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A
partir del siglo XX, el hombre ha
tendido a convertirse en un animal de
ciudad. Ya Cortázar lo advertía al
hablar del campo “como ese lugar en que
los pollos corren vivos”. Hace poco, un
pintor de la región española de
Castilla- La Mancha me comentaba que en
la populosa ciudad de Valencia les
pusieron la tarea a varios niños de que
dibujaran un ave de corral. De unos diez
pequeños, siete u ocho pintaron el
animal desplumado y congelado.
Con
todo, hay muchos a los que la tierra nos
sigue llamando la atención. En mi caso
ya se sabe que tiene que ver con una
infancia plenamente rural. Paco Ibáñez,
un excelente amigo que vive en Murcia,
decidió, desde hace varios años, huir
del acelerado crecimiento urbanístico y
del agobio de la multiplicación del
tránsito. Ahora vive a unos veinte
minutos de la capital de la región y se
suele calentar en el invierno con fuego
natural, más acogedor y romántico que
las cómodas estufas eléctricas. En el
caso de Paco, la lejanía del bullicio
propicia la concentración en el disfrute
de bienes espirituales. Allí, entre
espléndidos limoneros, hemos disfrutado
de mucha música ―con preferencia por la
cubana― y una muestra muy actualizada
del cine español. En su campesina morada
me encontré los títulos más recientes de
la cinematografía española que, por
cierto, resultan difíciles de localizar
en las videotecas comunes. Paco me
explica que al cine lo unen lazos de
sangre, pues acompañó mucho a su abuelo
en la fundación de un pequeño pero
entrañable cine de pueblo. Lástima que
ahora, en España y en muchos otros
lugares del planeta, esos cines
pueblerinos o de barrio se hayan ido
convirtiendo en cosa del pasado.
Nuestra generación conoció en Cuba el
Plan la Escuela al Campo. Aquellas semanas “de cara al campo”,
como también se le llamaba a la
temporada agrícola eran positivas en
cuanto a la ampliación de la visión del
mundo. Además, en ese mes y medio las
amistades se robustecían, la dependencia
de los padres se atenuaba y hasta solía
florecer el amor en forma de rústicos y
trémulos romances de adolescencia.
Recuerdo que en la Escuela al Campo
correspondiente al noveno grado nos
ubicaron en un campamento solo para
varones y caminábamos, cada fin de
semana, unos nueve o diez kilómetros por
tal de respirar el aroma femenino.
Las
áreas verdes dentro de las urbes cumplen
―además de las funciones ecológicas
conocidas― la misión de relacionar a los
habitantes con el eterno misterio de la
germinación y el desarrollo de las
plantas. Murcia es una ciudad de muchos
jardines y por las calles se pueden ver
arbustos de frutales que cumplen una
función ornamental. Además, estos
árboles cítricos de parque hacen
recordar que nos encontramos en una
zona peculiarmente fértil. Los
agricultores y los políticos se quejan
de que la agricultura murciana no tiene
suficiente agua para los regadíos, pero
hasta antes de que llegaran las
continuas lloviznas con las que se
despide este enero, los campos se
adornaban con millares de limones y
mandarinas que despiertan a la vez el
apetito y el placer estético. |