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I
Dolor
infinito debía ser el único nombre de
estas páginas.
Dolor
infinito, porque el dolor del presidio
es el más rudo, el más devastador de los
dolores, el que mata la inteligencia, y
seca el alma, y deja en ella huellas que
no se borrarán jamás.
Nace
con un pedazo de hierro; arrastra
consigo este mundo misterioso que agita
cada corazón; crece nutrido de todas las
penas sombrías, y rueda, al fin,
aumentado con todas las lágrimas
abrasadoras.
Dante
no estuvo en presidio.
Si
hubiera sentido desplomarse sobre su
cerebro las bóvedas oscuras de aquel
tormento de la vida, hubiera desistido
de pintar su Infierno. Las hubiera
copiado, y lo hubiera pintado mejor.
Si
existiera el Dios providente, y lo
hubiera visto, con la una mano se habría
cubierto el rostro, y con la otra habría
hecho rodar al abismo aquella negación
de Dios.
Dios
existe, sin embargo, en la idea del
bien, que vela el nacimiento de cada
ser, y deja en el alma que se encarna en
él una lágrima pura. El bien es Dios. La
lágrima es la fuente de sentimiento
eterno.
Dios
existe, y yo vengo en su nombre a romper
en las almas españolas el vaso frío que
encierra en ellas la lágrima.
Dios
existe, y si me hacéis alejar de aquí
sin arrancar de vosotros la cobarde, la
malaventurada indiferencia, dejadme que
os desprecie, ya que yo no puedo odiar a
nadie; dejadme que os compadezca en
nombre de mi Dios.
Ni os
odiaré, ni os maldeciré.
Si yo
odiara a alguien, me odiaría por ello a
mí mismo.
Si mi
Dios maldijera, yo negaría por ello a mi
Dios.
(…)
VI
Era el 5 de abril de 1870. Meses hacía
que había yo cumplido diez y siete años.
Mi
patria me había arrancado de los brazos
de mi madre, y señalado un lugar en su
banquete. Yo besé sus manos y las mojé
con el llanto de mi orgullo, y ella
partió, y me dejó abandonado a mí mismo.
Volvió el día 5 severa, rodeó con una
cadena mi pie, me vistió con ropa
extraña, cortó mis cabellos y me alargó
en la mano un corazón. Yo toqué mi pecho
y lo hallé lleno; toqué mi cerebro y lo
hallé firme; abrí mis ojos y los sentí
soberbios, y rechacé altivo aquella vida
que me daban y que rebosaba en mí.
Mi
patria me estrechó en sus brazos, y me
besó en la frente, y partió de nuevo,
señalándome con la una mano el espacio y
con la otra las canteras.
Presidio, Dios: ideas para mí tan
cercanas como el inmenso sufrimiento y
el eterno bien. Sufrir es quizá gozar.
Sufrir es morir para la torpe vida por
nosotros creada y nacer para la vida de
lo bueno, única vida verdadera.
¡Cuánto, cuánto pensamiento extraño
agitó mi cabeza! Nunca como entonces
supe cuánto el alma es libre en las más
amargas horas de la esclavitud. Nunca
como entonces, que gozaba en sufrir.
Sufrir es más que gozar: es
verdaderamente vivir.
Pero
otros sufrían como yo, otros sufrían más
que yo. Y yo no he venido aquí a cantar
el poema íntimo de mis luchas y mis
horas de Dios. Yo no soy aquí más que un
grillo que no se rompe entre otros mil
que no se han roto tampoco. Yo no soy
aquí más que una gota de sangre caliente
en un montón de sangre coagulada. Si
meses antes era mi vida un beso de mi
madre, y mi gloria mis sueños de
colegio; si era mi vida entonces el
temor de no besarla nunca y la angustia
de haberlos perdido, ¿qué me importa? El
desprecio con que acallo estas angustias
vale más que todas mis glorias pasadas.
