después de largos
juicios, ordenan poner en libertad a los
asesinos y genocidas. Son tres décadas
siniestras.
Y en Argentina hay que hablar de un
doble genocidio, las dos caras de la
moneda, la muerte a manos de las fuerzas
armadas y la muerte y la condena de
nuestro pueblo al hambre y la miseria
más terrible. La violencia no es una
entidad metafísica, y se aplicó para
consumar el saqueo: toda la industria
nacional se vendió a bajo precio, y en
el país donde hay cinco vacas por
habitante, miles de niños se mueren de
hambre y cada vez nacen con más
enfermedades producidas por la
desnutrición. Ese es el resultado de la
política imperial, de sus superhéroes,
de su enorme publicidad dedicada a
generar terror e ignorancia en las
masas.
En la “Europa del bienestar”, ya es
visible la forma en que se ha instalado
ese terror, que busca el consenso para
el crimen; una cultura aterrorizada por
la posibilidad de perder las migajas del
banquete caníbal, y que hace tiempo
abandonó la capacidad de oponerse, de
moverse fuera de lo “políticamente
correcto”, y de las versiones de la
democracia formal. La mayor parte de los
intelectuales ha abandonado su función
crítica, la autocensura es una forma de
pensar, y el arte, la creación es un
asunto de marketing y no de
conocimiento. En la llamada democracia
europea, la censura es brutal. Es la
cultura de mercado, del embrutecimiento
planificado y del espectáculo cultural
controlado por los grandes monopolios de
la información.
Hablar, narrar, implica también
resistir. Es un desafío a la política de
silencio que el terrorismo de estado
pretendió y pretende. La derrota no ha
sido total, porque siempre hubo voces
que se opusieron a la indiferencia y
vencieron el miedo, hablo de las Madres
de Plaza de Mayo, y de las
organizaciones populares que no
olvidaron y que sembraron otra vez la
capacidad de lucha, de resistencia y de
organización. Nombraron al crimen y al
criminal, y exigieron justicia, cada
día, durante todos los días y hasta
ahora, un momento en que estamos
viviendo la dificultad del sistema
jurídico para juzgar y condenar a los
asesinos.
Pero, hay otra justicia, más inmediata,
más activa, que se ejercita día tras día
al recuperar la voz, y el derecho a
nombrar lo que ha sucedido y sucede.
Señalar las causas, entender, y como no,
impedir el olvido. La derrota, —por eso
no es una derrota total y apunta hacia
el futuro—, puede y debe ser revertida.
La historia no será escrita por los
vencedores, sino por los que conscientes
de las razones de esa lucha, podamos dar
fe de cómo y por qué sucedió, y qué nos
sucedió personal y colectivamente. No se
trata de crear demonios, ni dos demonios
como intentaron hacer creer los
militares y sus socios, sino de entender
cómo fue posible nuestra tragedia, cómo
fue posible tanta soledad, tanta
crueldad, tanta atomización, tanta
enfermedad social, como para no ver, y
contar con el consenso o el silencio,
cada vez que los secuestradores se
llevaban a alguien. “No pasa nada”,
“Algo habrán hecho”, se decía. Y aquí no
se trata de culpa, sino de posibilidad
de reflexionar sobre hechos que a todos
nos han cambiado. De nuestra historia y
nuestra memoria.
Y como no, de la cultura al margen del
poder. De la cultura en resistencia. De
otra cultura. Otra manera de hacer arte,
que liquide los viejos valores que
ampararon y amparan el crimen
organizado.
