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Cubanos:
El
júbilo, mezclado de zozobra, del
explorador que adivina bajo la tierra
áspera y revuelta el oro puro, del
explorador que anunció el hallazgo a
los compañeros que se iban a medio
camino, no puede compararse con el
júbilo del que vuelve ante los que le
ayudaron a confiar, con las manos llenas
de oro. De oro sin mancha, porque fuera
de aquí no he hallado una sola mancha,
traigo llenas las manos. Y aún tiemblo
de la dicha de haber visto la mayor suma
de virtud que me haya sido dado ver
entre los hombres,-en los hombres de mi
patria. Lo que tengo que decir, antes de
que se me apague la voz y mi corazón
ce¡;e de latir en este mundo, es que mi
patria posee todas las virtudes
necesarias para la conquista y el
mantenimiento de la libertad. Y si hay
alcalde mayor o escribiente que lo dude,
le enseñaré aquellas ciudades levantadas
en libre discusión por las fuerzas más
varias y desiguales que sobre la peña y
las arenas han ido echando la guerra y
la miseria y la dignidad; le enseñaré la
casa del pueblo, que todo el pueblo paga
y administra, y donde el pueblo entero
se educa y se reúne; le enseñaré
aquellos talleres donde los hombres,
poniendo la vida real de margen a los
libros, practican la política, que es
el estudio de los intereses públicos, en
el trabajo que la sanea y la modera, y
en la verdad que le pone pie firme; le
enseñaré aquellas casitas sencillas y
felices, con tanta luz y tanta sonrisa y
tanta rosa, donde la recién casada
recibe a su trabajador con el niño en
los brazos, y de testigo los libros del
estante y los retratos de los héroes,
-aquellas casas que tienen dos pisos,
uno para la familia que trabaja, y otro
para los cubanos desamparados; aquellas
familias le enseñaré, que cuando la
tibieza pública deja caer un club
patriótico, a la casa se llevan el
estandarte, y con la casa sigue vivo el
club; le enseñaré aquellos niños, sin
cuello y sin chaleco, que se abrazan
llorando al viajero desconocido:
"¡acuérdese de mí, que quiero
aprender!"; le enseñaré aquellos
ancianos que dieron su fortuna primera,
y una fortuna más, y sus hijos luego, a
la idea de ver libre su país, y ya de
rodillas en la tierra que se abre para
recibidos, alzan el cuerpo sobre el
brazo moribundo y dicen: "¡Te adoro, oh
patria!"
Mi
alegría es mayor porque el levantamiento
admirable de espíritus que me ha sido
dable ver, el jubileo de corazones que
se declaró de sí mismo y que no parece
que esté en temple de acabar, el acuerdo
grandioso y conmovedor de los cubanos
escarmentados y libres, no fue la obra
de ese entusiasmo pasajero, y a la larga
más dañoso que útil, por la persona
única de quien en ocasiones parece
depender el triunfo,-ni fue atraído, con
lenta habilidad, por aquella ambición
que va buscándose, en la cautela de la
sombra, amigos personales, y cultiva el
poder asiduamente con la lisonja fina y
las mieles del trato,-sino que se
mostró, con ocasión de un hombre
recogido en sí, en el instante en que el
desinterés y sagacidad honrada que se le
supone, y la obra ancha y unida que
predica, parecen ser las que ordena el
país a los que tratan de salvado. iNi
una palabra habló o escribió el viajero
en solicitud, directa o indirecta, de
esta demostración y convenio de las
almas,-ni una palabra escribirá o dirá
jamás para sostener, por medio de la
discusión o de la intriga, el crédito
que en él se ha querido poner, no como
premio de lo poco que ha hecho, sino
como modo de decide hasta dónde ha de
ir, para que la ignominia sea igual al
honor, si se tuerce o flaquea antes de
acabar la jornada!
¿Y
aquel convite de Tampa primero, que fue
de veras como el grito del águila, y
aquel sencillo comité del Cayo que ya a
la hora de llegar había prendido en el
pueblo todo generoso, y a los pocos
instantes, sin el empleo de una sola de
las artes usuales del hombre, era abrazo
y ternura de manera que los que no se
hablaban ayer seguían de brazo por la
calle en que se hallaban, y una extraña
oratoria poseía, rebosante y soberbia,
la lengua de los hombres, y se decían
los hombres, uno a otro, hermanos e
hijos. ¿Era virtud del hombre silencioso
que deja sola a la verdad, sin calzada
ni empujada con servicios o convenios, o
carteos o lisonjas, porque si es verdad,
sola se ha de amparar y ha de vencer, y
si no es verdad, no se le debe buscar
amparo? ¿Era magia de un viajero sin
fuerzas y sin voz, cuidado ya, como en
anuncio y promesa, con el cariño con que
los compañeros de batalla se atienden en
los campamentos? iEl adversario mismo
venía de amistad, porque volvía a ver
que la guerra de Cuba no tendrá que ser,
ni quiere ser, la obra del odio contra
el padre honrado de hijos cubanos, ni el
esposo bueno de la mujer cubana, sino la
manera de poner a Cuba en condición de
que pueda en ella vivir feliz el hombre!
