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Parecía que la pesadilla era cosa de un
remoto pasado, pero lo cierto es que
cuando despertamos el dinosaurio todavía
estaba allí. No hemos sabido —y tal vez
nunca sabremos— si el disparate
mediático respondía a una insidiosa
operación de rescate, a una caprichosa
expresión de amiguismo o a una simple
muestra de irresponsabilidad. No
importa. Visto desde la perspectiva de
hoy —de la reacción en cadena que
provocó, uno de cuyos eslabones es este
ciclo que estamos iniciando— era un acto
suicida. Lanzaba un reto sin tener la
menor idea del nivel de coherencia que
había alcanzado el adversario, ni de la
solidez de una política cultural que se
ha afianzado como un fenómeno
irreversible a través de una práctica
que ya dura tres décadas. Ganada
limpiamente esta batalla —no me atrevo a
decir la guerra, porque el pavonato
no es tanto la expresión de una táctica
política como una visión del mundo
basada en el recelo y la mediocridad—,
podemos abrir camino a la reflexión
diciéndonos, simplemente, que lo que
pasa conviene. La prueba de que así es
la tenemos en la decisión del Ministerio
de Cultura de apoyar esta iniciativa de
Desiderio, coincidente con la de Abel,
en cuanto a ir llenando el vacío de
información y de análisis que hasta
ahora ha prevalecido sobre el tema de la
política cultural —digo, anticultural—
de la primera mitad de los años setenta.
Por increíble que pueda parecer, la
persona que dirigió el programa
“Impronta” dedicado a Pavón —cuyo
libreto había sido escrito por una
compañera—, nos aseguró que no sabía
quién era el personaje, o más
exactamente, que no sabía cuál era la
“impronta” que éste había dejado en la
cultura cubana durante su gestión como
presidente del Consejo Nacional de
Cultura (CNC). Tampoco lo sabría
después, porque sobre eso se tendió un
cauteloso manto de silencio en el
programa. No convenía exagerar
mencionando la soga en casa del
ahorcado. Pues bien, aún no habíamos
salido de nuestro estupor cuando una
vocecita empezó a martillar nuestros
oídos: “¿Y por qué increíble?
¿Por qué tenía la joven directora
que saber? ¿Acaso ustedes, los
viejos que vivieron y sufrieron
aquella etapa, han escrito algún libro o
folleto, han publicado alguna serie de
artículos, han dado algún ciclo de
charlas sobre el tema? En los últimos
años la denuncia de los atropellos
individuales, de la perversa exhibición
de los prejuicios, del cinismo de las
explicaciones ha sido hecha por las
víctimas en entrevistas, artículos,
discursos de aceptación de premios, pero
el análisis del fenómeno fue siendo
postergado como lo han sido otras cosas
que merecían discutirse, y por el
mismo motivo: para no poner en peligro
la unidad. Junto con la validez
histórica de nuestro proyecto de nación,
la unidad es lo único, en efecto, que
garantiza nuestra superioridad sobre
enemigos y adversarios. Pero así como no
debemos olvidar que en una plaza
permanentemente sitiada, como lo es
nuestro país, insistir sobre
discrepancias y desacuerdos equivale a
“darle armas al enemigo”… tampoco
conviene olvidar que los pactos de
silencio suelen ser sumamente riesgosos,
porque crean un clima de inmovilidad, un
simulacro de unanimidad que nos impide
medir la magnitud real de los peligros y
la integridad de nuestras filas, en las
que a menudo se cuelan locuaces
oportunistas. Ya sabemos a dónde
condujeron esos simulacros y maniobras
en Europa y especialmente en la URSS, y
en este último caso, creo yo, porque
hasta los propios militantes —entre
ellos no pocos héroes del trabajo y
descendientes de héroes de la guerra—
habían sido definitivamente
desmovilizados por el burocratismo y la
rutina. Sin ser especialista en la
materia, me atrevo a responder la
insondable pregunta: “¿Por qué no
salieron los obreros, y en especial los
militantes comunistas, a defender la
Revolución en la URSS?” Muy sencillo:
“Porque no recibieron instrucciones de
arriba”. Necesitamos mantenernos firmes
en nuestras trincheras —las que, por
supuesto, no son los mejores lugares
para ejercitar la democracia—, pero eso
no quiere decir que podamos darnos el
lujo de abandonar la práctica de la
crítica y la autocrítica, el único
ejercicio que puede librarnos del
triunfalismo y preservarnos del
deterioro ideológico.
2
No quisiera cansarlos con divagaciones y
criterios que muchos de ustedes
comparten y que pudieran alejarnos de
nuestro tema. Éste —como sugiere el
título de mi charla, propuesto por
Desiderio— apunta a los motivos y la
praxis del Quinquenio Gris. Inventé la
etiqueta por razones metodológicas,
tratando de aislar y describir ese
período por lo que me parecía su rasgo
dominante y por el contraste que ofrecía
con la etapa anterior, caracterizada por
su colorido y su dinámica interna
(aunque no exenta, como veremos, de
frustraciones y sobresaltos).1
Pero antes de entrar en materia me
gustaría dejar aclarados un par de
puntos. En primer lugar, desde dónde
hablo, es decir, desde qué
experiencia vital, desde qué posición
ideológica y política se proyectan mis
opiniones y valoraciones sobre el tema,
y en general sobre los problemas de la
cultura, su producción y su alcance, con
énfasis especial en la literatura —la
narrativa—, que es el único campo que
conozco por experiencia propia. Me
adelanto a hablar así porque temo decir
algo que le resulte incomprensible o
extraño a algunos de los jóvenes
presentes.
Vengo, como es obvio, de un mundo que
marcó mi posición con respecto a muchos
de esos problemas: el mundo de la Cuba
pre-revolucionaria, de la república
aquélla. Desde muy joven quise
escribir. No me atrevería a decir que
quise ser escritor porque éste
era un oficio sin perfil laboral que
podía atraer sobre uno la sospecha o el
escarnio. “Yo no le decía a nadie que
quería ser escritor —le confesaba José
Soler Puig a un amigo — porque la gente
se reía y hasta pensaban que eso era de
maricas”.2
Y Virgilio Piñera, en un mensaje público
que le dirigió a Fidel en marzo de 1959:
“…Nosotros, los escritores cubanos,
somos ´la última carta de la baraja´, es
decir, nada significamos en lo
económico, lo social y hasta en el campo
mismo de las letras. Queremos cooperar
hombro con hombro con la Revolución, mas
para ello es preciso que se nos saque
del estado miserable en que nos
debatimos.”3
Como ven, el nivel de autoestima del
gremio estaba por el suelo. Tal vez el
anecdotario de los escritores vanidosos
o jactanciosos irritara o divirtiera a
sus cofrades en los corrillos de Madrid
o París, pero aquí eran cuentos de
extraterrestres, puesto que el escritor
literalmente no existía fuera del
círculo de sus amigos más íntimos y de
los cuatro gatos que leían Orígenes
(gatos afortunados, por cierto). Todavía
me parece un milagro que dos años
después del mensaje de Virgilio ya
estuviera yo editando Las aventuras
de Tom Sawyer y testimonios de niños
serranos en el Ministerio de Educación,
bajo la dirección de Herminio Almendros,
y muy pronto también a Proust, Joyce y
Kafka en la Editorial Nacional, bajo la
dirección de Alejo Carpentier. Desde
esta perspectiva se nos hacía evidente
que empezaba a consolidarse una alianza
entre las vanguardias políticas y
artísticas. La Revolución —la
posibilidad real de cambiar la vida—
se nos aparecía como la expresión
política de las aspiraciones artísticas
de la vanguardia. De modo que cuando
empezó a asomar la oreja peluda de la
homofobia y luego, enmascarada, la del
realismo socialista, nos sentimos
bastante confundidos. ¿Qué tenía que ver
un fenómeno tan profundo, que realmente
había cambiado la vida de millones de
personas, que había alfabetizado a los
analfabetos y alimentado a los
hambrientos, que no dejaba a un solo
niño sin escuela, que prometía barrer
con la discriminación racial y el
machismo, que ponía en las librerías, al
precio de cincuenta centavos o un peso,
toda la literatura universal, desde
Homero hasta Rulfo, desde Dafnis y
Cloe hasta Mi tío el empleado...,
qué tenía que ver un hecho de esas
dimensiones con mis preferencias
sexuales o con la peregrina imagen de un
artista virtuoso y viril, siempre
dispuesto a cantar las glorias patrias?
