Año V
La Habana

10-16 de FEBRERO
de 2007

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Gleyvis Coro Montanet

Que la literatura se le ofrezca un poco a la dentista que soy

Juan Ramón de la Portilla • Pinar del Río

 
Gleyvis Coro Montanet (Pinar del Río, 1974) se ha convertido en pocos años en una figura conocida no solo en el contexto literario de su provincia sino en el país. Con cuatro poemarios y un libro de relatos publicados, esta joven autora, estomatóloga de profesión, apuesta por una comunicación intensa con el lector siempre desde presupuestos lúdicros y reflexivos; todo ello sin soslayar una arista erótica que ya asomaba en sus primeros textos, cualidad que se ha ido estilizando hasta definir su más reciente propuesta: Aguardando al guardabosque, de Ediciones Loynaz, breve pero intenso volumen donde reúne sonetos y piezas en verso libre.
 

De este libro, un breve botón de muestra:

“Mis tristes vecinos del fondo”

Ofuscados con una práctica del sexo
que no consiguieron nunca en la práctica,
adornaron con más sexo la mentira
de que el sexo de cada cual era un evento
que podía ser mejorado por el coito,
sin entender que la distancia
entre el hombre real y su mujer
y su hombre y su mujer imaginarios,
era también la felicidad.

Durante la reciente presentación de este libro en la Casa de la Poesía de La Habana Vieja, varios de los amigos que acompañábamos a la escritora en la feliz ocasión escuchamos con cierta perplejidad la opinión de Nersys Felipe sobre la intención poética erótica de Gleyvis, a la que calificó de “ingenua”, desde luego que sin ánimos peyorativos, ya se sabe de la proverbial amabilidad de la gran autora de Cuentos de Guane. Interpelada sobre tal consideración y en general sobre el sentido del erotismo y lo femenino en su obra y este libro en particular, Gleyvis apuntó:  

“Puedes definirme como una mujer que se mueve por intuiciones y pone todo su atrevimiento y sobre todo su empirismo, en lo que hace. Me gusta que la veta de mi inseguridad esté ahí, que la línea temblorosa tenga un sitio, que la literatura se le ofrezca un poco a la dentista que soy. Por eso hay mucha “sana malicia” en lo que hago, una malicia cargada de humor, que tiende un poco a confundir, a provocar, y por supuesto que hay rigor y estudio de la sintaxis, pero Nersys tiene más razón de lo que cualquiera imagina: yo soy naïf. Aguardando al guardabosque es un cuaderno con una calma tremenda y una rebeldía juguetona y astuta, donde lo uno lleva a lo otro, aunque parezca contradictorio. Es un texto en el que dije todo lo que quise sobre lo femenino y lo erótico y si decirlo todo en poesía es difícil —porque te sometes a los códigos de la sonoridad y a la tentación de embarrar de belleza la frase exacta—, contar los problemas universales, históricos e íntimos de la mujer, desde la calma, es un ejercicio creativo de madurez social y espiritual. Por eso me complace tanto este librito que defiende mi condición de mujer y la esencia mujeril de todas las cosas”.      

Gleyvis irrumpió en nuestro panorama editorial con una propuesta sui géneris, Cantares de Novo-Hem, que glosa en décimas la tragedia Alceste de Eurípides. Es curioso que se comience de esta manera, quiero decir que lo usual es que el escritor se “vuelque” hacia lo originario luego de una búsqueda ontológica e intimista, luego de encontrar su propia voz por caminos menos intrincados. En este caso parece que sucede todo lo contrario y nuestra autora lo confirma cuando declara que sus primeras indagaciones no fueron íntimas y que sus indagaciones básicas no lo son tampoco. “Me seduce lo histórico, lo político, el conflicto de la masa y las figuras aglutinantes más que las solitarias. Mis poemas o textos narrativos en primera persona, responden casi siempre a un problema de grandes connotaciones sociales y no a una queja ni a una felicidad particular o aislada”.

Pese a ser hasta el momento más conocida como versificadora que como narradora, Gleyvis asegura que prosa y poesía le son complementarias. Y son cómodas e incómodas en la medida en que la dejan expresarse o no. Como todo creador que logra no sin sufrimientos el parto de sus versos, entiende que la poesía tiene zonas en que se deja manejar y zonas en que maneja tiránicamente. “Bajo tales condiciones, lo único que puedo hacer es tratar de sobrevivir a escaramuza limpia”.

Ha publicado la mayor parte de su obra hasta el momento en Ediciones Loynaz, una institución de la que se siente agradecida pues piensa que lo más atendible, desde el punto de vista de su trabajo, está en el poder de convocatoria que ha sabido mantener aún en los tiempos más difíciles. Y si se le pregunta sobre el Centro Hermanos Loynaz, entidad que acoge al sello editorial homónimo, responde con generosidad que este ha sido una suerte de casa para la intelectualidad vueltabajera, ha promocionado espacios de reunión, publicación y crítica; ha visto llegar, quedarse y partir a muchos escritores y artistas. Y, lo más importante, a todos los ha dejado crecer o involucionar a su modo.

“Mi relación con el Centro es casi conyugal, con lo que tiene de bueno y de malo estar enyugada a algo que fue casi lo primero y ha sido casi lo único por un buen tiempo, más lo que tiene de alivio saber que estos raros lugares no han muerto todavía, y que su persistir contamina, contagia y promueve la aparición de nuevos sitios de tertulia. Creo que su mérito está en el modo en que desarrolla más que en el sentido estricto de la promoción, muchas veces sujeta a los vaivenes económicos y jerárquicos. Gracias a la Casa Loynaz los escritores de Pinar del Río tuvimos una generación, una manada para la interacción, la competencia y la sobrevivencia espiritual en una ciudad de provincia”.

Recientemente, el ensayista y matemático italiano residente en España Carlo Frabetti escribió una acuciosa reseña sobre Aguardando... Conozco que nuestra autora sostiene frecuentes diálogos con colegas no cubanos, entre ellos algunos representantes de la izquierda intelectual española y le pregunto si ello puede influir en su obra o su visión del mundo, o si por otro lado se trata de un mero pasatiempo entre décima y soneto, a lo que responde con una historia breve en la que, sin embargo, también aparece, mayúscula, la Historia: “Tina Modotti arrojó un día su cámara fotográfica al río Moskvá. Quería decir con esto que se olvidaba de su arte para seguir una causa social. Yo no tiraría nada al pinareño río Guamá, pero admiro a quien lo haga. Los intelectuales como Tina están pasando de moda, y a diferencia de pequeños conatos de resistencia, es doloroso ver cómo el artista se desvirtúa en todos lados”. Finalmente concluye arguyendo que por la recuperación de esa utopía, de esa poesía equivocada, si se quiere, se justifican los diálogos polémicos, esporádicos y electrónicos con algunos intelectuales de izquierda, los más accesibles y pacientes. “He crecido con ellos y ha mejorado mi forma de mirar el paisaje. En medio de una ciudad sin teatro, prácticamente sin cine y sin transporte, el correo electrónico puede ser una ventana real”.
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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