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Lilia
Ferreyra no es una historiadora. Habla
desde la memoria. No ha estudiado a
Rodolfo Walsh. Tuvo otro privilegio:
vivió a su lado. Conversar con ella es
desandar con una guía de lujo los pasos
letrados y terrestres de un periodista,
un escritor, un militante, un hombre que
se atrevió a hablar cuando la palabra
permanecía ahogada en sangre, silenciada
contra una pared cualquiera en
Argentina. Mirar sus ojos claros
escondidos tras unas gafas comunes es
vibrar, estremecerse, sentir que están
de más los grandes sueños cuando puede
hacerse algo bueno todos los días, amar
la vida y tener la vida para poder amar.
¿Por qué Rodolfo pensaba que ser
escritor era un oficio violento?
Esa es una definición que él da en el
año 1965. Había regresado de La Habana,
donde trabajó dos años en la agencia
Prensa Latina. Ya en Argentina, desde
fines de 1961, se dedica
fundamentalmente a la escritura de su
obra literaria de ficción. Él
consideraba que era el violento oficio
de escribir porque, a su juicio, la
literatura era un avance laborioso a
través de la propia estupidez. Esa
violencia del escritor era también una
violencia interna, íntima, para resolver
sus propias perplejidades, y por otro
lado, desde su concepción, la escritura,
sobre todo a partir de sus
investigaciones periodísticas,
interpelaba a la realidad y podía de
algún modo modificarla. Él consideraba
el oficio de escritor no un oficio
pasivo, sino profundamente revulsivo de
la propia persona y de su obra literaria
en relación con el mundo exterior.
Cuando la muerte dejó de ser algo ajeno,
¿se sentía Rodolfo presionado por el
tiempo a la hora de la creación?
No se sentía presionado. Más bien estaba
plenamente consciente de que esa
posibilidad podía ser próxima. En los
últimos tiempos hizo un regreso a la
escritura, un regreso a su oficio de
escritor tanto en el plano de la ficción
como en el plano del testimonio. Si bien
la militancia y la clandestinidad
hicieron que la literatura se tuviera
que correr o que postergar, en los
últimos meses él organiza todo lo que
había estado escribiendo sin concluirlo
como una obra precisa. Tenía varios
cuentos en elaboración, relatos
autobiográficos y reflexiones sobre su
propia relación con la literatura, con
la política y con la dimensión afectiva
de su existencia.
Muchos consideran que en 1957 ―ocho años
antes de que apareciera A sangre fría,
de Truman Capote―, Rodolfo Walsh llevó a
su apogeo al relato testimonial (o no
ficcional) con Operación Masacre,
investigación periodística que puede
leerse como una de las grandes novelas
argentinas. ¿Qué elementos usted
reconoce en esa obra bisagra en la vida
de Walsh que confirman tal criterio?
Esto
que comentan está absolutamente
reconocido por críticos literarios,
lectores, políticos e historiadores en
Argentina. Operación Masacre no
es un antecedente de A sangre fría,
sino que se le anticipa, porque es la
investigación en la que no solo se busca
descubrir, revelar o encontrar a los
culpables. Es también una manera de
concebir la literatura testimonial o de
denuncia de modo que los personajes sean
el eje central del relato. Es decir, no
solo la denuncia del hecho del crimen,
sino quiénes eran los sujetos de esa
historia. Por tal razón, ese libro
impactó y sigue impactando generación
tras generación. Revela un momento de la
historia argentina, un crimen político,
pero también da a conocer las historias
de vida de los militantes peronistas de
esa época.
Dijo Walsh: "Mi relación con la
literatura se da en dos etapas: de
sobrevaloración y mitificación hasta
1967, cuando ya tengo publicados dos
libros de cuentos y empezada una novela;
de desvalorización y paulatino rechazo a
partir de 1968, cuando la tarea política
se vuelve una alternativa... La
desvalorización de la literatura tenía
elementos sumamente positivos: no era
posible seguir escribiendo obras
altamente refinadas que únicamente podía
consumir la intelligentzia burguesa,
cuando el país empezaba a sacudirse por
todas partes". ¿Cree, como aseguran
algunos, que Rodolfo abandonó la
literatura para dedicarse al periodismo,
o que más bien, nunca dejó de hacer
literatura?