Cuando decidí narrar la historia de una
mujer desparecida, elegí no darle forma
testimonial y construí una novela
polifónica. El personaje es una ausente
que se reconstruye a través de la voz de
muchos personajes que la conocieron y
que dan su versión de los hechos. Es un
conjunto de voces, que hablan desde
diferentes ideologías y están cargadas
de diferentes valores. Podría haber
construido un relato monológico, pero
para mí era importante escuchar a la
sociedad que había vivido esa
experiencia, quince años después de que
sucediera. Ninguno de los personajes que
hablan de ella es un militante. Ella lo
era. Y en ningún caso quise situar al
personaje en el lugar de la víctima,
sino de alguien que creía en lo que
estaba haciendo, luchaba, y dudaba. El
personaje es una secuestrada por el
Operativo Cóndor. Tampoco quería hablar
del pasado como algo acabado, sino de la
lectura que hacen de la historia los que
la han sobrevivido. Necesitaba que la
actualidad se cruzara, y descongelara de
alguna manera esa historia, con sus
luces y sus sombras.
Porque el terrorismo de estado sigue
operando, basta mirar hacia Iraq, hacia
Palestina, hacia Afganistán, las
cárceles secretas, los traslados, la
tortura, los desaparecidos en Guantánamo
y los vuelos de los aviones de la CIA
cargados de prisioneros anónimos, que
sobrevuelan y aterrizan en el
democrático espacio aéreo europeo, con
el consenso y la complicidad de una
ciudadanía adormecida, no hacen más que
profundizar y repetir a escala
intercontinental aquel siniestro
Operativo Cóndor, que sigue funcionando,
que sigue estando activo, a escala
mundial. Hace poco tiempo, en
septiembre, el albañil de 72 años, Julio
López, testigo en un juicio contra uno
de los responsables de la masacre,
desapareció en Buenos Aires.
Por eso, porque la historia si existe, a
pesar de los grititos de los mercenarios
como Fukuyama, es necesario entender y
sobre todo relacionar los hechos.
Porque, después del triunfo de la
revolución cubana, que tuvo un impacto
enorme en la juventud de toda América
Latina —y que sigue siendo una luz para
nosotros desde los tiempos más oscuros—
los Estados Unidos deciden combatir la
revolución y cualquier intento de
liberación en el continente. Para eso,
dan refugio a la mafia anticubana,
potencian y financian enormes campañas
terroristas, arman y entrenan a
doscientos oficiales y más de dos mil
agentes cubanos, mercenarios, que envían
a América Latina, Asia y África. Ya en
esos momentos aparece el clan Bush
apoyando a las bandas neofascistas, y
la CIA, cuyo jefe es Jorge Bush padre,
organiza a grupos paramilitares para
atacar a Cuba, y para apoyar y financiar
a los siniestros regímenes dictatoriales
del Cono Sur. No podemos olvidar que en
los asesinatos de Prats, de Leigth y de
Letelier, participa el tristemente
celebre asesino Orlando Bosh, compañero
de Posada Carriles que ya estaba en la
CIA en 1961. Este equipo estrella
cubano, que tanto daño y dolor ha
causado a la revolución, trabajó también
en todas las operaciones del Cóndor, y
siguen operando, en el siniestro
triángulo de las armas, la droga y la
muerte. “Y son la mafia, los grupos de
terror, los que ha elegido al Bushecito,
porque tiene un tropismo especial para
atraer a los bandidos”, como nos decía
Fidel en el 2005. La Sociedad anónima
criminal internacional es todo un largo
tema, que cruza y vuelve a cruzar
nuestra historia, hasta ahora, cuando
empiezan a darse cuenta de que han
creado un monstruo, que ya es capaz
también de chantajear al imperio. Y aquí
se entiende cómo es posible que
encarcelen y condenen a cinco compañeros
cubanos, cuya tarea era denunciar a los
terroristas e informar al propio estado
americano sobre la forma de operar de
esta mafia terrorista de Miami.
El pueblo cubano conoce bien este tema,
ha sufrido durante 48 años los ataques
continuos del terrorismo imperial y el
atroz bloqueo. El imperialismo no les
perdona haber inaugurado y saber
mantener otra forma de vida, digna y
humana, y no perdona la paz, ni la
justicia. Por todos los medios, el
imperio ha tratado y trata de acabar con
el ejemplo de esta revolución, y no ha
escatimado dólares para comprar y
corromper a una masa de plañideras
seudo-intelectuales a lo largo y ancho
del mundo.
