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Cubanos:
Todo
convida esta noche al silencio
respetuoso más que a las palabras: las
tumbas tienen por lenguaje las flores de
resurrección que nacen sobre las
sepulturas: ni lágrimas pasajeras ni
himnos de oficio son tributo propio a
los que con la luz de su muerte
señalaron a la piedad humana soñolienta
el imperio de la abominación y la
codicia. Esas orlas son de respeto, no
de muerte; esas banderas están a media
asta, no los corazones. Pido luto a mi
pensamiento para las frases breves que
se esperan esta noche del viajero que
viene a estas palabras de improviso,
después de un día atareado de creación:
y el pensamiento se me niega al luto. No
siento hoy como ayer romper coléricas al
pie de esta tribuna, coléricas y
dolorosas, las olas de la mar que trae
de nuestra tierra la agonía y la ira, ni
es llanto lo que oigo, ni manos
suplicantes las que veo, ni cabezas
caídas las que escuchan,-¡sino cabezas
altas! y afuera de esas puertas
repletas, viene la ola de un pueblo que
marcha. ¡Así el sol, después de la
sombra de la noche, levanta por el
horizonte puro su copa de oro!
Otros
lamenten la muerte necesaria: yo creo en
ella como la almohada, y la levadura, y
el triunfo de la vida. La mañana después
de la tormenta, por la cuenca del árbol
desraigado echa la tierra fuente de
frescura, y es más alegre el verde de
los árboles, y el aire está como lleno
de banderas, y el cielo es un dosel de
gloria azul, y se inundan los pechos de
los hombres de una titánica alegría.
Allá, por sobre los depósitos de la
muerte, aletea, como redimiéndose, y se
pierde por lo alto de los aires, la luz
que surge invicta de la podredumbre. La
amapola más roja y más leve crece sobre
las tumbas desatendidas. El árbol que da
mejor fruta es el que tiene debajo un
muerto.
Otros
lamenten la muerte hermosa y útil, por
donde la patria saneada rescató su
complicidad involuntaria con el crimen,
por donde se cría aquel fuego purísimo e
invisible en que se acendran para la
virtud y se templan para el porvenir las
almas fieles. Del semillero de las
tumbas levántase impalpable, como los
vahos del amanecer, la virtud inmortal,
orea la tierra tímida, azota los rostros
viles, empapa el aire, entra triunfante
en los corazones de los vivos: la muerte
da jefes, la muerte da lecciones y
ejemplos, la muerte nos lleva el dedo
por sobre el libro de la vida: ¡así, de
esos enlaces continuos invisibles, se va
tejiendo el alma de la patria!
La
palabra viril no se complace en
descripciones espantosas; ni se ha de
abrumar al arrepentido por fustigar al
malvado; ni ha de convertirse la tumba
del mártir en parche de pelea; ni se ha
de decir, aun en la ciega hermosura de
las batallas, lo que mueve las almas de
los hombres a la fiereza y al rencor.
¡Ni es de cubanos, ni lo será jamás,
meterse en la sangre hasta la cintura, y
avivar con un haz de niños muertos, los
crímenes del mundo: ni es de cubanos
vivir, como el chacal en la jaula,
dándole vueltas al odio! Lo que
anhelamos es decir aquí con qué amor
entrañable, un amor como purificado y
angélico, queremos a aquellas criaturas
que el decoro levantó de un rayo hasta
la sublimidad, y cayeron, por la ley del
sacrificio, para publicar al mundo
indiferente aún a nuestro clamor, la
justicia absoluta con que se irguió la
tierra contra sus dueños: lo que
queremos es saludar con inefable
gratitud, como misterioso símbolo de la
pujanza patria, del oculto y seguro
poder del alma criolla, a los que, a la
primer voz de la muerte, subieron
sonriendo, del apego y cobardía de la
vida común, al heroísmo ejemplar.
¿Quién,
quién era el primero en la procesión del
sacrificio, cuando el tambor de muerte
redoblaba, y se oía el olear de los
sollozos, y bajaban la cabeza los
asesinos; quién era el primero, con una
sonrisa de paz en los labios, y el paso
firme, y casi alegre, y todo él como
ceñido ya de luz? Chispeaba por los
corredores de las aulas un criollo
dadivoso y fino, el bozo en flor y el
pájaro en el alma, ensortijada la mano,
como una joya en pie, gusto todo y
regalo y carruaje, sin una arruga en el
ligero pensamiento: ¡y el que marchaba a
paso firme a la cabeza de la procesión,
era el niño travieso y casquivano de las
aulas felices, el de la mano de sortijas
y el pie como una joya! ¿Y el otro, el
taciturno, el que tenían sus compañeros
por mozo de poco empuje y de avisos
escasos? ¡Con superior beldad se le
animó el rostro caído, con soberbio
poder se le levantó el ánimo patrio, con
abrazos firmes apretó, al salir a la
muerte, a sus amigos, y con la mano
serena les enjugó las lágrimas! ¡Así, en
los alzamientos por venir, del pecho más
oscuro saldrá, a triunfar, la gloria!
¡Así, del valor oculto, crecerán los
ejércitos de mañana! ¡Así, con la
ocasión sublime, los indiferentes y
culpables de hoy, los vanos y
descuidados de hoy, competirán en fuego
con los más valerosos! El niño de
dieciséis años iba delante, sonriendo,
ceñido como de luz, volviendo atrás la
cabeza, por si alguien se le acobardaba.