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Nunca dejó de hacer literatura, pero
partiendo de una concepción de la misma
que abarca también al periodismo, al
testimonio, no solo a la literatura de
ficción, sino también a la de no
ficción. En ese sentido, su compromiso
militante se asentó en su oficio de
escritor y periodista porque a partir
del año 68 él empieza a integrarse a
proyectos políticos de liberación de
nuestro país con la creación del
periódico CGT de los argentinos.
La calidad de su escritura hacía que una
nota periodística de Rodolfo también
tuviera valor literario. La escritura es
algo que está en la esencia de Rodolfo
como hombre, como militante y como
intelectual.
¿De qué manera usted era cómplice de su
escritura?
Mi mayor complicidad era mi oído, porque
Rodolfo confiaba mucho en mi sentido
rítmico de la oración, de la frase, y en
la carga emocional. De algún modo, en su
escritura, yo cumplía un rol como de
armonía o de equilibrio si había un
exceso de adjetivación o si al leer una
frase quedaba renga desde el punto de
vista rítmico. Siempre que Rodolfo leía
o escribía algo, me tenía que sentar a
escuchar esa pieza. Sobre todo, se dio
en la escritura de la Carta a la
Junta Militar, la cual fue pulida
línea a línea, y también en su último
cuento “Juan se iba por el río” y en
otros cuentos perdidos que Rodolfo me
leía. Como yo intervenía desde mi oído
en su escritura puedo recordar y están
en mi memoria algunos párrafos y algún
hilo narrativo de esos cuentos que
robaron de nuestra casita en San Vicente
después de su muerte.
García Márquez calificó la Carta de
un escritor a la Junta Militar como
una obra maestra del periodismo
universal.
¿Cómo
la valora a la luz de estos tiempos?
La valoro y es reconocida por muchas
personas en Argentina y en muchos otros
lugares como el testimonio más lúcido y
revelador de esa etapa de la historia de
nuestro país. Y es el testimonio más
lúcido y revelador no solo por la
denuncia de las violaciones de los
Derechos Humanos, la denuncia de la
magnitud del terror. Rodolfo consideraba
que podía resultar contraproducente la
denuncia del terror sin la explicación
de por qué este se instala. Esa
comprensión de por qué se instala el
terror es lo que deja de lado que
aquellos actos aberrantes fuesen
producto de demonios o de gente maligna
salida del infierno. No. Eran producto
de una concepción política profundamente
reaccionaria, antipopular, que intentaba
preservar los privilegios de una clase
dominante. Por eso, la Carta no
es solo la denuncia, sino también esa
reflexión estratégica para explicar por
qué se implementó ese terror. Esto se
condensa en el párrafo donde dice que
las peores violaciones de los Derechos
Humanos “que ustedes han cometido”
―porque es una carta que interpela,
dirigida a la Junta Militar― no son, sin
embargo, esos crímenes, sino que en la
política económica de ese gobierno es
donde debe verse la peor violación que
es aquella que condena a la miseria
planificada a millones de personas. Ese
párrafo es la esencia, sintetiza lo que
él quería expresar. Rodolfo puso mucho
énfasis en lograr ese tono estratégico
en que está escrita la Carta...
El documento fue pulido, desde el punto
de vista de la escritura, palabra a
palabra, párrafo a párrafo. Para
encontrar ese tono, además, él recitaba
en la casita donde vivíamos versos de
La Eneida en latín, y de las
invectivas latinas como las de Cicerón,
de los grandes oradores latinos que
construyen el ritmo de su oratoria sobre
la base a tres cláusulas. Y en la
Carta… esas tres cláusulas, esas
tres oraciones son cómo lanzar una
piedra en el agua: la primera hace un
círculo, la segunda amplia ese círculo y
la tercera... Le da un ritmo que
fortalece la eficacia de la palabra. El
final de la Carta… también tiene
esta estructura: “… sin esperanza de ser
escuchado, con la certeza de ser
perseguido, pero fiel al compromiso que
asumí hace mucho tiempo de dar
testimonio en momentos difíciles”. Esto
tiene un ritmo, tiene un énfasis, le da
mayor profundidad al sentido de la
palabra.
¿Qué quería decir exactamente Walsh
cuando hablaba de oficios terrestres?
