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Para
hacer este trabajo –a caballo entre la
crónica y el comentario- estoy como Juan
Chabás al escribir su notable
Historia de la Literatura Española
Contemporánea. Enseguida me explico.
Chabás –cuyo segundo apellido era, por
cierto, Martí- salió de España tras el
amargo final de la Guerra Civil y se
radicó en nuestra Cuba en la que
ejerció, con fervor y eficacia, la
docencia y la reflexión. Sus apuntes,
papeles o fichas de contenido se
quedaron en la patria incendiada.
Precisamente cerca del pueblo de Denia,
el hermoso rincón valenciano del
ensayista, ando por estos días y no
traje conmigo ningún libro de José Martí
ni tengo a mano siquiera el socorrido
pero universal consuelo de internet. Por
supuesto que la comparación es un
poquito “traída por los pelos”. Chabás
redactó brillantemente todo un grueso
tomo, repleto de erudición apelando a su
memoria; yo debo plasmar algunas ideas
sobre un inmenso poeta y héroe
imprescindible que todos los cubanos
aprendimos a amar desde el primer grado
de la escuela.
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Martí y
las milicias campesinas
José Goméz Fresquet
(FREMEZ) |
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Me
permito una última semidigresión. Me
gusta la idea –“me hace ilusión”, como
dirían por España- que Chabás y nuestro
apóstol hubiesen tenido algún
parentesco. Pregunté por estas tierras y
me dicen que no hay nada de eso, que se
sepa. Además, me cuentan que en la guía
telefónica de la extensa ciudad de
Valencia hay varias páginas con el
apellido venerado por tantos. Por
cierto, el colega José Manuel, nos
enseñó desde su automóvil el sitio en el
que vivió y labró la tierra el padre de
nuestro gran intelectual.
Amo
especialmente la poesía martiana. Sin
ser un especialista en el tema, aprendí
de memoria y conservo en mi disco duro
numerosos fragmentos de su lírica. Como
casi todo el mundo en Cuba, puedo
pasarme veinte minutos recordando
pedazos de los Versos Sencillos y
en mi caso añado con placer muchas
estrofas o retazos de los endecasílabos
hirsutos, los vigentes y estremecedores
Versos Libres. Me he asomado
también a las reflexiones sobre la obra
poética martiana y disfrutado los
ensayos de Marinello, Fina García Marruz
o Manuel Pedro González. Sin embargo,
lamento que no me guste más, que no
tenga mayor trascendencia para mis
resonancias la dramaturgia de Martí.
Vayamos por partes. Aunque estamos casi
seguros de que se trata de un hombre
genial, 42 años de una vida consagrada a
tantos afanes no hacían posible que este
escritor sobresaliera plenamente en
todos los géneros literarios. Es
probable que a muchos nos parezca menor
su literatura dramática, porque se nos
hace inevitable la comparación con la
grandeza de su obra poética o los
caminos que abrió con ese periodismo
resplandeciente, tan hermoso en las
palabras como hondo en las ideas.
Está
claro que Martí amó el arte de las
tablas y se sabe de sus reiteradas
visitas a la crítica teatral. Como autor
dramático, era de esperar enormes logros
de alguien que en plena adolescencia
crea –“expresamente para la patria”-
Abdala. En ese poema dramático,
escrito con absoluta vehemencia y bajo
los dictados de la inmediatez, se
aprecia un sentido dramático claro, una
inusual fuerza para expresar
convicciones de una forma sin duda
poética, voluntariamente declamatoria,
pero con asideros para convertir el
discurso en verbo teatralizable a
través de la piel y el alma del
intérprete. En Abdala el
conflicto es simple si pensamos en el
equilibrio externo de fuerzas. El héroe
debe defender la patria amenazada y ante
esa convicción tan nítida cuesta pensar
en matices o variedad de disyuntivas.
Sin embargo, el dramaturgo casi niño
fortalece el conflicto interior, al
menos nos regala un precioso instante en
que su protagonista duda entre las
lágrimas de la madre y el reclamo épico.
El
texto martiano para la escena que más
veces he leído y tal vez el que prefiera
es Amor con amor se paga.
Escrito -al decir del Maestro- “en
horas veinticuatro” y para complacer a
un amigo, Martí demuestra soltura,
gracia, elegancia. El argumento resulta
simple y hasta un poco previsible, pero
la elemental caracterización de los
personajes funciona y la acción crece de
manera fresca, natural. En esta obra se
hace evidente además que el autor
pensaba el texto dramático como obra
destinada, sobre todo, a ser llevada a
un escenario.
La
influencia del teatro de su época –el
distinguido, pero espeso Echegaray, por
ejemplo- debe haber influido en que
Adúltera, tal vez la más conocida de
sus obras, esté lejos de lo que se pudo
esperar de la pasión épica de Abdala
o de los amplios registros del juego de
Amor con amor se paga. Confieso
que no releo este texto desde hace una
buena década, lo cual aclaro para que se
vea mi opinión más como impresión de
aficionado que como argumento de
crítico. Con todo, muchos coincidimos
en que lo melodramático del argumento y
cierta rigidez en la caracterización de
los personajes limitan el vuelo de un
texto en el que, por lo demás, se
aprecian destellos del genio martiano.
También ocurre que leemos las obras con
la pupila de la actualidad y, más aún,
tratándose de un género que opera en el
presente de la representación. Mi pasión
por Amor con amor se paga tiene
que ver con el apego –muy de estos
tiempos- a la idea del teatro como
juego, travesura, dinámica subversión
del transcurrir cotidiano.
Rine
Leal –maestro de toda nuestra generación
de teatrólogos cubanos- estudió
profundamente el teatro de José Martí.
Creo que si esto fuera un trabajo de
curso ya me habría ganado una nota baja
por la franqueza y poca elaboración al
comentar mis pasiones y reticencias con
la dramaturgia del apóstol. Rine apostó
a la solvencia dramática de Martí sobre
todo a partir del drama Patria y
Libertad y confirió especial
importancia a las escenas de una obra
inconclusa sobre los mitos
indioamericanos. A los libros del sabio
Leal remito a quienes se interesen por
el bastante inexplorado mundo de la
literatura dramática martiana. |