Nosotros— los jóvenes que nos creíamos
herederos y representantes de la
vanguardia en el terreno artístico y
literario— no podíamos comulgar con esa
visión…, serio problema, puesto que en
los círculos dogmáticos venía cobrando
fuerza la idea de que las discrepancias
estéticas ocultaban discrepancias
políticas. Por lo demás, uno no
podía desconocer que al asumir nuevas
responsabilidades descubría también sus
propias deficiencias. Si de pronto tenía
la posibilidad de dirigirse a millones
de lectores potenciales, era imposible
dejar de preguntarse: ¿y ahora, cómo
escribir o, en el caso del editor, qué
publicar? ¿Lo “que entiende todo el
mundo, que es lo que entienden los
funcionarios”, como decía irónicamente
el Che? ¿Lo que le “gusta” al pueblo,
dejándolo así estancado en su más bajo
nivel, o lo que me gusta a mí,
para que el pueblo vaya refinando sus
gustos y un buen día llegue a ser tan
culto como yo? Populismo, paternalismo,
elitismo, alta cultura, cultura popular,
cultura de masas o para las masas…,
dilemas y fantasmas ideológicos, en fin,
que empezaban a atravesarse en nuestro
camino, casi siempre cogiéndonos
desprevenidos… Lo que quiero decir es
que han de tener ustedes un poco de
paciencia, porque es imposible hablar
del Quinquenio Gris sin referirse a los
orígenes de ciertos conflictos que se
incubaron en la década del sesenta.4
Sólo me referiré a aquellos que, como
los mencionados, nos tocan más de cerca;
otros, como el de la microfracción,
por ejemplo, desbordan los límites de
nuestro asunto (aunque no dejan de estar
relacionados con él, porque el
sectarismo fue un mal generalizado
entre los cuadros intelectuales y
políticos más directamente ligados al
campo de la ideología).5
3
El realismo socialista –la literatura
como pedagogía y hagiografía, orientada
metodológicamente hacia la creación de
“héroes positivos” y la estratégica
ausencia de conflictos antagónicos en el
“seno del pueblo”— producía en nosotros,
mis amigos pequeñoburgueses y yo, la
misma reacción de quien se encuentra una
mosca en el vaso de leche. Entre los
narradores cubanos nadie, que yo
recuerde, había aceptado la invitación,
pero la recién creada Imprenta Nacional
editaba profusamente novelas soviéticas
(algunas respetables, por cierto, como
las de Sholojov y aquellas de Alexandr
Bek —La carretera de Volokolansk
y Los hombres de Panfilov, en
realidad dos partes de la misma epopeya—
que acompañaron a tantos milicianos en
las frecuentes movilizaciones de
aquellos tiempos). En todo caso yo, como
joven intelectual sin más ideología
política que la fidelista (solía decir
por entonces que me había hecho marxista
por televisión, es decir, oyendo
a Fidel), ya tenía dos cosas
absolutamente claras: ¿volver al
pasado?, de ninguna manera;
¿admitir como horizonte cultural un
manual de Konstantinov y una estética
normativa?, de ninguna manera.
Pero no quisiera caer en lo mismo que
criticamos, y sé que cuando se trata de
defender nuestra verdad,
nuestro punto de vista, solemos ser
tan categóricos y dogmáticos como el
adversario. El realismo socialista no
era “intrínsecamente perverso”; lo
intrínsecamente perverso fue la
imposición de esa fórmula en la
URSS, donde lo que pudo haber sido una
escuela, una corriente literaria y
artística más, se convirtió de pronto en
doctrina oficial, de obligatorio
cumplimiento. De las distintas funciones
que desempeñan o pueden desempeñar la
literatura y el arte —la estética, la
recreativa, la informativa, la
didáctica…—, los comisarios trasladaron
esa última al primer plano, en
detrimento de las otras; lo que el
pueblo y en particular la clase obrera
necesitaban no era simplemente leer
—abrirse a nuevos horizontes de
expectativas—sino educarse,
asimilar a través de la lectura las
normas y valores de la nueva sociedad.