Y aquellos rumores de talleres que se
engalanaban, de palmeras que se quedaban
sin penacho, de trabajadores que
deliberaban sobre un tierno presente, de
voces nuevas que aprendían del abuelo
lleno de cicatrices el saludo de la fe o
la música de la guerra, ¿ eran tributo,
indigno de quienes lo ofrecieran y de
quien lo recibiese, a un hombre que sólo
la poca vida que le resta puede dar,-y
no es de aquéllos que se ponen de pie
sobre la patria, o a espaldas de la
patria, a buscar prosélitos con quienes
repartir el poder, como quien paga
intereses de suma recibida, o cumple con
su parte de contrato,-sino de aquellos
que con su justicia han podido ganar
respeto suficiente para ayudar a su
patria al triunfo, y quedarse lejos de
él, si le alcanza la vida, cuando para
mantenerse llegue la hora, que en las
sociedades de hombres llega siempre, de
las complicidades y de las componendas?
No era el acatamiento bochornoso a un
hombre en quien sólo se aplaudía el
levísimo anuncio de aquella fuerza tenaz
de amor, y aquella vigilancia e
indulgencia por donde se podrá salvar
definitivamente un país que aspira a la
libertad con una población educada sin
ella; ni la escena amarga de un pueblo
que se fía a un voceador espasmódico, o
a un dueño disimulado: ¡porque cosas
tristes puedo yo concebir, pero no he
podido concebir todavía a un cubano
abyecto!: ¿los hay? ¡no los puede haber!
¡y no sé si vale la pena de vivir,
después de que el país donde se nació
decida darse un amo!
Era
aquel un impulso tan espontáneo de
virtud en un pueblo a quien se supone
escaso de ella, que sólo un político
mezquino, temeroso de que la tacha de
vano pudiera dañar los propósitos de su
ambición, hubiera sobrepuesto el interés
previsor al deber de contemplar con
respeto y cariño la demostración que el
pueblo hacía de las virtudes que le
niegan: ¡sólo el cobarde se prefiere a
su pueblo; y el que lo ama, se le
somete! ¡ Mayor hubiera sido el
arranque, que en lo humano no pudo ser
más; y mayor hubiera sido la obligación
de someterse a él; porque así era más la
prueba que daba el pueblo, en la hora de
la necesidad, de las condiciones de
desinterés y concordia y agradecimiento
y previsión y republicanismo que
requiere la hora necesaria! ¡Para
canijos, la enfermería! ¡Y si se ha de
sacrificar el desamor honroso de la
ostentación pública, se le sacrifica,
que la vida vale más y se la sacrifica
también! ¡Póngase el hombre de alfombra
de su pueblo!
Yo
bien sé lo que fue. Yo amo con pasión la
dignidad humana. Yo muero del afán de
ver a mi tierra en pie. Yo sufro, como
de un crimen, de cada día que tardamos
en enseñamos todos juntos a ella. Yo
conozco la pujanza que necesitamos para
echar al mar nuestra esclavitud, y sé
donde está la pujanza. Yo aborrezco la
elocuencia inútil. Fue que los hombres,
necesitados del consuelo y justicia que
buscan en la libertad, saludaban el
consuelo y la justicia en quien no les
ha dado hasta hoy prueba alguna de
buscar su adelanto y provecho en la
fatiga de la patria, sino el adelanto y
provecho de todos. Fue que un pueblo en
que el exceso de odio ha hecho más viva
que en pueblo alguno la necesidad del
amor, entiende y proclama que por el
amor, sincero y continuo, han de
resolverse, y si no, no se han de
resolver,-los problemas que ha anudado
el odio. Fue que el alma cubana,
preparada por su propia naturaleza y por
la guerra y por el destierro para su
libre ejercicio en la república, creía
reconocerse, y asía la ocasión de
publicarse, en quien no quiere para su
tierra remedos de tierra ajena, ni
república de antifaz, sino el orden
seguro y la paz equitativa, por el pleno
respeto al ejercicio legítimo de toda el
alma cubana. Fue que las semillas de la
sombra daban flor:-y de sí misma y sin
convenios artificiales,--en los momentos
en que la isla española se desmigaja y
derrumba; en los momentos en que los
mismos héroes desconsolados se suelen
doler de la tentativa, a la vez política
y sentimental, que fracasó porque no
estuvo a nivel de los arranques del
sentimiento la organización de la
política; en los momentos en que los
patriotas fantásticos, y de mera
arrancada, pudiesen creer que el alma de
Cuba fue como flor de aroma, que se
entreabre un instante, y se desvanece
luego al viento,-surge, una desde Cayo
Hueso a New York, el alma cubana, libre
de los vicios que parecían incurables en
ella, fuerte con las virtudes de energía
y cautela y concordia que no le pueden
conocer los que en vano la buscan donde
el pensamiento se sienta a la mesa de
los boquerones y de la manzanilla, y el
genio mismo tiene que partir con la
desvergüenza el pedazo de pan. Fue que
hemos cumplido la promesa que en los
doce años de labor veníamos empeñando al
país, que hemos vigilado desde la
oscuridad, que hemos deshecho y rehecho,
que hemos purgado y renovado, y cuando
la patria, a despecho de sus agoreros,
se palpa el corazón, cualesquiera que
sean las llagas del cuerpo y el corte
del vestido, iel corazón está sano!
