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La
pintora y diseñadora cubana Ileana Mulet
(Holguín, 27 de junio de 1952) quiso
nuevamente regalarnos su arte y para eso
organizó Puntadas, exposición que
incluye 17 obras que respiran cierto
aire de homogeneidad o más bien poseen
un denominador común con el cual arma su
personal discurso pictórico.
Puntadas
tiene varias características: el papel
manufacturado es uno de los soportes más
usados, las tonalidades en la gama de
los naranjas prevalece, aunque casi
siempre reforzada por el negro, y
vuelve, una y otra vez, la ciudad de La
Habana a colocarse como la gran
protagonista. Y es que para Ileana los
muros, las piedras, las columnas, las
arcadas, el quinqué o el farol e incluso
los hombres y mujeres que pueblan la
Villa de San Cristóbal forman parte de
un todo, alumbrado y entretejido, en
esta ocasión, por una luz monocorde.
Pero
parece ser que también para esta artista
es importante atrapar lo que se define
como patrimonio intangible: los cuadros
inhalan y exhalan…, respiran y son
poseedores de una espiritualidad que
trasciende el soporte ya sea cartulina o
lienzo; desbordan su propia sosegada
energía.
La obra de Ileana —han dicho algunos y
en eso coincide la propia artista— le
debe a Marc Chagall, y creo que
Puntadas es, igualmente, un coqueteo
a lo cubano (¡claro está!) con la obra
del gran pintor renacentista ruso en
cuanto a temas y trazos.
Pero, en esta exposición —y es lo que
marca la diferencia— es que en casi
todos los cuadros aparece un querubín,
ese ser alado y celestial que forma la
segunda clase más alta de ángeles de las
nueve existentes… ¿de dónde Ileana sacó
estos querubines?, ¿son acaso
apropiaciones de los frescos que cubren
la Capilla Sixtina y que fueron
concebidos en distintos momentos por
Miguel Ángel,
Sandro Botticelli o Domenico Ghirlandaio
por solo mencionar a tres grandes del
renacimiento italiano?
En
ese sentido lo más interesante es que
esos querubines se encuentran encajados,
acoplados y articulados a la propia obra
(no olvidar que a la Mulet le interesa
mucho la experimentación y que la
técnica del colage lo domina con
destreza); es por eso que una lira, por
ejemplo, puede mutar y convertirse en
tres, uno de los instrumentos más
auténticamente utilizados en la música
cubana.
Conformaron la muestra obras como “En
fila hasta la puerta”, “Pensamientos”,
“Los días del saber”, “Canto y
puntadas”, “Bésame inocencia”, “Reflejo
de la mente”, “Reposo de lo aprendido” y
“La tormenta se avecina”, entre otras.
Comentario aparte merece “Jugando a las
casitas con puntadas” (2006, óleo sobre
tela, técnica mixta) que es a mi juicio
la pieza que marca una ruptura dentro de
la propia dramaturgia de la exposición.
Esa quebradura se establece, sobre todo,
en lo relacionado con el color: aquí el
azul y el amarillo (primorosos y
agresivos) son los preponderantes y en
el fondo aparece lo que pudiera
interpretarse como catedrales
expresionistas… En este cuadro a Ileana
se le revela su espíritu de diseñadora
de vestuario y la impronta queda sellada
cuando va, literalmente, colgando de una
tendedera lo que otrora fueron ropas de
muñecas; hermosa manera de, desde la
infancia, humanizar la pieza.
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Pienso que con “Jugando a las casitas
con puntadas” la artista nos está dando
nuevas claves y proponiendo,
probablemente de manera subconsciente,
un nuevo salto en su obra donde la
tridimensionalidad o lo instalativo está
como abocado, como luchando por nacer.
Estamos ante la expedita idea de darle
más vida a la obra a partir del
estampado de esas ropas que,
seguramente, tienen adheridas fantasías
porque sirvieron para arrebujar sueños
infantiles.
Felicitemos, entonces, las más recientes
Puntadas de Ileana Mulet,
exposición que pudo verse en una de las
galerías del Hotel Cohíba de la capital
—institución que desarrolla un intenso
trabajo de promoción del más genuino
arte contemporáneo cubano— y que hasta
los primeros días del próximo mes de
marzo será exhibida en la Casa de Carmen
Montilla, enclavada frente al Convento
de San Francisco de Asís, uno de los
sitios más bellos y emblemáticos de La
Habana colonial. |