Y por eso es que, a veces, cuando me
preguntan por qué elijo estos temas para
escribir, no puedo contestar, y tal vez
tendría que decir que los temas nos
eligen. La historia personal, la
elección ética y estética, están
absolutamente enlazadas y son el punto
de partida. Se escribe siempre desde una
perspectiva. Conocer la historia o
desentendernos de ella es una elección
conciente. Solo en los sueños se produce
automáticamente, no en la creación
artística.
Es verdad que en mi país, la derrota se
ha vivido de muchas maneras, hay quienes
la han vivido como una batalla perdida,
que es momentánea, y continúan adelante.
Hay muchos que han renegado y han
regresado a su clase de origen. Otros,
se han suicidado de diversas maneras.
Son formas de estar en el mundo, de
soñar y desear, de vivir. Pero, no hay
lenguaje neutral. No hay narración
neutral, y el punto de vista es el
resultado de una práctica y de una
elección. Decía Brecht, que la forma es
el fondo que reaparece en superficie.
Son inseparables.
Y la lengua que hablo y me habla, no es
neutral, porque creo profundamente que
la neutralidad no existe, que no es
posible ser neutral desde un tren en
marcha, y la historia, la vida humana es
eso, un fabuloso y contradictorio tren
en marcha.
Entonces, al decir que no soy neutral y
que además debo ser capaz de transmitir
una experiencia, me sitúo de inmediato
en la coordenada histórica y social que
me determina, en la construcción de un
sujeto narrador histórico, en la
identidad narrativa que solo existe como
una identidad hacia el otro. Un narrador
que se pretende democrático, que no cree
en verdades absolutas, que ha nacido en
un país con una larga historia de
explotación colonial e imperial, que ha
tenido que exiliarse, que después ha
transformado el exilio en un largo
viaje, que ha vivido en contacto con
otras lenguas, que sigue interrogando
por las razones y los hechos, que nació
mucho después de la eclosión de los
lenguajes en el siglo XX y, por lo
tanto, ya tiene incorporado en el suyo
la teoría de la relatividad, el concepto
de lucha de clases, la teoría del
inconsciente, el ser en el tiempo, la
capacidad electiva, el antiimperialismo,
y como no, la urgencia de transformar lo
que la rodea, entre muchas otras cosas
que corresponden a su propio imaginario.
Y también, que escribe convencida de que
es la acción humana la que transforma y
ha transformado siempre la historia, y
las condiciones de vida de los hombres.
Creo que la escritura es una forma de
vencer a la muerte y afirmar la vida. El
arte en este sentido, es un modo de
habitar el mundo. Y la palabra cuestiona
e interroga, o bien acepta lo dado tal
cual es y lo reproduce.
En esta novela me refiero a esos años
trágicos, terribles, que pesarán en
nuestra historia para siempre. Con ellos
deberemos convivir, pensarlos,
narrarlos, transformar la pesadumbre en
inteligencia y en búsqueda de nuevas
alternativas. En la actualidad saltan a
la vista los resultados de esas
políticas que se implementaron desde los
años 70 hasta nuestros días, basta solo
mirar alrededor, cruzar el campo,
recorrer las ciudades, medir el desierto
de plástico que dejan los miles de
hambrientos que revuelven las basuras
para saber de qué se trató, y por qué
sucedió lo que sucedió. Es una ecuación
sencilla, casi escolar, y se puede
resumir así: el exterminio, el genocidio
se lleva a cabo para conseguir que muy
pocos se queden con todo y muchos sin
nada. Un fenómeno que sucede a escala
internacional y que fue nombrado hace
más de un siglo como “imperialismo”.