Este admirable propósito —admirable en
teoría, y tanto más cuanto que sus bases
se remontaban a la Ilustración— no tenía
en cuenta que “si el arte educa —y me
permito citar a Gramsci por enésima vez—
lo hace en cuanto arte y no en cuanto
arte educativo, porque si es arte
educativo deja de ser arte y un arte
que se niegue a sí mismo no puede educar
a nadie.” Nosotros ni sospechábamos
siquiera que la herencia del marxismo
escolástico fuera tan fuerte en nuestro
medio, o al menos entre algunos
intelectuales procedentes del Partido
Socialista Popular, pero una de nuestras
más brillantes y respetadas ensayistas,
Mirta Aguirre, escribía en octubre de
1963:
Hoy, en manos del materialismo
dialéctico, el arte puede y debe ser
exorcismo: forma de conocimiento que
contribuya a barrer de la mente de los
hombres las sombras caliginosas de la
ignorancia, instrumento precioso para la
sustitución de la concepción religiosa
del mundo por su concepción científica,
y apresurador recurso marxista de la
derrota del idealismo filosófico.6
Uno se sentía tentado a preguntar: ¿todo
eso puede y debe ser el arte? O
bien, con cierto desenfado: ¿eso es
todo lo que debe y puede ser el
arte? De haberlo hecho, no habría
tardado en descubrir que nuestro
desconcierto tenía un turbio origen de
clase, porque lo que realmente ocurría
era que ciertas ideas estaban “en
precario y camino a la desaparición”, y
ciertos intelectuales y artistas, “en
vez de dedicarse a extirpar de sí mismos
los vestigios ideológicos de la sociedad
derrumbada”, se empecinaban en
justificarlos.7
En realidad, lo que nosotros veíamos era
que bajo ese rígido y precario modelo de
orientación artística se difuminaba la
línea divisoria entre arte, pedadogía,
propaganda y publicidad. Lo curioso es
que el capitalismo producía toneladas de
publicidad y propaganda sin mencionarlas
siquiera, enmascaradas hábilmente bajo
las etiquetas de la información y el
“entretenimiento”; pero el socialismo
era joven e inexperto; en la famosa
polémica que en diciembre de 1963
sostuvieron Blas Roca y Alfredo Guevara
en torno a la exhibición de varias
películas (La dulce vida, de
Fellini, Accatone, de Passolini,
El ángel exterminador, de Buñuel
y Alias Gardelito, de Lautaro
Murúa), Guevara se refirió a la columna
periodística de Blas Roca —hombre muy
respetable, por otros conceptos— como
una columna que aborda tan
superficialmente los problemas de la
cultura, y del arte cinematográfico en
particular, reduciendo su significación,
por no decir su función, a la de
ilustradores de la obra revolucionaria,
vista por demás en su más inmediata
perspectiva.8
Huelga aclarar —porque en política, como
decía Martí, lo real es lo que no se ve—
que estas disputas estéticas formaban
parte de una lucha por el poder
cultural, por el control de ciertas
zonas de influencia. Esto se hizo
evidente en 1961 con la polémica en
torno a PM y el posterior cierre
de Lunes de Revolución, medida
esta última que condujo a la creación de
La Gaceta de Cuba, publicación
literaria de la UNEAC que dura hasta
hoy. La de PM resultó ser una
polémica histórica porque dio origen a
Palabras a los intelectuales, el
discurso de Fidel que por fortuna ha
servido desde entonces —salvo durante el
dramático interregno del pavonato— como
principio rector de nuestra política
cultural. PM era un modesto
ensayo de free-cinema, un
documentalito de Sabá Cabrera Infante y
Orlando Jiménez Leal que había pasado
sin pena ni gloria por la televisión en
un programa patrocinado por Lunes de
Revolución, es decir, por Carlos
Franqui y Guillermo Cabrera Infante. Los
dos —Franqui y Guillermo—tenían una gran
virtud —una visión moderna y dinámica
del arte, la literatura y el periodismo,
como lo demuestran el periódico
Revolución y su suplemento
literario, Lunes...—; pero ambos
tenían también un gran defecto, dadas
las circunstancias: eran anticomunistas
viscerales, que odiaban todo lo que
oliera a Unión Soviética y PSP. El ICAIC
se había negado a exhibir PM en
las salas de cine, lo que desató la
polémica.9
Uno diría que en algún momento tanto la
dirigencia del ICAIC como la
intelectualidad del PSP elevaron a la
máxima dirección del gobierno estas
dramáticas preguntas: ¿Quiénes son los
que van a hacer cine en Cuba? ¿Quiénes
son los que van a representar
institucionalmente a nuestros escritores
y artistas? Las respuestas se caían de
la mata.
Pero algo se nos había ido de las manos,
porque en la segunda mitad de la década
pasaron cosas que tendrían consecuencias
funestas para el normal desarrollo de la
cultura revolucionaria: el
establecimiento de las Unidades
Militares de Ayuda a la Producción
(UMAP), por ejemplo —que duraron tres
años y dejaron unas cuantas cicatrices—,
y el rechazo institucional de dos libros
premiados en el concurso literario de la
UNEAC (Los siete contra Tebas, de
Antón Arrufat, y Fuera del juego,
de Heberto Padilla), para no hablar de
anécdotas pasajeras, aunque
sintomáticas, como el clima de
hostilidad que suscitó, entre algunos
funcionarios, la aparición de
Paradiso (1966), de Lezama, debido a
su supuesta exaltación del homoerotismo
(llegó a decirse que el volumen había
sido mandado a recoger de algunas
librerías). La desafortunada iniciativa
de la UMAP, la idea de que tanto los
jóvenes homosexuales como los religiosos
—sobre todo los Testigos de Jehová, que
rechazaban por convicción el uso de las
armas— hicieran su servicio militar en
unidades de trabajo, no en unidades de
combate, se emparentaba a todas luces
con la visión machista de aquellos
padres burgueses que mandaban a sus
hijos más díscolos o timoratos a
escuelas militares para que “se hicieran
hombres”. Recuerdo haberle dicho al
amigo a quien antes aludí, cuando me
preguntó sobre la discriminación a los
homosexuales en Cuba, que esa actitud no
tenía que ver con la Revolución, que nos
llegaba de antaño, por la doble vía de
la moral judeo-cristiana y la
ignorancia, pero que tal vez el clima
emocional de la plaza sitiada —que
incluía la constante exaltación de las
virtudes viriles—, así como la obsesión
por enderezar tantas cosas
torcidas de la vieja sociedad, nos
llevaron a querer enderezar o
restaurar también a los
homosexuales, quienes no en balde eran
descritos desde siempre con eufemismos
como invertidos o partidos.10
Rechazo totalmente la idea, porque me
parece cínica e inexacta, de que ese
ingenuo o estúpido voluntarismo tuviera
algo que ver con la aspiración a forjar
un “hombre nuevo” —uno de los más caros
anhelos del hombre, anterior al
cristianismo, inclusive—, tal como fue
enunciada en nuestro medio por el Che y
como repetíamos nosotros aludiendo al
homo homini lupus, de Plauto —tan
citado por Marx—, cuando hablábamos de
una sociedad donde el hombre no fuera
lobo del hombre, sino su hermano. Ahora
bien, estoy convencido de que el grado
enfermizo que alcanzó la homofobia, como
política institucional, durante el
Quinquenio Gris, es un tema que atañe no
tanto a los sociólogos como a los
psicoanalistas y los sacerdotes, es
decir, a aquellos profesionales capaces
de asomarse sin temor a “los oscursos
abismos del alma humana”. Tampoco
estaría de más reflexionar sobre los
métodos represivos o “disciplinarios”
inventados por la burguesía y tan bien
estudiados por Foucault en algún
capítulo de Vigilar y castigar.