En la
niñez, cuando le nace al corazón ingenuo
la flor primera de la maravilla, y la
educación necia nos aparta, en Cuba como
en todas partes, de la joyería viva del
jardín, y del templo grave y solemne de
la naturaleza póstrase e! alma de
admiración y poesía al oír en la
iglesia, que rehuirá después, resonar,
por entre las arañas que remedan los
luminares del cielo, y las cortinas que
imitan los caprichos que borda en las
nubes e! sol, las notas que parecen
cernerse por las naves pomposas como
bandadas de almas. Y el viajero
sorprendido por la puesta de la luz en
la cumbre del monte, olvida atónito un
momento el afán y el pecado de la vida,
y rodeado de llamas se sumerge en el
himno glorioso de la naturaleza:-¡pues
digo que jamás tuve un goce tan puro, y
de tan íntima majestad, como entre los
míos, entre mis cubanos, entre mis
guerreros y mis ancianos y mis
trabajadores:-jamás, ni en la iglesia de
niño, ni en la cumbre del monte!
La
madrugada iba ya a ser-¡bien lo
recuerdo!-cuando el tren que llevaba a
un hombre invencible, porque no lo ha
abandonado jamás la fe en la virtud de
su país, arribó, bajo lluvia tenaz, a la
estación donde le dio la mano, como si
le diera el alma, un amigo-nuevo y ya
inolvidable-que descansó junto al
arroyo al lado de Gutiérrez, que oyó a
Joaquín Palma en las veladas de la
selva, que montó a caballo al lado de
Castillo. No se hablaban los hombres, de
tanto como se decían. La casa de la
patria estaba henchida de leales. Ceñían
las columnas embanderadas orlas de
pinos nuevos. Lució el sol, y con él el
amor inusitado, los conocimientos
súbitos, el deleite de verse juntos en
el amanecer de la época nueva, el
orgullo de mostrar y de ver la familia
dichosa-el liceo con sus lujos-el
consejero que va y viene, poniendo
bálsamo donde quiera que ve herida, y
libros y periódicos y lecciones en la
mesa atenta del trabajador;-el orador
que arranca a su grandeza natural la
elocuencia más fiera y entrañable que
puede oír la tribuna;-el médico que
olvida, en la casa que con su labor le
compró a su compañera, la pompa de
París;-el petimetre redimido que enseña
con orgullo, en el respeto de todos y en
su hogar holgado, su obra fuerte de
hombre;-el artesano elegante y
caballeresco, fuente de amor y ejemplo
de la juventud, que estuviera bien en la
más pulcra sala;-el guerrillero de poco
hablar, fuerte por la bondad y por el
brazo, que con la mano que guió al potro
por los bosques lleva a sus hijos,
camino del trabajo, a la mejor escuela;
-el criollo enamorado, verboso y
melifluo, que se da entero a los que
acatan la justicia, y se revuelve
temible contra los que la niegan;-el
niño que va, vestido como de fiesta, a
la mesa del oficio, donde asoma entre el
cuchillo y los recortes, la poesía que
acaba de hacer, o su libro de cuentos, o
su libro de física;-y la anciana del
taller, que del trabajo de sus manos
sustenta en los castillos a los presos
de la patria, y en el hospital a sus
enfermos, y con la pluma elocuentísima
flagela o aconseja, como modo de
descansar, a los que le parece que no le
aman la patria según se debe, desde
aquel cuarto blanco suyo con la mesita
de pino, y las cortinas como de novia
cuidadosa, y el vaso lleno siempre de
madreselvas. ¿Hubo en Tampa disensiones
algún día, o modos diversos de pensar
sobre la urgencia de levantarse al fin,
con un espíritu y un brazo, todos los
que quieren ordenar con tiempo la
salvación del país? ¡Lo que sé es que en
tres días de belleza moral inmaculada no
se vio mano encogida, ni reserva
enconosa, ni celos de capitaneo, ni
aquellos comercios abominables que suele
ofrecer al patriotismo puro el anhelo de
la autoridad,-sino fiesta increíble, en
que se fundían los hombres! ¡Y cuando el
viajero, con aquella grandeza
ennoblecido, volvió los ojos al decir
adiós, los ojos inseguros, ni campos
diversos ni rivales ni perezosos ni
descarriados vio, sino un pueblo,
sembrado de antorchas, detrás de la
bandera única de la patria!
