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ACTO PRIMERO
Calle o plaza colonial, en la antigua
ciudad de Guatemala. Transeúntes,
indígenas y soldados.
ESCENA I
Indiana y Coana, que salen de la
iglesia.
|
Indiana.
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Refiéreme otra vez la
bella historia de cuando
descubrieron nuestra América. |
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Coana.
|
Eran nuestros abuelos
unos hombres de tez cobriza y alma
noble y buena, cuando llegaron los
conquistadores de blanca piel y de
ambiciones fieras. Echaron el dogal
a nuestros cuellos, nos impusieron
la servil cadena, y nuestras ricas
tierras, ayer libres, por causa suya
son esclavas tierras.
|
|
Indiana.
|
Pero dice Martino que
algún día él ha de ver nuestra
patria bella, libre y sin opresión. |
|
Coana.
|
El le ha jurado, y
permanece fiel a su promesa de no
hacerme su esposa, niña Indiana,
hasta lograr la patria
independencia. Pues él, como el
quetzal, al enjaularlo, muere en la
jaula, de dolor y pena. Martino
ansía la muerte una y mil veces a
esclavo ser, sin patria ni bandera.
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Indiana.
|
Ya terminó la misa,
Coana, y las damas de honor aquí se
acercan. |
ESCENA
II
Doña
Fe,
la
Camarista y acompañamiento, que salen
de misa.
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Doña Fe.
|
Ya cumplimos con
Dios. La santa misa hemos oído con
unción sincera, El Señor desde el
cielo nos bendice y oye las preces
de sus pobres siervas.
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La Camarista.
|
Mi señora, la noble
doña Casta, terminada la misa, hacia
aquí llega.
(Enérgica, a las
indias:)
Retiraos; que se
acerca mi señora y no quiere
encontrar gente plebeya. Retiraos.
|
|
Indiana.
|
Y ¿por qué? La calle
es libre, Y, esta calle, calle es de
nuestra tierra. Que aunque nosotras
somos de la plebe y doña Casta es de
la nobleza, nosotras somos hijas de
este suelo y ella no es nada más que
una extranjera.
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ESCENA
III
Doña
Casta sale de la iglesia, seguida del
Padre Antonio (de
la
Compañía de Jesús), y de nobles y
caballeros, que la siguen.
|
Doña Fe.
|
¡India insolente! |
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Doña Casta.
|
Amigas, ¿qué os
sucede, amigas? |
|
La Camarista.
|
Estas indias, señora,
que altaneras, con frases injuriosas
y agresivas, nos insultan y ofenden
y nos vejan.
|
|
Doña Fe.
|
Y, además, contra
España, mi señora, lanzan frases
procaces y blasfemias. |
|
Doña Casta.
|
¿Cómo así os
atrevéis, indias malditas, a
insultar nuestros fueros de
grandeza? ¿Olvidáis que entre ambas,
yo y vosotras, existen gran
distancia y diferencia? Mas, ya
caigo, ¿eres tú, la india rebelde,
amante del mestizo de alma fiera a
quien llaman Martino el subversivo,
que a la chusma subleva?
|
|
Padre Antonio.
|
¿Quién es Martino? |
|
Doña Casta.
|
Un charlatán que
tiene teorías absurdas y alma negra,
Que lleva en sus entrañas miserables
la ruin carroña de la inmunda lepra.
Que odia a España, a Jesús, a
nuestra raza, al augusto blasón de
la bandera. Un plebeyo envidioso,
sin principios, sin honor, sin valor
y sin conciencia.
|
|
Coana.
|
No: es Martino un
valiente y un patriota que lucha por
la santa independencia de nuestra
patria, que hoy solloza esclava,
encadenada por la opresión vuestra.
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|
Doña Casta.
|
¡Silencio! Calle,
indígena, ¡Lo mando! si no quieres
que dé, gente plebeya, a don Pedro,
mi esposo, cuenta de esto, y que te
expongas a sufrir condena de recibir
cincuenta o cien azotes y haga yo
enmudecer así tu lengua. Abrid paso,
canalla envilecida, chusma
asquerosa, mísera y grosera. Abrid
paso y callad, callad os digo. ¡Que
doña Casta de León lo ordena!
(Se retira hacia su
palacio, seguida de todo su
cortejo.)
|
|
Padre Antonio.
|
Calma y mala
intención, noble señora, Dejadme a
mí. Yo le impondré la pena. Y a ese
Martino pérfido y diabólico por si
restos de ardor su brazo alienta...
ya haré yo que le amputen ese brazo,
y ya veréis... veréis como
escarmienta.
|
|
Doña Casta.
|
¿Qué haréis? |
|
Padre Antonio.
|
Calumnia y oro son
mis armas. ¡La Virgen del Pilar me
favorezca!
