Año V
La Habana

10-16 de FEBRERO
de 2007

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Prólogo a Bufa subversiva

Fernando Martínez Heredia • La Habana

 


 

1. Raúl Roa y su obra, antes del tiempo del Canciller

Este libro es uno de los hitos intelectuales del proceso histórico cubano del siglo XX. Cuando el habanero Raúl Roa lo publicó, a los 28 años de edad, ya se había destacado como estudiante de izquierda en las resistencias, luchas y otros eventos políticos y sociales de los últimos cinco años –lo que después la Historia llamará la Revolución del 30--, y también era reconocido como intelectual. Aquel año 1935 era el peor posible cuando termina una revolución: era un año de derrota. Eso puede advertirse desde las primeras líneas, y sin embargo, Bufa subversiva es un libro de combate y un recuento dirigido hacia el futuro.

El autor no sabía entonces que viviría casi medio siglo más, siempre fiel a los ideales de aquella primera etapa suya, ni que una nueva generación haría una insurrección triunfante 23 años después, lo llamaría a servirla, y él se convertiría en uno de sus protagonistas. Pero aunque vivió más de veinte años dentro del poder revolucionario, nunca intentó publicar de nuevo este libro que le era entrañable.1 Como tantos militantes que son intelectuales, Roa aclaró una y otra vez que sus escritos eran hijos de sus actividades y sus concepciones políticas, y que estaban signados por la urgencia y por el objetivo de servir a la causa. Esas aclaraciones, que se mueven entre la disculpa y el orgullo, no son retóricas, pero a menudo resultan insuficientes. Existe un diálogo, pero a la vez una tensión –que muchas veces llega a ser angustiosa, o conflictiva— entre las creaciones o los deberes del intelectual y las exigencias, coyunturales o estratégicas, de la organización o el orden social con los que ese intelectual se ha comprometido. Esa tensión procede de las necesidades, ideas, creencias y prejuicios de estas organizaciones, y también de esos mismos rasgos, como están presentes en cada militante intelectual. Su interacción conforma las complejas historias de las ideas en cuanto a sus relaciones con los procesos políticos.

No me cansaré de reiterar, sin embargo, el carácter específico y la radical novedad que debe tener la política revolucionaria anticapitalista en cuanto a la actividad intelectual, para lograr realmente propiciar y convertir en realidad el gran cambio social y humano que pretende. Está obligada a elaborar una propuesta cultural superior a la de la dominación, además de diferente y opuesta, es decir, darle sentido y horizonte a los esfuerzos y los sacrificios, multiplicar las capacidades del pueblo y darle cabida y ser el motivador principal de la riqueza y la diversidad de la creatividad y de los hechos de las subjetividades, superar la pertenencia a élites del trabajo intelectual y las trampas terribles o sutiles que le pone su propio desarrollo, y superar a la vez las formas de dominación que generan la persistencia del mundo del trabajo y las propias estructuras del poder socialista. Debe saber prefigurar y proponer como objetivos sociales la libertad, la solidaridad y las realizaciones de los individuos asociados, a grados que no se pueden lograr todavía en las difíciles y limitadas condiciones de vida y de actividad de las sociedades en transición socialista, aprovechando las cualidades que posee la actividad intelectual cuando se libera de la tutela capitalista. Esa política revolucionaria debe consistir, en realidad, en una prolongada lucha cultural, que combine intencionalidad y creaciones, unidad y disimilitudes, poder popular y control popular, planeación e invención, militancia y libertad.

Por esto quiero comenzar con un elogio del militante Raúl Roa García, el intelectual que fue siempre dueño de una humildad sincera, a pesar de la vida que le tocó vivir en los años de la Segunda República2. Pensador social y ensayista sumamente culto y de intelecto brillante, asumió muy temprano una concepción revolucionaria de la cultura, mientras en su país se implantaba una dictadura; el joven estudiante dio el paso decisivo de pasar a la acción y supo arrostrar los riesgos de su elección, en una contienda abierta desde una militancia política comunista. Se distinguió por su actuación en la Revolución del 30, a la vez que escribió cientos de páginas al pie de los sucesos. Después, durante el largo interregno en que los ideales del 30 parecían suspendidos en otras esferas o abandonados, Roa fue un ejemplo de profesor y de activo universitario, de virtud ciudadana y de escritor profundo, chispeante y feraz, que cultivó las ciencias sociales y la filosofía, se expresó mediante el ensayo, la docencia y el periodismo, y actuó como un destacado promotor cultural. No militó en ningún partido político en esta segunda época –aunque fue Director de Cultura del Ministerio de Educación en 1949-1951--, pero pensó, divulgó y polemizó con gran consecuencia, en defensa de los ideales de la justicia social, la soberanía nacional y el protagonismo del pueblo humilde. Fue un intelectual sobresaliente entre aquellos de ideas marxistas y socialistas que eran independientes respecto al movimiento comunista durante la Segunda República, un grupo que espera todavía un reconocimiento como tal en la historia de nuestras ideas.
 

En la tercera etapa de su vida el canciller Roa, dirigente político famoso en la revolución socialista de liberación nacional –y el Roa postrero, vicepresidente de la Asamblea Nacional—se abstuvo de brindar públicamente una parte de sus conocimientos y sus criterios, de aportarlos al debate de las ideas con la fuerza de su talento, su prestigio y sus experiencias. Esa abstención constituyó una actitud realmente militante, y fue una contribución suya a la unidad política y los intereses estratégicos del proceso de liberación del que tanta conciencia tenía.

En los libros Retorno a la alborada, Escaramuza en las vísperas y La Revolución del 30 se fue a bolina, y en otras publicaciones posteriores a 1959, Roa reprodujo gran parte de los textos que había publicado en Bufa subversiva, y también de los trabajos suyos que había recogido en tres libros sucesivos, 15 años después (1950), Viento sur (1953) y En pie (1959)3. Bufa subversiva fue la obra del militante de un criterio político, “el libro de una generación destinada históricamente a la lucha”. Los dos siguientes se reclaman “gemelos en su estructura y espíritu” del primero, pero en 15 años después aclara que el autor es sólo “un sobreviviente de aquella generación, que aún sigue porfiando a su manera por los ideales de antaño.” Plasma en él una defensa analítica y de gran vigor emotivo de la Revolución del 30 –una tarea fundamental de rescate de la memoria de las luchas populares, que era imprescindible en aquella coyuntura--, pero hace un recuento y un balance, y resalta “el dramático contraste entre lo que se quiso y lo que se ha logrado”, de “lo que pudo haber sido y no fue”. Roa invoca no obstante la conciencia que ha ganado el pueblo cubano, e incita a reanudar la obra y “proseguir la batalla”.4 El prólogo de Viento sur testimonia, en dos páginas desgarradas, la angustia del autor ante un mundo sucio, de opresiones e injusticias, y su diagnóstico retador: “Sopla hoy el viento sur en el mundo y no cabe otra alternativa que la coyunda o la rebelión.”5

Los libros de 1950 y 1953 coleccionan 172 trabajos en mil cien páginas, y otros 152 –en promedio más breves-- el de 1959. El conjunto constituye un extraordinario venero de asuntos, ideas, recuentos, juicios, acerca del ámbito cubano e internacional, donde se examinan eventos, personajes, teorías, procesos históricos o del pensamiento. Son textos orgánicos en su extrema diversidad, por la concepción y la posición asumidas por el autor, y por la unidad de estilo que se percibe a través de los disímiles géneros reunidos: periodismo del día, conferencias, artículos de fondo y ensayos, crónicas, evocaciones. Integra también un fresco impresionante de los temas de Cuba, América Latina y el mundo en el segundo tercio del siglo XX.

