Año V
La Habana

3 al 9 de FEBRERO
de 2007

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Patria y Libertad1
(Drama indio) 

José Martí Pérez


ACTO PRIMERO 

Calle o plaza colonial, en la antigua ciudad de Guatemala. Transeúntes, indígenas y soldados.

 
ESCENA I

Indiana y Coana, que salen de la iglesia. 

Indiana.

 

 

Refiéreme otra vez la bella historia de cuando descubrieron  nuestra América.

Coana.

 

Eran nuestros abuelos unos hombres de tez cobriza y alma noble y buena, cuando llegaron los conquistadores de blanca piel y de ambiciones fieras. Echaron el dogal a nuestros cuellos, nos impusieron la servil cadena, y nuestras ricas tierras, ayer libres, por causa suya son esclavas tierras.
 

Indiana.

 

Pero dice Martino que algún día él ha de ver nuestra patria bella, libre y sin opresión. 

Coana.

 

El le ha jurado, y permanece fiel a su promesa de no hacerme su esposa, niña Indiana, hasta lograr la patria independencia. Pues él, como el quetzal, al enjaularlo, muere en la jaula, de dolor y pena. Martino ansía la muerte una y mil veces a esclavo ser, sin patria ni bandera.
 

Indiana.

 

Ya terminó la misa, Coana, y las damas de honor aquí se acercan.

 ESCENA II 

Doña Fe, la Camarista y acompañamiento, que salen de misa. 

Doña Fe.

 

Ya cumplimos con Dios. La santa misa hemos oído con unción sincera, El Señor desde el cielo nos bendice y oye las preces de sus pobres siervas.
 

La Camarista.

 

Mi señora, la noble doña Casta, terminada la misa, hacia aquí llega. 

(Enérgica, a las indias:)  

Retiraos; que se acerca mi señora y no quiere encontrar gente plebeya. Retiraos.
 

Indiana.

 

Y ¿por qué? La calle es libre, Y, esta calle, calle es de nuestra tierra. Que aunque nosotras somos de la plebe y doña Casta es de la nobleza, nosotras somos hijas de este suelo y ella no es nada más que una extranjera.
 

 ESCENA III

Doña Casta sale de la iglesia, seguida del Padre Antonio (de la Compañía de Jesús), y de nobles y caballeros, que la siguen. 

Doña Fe.

 

¡India insolente!

Doña Casta.

 

Amigas, ¿qué os sucede, amigas?

La Camarista.

 

Estas indias, señora, que altaneras, con frases injuriosas y agresivas, nos insultan y ofenden y nos vejan.

 

Doña Fe.

 

Y, además, contra España, mi señora, lanzan frases procaces y blasfemias.

Doña Casta.

 

¿Cómo así os atrevéis, indias malditas, a insultar nuestros fueros de grandeza? ¿Olvidáis que entre ambas, yo y vosotras, existen gran distancia y diferencia? Mas, ya caigo, ¿eres tú, la india rebelde, amante del mestizo de alma fiera a quien llaman Martino el subversivo, que a la chusma subleva?
 

Padre Antonio.

 

¿Quién es Martino?

Doña Casta.

 

Un charlatán que tiene teorías absurdas y alma negra, Que lleva en sus entrañas miserables la ruin carroña de la inmunda lepra. Que odia a España, a Jesús, a nuestra raza, al augusto blasón de la bandera. Un plebeyo envidioso, sin principios, sin honor, sin valor y sin conciencia.
 

Coana.

 

No: es Martino un valiente y un patriota que lucha por la santa independencia de nuestra patria, que hoy solloza esclava, encadenada por la opresión vuestra.
 

Doña Casta.

 

¡Silencio! Calle, indígena, ¡Lo mando! si no quieres que dé, gente plebeya, a don Pedro, mi esposo, cuenta de esto, y que te expongas a sufrir condena de recibir cincuenta o cien azotes y haga yo enmudecer así tu lengua. Abrid paso, canalla envilecida, chusma asquerosa, mísera y grosera. Abrid paso y callad, callad os digo. ¡Que doña Casta de León lo ordena!

(Se retira hacia su palacio, seguida de todo su cortejo.)
 

Padre Antonio.

