Año V
La Habana

3 al 9 de FEBRERO
de 2007

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Martí y la dramaturgia

Amado del Pino • La Habana

 

Para hacer este trabajo –a caballo entre la crónica y el comentario- estoy como Juan Chabás al escribir su notable Historia de la Literatura Española  Contemporánea. Enseguida me explico. Chabás –cuyo segundo apellido era, por cierto, Martí- salió de España tras el amargo final de la Guerra Civil y se radicó en nuestra Cuba en la que ejerció, con fervor y eficacia, la docencia y la reflexión. Sus apuntes, papeles o fichas de contenido se quedaron en la patria incendiada. Precisamente cerca del pueblo de Denia, el hermoso rincón valenciano del ensayista, ando por estos días y no traje conmigo ningún libro de José Martí ni tengo a mano siquiera el socorrido pero universal consuelo de internet. Por supuesto que la comparación es un poquito “traída por los pelos”. Chabás  redactó brillantemente todo un grueso tomo, repleto de erudición apelando a su memoria; yo debo plasmar algunas ideas sobre un inmenso poeta y héroe imprescindible que todos los cubanos aprendimos a amar desde el primer grado de la escuela.

Martí y las milicias campesinas
José Goméz Fresquet (FREMEZ)

Me permito una última semidigresión. Me gusta la idea –“me hace ilusión”, como dirían por España- que Chabás y nuestro apóstol hubiesen tenido algún parentesco. Pregunté por estas tierras y me dicen que no hay nada de eso, que se sepa. Además, me cuentan que en la guía telefónica de la extensa ciudad de Valencia hay varias páginas con el apellido venerado por tantos. Por cierto, el colega José Manuel, nos enseñó desde su automóvil el sitio en el que vivió y labró la tierra el padre de nuestro gran intelectual.

Amo especialmente la poesía martiana. Sin ser un especialista en el tema, aprendí de memoria y conservo en mi disco duro numerosos fragmentos de su lírica. Como casi todo el mundo en Cuba, puedo pasarme veinte minutos recordando pedazos de los Versos Sencillos y en mi caso añado con placer muchas estrofas o retazos de los endecasílabos hirsutos, los vigentes y estremecedores Versos Libres. Me he asomado también a las reflexiones sobre la obra poética martiana y disfrutado los ensayos de Marinello, Fina García Marruz o Manuel Pedro González. Sin embargo, lamento que no me guste más, que no tenga mayor trascendencia  para mis resonancias la dramaturgia de Martí. Vayamos por partes. Aunque estamos casi seguros de que se trata de un hombre genial, 42 años de una vida consagrada a tantos afanes no hacían posible que este escritor sobresaliera plenamente en todos los géneros literarios. Es probable que a muchos nos parezca menor su literatura dramática, porque se nos hace inevitable la comparación con la grandeza de su obra poética o los caminos que abrió con ese periodismo resplandeciente, tan hermoso en las palabras como hondo en las ideas.

Está claro que Martí amó el arte de las tablas y se sabe de sus reiteradas visitas a la crítica teatral. Como autor dramático, era de esperar enormes logros de alguien que en plena adolescencia crea –“expresamente para la patria”- Abdala. En ese poema dramático, escrito con absoluta vehemencia y bajo los dictados de la inmediatez, se aprecia un sentido dramático claro, una inusual fuerza para expresar convicciones de una forma sin duda poética, voluntariamente declamatoria, pero con asideros para convertir el discurso en verbo teatralizable a través de la piel y el alma del intérprete. En Abdala el conflicto es simple si pensamos en el equilibrio externo de fuerzas. El héroe debe defender la patria amenazada y ante esa convicción tan nítida cuesta pensar en matices o variedad de disyuntivas. Sin embargo, el dramaturgo casi niño fortalece el conflicto interior, al menos nos regala un precioso instante en que su protagonista duda entre las lágrimas de la madre y el reclamo épico.

El texto martiano para la escena que más veces he leído y tal vez el que prefiera es Amor con amor se paga. Escrito  -al decir del Maestro- “en horas veinticuatro” y para complacer a un amigo, Martí demuestra soltura, gracia, elegancia. El argumento resulta simple y hasta un poco previsible, pero la elemental caracterización de los personajes funciona y la acción crece de manera fresca, natural. En esta obra se hace evidente además que el autor pensaba el texto dramático como obra destinada, sobre todo, a ser llevada a un escenario.

La influencia del teatro de su época –el distinguido, pero espeso Echegaray, por ejemplo- debe haber influido en que Adúltera, tal vez la más conocida de sus obras, esté lejos de lo que se pudo esperar de la pasión épica de Abdala o de los amplios registros del juego de Amor con amor se paga. Confieso que no releo este texto desde hace una buena década, lo cual aclaro para que se vea mi opinión más como impresión de aficionado que como argumento de crítico. Con  todo, muchos coincidimos en que lo melodramático del argumento y cierta rigidez en la caracterización de los personajes limitan el vuelo de un texto en el que, por lo demás, se aprecian destellos del genio martiano. También ocurre que leemos las obras con la pupila de la actualidad y, más aún, tratándose de un género que opera en el presente de la representación. Mi pasión por Amor con amor se paga tiene que ver con el apego –muy de estos tiempos- a la idea del teatro como juego, travesura, dinámica subversión del transcurrir cotidiano.

Rine Leal –maestro de toda nuestra generación de teatrólogos cubanos- estudió profundamente el teatro de José Martí. Creo que si esto fuera un trabajo de curso ya me habría ganado una nota baja por la franqueza y poca elaboración al comentar mis pasiones y reticencias con la dramaturgia del apóstol. Rine apostó a la solvencia dramática de Martí sobre todo a partir del drama Patria y  Libertad y confirió especial importancia a las escenas de una obra inconclusa sobre los mitos indioamericanos. A los libros del sabio Leal remito a quienes se interesen por el bastante inexplorado mundo de la literatura dramática martiana.

 
Patria y Libertad (Drama indio)
 

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La Habana, Cuba. 2007.
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