4
Los libros de Padilla y Arrufat
premiados en el concurso de la UNEAC se
publicaron con un prólogo en el que la
institución dejaba constancia de su
desacuerdo: eran obras que servían “a
nuestros enemigos”, pero que ahora iban
a servir para otros fines, uno de
los cuales era “plantear abiertamente la
lucha ideológica”. Fue entonces —entre
noviembre y diciembre de 1968— cuando
aparecieron en la revista Verde Olivo
cinco artículos cuya autoría se atribuye
a Luis Pavón Tamayo, conjetura por lo
demás indemostrable porque el autor
utilizó un pseudónimo —el tristemente
célebre Leopoldo Ávila— que hasta ahora
no ha sido reivindicado por nadie. El
primer artículo exponía la conducta de
Guillermo Cabrera Infante, que hacía
apenas unos meses, en la revista
Primera Plana de Buenos Aires, se
había declarado enemigo acérrimo de la
Revolución… después de servirla
esforzadamente durante varios años como
Agregado Cultural en Bruselas. Los dos
artículos que le siguieron estaban
agresivamente dedicados a Padilla y a
Arrufat; y los dos últimos, a problemas
del mundillo intelectual, entre ellos el
nivel de “despolitización” que, a juicio
de Ávila, padecían nuestros escritores y
críticos.13
No habré de extenderme sobre el tenso
clima que prevaleció en aquellos meses,
porque ya un grupo de colegas —tanto
cubanos (Retamar, Desnoes y yo) como
latinoamericanos (Roque Dalton, René
Depestre y Carlos María Gutiérrez)
expusimos nuestras ideas sobre el asunto
en una especie de mesa redonda que
sostuvimos en mayo de 1969 y que fue
publicada, primero, en la revista
Casa de las Américas y después en
México, por Siglo XXI, bajo el
previsible título de El intelectual y
la sociedad.12
El torneo ideológico anunciado por Ávila
se insinuaba en ocasionales escaramuzas,
pero había ido adquiriendo gradualmente
un carácter cada vez más internacional
debido en parte a los ataques a la
Revolución que habían hecho en Europa
varios intelectuales —Dumont, Karol,
Enzersberger…— y en parte a que uno de
los jurados que premió a Arrufat y
Padilla —el crítico inglés J. M. Cohen—
decidió participar a su manera en el
debate. A ello se sumaba la aparición en
París de la revista Mundo Nuevo,
dirigida por el crítico uruguayo Emir
Rodríguez Monegal; muy pronto su
compatriota Ángel Rama —ateniéndose a
informaciones procedentes del New
York Times— denunció la
publicación como una “fachada cultural
de la CIA”.13
En opinión de los especialistas, la
finalidad última de Mundo Nuevo
era disputarle a Casa de las Américas
su poder de convocatoria y socavar la
imagen del escritor o artista
“comprometido” que la Revolución cubana
venía proponiendo como modelo para los
intelectuales de nuestra América.14
Fue ese modelo, por cierto, el que nos
sirvió de razón o pretexto para la
famosa Carta a Neruda que a fines
de 1966 hicimos circular por todos los
rincones del Continente, y fue también
el que prevaleció un año más tarde en el
Seminario Preparatorio del Congreso
Cultural de La Habana, donde se puso de
manifiesto que gran parte de nuestra
intelectualidad estaba elaborando, desde
posiciones martianas y marxistas, un
pensamiento descolonizador, más ligado a
nuestra realidad y a los problemas del
Tercer Mundo que a las corrientes
ideológicas eurocéntricas de ambos lados
del Atlántico. La revista Pensamiento
Crítico y el excelente catálogo de
publicaciones de ciencias sociales que
ya exhibía el recién creado Instituto
del Libro desempeñaron también un
importante papel en este atrevido
proceso que solíamos llamar “de
concientización” o de “descolonización
cultural”, y al que, por cierto, ninguno
de los famosos manuales recién
importados de la URSS podía aportarle
nada.
El Congreso Cultural de La Habana se
celebró en enero de 1968 con la
participación de centenares de
intelectuales y artistas de todo el
mundo, en un clima de optimismo
revolucionario que objetivamente, sin
embargo, quedaba reducido a su mínima
expresión por el hecho de que apenas dos
meses antes el Che había muerto en
Bolivia, con lo que se frustraba al
nacer el gran proyecto de emancipación
continental que comenzó a gestarse en
1959. Entretanto, el prestigio
internacional de la cultura cubana había
crecido gracias al profesionalismo y la
creatividad de artistas y escritores, de
un lado, y al trabajo de cohesión y
divulgación realizado por la Casa de las
Américas y el ICAIC, del otro; ahí
estaban, pujantes, el cine, el ballet,
el diseño gráfico, el teatro, la música
(con la naciente Nueva Trova), el
Conjunto Folklórico y la literatura
(esta última con dos modalidades
emergentes: la novela-testimonio y la
Narrativa de la Violencia). Observando
semejante panorama cualquiera podía
haber dicho, en alusión al diagnóstico
de Ávila: “Si todo esto es producto de
una intelectualidad despolitizada,
que venga Dios y lo vea”.
5
Quisiera poder dar aquí por concluido el
esquema general de la prehistoria —visto
desde la perspectiva más o menos justa,
más o menos distorsionada de un
participante que, como es natural,
tiende a arrimar la brasa a su sardina—,
pero me temo que el rodeo aún no haya
terminado. Todavía hay factores,
digámoslo así, objetivos y subjetivos,
nacionales e internacionales que deben
tenerse en cuenta para poder ir al grano
después. Así que les pido, por favor, un
poco más de paciencia.
Lo que ocurrió con Fuera del juego
después de su publicación lo vemos ya
como los prolegómenos del “caso
Padilla”. Él siguió haciendo una vida
más o menos normal y anunció (no sé si
llegó a dar) un recital en la UNEAC con
los poemas de un libro en preparación
que llevaría el sugestivo título de
Provocaciones —no sean mal pensados,
aludía a una observación de Arnold
Hauser en el sentido de que las obras de
arte son eso, justamente, desafiantes
invitaciones al diálogo. En diciembre
del 68 Padilla sostuvo inclusive una
escaramuza con Cabrera Infante en la
que, al rechazar su apoyo, lo acusaba de
ser un “contrarrevolucionario que
intenta crearle una situación difícil al
que no ha tomado su mismo camino”…15
Por un problema de carácter, Padilla no
podía mantenerse mucho tiempo en un
segundo plano; aprovechó una encuesta de
El Caimán Barbudo para atacar a
los editores porque se interesaban en
Pasión de Urbino, la recién
publicada novela de Lisandro Otero,
mientras “ninguneaban” Tres tristes
tigres, de Cabrera Infante. A cada
rato oíamos decir que estaba muy activo
como consultor espontáneo de
diplomáticos y periodistas extranjeros
de tránsito por La Habana, a los que
instruía sobre los temas más disímiles:
el destino del socialismo, de la
revolución mundial, de la joven
literatura cubana… Y un buen día de
abril de 1971 nos llegaron rumores
lamentables, que luego se confirmaron
como hechos: que había estado preso —por
tres semanas, según unos, por cinco,
según otros…—; y que iba a hacer unas
declaraciones públicas en la UNEAC.
Éstas resultaron ser un patético mea
culpa y un atropellado inventario de
inculpaciones a amigos y conocidos,
tanto ausentes como presentes.
Conociendo a Padilla como lo conocíamos,
sabiendo que su larga experiencia como
corresponsal de prensa en Moscú lo había
convertido en un escéptico incurable
—hasta el punto de que aun bajo el sol
tropical se sentía asediado por los
fantasmas del estalinismo—, cuesta
trabajo creer que su declaración —que
tanto recordaba las penosas
“confesiones” de los procesos de Moscú—
no estuviera concebida como un mensaje
cifrado, destinado a sus colegas de
todas partes del mundo. Sea como fuere,
lo cierto es que el mensaje —la profecía
autocumplida— llegó a su destino.
