Año V
La Habana

3 al 9 de FEBRERO
de 2007

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Palabras de despedida
Para Josefina, eternamente presente

Eduardo  Heras León • La Habana

 

Querida Josefina:

Desde anoche en que me pidieron que estuviera hoy aquí contigo, y dijera algunas palabras que de alguna forma tradujeran la enorme carga de emociones que a todos nos abruma, quise sentarme ante la página en blanco y dejar que las manos intentaran lo que la mente angustiada se negaba a hacer. Pero nada ocurrió. Yo quería que las palabras salieran indetenibles, húmedas todavía del dolor de una pérdida, emocionadas y hermosas, y juntas fueran conformando un  homenaje, tal vez una evocación, acaso una despedida.  Pero, ¿qué hacer si no se me dan las despedidas? ¿Qué hacer si no puedo hablar de ti en pasado? ¿Qué hacer si no conozco los mecanismos que se usan para decir adiós?

Entonces decidí conversar contigo, aquí, en presente, y decirte lo que tantas veces se me ocurrió y nunca hice, lo que tantos y tantos admiradores tuyos en todos los rincones del mundo han pensado, piensan y seguirán pensando de ti: en todos los países, en todos los idiomas, en todas las sensibilidades, estéticas, conceptos danzarios, hay una sola verdad: eres una maravillosa bailarina. Desde esa primera foto de niña, la mirada perdida en la lejanía como si anunciara el futuro; los brazos redondos, como si quisieran atrapar los misterios del estilo romántico que años después dominarías hasta la perfección; una pierna que se detiene en el aire, mientras la otra sostiene todo el cuerpo, creando una atmósfera de raro equilibrio, de extraño sosiego que será como un emblema de toda tu carrera. Podría preguntarte qué sentías, qué le sucede a una niña sensible cuando de repente se enfrenta al mundo mágico de un lago en medio de los misterios de la noche, poblado de cisnes que se vuelven princesas, una de las cuales es Alicia Alonso. Pero ya tú lo dijiste: “Me quedé tan choqueada que me pasé toda la función agarrada al pasamano de una escalera”. Esa misma Alicia, años después, te dirá en aquella memorable función de desagravio al Ballet de Cuba en el Stadium Universitario: “Esta función es el comienzo de un brillante porvenir, hay que trabajar duro por ese futuro”.

Y esa fue tu divisa y la de tus compañeras de aquella primera generación de bailarinas del Ballet Nacional de Cuba, que irrumpieron en el mundo del ballet, en las primeras ediciones del Concurso de Varna: ¿qué extraña calidez, qué manera otra de utilizar el torso y los brazos, qué proyección escénica diferente, qué nueva escuela inventaban las bailarinas cubanas? No había dudas: era la escuela cubana de ballet y tú eras una de sus principales protagonistas.

Pudiéramos repasar ahora tus éxitos, tu paso por el Teatro Griego, de Los Ángeles; el Ballet Celeste, de San Francisco, tus memorables actuaciones en EE.UU.,, Bulgaria, Rusia, París, México, Chicago, España, Italia, Argentina, entre tantos otros países; las medallas en Varna, la Estrella de Oro del Festival de la Danza de París, el Sagitario de Oro de Italia; los galardones en Polonia, Brasil, Perú, Colombia; las órdenes de la Cultura Nacional, Alejo Carpentier y Félix Varela, el Premio Nacional de la Danza. Pero preferiría conversar contigo de un galardón mayor: del amor del pueblo que te ama desde que saliste por primera vez a escena. ¿Te das cuenta, Josefina, de la magia de tu danza? ¿Sabes lo que pasa cuando paseas la exquisita elegancia, el depurado estilo romántico en el Grand Pas de Quatre? ¿Te percatas de la emoción, de la inefable sensación de gracia, de felicidad inagotable, en cada balance de Madame Taglioni que tú ejecutas con levísima suavidad? ¿Te das cuenta de cómo te apoderas de nosotros, Giselle, cuando tierna, ingenua, esperanzada, cuentas las hojitas de la flor sentada en tu banco, como si toda tu vida dependiera de un giro de la suerte? Y luego, ah, magia de la poesía, polvo enamorado, leyenda del amor inmortal, amor constante más allá de la muerte que nos hace vivir fuera del escenario, por obra y gracia de tus interminables arabescos, de tus minuciosos entrechats, de tu cuerpo que se difumina, que se vuelve ingrávido, inmaterial, eterno. ¿Y tu Coppelia, esa manera tan tuya de dar vida a una muñeca, que más que un pedazo de madera es una ilusión, un sueño, una esperanza, y que tú también sabes convertir, con humor y poesía, en una canción de amor a la vida? ¿Y Odette, ese aletear de brazos con el cual has inventado un nuevo lenguaje? Esos brazos hablan, esos brazos gimen y lloran y se rebelan y padecen y casi mueren, todo en el susurro melancólico de una mujer que no puede conformarse con su destino y confía en la salvación por el amor. Y todo eso lo logras tú, Josefina, y nos lo regalas para siempre. Son tantos y tantos personajes de los que pudiéramos hablar, de los que pudiera decirte: aquí, me gusta este arabesque que conviertes en un acto de coraje; acá, este torso que se ofrece como una tentación; allá, esa mano que es el vuelo de un ave herida. De este lado Cecilia, trágica, esclava y libre, violenta y tierna a la vez, que ama y odia, quiere matar y no quiere; del otro, el Cisne herido que viene de la mano de Saint Saëns y Fokine, y cuyos estremecimientos sentimos, a medida que su vida se apaga. Te confieso que cada vez que te veo convertirte en esos personajes, bailarlos como solo puede hacerlo una gran artista, me siento un hombre mejor, o como bien decía Antonio Machado, un hombre en el mejor sentido de la palabra, bueno.

Ya ves, yo solo quería conversar un rato contigo, y temo que a tantos amigos y amigas que están aquí hoy acompañándote, ya comience a aburrirlos.

Querida Josefina, Yuyi querida:

No sé hacer despedidas, porque jamás podré hablar en pasado de artistas, de seres humanos como tú. Ya sé que desde ahora no vas a estar. Pero, ni tu hijo, tu esposo, tus familiares, ni tus amigos, ni todos los que te amamos en Cuba, en todo el mundo, nos vamos a conformar. ¿Y sabes por qué? Porque a pesar de todo sí vas a estar. A lo mejor no volveremos a verte en los escenarios teatrales, pero vas a estar siempre en los escenarios de nuestra imaginación que son más importantes, porque son eternos como la poesía. Y allí, rejuvenecida por el calor de nuestras miradas, por la emoción que no va a dejarnos ni un instante, bailarás eternamente para todos: serán las actuaciones más inolvidables de tu maravillosa carrera, y recibirás las ovaciones más grandes de tu vida.

Así vivirás para siempre entre nosotros.

Gracias.

27-1-2007

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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