 

Calma y mala intención, noble señora, Dejadme a mí. Yo le impondré la pena. Y a ese Martino pérfido y diabólico por si restos de ardor su brazo alienta... ya haré yo que le amputen ese brazo, y ya veréis... veréis como escarmienta.
 

Doña Casta.

 

¿Qué haréis?

Padre Antonio.

 

Calumnia y oro son mis armas. ¡La Virgen del Pilar me favorezca!  

(Se retiran todos: Da. Casta y su acompañamiento hacia el Palacio.: Coana e Indiana por el lado opuesto.)
 

 ESCENA IV 

Pedro, el Pueblo, que le sigue. A poco el Padre Antonio, Don Pedro, el Sacristán, el Indio, soldados, etc. 

Pedro.

 

Ni aire debe llamarse el que respiras... ¡El aire mismo aquí se llama mengua! Nace a luz, de una madre malograda entre frailes, rosarios y novenas, un hijo, con los rayos en el rostro del vivo sol de nuestra Madre América. Y apenas abre los temblantes brazos... los vacilantes labios abre apenas, cuando el villano espíritu de siervo su blando pecho sin piedad penetra: "¡Besa, niño, la mano de ese cura!" i Y el pobre niño dobla el cuello, y besa!" Ese es Dios, nuestro amo," "Ese es el busto del rey nuestro señor." "Toda esta tierra es esclava del rey." Ni una vez sola al niño la viril dignidad muestra. Ni una honrada semilla en aquel pecho el padre, ni la madre, ni el rey siembran! ¡Amos por todas partes, y palabras de esclavitud servil, y de obediencia! Señor es nuestro rey, señor el cura, Amo el gobernador, guía la Iglesia, ¡y cada hinchado mercader de allende, su vara de medir en cetro trueca! ¡Sobrado tiempo ya besó cobarde América ese cetro de comedia! Truéquese en fusta la mezquina vara y del que nos azota, azote sea!
 

Pueblo.

 

(A coro:) ¡Truéquese en fusta! 

(Rumores, murmullos de aprobación de todos, y aparecen por el Palacio Don Pedro seguido del Padre Antonio, y el Sacristán, nobles, españoles, soldados.)
 

Don Pedro.

 

(Hablando con los de su séquito:) ¡Ciento, y al instante! 

Padre Antonio.

 

¡Vaya por ciento! (Al Sacristán:) Ese es el caso: ¡Empieza!

Sacristán.

 

Honra el ardor al pueblo que lo siente, pero no lo honra menos la prudencia. 

Don Pedro.

 

(Magnífico traidor: el tigre esconde bajo la suave piel de mansa oveja.) 

Pedro.

 

¿Quién el concierto de las voces rompe con débil voz de miedo y de vergüenza? 

Sacristán.

 

Uno que sabe que impulsar la patria Más allá de sus fuerzas, es perderla. 

Don Pedro.

 

(¡Ah, mis bravos sabuesos!) 

Padre Antonio.

 

¿Quién os dice los móviles secretos de esta empresa ni las oscuras sombras que en el fondo de esta luz que os alumbra se aglomeran? ¿Queréis felices saludar la patria? Yo lo quiero también...
 

Pedro.

 

Sí. Y de manera que si el déspota hispano el polvo muerde, muerda el polvo también todo otro déspota. Más dudo...
 

Padre Antonio.

 

¿Tú lo dudas? ¿Y no miras esas dormidas poblaciones muertas, columnas vivas de rencor que hierven, bajo de su techumbre amarillenta? ¿No imaginas la bárbara falange que el campo tala, que la muerte siembra, y que en venganza del agravio antiguo, hiere, asesina, juzga, y atropella? ¡Ay de vosotros si, despierto el indio, la humilde paja de su choza incendia!
 

Indio.

 

(Adelantándose, del grupo del pueblo:)

¡Mientes, Castilla!
 

Don Pedro.

 

¡Miserable!... (Aparte a los suyos:) (Doscientos... gente llega) ¡un indio!

Indio.

 

¡Un indio! ¡A nadie quede duda! ¡Doblada está mi espalda, mi piel negra! ¿Ni cómo ha de estar blanca, si aquí llevo de cuatrocientos años la vergüenza? ¡Tú, (al Sacristán) más vil que Castilla, porque siendo azotado también, el cuero besas; enséñanos el oro que te pagan y en las palabras de tu boca suena. ¡Sacristán de la Antigua, te conozco! La astucia de los indios no está muerta. ¿Que mi pueblo amenaza? ¿Que la saña hierve en las pobres chozas de la sierra? ¿Que como rayo vengador caería sobre las poblaciones y las siembras? ¡Sobre la lengua vil que nos infama como puñal atravesar debiera! ¡Si en un poste la lengua te enclavase, venenosa en redor la tierra hicieras!
 