(Se retiran todos:
Da. Casta y su acompañamiento hacia
el Palacio.: Coana e Indiana por el
lado opuesto.)
|
ESCENA
IV
Pedro, el Pueblo, que le
sigue. A poco el Padre
Antonio, Don Pedro, el Sacristán,
el Indio, soldados, etc.
|
Pedro.
|
Ni aire debe llamarse
el que respiras... ¡El aire mismo
aquí se llama mengua! Nace a luz, de
una madre malograda entre frailes,
rosarios y novenas, un hijo, con los
rayos en el rostro del vivo sol de
nuestra Madre América. Y apenas abre
los temblantes brazos... los
vacilantes labios abre apenas,
cuando el villano espíritu de siervo
su blando pecho sin piedad penetra:
"—¡Besa,
niño, la mano de ese cura!" i Y el
pobre niño dobla el cuello, y besa!"
—Ese
es Dios, nuestro amo,"
—"Ese
es el busto del rey nuestro señor."
—"Toda
esta tierra es esclava del rey."
—Ni
una vez sola al niño la viril
dignidad muestra.
—Ni
una honrada semilla en aquel pecho
el padre, ni la madre, ni el rey
siembran! ¡Amos por todas partes, y
palabras de esclavitud servil, y de
obediencia! Señor es nuestro rey,
señor el cura, Amo el gobernador,
guía la Iglesia, ¡y cada hinchado
mercader de allende, su vara de
medir en cetro trueca! ¡Sobrado
tiempo ya besó cobarde América ese
cetro de comedia! Truéquese en fusta
la mezquina vara y del que nos
azota, azote sea!
|
|
Pueblo.
|
(A coro:)
¡Truéquese en fusta!
(Rumores, murmullos
de aprobación de todos, y aparecen
por el Palacio Don Pedro seguido del
Padre Antonio, y el Sacristán,
nobles, españoles, soldados.)
|
|
Don Pedro.
|
(Hablando con los de
su séquito:)
¡Ciento, y al instante! |
|
Padre Antonio.
|
¡Vaya por ciento!
(Al Sacristán:) Ese es el caso:
¡Empieza! |
|
Sacristán.
|
Honra el ardor al
pueblo que lo siente, pero no lo
honra menos la prudencia. |
|
Don Pedro.
|
(Magnífico traidor:
el tigre esconde bajo la suave piel
de mansa oveja.) |
|
Pedro.
|
¿Quién el concierto
de las voces rompe con débil voz de
miedo y de vergüenza? |
|
Sacristán.
|
Uno que sabe que
impulsar la patria Más allá de sus
fuerzas, es perderla. |
|
Don Pedro.
|
(¡Ah, mis bravos
sabuesos!) |
|
Padre Antonio.
|
¿Quién os dice los
móviles secretos de esta empresa ni
las oscuras sombras que en el fondo
de esta luz que os alumbra se
aglomeran? ¿Queréis felices saludar
la patria? Yo lo quiero también...
|
|
Pedro.
|
Sí. Y de manera que
si el déspota hispano el polvo
muerde, muerda el polvo también todo
otro déspota. Más dudo...
|
|
Padre Antonio.
|
¿Tú lo dudas? ¿Y no
miras esas dormidas poblaciones
muertas, columnas vivas de rencor
que hierven, bajo de su techumbre
amarillenta? ¿No imaginas la bárbara
falange que el campo tala, que la
muerte siembra, y que en venganza
del agravio antiguo, hiere, asesina,
juzga, y atropella? ¡Ay de vosotros
si, despierto el indio, la humilde
paja de su choza incendia!
|
|
Indio.
|
(Adelantándose, del
grupo del pueblo:)
¡Mientes, Castilla!
|
|
Don Pedro.
|
¡Miserable!...
(Aparte a los suyos:)
(Doscientos... gente llega) ¡un
indio! |
|
Indio.
|
¡Un indio! ¡A nadie
quede duda! ¡Doblada está mi
espalda, mi piel negra! ¿Ni cómo ha
de estar blanca, si aquí llevo de
cuatrocientos años la vergüenza?
¡Tú, (al Sacristán) más vil que
Castilla, porque siendo azotado
también, el cuero besas; enséñanos
el oro que te pagan y en las
palabras de tu boca suena.
¡Sacristán de la Antigua, te
conozco! La astucia de los indios no
está muerta. ¿Que mi pueblo amenaza?