El orgullo con que agito estas cadenas
valdrá más que todas mis glorias
futuras; que el que sufre por su patria
y vive para Dios, en éste u otros mundos
tiene verdadera gloria. ¿A qué hablar de
mí mismo, ahora que hablo de
sufrimientos, si otros han sufrido más
que yo? Cuando otros lloran sangre, ¿qué
derecho tengo yo para llorar lágrimas?
Eran
aún el día 5 de abril.
Mis
manos habían movido ya las bombas; mi
padre había gemido ya junto a mi reja;
mi madre y mis hermanas elevaban al
cielo su oración empapada en lágrimas
por mi vida; mi espíritu se sentía
enérgico y potente; yo esperaba con afán
la hora en que volverían aquellos que
habían de ser mis compañeros en el más
rudo de los trabajos.
Habían partido, me dijeron, mucho antes
de salir el Sol, y no habían llegado
aún, mucho tiempo después que el Sol se
había puesto. Si el Sol tuviera
conciencia, trocaría en cenizas sus
rayos que alumbran al nacer la mancha de
la sangre que se cuaja en los vestidos,
y la espuma que brota de los labios, y
la mano que alza con la rapidez de la
furia el palo, y la espalda que gime al
golpe como el junco al soplo del
vendaval.
Los
tristes de la cantera vinieron al fin.
Vinieron dobladas las cabezas,
harapientos los vestidos, húmedos los
ojos, pálido y demacrado el semblante.
No caminaban: se arrastraban; no
hablaban: gemían. Parecía que no querían
ver; lanzaban sólo sombrías cuanto
tristes, débiles cuanto desconsoladoras
miradas al azar. Dudé de ellos, dudé de
mí. O yo soñaba, o ellos no vivían.
Verdad eran, sin embargo, mi sueño y su
vida; verdad que vinieron y caminaron
apoyándose en las paredes y miraron con
desencajados ojos, y cayeron en sus
puestos, como caían los cuerpos muertos
de Dante. Verdad que vinieron; y entre
ellos, más inclinado, más macilento, más
agostado que todos, un hombre que no
tenía un solo cabello negro en la
cabeza, cadavérica la faz, escondido el
pecho, cubiertos de cal los pies,
coronada de nieve la frente.
-¿Qué tal, don Nicolás? - dijo uno más
joven que al verle le prestó su hombro.
-Pasando, hijo, pasando - y un
movimiento imperceptible se dibujó en
sus labios, y un rayo de paciencia
iluminó su cara. Pasando, y se apoyó en
el joven, y se desprendió de sus hombros
para caer en su porción de suelo.
¿Quién era aquel hombre?
Lenta
agonía revelaba su rostro y hablaba con
bondad. Sangre coagulada manchaba sus
ropas y sonreía.
¿Quién era aquel hombre?
Aquel
anciano de cabellos canos y ropas
manchadas de sangre tenía setenta y seis
años, había sido condenado a diez años
de presidio, y trabajaba, y se llamaba
Nicolás del Castillo. ¡Oh torpe memoria
mía, que quiere aquí recordar sus
bárbaros dolores! ¡Oh verdad tan
terrible, que no deja mentir ni
exagerar! Los colores del infierno en la
paleta de Caín no formarían un cuadro en
que brillase tanto lujo de horror.
Más
de un año ha pasado; sucesos nuevos han
llenado mi imaginación; mi vida azarosa
de hoy ha debido hacerme olvidar mi vida
penosa de ayer; recuerdos de otros días,
familia, sed de verdadera vida, ansia de
patria, todo bulle en mi cerebro y roba
mi memoria y enferma mi corazón. Pero
entre mis dolores, el dolor de don
Nicolás del Castillo será siempre
perenne dolor.
Los
hombres de corazón escriben en la
primera página de la historia del
sufrimiento humano: Jesús. Los
hijos de Cuba deben escribir en las
primeras páginas de su historia de
dolores: Castillo.
Todas
las grandes ideas tienen su gran
nazareno, y don Nicolás del Castillo ha
sido nuestro nazareno infortunado. Para
él, como para Jesús, hubo un Caifás.
Para él, como para Jesús, hubo un
Longinos. Desgraciadamente para España,
ninguno ha tenido para él el triste
valor de ser siquiera Pilatos.