Los oficios terrestres
es el título de su libro de cuentos y
también es el título de uno de sus
cuentos. Es una reafirmación de Rodolfo
como intelectual al valorar todos los
oficios terrestres, porque los oficios
de los hombres y las mujeres expresan la
forma en que viven, la forma en que
piensan, las expectativas ante su
futuro. Él siempre reivindicó mucho la
vida popular, la vida de la gente que no
era intelectual.
¿Qué podría relatarnos de aquella época
en que usted era archivista en el diario
argentino La Opinión y coincidió
con personalidades como Juan Gelman y
Paco Urondo?
Esa
época fue como una primavera dentro de
un proceso histórico político, porque
ese diario surgió cuando en Argentina
gobernaba una dictadura militar que ya
estaba muy desgastada. Se abrió la
posibilidad de que apareciese un
periódico que tuviese en su plantel de
redactores a compañeros de esa calidad.
Sin embargo, Rodolfo nunca quiso entrar
a trabajar en La Opinión porque
siempre le tuvo desconfianza al
director, Jacobo Timerman, que luego fue
secuestrado y torturado por la otra
dictadura militar.
En un país en el que existía el delito
de opinión, la Agencia de Noticias
Clandestina (ANCLA) fundada por Walsh,
buscaba burlar el cerco informativo.
¿Cómo lo conseguía?
ANCLA era la agencia de noticias
clandestina de una organización de
Montoneros. Las fuentes de información
eran los periodistas que trabajaban en
los medios formales, digamos oficiales
(aunque no oficiales del gobierno, sino
públicos) y tenían acceso a información
que por las condiciones de la censura no
podían publicar en sus diarios. Entonces
nos la pasaban a nosotros. La
procesábamos como despacho de agencia y
se distribuía de distintas maneras. El
correo fue un gran distribuidor y
después se sumaron algunas agencias de
noticias extranjeras que no podían
publicar en Argentina, pero sí en el
exterior. De ahí venía el rebote de esas
noticias desde medios públicos de otros
países. No obstante, la fuente de
información fundamental provenía de
compañeros, algunos no encuadrados en la
organización, pero que querían colaborar
con la tarea de militante que nosotros
hacíamos.
Usted reveló que entre las cosas que
quería Rodolfo estaban “la revelación de
lo escondido” y “la esperanza
insobornable”. ¿Qué otros deseos enumeró
su esposo en su diario?
La furia fría. Esto define también la
personalidad de Rodolfo, un hombre muy
austero, muy medido, muy sobrio, pero
que podía enfurecerse, sentir la
indignación moral ante determinadas
situaciones de injusticia. Pero esa
indignación siempre la canalizaba a
través de la reflexión, por eso era la
furia fría, es decir, la posibilidad de
que la furia no ofuscara la manera de
comprender y razonar lo que la motivaba.
La furia fría describe la actitud de
Rodolfo ante la injusticia.
¿Qué recuerdos la asaltaron cuando supo
que Martín Grass también había leído los
textos inéditos de su esposo?
Esa fue una noche muy intensa en Madrid.
Les contaba que yo era el oído de
Rodolfo y tenía ese cuento en mi cabeza,
en mi memoria. Cuando me encuentro con
Martín Grass, sobreviviente de la época,
nos ponemos a hablar. Él había visto el
cuerpo de Rodolfo acribillado. Pero
también había visto papeles suyos.
Entonces yo enseguida le pregunto: “¿Y
no te acordás del cuento que era de esto
y lo otro?”. Medio no se acordaba.
Comienzo a decirle textual el comienzo
de ese cuento.
“Juan
Antonio lo llamó su madre. Duda era su
apellido. Su mejor amigo, Ansina, y su
mujer, Teresa.” Él se acordó y entre los
dos reconstruimos. Fue una sensación muy
extraña. Sentí que el último cuento
pasado en limpio de Rodolfo tenía solo
dos lectores: él y yo. Aunque también me
pregunté si alguno de los mismos
represores, alguno de los asesinos de
Rodolfo, no lo había leído también. Pero
eso nunca lo sabremos.
¿A
qué le temía Rodolfo Walsh?
A caer vivo. Él estaba totalmente
dispuesto a no caer vivo porque sabía
que con él se iban a ensañar y a partir
de su compromiso político, comprendía el
riesgo de su propia muerte. Siempre
pensó en mantener la dignidad hasta el
último instante. Si él caía vivo lo iban
a despedazar, y antes que lo humillaran,
lo destrozaran... Por eso llevaba esa
pistolita de calibre 22 que me había
regalado en el año ’74 por mi
cumpleaños. Ese cargador tenía una o dos
balas, que en caso de no poder escapar
de sus captores, estaban destinadas a
quitarle la vida para vivir. Pero no era
un suicida. No era un suicida.