Don Pedro.

 

(Aparte a los suyos:) (Trescientos... Cuatrocientos...)

Indio.

 

Quebrantado Su espíritu de hombre, ya no quedan al indio de los campos más que espaldas para llevar las cargas de la Iglesia, para pagar tributo a los caciques, para comprar al español sus telas. ¡Con estas manos derribé maderos... con estas manos cultivé la tierra, con estos hombros por barranca y llano más arrobas llevé que hojas la selva, y más llanto lloré con estos ojos, por mi eterna ignominia siempre nueva, que ondas cruza la nave robadora que el fruto de mi mal a España lleva!
 

Padre Antonio.

 

(¡Habla!) De un indio disfrazado miro en ti claras señales, que la lengua de esa tribu que finges...

Indio.

 

¡De malvado si que miro yo en ti claras las señas! ¡Apartad, que parece que en su cerco la contagiada atmósfera envenena! Indio soy con disfraz, puesto que tengo un alma cosa extraña y estupenda, un alma que en el suelo en que nacimos al darnos el bautismo el cura quema. Indio soy, con disfraz, pues que torcieron de modo mi infeliz naturaleza que natural parece la ignominia, y más cara parece la vergüenza. ¡Esa es tu obra, villano! ¡Esa es la obra de ese que tras de ti mueve su lengua ¡Alzar quisisteis catedrales de oro sobre graves cimientos de conciencias, y sobre los sepulcros de una raza comprar encajes y elevar iglesias! ¡Oh torpe y fragilísimo cimiento! La conciencia dormita, no está muerta, y el día que tremenda se sacuda, catedrales y encajes dan en tierra.
 

Pueblo.

 

¡Viva el indio!

Indio.

 

¡Yo, no! ¡La patria libre!

 

Pueblo.

 

¡Perezca el sacristán!

Pedro.

 

Nadie perezca. ¡Mil veces se ha perdido la justicia por la exageración de la violencia! Un pueblo ha muerto bajo el yugo hispano... El hombre justo nuestro hermano sea. Los tiranos que el látigo fabrican arrójelos el látigo mar fuera.
 

 ESCENA V 

Aparece un Noble con varios soldados, y dice a Don Pedro: 

Noble.

 

Vano fue todo: El general no quiere, porque inútil lo juzga, oponer fuerzas al terrible clamor. El viejo Urrutia con floja mano sus cabellos mesa. El polvo muerde de dolor Lagrava, pero al común destino se sujeta.
 

Don Pedro.

 

Conmueve tú las vacilantes turbas. Con éstos haré yo por detenerlas. 

(Al Pueblo, que trata de avanzar, agresivo, dominante, enérgico:) 

¡Atrás, gente atrevida! ¿Quién osado contra la ley de España se rebela? ¡Ingratos hijos, que el paterno celo del rey recompensáis de esa manera! Al que rebelde a los decretos ose de nuestra Madre España... o al que quisiera triunfar de su poder, piense en los hierros que ceñirán sus pies. Que piense en Ceuta.
 

Pueblo.

 

¡Ceuta!

Pedro.

 

Sí. Ceuta. Una mansión terrible donde los hierros por los muros cuelgan; donde cientos de látigos azotan sangre manando las abiertas venas; donde al lenguaje humano sustituye de las fustas flamígeras la lengua. Y cada sol vio sepultar a un vivo, y un espanto cada átomo recuerda. Mansión donde los niños encanecen, que hiriendo el cuerpo flojo, el alma quiebra; que asorda con sus ayes el mar bronco que más que de olas de furor la cerca.
 

Don Pedro.

 

Esa es Ceuta.

 

Pedro.

 

Esa es. Pero, ¿no sabes que antes de ir a tu prisión tremenda, de sangre el mar con nuestra sangre haremos y tu sangre también entrará en ella? ¡Antes que el pie de americanos nuevos ciñan del triste Amarú las cadenas, al mar aquí, y al Hacedor en lo alto, asordará nuestro clamor de guerra!
 