En pie es como un gozne de esta larga etapa de la obra de Raúl Roa, porque aunque contiene una colección de trabajos de 1953-1958, el autor lo sitúa en el nuevo escenario –“viento de alborada”, le llama-- y afirma su entrega personal a la revolución que avanza: “Cuba ha retornado al futuro y se enrumba hacia la estrella de su destino”, comienza el breve prólogo. El sobreviviente declara que “ese mañana que soñamos y quisimos es ahora carne viva de historia”, funde “en la presencia creadora de Fidel Castro la ausencia radiante” de Trejo, Barceló, Guiteras, Pablo, Martí, Agramonte y Maceo, y caracteriza en un largo párrafo a la nueva revolución. Hija “de las entrañas mismas del pueblo cubano, que la alumbró, sustenta y defiende”, con solera y problemática idénticos a los demás pueblos subdesarrollados de los tres continentes, y preñada de un genérico sentido humano: “es, en pareja medida, cubana, americana, afroasiática y universal”. Su humanismo “es una posición de conciencia frente a concepciones que supeditan, deforman o aniquilan la personalidad humana”. “Es la revolución que demandan los tiempos”. Roa afirma que esta obra, como las tres anteriores, es afirmativa, beligerante y abierta, y que “recoge y difunde un pensamiento y una actitud que, en esencia, responden a los ideales políticos, económicos, sociales y culturales de mi mocedad”. En lo personal, se enorgullece de la oportunidad de poder servir a esta revolución “desde el puente de mando”, y –ahora sí-- proclama su certeza de que nunca se sentirá viejo. Y define otra dimensión de la postura que ha asumido: “Importa más ahora hacer historia que evocarla”6.

Este bosquejo muy parcial del recorrido intelectual y cívico del Raúl Roa previo a sus años de combate y gloria como canciller de la revolución me permite situar a Bufa subversiva y a su autor en un ámbito específico de la trayectoria y la biografía intelectual de este –las dos etapas previas a 1959--, y postular un primer argumento: aunque es decisiva la continuidad en su obra de aquel largo período –y Roa la defienda, con toda procedencia dadas las circunstancias que vivía-- Bufa tiene objetivos, rasgos y un tipo de organicidad diferentes a los que portan los libros sucesivos mencionados. Su ausencia como libro reeditado posee entonces su propia entidad. El Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau vuelve a publicarlo hoy, dentro de un programa editorial que a mi juicio es admirable como servicio a necesidades inaplazables de la cultura cubana. A setenta años de la primera y única edición, sale para el público cubano Bufa subversiva, tan desafiante desde su título mismo. Sería no entender al autor –ni a la generación y la revolución a las que el libro representa-- reducir esta reaparición a la ocasión del próximo centenario del nacimiento de Raúl Roa. Esta obra tiene tareas en las cuales participar, como todo lo que es trascendente.

2. Roa y los caminos de la izquierda en la Revolución del 30

En la famosa entrevista concedida a Ambrosio Fornet en 1968, Roa narra sus recuerdos de niñez y juventud. Hijo de un hogar de posición desahogada, Raúl adquirió una sólida cultura libresca desde muy joven, y pronto se acercó al socialismo. El jovencito admirador de Julio Antonio Mella pasó del bachillerato en los Maristas a la Universidad de La Habana, mientras Cuba pasaba de un régimen muy corrompido pero más respetuoso de las libertades burguesas, bajo el presidente Alfredo Zayas (1921-1925), al del General Gerardo Machado Morales. Autoritarismo y “regeneración”, control azucarero y diversificación industrial fueron sus primeras banderas, pero enseguida mostró sus garras y sus designios. Durante 1927 fueron “prorrogados” los poderes del Ejecutivo y el Legislativo, por seis años más que los cuatro para los que habían sido electos, y una coalición política “cooperativista” liquidó el bipartidismo liberal-conservador; a la vez, el régimen reforzó sus lazos con el imperialismo y su subordinación a él. Al implantar con tal descaro una dictadura abierta, la dominación burguesa neocolonial se deslegitimó ante el pueblo, por subestimar el valor hegemónico de su propio sistema democrático, y eso le acarreó funestos efectos7. No es este el lugar para hacer análisis más totalizadores del proceso histórico del período, ni ensayar una narración de los hechos de 1927-1935. Baste decir que la extrema diversidad de la vida pública se condensó en disyuntivas, y las actitudes de los individuos y los grupos confrontaron duros retos.

Raúl Roa, alumno de primer año de Derecho, participa en las acciones estudiantiles desde el día inicial del movimiento de 1927-1928 contra la Prórroga de Poderes, que fue tan radical. Había afilado sus armas de intelectual militante como profesor de obreros --explica teorías sociales-- en la Universidad Popular José Martí (1925-27), trabajando en la revista América Libre y compartiendo con Rubén Martínez Villena y con la hornada de jóvenes de izquierda que irrumpe en aquel momento convulso. En los dos años siguientes estuvo organizado en un pequeño grupo de estudiantes de izquierda, que afloró en la famosa jornada revolucionaria del 30 de septiembre de 1930. Roa escribió el manifiesto que circuló aquel día. Ya no hubo más descanso para el movimiento estudiantil durante cinco años, y Roa los vivió muy intensamente. Fundador del Directorio Estudiantil Universitario de 1930 (DEU), su posición ideológica lo lleva, con un grupo de compañeros en el que descuellan Gabriel Barceló y Pablo de la Torriente Brau, a constituir el Ala Izquierda Estudiantil (AIE), en enero de 1931. Ellos siguen la línea del Partido Comunista de Cuba (PC), y este la doctrina, la estrategia y las orientaciones de la Internacional Comunista (IC).

Actos de calle, manifiestos, acciones violentas, conspiración, propaganda, son las formas de subversión urbana que caracterizan a un movimiento estudiantil que adquiere enorme prestigio popular por ser antidictatorial, pero también por expresar una pureza de motivaciones y actos frente al tipo de oposición al Machadato practicado por notables políticos tradicionales, enemigos de una salida radical a la crisis cubana. Se van a separar, sin embargo, el DEU y AIE, por sus diferencias ideológicas, de vías para la lucha y de comprensión de la revolución. La represión de la policía política se encargará empero de reunirlos una y otra vez. Juntos inician el año 1931 pasando 105 días presos, que Pablo de la Torriente Brau inmortalizará en el diario El Mundo. Crece el repudio popular y Roa y sus compañeros batallan contra el enemigo común, entre hermandad, discrepancias, consignas y disciplinas. En julio cae preso otra vez, y finalmente es llevado al Presidio Modelo, junto a gran parte de los cuadros del DEU y la AIE. Sólo quedará en libertad al inicio de 1933. Siempre militante del AIE durante la crisis revolucionaria de aquel año, se ha formado en las duras experiencias de la lucha, y ahora se encuentra ante nuevos desafíos.

Durante 1933 el viejo orden se desploma, una multitud de acciones populares colectivas sacude al país, Estados Unidos utiliza todos los medios menos la intervención directa para mantener su control, la violencia entre revolucionarios y contrarrevolucionarios se ventila incluso a cañonazos y bombardeos aéreos, un gobierno efímero trata de evitar la revolución y otro de cuatro meses intenta llevarla adelante. Más de un año tardará un nuevo régimen de coalición de la contrarrevolución para adquirir el control real de la situación, entre el golpe de enero de 1934 y el trágico final de la Huelga de Marzo de 1935 y la muerte de Antonio Guiteras en mayo.

