Año V
La Habana
2007

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De cara al campo
Amado del Pino • La Habana

A partir del siglo XX, el hombre  ha tendido a convertirse en un animal de ciudad. Ya Cortázar lo advertía al hablar del campo “como ese lugar en que los pollos corren vivos”. Hace poco, un pintor de la región española de Castilla- La Mancha  me comentaba que en la populosa ciudad de Valencia les pusieron la tarea a varios niños de que dibujaran un ave de corral. De unos diez pequeños,  siete u ocho pintaron el animal desplumado y congelado.

Con todo, hay muchos a los que la tierra nos sigue llamando la atención. En mi caso ya se sabe que tiene que ver con una infancia plenamente rural. Paco Ibáñez, un excelente amigo que vive en  Murcia, decidió, desde hace varios años, huir del acelerado crecimiento urbanístico y del agobio de la multiplicación del tránsito. Ahora vive a unos veinte minutos de la capital de la región y se suele calentar en el invierno con fuego natural, más acogedor y romántico que las cómodas estufas eléctricas. En el caso de Paco, la lejanía del bullicio propicia la concentración en el disfrute de bienes espirituales. Allí, entre espléndidos limoneros, hemos disfrutado de mucha música ―con preferencia por la cubana― y una muestra muy actualizada del cine español. En su campesina morada me encontré los títulos más recientes de la cinematografía española que, por cierto, resultan difíciles de localizar en las videotecas comunes. Paco me explica que al cine lo unen lazos de sangre, pues acompañó mucho a su abuelo en la fundación de un pequeño pero entrañable cine de pueblo. Lástima que ahora, en España y en muchos otros lugares del planeta, esos cines pueblerinos o de barrio se hayan ido convirtiendo en cosa del pasado.

Nuestra generación conoció en Cuba el Plan la Escuela al Campo. Aquellas semanas “de cara al campo”, como también se le llamaba a la temporada agrícola eran  positivas en cuanto a la ampliación de la visión del mundo. Además, en ese mes y medio las amistades se robustecían, la dependencia de los padres se atenuaba y hasta solía florecer el amor en forma de rústicos y trémulos romances de adolescencia. Recuerdo que en  la Escuela al Campo correspondiente al noveno grado nos ubicaron en un campamento solo para varones y caminábamos, cada fin de semana, unos nueve o diez kilómetros por tal de respirar el aroma femenino.

Las áreas verdes dentro de las urbes cumplen ―además de las funciones ecológicas conocidas― la misión de relacionar a los habitantes con el eterno misterio de la germinación y el desarrollo de las plantas. Murcia es una ciudad de muchos jardines y por las calles se pueden  ver arbustos de frutales que cumplen una función ornamental. Además, estos árboles cítricos de parque hacen recordar  que nos encontramos en una zona peculiarmente fértil. Los agricultores y los políticos se quejan de que la agricultura murciana no tiene suficiente agua para los regadíos, pero hasta antes de que llegaran las continuas lloviznas  con las que se despide este enero, los campos se adornaban con millares de limones y mandarinas que despiertan a la vez el apetito y el placer estético.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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