Pero ya días antes, al conocerse en
Europa la noticia del arresto, se había
puesto en marcha el mecanismo que de
este lado del Atlántico conduciría al
Primer Congreso Nacional de Educación y
Cultura.16
6
En efecto, el 9 de abril del 71 había
aparecido en un diario de París —Le
Monde— una carta abierta que varios
intelectuales europeos y
latinoamericanos dirigían a Fidel para
expresarle su alarma por el arresto, el
que veían como un posible rebrote del
sectarismo en la Isla. Fue como meterse
en la jaula del león sin tomar las
debidas precauciones. No me extrañaría
que haya sido esa carta —y el hecho
insólito de que entre los firmantes
apareciera Carlos Franqui, ahora
convertido en celoso fiscal de la
Revolución— lo que precipitó la decisión
de convertir el anunciado Primer
Congreso de Educación en Primer Congreso
de Educación y Cultura. Este se
efectuó en salones del hotel Habana
Libre entre el 23 y el 30 de abril. En
su discurso de clausura, Fidel acusaría
de arrogantes y prepotentes a aquellos
“liberales burgueses”, instrumentos del
colonialismo cultural, que intervenían
en nuestros asuntos internos sin tener
la menor idea de lo que eran nuestros
verdaderos problemas: la necesidad de
defendernos del imperialismo, la
obligación de atender y abastecer a
millones de niños en las escuelas… “Hay
que estar locos de remate, adormecidos
hasta el infinito —dijo—, marginados de
la realidad del mundo” para creer “que
los problemas de este país pueden ser
los problemas de dos o tres ovejas
descarriadas…”, o que alguien, desde
París, Londres o Roma, podía erigirse en
juez para dictarnos normativas. Por lo
pronto, intelectuales de ese tipo nunca
volverían aquí como jurados de nuestros
concursos literarios, ni como
colaboradores de nuestras revistas…17
Vista desde la óptica actual, la
reacción puede parecernos desmesurada,
aunque consecuente con toda una política
de afirmación de la identidad y la
soberanía nacionales; en todo caso, lo
cierto es que la situación en su
conjunto marcó un punto de ruptura o
enfriamiento entre la Revolución y
numerosos intelectuales europeos y
latinoamericanos que hasta entonces se
consideraban amigos y compañeros de
viaje.18
Sigue siendo de consulta obligada, como
manifiesto revolucionario del momento
—que, por cierto, lo trascendió para
llegar a convertirse en manifiesto
cultural del Tercer Mundo—, el ensayo de
Retamar Calibán, escrito a sólo
dos meses de clausurado el Congreso.
El país atravesaba entonces un período
de tensiones acumuladas, entre las que
sobresalían la muerte del Che, la
intervención soviética en Checoslovaquia
—que el gobierno cubano aprobó, aunque
con mucha reticencia—, la llamada
Ofensiva Revolucionaria de 1968 —un
proceso tal vez prematuro, tal vez
incluso innecesario de expropiación de
los pequeños comercios y negocios
privados—, y la frustrada zafra del 70
o Zafra de los Diez Millones, que pese a
ser “la más grande de nuestra historia”
—como proclamaron los periódicos— dejó
al país exhausto. Sometida al bloqueo
económico imperialista, necesitada de un
mercado estable para sus productos —el
azúcar, en especial—, Cuba tuvo que
definir radicalmente sus alianzas. Hubo
un acercamiento mayor a la Unión
Soviética y a los países socialistas
europeos. En 1972 el país ingresaría al
Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME),
lo que vincularía estructuralmente
nuestra economía a la del campo
socialista.
7
Del Congreso de Educación y Cultura
emergió, con Luis Pavón Tamayo a la
cabeza, un CNC transformado, ninguno de
cuyos dirigentes, hasta donde recuerdo,
había tenido relaciones orgánicas con la
vanguardia. Los nexos de continuidad
habían sido cuidadosamente rotos o
reducidos al mínimo. A juzgar por sus
acciones, el pavonato fue eso,
justamente: un intento de disputarles el
poder, o mejor dicho, de despojar
del poder a aquellos grupos que hasta
entonces habían impuesto su predominio
en el campo de la cultura y que por lo
visto no eran, salvo excepciones,
“políticamente confiables”. Únicamente
se salvaron —aunque con facultades
bastante reducidas—, los que pertenecían
a instituciones autónomas encabezadas
por figuras prestigiosas, como los casos
ya citados de la Casa de las Américas y
el ICAIC. Sabemos que en este tipo de
conflictos no sólo se dirimen
discrepancias estéticas o fobias
personales sino también —y tal vez sobre
todo— cuestiones de poder, el control de
los mecanismos y la hegemonía de los
discursos. Basta echar una ojeada a la
situación de las editoriales, los
teatros, las revistas, las galerías, los
espacios, en fin, de promoción y
difusión de la cultura artística y
literaria en los años sesenta para
percatarse de que el dominio de los más
importantes lo ejercían, directa o
indirectamente, los grupos que
considerábamos de vanguardia. Un
funcionario obtuso podía opinar lo que
quisiera de Farraluque o del teatro del
absurdo, pero Paradiso y La
soprano calva estaban ahí, al
alcance de la mano; podía rechazar el
pop o La muerte de un burócrata,
pero Raúl Martínez y Titón seguían ahí,
enfrascados en nuevos proyectos… En
1970, para celebrar el cumpleaños de
Lezama —su sexagésimo aniversario—
aparecieron una larga entrevista en
Bohemia (se reprodujo en Cuba
Internacional), todo un dossier de
homenaje en La Gaceta de Cuba y
el volumen de sus poesías
completas (hasta la fecha) publicado por
el Instituto del Libro en su colección
Letras Cubanas.19
Es decir, había tensiones y
desencuentros, pero las cosas no eran
tan sencillas: lo que las editoriales y
revistas publicaban, lo que las galerías
exhibían, lo que los teatros estrenaban,
lo que filmaba el ICAIC servían para
mostrar quiénes eran (éramos) los
que movían los hilos de la “industria
cultural”, hasta dónde resultaba ser
hegemónico nuestro discurso, pese al
rechazo y las sospechas que el mismo
suscitaba entre aquellos ideólogos
profesionales a quienes solíamos llamar
piadosamente “guardianes de la doctrina”
(encabezados por un alto funcionario del
Partido que, según rumores, era el
padrino político de Pavón).20
Si tuviera que resumir en dos palabras
lo ocurrido, diría que en el 71 se
quebró, en detrimento nuestro, el
relativo equilibrio que nos había
favorecido hasta entonces y, con él, el
consenso en que se había basado la
política cultural. Era una clara
situación de antes y después:
a una etapa en la que todo se consultaba
y discutía —aunque no siempre se
llegara a acuerdos entre las partes—,
siguió la de los úkases: una política
cultural imponiéndose por decreto y otra
complementaria, de exclusiones y
marginaciones, convirtiendo el campo
intelectual en un páramo (por lo menos
para los portadores del virus del
diversionismo ideológico y para los
jóvenes proclives a la extravagancia, es
decir, aficionados a las melenas, los
Beatles y los pantalones ajustados, así
como a los Evangelios y los
escapularios).