¡Oh!
Si España no rompe el hierro que lastima
sus rugosos pies, España estará para mí
ignominiosamente borrada del libro de la
vida. La muerte es el único remedio a la
vergüenza eterna. Despierte al fin y
viva la dignidad, la hidalguía antigua
castellana. Despierte y viva, que el sol
de Pelayo está ya viejo y cansado, y no
llegarán sus rayos a las generaciones
venideras si los de un sol nuevo de
grandeza no le unen su esplendor.
Despierte y viva una vez más, el león
español se ha dormido con una garra
sobre Cuba, y Cuba se ha convertido en
tábano, y pica sus fauces, y pica su
nariz, y se posa en su cabeza, y el león
en vano la sacude y ruge en vano. El
insecto amarga las más dulces horas del
rey de las fieras. El sorprenderá a
Baltasar en el festín, y él será para el
Gobierno descuidado el Mane, Thecel,
Phares de las modernas profecías.
¿España se regenera? No puede
regenerarse. Castillo está ahí.
¿España quiere ser libre? No puede ser
libre. Castillo está ahí.
¿España quiere regocijarse? No puede
regocijarse. Castillo está ahí.
Y si
España se regocija, y se regenera, y
ansía libertad, entre ella y sus deseos
se levantará un gigante ensangrentado,
magullado, que se llama don Nicolás del
Castillo, que llena setenta y seis
páginas del libro de los Tiempos, que es
la negación viva de todo noble principio
y toda gran idea que quiera
desarrollarse aquí. Quien es bastante
cobarde o bastante malvado para ver con
temor o con indiferencia aquella cabeza
blanca tiene roído el corazón y enferma
de peste la vida.
Yo lo
vi, yo lo vi venir aquella tarde; yo lo
vi sonreír en medio de su pena; yo corrí
hacia él. Nada en mí había perdido mi
natural altivez. Nada aún había
magullado mi sombrero negro. Y al verme
erguido todavía, y al ver el sombrero
que los criminales llaman allí
estampa de la muerte, y bien lo
llaman, me alargó su mano, volvió hacia
mí los ojos, en que las lágrimas eran
perennes, y me dijo: ¡Pobre! ¡Pobre!
Yo le
miré con ese angustioso afán, con esa
dolorosa simpatía que inspira una pena
que no se puede remediar. Y él levantó
su blusa y me dijo entonces:
-¡Mira!
La pluma escribe con sangre al escribir
lo que yo vi; pero la verdad sangrienta
es también verdad.
Vi
una llaga que con escasos vacíos cubría
casi todas las espaldas del anciano, que
destilaban sangre en unas partes y
materia pútrida y verdinegra en otras. Y
en los lugares menos llagados pude
contar las señales recientísimas de
treinta y tres ventosas.
¿Y
España se regocija, y se regenera, y
ansía libertad? No puede regocijarse, ni
regenerarse, ni ser libre. Castillo está
ahí.
Vi la
llaga y no pensé en mí, ni pensé que
quizá al día siguiente me harían otra
igual. Pensé en tantas cosas a la vez;
sentí un cariño tan acendrado hacia
aquel campesino de mi patria; sentí una
compasión tan profunda hacia sus
flageladores; sentí tan honda lástima de
verlos platicar con su conciencia, si
esos hombres sin ventura la tienen, que
aquel torrente de ideas angustiosas que
por mí cruzaban se anudó en mi garganta,
se condensó en mi frente, se agolpó a
mis ojos. Ellos, fijos, inmóviles,
espantados, eran mis únicas palabras. Me
espantaba que hubiese manos sacrílegas
que manchasen con sangre aquellas canas.
Me espantaba de ver allí refundidos el
odio, el servilismo, el rencor, la
venganza; yo, para quien la venganza y
el odio son dos fábulas que en horas
malditas se esparcieron por la tierra.