En la conquista de América, no solo se
catequizaba para mejor dominar, sino
para conseguir que la identidad de esas
lenguas y de esos pueblos desapareciera.
La cifra es espeluznante, 55 millones de
indios fueron exterminados entre 1492 y
1650. Pero la cifra no da cuenta de cada
mundo desaparecido, con cada ser
humano. La inquisición fue muy sabia y
para destruir y esclavizar, prohibió
terminantemente narrar, contar cuentos,
usar la lengua propia. Tener memoria. El
desafío se pagaba con la vida. La
narración, significa afirmación, y sobre
todo, capacidad de imaginar otro mundo
posible. Por eso, es importante
comprender que la conquista fue al mismo
tiempo que saqueo, piratería y
esclavitud, cristo y catolicismo, una
forma de acabar con la capacidad
imaginativa, con la memoria y la
identidad de todo un continente y por lo
tanto con la capacidad de resistencia.
No solo no lo lograron, sino que hoy
podemos celebrar el comienzo de otra
época, hija de la revolución cubana, en
casi toda América, la revolución del
siglo XXI, en la que se están dando
vuelta cinco siglos de opresión. Las
lenguas indígenas han sobrevivido, han
seguido contando y cantando, su voz está
ahí, en Venezuela, en Bolivia, en la
lucha de México, de Guatemala, de Perú,
en las calles de Argentina, que hoy por
fin empiezan a salir de la larga noche,
y se encuentran con otras voces, que han
resistido, y han crecido.
La lucha por la palabra nuestra ha sido
larga, Martí, Darío, Macedonio
Fernández, Vallejo, Arlt, Huidobro,
Scorza, Rulfo, Cortázar, Walsh,
Carpentier, Retamar, el Che, y tantos
otros, construyeron poco a poco otra
voz, independiente y capaz de sintetizar
la herencia cultural europea y darle
otra forma. Fueron encontrando la voz
mestiza de América, nuestra identidad,
nuestra propia lengua. Y se revirtió el
canon colonial impuesto por esa lengua,
en la que también leíamos a Marx, a
Lenin, a Mao, a Sartre, a Giap, a Ho, a
Fanon, a Einstein, a Freud, a Babel, a
Faulkner, y tantos otros que nos
marcaron.
La generación que trato de recuperar en
mi novela, aunque no se trata de
generaciones —no me gusta hablar de
generaciones, sino de posturas frente a
la vida—, recibe esa herencia, y con
todas sus contradicciones, fue
profundamente antimperialista. Yo estaba
en la escuela secundaria cuando mataron
al Che en Bolivia. Fue un golpe que nos
marcó profundamente, porque lo
esperábamos, lo seguíamos, lo leíamos
escondidos, porque tener un libro o un
cartel del Che estaba prohibido y se
penalizaba con cárcel. Recuerdo que al
día siguiente, y desde ese momento cada
8 de octubre, mientras pudimos, Tucumán
amanecía llena de estrellas de cinco
puntas en las paredes. Fue una larga
marcha en la búsqueda de la identidad, y
de la propia voz. La literatura y el
arte convivían con los movimientos de
liberación internacionales, los
intelectuales participaban activamente
en la polémica y en la lucha. No era
difícil en ese contexto, imaginar un
mundo diferente al que existía. La
revolución tan deseada, no se entendía
como un camino sacrificial, aunque fuera
difícil, sino como una afirmación del
nuestro derecho a la felicidad. A la
felicidad de todos. Y, la cuestión del
derecho a la felicidad sigue abierta. Me
refiero a la felicidad solo posible en
un mundo con igualdad y justicia para
todos. Nuestro quehacer cultural forma
parte de ese tejido, se trata de
indagar, interrogar, dudar de lo
recibido y de las normas, con belleza,
con emoción y con inteligencia. Con
libertad y sinceridad. Esa es la tarea
del artista.