La
tarde era -bien lo recuerdo-cuando un
vapor, engalanado por el respeto
extranjero, que sabe a veces más del
porvenir que el respeto propio, iba
serenando sobre el mar azul la marcha
que lo acercaba a un muelle rebosante.
De oro era el aire, y chispeaban, como
combatiéndose, los rayos de sol. ¿Y es
de otros aquella isla, labrada y
hermoseada por el esfuerzo cubano? ¿Y no
cargaremos con ella, como nuestra alma
invencible que ha sido, y nos la
clavaremos al costado, para monumento de
sus fundadores, y objeto de nuestra
justa admiración? Ni mucetas ni diplomas
me admiran tanto como el poder de crear,
con los retazos de un pueblo de amos y
de siervos que fue echando la casualidad
sobre la roca, un pueblo que pecho a
pecho lanzó al mar el crimen con que lo
envenenaban, y levantó sin ayuda ni
modelo, donde los que le hubieran podido
servir de ejemplo nada habían levantado,
la casa de trabajo en que viven en paz,
con la franqueza y energía del pecho
libre, los hombres de razas y
procedencias diferentes que un sistema
de odio crió cuidadosamente para
esclavos. Pero ¿era allí, a aquella
fiesta, donde iba el viajero,-o allá, a
las playas vecinas, donde los muertos
despiertan, donde espera el caballo...?
Por el portón del muelle oscuro,
henchido de cabezas, salía, como una
virgen, el estandarte patrio.
Y
al día siguiente, entraron por la puerta
del viajero enfermo un patriarca ya al
caer, a quien no podía verse sin deseos
de llorar, y un guerrero que se
distingue en la paz por su civismo como
en la guerra brilló por el valor, y un
periodista que no sabe lo que es
quebrar, ni desviar, la pluma que juró a
la patria: y en nombre de los patriotas
veteranos del lugar, ni a discordias ni
a recelos ni a reparos dijeron que
venían, sino a declarar, por la boca
sentenciosa del anciano, que no hay más
que un alma entre los cubanos que
anhelan la felicidad de su país. iYa no
habla el que habló allí también: ya
están solos los robles de su casa
señorial: ya le nace la gloria sobre la
sepultura!...
Abrieron los brazos al recién venido,
aquellos que por el puntillo humano, o
por los desconocimientos de la
distancia, o por los desvíos que dejó
tras sí, injusta e imprevisora, la época
anterior, pudieron verlo como a mero
convidado de un grupo de jóvenes
fervientes, o al transeúnte pedantesco
que sólo que aprender tuviera de los
padres gloriosos de nuestro Cayo. iY lo
que de Tampa arrancó, y allí se
consagró, tropezará en una hoja de
yerba o en un grano de maíz, pero en
Cuba irá a terminar!