Don Pedro.

 

Villano, calla.

Pedro.

 

Aquí no hay más villano que el que la infamia de mi patria intenta, Hombre es todo nacido: hombres iguales.
 

Don Pedro.

 

¡A mí, los míos! Gente de armas, presa a esa gente llevad.  

Pedro.

 

¡Amigos!

Don Pedro.

 

Ni uno a mi cólera escape. El rey lo ordena.

 ESCENA VI

 Españoles, soldados, etc., avanzan contra el pueblo que, replegándose, toma escena hacia el lado opuesto, cuando aparece Martino. 

Martino.

 

Quietos todos. No huyáis ante los déspotas. Quietos aquí. Lo manda nuestra América. (A Don Pedro) Si un solo paso sobre el grupo avanzas, castigará tu infamia y tu insolencia el pueblo entero que en las calles corre. ¡Viva la Libertad!... 

(Voces fuera:) 

¡Mueran los déspotas!
 

Don Pedro.

 

¿Quién eres, di, quién eres?

Martino.

 

(Colocándose al frente del pueblo.) Soy la oveja que se revuelve indómita ante el lobo y exánime y atónito lo deja, con el arma de Maipú y Carabobo. Soy de Hidalgo la voz. Soy la mirada ardiente de Bolívar. Soy el rayo de la eterna justicia, en que abrasada América renace, desde las fuentes en que el Bravo nace hasta el desierto bosque paraguayo.
 

Don Pedro.

 

¡Oh!... ¿Quién eres?

Martino.

 

¿Quién soy? ¡Mira en mis ojos de un gran pueblo la cólera despierta, rendidos ya tus pabellones rojos, América feliz, Castilla muerta!
 

Don Pedro.

¿América feliz?

 

Martino.

 

Sí, porque luego de quebrantar tu cetro filicida, a costa de su sangre, del pueblo ciego recobrará los ojos y la vida! Serviles nos hicisteis, ignorantes, insípidos doctores, teologuillos y míseros danzantes, de manos insolentes besadores. Y ¿queréis que a la cumbre de la vida llegue próspera y libre nuestra suerte, si la tierra dejáis estremecida con las semillas todas de la muerte? Pero el cielo preñado de amenaza su hondo seno de cólera revienta, ¡y, animador de la naciente raza, fabrica en vuestras plantas la tormenta! El aire está cuajado, cuajados van los vientos, ¡en mordidas los besos se han trocado! ¡Balas van a volverse los lamentos! ¡Balas! Óyelo bien. ¡De las astillas secas, en que entre rojos resplandores Hatuey murió —remendas las semillas— un bosque brotan ya de resplandores, de brazos vengadores!
 

Don Pedro.

 

¡Atrás! iAtrás!...

 

Martino.

 

En vano las espadas, lanzas y perros moveréis ahora. Hasta las piedras os serán negadas, que cada piedra aquí venganza llora. Y con lágrimas de indios maldecida, cada senda, cada árbol, cada arroyo, árbol no habrá que con su fruto os brinde, choza no habrá donde encontréis apoyo.
 

Don Pedro.

 

¡Atrás!... ¡Atrás!

 

Martino.

 

¡Oh!... mira cómo se abre la tierra ante tu planta, y en torno tuyo aterradora gira la inmensa procesión que se levanta. Ese que ves con la anchurosa frente de pedernal agudo traspasada, de espinas y de plata coronada, —de plata reluciente— la sien meditabunda y torturada, es Moctezuma, cuya historia encierra el engaño mayor que vio la tierra. ¡Mira, mira al monarca, al indio ensangrentado que, a su cadalso bárbaro enclavado, su cárcel de oro y su martirio marca! ¡Esa—que rauda cruza, herida,—atada, mísera vagando, a la que azota vil, a la que azuza sus perros fieros el infame Ovando, ésa es de Haití la reina ponderada, en mitad de su fiesta encadenada! ¡Allá van, persiguiendo a los desnudos con recamas de bronces y de escudos! ¡Allá van, con las lanzas y los hierros! ¡Allá van, dando voces a los perros! "¡Muerde, Lobo, a la reina!" —"Aquí, Bravío! ¡Sus, en el pecho híncale bien, España!" ¡Y después de la lucha, el pueblo mío sus miembros rotos en su sangre baña!
 