Roa vive todo ese proceso –y otro año más de esfuerzos por recuperar y darle continuidad a la revolución— militando en la izquierda, compartiendo su concepción de la sociedad y de la revolución, y el ideal anticapitalista. Pero su trayectoria durante la revolución es un ejemplo vivo de la complejidad de los caminos de la izquierda, en aquella coyuntura revolucionaria cubana de su primera influencia e implantación a escala de masas, y también lo es de las vicisitudes del proceso de universalización del comunismo y de la concepción marxista, abierto a partir del más trascendente evento revolucionario de la época, la Revolución Bolchevique. El contenido específico y la historia de esos dos procesos de los años 20 y 30 del siglo XX –no se puede olvidar que el socialismo, el marxismo y el movimiento que ellos inspiraron, tienen historia-- son fundamentales para acceder a la comprensión de aspectos muy importantes de nuestro devenir histórico, y son muy valiosos respecto a la actualidad y los proyectos de la sociedad cubana.

Raúl Roa fue uno de los revolucionarios “del 30” que actuaron contra la dictadura machadista en una forma rebelde más efectiva que la oposición dirigida por políticos del sistema, y que militaron en una de las diferentes fuerzas políticas consagradas a convertir la rebelión en una profunda revolución. Entre estos, perteneció a los que se inspiraban en el marxismo y el movimiento comunista liderado por la IC, pero en la crisis revolucionaria desatada en 1933 fue de los que finalmente optaron por independizarse del PC de Cuba y de la línea de la IC, sin abandonar por eso la contienda, ni sus ideales socialistas. Cuando se afirma –con razón-- que en la Revolución del 30 el socialismo se arraigó como ideología en Cuba y tuvo prácticas y experiencias de lucha y de organización --y con él la teoría del marxismo--, es imprescindible tener en cuenta que se trata de un grupo de posiciones e ideas socialistas diversas, y no de una sola. A partir de disensiones internas durante el Machadato, un sector de cuadros y miembros del PC y de organizaciones que respondían a ese partido formaron la llamada Oposición Obrera, de inspiración trotskista, convertida en Partido Bolchevique Leninista en 1933. Otros comunistas pasaron a militar en otras organizaciones, o permanecieron alejados, en ese tiempo y en los años siguientes. Raúl Roa, Pablo de la Torriente y otros compañeros, en su mayoría procedentes de AIE, aunque en desacuerdo con medidas de la dirección, se mantuvieron hasta la Huelga de Marzo. Pero ya en el exilio crearon, en julio de 1935, la Organización Revolucionaria Cubana Antimperialista (ORCA)8.

Fundado en 1925, el PC cubano constituyó un partido de naturaleza proletaria, que organizó sobre todo a trabajadores en sindicatos combativos, divulgó las ideas socialistas, se enfrentó de manera muy consecuente al Machadato, y se opuso a todos los gobiernos siguientes, hasta después del final de la Revolución del 30. Luchaba por un cambio de sistema social que liquidara el poder del imperialismo y el régimen dominante en Cuba, siempre de acuerdo con la línea política, las ideas y las orientaciones de la IC, de la cual eran Secciones los partidos comunistas de cada país. Después de 1928, el PC cubano siguió rígidamente la línea sectaria de “clase contra clase” preconizada por la IC. En 1934-35 el PC se reorganizó, y durante ese último año asumió la nueva línea del VII Congreso de la IC, llamada de frentes populares. Fue la única organización socialista que siguió existiendo durante toda la época de la Segunda República.

Otros revolucionarios socialistas nunca pertenecieron al PC o a sus organizaciones. Sus posiciones fueron fruto de las luchas y las ideas de trabajadores de la Isla en las décadas previas, muy influidas por el anarquismo y el sindicalismo revolucionario que habían sido decisivos en los movimientos obreros del primer cuarto del siglo en Cuba, y por las ideas socialistas y comunistas, potenciadas por el triunfo bolchevique y la Rusia soviética. Junto a esas influencias inmediatas, no debemos subestimar el inmenso potencial radical que dejó la ideología mambisa, el logro ideal mayor de la gesta popular del 95, creadora de la nación. Ella convirtió al nacionalismo en una ideología en torno a la cual batallaban las clases y grupos sociales, y no en un atributo de la hegemonía burguesa; ella impidió que el antinjerencismo se volviera solamente hacia un pasado de “hispanidad” o hacia el mito de un antiguo paraíso de pequeños agricultores, dándole oportunidad en los años 20 a la formación de un nuevo antimperialismo, que pudiera formar parte de proyectos revolucionarios de cambio social radical y de refundación de la república sobre bases de soberanía plena, libertad y justicia social. Por el proceso histórico y la cultura de rebeldía, en Cuba el comunismo encontró mejores condiciones para establecerse y avanzar, en sus primeros tiempos, que en gran parte de los países de América Latina y el Caribe.

El caso más notable entre estos socialistas fue el de Antonio Guiteras, uno de los revolucionarios descollantes de nuestra historia nacional. Miembro del Directorio Estudiantil Universitario de 1927, luchó tenazmente contra la dictadura machadista, fundó organizaciones de lucha armada para hacer una revolución antimperialista y anticapitalista, se opuso a la injerencia yanqui y al gobierno de agosto de 1933. Guiteras participó como dirigente en el Gobierno revolucionario de septiembre de 1933 a enero de 1934, fue el jefe de su ala radical, impulsó una legislación social muy avanzada y consistentes acciones antiimperialistas, e intentó constituir y fortalecer un bloque revolucionario que llevara aquel proceso hacia la liberación nacional y social del país. Desde enero de 1934 hasta su caída en combate el 8 de mayo de 1935 actuó en la clandestinidad, fundó y dirigió la Joven Cuba --que tuvo miles de miembros--, una organización que pretendía, mediante la vía armada, implantar una dictadura revolucionaria que condujera al país hacia el socialismo9.

Por otra parte, en el curso y como consecuencia de la Revolución del 30 las ideas socialistas influyeron mucho en el movimiento sindical, entre los trabajadores y en la nueva legislación laboral; también impactó a numerosos intelectuales y en diferentes medios del país. El socialismo y el marxismo dejaron de ser asunto de pequeños grupos, e ingresaron en la cultura nacional.

No quiero dejar de mencionar al menos otra dimensión que es principal en este proceso: la nueva generación. Más allá de la exaltación de la juventud como factor que cambiaría o salvaría al mundo, que tanta fuerza había adquirido en aquella época, Roa y sus compañeros se saben y se proclaman miembros de una generación, no meramente por la edad que tienen, sino por ser revolucionarios y por las vicisitudes e ideales que comparten. Tiene una fuerza tremenda esa identidad, en el momento histórico en que la generación que hizo la independencia ha cumplido su ciclo y está desgastada, y la identidad de clase explotada y oprimida no tiene desarrollo suficiente para guiar al país a los cambios que necesita. En las nuevas condiciones en que se halla Cuba, las cuestiones nacional y social no encuentran su ligazón y su solución en una fórmula como la de “generación”, pero sí un vehículo efectivo para identificarse y para luchar. Ante la falta de unificación ideológica y organizativa de los revolucionarios, para el sector en que Roa vive y combate la “generación” es una entidad de efectos muy positivos, que ayuda frente al viejo nacionalismo, y también frente al nuevo sectarismo proletarista. Ampara, en fin, a una unión de antimperialismo, rebeldía contra el sistema y justicia social, es decir, a un comunismo cubano. No en balde este libro es dedicado a una generación determinada, los jóvenes revolucionarios, y también a los protagonistas de la gesta nacional.