"Yo
siento en mi corazón", decía en junta
solemne un comerciante que de los frutos
de su comercio le pone escuelas a la
patria, y en las batallas de la vida
conserva el fuego de la adolescencia
heroica, "yo siento que en este programa
que firmamos está la independencia de mi
país". Y el pobre y el rico, y el cubano
de padres africanos y el cubano de
padres europeos, y el militar y diputado
de la guerra y el periodista incansable
de la emigración, y el que no cree bien
las sociedades como están y cree que de
otro modo estarían mejor, como a honra
pedían poner la firma al programa de
unión de los cubanos, de los cubanos de
afuera y de adentro, de los cubanos de
ayer y de mañana, de los cubanos que
yerran o maltratan de buena fe y los que
sufren injustamente de sus errores: y
proclamo que no asistí jamás, en una
vida ya larga de labores difíciles, a
reunión de hombres reales y de propio
pensar, de hombres probados y de
voluntad poco llevadiza, que moviera mi
alma a la reverencia y ternura a que la
movió aquella junta de cubanos. Aún la
tengo delante, y respondo con ella a los
que creen que en el alma cubana hay como
un duende artístico, y de muy peregrina
y criolla composición, empeñado en
avivar todas las malas prendas y sofocar
toda virtud,-a los que por ignorancia
supina de la naturaleza perenne del
hombre, o carencia de aquella humildad
que pone el juicio en la perspectiva
natural, tienen por tacha ingénita del
carácter en Cuba aquella dificultad que
los hombres en todas partes experimentan
para avenir sus ideales y pasiones,-a
los que no vieron, en sus tres días de
labor, aquella junta de patricios
donde,-al discutir libremente los
mejores medios de coronar en el país la
obra revolucionaria, de organizar a los
cubanos en un cuerpo que asegure la
acción enérgica, secreta y responsable,
por donde los partidos ejecutivos de
guerra se diferencian de los partidos
deliberantes de paz, y congregar las
fuerzas revolucionarias de manera que
sus movimientos se ajusten a su
composición real, y la autoridad se
distribuya' en relación estricta a los
servicios,-al reunir en un código
revolucionario, sin choque y sin
hipocresía, cuantas realidades pudieran
inhabilitarse por desconfianza o por
recelo, no asomó un solo interés, no se
levantó un solo egoísmo o vanidad, no se
oyó la palabra reticente y fría que afea
las más nobles deliberaciones humanas:
iéramos cubanos! iY si aquellos hombres
obraban con reserva o mala fe, lo
supondrá quien no los conozca, no quien
como yo los vió crecer con su propia
nobleza, los ojos relampaguearles, las
manos buscarse unas a otras, la
palabra--como innecesaria-huir, la bolsa
abrirse impaciente a quien no iba a
poner la mano en ella, y los congregados
en pie, como cuando lo sublime pasa!
¿Y
cómo recordará la gratitud, cómo podrá
recordar la reverencia, sin que parezca
exageración o vanagloria, aquel día
patrio que duró cuatro días, aquel
triunfo de la idea nueva entre
pabellones y entre palmas, aquel paseo
del convidado de la juventud por la
academia de los talleres, y los nidos
felices de nuestro trabajo, y la casa de
los huérfanos y de las viudas de la
patria? ¿ Cómo podrá el convidado, sin
parecer lisonjero, decir, donde no se
oiga, que le acompañó, en aquella
cohorte de jóvenes, todo el mérito
humano; que el ojo triste y sagaz de
quien conoce los bastidores de la vida,
y los títeres de la virtud, no pudo
descubrir, en días en que iban las almas
desarmadas y desnudas, un ápice siquiera
de la pasión de mando o de notoriedad,
rayana a veces en el mismo crimen, que
suele cabecear disimulada bajo los
ímpetus simpáticos del patriotismo?
Vaciarse unos en otros, como los metales
afines que van ligando la joya en el
crisol, fue, en competencia donde todos
fueron vencedores, el afán de aquella
juventud apostólica, de aquellos médicos
frustrados que de la universidad
tiránica de la colonia subieron de
estudios, a la universidad más cierta de
la vida; de aquellos letrados en cierne
que, por la picadura de la dignidad,
prefirieron al bufete exangüe de los
dominadores la mesa viril donde no
mancha el pan la mentira ni el soborno;
de aquellos graduados del taller,
lectores asiduos de historia y de
filosofía, que en el correr de la
velada, sin el tocado de la preparación
ni los abalorios y moños de la
conferencia, discurren, como en ateneo
de verdades, sobre el derecho y la
belleza por donde el mundo es bueno, y
los planes y modos por donde el hombre
aspira a mejorarlo. Una hoguera y un
juramento es toda aquella juventud, no
criada como otra a alpiste ajeno, sino
al valiente esfuerzo de su brazo. iEl
trastorno y poder de la batalla
embellecían a la cohorte impaciente,
cuando detrás de la bandera misteriosa
que asomó sin cesar en las manos de un
niño, detrás del caballo de aviso, negro
como la cerrazón del cielo y con la
plata del arnés echando luz, acudía como
el viajero enamorado a los talleres
aquel concurso religioso, que en las
galas todas de la más fina cultura, daba
elegancia y aire de liceo! ¡El trabajo:
ése es el pie del libro! La juventud,
humillada la cabeza, oía piafante, como
una orden de combatir, los entrañables
aplausos! ¡Uno eran las banderas y las
palmas y el gentío! Niñas allí, con
rosas en las manos; mozos, ansiosos; las
madres, levantando a sus hijos; los,
viejos, llorando a hilos, con sus caras
curtidas. Iba el alma y venía, como
pujante marejada. ¡Patria, la mar se
hincha!... La tribuna, avanzada de la
libertad, se alzaba de entre las
cabezas, orlada por los retratos de los
héroes. Rifles que vieron pelea daban
guardia al camagüeyano que no muere:
allí era otra vez su palabra gigantesca,
aquella que tenía él cuando arengaba a
sus soldados, con el bosque de escenario
y de tribuna los estribos: allí era otra
vez, en los labios de todos, su consejo
de ordenar, y su vehemente censura del
delito de impedir-con los pretextos
familiares a aquel patriotismo tan
semejante a la traición-la guía sana y
enérgica de la libertad, y el arranque
seguro de sus fuerzas todas, que sólo
combaten los que en el sagrado de la
patria buscan, antes que el bien público
y el decoro del hombre su autoridad o
su provecho. ¡Bandera fue el pueblo
entero, y por entre una calle y otra vio
la comitiva a los niños blancos y negros
apiñados a la puerta de la escuela,
cuando, rendida el alma de dicha
patriótica, iba camino del último
taller, tras la bandera, en las manos
del niño misterioso, tras el caballo,
que parecía preferir el rumbo de la
mar!