De haber tenido la posibilidad, ¿cree
que hubiese accedido a
exiliarse?
Sí,
lo habíamos pensado, pero él rechazaba
esa posibilidad porque creía que
podíamos llegar a sortear y perdernos en
el interior del país. Se sentía muy
comprometido por la situación, y además,
en ese momento, todos sus esfuerzos
estaban puestos en tratar de salvar a la
mayor cantidad de compañeros porque él
consideraba que la derrota era
irreversible y la política de la Junta
Militar, de aniquilamiento. Él cae
precisamente por salvar y proteger a una
compañera con sus dos hijitos, porque
esa cita era para arreglar que ella con
sus dos niños viniesen a vivir con
nosotros. Pero sí, lo pensamos. Me dijo:
“Si tenemos que salir del país, nos
vamos a La Habana, es nuestra casa, es
el justo lugar de la dignidad, porque
ahí vamos a poder seguir peleando contra
estos yanquis hijos de puta.”
¿Cómo podían ustedes ser felices
viviendo bajo la constante amenaza de la
muerte?
Porque cuando se comprende por qué
existe ese riesgo, ese riesgo empieza a
formar parte de la vida cotidiana. Por
supuesto, teníamos miedo, pero un miedo
distinto al que se siente, por ejemplo,
cuando viene un ciclón o vas en un avión
y este se viene abajo. Nosotros éramos
conscientes del riesgo que corríamos y
ser conscientes significa aceptar el
riesgo. Teníamos miedo, pero no
estábamos paralizados de terror, y de
todas maneras, siempre había un lugar
para ser felices. En el cuento de
Rodolfo, “Un oscuro día de justicia”,
hay una frase de dos líneas que
dice: “La felicidad tan buena mientras
dura, como el pan, el vino y el amor”.
Lilia, ¿y cómo veían la muerte ustedes,
sobre todo cuando comenzó a llevarse a
los más cercanos?
Profundísimo dolor. Después de la muerte
de nuestro querido amigo Paco Urondo y
de la muerte de la hija queridísima que
fue para mí una de mis mejores amigas,
Vicky, ese intenso dolor solo podía
soportarse profundizando aún más el
compromiso político y la responsabilidad
de poder encontrar una salida. La muerte
era una posibilidad. La comprensión de
por qué podía ocurrir era lo que hacía
que pudiera incorporarse a la vida
cotidiana.
Dicen que el humor corrosivo de Walsh
era producto de una inteligencia
implacable y la cobertura pudorosa de un
espíritu delicado y sensible. ¿Usted,
cuál es la imagen que de él prefiere
cuando hace oficio de remembranza?
Ahí hay dos imágenes: una es el humor
corrosivo y la otra, el espíritu
delicado y sensible. Pero el humor y el
espíritu no estaban escindidos en él.
Era delicado para el humor, aunque en
determinado momento pudiera ser
corrosivo, pero si era corrosivo era
porque consideraba que con quien estaba
hablando era un imbécil. Siempre me
pareció magnífico de él la capacidad de
escuchar al otro y si estaba totalmente
en desacuerdo con lo que el otro decía,
lo discutía, pero si llegaba a
convertirse en imbecilidad, se callaba y
se iba. Entraba en la polémica cuando la
polémica valía la pena, pero si era una
discusión de vanidades, de quién tenía
razón, no se interesaba por esas cosas.
No perdía el tiempo.
¿Qué le contaba Rodolfo de aquella etapa
de su vida en Cuba, cuando descubrió
sus condiciones de criptógrafo? García
Márquez revela que fue él quien, tras
noches de insomnio, descifró que EE. UU.
gestaba una invasión armada a Cuba.