Odiar y vengarse cabe en un mercenario
azotador de presidio; cabe en el jefe
desventurado que le reprende con acritud
si no azota con crueldad; pero no cabe
en el alma joven de un presidiario
cubano, más alto cuando se eleva sobre
sus grillos, más erguido cuando se
sostiene sobre la pureza de su
conciencia y la rectitud indomable de
sus principios, que todos aquellos
míseros que, a par que las espaldas del
cautivo, despedazan el honor y la
dignidad de su nación.
Y
hago mal en decir esto, porque los
hombres son átomos demasiado pequeños
para que quien en algo tiene las
excelencias puramente espirituales de
las vidas futuras, humille su criterio a
las acciones particulares de un
individuo solo. Mi cabeza, sin embargo,
no quiere hoy dominar a mi corazón. El
siente, él habla, él tiene todavía
resabios de su humana naturaleza.
Tampoco odia Castillo. Tampoco una
palabra de rencor interrumpió la mirada
inmóvil de mis ojos.
Al
fin le dije:
-Pero
¿esto se lo han hecho aquí? ¿Por qué se
lo han hecho a usted?
-Hijo mío, quizá no me creerías. Ni a
cualquiera otro que te diga por qué.
La fraternidad de la desgracia es la
fraternidad más rápida. Mi sombrero
negro estaba demasiado bien teñido, mis
grillos eran demasiado fuertes para que
no fuesen lazos muy estrechos que
uniesen pronto a aquellas almas
acongojadas a mi alma. Ellos me contaron
la historia de los días anteriores de
don Nicolás. Un vigilante de presidio me
la contó así más tarde. Los presos
peninsulares la cuentan también como
ellos.
Días
hacía que don Nicolás había llegado a
presidio.
Días
hacía que andaba a las cuatro y media de
la mañana el trecho de más de una legua
que separa las canteras del
establecimiento penal, y volvía andarlo
a las seis de la tarde, cuando el sol se
había ocultado por completo, cuando
había cumplido doce horas de trabajo
diario.
Una
tarde don Nicolás picaba piedra con sus
manos despedazadas, porque los palos del
brigada no habían logrado que el infeliz
caminase sobre dos extensas llagas que
cubrían sus pies.
Detalle repugnante, detalle que yo
también sufrí, sobre el que yo, sin
embargo, caminé, sobre el que mi padre
desconsolado lloró. ¡Y qué día tan
amargo aquel en que logró verme, y yo
procuraba ocultarle las grietas de mi
cuerpo, y él colocarme unas almohadillas
de mi madre para evitar el roce de los
grillos, y vio, al fin, un día después
de haberme visto paseando en los salones
de la cárcel, aquellas aberturas
purulentas, aquellos miembros
estrujados, aquella mezcla de sangre y
polvo, de materia y fango, sobre que me
hacían apoyar el cuerpo, y correr, y
correr, y correr! ¡Día amarguísimo
aquél! Prendido a aquella masa informe,
me miraba con espanto, envolvía a
hurtadillas el vendaje, me volvía a
mirar, y al fin, estrechando febrilmente
la pierna triturada, rompió a llorar.
Sus lágrimas caían sobre mis llagas; yo
luchaba por secar su llanto; sollozos
desgarradores anudaban su voz, y en esto
sonó la hora del trabajo, y un brazo
rudo me arrancó de allí, y él quedó de
rodillas en la tierra mojada con mi
sangre, y a mí me empujaba el palo hacia
el montón de cajones que nos esperaba ya
para seis horas. ¡Día amarguísimo aquél!
Y yo todavía no sé odiar.
Así
también estaba don Nicolás.
Así,
cuando llegó del establecimiento un
vigilante y habló al brigada, y el
brigada le envió a cargar cajones, a
caminar sobre las llagas abiertas, a
morir, como a alguien que le
preguntaba dónde iba respondió el
anciano.