¿Que la saña hierve en las pobres
chozas de la sierra? ¿Que como rayo
vengador caería sobre las
poblaciones y las siembras? ¡Sobre
la lengua vil que nos infama como
puñal atravesar debiera! ¡Si en un
poste la lengua te enclavase,
venenosa en redor la tierra
hicieras!
|
|
Don Pedro.
|
(Aparte a los suyos:)
(Trescientos... Cuatrocientos...) |
|
Indio.
|
Quebrantado Su
espíritu de hombre, ya no quedan al
indio de los campos más que espaldas
para llevar las cargas de la
Iglesia, para pagar tributo a los
caciques, para comprar al español
sus telas. ¡Con estas manos derribé
maderos... con estas manos cultivé
la tierra, con estos hombros por
barranca y llano más arrobas llevé
que hojas la selva, y más llanto
lloré con estos ojos, por mi eterna
ignominia siempre nueva, que ondas
cruza la nave robadora que el fruto
de mi mal a España lleva!
|
|
Padre Antonio.
|
(¡Habla!) De un indio
disfrazado miro en ti claras
señales, que la lengua de esa tribu
que finges... |
|
Indio.
|
¡De malvado si que
miro yo en ti claras las señas!
¡Apartad, que parece que en su cerco
la contagiada atmósfera envenena!
Indio soy con disfraz, puesto que
tengo un alma
—cosa
extraña y estupenda, un alma que en
el suelo en que nacimos al darnos el
bautismo el cura quema. Indio soy,
con disfraz, pues que torcieron de
modo mi infeliz naturaleza que
natural parece la ignominia, y más
cara parece la vergüenza. ¡Esa es tu
obra, villano! ¡Esa es la obra de
ese que tras de ti mueve su lengua
¡Alzar quisisteis catedrales de oro
sobre graves cimientos de
conciencias, y sobre los sepulcros
de una raza comprar encajes y elevar
iglesias! ¡Oh torpe y fragilísimo
cimiento! La conciencia dormita, no
está muerta, y el día que tremenda
se sacuda, catedrales y encajes dan
en tierra.
|
|
Pueblo.
|
¡Viva el indio! |
|
Indio.
|
¡Yo, no! ¡La patria
libre!
|
|
Pueblo.
|
¡Perezca el
sacristán! |
|
Pedro.
|
Nadie perezca. ¡Mil
veces se ha perdido la justicia por
la exageración de la violencia! Un
pueblo ha muerto bajo el yugo
hispano... El hombre justo nuestro
hermano sea. Los tiranos que el
látigo fabrican arrójelos el látigo
mar fuera.
|
ESCENA
V
Aparece un
Noble con varios soldados, y dice
a Don Pedro:
|
Noble.
|
Vano fue todo: El
general no quiere, porque inútil lo
juzga, oponer fuerzas al terrible
clamor. El viejo Urrutia con floja
mano sus cabellos mesa. El polvo
muerde de dolor Lagrava, pero al
común destino se sujeta.
|
|
Don Pedro.
|
Conmueve tú las
vacilantes turbas. Con éstos haré yo
por detenerlas.
(Al Pueblo, que trata
de avanzar, agresivo, dominante,
enérgico:)
¡Atrás, gente
atrevida! ¿Quién osado contra la ley
de España se rebela? ¡Ingratos
hijos, que el paterno celo del rey
recompensáis de esa manera! Al que
rebelde a los decretos ose de
nuestra Madre España... o al que
quisiera triunfar de su poder,
piense en los hierros que ceñirán
sus pies. Que piense en Ceuta.
|
|
Pueblo.
|
¡Ceuta! |
|
Pedro.
|
Sí. Ceuta. Una
mansión terrible donde los hierros
por los muros cuelgan; donde cientos
de látigos azotan sangre manando las
abiertas venas; donde al lenguaje
humano sustituye de las fustas
flamígeras la lengua. Y cada sol vio
sepultar a un vivo, y un espanto
cada átomo recuerda. Mansión donde
los niños encanecen, que hiriendo el
cuerpo flojo, el alma quiebra; que
asorda con sus ayes el mar bronco
que más que de olas de furor la
cerca.
|
|
Don Pedro.
|
Esa es Ceuta.
|
|
Pedro.
|
Esa es. Pero, ¿no
sabes que antes de ir a tu prisión
tremenda, de sangre el mar con
nuestra sangre haremos y tu sangre
también entrará en ella? ¡Antes que
el pie de americanos nuevos ciñan
del triste Amarú las cadenas, al mar
aquí, y al Hacedor en lo alto,
asordará nuestro clamor de guerra!
|
|
Don Pedro.
|
Villano, calla. |
|
Pedro.
|
Aquí no hay más
villano que el que la infamia de mi
patria intenta, Hombre es todo
nacido: hombres iguales.
|
|
Don Pedro.
|
¡A mí, los míos!