Todos éramos culpables, en efecto, pero
algunos eran más culpables que otros,
como pudo verse en el caso de los
homosexuales. Sobre ellos no pesaban
únicamente sospechas de tipo político,
sino también certidumbres científicas,
salidas tal vez de algún manual
positivista de finales del siglo XIX o
de algún precepto de la Revolución
Cultural china: la homosexualidad era
una enfermedad contagiosa, una especie
de lepra incubada en el seno de las
sociedades clasistas, cuya propagación
había que tratar de impedir evitando el
contacto —no sólo físico, sino inclusive
espiritual— del apestado con los
sectores más vulnerables (los jóvenes,
en este caso). Por increíble que hoy
pueda parecernos —en efecto, el sueño de
la razón engendra monstruos—, no es
descabellado pensar que ese fue el
fundamento, llamémosle teórico,
que sirvió en el 71-72 para establecer
los “parámetros” aplicados en los
sectores laborales de alto riesgo,
como lo eran el magisterio y, sobre
todo, el teatro. Se había llegado a la
conclusión de que la simple
influencia del maestro o del actor
sobre el alumno o el espectador
adolescente podía resultar riesgosa, lo
que explica que en una comisión del
Congreso de Educación y Cultura, al
abordar el tema de la influencia del
medio social sobre la educación, se
dictaminara que no era “permisible que
por medio de la calidad artística
reconocidos homosexuales ganen un
prestigio que influye en la formación de
nuestra juventud”. Más aún: “Los medios
culturales no pueden servir de marco a
la proliferación de falsos intelectuales
que pretenden convertir el esnobismo, la
extravagancia, el homosexualismo y demás
aberraciones sociales en expresiones del
arte revolucionario…”21
En los centros dedicados a la docencia o
el teatro, los trabajadores que no
respondieran a las exigencias o
“parámetros” que los calificaran como
individuos confiables –es decir,
revolucionarios y heterosexuales— serían
reubicados en otros centros de
trabajo. El proceso de depuración
o “parametración” se haría bajo la
estricta vigilancia de un improvisado
comisario conocido desde entonces en
nuestro medio como Torquesada
(quien no hace mucho tiempo, por
cierto, apareció en otro programa de
televisión, aunque no en calidad de
homenajeado). Les complacerá saber que
aunque en aquella época aún no existían
en nuestro medio Marielas capaces de
hablar del fenómeno con rigor y
sensatez, sí existían, como es lógico,
tribunales dispuestos a hacer cumplir la
ley. A través de sus respectivos
sindicatos y amparados por la ley de
Justicia Laboral, los parametrados
llevaron sus apelaciones hasta el
Tribunal Supremo y éste dictaminó —caso
histórico y sin precedentes— que la
“parametración” era una medida
inconstitucional y que los
reclamantes debían ser indemnizados.22
No tengo que añadir que a los prejuicios
sobre la conducta sexual se sumaban los
prejuicios sobre la condición
intelectual misma, especialmente porque
muchos miembros de la “ciudad letrada”
sólo concebían su misión social en
calidad de jueces, como “conciencias
críticas” de la sociedad. Ya sabemos que
desde los tiempos más remotos, la
escritura y las actividades ligadas a
ella responden a condicionamientos
propios de las sociedades divididas en
clases y castas, y que, por tanto, hay
que hacer lo posible —empezando por la
alfabetización— para reducir al mínimo
las desigualdades resultantes; pero
pretender que esas desigualdades puedan
suprimirse de un plumazo, y más aún, que
las funciones que desempeñan los
trabajadores intelectuales y los
manuales sean intercambiables, hace
pensar en demagogias o disparates.
Recuerdo que un periodista que por
aquella época visitaba los cañaverales
del país exhortó a los trabajadores
exclamando, con sincero o fingido
entusiasmo: “¡Escriban ustedes,
macheteros!”. Yo hubiera dado cualquier
cosa por ver la cara de los aludidos e
imaginar una posible respuesta: “¡Y tú
ven a cortar caña, descarado!”…, porque
los trabajadores manuales también tienen
prejuicios, que suelen salir a flote en
cuanto advierten signos de demagogia o
duplicidad moral. De la vieja sociedad
heredamos, unos y otros, la noción de
que la mayoría de los intelectuales y
artistas —por lo menos los que no
ejercen actividades realmente
lucrativas— son una suerte de
“parásitos”. Que un centro rector de
cultura contribuyera a reforzar ese
prejuicio era una imperdonable muestra
de fariseísmo e incapacidad. En todo
caso, el CNC tenía muy claro que había
que arrinconar a los “viejos” —incluidos
los que por entonces apenas teníamos
cuarenta años…, pero que por lo mismo ya
estábamos contaminados— para
entregarles el poder cultural a los
jóvenes con el fin de que lo ejercieran
por conducto de cuadros experimentados y
políticamente confiables. Muy
rápidamente se estableció a todo lo
largo del país una red de “talleres
literarios” encargados de formar a los
nuevos escritores y se dio un frenético
impulso al Movimiento de Aficionados.
Era lo que los guajiros, aludiendo a un
proceso de maduración artificial muy
utilizada en nuestros campos —por lo
menos en mi época— llamaban “madurar con
carburo”. Había prisa y el relevo no
podía fallar.
8
Creo que al fin —¡al fin!— estamos en
condiciones de abordar el tema sugerido
por Desiderio como punto de partida para
el debate. La montaña ya puede parir su
ratón.
En la avalancha de e-mails que fueron
llegando en estos días había uno del
narrador santiaguero José M. Fernández
Pequeño —hoy residente en Santo Domingo—
que me ayuda a precisar un dato
importante: ¿cuándo comencé a utilizar
la denominación Quinquenio Gris para
designar ese fenómeno que hoy llamamos
también el pavonato? “Creo haber estado
presente en un momento definitorio para
la cristalización de la etiqueta
Quinquenio Gris”, dice Pequeño, evocando
el Encuentro de Narrativa que se celebró
en Santiago de Cuba en noviembre de 1980
(y con cuyos materiales, por cierto,
preparé un folleto titulado
Pronóstico de los 80). En opinión de
Pequeño, se trataba de conjurar la
memoria de aquel “período nefasto”,
todavía tan cercano, para poder “seguir
adelante y crecer como personas y como
escritores. Había que trazar una línea
divisoria, y en ese sentido creo que
sirvió el nombre”.23
Recuerdo que yo lo iba soltando aquí y
allá, al paso, en reuniones y encuentros
de la UNEAC y del recién creado
Ministerio de Cultura, y recuerdo
también que producía reacciones
diversas, de aceptación o rechazo, según
la procedencia laboral de mis
interlocutores. Pero la primera vez que
utilicé el término por escrito
fue en 1987, en un texto de crítica
literaria publicado en la revista
Casa de las Américas. Decía allí, en
discretas notas al pie: “Las tendencias
burocráticas en el campo de la cultura
que se manifestaron en el Quinquenio
Gris […] —observen que no preciso el
sentido del término, como si lo diera
por sabido— frenaron, pero no impidieron
el desarrollo posterior de las distintas
corrientes literarias”. Y más adelante:
“El Quinquenio Gris, con su énfasis en
lo didáctico, favoreció el desarrollo de
la novela policíaca y la literatura para
niños y adolescentes”.24
Eran elementos que objetivamente, a mi
juicio, contribuían a darle su grisura a
la etapa, porque el “énfasis en lo
didáctico¨ situaba la creación literaria
en una posición subordinada, ancilar,
donde apenas había espacio para la
experimentación, el juego, la
introspección y las búsquedas formales.