Bufa subversiva es la recolección intencionada de trabajos sueltos creados en el curso de una gran revolución que les da organicidad, y es evidente que ya el autor tiene una comprensión propia de la dimensión y el alcance de aquel hecho histórico. Es un instrumento de acción y presencia políticas, no un simple esfuerzo editorial. Lo emprende un revolucionario que se siente intelectual, un hombre de la Internacional Comunista que se va viendo forzado a ser hereje, que comparte en lo esencial la línea de esa organización acerca del carácter, las fuerzas fundamentales y las vías de la revolución, pero ha entrado en contradicciones cada vez más profundas con aquella línea, por pretender lo que debía ser natural: guiarse por su cultura cubana, por las experiencias concretas de su vida de militante, por los ideales históricos y la conciencia de los cubanos de su tiempo, y por los condicionamientos reales de la lucha en Cuba. Es por tanto mucho más que un testimonio calificado de un gran evento histórico, y un conjunto de reflexiones de un participante: es el primer libro cubano fruto de la asunción del comunismo como concepción social y política, que trae consigo –aunque sea a escala parcial-- un afán interpretativo marxista de las realidades, potencialidades y proyectos del país, y contradicciones muy fuertes entre la posición general que asume y las necesidades de la actuación y las ideas, discordancias que han caracterizado a la universalización del comunismo y el marxismo en el llamado Tercer Mundo a lo largo del siglo XX.

La obra resulta entonces transicional, por el momento en que cierra su elaboración, en las vísperas de la Huelga de Marzo10. Los acontecimientos lanzarán al autor al exilio. Sale el libro al inicio de la etapa posrevolucionaria, aunque como es natural ni quien lo escribió ni sus escasos lectores pueden calificar todavía lo que están viviendo. Quedan fuera de Bufa los nuevos criterios que Roa irá elaborando en el período de 1935-1936, raíz de la posición que finalmente asume, hasta 1959. Esto refuerza la especificidad y el valor de este libro en la historia de nuestras ideas. No intentaré sustituir ni sintetizar la tarea que tendrá el lector con el libro que tiene en sus manos. Me limito al objetivo que tiene esta introducción, comentando algunos aspectos de la obra.

3. Comentarios sobre la obra

Bufa fue efectivamente preparada en medio de los afanes, reveses, combates y esperanzas de los meses previos a la Huelga de Marzo, como Raúl le anuncia a un amigo, con su habitual gracia y desenfado11. La estructura organiza cuarenta y ocho textos de Roa en diez capítulos; sus títulos aluden directamente a bebidas, recurso que permite al autor agrupar temáticas o momentos, al tiempo que caracteriza el ánimo con que aborda cada uno. Dos íntimos suyos, Pablo de la Torriente Brau y Aureliano Sánchez Arango, escriben un prólogo (“Trago inicial”) y un epílogo (“Fin de fiesta”) para la obra. El de Pablo es una breve pieza arrebatada, llena de humor y precisiones brillantes o terribles, dedicada a pintar y pensar a Raúl, y con él al mundo de ellos; a mi juicio, es un verdadero clásico de la originalidad. El de Aureliano, dolido y hermoso, saluda a “nuestra pluma mejor” y anuncia el final de “una bacanal política –humana sobre todo-- de los años mozos” de una generación que supo dar sentido a sus vidas y darse a los demás, ofrendarse sin convertirse en “sacrificada”.

El movimiento estudiantil en la revolución es el ámbito central del libro, lo que hace muy fuerte su costado testimonial; es natural, por ser aquel el contingente al cual perteneció el autor12. Pero los temas de la reforma o la depuración de la Universidad, aunque tratados ampliamente, no son los más importantes de la obra, por el tiempo de rebelión y de cambios que vivió Roa, y por la posición política y la ideología que abrazó. La lucha estudiantil –y la Universidad-- son para él actividades e instituciones que se explican y se miden por su papel en una empresa que trasciende a sus objetivos y sus funciones: la revolución y el comunismo, o para utilizar los conceptos que comparte, la revolución agraria y antimperialista que deberá suceder, bajo la conducción del proletariado y su partido de clase, que tiene una dimensión nacional palpable, pero forma parte de un movimiento histórico internacional.

La concepción de la revolución contenida en Bufa está expresa o subtiende a toda la obra. Para comentarla abordaré sólo un trabajo del último capítulo, “Tiene la palabra el camarada Máuser”13, que es el más antiguo y famoso de los tres. Ese breve artículo, y la extensa carta pública de gran rigor conceptual y polémico que --ya preso-- envió a Jorge Mañach en noviembre de 193114, le dieron a Roa categoría de ideólogo en el ámbito de la izquierda cubana de orientación comunista. En “Tiene la palabra…” el joven estudiante llama a sus compañeros a la insurrección armada, en aquel verano ardiente que desembocó en el Alzamiento de Agosto, sublevación organizada por Mendieta y Menocal --líderes de la oposición burguesa y políticos infames--, pero secundada por miles de cubanos que veían en esa acción la vía para derrocar a la tiranía. Roa intenta concientizar a los que van a combatir, mediante un análisis de la estructura social y la situación cubanas, y de la necesidad y el carácter de la revolución.

En una síntesis deslumbrante, expone que Cuba es un país colonial sometido al capital imperialista que ejerce su opresión a través de las clases dominantes nativas –burgueses y feudales-- y sus camarillas políticas. Pero crece la protesta contra la tiranía implantada por estos en Cuba, y se está convirtiendo en una revuelta de masas, situación a la que concurren los crímenes y la política económica de la dictadura, y la crisis revolucionaria mundial. Esa revuelta hay que “ampliarla, darle un contenido agrario y antimperialista, transformarla en revolución”, si se lucha realmente por la liberación nacional y social. Para esto es urgente la insurrección. Pero esa revolución no tiene nada que ver, anuncia, con los políticos oposicionistas ni con el DEU, porque su movimiento se reduce a derrocar a Machado, sin modificar la estructura del país. Es “absolutamente político”, y por tanto no es revolucionario: “la revolución tiene siempre entraña económica… es la violencia organizada de las masas oprimidas” para cambiar de raíz las relaciones de producción, y sus correspondientes superestructuras. El AIE moviliza y orienta sus fuerzas en esa dirección, “contra Machado y las fuerzas históricas que lo mantienen”. Asume así la postura correcta, “prescindiendo al hacerlo de la posibilidad o no del logro inmediato de nuestros objetivos”.

Ante todo hay aquí dos aciertos fundamentales: uno, el imperialismo y las clases dominantes de Cuba forman un bloque histórico, que debe ser combatido sin cuartel y derrotado. Pero esa afirmación crucial, que separa al socialismo y el marxismo revolucionarios del reformismo y la colaboración de clases, no es la conclusión de nada, solamente abre la cuestión de la práctica revolucionaria, es decir, de su política. El otro: se está abriendo una época de revolución, es decir, el poder entra en crisis, su campo se divide y arredra, el pueblo se pone en marcha, el orden se deslegitima sin remedio y los cambios se tornan inevitables; es decir, viene la oportunidad para los revolucionarios conscientes que saben que estos momentos estelares se presentan una vez cada muchos años. Sin embargo, las afirmaciones siguientes de Roa nos asoman a un conjunto de contradicciones e insuficiencias. Si la estructura económica es determinante para decidir qué revolución se puede hacer, entonces no es posible comenzar por una revolución anticapitalista, socialista, porque las sociedades “coloniales” son “atrasadas” o “semifeudales”. Por tanto, la revolución debe ser “agraria y antimperialista”, y si completamos esta lógica de lo político será también “burguesa”, porque faltan por cumplir las “tareas” de desarrollo de las relaciones de producción capitalistas, que deben preceder en el tiempo a la “fase” de implantación del socialismo. El autor –como el PC cubano-- ha asumido la formulación de la IC para guiar la política comunista en los países “coloniales y semicoloniales”.