Gente de armas, presa a esa gente
llevad. |
|
Pedro.
|
¡Amigos! |
|
Don Pedro.
|
Ni uno a mi cólera
escape. El rey lo ordena. |
ESCENA
VI
Españoles,
soldados, etc., avanzan contra el pueblo
que, replegándose, toma escena hacia el
lado opuesto, cuando aparece
Martino.
|
Martino.
|
Quietos todos. No
huyáis ante los déspotas. Quietos
aquí. Lo manda nuestra América. (A
Don Pedro) Si un solo paso sobre el
grupo avanzas, castigará tu infamia
y tu insolencia el pueblo entero que
en las calles corre. ¡Viva la
Libertad!...
(Voces fuera:)
¡Mueran los déspotas!
|
|
Don Pedro.
|
¿Quién eres, di,
quién eres? |
|
Martino.
|
(Colocándose al
frente del pueblo.)
Soy la oveja que se revuelve
indómita ante el lobo y exánime y
atónito lo deja, con el arma de
Maipú y Carabobo. Soy de Hidalgo la
voz. Soy la mirada ardiente de
Bolívar. Soy el rayo de la eterna
justicia, en que abrasada América
renace, desde las fuentes en que el
Bravo nace hasta el desierto bosque
paraguayo.
|
|
Don Pedro.
|
¡Oh!... ¿Quién eres? |
|
Martino.
|
¿Quién soy? ¡Mira en
mis ojos de un gran pueblo la cólera
despierta, rendidos ya tus
pabellones rojos, América feliz,
Castilla muerta!
|
|
Don Pedro. |
¿América feliz?
|
|
Martino.
|
Sí, porque luego de
quebrantar tu cetro filicida, a
costa de su sangre, del pueblo ciego
recobrará los ojos y la vida!
Serviles nos hicisteis, ignorantes,
insípidos doctores, teologuillos y
míseros danzantes, de manos
insolentes besadores. Y ¿queréis que
a la cumbre de la vida llegue
próspera y libre nuestra suerte, si
la tierra dejáis estremecida con las
semillas todas de la muerte? Pero el
cielo preñado de amenaza su hondo
seno de cólera revienta, ¡y,
animador de la naciente raza,
fabrica en vuestras plantas la
tormenta! El aire está cuajado,
cuajados van los vientos, ¡en
mordidas los besos se han trocado!
¡Balas van a volverse los lamentos!
¡Balas! Óyelo bien. ¡De las astillas
secas, en que entre rojos
resplandores Hatuey murió —remendas
las semillas— un bosque brotan ya de
resplandores, de brazos vengadores!
|
|
Don Pedro.
|
¡Atrás! iAtrás!...
|
|
Martino.
|
En vano las espadas,
lanzas y perros moveréis ahora.
Hasta las piedras os serán negadas,
que cada piedra aquí venganza llora.
Y con lágrimas de indios maldecida,
cada senda, cada árbol, cada arroyo,
árbol no habrá que con su fruto os
brinde, choza no habrá donde
encontréis apoyo.
|
|
Don Pedro.
|
¡Atrás!... ¡Atrás!
|
|
Martino.
|
¡Oh!... mira cómo se
abre la tierra ante tu planta, y en
torno tuyo aterradora gira la
inmensa procesión que se levanta.
Ese que ves con la anchurosa frente
de pedernal agudo traspasada, de
espinas y de plata coronada, —de
plata reluciente— la sien
meditabunda y torturada, es
Moctezuma, cuya historia encierra el
engaño mayor que vio la tierra.
¡Mira, mira al monarca, al indio
ensangrentado que, a su cadalso
bárbaro enclavado, su cárcel de oro
y su martirio marca! ¡Esa—que rauda
cruza, herida,—atada, mísera
vagando, a la que azota vil, a la
que azuza sus perros fieros el
infame Ovando, ésa es de Haití la
reina ponderada, en mitad de su
fiesta encadenada! ¡Allá van,
persiguiendo a los desnudos con
recamas de bronces y de escudos!
¡Allá van, con las lanzas y los
hierros! ¡Allá van, dando voces a
los perros! "¡Muerde, Lobo, a la
reina!" —"Aquí, Bravío! ¡Sus, en el
pecho híncale bien, España!" ¡Y
después de la lucha, el pueblo mío
sus miembros rotos en su sangre
baña!
|
|
Pueblo.
|
¡Libertad!...