No en
sí pensaba, en Tampa ni en Cayo Hueso,
el viajero feliz, aunque lo rindiese la
dicha, del agradecimiento, ni tomaba
aquellas festividades como mérito propio
y cúspide de su fortuna; sino como
anuncio de lo que puede ser el alma
cubana cuando el amor la inspira y guía.
Ni le escondía aquel pórtico embanderado
el camino de tinieblas que han de poblar
los ares que acompañan, en el misterio
materno, el nacimiento de la libertad.
Ni en escarceos indignos oratorios iba
pensando aquel que a cada paso era
sorprendido por tales pruebas de la
grandeza del corazón de su país, que a
la oratoria más osada hicieran
enmudecer, y a la más peripuesta le
hubieran aventado los perejiles, y sólo
dejaban paso a un silencio que caía
sobre los hombros como una investidura.
¡La armadura se veía bajar del cielo, y
el ritual lo leía la patria en la
sombra, y las mujeres volvían a dar al
hombre la caballería, y juraba el hombre
llevar mientras viviese el acero cosido
a la muñeca, el acero de que se fabrican
a la vez las plumas y las espadas! Ni de
nada hubiesen valido las oratorias
aprendidas, ni aquellas frases
bataneadas y traspuestas, y redondas a
fuerza de fuelle, con que los narcisos
de la elocuencia se encaran con los
rivales de emociones comunes: porque a
aquellos tablados del taller, alzados a
porfía con las dádivas sobrantes de los
obreros entusiastas, y clavados por sus
manos trabajadoras---como símbolo de que
la tribuna de la verdad se mantendrá
siempre, cuando todas las demás tribunas
caigan, por la fuerza y la fe de los
hijos del trabajo; a aquellos tablados
prendidos con los colores de nuestro
corazón por las compañeras que no nos
echan en cara las virtudes que prefieren
a la comodidad sin la honra; a aquellos
tablados subían, con la luz del
instante, y un discurso como ungido y
angélico, los hombres que han adornado,
con cultura que pocos les conocen, la
sana verdad que descubren por sí en los
ajustes y durezas de la vida, y sale
fluyendo de sus labios en estrofas de
límpida hermosura, en imágenes nuevas y
felices, en ideas sagaces y esenciales,
y en torrentes de aquella hermandad que
no he de sufrir que nadie me le niegue a
la ejemplar alma cubana. iOtros hablen
de castas y de odios, que yo no oí en
aquellos talleres sino la elocuencia que
funda los pueblos, y enciende y mejora
las almas, y escala las alturas y
rellena los fosos, y adorna las
academias y los parlamentos! Esos han
sido los comicios verdaderos, y no otros
falsos a donde iban nuestros
compatriotas, de medio corazón, a la
batalla inútil. Esa es la liza diaria y
libre donde ha continuado cumpliéndose
-aunque no quieran verlo los que miran
demasiado en sí, o han vivido donde no
está la verdad, o tachan de vano cuanto
no les place, o por inveterada hinchazón
propia no hallan espacio en el mundo
para lo ajeno- aquella concordia
creciente de nuestros factores burdos y
hostiles que en la guerra útil e
indispensable se comenzaron a fundir, y
han continuado conociéndose y
apretándose en la miseria bajo la
tiranía, y en la fatiga creadora del
desierto. Los pueblos, como los
volcanes, se labran en la sombra, donde
sólo ciertos ojos los ven; y en un día
brotan hechos, coronados de fuego y con
los flancos jadeantes, y arrastran a la
cumbre a los diserto s y apacibles de
este mundo, que niegan todo lo que no
desean, y no saben del volcán hasta que
no lo tienen encima. ¡Lo mejor es estar
en las entrañas, y subir con él!