Más de un problema grave surge de esa aceptación. Entonces, ¿el enemigo burgués nativo que hemos identificado no está en el poder todavía, y le faltan “tareas revolucionarias por cumplir”? ¿Habría que pensar en alianzas con él, con una parte de él, al menos para una primera etapa? ¿Cómo evitar que los explotados y oprimidos sean manipulados por la burguesía, que quiere obtener más poder para ella o está destinada a someterse siempre al imperialismo? ¿Cómo convencer a sectores burgueses para que apoyen y marchen junto a organizaciones proletarias que están decididas –y destinadas-- a acabar con el capitalismo? ¿Quién es cada uno y qué papel juega o puede asumir, en qué momento real estamos y hacia cuál hay que avanzar, cómo, por qué vía, con qué organización, junto o en contra de quiénes? Pero ese complejo de interrogantes no era nuevo en el movimiento mundial. Ya contaba con las experiencias, los debates y las ideas del bolchevismo y de otros comunistas, y con la existencia de una IC que incluso había elaborado una línea juiciosa, llamada de “frente único”, para las luchas en los países “coloniales y semicoloniales”, que rigió hasta 1928. Y el fundador del PC cubano, Julio Antonio Mella, había logrado plantear muy bien la cuestión hacía más de tres años, al constituir un órgano político y lanzar una campaña de concientización marxista cubana y de organización de la lucha armada contra el Machadato, buscando una alianza con ciertos sectores de la oposición tradicional, que hiciera factible la acción desde la situación real cubana y a la vez abriera la posibilidad de una revolución socialista de liberación nacional. Su programa “es la primera formulación política marxista para una revolución popular y socialista en Cuba”15.

La línea sectaria aprobada por el VI Congreso de la IC en 1928 fue impuesta a los PC del mundo durante el año que siguió. La gran crisis económica mundial que estalló entonces fue interpretada como el prólogo de una catástrofe que barrería pronto al capitalismo16. Al subordinarse a esa línea, los comunistas cubanos pretendieron que la revolución agraria y antimperialista fuera guiada por el proletariado y el PC, es decir, sin alianzas con aquellos que por su misma formulación del carácter de la revolución serían posibles aliados. Más grave aún fue la renuencia a darle a la dimensión política el lugar principal que debe tener, olvidando el inmenso legado de Lenin, las experiencias cubanas de Martí y las advertencias de Mella. Quedaron ausentes entonces los análisis de las situaciones concretas, los instrumentos para concientizar, para hacer que la revuelta de masas se torne insurrección y esta tenga posibilidades de éxito, para plantear efectivamente la conquista del poder, los modos de llevar a cabo todo esto, la estrategia y las tácticas, las alianzas, la materia en fin de la política revolucionaria. En su lugar trabajaron con abstracciones, y su discurso no iba más allá de las descripciones y las exhortaciones. Un tópico muy repetido era el de que el triunfo no está cercano, aunque se presume inevitable, por lo cual los planteamientos alternaban su ubicación y sus referentes entre los planos y tiempos que van entre lo inmediato y el deber ser.

La tragedia de esta primera etapa de la historia del PC cubano está en la abnegación, el heroísmo, la tenacidad, la disciplina, la austeridad y la extrema consecuencia con que estos comunistas lucharon por sus ideales. Y no sólo eso. El PC consiguió implantarse entre los obreros organizados, logró levantar un sindicato nacional azucarero, influyó muy notablemente a explotados y marginados urbanos, a campesinos, a intelectuales, propagó las ideas marxistas, auspició o apoyó demandas de grupos sociales, combatió frontalmente al Machadato, arrostró la represión y las campañas de rechazo burguesas, y alcanzó un gran potencial por la admiración y las simpatías de masas que tuvo durante la crisis revolucionaria17.

Vuelvo a “Tiene la palabra..” Roa saluda a la lucha armada que viene, “sin tregua ni cuartel”, pero no dice nada acerca de quién la organiza, qué estrategia seguir en ella, cómo sustraer a los combatientes de la conducción de los politiqueros Mendieta y Menocal, que van a iniciarla. ¿Qué hace tan valioso a un llamado revolucionario a las armas que tiene tantas insuficiencias? Ante todo, la actitud del autor, la subversión por la praxis que Roa y los que actúan como él ejecutan contra su propia camisa de fuerza ideológica. Se sabe que Raúl y Pablo de la Torriente rehicieron aquel número de Línea por su cuenta, para ponerlo en sintonía con el momento que se vivía, en momentos en que el director había caído preso, sin someterlo a la aprobación de su partido. Un hecho de valor simbólico es que cuando salió aquel número de Línea ya sus autores estaban presos en La Cabaña. Pronto irán a parar al Presidio Modelo, junto al más grande líder juvenil comunista de la época, Gabriel Barceló, seguidor de la línea de masas que reprueba el “terrorismo”, pero que se ha batido a tiros con los esbirros en un acto de calle.

En segundo lugar, su asunto es la insurrección, su discusión es acerca de la revolución de liberación: tan ambicioso objetivo le brinda un enorme alcance como hecho intelectual. El marxismo comunista de Roa y sus compañeros está brindando a las nuevas ideas cubanas el avance extraordinario de sus tres exigencias: un cambio de la sociedad trascendental y superior a los que se han propuesto hasta entonces, a favor de la mayoría; una lucha subversiva por la consumación de la nación desde la perspectiva de las clases explotadas y oprimidas, que renueve al nacionalismo, componente ideal principal de la república; y la creación de una nueva política que por fuerza deberá promover el cambio de sí mismos de los cubanos y un poder popular. Claro que esa propuesta intelectual era muy superior al mundo que vivían y comprendían sus contemporáneos, y a sus condicionantes; también era muy superior a los instrumentos intelectuales y políticos de los reclamantes, y a sus creencias y dogmas. Eso la colocó entre las profecías que carecen de pertinencia para resolver las cuestiones prácticas candentes del día, que las han motivado, pero portan una trascendencia capaz de inspirar a futuros actores y trabajos, que se tornen capaces de asumirlas y hacerlas realidad. Esta es una de las funciones fundamentales de la producción intelectual a lo largo de la historia humana, que la hace imprescindible si de avances y de liberaciones se trata, frente al sentido común, el realismo, el orden y los saberes establecidos, fieles servidores de la dominación.

Lo cierto es que la organización política a la que Raúl Roa se debía no fue una alternativa de poder durante la Revolución del 30, ni participó en coaliciones que lo ejercieran o estuvieran próximas a hacerlo. Esto, y los largos períodos de clandestinidad y de encarcelamientos que vivió el joven revolucionario, hicieron que sus labores más relevantes fueran las de agitador, ideólogo y pensador. Por sus cualidades personales, pronto alcanzó en esos terrenos un notable papel. Aunque se reclama muy militante en sus textos, y los define como expresión del colectivo al que pertenece, reina en los escritos de Roa una expresión individual lograda, que lo identifica. Los rasgos de sectarismo y la estrechez de ciertos juicios políticos que pueden hallarse a lo largo de esta obra, chocan con los propios anhelos políticos del autor, sus experiencias y la conciencia que va formándose, y también con su amplitud de criterios y su brillantez intelectual.