Pero aquí debo abrir un paréntesis para
no pecar, como el adversario, de
dogmático y esquemático. Apoyado por
algunas cátedras universitarias, el CNC
había deslizado al oído de los jóvenes
escritores la maligna sospecha de que el
realismo socialista era la estética de
la Revolución, una estética que no osaba
decir su nombre, entre otras cosas
porque nunca fue adoptada oficialmente
en ninguna instancia del Partido o el
gobierno.25
Y como no todos eran jóvenes y no todo
estaba bajo el control del CNC y sus
catecúmenos, el Quinquenio Gris, como
espacio temporal, fue también la época
de publicación o gestación de algunas
obras maestras de nuestra novelística,
como Concierto barroco, de
Carpentier, y El pan dormido, de
Soler Puig. Sería un hijo de este
último, por cierto —Rafael,
lamentablemente fallecido en un
accidente—, el que anunciaría con dos
libros de cuentos, a caballo entre una
etapa y otra, que algo nuevo estaba
ocurriendo en la narrativa cubana. Y ya
al final de la década algunos jóvenes
—cito un comentario mío de esos años—
“actualizaron el discurso” de nuestra
narrativa reinsertándolo en la línea de
desarrollo de la narrativa
latinoamericana, con lo que prepararonn
el camino para que las obras de los
ochenta nacieran marcadas “por ese afán
renovador, tanto a nivel discursivo como
temático”.26
Es decir, ya por entonces habían
empezado a evaporarse los deletéreos
efectos de aquella estética normativa
que con tanta diligencia promovieran
talleres y cátedras universitarias. Me
atrevo a decir que en 1975 el pavonato,
como proyecto de política cultural,
estaba agonizante. Pero si es cierto,
como creo, que lo más característico de
esa etapa es el binomio
dogmatismo/mediocridad, la merma de
poder no podía significar su total
desaparición, porque mediocres y
dogmáticos existen dondequiera y suelen
convertirse en diligentes aliados de
esos cadáveres políticos que aún después
de muertos ganan batallas.
No tengo reparos en pedirles disculpas a
tantos compañeros que, habiendo sufrido
en carne propia los abusos del pavonato
—el más cruel de los cuales fue sin duda
su muerte civil como profesionales, a
veces por períodos prolongados—
consideran que el término Quinquenio
Gris no es sólo eufemístico sino incluso
ofensivo, porque minimiza la dimensión
de los agravios y por tanto atenúa la
responsabilidad de los culpables. La
mayoría de esos compañeros —no todos
“parametrados”, por cierto, algunos
simplemente “castigados” por sus
desviaciones ideológicas, las que se
corregían trabajando duro en la
agricultura o en una fábrica— proponen
la alternativa de Decenio Negro.27
Respeto su opinión, pero yo me refería a
otra cosa: a la atmósfera cultural que
he venido describiendo, en la que además
se programó el entusiasmo revolucionario
y lo que había sido búsqueda y pasión se
convirtió en metas a cumplir. Si los
indicadores cambian, es lógico que las
fronteras cronológicas y las
pigmentaciones cambien también. Si en
lugar de definir el pavonato por su
mediocridad lo defino por su malignidad,
tendría que verlo como un fenómeno
peligroso y grotesco, porque no hay nada
más temible que un dogmático metido a
redentor y nada más ridículo que un
ignorante dictando cátedra. Hay hechos
del período —incluso de finales
del período— que pueden considerarse
crímenes de lesa cultura y hasta de leso
patriotismo, como lo fue el veto que en
1974 se le impuso a la publicación en
Cuba de Ese sol del mundo
moral, de Cintio Vitier, un ensayo
martiano y fidelista que explica como
pocos por qué la inmensa mayoría de los
cubanos se enorgullecen de serlo. Como
buenos guardianes de la doctrina, los
censores advirtieron de inmediato que no
era una visión marxista de la
historia de Cuba. Así que apareció
primero en México que aquí; de hecho,
aquí demoró doce años en publicarse, no
sé si por inercias dogmáticas o por
simple desidia editorial.28
9
Quizás nunca se haya escuchado en
nuestro medio un suspiro de alivio tan
unánime como el que se produjo ante las
pantallas de los televisores la tarde
del 30 de noviembre de 1976 cuando,
durante la sesión de clausura de la
Asamblea Nacional del Poder Popular, se
anunció que iba a crearse un Ministerio
de Cultura y que el ministro sería
Armando Hart. Creo que Hart ni siquiera
esperó a tomar posesión del cargo para
empezar a reunirse con la gente. Viejos
y jóvenes. Militantes y no militantes.
No preguntó si a uno le gustaban los
Matamoros o los Beatles, si apreciaba
más la pintura realista que la
abstracta, si prefería la fresa al
chocolate o viceversa; preguntó si uno
estaba dispuesto a trabajar. Tuve la
impresión de que rápidamente se
restablecía la confianza perdida y que
el consenso se hacía posible de nuevo.
Recuerdo que comentaba con mi amigo
Agustín Pí —el legendario Dr. Pí— lo
sorprendente que resultaba ese repentino
cambio de atmósfera, y cuando supuse que
iba a hablarme de la impecable
trayectoria revolucionaria de Hart o de
sus méritos intelectuales, lo oí decir
—con un vocabulario que ya en esa época
había caído en desuso—: “Es que Hart es
una persona decente”. Creo que fue en
ese preciso momento cuando tuve la
absoluta certeza de que el dichoso
Quinquenio era en efecto un quinquenio y
acababa de terminar. No es que
desaparecieran definitivamente las
tensiones, esos conflictos de opinión o
de intereses que nunca dejan de aflorar
en una cultura viva —recuerdo que
todavía en 1991 nos enfrascamos en uno
de ellos—, sino que las relaciones
fueron siempre de respeto mutuo y de
auténtico interés por el normal
desarrollo de nuestra cultura.
Les agradezco su atención y su
paciencia. Espero que mis divagaciones
hayan servido al menos para ofrecer a
los más jóvenes una información y una
perspectiva de las que seguramente
carecían. Reconozco que la información
es todavía muy panorámica y el punto de
vista muy limitado, pero aquí sólo me
propuse —ateniéndome a la sugerencia de
Desiderio—proporcionar el marco de un
debate posible. Repito que a mi juicio
nuestra cultura —hoy tanto o más que
nunca— es una cosa viva. Por razones de
edad suelo evocar con frecuencia el
pasado, pero es un ejercicio que detesto
cuando amenaza con hacerse obsesivo. A
veces, hablando ante públicos
extranjeros sobre nuestro movimiento
literario, encuentro personas –hombres
por lo general— que insisten en
preguntarme únicamente sobre hechos
ocurridos hace treinta o cuarenta años,
como si después del “caso Padilla” o la
salida de Arenas por Mariel no hubiera
ocurrido nada en nuestro medio. A ese
tipo de curiosos los llamo Filósofos del
tiempo detenido o Egiptólogos de la
Revolución cubana. Pero al evocar el
Quinquenio Gris siento que estamos
metidos de cabeza en algo que no sólo
atañe al presente sino que nos proyecta
con fuerza al futuro, aunque sólo sea
por aquello que dijo Santayana de que
“quienes no conocen la historia están
condenados a repetirla”. Ese peligro es,
justamente, lo que estamos tratando de
conjurar aquí.
La Habana, 30 de enero de 2007.
NOTAS:
1. Sobre la dinámica intelectual del
período, véase el recién publicado
Polémicas culturales de los sesenta.
Sel y pról. de Graziella Pogolotti. La
Habana, Editorial Letras Cubanas, 2006.
2. Cf. Miguel Sabater Reyes: “José Soler
Puig fue mi amigo”, En Palabra
Nueva, no. 157 (La Habana),
noviembre de 2006, p. 54.
3. Virgilio Piñera: “Al señor Fidel
Castro”, En Diario libre, Sección
Arte y Literatura (La Habana), 14 de
marzo de 1959, p.2. (Se reproduce en
Viaje a los frutos. Selección
de Ana Cairo. La Habana, Biblioteca
Nacional José Martí, 2006, p.58).