En
las entrañas es donde he oído palpitar
ese corazón de amor que manaba grandezas
y ternuras por los labios de aquellos
que en el dolor de la vida hubieran
podido aprender, si no llevaran en sí la
majestad e independencia de cubano que
llevan, aquellos odios de rincón con que
el hombre en los países menos generosos
y altivos, depone, por los problemas
menores de su oficio, su autoridad y
obligación en la tarea de edificar y
mantener el pueblo que a todos los
contiene, y a todos los aflige con su
ruina o con su abundancia los sustenta.
iCaballeros de la verdad y la palabra
humana, y casacas de la virtud, y
magníficos cuelliparados del patriotismo
eran aquellos hombres, de cuello alto o
bajo, que de la tribuna se asían como de
su dominio natural, y proclamaban en
ella que la política, o modo de hacer
felices a los pueblos, es el deber y el
interés primero de quien aspira a ser
feliz, y entiende que no lo puede ni
merece ser quien no contribuya a la
felicidad de los demás; que la política,
o arte de ordenar los elementos de un
pueblo para la victoria, es la primer
necesidad de las guerras que quieren
vencer: y las que no quieren vencer,
sino corretear y rendirse, ésas no
lleven plan ni espíritu, que es no
llevar política. Proclaman que en la
casa de la patria, ni el derecho se ha
de mermar, ni se ha de exagerar, y que,
por la nobleza peculiar criolla, y
aquella alma común que crían los hombres
en lo verdadero de la vida, estarán
juntos en la hora del sosiego los que
juntos se han defendido de la tempestad.
Eran brazos abiertos las palabras
aquellas; y la elocuencia, aun en los
labios vírgenes, era profecía y unción.
Se derramaban las almas, y en los
corazones de los cubanos presidía, como
preside su efigie la escuela y el hogar,
aquel que supo echar semilla antes que
ponerse a cortar hojas, aquel que habló
para encender y predicó la panacea de la
piedad, aquel maestro de ojos hondos que
redujo a las formas de su tiempo, con
sacrificio insigne y no bien entendido
aún, la soberbia alma criolla que le
ponía la mano a temblar a cada injuria
patria, y le inundaba de fuego mal
sujeto la pupila húmeda de ternura. iYo
no vi casa ni tribuna, en el Cayo ni en
Tampa, sin el retrato de José de la Luz
y Caballero… !Otros amen la ira y la
tiranía. El cubano es capaz del amor,
que hace perdurable la libertad.
A mí,
demagogo me podrán decir, porque -sin
miedo a los demagogos verdaderos, que
son los que se niegan a reconocer la
virtud de unos por halagar la soberbia
de otros--creo a mi pueblo capaz de
construir sobre los restos de una mala
colonia una buena república. Demagogo me
podrá decir un felino cualquiera, o
cualquier alma alquilona, de esas que
no van y vienen sino donde hay gala y
reparto; porque es moda, del enemigo sin
duda, tachar de demagogo a quien
procure, por la unión y el roce libre de
todas sus fuerzas, salvar a la patria de
la demagogia verdadera, de los
autoritarios que pululan entre los
pobres como entre los ricos, de los
segundones, brillantes o rastreros, que
se pasan la vida de salario, y gustan
más de la compañía de quien lo paga que
de la de quien lo gana. Quien crea, ama
al que crea: y sólo desdeña a los demás
quien en el conocimiento de sí halla
razón para desdeñarse a sí propio.