En la práctica Roa nos brinda combinaciones muy ricas –y a veces forzadas-- entre el espíritu juvenil y los eventos más concretos y asibles, por una parte, y las referencias a la estrategia de las clases sociales enfrentadas, o las interpretaciones en que asoma una Razón histórica destinada a realizarse, por otra. Conviven en sus narraciones y reflexiones la materia real de la que se hace la historia –la actividad y la subjetividad de los seres humanos, y sus condicionamientos--, con los ideales y las consignas de su bandería, y con los ríos profundos de su país natal. Pinta a sus hermanos de ideas y organización como un grupo maravilloso de jóvenes, pero también los define como “la vanguardia de los estudiantes pobres y medios”; sin embargo, al narrar las acciones y los sufrimientos, y los hechos de los héroes y mártires, alaba por igual a aquellos hermanos de lucha que considera víctimas de la ideología burguesa. El joven militante Roa se salva, en buena medida, de distribuir premios y castigos y de ejercer la intolerancia en nombre del proletariado, por su formidable capacidad de burlarse de sí mismo y de los demás, pero sobre todo por la vocación y la entrega que lo han llevado al riesgo y a la acción constante, por su sana desconfianza respecto al dogma y la obediencia ciega, y por su educación en la ideología nacionalista mambisa. Al leer sus “Palabras en la tumba de Félix Ernesto Alpízar” es bueno recordar que se vivían los días febriles y decisivos de agosto de 1933, y que tanto el DEU como la AIE tenían conciencia del momento y tensaban sus potencialidades. Roa propone que ambas formen un frente único, cuando la IC ha abandonado la línea leninista desde hace años, y en su lugar impera la de guerra de clase contra clase. Pero no creo que el cálculo político sea una explicación suficiente: él está realmente identificado con la conducta de su hermano Alpízar. Pese a las diferencias ideológicas y políticas, ambos han vivido en comunión.

La prosa sabrosa y coloquial del texto que cierra el libro, “Interviú profética”, condensa varios de los rasgos complejos y hasta cierto punto contrapuestos a los que me he referido. La extensa nota al pie deja entrever, en su incipiente contradicción con el texto, las dudas del autor, pero también las del movimiento comunista en diciembre de 1934. Roa levanta la consigna de “la creación de un verdadero frente único de masas… un cálido llamamiento a cuantos… estén sinceramente dispuestos a entablar combate contra el cesarismo fascista y los atropellos y abusos del imperialismo yanqui.” El llamado, afirma Roa, lo hacen “los organismos revolucionarios de izquierda”. La III Conferencia de los PC latinoamericanos recién celebrada en Uruguay iniciaba orientaciones a los partidos miembros hacia el gran viraje de la línea que significó el VII Congreso de la IC: los “frentes populares”18. Pero Raúl se ha retratado también en la aguda y festiva página inicial en que narra cómo pretende holgar en el Malecón, cortada abruptamente por su entrevistador y por una moraleja: “Estas fugas maravillosas y antimarxistas no pueden compartirse con nadie. Ni siquiera con uno mismo.”

Se trata de un cubano comunista entregado a la revolución, que comparte las concepciones y la política de la IC, pero que va camino a ser un hereje. Dejo al lector el encuentro con la riqueza de las ideas, con la precoz sagacidad de tantas frases suyas, con el taller dialéctico en que trabaja los materiales de lo político y de la acumulación cultural histórica de su país, con los hermosos y ásperos asuntos de la revolución.

La espléndida diversidad de temas que contiene este libro, sin robarle nunca organicidad, es otro de los aciertos principales de su autor. En vez de reducir su campo a la prisión mediocre que seca los pensamientos y la sensibilidad de las mismas personas a las que se desea ver dueños del mundo y creadores de una nueva sociedad, Bufa subversiva es una apuesta por la multiplicación de necesidades espirituales de los que se levanten por encima del rasero burgués, por el mejoramiento humano indispensable para emprender con éxito el gran cambio social, por la necesidad de subvertir todos los órdenes –y no una parte de ellos-- si se habla seriamente de comunismo, por el ejercicio de pensar y debatir. Y todo eso precisamente para ser militante, y no a pesar de serlo. Para sumar fuerzas a la guerra contra el capitalismo, y para ser capaces de derrotarlo.

Leerán ustedes una muy sólida conferencia sobre Ingenieros por un estudiante de 22 años, varias piezas de crítica literaria y hasta un capítulo de “vida interior” –“Paréntesis de agua con pañales”— que no deben perderse de ninguna manera. La calidad de su prosa, tantos pasajes cautivadores, son la carta de presentación de un ensayista de rango, y van anunciando un estilo que será inconfundible, el sello de Roa. En la entrevista a Fornet, Raúl brindará datos sobre su vida intelectual, sus trabajos de crítica literaria y su manera de escribir: “Mi estilo se parece a mí como yo a él”. Pero me gusta demasiado este tema y carezco de las prendas y la síntesis de un crítico literario, por lo que desisto de manejarlo con unas breves palabras.

4. “No depende de la ambición de uno escribir para la posteridad”

La primera reacción fue del enemigo: la policía batistiana ocupó casi toda la edición, en plena represión de la Huelga de Marzo19. Pero ejemplares salvados fueron llegando a compañeros de Roa. En diciembre, Pablo le escribía a Tampa sus primeras impresiones, desde Nueva York:

“…he leído tu libro, que me parece estupendo y que es una lástima que no se pueda leer en Cuba. Lo mejor del libro es que se parece a ti, desordenado, brillante, inquieto. Tiene cosas magníficas y cosas maravillosas. La instantánea campesina, aunque no lo hicieras con ese ánimo, en realidad es un cuento estupendo. Las páginas universitarias, un gran recordatorio. Y Agis el Espartano y la Interviú profética dos de los mejores capítulos. Me gusta todo. Leonardo piensa que tú eres el primer escritor de Cuba. Yo pienso lo mismo.”20

En los años siguientes se fue configurando el orden postrevolucionario. La negociación, las vías institucionales y la colaboración sustituyeron a los temas de la revolución y la confrontación clasista y antimperialista. Poco lugar quedaba para el comunismo de Bufa en la nueva situación. Mientras, el pensamiento de Roa seguía avanzando, asumía al fin una comprensión marxista cubana de José Martí, emprendía un profundísimo análisis de la historia de las doctrinas sociales, aguzaba su metodología, ejercía la docencia y actuaba en la vida universitaria, interpretaba los acontecimientos mundiales contemporáneos y discutía obras y conductas de pensadores notables. Cuando en 1947 sostuvo con Ramón Vasconcelos una polémica que es fundamental en cuanto a su interpretación de la Revolución del 30, ya Roa había hecho entrar en ella y en su lugar histórico al gran ausente de Bufa subversiva, Antonio Guiteras, y se valía del concepto de nacionalismo revolucionario para darle validez y eficacia a la concepción marxista en el análisis de un proceso revolucionario latinoamericano. Se había enrolado en una doble lucha ideológica: criticar el abandono de los ideales y objetivos revolucionarios y promover su recuperación y avance por las vías institucionales y de cultura política que se habían abierto en Cuba después de aquel evento histórico; combatir la aparición de una “nueva derecha”política que intentaba aprovechar la desilusión provocada por la corrupción y la demagogia de la segunda república, magnificadas por el “autenticismo” en el poder.