Pueblo.

 

¡Libertad!... ¡Libertad!...

 

Martino.

 

¡El humo oscuro que en tu rostro la cólera negrea, de Cuauhtémoc es el aliento puro, que en su parrilla requemado humea!
 

Pueblo.

 

¡Libertad!... ¡Libertad!

 

Martino.

 

¡Y ese de ramas de encendidos palmeros coronado, que corre, corre alado, con terrible clamor, envuelto en llamas, es Hatuey!
 

Pueblo.

 

¡Hatuey!

 

Martino.

 

¡Pueblo, contempla este cuadro de horror! Ve a tus abuelos en humo transformados, los próceres quemados, los miembros palpitantes por los suelos, los niños sin piedad despedazados!...
 

Pueblo.

 

¡Libertad!... ¡Libertad!

 

Martino.

 

¡Al llano, al cerro! ¡Todo el mundo a la lid! ¡Corre encendido por la América Hatuey! ¡Manos al hierro! ¡A luchar, con los brazos, con los dientes! ¡Armas dará la suerte: Dios da bríos! ¡A luchar con las aguas de las fuentes! ¡A luchar con las ondas de los ríos! 

(Expectación en todos, Martino, soberbio, dominante, magnífico, se impone, vislumbrando la patria libre.) 
 

 FIN DEL PRIMER ACTO

  

ACTO SEGUNDO

 Salón en el Palacio Colonial de Guatemala. Aparecen dos grupos: Don Pedro con los oficiales y nobles españoles, y Pedro con el grupo de los que luchan por la independencia patria.

 ESCENA I

 Don Pedro, Padre Antonio, y nobles. Pedro, con el Pueblo. 

Pedro.

 

Resurrección, resurrección... El grito cuerpo en el aire y en las almas toma. Noble rencor a los despiertos llena, y a los dormidos el clamor asorda, Cuando la patria fiera se conmueve nadie debe dormir, so pena de honra. La historia de la vida era un grillete: ¡Nueva vida busquemos, nueva historia!
 

Padre Antonio.

 

Triunfa la plebe.

 

Noble.

 

Y la chusma loca. El albañil, el sastre, el carpintero, dueños serán y vestirán la toga. 

Padre Antonio.

 

Al augusto monarca el cetro quitan y en las plebeyas manos lo colocan.

Noble.

 

¿Podrá ser un menguado zapatero regidor como yo? Las vías soplan el mar del pueblo. Malos vientos corren. Hunde la nave el flujo de las olas.
 

Don Pedro.

 

Calla como valiente, y como bravo, en el instante de los golpes, obra. Si se juntan la curia y la nobleza en defensa de títulos y borlas y si ellos se dividen, siempre ha sido madre la división de la victoria. 

(Continúa hablando con los nobles y el Padre Antonio, mientras Pedro comenta con su grupo.)
 

Pedro.

 

El doctor, el marqués, el padre Antonio aire tienen de gente recelosa; el aire de los buitres de la noche cuando en el claro oriente el sol asoma. Noble, cura y doctor: las tres serpientes que anidó en nuestro seno la Colonia. Mata la ley astuta la justicia, los que a Jesús predican, lo deshonran, y esa raza de siervos con casaca con nuestra infamia un pergamino compran.
 

Uno.

 

Pero es noble el marqués.

Pedro.

 

No hay más nobleza que la que el hombre con sus hechos logra. ¿Adónde has visto esa nobleza escrita en los pañales que tu hermana borda? Villano es el villano, y más villano cuando su amo y su rey lo condecoran. Golpes de pecho, llaves en espalda, humildes besamanos, gorros, borlas, y los naipes después, con el cabildo, y la noche después tranquila y cómoda, y en su lecho de piedra en tanto el indio, el cuerpo herido retorciendo llora, mientras el vil grillete del esclavo su carne oprime... y su piel destroza.
 

Padre Antonio.

 

Yo, a España vuelvo.

 

Noble.

 

Y yo también. No puedo sufrir más tiempo aquí la vergonzosa imposición del pueblo. 

Pedro.

 

No hay más curas que los que curen bien nuestra deshonra. 

(Rumores de vítores, clamores, y entra Martino seguido del Indio y Pueblo.)
 