Demagogo me digan, que Madrid y nuestros
madrileños algo han de decir; pero
publico que allí he visto al que vende
de mañana sus lencerías, guiando el
carro de su comercio por las calles
alegres, citar de puerta en puerta, con
enojos de creador, para la junta donde
se ha de defender una libertad, o para
la fiesta donde van a esparcir unidos el
ánimo los obreros y los que los
emplean;-al que recibe en sus brazos el
cadáver del amigo, y se lleva a su hogar
al padre solo, y lo mima o venera como a
padre;-al que en la mesa del taller
enrolla la hoja de! tabaco, y escribe
versos próceres, o párrafos de fuego y
pedrería, en la mesa augusta de su
casa;-al que lee a los obreros, de
patria y de moderación, a la hora del
oficio, con voz que ni lisonjea ni se
vende, y cierra el libro ajeno para leer
del propio suyo, de la majestad
silenciosa de su vida oscura, con
oratoria que es llama y sentencia, y
patriotismo caldeado a hierro blanco;
-al artesano endeble, niño aún de cabeza
apolínea, que sube a la tribuna, y baja
con la gloria;-al mozo de la universidad
y la riqueza, a quien el padre, al caer
por su país, legó la casa desamparada,
la casa criolla de toda la familia, y
con los libros de almohada, y la casa
del brazo, se vino al decoro del
destierro a levantar su tienda de
trabajador; -a la enfermera de la
guerra, aún no cansada de curar, que va
a ver al enfermo forastero con el chal
que le ganó el hijo en el último ataque,
blanco el vestido como la niñez de su
alma, y el chal azul; -al bravo de diez
años que en la fiesta, toda de luz, con
que honra a la visita, muestra orgulloso
la casa de sus esfuerzos, que por
dentro y por fuera no es más que un
jardín, habla de la abundancia de su
pecho, como fino orador, y llama al coro
del piano a los ocho hijos, que cantan
la música de guerra que compuso el
padre: ¡y si se olvida una estrofa, la
apunta la madre impaciente, que estuvo
en la guerra los diez años! -¡El niño
levanta al cielo el clarín en que lo
ensaya el padre, y la mujer de Cuba no
ha olvidado todavía el modo de ceñir el
machete a su esposo, en la casa de
palmas! Unos chocan ¡as copas, en el
último espasmo del festín: iy otros las
rompen! i Demagogo me digan; pero yo
vengo de ver, en la ciudad que nuestros
amos cubrieron con todos los vicios de
la servidumbre, la práctica arraigada y
continua de todas las virtudes
indispensables para la fundación y el
goce de la libertad!
Para
proclamado estamos aquí, porque desde la
angustia del país es necesario que se
vea por dónde vienen, y de qué luz se
guían, los que están de marcha ¡de
marcha final! para rescatado. Para eso
estamos aquí, y para decir que le
cumplimos a la patria lo que teníamos
ofrecido, y que en la hora en que las
fuerzas disueltas que luchan fuera de la
realidad echan las manos al cielo, y se
entran despavoridas por los bosques, los
bosques no estarán solos, porque
nosotros los tendremos poblados.
Vano
sería el júbilo evangélico que parece
poseer, como por consejo superior a la
mera previsión del hombre, a los que
anhelan con el espíritu puro la dicha de
la patria; vana sería la capacidad
criolla para levantar en arenales y
peñones asilo digno del ideal recobrado
ya de sus primeras heridas, y pronto a
bregar sin rencor con los obstáculos de
afuera y con los que la historia
inevitable le pone en sí; vano sería
este encendido amor del corazón cubano
que, por la armonía y la abundancia con
que se reflejan en él las de nuestra
naturaleza, une en concordia las
corrientes que suelen ir apartadas o
encontradas en los hombres: porque ni el
júbilo del deseo, ni la viveza de la
inteligencia, ni la bondad del alma son
fuerzas bastantes para aspirar con éxito
a la formación de un pueblo, -sino la
capacidad de ordenar a tiempo los
elementos indispensables para la
victoria.
iY el
vapor embanderado, y los talleres
henchidos, y los enemigos que se
abrazan, y el caballo caracoleador,
serían mera espuma de mar muerto,
últimos restos de un naufragio ilustre,
si hoy que viene el aviso de nuestras
entrañas, y baja la voz de lo que está
por encima de nuestras cabezas; hoy que
algo nos empuja a unos en brazos de
otros, como cuando avisa la centinela, y
los valientes descuidados corren a las
armas; hoy que como en un horno
magnífico se arrojan todas las
pequeñeces de la preparación, todas las
debilidades del aislamiento, todas las
reservas de la antipatía, todas las
diferencias de la distancia, y en un
fuego iluminador se funden y consumen,
para que no se vea de lejos más que la
llamarada,- ¿ usaremos nuestra libertad
para disponer con tiempo y grandeza el
modo de servir a la patria infeliz, o
mereceremos el estigma de la Historia
por no haber unido nuestras fuerzas con
el empuje necesario para salvarlas?
¡Estas citas que nos estamos dando a un
tiempo, este abrazo de los hombres que
ayer no se conocían, esta miel de
ternura y arrebato místico en que se
están como derritiendo los corazones, y
este arranque brioso de las virtudes más
difíciles, que hacen apetecible y
envidiable el nombre de cubano, dicen
que hemos juntado a tiempo nuestras
fuerzas, que en Tampa aletea el águila,
y en Cayo Hueso brilla el sol, y en New
York da luz la nieve,-y que la historia
no nos ha de declarar culpables!
Patria,
suplemento, 14 de marzo
de 1892.
NOTAS
1
Este discurso es conocido como
La Oración de Tampa y
Cayo Hueso.
José Martí. Obras
Completas, Tomo 4, p. 293 - 306.
Editorial
Nacional de Cuba. La Habana, 1963. |