En todo el mundo la política de saqueo
imperial implica también la destrucción
de la cultura. Ahora mismo en Iraq,
además de la guerra atroz, están
destruyendo a conciencia la milenaria
cultura iraquí. Bombardean bibliotecas,
universidades, colegios, asesinan a los
intelectuales, intentan borrar
literalmente su cultura. Una población
culta, y despierta, no es manejable.
La narración tiene un inmenso poder,
tanto que hoy en día es posible detectar
con toda claridad en los discursos
mediáticos, en las mentiras organizadas,
cómo se conduce, se confunde y se forma
el discurso, la opinión que permite
manejar a las grandes masas del planeta
y permite también que esas masas
confundidas, borrosas, ahistóricas,
consensúen guerras sangrientas, sea en
Iraq, en Afganistán, en Palestina, con
misiles que caen continuamente sobre la
población civil para seguir pirateando
el petróleo y extendiendo la muerte solo
en función de la acumulación de riqueza
para unos pocos. Ese 10% criminal, que
acumula el 90% de las riquezas de este
planeta al que están destruyendo.
O para devastar el África, y cerrar la
frontera de la blanca y satisfecha
Europa, hasta hacer del mar
Mediterráneo, tan hermosamente cantado
por los poetas, una enorme frontera de
muerte, una fosa común.
Me gusta la palabra pirata, creo que
explica bien ciertas conductas del
imperio. También me gusta la palabra
saqueo y suelo usarla en vez de hablar
de deuda externa. Saqueo y piratería son
un eje necesario para comprender nuestra
actualidad. Son casi un binomio
perfecto, que se completa con una
tercera, de la que nosotros sabemos
demasiado desgraciadamente y que es
impunidad, con sus dos soportes la
corrupción y la violencia...Noam Chomsky
se preguntaba si acaso no estaremos
frente a una especie, la nuestra, que
está destinada a ser la única especie
suicida, y se respondía sabiamente que
no, que es el poder el que evidencia
esa pulsión suicida. Y agrego que
también el poder, con su inmensa
maquinaria de muerte, hace evidente su
enorme idiotez, su falta de perspectiva
humana y por lo tanto histórica. Los
idiotas son generalmente crueles.
He escrito todo esto, que sin duda
apenas esboza nuestra historia para
poder decir sencillamente que no podemos
sino hablar desde nuestro propio lugar
en el tiempo. Construimos con los
ladrillos de nuestro tiempo grandes
jardines, hermosos palacios, futuros,
amores, largas avenidas, o terribles
sótanos, pero todos están habitados por
nuestras propias imágenes, en nuestro
tiempo histórico, como en la película
Solaris, de Tarkovski. Imaginar es
subversivo, imaginar es desear
profundamente otra forma de vida, que en
nuestra América, la del hambre de las
mayorías, es urgente.
Escribir, por eso, es una forma de
recuperar la memoria y de cuidar las
palabras, de reinventar y recrear el
mundo. Y claro, no puede sino ser una
tarea ética, comprometida.
Mi aproximación al tema de la historia
es el que tiene una contadora de
historias, una narradora, más allá de
los géneros que utilice, novela, cuento,
teatro o cine. Así, una vez aclarados
mis orígenes y mi postura en relación
con el arte, es fácil entender de que
manera me planteo la relación entre
historia y ficción: nada hay en el mundo
que sea neutro y que no forme parte del
lenguaje, nada hay tampoco fuera de la
voluntad, de la intencionalidad con que
nos aproximamos al lenguaje y a la vida,
porque la lengua es un fenómeno de
comunicación siempre relacionado con un
contexto, con unos valores de
interlocución definidos por los
protagonistas del diálogo, un sujeto
social que es resultado de un tiempo y
un transformador de ese tiempo, una
voluntad que se deja hablar y habla.