Los textos polémicos que Roa llamó “escaramuza en las vísperas” emprendían una vigorosa recuperación de la memoria histórica de la Revolución del 30. En las postrimerías del desgastado gobierno de Ramón Grau San Martín aparece su artículo “12 de Agosto”21, en ocasión del 15º aniversario del derrocamiento del Machadato; allí Roa aporta varias precisiones interpretativas, enumera fuentes y esboza un verdadero plan de investigación marxista de aquellos eventos históricos. Reconoce que “se han publicado valiosas interpretaciones dispersas en folletos, periódicos, revistas y algunos libros”, pero afirma que la historia –“que desentraña, ilumina y aprehende”-- de aquel movimiento popular está aún por hacer. Sobresalen tres libros, dice Roa, y los califica. Uno de ellos es Bufa subversiva, “una relación fragmentaria del movimiento estudiantil hasta la huelga de marzo de 1935”22. Ese comentario tan omiso será ampliado dos años después, en el prólogo de una obra suya que no por acaso tituló 15 años después. Al comparar a su primer libro con su obra posterior, el autor expresa ante todo el dolor de una pérdida: “en vano se buscaría el candor, el desenfado, la intransigencia, el quijotismo y la juvenilia que palpitan en Bufa subversiva.” Y a continuación describe los rasgos de Bufa, en una página centelleante. Obra de militante era aquella, aclara, sustentada en la acción: “cualquiera de nosotros pudo haberlo compuesto”. Ve en los valores de Bufa la raíz de sus escritos y su actuación en las circunstancias muy distintas en que está viviendo, y establece una continuidad de la fe y la reivindicación de la pasada revolución, un compromiso presente e irrenunciable y, sobre todo, una esperanza en que la lucha podría generar un proyecto y un futuro23.

Hacía mucho que el tema central de Bufa –la revolución cubana del siglo XX-- había salido del proscenio. Aunque se le mencionara tanto y tan superficialmente, la revolución era excluida cuidadosamente entre las variables de acción política, y se estimulaba el temor a ella. Tuvo que venir un profundo cambio de la situación después de 1952 para que el recurso a la insurrección y a la movilización por objetivos políticos y sociales radicales lograran ser una opción planteable, y hacerse viable y popular mediante sus hechos. La insurrección de los años 50 y los primeros años del nuevo poder fueron regidos por la actuación; ellos generaron nuevas representaciones e ideas, y sus propios símbolos. Desde el mismo asalto al Moncada, la nueva revolución era subversiva respecto al complejo cultural de dominación existente, pero también respecto a los “dogmas revolucionarios”, como recordara el Che 14 años después. Sin embargo, lo que sucedió de 1961 en adelante en los campos ideológico y del pensamiento social --cambios, características, herencias, pugnas internas e internacionales, nuevas relaciones e instituciones--, constituyó un proceso con momentos muy disímiles y creó un complejo entramado de realidades y creencias. He tratado esa cuestión, en escritos que ya van siendo numerosos, y no es este el lugar para repetir los datos, ni mis criterios.

En lo tocante a la posteridad de Bufa subversiva sí debo apuntar que ella estuvo ligada a la memoria de la Revolución del 30 en las nuevas condiciones históricas. Por razones y coyunturas diferentes, el nuevo régimen no echó mano con decisión a la herencia revolucionaria de los años 30, ni para la formación de una identidad revolucionaria cubana socialista que superara al trabajo de la hegemonía burguesa previa sobre el nacionalismo, ni para la afirmación de un socialismo y comunismo cubanos que enfrentaran a la corriente más poderosa de esa vertiente a escala mundial, constituida por la URSS y su campo de conducción y de influencia. La del 30 se fue convirtiendo en la menos atendida y conocida de las revoluciones cubanas, pese a la exaltación de figuras de aquella gesta y a la idea general de una continuidad revolucionaria desde 1868. Ese es el marco en que Raúl Roa actúa o se abstiene, en los sentidos a que me referí en el primer acápite de este estudio. Varios textos suyos entran a formar parte de la literatura política más querida e influyente entre los jóvenes revolucionarios; es el caso de los que narran la jornada del 30 de septiembre, episodios del presidio, semblanzas de Villena, de Pablo, Barceló y otros revolucionarios. “Tiene la palabra el camarada Máuser” entronca muy bien con la ideología y la sensibilidad reinantes, por ser un brillante llamamiento a la acción armada. Pero no puede afirmarse que se avanzara hacia una comprensión de la organicidad, los rasgos principales y la evolución de la obra de Roa sobre la Revolución del 30. Y por otra parte, el marxismo teórico predominante no lo incluía entre los pensadores marxistas, aunque sin negar expresamente que lo fuera.

En la segunda etapa de la revolución en el poder se dio primero una situación paradójica: una gran dogmatización y empobrecimiento del pensamiento social, pero un sensible aumento de las monografías sobre temas de la Revolución del 30, y de su calidad. El auge del nivel cultural y de los estudios históricos exigían esos desarrollos. En los años finales de la etapa el proceso llamado de rectificación introdujo cambios en la situación.

Desde entonces a hoy una complejidad diferente se ha desplegado en numerosos terrenos de la sociedad cubana; así sucede en los campos del pensamiento social y de las ideas revolucionarias, aunque es cierto que una parte de las antiguas posiciones, antinomias y hábitos nocivos se resiste a desaparecer. El pensamiento y las ciencias sociales arrastran serias carencias y problemas, y por otra parte se libra una intensa pugna sorda, ideológica y cultural, entre las visiones socialista y capitalista del mundo y de la vida. Dentro del conflicto cultural en curso, “la república” es un teatro de recuperaciones en el que operan selecciones influidas por las inclinaciones de los que las llevan a cabo. En unos casos están ausentes las revoluciones y los revolucionarios, o demasiado lejos para verse; pero constato con satisfacción que también se esfuerzan y trabajan los que rescatan a la Revolución del 30, y que entre ellos actúa un contingente de jóvenes.

La recuperación de la historia de las ideas cubanas exige que todos los materiales valiosos, sin exclusiones, queden al alcance de todos los interesados. La publicación de Bufa subversiva es un aporte inestimable en esa dirección. Aquí está el primer fruto ofrecido por un protagonista y un pensador, al pie mismo de los acontecimientos de la Revolución del 30. Los que dedican sus esfuerzos a investigar o divulgar los problemas reales y las dimensiones reales del arduo, complejo y maravilloso proceso que nos ha permitido a los cubanos llegar hasta aquí, tienen ante sí una piedra miliar de las relaciones, tensiones y contradicciones entre el pensamiento y la actuación, la elaboración de ideas, la comprensión de la época que aborda, un repertorio de cuestiones e interrogantes cruciales –una parte de las cuales sigue en pie-- y una rica pieza dialéctica. Todo el que emprenda su lectura puede gozar de la aventura –intelectual y física-- de un individuo en medio de una gigantesca conmoción social. Puede acompañar la proeza y la angustia, el amor y el odio, el acierto y el error, las renuncias y los encantos, la religión de la justicia y la libertad, y el asombro, el sacrificio, las victorias y las alegrías del que se lanza a participar con todo el cuerpo, la cabeza y el alma en los eventos de ese tiempo incomparable que es el de las revoluciones. Y puede disfrutar del humor y la hondura, la persuasión y la frase provocativa, la vida nacional y los afanes de la lucha ideológica, en la prosa brillante de un escritor de talento.

Como todo esto hace falta para la batalla intelectual de nuestros días, bienvenida sea esta bufa subversiva.
 


Notas.