¡Libertad!...
|
|
Martino.
|
¡El humo oscuro que
en tu rostro la cólera negrea, de
Cuauhtémoc es el aliento puro, que
en su parrilla requemado humea!
|
|
Pueblo.
|
¡Libertad!...
¡Libertad!
|
|
Martino.
|
¡Y ese de ramas de
encendidos palmeros coronado, que
corre, corre alado, con terrible
clamor, envuelto en llamas, es
Hatuey!
|
|
Pueblo.
|
¡Hatuey!
|
|
Martino.
|
¡Pueblo, contempla
este cuadro de horror! Ve a tus
abuelos en humo transformados, los
próceres quemados, los miembros
palpitantes por los suelos, los
niños sin piedad despedazados!...
|
|
Pueblo.
|
¡Libertad!...
¡Libertad!
|
|
Martino.
|
¡Al llano, al cerro!
¡Todo el mundo a la lid! ¡Corre
encendido por la América Hatuey!
¡Manos al hierro! ¡A luchar, con los
brazos, con los dientes! ¡Armas dará
la suerte: Dios da bríos! ¡A luchar
con las aguas de las fuentes! ¡A
luchar con las ondas de los ríos!
(Expectación en
todos, Martino, soberbio, dominante,
magnífico, se impone, vislumbrando
la patria libre.)
|
FIN
DEL PRIMER ACTO
ACTO
SEGUNDO
Salón
en el Palacio Colonial de Guatemala.
Aparecen dos grupos:
Don Pedro con los oficiales y nobles
españoles, y Pedro con el grupo
de los que luchan por la independencia
patria.
ESCENA I
Don
Pedro, Padre Antonio, y nobles.
Pedro, con el Pueblo.
|
Pedro.
|
Resurrección,
resurrección... El grito cuerpo en
el aire y en las almas toma. Noble
rencor a los despiertos llena, y a
los dormidos el clamor asorda,
Cuando la patria fiera se conmueve
nadie debe dormir, so pena de honra.
La historia de la vida era un
grillete: ¡Nueva vida busquemos,
nueva historia!
|
|
Padre Antonio.
|
Triunfa la plebe.
|
|
Noble.
|
Y la chusma loca. El
albañil, el sastre, el carpintero,
dueños serán y vestirán la toga. |
|
Padre Antonio.
|
Al augusto monarca el
cetro quitan y en las plebeyas manos
lo colocan. |
|
Noble.
|
¿Podrá ser un
menguado zapatero regidor como yo?
Las vías soplan el mar del pueblo.
Malos vientos corren. Hunde la nave
el flujo de las olas.
|
|
Don Pedro.
|
Calla como valiente,
y como bravo, en el instante de los
golpes, obra. Si se juntan la curia
y la nobleza en defensa de títulos y
borlas y si ellos se dividen,
siempre ha sido madre la división de
la victoria.
(Continúa hablando
con los nobles y el Padre Antonio,
mientras Pedro comenta con su
grupo.)
|
|
Pedro.
|
El doctor, el
marqués, el padre Antonio aire
tienen de gente recelosa; el aire de
los buitres de la noche cuando en el
claro oriente el sol asoma. Noble,
cura y doctor: las tres serpientes
que anidó en nuestro seno la
Colonia. Mata la ley astuta la
justicia, los que a Jesús predican,
lo deshonran, y esa raza de siervos
con casaca con nuestra infamia un
pergamino compran.
|
|
Uno.
|
Pero es noble el
marqués. |
|
Pedro.
|
No hay más nobleza
que la que el hombre con sus hechos
logra. ¿Adónde has visto esa nobleza
escrita en los pañales que tu
hermana borda? Villano es el
villano, y más villano cuando su amo
y su rey lo condecoran. Golpes de
pecho, llaves en espalda, humildes
besamanos, gorros, borlas, y los
naipes después, con el cabildo, y la
noche después tranquila y cómoda, y
en su lecho de piedra en tanto el
indio, el cuerpo herido retorciendo
llora, mientras el vil grillete del
esclavo su carne oprime... y su piel
destroza.
|
|
Padre Antonio.
|
Yo, a España vuelvo.
|
|
Noble.
|
Y yo también. No
puedo sufrir más tiempo aquí la
vergonzosa imposición del pueblo. |
|
Pedro.
|
No hay más curas que
los que curen bien nuestra
deshonra.
