Año V
La Habana
2007

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Los Premios Villanueva, la escena cubana y José Martí hoy

Omar Valiño  La Habana

Todavía estamos celebrando los críticos e investigadores cubanos de las artes escénicas los veinte años del Premio Villanueva y la entrega de los correspondientes al 2007, acontecidos dos semanas atrás.

Surgido al calor de una etapa de intensa renovación y búsqueda dentro de la danza y el teatro cubanos, allá por el segundo lustro de los 80, el Premio Villanueva a los mejores espectáculos de cada año, puede exhibir a lo largo de estas dos décadas una hoja de aciertos incomparablemente mayor a la de sus máculas.

Con la ventaja del tiempo transcurrido, es más fácil detectar las veces que nos equivocamos en lo individual y en lo colectivo al resaltar puestas en escena que no merecían figurar entre las premiadas. Más difícil será encontrar ausencias de lo más notable realizado durante este ya extenso período. Porque el Premio, instituido y organizado por la Sección de Crítica e Investigación de las Artes Escénicas de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), y acompañado por la Revista Tablas y el capítulo cubano de la Asociación Internacional de Crítica Teatral, no ha dejado nunca de apoyar la estela renovadora escrita sobre los escenarios por nuestros artistas.

Si yo tuviera que resaltar un mérito de la Sección de Crítica, como más cómoda y brevemente se le conoce aquí, sería el arriba mencionado. Ese apoyo a la vanguardia se ha traducido, al mismo tiempo, en estímulo y en incitación a sostener una práctica escénica libre, crítica, investigativa y experimental por parte de individuos, grupos y compañías. Prueba al canto: los espectáculos premiados este enero, luego de la revisión de la temporada de 2006 (en mi opinión la más larga y sostenida de cuantas he presenciado en mis veinte años de mirada profesional), demuestran de manera fehaciente cuánto de feliz incomodidad propone, sobre todo, el teatro a nuestro público, a nuestra sociedad. En medio de una densidad cultural, sobre todo en la capital, que intenta romper los cotos cerrados del sectorialismo o lo elitario, el teatro se apunta en la delantera al dirigirse y ser acompañado en su diversidad por cantidades notables y cada vez más crecientes de público en todo el país. Los mal intencionados que ignoran por desconocedores o por falsos la real trama cultural de la nación, no podrían explicarse la presencia estable en nuestras carteleras de montajes como Stockman y Chamaco, de Argos Teatro, Las relaciones de Clara, de El Público, Delirio habanero, de Teatro de la Luna y El patico feo, de Las Estaciones, puestas en escena que, en su conjunto, trataré próximamente. Las mismas no se hacen contra nadie, pero, como corresponde al teatro, revisan las zonas álgidas de la sociedad cubana actual. Una sociedad que, como todas, no opera en modo alguno de forma monolítica.

Este número de La Jiribilla, me anunció su editora, estaría dedicado a Martí por el 28 de enero. Como casi nunca coincido en esta columna con el tema elegido por la publicación, cuando me senté a escribir esta nota, también iba por otro rumbo y, sin embargo, al llegar aquí percibo el aliento martiano en el fondo de todo lo descrito, aunque no engarce ahora con el centro de esta edición. No importa. Se asoman los versos memoriosos de Martí recordando los sucesos de Villanueva en 1869, acontecimiento paralelo a la salida de su juvenil Abdala, al cual se rinde homenaje cada enero en las Jornadas Villanueva, particularmente intensas este enero que se fue tan rápido. Haciendo hoy, correspondiendo a este tiempo, el teatro que Martí quería y veía para Cuba como uno de sus capitales de identidad patria, vibra a su modo aquel grito que, como señalara Albio Paz, marcó para siempre el nudo entre teatro y nación: ¡Viva el país que produce la caña !
 
 

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La Habana, Cuba. 2007.
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