 ESCENA II

 Martino con el Indio, al frente del grupo del Pueblo.  

Martino.

 

Valor, amigos, la victoria es nuestra. Castilla tiembla, nuestra es la victoria. Y mi casa es del pueblo. Es de vosotros. Porque a la patria vuestro juicio importa. Porque la patria su ventura espera de vuestra decisión. Llegó la hora de quebrantar la ley de la Colonia. El cetro quebrantado, por los mares irán nuestros productos a remotas playas. ¡Nuestros destinos serán nuestros; Nuestros hermanos, nuestros, que la cólera del vengativo rey en las prisiones su bravura y nobleza galardonan! El talento es un crimen, y otro crimen la misma voluntad. Su necia pompa, más brilla con tus lágrimas amargas que con la viva lumbre de sus joyas: ¡Cada piedra o moneda, cada verde esmeralda luciente, cada roja piedra, rubí o zafiro, un alma encierra que, encadenada, en ella se devora! ¡Libertad a las almas de los pueblos! ¡Truéquense en oro las brillantes joyas! ¡Llamas y libertad! Un rey malvado que a nuestros pueblos sin piedad explota, un rey que por la muerte de su patria con el conquistador chocó las copas, un rey traidor que su lugar tuviera en el imperio de la triste Roma, de luto llena y de vergüenza anubla las conmovidas playas españolas. Asturias, El Ferrol. Cádiz valiente, el fuero humano con braveza apoyan... Si esto hace el rey dentro la misma España ¿qué hará con los que aquí su fuerza mofan? Echada está la suerte: no hay más punto que infame vida, o perdurable gloria. Nuestros hermanos en España luchan.
 

Indio.

 

¿Nuestros hermanos, gentes españolas?

Martino.

 

Por libertad y dignidad luchamos. Nuestros hermanos son los que la invocan. Odio merece el fraile franciscano que por la esclavitud del indio aboga, Odio Velázquez que en su tumba fría cadáver yace, pero no reposa. Mas este continente de Bolívar, rompiendo el yugo que a nuestra alma agobia, abre los brazos generosamente al español, y su grandeza invoca; al español que en la defensa nuestra de España muere en las terribles horcas. A ese español yo lo honraré en mi mesa, y le daré a mi hermana por esposa.
 

Pueblo.

 

¡Viva! ¡Muy bien, muy bien!

 

Martino.

 

Y nuestra guerra los siglos venga, y a los buenos honra. Y yo, honro a España libre. 

Don Pedro.

 

Te equivocas. El engañado e ignorante pueblo tu voz aplaude y tu clamor apoya; pero las fuerzas de la patria vivas desconocen tu voz y te abandonan. Hoy estamos aquí a merced vuestra, pero mañana, acaso... la victoria sea para nosotros. Con nosotros tal vez mañana estén las fuerzas todas.
 

Martino.

 

¿Las fuerzas de la patria?

 

Noble.

 

La nobleza.

 

Padre Antonio.

 

Las iglesias, el claustro...

 

Pedro.

 

¿Los que adornan con huesos sus zaguanes, y tributos como a esclavo nativo al pueblo cobran? 

Padre Antonio.

 

La religión acatamiento ordena al rey nuestro señor. La curia docta a tal ingratitud traición llamara. 

Martino.

 

¿Traición? ¿Traición decís? ¡Oh, no! En su órbita los rayos se estremecen fulminando a quien así la humanidad deshonra. El que una falsa religión predica; el que una ciencia enseña mentirosa; el nieto de un herrero que engalana su pecho necio con la cruz que compra; los que en la frente la medida llevan exacta de los yugos; los que adornan con lágrimas sus casas; los cobardes a quien rodillas faltan y fe sobra; no son las fuerzas de la patria vivas que de su seno predilectas brotan: esclavos son, que el complaciente dueño acaricia magnánimo y adorna. Esa que llevas, cenicienta capa, tú, padre Antonio, imagen tenebrosa es de la oscuridad en que nos tiene la España que te paga, porque ahogas, ayudándola bien, al pueblo mismo en que viniste al mundo. Esa corona que lleva tu bastón, señor ilustre, corona es de comedia, con que mofa el dueño diligente al siervo niño que besando el dogal que lo aprisiona, en contemplar sumiso se entretiene de su vergüenza la dorada forma. Y ésa, grave doctor, que larga pende de tu egregio bastón ilustre borla, manejo es de los látigos terribles con que la mansa espalda nos azotan, Uno, dos, veinte látigos... ¡Afuera látigos, mantos, borlas y coronas!
 