(Rumores de vítores,
clamores, y entra Martino seguido
del Indio y Pueblo.)
|
ESCENA
II
Martino
con el Indio, al frente del
grupo del Pueblo.
|
Martino.
|
Valor, amigos, la
victoria es nuestra. Castilla
tiembla, nuestra es la victoria. Y
mi casa es del pueblo. Es de
vosotros. Porque a la patria vuestro
juicio importa. Porque la patria su
ventura espera de vuestra decisión.
Llegó la hora de quebrantar la ley
de la Colonia. El cetro quebrantado,
por los mares irán nuestros
productos a remotas playas.
¡Nuestros destinos serán nuestros;
Nuestros hermanos, nuestros, que la
cólera del vengativo rey en las
prisiones su bravura y nobleza
galardonan! El talento es un crimen,
y otro crimen la misma voluntad. Su
necia pompa, más brilla con tus
lágrimas amargas que con la viva
lumbre de sus joyas: ¡Cada piedra o
moneda, cada verde esmeralda
luciente, cada roja piedra, rubí o
zafiro, un alma encierra que,
encadenada, en ella se devora!
¡Libertad a las almas de los
pueblos! ¡Truéquense en oro las
brillantes joyas! ¡Llamas y
libertad! Un rey malvado que a
nuestros pueblos sin piedad explota,
un rey que por la muerte de su
patria con el conquistador chocó las
copas, un rey traidor que su lugar
tuviera en el imperio de la triste
Roma, de luto llena y de vergüenza
anubla las conmovidas playas
españolas. Asturias, El Ferrol.
Cádiz valiente, el fuero humano con
braveza apoyan... Si esto hace el
rey dentro la misma España ¿qué hará
con los que aquí su fuerza mofan?
Echada está la suerte: no hay más
punto que infame vida, o perdurable
gloria. Nuestros hermanos en España
luchan.
|
|
Indio.
|
¿Nuestros hermanos,
gentes españolas? |
|
Martino.
|
Por libertad y
dignidad luchamos. Nuestros hermanos
son los que la invocan. Odio merece
el fraile franciscano que por la
esclavitud del indio aboga, Odio
Velázquez que en su tumba fría
cadáver yace, pero no reposa. Mas
este continente de Bolívar,
rompiendo el yugo que a nuestra alma
agobia, abre los brazos
generosamente al español, y su
grandeza invoca; al español que en
la defensa nuestra de España muere
en las terribles horcas. A ese
español yo lo honraré en mi mesa, y
le daré a mi hermana por esposa.
|
|
Pueblo.
|
¡Viva! ¡Muy bien, muy
bien!
|
|
Martino.
|
Y nuestra guerra los
siglos venga, y a los buenos honra.
Y yo, honro a España libre. |
|
Don Pedro.
|
Te equivocas. El
engañado e ignorante pueblo tu voz
aplaude y tu clamor apoya; pero las
fuerzas de la patria vivas
desconocen tu voz y te abandonan.
Hoy estamos aquí a merced vuestra,
pero mañana, acaso... la victoria
sea para nosotros. Con nosotros tal
vez mañana estén las fuerzas todas.
|
|
Martino.
|
¿Las fuerzas de la
patria?
|
|
Noble.
|
La nobleza.
|
|
Padre Antonio.
|
Las iglesias, el
claustro...
|
|
Pedro.
|
¿Los que adornan con
huesos sus zaguanes, y tributos como
a esclavo nativo al pueblo cobran? |
|
Padre Antonio.
|
La religión
acatamiento ordena al rey nuestro
señor. La curia docta a tal
ingratitud traición llamara. |
|
Martino.
|
¿Traición? ¿Traición
decís? ¡Oh, no! En su órbita los
rayos se estremecen fulminando a
quien así la humanidad deshonra. El
que una falsa religión predica; el
que una ciencia enseña mentirosa; el
nieto de un herrero que engalana su
pecho necio con la cruz que compra;
los que en la frente la medida
llevan exacta de los yugos; los que
adornan con lágrimas sus casas; los
cobardes a quien rodillas faltan y
fe sobra; no son las fuerzas de la
patria vivas que de su seno
predilectas brotan: esclavos son,
que el complaciente dueño acaricia
magnánimo y adorna. Esa que llevas,
cenicienta capa, tú, padre Antonio,
imagen tenebrosa es de la oscuridad
en que nos tiene la España que te
paga, porque ahogas, ayudándola
bien, al pueblo mismo en que viniste
al mundo. Esa corona que lleva tu
bastón, señor ilustre, corona es de
comedia, con que mofa el dueño
diligente al siervo niño que besando
el dogal que lo aprisiona, en
contemplar sumiso se entretiene de
su vergüenza la dorada forma. Y ésa,
grave doctor, que larga pende de tu
egregio bastón ilustre borla, manejo
es de los látigos terribles con que
la mansa espalda nos azotan, Uno,
dos, veinte látigos... ¡Afuera
látigos, mantos, borlas y coronas!
