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Querida Josefina:
Desde anoche en que me pidieron que
estuviera hoy aquí contigo, y dijera
algunas palabras que de alguna forma
tradujeran la enorme carga de emociones
que a todos nos abruma, quise sentarme
ante la página en blanco y dejar que las
manos intentaran lo que la mente
angustiada se negaba a hacer. Pero nada
ocurrió. Yo quería que las palabras
salieran indetenibles, húmedas todavía
del dolor de una pérdida, emocionadas y
hermosas, y juntas fueran conformando
un homenaje, tal vez una evocación,
acaso una despedida. Pero, ¿qué hacer
si no se me dan las despedidas? ¿Qué
hacer si no puedo hablar de ti en
pasado? ¿Qué hacer si no conozco los
mecanismos que se usan para decir adiós?
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Entonces decidí conversar contigo, aquí,
en presente, y decirte lo que tantas
veces se me ocurrió y nunca hice, lo que
tantos y tantos admiradores tuyos en
todos los rincones del mundo han
pensado, piensan y seguirán pensando de
ti: en todos los países, en todos los
idiomas, en todas las sensibilidades,
estéticas, conceptos danzarios, hay una
sola verdad: eres una maravillosa
bailarina. Desde esa primera foto de
niña, la mirada perdida en la lejanía
como si anunciara el futuro; los brazos
redondos, como si quisieran atrapar los
misterios del estilo romántico que años
después dominarías hasta la perfección;
una pierna que se detiene en el aire,
mientras la otra sostiene todo el
cuerpo, creando una atmósfera de raro
equilibrio, de extraño sosiego que será
como un emblema de toda tu carrera.
Podría preguntarte qué sentías, qué le
sucede a una niña sensible cuando de
repente se enfrenta al mundo mágico de
un lago en medio de los misterios de la
noche, poblado de cisnes que se vuelven
princesas, una de las cuales es Alicia
Alonso. Pero ya tú lo dijiste: “Me quedé
tan choqueada que me pasé toda la
función agarrada al pasamano de una
escalera”. Esa misma Alicia, años
después, te dirá en aquella memorable
función de desagravio al Ballet de Cuba
en el Stadium Universitario: “Esta
función es el comienzo de un brillante
porvenir, hay que trabajar duro por ese
futuro”.
Y esa fue tu divisa y la de tus
compañeras de aquella primera generación
de bailarinas del Ballet Nacional de
Cuba, que irrumpieron en el mundo del
ballet, en las primeras ediciones del
Concurso de Varna: ¿qué extraña calidez,
qué manera otra de utilizar el torso y
los brazos, qué proyección escénica
diferente, qué nueva escuela inventaban
las bailarinas cubanas? No había dudas:
era la escuela cubana de ballet y tú
eras una de sus principales
protagonistas.
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Pudiéramos repasar ahora tus éxitos, tu
paso por el Teatro Griego, de Los
Ángeles; el Ballet Celeste, de San
Francisco, tus memorables actuaciones en
EE.UU.,, Bulgaria, Rusia, París, México,
Chicago, España, Italia, Argentina,
entre tantos otros países; las medallas
en Varna, la Estrella de Oro del
Festival de la Danza de París, el
Sagitario de Oro de Italia; los
galardones en Polonia, Brasil, Perú,
Colombia; las órdenes de la Cultura
Nacional, Alejo Carpentier y Félix
Varela, el Premio Nacional de la Danza.
Pero preferiría conversar contigo de un
galardón mayor: del amor del pueblo que
te ama desde que saliste por primera vez
a escena. ¿Te das cuenta, Josefina, de
la magia de tu danza? ¿Sabes lo que pasa
cuando paseas la exquisita elegancia, el
depurado estilo romántico en el Grand
Pas de Quatre? ¿Te percatas de la
emoción, de la inefable sensación de
gracia, de felicidad inagotable, en cada
balance de Madame Taglioni que tú
ejecutas con levísima suavidad? ¿Te das
cuenta de cómo te apoderas de nosotros,
Giselle, cuando tierna, ingenua,
esperanzada, cuentas las hojitas de la
flor sentada en tu banco, como si toda
tu vida dependiera de un giro de la
suerte? Y luego, ah, magia de la poesía,
polvo enamorado, leyenda del amor
inmortal, amor constante más allá de la
muerte que nos hace vivir fuera del
escenario, por obra y gracia de tus
interminables arabescos, de tus
minuciosos entrechats, de tu cuerpo que
se difumina, que se vuelve ingrávido,
inmaterial, eterno. ¿Y tu Coppelia, esa
manera tan tuya de dar vida a una
muñeca, que más que un pedazo de madera
es una ilusión, un sueño, una esperanza,
y que tú también sabes convertir, con
humor y poesía, en una canción de amor a
la vida? ¿Y Odette, ese aletear de
brazos con el cual has inventado un
nuevo lenguaje? Esos brazos hablan, esos
brazos gimen y lloran y se rebelan y
padecen y casi mueren, todo en el
susurro melancólico de una mujer que no
puede conformarse con su destino y
confía en la salvación por el amor. Y
todo eso lo logras tú, Josefina, y nos
lo regalas para siempre. Son tantos y
tantos personajes de los que pudiéramos
hablar, de los que pudiera decirte:
aquí, me gusta este arabesque que
conviertes en un acto de coraje; acá,
este torso que se ofrece como una
tentación; allá, esa mano que es el
vuelo de un ave herida. De este lado
Cecilia, trágica, esclava y libre,
violenta y tierna a la vez, que ama y
odia, quiere matar y no quiere; del
otro, el Cisne herido que viene de la
mano de Saint Saëns y Fokine, y cuyos
estremecimientos sentimos, a medida que
su vida se apaga. Te confieso que cada
vez que te veo convertirte en esos
personajes, bailarlos como solo puede
hacerlo una gran artista, me siento un
hombre mejor, o como bien decía Antonio
Machado, un hombre en el mejor sentido
de la palabra, bueno.
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Ya ves, yo solo quería conversar un rato
contigo, y temo que a tantos amigos y
amigas que están aquí hoy acompañándote,
ya comience a aburrirlos.
Querida Josefina, Yuyi querida:
No sé hacer despedidas, porque jamás
podré hablar en pasado de artistas, de
seres humanos como tú. Ya sé que desde
ahora no vas a estar. Pero, ni tu hijo,
tu esposo, tus familiares, ni tus
amigos, ni todos los que te amamos en
Cuba, en todo el mundo, nos vamos a
conformar. ¿Y sabes por qué? Porque a
pesar de todo sí vas a estar. A lo mejor
no volveremos a verte en los escenarios
teatrales, pero vas a estar siempre en
los escenarios de nuestra imaginación
que son más importantes, porque son
eternos como la poesía. Y allí,
rejuvenecida por el calor de nuestras
miradas, por la emoción que no va a
dejarnos ni un instante, bailarás
eternamente para todos: serán las
actuaciones más inolvidables de tu
maravillosa carrera, y recibirás las
ovaciones más grandes de tu vida.
Así vivirás para siempre entre nosotros.
Gracias.
27-1-2007 |