Padre Antonio.

 

¡Jesús!

 

Martino.

 

¿Jesús? El nombre del Sublime blasfemia me parece en vuestras bocas: el que esclavos mantiene, el sacerdote que fingiendo doctrinas religiosas desfigura a Jesús, el que menguado un dueño busca en apartada zona, el que a los pobres toda ley deniega, el que a los ricos toda ley abona, el que, en vez de morir en su defensa, el sacrificio de una raza explota, miente a Jesús, y al manso pueblo enseña manchada y criminal su faz radiosa.
 

Padre Antonio.

 

¿Criminal el Señor?

 

Martino.

 

¿Criminal fuera si apoyara tu borla y tu corona! si mi padre Jesús aquí viniese, dulce la faz, en que el perdón enflora; si al indio viera mísero y descalzo, y al Santo Padre que salud rebosa; si de los nobles en las arcas viera trocada sin esfuerzo en rubias onzas la carga ruda que a la espalda trajo, india infeliz que la fatiga postra; si en las manos del uno el oro viera, y la llaga en las manos de la otra, ¿de qué partido tu Jesús sería? ¿De la llaga o del arca poderosa? ¡Responde! ¿No respondes? Jesús mismo tu sentencia la ha dicho por mi boca. Que hoy el catolicismo, padre Antonio, del cristianismo es muerte y deshonra. 

(Rumores intensos. Agitación profunda. Del grupo de patriotas y pueblo, surge el Indio, adelantándose a Martino. Dentro clamores en crescendo.)
 

Indio.

 

(En voz baja:) ¡Martino!

 

Martino.

 

¿Qué hay?

 

Indio.

 

Aventajarnos quiere el gobierno la mano, entre las sombras. Aquí de esbirros nuestra casa llena, Soldados por las calles amontona. De Bustamante son los policías. La división allí su diente asoma. Armada expedición el rey envía: si nos ataca la española tropa, don Pedro, el padre Antonio y esos nobles con su sangre y sus vidas nos respondan!
 

Martino.

 

No. Eso no. Jamás. No nos manchemos, Y, así, de cara al sol y frente a frente, demos gustosos nuestra sangre toda. No hay miedo, pues, amigos; por calles nuestros bravos hermanos se desbordan. A contenerlos voy. Si el padre Antonio, falso cristiano, amenazaros osa, decidle que Jesús, Dios de los hombres, los salva; ¡no los vende ni los compra! 

(Vase Martino hacia el fondo, y en este momento irrumpen al salón patriotas y soldados en abierta lucha.)
 

 ESCENA III 

Martino.

 

¡Atrás, atrás, repito! ¡Hora funesta! Verdugos y asesinos de la patria serán los que traspasen esa puerta.
 

Uno.

 

Hemos triunfado ya. A muerte dice el espantoso bando de Venegas. Pues bien. Su misma ley cúmplase ahora, y ejecutemos la mortal sentencia para el esbirro, colonial tirano, que cada casa su cadalso sea.
 

Martino.

 

No. Lejos de la patria que oprimieron, a los déspotas hoy echemos fuera ¡y el áureo sol del genio de Bolívar que no se ponga nunca en nuestra América!

(Todos obedecen la orden de Martino y se retiran silenciosos, llevándose a don Pedro, padre Antonio, nobles y soldados.) 
 

 ESCENA IV 

Queda todo oscuro. 

Martino.

 

Se van... se van... Con ellos se va el día. Se van... se van... Todo entre sombras queda. Ahora a luchar para una nueva vida, a trabajar para una patria nueva, Pensando en esa patria del futuro los resortes del alma se me quiebran. Sala, sala desierta, resucita... ¡Cadáver de esperanza..., Dios te encienda! 

(En este momento se ilumina la arcada del fondo de la sala y aparecen, desfilando, como camino ya de la ex metrópoli, don Pedro, doña Casta, padre Antonio y todo su cortejo. Todos cabizbajos y apesadumbrados.)
 

Don Pedro.

 

(Abatido:) A España, a España... Libre Guatemala, libres los pueblos todos de la América... El sol de mis dominios en su ocaso... El león no ruge ya en la indiana selva.
 