|
|
Padre Antonio.
|
¡Jesús!
|
|
Martino.
|
¿Jesús? El nombre del
Sublime blasfemia me parece en
vuestras bocas: el que esclavos
mantiene, el sacerdote que fingiendo
doctrinas religiosas desfigura a
Jesús, el que menguado un dueño
busca en apartada zona, el que a los
pobres toda ley deniega, el que a
los ricos toda ley abona, el que, en
vez de morir en su defensa, el
sacrificio de una raza explota,
miente a Jesús, y al manso pueblo
enseña manchada y criminal su faz
radiosa.
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Padre Antonio.
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¿Criminal el Señor?
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Martino.
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¿Criminal fuera si
apoyara tu borla y tu corona! si mi
padre Jesús aquí viniese, dulce la
faz, en que el perdón enflora; si al
indio viera mísero y descalzo, y al
Santo Padre que salud rebosa; si de
los nobles en las arcas viera
trocada sin esfuerzo en rubias onzas
la carga ruda que a la espalda
trajo, india infeliz que la fatiga
postra; si en las manos del uno el
oro viera, y la llaga en las manos
de la otra, ¿de qué partido tu Jesús
sería? ¿De la llaga o del arca
poderosa? ¡Responde! ¿No respondes?
Jesús mismo tu sentencia la ha dicho
por mi boca. Que hoy el catolicismo,
padre Antonio, del cristianismo es
muerte y deshonra.
(Rumores intensos.
Agitación profunda. Del grupo de
patriotas y pueblo, surge el Indio,
adelantándose a Martino. Dentro
clamores en crescendo.)
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Indio.
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(En voz baja:)
¡Martino!
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Martino.
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¿Qué hay?
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Indio.
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Aventajarnos quiere
el gobierno la mano, entre las
sombras. Aquí de esbirros nuestra
casa llena, Soldados por las calles
amontona. De Bustamante son los
policías. La división allí su diente
asoma. Armada expedición el rey
envía: si nos ataca la española
tropa, don Pedro, el padre Antonio y
esos nobles con su sangre y sus
vidas nos respondan!
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Martino.
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No. Eso no. Jamás. No
nos manchemos, Y, así, de cara al
sol y frente a frente, demos
gustosos nuestra sangre toda. No hay
miedo, pues, amigos; por calles
nuestros bravos hermanos se
desbordan. A contenerlos voy. Si el
padre Antonio, falso cristiano,
amenazaros osa, decidle que Jesús,
Dios de los hombres, los salva; ¡no
los vende ni los compra!
(Vase Martino hacia
el fondo, y en este momento irrumpen
al salón patriotas y soldados en
abierta lucha.)
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ESCENA
III
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Martino.
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¡Atrás, atrás,
repito! ¡Hora funesta! Verdugos y
asesinos de la patria serán los que
traspasen esa puerta.
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Uno.
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Hemos triunfado ya. A
muerte dice el espantoso bando de
Venegas. Pues bien. Su misma ley
cúmplase ahora, y ejecutemos la
mortal sentencia para el esbirro,
colonial tirano, que cada casa su
cadalso sea.
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Martino.
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No. Lejos de la
patria que oprimieron, a los
déspotas hoy echemos fuera ¡y el
áureo sol del genio de Bolívar que
no se ponga nunca en nuestra
América!
(Todos obedecen la
orden de Martino y se retiran
silenciosos, llevándose a don Pedro,
padre Antonio, nobles y soldados.)
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ESCENA
IV
Queda todo oscuro.
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Martino.
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Se van... se van...
Con ellos se va el día. Se van... se
van... Todo entre sombras queda.
Ahora a luchar para una nueva vida,
a trabajar para una patria nueva,
Pensando en esa patria del futuro
los resortes del alma se me
quiebran. Sala, sala desierta,
resucita... ¡Cadáver de
esperanza..., Dios te encienda!
(En este momento se
ilumina la arcada del fondo de la
sala y aparecen, desfilando, como
camino ya de la ex metrópoli, don
Pedro, doña Casta, padre Antonio y
todo su cortejo. Todos cabizbajos y
apesadumbrados.)
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Don Pedro.