Es la
cantera extenso espacio de ciento y más
varas de profundidad. Fórmenla elevados
y numerosos montones, ya de piedras de
distintas clases: ya de cocó, ya de cal,
que hacíamos en los hornos, y al cual
subíamos, con más cantidad de la que
podía contener el ancho cajón, por
cuestas y escaleras muy pendientes, que,
unidas, hacían una altura de ciento
noventa varas. Estrechos son los caminos
que entre los montones quedan, y apenas
si por sus recodos y encuentros puede a
veces pasar un hombre cargado. Y allí,
en aquellos recodos estrechísimos, donde
las moles de piedra descienden
frecuentemente con estrépito, donde el
paso de un hombre suele ser difícil,
allí arrojan a los que han caído en
tierra desmayados, y allí sufren ora la
pisada del que huye del golpe inusitado
de los cabos, ora la piedra que rueda
del montón al menor choque, ora la
tierra que cae del cajón en la fuga
continua en que se hace allí el trabajo.
Al pie de aquellas moles reciben el sol,
que sólo deja dos horas al día las
canteras; allí las lluvias, que tan
frecuentes son en todas las épocas, y
que esperábamos con ansia porque el agua
refrescaba nuestros cuerpos, y porque si
duraba más de media hora nos auguraba
algún descanso bajo las excavaciones de
las piedras; allí, el palo suelto, que
por costumbre deja caer el cabo de vara,
que persigue a los penados con el mismo
afán con que esquiva la presencia del
brigada, y allí, en fin, los golpes de
éste, que de vez en cuando pasa para
cerciorarse de la certeza del desmayo y
se convence a puntapiés. Esto y la
carrera vertiginosa de cincuenta
hombres, pálidos, demacrados, rápidos a
pesar de su demacración, hostigados,
agitados por los palos, aturdidos por
los gritos; y el ruido de cincuenta
cadenas, cruzando algunas de ellas tres
veces el cuerpo del penado; y el
continuo chasquido del palo en las
carnes, y las blasfemias de los
apaleadores, y el silencio terrible de
los apaleados, y todo repetido
incansablemente un día y otro día, y una
hora y otra hora, y doce horas cada día;
he ahí, pálida y débil, la pintura de
las canteras. Ninguna pluma que se
inspire en el bien puede pintar en todo
su horror el frenesí del mal. Todo tiene
su término en la monotonía. Hasta el
crimen es monótono, que monótono se ha
hecho ya el crimen del horrendo
cementerio de San Lázaro.
-¡Andar! ¡Andar!
-¡Cargar! ¡Cargar!
Y a
cada paso un quejido, y a cada quejido
un palo, y a cada muestra de desaliento
el brigada que persigue al triste y lo
acosa, y él huye y tropieza, y el
brigada lo pisa y lo arrastra, y los
cabos se reúnen, y como el martillo de
los herreros suena uniforme en la
fragua, las varas de los cabos dividen a
compás las espaldas del desventurado. Y
cuando la espuma, mezclada con la
sangre, brota de los labios, y el pulso
se extingue, y parece que la vida se va,
dos presidiarios, el padre, el hermano,
el hijo del flagelado quizá, lo cargan
por los pies y la cabeza y lo arrojan al
suelo, allá al pie de un alto montón.
Y
cuando el fardo cae, el brigada le
empuja con el pie y se alza sobre una
piedra, y enarbola la vara, y dice
tranquilo:
-Ya
tienes por ahora; veremos esta tarde.
Este
tormento, todo este tormento, sufrió
aquella tarde don Nicolás. Durante una
hora el palo se levantaba y caía
metódicamente sobre aquel cuerpo
magullado que yacía sin conocimiento en
el suelo. Y le magulló el brigada, y
azotó sus espaldas con la vaina de su
sable, e introdujo su extremo entre las
costillas del anciano exánime. Y cuando
su pie le hizo rodar por el polvo y
rodaba como cuerpo muerto, y la espuma
sanguinolenta cubría su cara y se
cuajaba en ella, el palo cesó y don
Nicolás fue arrojado a la falda de un
montón de piedra.
Parece esto el refinamiento más bárbaro
del odio, el esfuerzo más violento del
crimen. Parece que hasta allí, y nada
más que hasta allí, llegan la ira y el
rencor humanos; pero esto podrá parecer
cuando el presidio no es el presidio
político de Cuba, el presidio que han
sancionado los diputados de la nación.
Hay
más, y mucho más, y más espantoso que
esto.