Padre Antonio.

 

¡Resignación!

 

Doña Casta.

 

Ya la tenemos, padre, pero hay que intentar la lucha nueva. Hay que recuperar lo que perdimos. Hay que recuperar lo que nos llevan. Hay que hacer que triunfe bajo el palio la cruz de Cristo y el pendón de Iberia.  

(Ha desaparecido por la arcada la comitiva española, vencida por la pujanza libertadora de América. Aunque hasta el último momento la dama castellana se sienta vencida pero no humillada. Aureolada, bañada de luz, aparece por la arcada Coana, seguida de Indiana-América.)
 

Coana.

 

Y, así termina, indiana la epopeya de América.

 

Indiana.

 

Y ahora serás ya de Martino esposa. Ya Guatemala es libre y sin cadenas. 

(Coana y América-Indiana se dirigen a Martino que despierta de dulce sueño.)
 

Coana.

 

¡Martino!

 

Martino.

 

¡Libres, libres como el quetzal!

¡Libertad santa!

Patria libre... Coana... esposa mía... la inmensa procesión que se levanta, marca la feliz ruta del futuro. Ya veo el porvenir que se agiganta. Ya veo el porvenir amplio y seguro. Hombres libres serán los descendientes de tu amor y del mío. Y Patria y Libertad honren valientes nietos de Cuauhtémoc y Hatuey, con nobles bríos. A sostener por siempre independientes, con las manos, las uñas y los dientes, contra el yugo opresor de las Españas, nuestros dos continentes: ¡la libertad impere en mis montañas... Y la proclaman con sus murmuríos, las aguas cristalinas de mis fuentes... y las ondas sonoras de mis ríos! 

(Queda Martino abrazado al grupo que forman Coana e Indiana, símbolos de las dos Américas, e iluminados por la clara luz del fondo.)
 

 FIN


Apéndice

Nota de Martí sobre el “Drama Indio”

 EL DRAMA

 El personaje sombrío: Amor de Jesús, no quiere casarse con Coana hasta no conseguir la independencia; cuando en el primer acto preguntan quién es Martino, sale Coana de un grupo del pueblo, y lo pinta. Él, sombrío, amoroso, enérgico, ternísimo, fiero.

Al presentarse Martino a la junta de independencia de Guatemala, donde vacilan, les dice quién es, qué es el pronunciamiento de independencia, qué es el redentor, etc.; gran lucha y energía cuando ve que no se consigue más que el escrito de petición (Montúfar). —Unión americana: —Hatuey, Guatimozín, conspiración.

Del 2° al 3° acto, el interés ha de estar en las mismas cavilaciones de la idea de independencia. Este ha de ser el nudo del drama: esta gran pasión en Martino, en Barrundia y en Molina.

3er. acto. Ha de acabar el drama en la Junta del 15. Palacio, pueblo, grupos populares: llega Barrundia diciendo que se vacila aún; se entra en la sala y habla Martino, pidiendo el decreto de independencia absoluta. Tumulto. Un beso de Martino y de Coana. Banderas, y final.

Hay dos teatros: el social; que requiere un arte menor, local y relativo: y el de arte mayor, el teatro de arquetipos. Como hay dos vidas, la que se arrastra, y la que se desea.


NOTAS

1 Este drama, escrito por Martí en Guatemala y conservado por Antonio Batres, quien cedió una copia única a José María Béjar, se publica ahora por primera vez, facilitado por el doctor Emilio Roig de Leuchsenring de la Ciudad de La Habana.

En su carta testamento literario a Gonzalo de Quesada y Aróstegui, de fecha 1 de abril de 1895, Martí dice: "Antonio Batres, de Guatemala, tiene un drama mío, o borrador dramático, que en unos cinco días me hizo escribir el gobierno sobre la independencia guatemalteca."

Martí también hace referencia al drama en su folleto Guatemala, reproducido en el tomo 7 de estas Obras Completas, pág. 115: "Rebusqué luego, para cuantos versos dramáticos sobre el día patriótico, la librería nutrí, Mariano Padilla, americanista religioso, minucioso bibliófilo, coleccionador inteligente..."


José Martí. Obras Completas, Tomo 18, p. 131 – 155.

Editorial Nacional de Cuba. La Habana, 1963.   

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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