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(Abatido:)
A España, a España... Libre
Guatemala, libres los pueblos todos
de la América... El sol de mis
dominios en su ocaso... El león no
ruge ya en la indiana selva.
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Padre Antonio.
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¡Resignación!
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Doña Casta.
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Ya la tenemos, padre,
pero hay que intentar la lucha
nueva. Hay que recuperar lo que
perdimos. Hay que recuperar lo que
nos llevan. Hay que hacer que
triunfe bajo el palio la cruz de
Cristo y el pendón de Iberia.
(Ha desaparecido por
la arcada la comitiva española,
vencida por la pujanza libertadora
de América. Aunque hasta el último
momento la dama castellana se sienta
vencida pero no humillada.
Aureolada, bañada de luz, aparece
por la arcada Coana, seguida de
Indiana-América.)
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Coana.
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Y, así termina,
indiana la epopeya de América.
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Indiana.
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Y ahora serás ya de
Martino esposa. Ya Guatemala es
libre y sin cadenas.
(Coana y
América-Indiana se dirigen a Martino
que despierta de dulce sueño.)
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Coana.
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¡Martino!
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Martino.
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¡Libres, libres como
el quetzal!
¡Libertad santa!
Patria libre...
Coana... esposa mía... la inmensa
procesión que se levanta, marca la
feliz ruta del futuro. Ya veo el
porvenir que se agiganta. Ya veo el
porvenir amplio y seguro. Hombres
libres serán los descendientes de tu
amor y del mío. Y Patria y Libertad
honren valientes nietos de
Cuauhtémoc y Hatuey, con nobles
bríos. A sostener por siempre
independientes, con las manos, las
uñas y los dientes, contra el yugo
opresor de las Españas, nuestros dos
continentes: ¡la libertad impere en
mis montañas... Y la proclaman con
sus murmuríos, las aguas cristalinas
de mis fuentes... y las ondas
sonoras de mis ríos!
(Queda Martino
abrazado al grupo que forman Coana e
Indiana, símbolos de las dos
Américas, e iluminados por la clara
luz del fondo.)
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FIN
Apéndice
Nota de Martí sobre el
“Drama Indio”
EL DRAMA
El personaje sombrío:
Amor de Jesús, no quiere casarse con
Coana hasta no
conseguir la independencia; cuando en el
primer acto preguntan quién es Martino,
sale Coana de un grupo del pueblo, y lo
pinta. Él,
sombrío, amoroso, enérgico, ternísimo,
fiero.
Al presentarse Martino a
la junta de independencia de Guatemala,
donde vacilan, les dice quién es, qué es
el pronunciamiento de independencia, qué
es el redentor, etc.; gran lucha y
energía cuando ve que no se consigue más
que el escrito de petición (Montúfar).
—Unión americana: —Hatuey, Guatimozín,
conspiración.
Del 2° al 3° acto, el
interés ha de
estar en las mismas cavilaciones de la
idea de independencia. Este ha de ser el
nudo del drama: esta gran pasión en
Martino, en Barrundia y en Molina.
3er. acto. Ha de acabar
el drama en la Junta del 15. Palacio,
pueblo, grupos populares: llega
Barrundia diciendo que se vacila aún; se
entra en la sala y habla Martino,
pidiendo el decreto de independencia
absoluta. Tumulto. Un beso de Martino y
de Coana. Banderas, y final.
Hay dos teatros: el
social; que requiere un arte menor,
local y relativo: y el de arte mayor, el
teatro de arquetipos. Como hay dos
vidas, la que se arrastra, y la que se
desea.
NOTAS
1
Este drama, escrito por Martí en
Guatemala y conservado por Antonio
Batres, quien cedió una copia única a
José María Béjar, se publica ahora por
primera vez, facilitado por el doctor
Emilio Roig de Leuchsenring de la Ciudad
de La Habana.
En su carta testamento
literario a Gonzalo de Quesada y
Aróstegui, de fecha 1 de abril de 1895,
Martí dice: "Antonio Batres, de
Guatemala, tiene un drama mío, o
borrador dramático, que en unos cinco
días me hizo escribir el gobierno sobre
la independencia guatemalteca."
Martí también hace
referencia al drama en su folleto
Guatemala, reproducido en el tomo 7
de estas Obras Completas, pág.
115: "Rebusqué luego, para cuantos
versos dramáticos sobre el día
patriótico, la librería nutrí, Mariano
Padilla, americanista religioso,
minucioso bibliófilo, coleccionador
inteligente..."
José Martí. Obras Completas, Tomo
18, p. 131 – 155.
Editorial Nacional de
Cuba. La Habana, 1963.
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