Dos
de sus compañeros cargaron por orden del
brigada el cuerpo inmóvil de don Nicolás
hasta el presidio, y allí se le llevó a
la visita del médico.
Su
espalda era una llaga. Sus canas a
trechos eran rojas, a trechos masa
fangosa y negruzca. Se levantó ante el
médico la ruda camisa; se le hizo notar
que su pulso no latía; se le enseñaron
las heridas. Y aquel hombre extendió la
mano, y profirió una blasfemia, y dijo
que aquello se curaba con baños de
cantera. ¡Hombre desventurado y
miserable, hombre que tenía en el alma
todo el fango que don Nicolás tenía en
el rostro y en el cuerpo!
Don
Nicolás no había aún abierto los ojos
cuando la campana llamó al trabajo en la
madrugada del día siguiente, aquella
hora congojosa en que la atmósfera se
puebla de ayes, y el ruido de los
grillos es más lúgubre, y el grito del
enfermo es más agudo, y el dolor de las
carnes magulladas es más profundo, y el
palo azota más fácil los hinchados
miembros; aquella hora que no olvida
jamás quien una vez y ciento sintió en
ella el más rudo de los dolores del
cuerpo, nunca tan rudo como altivo el
orgullo que reflejaba su frente y
rebosaba en su corazón. Sobre un pedazo
mísero de lona embreada, igual a aquel
en que tantas noches pasó sentada a mi
cabecera la sombra de mi madre; sobre
aquella dura lona yacía Castillo, sin
vida los ojos, sin palabras la garganta,
sin movimiento los brazos y las piernas.
Cuando se llega aquí, quizá se alegra el
alma, porque presume que en aquel estado
un hombre no trabaja, y que el
septuagenario descansaría al fin algunas
horas; pero sólo puede alegrarse el alma
que olvida que aquel presidio era el
presidio de Cuba, la institución del
Gobierno, el acto mil veces repetido del
Gobierno que sancionaron aquí los
representantes del país. Una orden impía
se apoderó del cuerpo de don Nicolás; le
echó primero en el suelo, le echó
después en el carretón. Y allí, rodando
de un lado para otro a cada salto,
oyéndose el golpe seco de su cabeza
sobre las tablas, asomando a cada bote
del carro algún pedazo de su cuerpo por
sobre los maderos de los lados, fue
llevado por aquel camino que el polvo
hace tan sofocante, que la lluvia hace
tan terroso, que las piedras hicieron
tan horrible para el desventurado
presidiario.
Golpeaba la cabeza en el carro. Asomaba
el cuerpo a cada bote. Trituraban a un
hombre. ¡Miserables! Olvidaban que en
aquel hombre iba Dios.
Ese,
ése es Dios; ése es el Dios que os
tritura la conciencia, si la tenéis; que
os abrasa el corazón, si no se ha
fundido ya el fuego de vuestra infamia.
El martirio por la patria es Dios mismo,
como el bien, como las ideas de
espontánea generosidad universales.
Apaleadle, heridle, magulladle. Sois
demasiados viles para que os devuelva
golpe por golpe y herida por herida. Yo
siento en mí a este Dios; yo tengo en mí
a este Dios; este Dios en mí os tiene
lástima, más lástima que horror y que
desprecio.
El
comandante del presidio había visto
llegar la tarde antes a Castillo.
El comandante del presidio había mandado
que saliese por la mañana. Mi Dios tiene
lástima de ese comandante. Ese
comandante se llama Mariano Gil de
Palacio.
Aquel
viaje criminal cesó al fin. Don Nicolás
fue arrojado al suelo. Y porque sus pies
se negaban a sostenerle, porque sus ojos
no se abrían, el brigada golpeó su
exánime cuerpo. A los pocos golpes
aquella excelsa figura se incorporó
sobre sus rodillas como para alzarse,
pero abrió los brazos hacia atrás,
exhaló en gemido ahogado y volvió a caer
rodando por el suelo.
Eran
las cinco y media.