 

1 “Es el libro mío que más aprecio y más me gusta”, afirma un tercio de siglo después de su salida. (“Tiene la palabra el camarada Roa”, entrevista de Ambrosio Fornet a Raúl Roa, en revista Cuba, La Habana, octubre de 1968. Reproducida en La Revolución del 30 se fue a bolina, Ediciones Huracán, ICL, La Habana, 1969).
 

2 “Había que rellenar el jolongo, y lo rebosé. Mi sentido irónico me salvó a tiempo, por fortuna, de las soberbias y melindres de la vanidad literaria”. Retorno a la alborada, Universidad Central de Las Villas, 1964, t. I, p. 10

3 Raúl Roa publicó otros dos libros en este período, Mis oposiciones (Editorial Alfa, La Habana, 1941) e Historia de las doctrinas sociales, tomo I (Imprenta de la Universidad de La Habana, La Habana, 1949). No me referiré a ellos, a pesar de la originalidad y los valores que los caracterizan, por ser dispensables para el objeto de esta introducción y para no hacerla más extensa. Al fin ha aparecido una segunda edición del tomo I de Historia de las doctrinas sociales (Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 2003), una obra de madurez científica y docente; el autor sacrificó la edición de un segundo tomo al sentido del deber militante que le fijaban sus ideales.     

4 Las palabras citadas proceden de “Al lector”, en 15 años después, Editorial Librería Selecta, La Habana, 1950, ps. 9-14.

5 Viento sur, Selecta, La Habana, 1953, p. 8

6 Todas las citas son de En pie, Departamento de Relaciones Culturales, Universidad Central de Las Villas, 1959, Prólogo.

7 En 1906 y 1917 se había violado la voluntad ciudadana por el Gobierno, y el país confrontó conatos de guerra civil. Pero en las condiciones de 1927 apuntaba ya la crisis de la formación económica, era muy dura la relación neocolonial y a la sociedad no le bastaba con la república de 1902. Dos veces se deslegitimó el sistema de dominación, exactamente a los 25 y a los 50 años de constituida la república, y las consecuencias fueron decisivas para el siglo XX cubano.

8 La ORCA preconizaba la lucha armada y el socialismo; trabajó por la unidad de las organizaciones revolucionarias y tuvo relaciones fraternas con el PC. Su Secretario General era Pablo de la Torriente. Ver “Carta al CC del Partido Comunista de Cuba”, de 23-10-1935, y “Circular a las organizaciones revolucionarias”, de 23-3-1936, en Pensamiento Crítico núm. 39, La Habana, abril de 1970, ps. 306-308 y 328-329. 

9 Aunque poseyó un alto nivel cultural, Guiteras no fue un escritor prolífico. Pero sus ideas pueden leerse en artículos como “Septembrismo”, en documentos personales y en manifiestos y programas de las organizaciones que dirigió.

10 La extensa nota al pie de “La última jornada universitaria” es de febrero de 1935.

11 “Tengo en perspectiva un libro maravillosamente absurdo. Ya está hecho prácticamente. Se titula Bufa subversiva. En el capítulo “Presidentes” estás tú por derecho propio. Tiene esta Bufa tremebundos aspectos y contingencias aladas. Es de culo, viejito.” (Carta de Raúl Roa a Manuel Navarro Luna, 1º de agosto de 1934. Citada en Ana Cairo: La Revolución del 30 en la narrativa y el testimonio cubanos, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1993, p. 127).

12 He tratado el tema en “Raúl Roa y su época” (La Gaceta de Cuba núm.5, La Habana, sept/oct de 1996. Reproducido en F. Martínez: El corrimiento hacia el rojo, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2001, ps. 180-184).

13 Publicado en el clandestino Línea, órgano de la AIE, núm. 2, 10 de julio de 1931. José Antonio Fernández de Castro tradujo al español por primera vez el verso de Vladimir Maiakovsky utilizado en el título, y lo publicó en Revista de La Habana, en mayo de 1930 (Información de Raúl Roa García al autor de este prólogo).

14 Publicada en folleto, Reacción Vs, Revolución (Motivos de polémica), Manzanillo, 1993. Ella abre el capítulo “Cañazos legítimos” de esta obra.

15 F. Martínez: “Una voz de la revolución”, La Gaceta de Cuba núm. 1,  UNEAC, La Habana, ene/feb 1998 (en F. Martínez: El corrimiento… p. 189). Mella fundó en México, en 1928, la Asociación de los Nuevos Emigrados Revolucionarios de Cuba (ANERC). Para argumentos de Mella sobre esta cuestión, ver, en Mella. Documentos y artículos, IHMCRSC, La Habana, 1975, ps.377-81, 407-10, 415-17. Una versión pública de su proyecto apareció en la revista de la ANERC: “Programa de unificación del pueblo cubano para una acción común inmediata por la restauración de la democracia”, ¡Cuba Libre! (Para los trabajadores) num. 2, México DF, julio de 1928. Christine Hatzky ofrece datos muy valiosos sobre estas actividades de Mella en Julio Antonio Mella (1903-1929). Eine Biografie, Vervuert Verlag, Frankfurt, 2004, ps.263-277.

16 La línea de “clase contra clase” consideraba “socialfascistas”, traidores o enemigos a los políticos no proletarios, y “oportunistas” a los militantes que no aceptaran todas sus orientaciones, clasificaciones y definiciones. Muy ligada a las pugnas internas y la liquidación de la Revolución bolchevique en la URSS, esa política rigió hasta 1935, con consecuencias funestas. Aquí sólo puedo insistir en que es imprescindible conocer toda esta historia, si se quiere comprender la historia del comunismo y de las ideas marxistas en cada país. Ver una exposición de la reunión del PC de Cuba que acordó seguir aquella línea en 1929, en Raúl Roa: El fuego de la semilla en el surco, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1982, ps. 346-357.

17 Completo esta breve valoración sugiriéndoles leer el homenaje explícito en los criterios del adversario, en el cap. VIII de Problemas de la nueva Cuba (Foreign Policy Association Inc., New York/ Cultural S.A., La Habana, 1935, ps. 200-219)

18 El dirigente comunista francés que escribe “Por el frente único nacional en Cuba (Carta desde París)” se permitirá criticar al PC cubano las insuficiencias de su IV Pleno del CC, de febrero de 1935, su lentitud y sus dudas en aceptar los cambios hacia una política de “frente único nacional”, es decir, lo amonesta por mantener la línea que la IC había impuesto en 1929. Es mayo de 1935, y no tiene una palabra de autocrítica hacia la política orientada durante estos años en que Cuba ha vivido una oportunidad histórica revolucionaria (Páginas de historia contemporánea, Vol. 1º. Editorial SUDAM, Mayenne, Francia, ps. 48-67. Este texto es reproducido de L’Internationale Communiste num. 5, mayo de 1935).

19 Ana Cairo: Ob. cit., p. 127.

20 Pablo de la Torriente Brau: Cartas cruzadas, (selección, prólogo y notas de Víctor Casaus), Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1981, p. 177. Leonardo es Fernández Sánchez.

21 8 de agosto de 1948. En 15 años después, ps. 60-70.

22 Los otros dos son: ¡En Cuba libre!, de Gonzalo de Quesada y Miranda, y Revolución y Seudorrevolución, de Carlos González Palacios, “un ensayo de valoración histórica que abarca los principales aspectos del proceso”.

23 Raúl Roa revisó el texto de Bufa subversiva e hizo anotaciones en un ejemplar, con vista a una nueva edición que pensaba hacer. (Información de la Dra. Ada Kourí y de Raúl Roa Kourí al autor de este prólogo).

 

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