Y
¿recordaré el presidio inicuo, con la
galera espantable de vicios
contribuyentes, tanto por cada villanía,
a los pargos y valdepeñas de la mesa
venenosa del general: con los viejos
acuchillados por pura diversión,-los
viejos que dieron al país trece hombres
fuertes,-para que no fuese en balde el
paseo de las cintas de hule y de sus
fáciles amigas; con los presidiarios
moribundos, volteados sobre la tierra, a
ver si revivían, a punta de sable; con
el castigo de la yaya feroz, al compás
de la banda de bronce, para que no se
oyesen por sobre los muros de piedra los
alaridos del preso despedazado? ¡Pues
éstos son de otros horrores más crueles,
y más tristes y más inútiles, y más de
temer que los de andar descalzo! ¿O
recordaré la madrugada fría, cuando de
pie, como fantasmas justiciadores, en el
silencio de Madrid dormido, a la puerta
de los palacios y bajo la cruz de las
iglesias, clavaron los estudiantes
sobrevivientes el padrón de vergüenza
nacional, el recuerdo del crimen que la
ciudad leyó espantada? ¿O un día
recordaré, un día de verano madrileño,
cuando al calce de un hombre seco y
lívido, de barba y alma ralas, muy
cruzado y muy saludado y muy pomposo,
iba un niño febril, sujeto apenas por
brazos más potentes, gritando al
horrible codicioso: “¡Infame, infame!”
¡Recordaré al magnánimo español, huésped
querido de todos nuestros hogares,
laureado aquí en efigie junto con el
heroico vindicador, que en los dientes
de la misma muerte, prefiriendo al
premio del cómplice la pobreza del
justo, negó su espada al asesinato!
Dicen que sufre, comido de pesar en el
rincón donde apenas puede consolarlo de
la cólera del vencedor pudiente, el
cariño de los vencidos miserables. ¡Sean
para el buen español, cubanas
agradecidas, nuestras flores piadosas!
Y
después ¡ya no hay más, en cuanto a
tierra, que aquellas cuatro osamentas
que dormían, de Sur a Norte, sobre las
otras cuatro que dormían de Norte a Sur:
no hay más que un gemelo de camisa,
junto a una mano seca: no hay más que un
montón de huesos abrazados en el fondo
de un cajón de plomo! ¡Nunca olvidará
Cuba, ni los que sepan de heroicidad
olvidarán, al que con mano augusta
detuvo, frente a todos los riesgos, el
sarcófago intacto, que fue para la
patria manantial de sangre; al que bajó
a la tierra con sus manos de amor, y en
acerba hora, de aquellas que juntan de
súbito al hombre con la eternidad, palpó
la muerte helada, bañó de llanto
terrible los cráneos de sus compañeros!
El sol lucía en el cielo cuando sacó sus
brazos, de la fosa, los huesos
venerados: ¡jamás cesará de caer el sol
sobre el sublime vengador sin ira!
¡Cesen
ya, puesto que por ellos es la patria
más pura y hermosa, las lamentaciones
que sólo han de acompañar a los muertos
inútiles! Los pueblos viven de la
levadura heroica. El mucho heroísmo ha
de sanear el mucho crimen. Donde se fue
muy vil, se ha de ser muy grande. Por lo
invisible de la vida corren magníficas
leyes. Para sacudir al mundo, con el
horror extremo de la inhumanidad y la
codicia que agobian a su patria,
murieron, con la poesía de la niñez y el
candor de la inocencia, a manos de la
inhumanidad y la codicia. Para levantar
con la razón de su prueba irrecusable el
ánima medrosa de los que dudan del
arranque y virtud de un pueblo en
apariencia indiferente y frívolo,
salieron riendo del aula descuidada, o
pensando en la novia y el pie breve, y
entraron a paso firme, sin quebrantos de
rodilla ni temblores de brazos, en la
muerte bárbara. Para unir en concordia,
por el respeto que impone en unos el
remordimiento y la piedad que moverán en
otros los arrepentidos, las dos
poblaciones que han de llegar por
fatalidad inevitable a un acuerdo en la
justicia o a un exterminio violento, se
alzó el vengador con alma de perdón, y
aseguró, por la moderación de su
triunfo, su obra de justicia. ¡Mañana,
como hoy en el destierro, irán a poner
flores en la tierra libre, ante el
monumento del perdón, los hermanos de
los asesinados, y loa que, poniendo el
honor sobre el accidente del país, no
quieren llamarse hermanos de los
asesinos!
Cantemos
hoy, ante la tumba inolvidable, el himno
de la vida. Ayer lo oí a la misma
tierra, cuando venía, por la tarde
hosca, a este pueblo fiel. Era el
paisaje húmedo y negruzco; corría
turbulento el arroyo cenagoso; las
cañas, pocas y mustias, no mecían su
verdor quejosamente, como aquellas
queridas por donde piden redención los
que las fecundaron con su muerte, sino
se entraban, ásperas e hirsutas, como
puñales extranjeros, por el corazón: y
en lo alto de las nubes desgarradas, un
pino, desafiando la tempestad, erguía
entero, su copa. Rompió de pronto el sol
sobre un claro del bosque, y allí, al
centelleo de la luz súbita, vi por sobre
la yerba amarillenta erguirse, en torno
al tronco negro de los pinos caídos, los
racimos gozosos de los pinos nuevos:
¡Eso somos nosotros: pinos nuevos!
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