Se le
echó al pie de un montón. Llegó el sol;
calcinó con su fuego las piedras. Llegó
la lluvia; penetró con el agua las capas
de la tierra. Llegaron las seis de la
tarde. Entonces dos hombres fueron al
montón a buscar el cuerpo que, calcinado
por el sol y penetrado por la lluvia,
yacía allí desde las horas primeras de
la mañana.
¿Verdad que esto es demasiado horrible?
¿Verdad que esto no ha de ser más así?
El
ministro de Ultramar es español. Esto es
allá el presidio español. El ministro de
Ultramar dirá cómo ha de ser de hoy más,
porque yo no supongo al Gobierno tan
infame que sepa esto y lo deje como lo
sabe.
Y esto fue un día, y otro día, y muchos
días. Apenas si el esfuerzo de sus
compatriotas había podido lograrle a
hurtadillas, que lograrla estaba
prohibido, un poco de agua con azúcar
por único alimento. Apenas si se veía su
espalda, cubierta casi toda por la
llaga. Y, sin embargo, días había en que
aquella hostigación vertiginosa le hacía
trabajar algunas horas. Vivía y
trabajaba. Dios vivía y trabajaba
entonces en él.
Pero
alguien habló, al fin, de esto; a
alguien horrorizó a quien se debía
complacer, quizás a su misma bárbara
conciencia. Se mandó a don Nicolás que
no saliese al trabajo en algunos días;
que se le pusiesen ventosas. Y le
pusieron treinta y tres. Y pasó algún
tiempo tendido en su lona. Y se baldeó
una vez sobre él. Y se barrió sobre su
cuerpo.
Don
Nicolás vive todavía. Vive en presidio.
Vivía, al menos, siete meses hace,
cuando fui a ver, sabe el azar hasta
cuándo, aquella que fue morada mía.
Vivía trabajando. Y antes de estrechar
su mano la última madrugada que lo vi,
nuevo castigo inusitado, nuevo
refinamiento de crueldad, hizo su
víctima a don Nicolás. ¿Por qué esto
ahora? ¿Por qué aquello antes?
Cuando yo lo preguntaba, peninsulares y
cubanos me replicaban:
-Los
voluntarios decían que don Nicolás era
brigadier de la insurrección, y el
comandante quería complacer a los
voluntarios.
Los
voluntarios son la integridad nacional.
El
presidio es una institución del
Gobierno.
El
comandante es Mariano Gil de Palacio.
Cantad, cantad, diputados de la nación.
Ahí
tenéis la integridad; ahí tenéis el
Gobierno que habéis aprobado, que habéis
sancionado, que habéis unánimemente
aplaudido.
Aplaudid; cantad.
¿No
es verdad que vuestra honra os manda
cantar y aplaudir?
(…)
XII
¡Y
tantos han muerto!
¡Y
tantos hijos van en la sombra de la
noche a llorar en las canteras sobre la
piedra bajo la que presumen que descansa
el espíritu de sus padres!
¡Y
tantas madres han perdido la razón!
¡Madre! ¡Madre! ¡Y cómo te siento vivir
en mi alma!
¡Madre! ¡Madre! ¡Y cómo te siento vivir
en mi alma! ¡Cómo me inspira tu
recuerdo! ¡Cómo quema mis mejillas la
lágrima amarguísima de tu memoria!
¡Madre! ¡Madre! ¡Tantas lloran como tú
lloraste! ¡Tantas pierden el brillo de
sus ojos como tú lo perdiste!
¡Madre! ¡Madre!
En
tanto, aplauden los diputados de la
nación.
¡Mirad! ¡Mirad!
Ante
mí desfilan en desgarradora y silenciosa
procesión espectros que parecen vivos, y
vivos que parecen espectros.
¡Mirad! ¡Mirad!
Aquí
va el cólera contento, satisfecho,
alegre, riendo con horrible risa. Ha
trocado su guadaña por el látigo del
presidio. Lleva sobre los hombros un
montón de cadenas. De vez en cuando de
aquel grupo informe que hace un ruido
infernal destila una gota de sangre.
¡Siempre sangre! El cólera cargaba esta
vez su espalda en el presidio político
de Cuba.
¡Mirad! ¡Mirad!