Rodolfo era muy austero para hablar de
las cosas que él había hecho. Cuando nos
conocimos, no fue de forma inmediata que
supe que había vivido en La Habana. No
se presentaba hablando de él mismo. Él
escuchaba al otro. Le interesaba el
otro. Y después, si surgía, hablaba de
él. Jamás hablaba desde el yo, desde el
“yo hice”, “yo dije”, sino que le
preguntaba al otro “¿quién sos vos?”,
“¿qué tú crees?”, “¿qué pensás?” Pero
de esa época, le había quedado como un
fastidio consigo mismo, porque cuando él
consigue descifrar las claves de
Guatemala, llevado, ahí sí por la
vanidad del oficio del periodista, lo
publica en una revista de Buenos Aires.
Años después me decía que eso había sido
un error. Se sentía muy molesto con él
mismo porque develarlo era lo más
contraproducente desde el punto de vista
de una inteligencia militar. Si vos
conseguiste interceptar comunicaciones
del enemigo y conseguiste cifrarlas, te
quedas con esa información, pero no vas
diciendo “hicimos esto”, “desciframos
esto”, porque obviamente, los otros van
a cambiar las claves, van a modificar su
sistema de comunicación. Eso a él le
había quedado como un gran error.
¿Qué recuerdos le trae Cuba, La Habana,
un pedazo de mundo tan cercano a
Rodolfo?
Cuando llego a La Habana es como volver
a casa. Desde cómo hablan ustedes, desde
el caminar por las calles de La Habana,
desde ver el Malecón: todo. Hay algo
entrañable, profundamente afectivo, que
está tan cruzado y que tuvo tanto peso
en las decisiones de nuestra vida que
cada vez que vengo a La Habana, me
emociono. No puedo evitarlo.
Cuando supo que habían sido detenidos
los culpables de la detención y el
asesinato de Walsh, ¿qué experimentó?
La
lentitud de los procesos históricos,
pero que si se mantiene esa insobornable
esperanza que quería Rodolfo, si se
mantiene la furia fría, las convicciones
para actuar con inteligencia y astucia y
esperar que exista el momento propicio
desde el punto de vista político en
Argentina, puede llegarse a un juicio.
Esto fue un largo proceso, a lo largo de
todas estas décadas, de intentos por
juzgar, pero las relaciones de fuerza,
desde el punto de vista político todavía
no daban como para ponerlos en el
banquillo de los acusados. En este
momento, tenemos un gobierno que tomó la
lucha histórica de los organismos de
Derechos Humanos, de las madres, de la
lucha contra la impunidad como una
política de estado. Hoy hay un escenario
que permite puedan ser juzgados.
Miguel Bonasso escribe en su libro
Diario de un clandestino que el
diálogo del sobreviviente será siempre
un diálogo de culpa con los compañeros
desaparecidos. ¿A usted le sucede lo
mismo?
No.
Sucede que Miguel se refiere a los
sobrevivientes de los Centros
Clandestinos de Detención, no a los
sobrevivientes de la etapa histórica.
Los sobrevivientes de los centros que te
mencionaba, una vez terminada la
dictadura, fueron mirados con recelo por
compañeros que también habían
sobrevivido. El tiempo demostró que
tuvieron la resistencia, que la opción
entre la vida y la muerte no la tenía el
prisionero. Quién vivía o moría era una
decisión de los represores. Pero pasó
cierto tiempo para que esto se
reconociese. Ya está demostrado
plenamente que son los testimonios de
estos compañeros los que permiten armar
las pruebas para juzgar a los
responsables de los crímenes de lesa
humanidad.
¿Qué siente cuando contempla las
constelaciones de estrellas?
He vuelto al Delta argentino, he
alquilado una casita con una pareja
amiga y a la noche, algunas veces,
levanto la cabeza y miro ese cielo bajo
el cual estuve con Rodolfo mirando las
constelaciones.
¿Cómo continúan sus diálogos íntimos con
él?
A veces nos peleamos. Hay un diálogo
interno en la memoria, pero yo soy
consciente, que desde la responsabilidad
como militante que fui en su momento, no
puedo quedar clavada en el pasado, que
hay un presente y nuestra obligación
moral en todo caso es seguir peleando
por un futuro de justicia.
Cuando comparte su memoria para celebrar
la vida...
Como ustedes habrán visto, me emociono,
porque la memoria es imágenes,
sensaciones, olores, palabras, voces, y
cuando yo vuelvo sobre todo esto, aunque
hayan pasado treinta años, dentro de mí,
vuelvo a sentir la voz de Rodolfo, la
risa, el enojo, la escena, y se revive
la alegría, pero también se revive el
dolor de la pérdida. |