La novela, el relato, la narración
existen como lenguaje de un tiempo y son
a su vez narradas por ese tiempo. Lo
digo en un doble sentido, no solo porque
trabaja la actualidad o sobre la
actualidad, sino porque necesariamente
el autor escribe para lo que se ha
llamado el lector “ideal”, y para si
mismo, como persona en un tiempo
determinado, limitado, conformado por un
lenguaje y un conjunto de experiencias
vitales que son su actualidad, su estar
en el mundo.
Cuando me planteo el tema de la relación
ente la ficción y la historia,
inmediatamente aparece un tercer
término, absolutamente necesario:
memoria. Supongamos que esa palabra,
memoria, es el viento que trae el polen
necesario para que las relaciones
aparezcan. Al borrar la memoria, al no
permitir que los hechos se relacionen
históricamente, el pensamiento, y por lo
tanto toda posibilidad de acción
desaparecen. Un pueblo, una cultura, es
una memoria común. Y la memoria tiene
además, una cualidad específica,
afectiva, que nos permite relacionar
emotivamente el conocimiento y la vida,
e imaginar el futuro. Decía Benjamín
cuando hablaba del ángel de la historia,
que no solo nos nutrimos de nuestro
impulso hacia el futuro, sino que ese
futuro es posible porque no hemos
olvidado el dolor y la humillación de
las generaciones que nos precedieron. El
futuro no es posible sin el conocimiento
del presente y la memoria del pasado.
El silencio que el mercado impone es muy
significativo. Vender novela hoy implica
estar dentro de ciertas pautas
culturales, que son fácilmente
mesurables: debe divertir y evadir, se
vende un mundo agotado, aculturalizado,
global, donde la diferencia y la lucha
no existen, y el yo, desprendido de toda
postura crítica, se halla en un
subjetivismo decadente, y atomizado. Se
trata de divertir para no pensar, se
vende que el pensamiento es aburrido. No
producen libros, sino novedades y
productos.
El lenguaje es una construcción
plenamente social, es más, podríamos
decir que lo social, lo propiamente
humano es el lenguaje. Y como
construcción humana, el lenguaje define
toda una red de mecanismos que son los
que conforman lo que llamamos mundo. El
mundo habla a través de esos lenguajes y
yendo más allá todavía, somos hablados y
formados por un lenguaje. Nacemos y
vivimos dentro de un marco estructurado
como lenguaje. Hubo un lento tránsito
entre el discurso oral y el discurso
escritural, un cambio profundo que hoy
continúa, en lo que llamamos la sociedad
tecnológicamente desarrollada, la de la
eclosión de nuevos lenguajes. Y hubo, en
la historia del lenguaje, muchas
luchas, guerras invisibles por las
palabras, dominios y reinos
conquistados, lenguas colonizadas,
asesinadas, prohibidas. No hay ninguna
ingenuidad posible en la lengua.
Pensemos solamente en la cantidad de
palabras perdidas, de lenguas perdidas,
por la sumisión impuesta por la colonia
en América. Cuenta Levi Strauss que en
la palabra árbol hay un verdadero
cementerio de nombres, porque en las
lenguas indígenas de Brasil, no existía
el concepto genérico, sino miles de
nombres de especies que daban cuenta de
las diferencias especificas de cada una.
Henri James decía que la única razón de
existir de una novela o un relato es que
ciertamente intenta representar la vida,
el mismo intento que vemos en la tela
del pintor y concluía afirmando que así
como el cuadro es realidad, la novela,
el relato, es historia. Historia que
representa la vida y así como no se
espera que las figuras de un cuadro se
justifiquen aisladamente, sino como
totalidad, también en el relato, cuyo
elemento fundamental es el tiempo, los
personajes o el tema o lo que se llama
estilo, no se pueden justificar
aisladamente, ni ninguna de sus partes
tiene sentido por separado.