Aquí
viene una cabeza vestida de nieve. Se
dobla sobre un cuello que gime porque no
la puede sostener. Materia purulenta
atraviesa su ropaje miserable. Gruesa
cadena ruge con sordo son a su pie. Y,
sin embargo, sonríe. ¡Siempre la
sonrisa! Verdad que el martirio es algo
de Dios. ¡Y cuán desventurados son los
pueblos cuando matan a Dios!
¡Mirad! ¡Mirad!
Aquí
viene la viruela asquerosa, inmunda,
lágrima encarnada del infierno, que ríe
con risa espantosa. Tiene un ojo como
Quasimodo. Sobre su horrenda giba lleva
un cuerpo vivo. Lo arroja al suelo,
salta a su alrededor, lo pisa, lo lanza,
lo recoge en su espalda, lo vuelve a
arrojar, y danza en torno, y grita:
"¡Lino! ¡Lino!" Y el cuerpo se mueve, y
le amarra un grillo al cuerpo, y lo
empuja lejos, muy lejos, hondo, muy
hondo, allá a la sima que llaman las
canteras. "¡Lino! ¡Lino!", se aleja
repitiendo. Y el cuerpo se alza, y el
látigo vibra, y Lino trabaja. ¡Siempre
el trabajo! Verdad que el espíritu es
Dios mismo. ¡Y cuán descarriados van los
pueblos cuando apalean a Dios!
¡Mirad! ¡Mirad!
Aquí
viene riendo, riendo, una ancha boca
negra. El siglo se apoya en él. La
memoria plegó las alas en su cerebro y
voló más allá. La crespa lana está ya
blanca. Ríe, ríe.
-Mi
amo, ¿por qué vivo?
-Mi
amo, mi amo, ¡qué feo suena! - y sacude
al grillo.
Y
ríe, ríe.
Y
Dios llora.
¡Y
cuánto han de llorar los pueblos cuando
hacen llorar a Dios!
¡Mirad! ¡Mirad!
Aquí
viene la cantera. Es una mole inmensa.
Muchos brazos con galones la empujan. Y
rueda, rueda, y a cada vuelta los ojos
desesperados de una madre brillan en un
disco negro y desaparecen. Y los hombres
de los brazos siguen riendo y empujando,
y la masa rodando, y a cada vuelta un
cuerpo se tritura, y un grillo choca, y
una lágrima salta de la piedra y va a
posarse en el cuello de los hombres que
ríen, que empujan. Y los ojos brillan, y
los huesos se rompen, y la lágrima pesa
en el cuello, y la masa rueda. ¡Ay!
Cuando la masa acabe de rodar, tan rudo
cuerpo pesará sobre vuestra cabeza, que
no la podréis alzar jamás. ¡Jamás!
En
nombre de la compasión, en nombre de la
honra, en nombre de Dios, detened la
masa, detenedla, no sea que vuelva hacia
vosotros y os arrastre con su hórrido
peso. Detenedla, que va sembrando muchas
lágrimas por la tierra, las lágrimas de
los mártires suben en vapores hasta el
cielo y se condensan; y si no la
detenéis, el cielo se desplomará sobre
vosotros.
El
cólera terrible, la cabeza nevada, la
viruela espantosa, la ancha boca negra,
la masa de piedra. Y todo, como el
cadáver se destaca en el ataúd, como la
tez blanca se destaca en la túnica
negra, todo pasa envuelto en una
atmósfera densa, extensa, sofocante,
rojiza. ¡Sangre, siempre sangre!
¡Oh!
¡Mirad! ¡Mirad!
España no puede ser libre.
España tiene todavía mucha sangre en la
frente.
Ahora, aprobad la conducta del Gobierno
en Cuba.
Ahora, los padres de la patria, decid en
nombre de la patria que sancionáis la
violación más inicua de la moral y el
olvido más completo de todo sentimiento
de justicia.
Decidlo, sancionadlo, aprobadlo, si
podéis.
José Martí. Obras
Completas, Tomo 1, p. 45 – 74.
Editorial Nacional de Cuba. La Habana,
1963. |