4. Ver nota 12.
5. Refiriéndose a Aníbal Escalante,
Secretario de Organización del PSP (y
más tarde de las ORI), dijo Fidel: “Al
triunfo de la Revolución, poseía gran
autoridad, y desde ese cargo actúa
prácticamente como jefe de su Partido.
Era un hombre capaz, inteligente y buen
organizador, pero con el arraigado
hábito de filtrar y controlar todo a
favor de su Partido.” Cien horas con
Fidel. Conversaciones con Ignacio
Ramonet. 2ª ed. La Habana, Oficina
de Publicaciones del Consejo de Estado,
2006, p. 249.
6. Mirta Aguirre: “Apuntes sobre la
literatura y el arte”, en Cuba
Socialista, octubre de 1963. (Se
reproduce en Revolución, letras, arte.
La Habana, Editorial Letras Cubanas,
1980, p.201.
7. Ibid., p.219. La autora, por
supuesto (ver p. 215), descarta la
posibilidad de imponer las nuevas ideas
mediante la coacción o la violencia.
8. Alfredo Guevara: Revolución es
lucidez. La Habana, Ediciones ICAIC,
1998, p.203.
9. El punto de vista del ICAIC fue
expresado por Alfredo Guevara en “Las
revoluciones no son paseos de rivieras”,
entrevista de Wilfredo Cancio publicada
en La Gaceta de Cuba en diciembre
de 1992. (Se reproduce en Revolución
es lucidez, ed.cit. supra,
pp.88-90.)
10. Cf. Emilio Bejel: Escribir en
Cuba. Entrevistas con escritores
cubanos: 1979-1989. Río Piedras,
Editorial de la Universidad de Puerto
Rico, 1991. pp.155 y ss.
11. Fueron recogidos por Lourdes Casal
en El caso Padilla: literatura y
Revolución en Cuba (ver nota 15).
12. “Diez años de Revolución: el
intelectual y la sociedad”, en Casa
de las Américas, no. 56,
sept.-oct., 1969; y Roque Dalton, René
Depestre, Edmundo Desnoes, et. al.:
El intelectual y la sociedad.
México, Siglo XXI editores, 1969.
13. Sobre la polémica con Mundo Nuevo,
ver Casa de las Américas,
no. 39, nov.-dic., 1966. Ver también el
exhaustivo estudio de María Eugenia
Mudrovcic: “Mundo Nuevo”:
Cultura y Guerra Fría en la década del
60. Rosario, Beatriz Viterbo,
1997.
14. Cf. Claudia Gilman: Entre la
pluma y el fusil. Debates y dilemas del
escritor revolucionario en América
Latina. Buenos Aires, Siglo
Veintiuno Editores Argentina, 2003.
15. Cf. Heberto Padilla: “Respuesta a
Guillermo Cabrera Infante”, en revistas
Índice (Madrid), dic. 1968, p. 9,
y Primera Plana (Buenos
Aires), no. 313, diciembre 24 1968,
pp.88-89. (Se reproduce en El caso
Padilla: Literatura y Revolución
en Cuba. Documentos. Sel., pról. y
notas de Lourdes Casal. New York,
Ediciones Nueva Atlántida/Miami,
Ediciones Universal, s.f. En su
introducción (pp.5-10) Casal hace un
recuento de aquellos hechos y
situaciones que, a su juicio, condujeron
finalmente al “caso” estudiado.
16. La intervención de Padilla en la
UNEAC puede verse en Casa de las
Américas, no. 65-66, marzo-junio
de 1971, pp. 191-203.
17. Cf. Fidel Castro: Discurso de
clausura del Primer Congreso Nacional de
Educación y Cultura, en Casa de las
Américas, no. 65-66, marzo-junio de
1971.
18. La situación se agravó con una
“Segunda carta”, de 20 de mayo de 1971.
(Se reproduce en Lourdes Casal, El
caso Padilla…, ed. cit. en nota 15,
pp.123-124.)
19. Véanse entrevista de Joaquín G.
Santana, artículo de Benito Novás y
textos de Lezama y bibliografía en
Bohemia, 1º de enero de 1971, pp.
4-15¸ así como homenaje en La Gaceta
(no. 88, diciembre de 1970) con textos
de Armando Álvarez Bravo, Reinaldo
Arenas, Miguel Barnet, Pablo Armando
Fernández, Belkis Cuza, Reynaldo
González y Rosa I. Boudet.
20. Y probablemente superior jerárquico
en lo concerniente a la llamada “esfera
de la ideología”.
21. Cf. “Declaración” del Primer
Congreso Nacional de Educación y
Cultura, en Casa de las Américas,
no. 65-66, marzo-junio de 1971.
22. Por lo pronto, que debían
abonárseles todos los salarios no
percibidos desde su destitución hasta
aquel momento.
23. José M. Fernández Pequeño: “Gris,
gris, ¿el quinquenio gris?”. Mensaje
electrónico del 18 de enero de 2007.
(Agradezco a Aida Bahr –una de las
organizadoras del Encuentro—la
verificación de la fecha.)
24. Cf. A.F.: “Sobre Las iniciales de
la tierra”, en Las máscaras del
tiempo. La Habana, Editorial Letras
Cubanas, 1995, pp. 56 (n.4) y 62 (n.12).
25. Por ejemplo, entre las Tesis y
Resoluciones aprobadas por el Primer
Congreso del PCC en 1975 no aparece una
sola mención al realismo socialista,
aunque numerosos pasajes reflejan la
convicción de que es la ideología la que
rige todo el proceso de producción y
valoración de la obra de arte.
Especialmente significativo es el pasaje
en que se habla de “el nexo del arte
socialista con la realidad” y “la
cualidad del reflejo vivo y dinámico de
que hablara Lenin” (en contraste con el
realismo como copia fotográfica). No se
olvide, por lo demás, que la condena del
Che al realismo socialista, en El
socialismo y el hombre en Cuba, fue
categórica. (Cf. “Sobre la cultura
artística y literaria”, en Tesis y
Resoluciones del Primer Congreso del
Partido Comunista de Cuba. La Habana,
Depto. De Orientación Revolucionaria del
PCC, 1976, pp. 467-510, y esp. 506.
26. Cf. A.F.: “Las máscaras del tiempo
en la novela de la Revolución cubana”,
en Las máscaras del tiempo, ed.
cit., p. 29.
27. Si no me equivoco, el primero en
hacerlo fue el poeta César López,
entrevistado por Orlando Castellanos.
Véase “Defender todo lo defendible, que
es mucho”, La Gaceta de Cuba,
marzo-abril de 1998, p. 29.
28. Cintio Vitier: Ese sol del mundo
moral. Para una historia de la eticidad
cubana. México, Siglo Veintiuno
Editores, 1975. (La edición cubana, en
Ediciones Unión, 1995.) El libro entró
en el plan editorial de Ediciones Unión
en 1987, pero diversos factores –entre
ellos el inicio del Período
Especial—aplazaron durante años la
publicación.
Conferencia leída en la Casa de las
Américas como parte del Ciclo La
política cultural del período
revolucionario: Memoria y
reflexión, organizado por el Centro
Teórico-Cultural Criterios.
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