La construcción de la historia en el
tiempo preciso del relato, no tiene
límites, salvo uno y esencial: que sea
interesante, que nos transmita una
impresión personal, directa, de la vida,
intensa, y para que tenga intensidad
debe tener libertad a la hora de sentir
y de decir. Parece sencillo y sin
embargo es tal vez lo más difícil a la
hora de escribir.
Pero no hay fórmulas, la humanidad es
inmensa y la realidad tiene miles de
formas, como dice James, "La experiencia
no es jamás limitada, ni termina nunca:
es una inmensa sensibilidad, una especie
de enorme telaraña de finísimos hilos
sedosos suspendidos en la cámara de la
conciencia, que apresa en su tejido
todas la partículas llevadas por el
aire, en la atmósfera misma de la
mente". Y cuando la mente es imaginativa
pero sobre todo está atenta a lo que
sucede, incorpora las más mínimas
sugerencias de vida, convierte en
revelaciones hasta las pulsaciones
mismas del aire.
Pero no es tampoco suficiente decir
"escribe partiendo de la experiencia y
solo de la experiencia", porque la
experiencia no basta, no basta adivinar
lo oculto en lo visto, las impresiones,
las situaciones sino también y
esencialmente añadir "Trata de ser una
de esas personas que no pasan por alto
nada". No existen temas importantes o
poco importantes, sino la infinita
posibilidad de transformarlos a la hora
de construir un relato, porque ¿Qué
importancia puede tener por ejemplo que
tu padre te deje como herencia un
animal curioso que parece tener ojos de
gato pero que es un cordero si no se
transforma en cuento, que cuenta algo
esencial de lo humano?
La historia, el tema y el relato, la
idea y la forma, son la aguja y el
hilo, y vuelvo a citar a James cuando
dice "Y jamás he oído hablar a un gremio
de sastres que recomendara el hilo sin
la aguja ni de aguja sin hilo"…Por eso,
la única condición el único límite a la
hora de escribir una novela o un relato
es el de la sinceridad. Es decir, captar
y ser capaz de transmitir el tono y la
complejidad maravillosa de la vida
misma.
Y para ir terminando esta larga serie de
preguntas sobre la historia y la
ficción, creo que en cierta forma la
historia comparte con la literatura
algunas cosas que he ido nombrando:
siempre hay un punto de vista, no hay
neutralidad, formamos parte de un tejido
social y la tarea es desentrañarlo, y
desentrañar también la poesía y la
belleza de la vida. Si en algo se
diferencian historia y literatura es
porque en la literatura está permitido,
y es necesario mentir ―en el mejor de
los sentidos―, inventar el personaje,
el espacio, el tiempo, y no hay límites
ni imposiciones en relación al dato
proveniente de lo que llamamos realidad.
La novela en este sentido es un género
amplio, enorme, donde todos los géneros
parecen tener cabida. Pero, como a la
historia, no le está permitido ocultar
ni olvidar, sino suturar, relacionar
los hechos y permitir comprender nuestra
vida en esta tierra, hacerla mejor, y
ojala que más luminosa, más humana. Es
lenguaje en construcción, identidad en
construcción.
Por eso, pienso siempre que algo hay en
la memoria de rescate y de filtro, de
antídoto contra la muerte, porque en el
fondo, escribir, pintar, cantar o
caminar atentamente son formas de
afirmar la vida y de vencer el temor a
la muerte, a la decadencia, y el
silencio.
Quisiera terminar con texto que escribió
Rodolfo Walsh, un gran escritor
asesinado por la dictadura:
“Nuestras clases dominantes han
procurado siempre que los trabajadores
no tengan historia, no tengan doctrina,
no tengan héroes ni mártires. Cada lucha
debe empezar de nuevo, separada de los
hechos anteriores: la experiencia
colectiva se pierde, las lecciones se
olvidan. La historia aparece así como
propiedad privada, cuyos dueños son los
dueños de todas las otras cosas.”
Texto de presentación de
mi novela Un hilo rojo, en la
Feria del Libro de La Habana, 2007. |