Año V
La Habana

3 al 9 de FEBRERO
de 2007

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El espanto como ternura

Caridad Atencio • La Habana

Algo extraño experimentaba cuando leía Ismaelillo, después de más de diez años estudiando la poesía martiana. El texto navegaba ante mis ojos impoluto, mostrando los afanes de poética propios de la lírica de quien los escribió, los sutiles tejidos de un gran entramado, pero no me permitían el hallazgo filológico continuado, conectado a las diversas sendas del poemario. Si me situaba a medio camino entre las voces de los lectores más jóvenes y los críticos de las nuevas ornadas podía traicionarme aquel criterio al parecer tan definitivo: “de los cuadernos líricos concebidos por Martí es Ismaelillo el menos llamativo, quizá el que menos diga entre las últimas generaciones de amantes a la Literatura”.

Martí, de la serie Rostros Latinoamericanos
Aguedo Alonso

Tratando de sacar de mi cabeza la idea trasnochada que consagra todo lo que salió de su pluma como obras maestras, y no desoyendo el instinto canónico que han revelado los acercamientos de tan agudos estudiosos, volví a leer el libro, comprendiendo entonces que si los Versos sencillos están hechos para la contemplación sin límites, y los Libres para la participación entrañable, Ismaelillo da fe de una emoción desnuda, a la intemperie, de una entrega blanca o una dación suprema, imperiosidad de la entrega, prisa súbita del alma. En él siempre la emoción se superpone a otro tipo de emoción. Por eso quizá los subterfugios literarios no abunden, a no ser aquellos que tienen que ver con las cualidades plásticas del lenguaje que ha escogido el poeta, como son la presencia de la dicotomía sombra-luz2, el cromatismo, el carácter visionario de los textos, la teatralidad, la celeridad inmersa en el tempo lírico, repuntada por arranques heredianos conformados por verbos; todos testimonios irrefutables de lo vívido, latente y entrañable del universo que nos quiere presentar.

La emoción torna en celebración, en fiesta al leer “Príncipe Enano”. En este poema, donde prima la acción, ocurre la presentación del niño, del hijo con cierto sentido elíptico1, que va raudamente de su descripción física al enjuiciamiento ético de su relación con el hijo: “Él para mí es corona, / Almohada, espuela”. Creo que la fiesta que en el texto se invoca no es otra que hacer al hijo motivo de poesía, motivo de un libro de versos. La emoción es ensoñación en “Sueño despierto”, amor filial en “Brazos fragantes” en tensa lucha con el placer amoroso, y confesión que se escapa con dolor. Es curiosa en este poema la recurrencia de lo propio en lo propio, rasgo típico del estilo martiano, pero que aquí siempre recrea una imagen gozosa, placentera, que permite la presencia del hijo: 

Mi cuerpo [...]

        En su propio perfume

    Lánguido exhálase! 

A diferencia de las imágenes de dolor que acompañan este recurso en Versos libres y Versos sencillos. Remembranza se torna en “Mi caballero”, que debe mucho a la presencia de un pretérito imperfecto que recorre a todo el poema y da la medida de su actual ausencia. En ella las elipsis también juegan un papel fundamental. La emoción es epopeya del espíritu y un éxtasis3 ante la entrada arrolladora y triunfal del hijo en “Musa traviesa”, texto conformado por apóstrofes exclamativos e interrogativos que dan cabida a un momento alto dentro del poema. El mismo funciona como una especie de ars poética:

Pues ¿no saben los hombres?

Qué encargo traen?

¡Rasgarse el bravo pecho,

Vaciar su sangre,

Y andar, andar heridos

Muy largo valle. 

En tal pasaje el texto se levanta o alcanza el tono grave de los Versos libres, él encierra como una predicción, una orden divina, un ars poética. El poema, que puede denominarse también epopeya de la ternura, en su larga estrofa final vuelve a adoptar el tono de los endecasílabos hirsutos, y en ella se contrasta el sentimiento augusto del padre y la espontaneidad y vitalidad del niño. Dice Martí en este final:

Pudiera yo, hijo mío,

Quebrando el arte

Universal, muriendo

Mis años dándote,

 Envejecerte súbito,

La vida ahorrarte!-

Mas no: que no verías

En horas graves

 Entrar el sol al alma

Y a los cristales 

Nos subyugan igualmente en el texto la originalidad de las denominaciones, de los apelativos que utiliza para referirse al hijo: “¡Hete aquí, hueso pálido”, apuntando con ellos la cualidad de lo entrañable y de lo nuevo a la vez, así como aquel fragmento donde la pausa que crea el verso da doble sentido a la idea. No es solo “¿Qué ha de haber que me guste / Como mirarte / De entre polvo de libros / Surgir radiante”, sino también: ¿Qué ha de haber que me guste / Como mirarte”, con lo que la imagen logra mayor efecto emotivo, trascendencia emocional por la contemplación.

Aún en los territorios de la emoción podemos notar el tono tierno y satisfecho del libro para referirse al hijo, no sin cierta dosis de misterio así como la gracia expresiva, uno de los dones que engalanan este cuaderno. En “Mi reyecillo” se produce a la vez desgarramiento y salvación. No hay que decir que el desgarramiento es profundo, pero la salvación no es abiertamente material, toma la forma de una esperanza, uno de los grados más meditados de la emoción, que en “Penachos vívidos” cobra la forma del gozo, dando cabida por supuesto a imágenes de recurrencia de lo propio en lo propio, a diferencia de otros poemarios y poemas, también gozosas:

“Así mis pensamientos / Rebosan en mí vívidos” 

El desgarramiento siempre es vencido por la ternura en “Hijo del alma”. La visión puede tornarse arrobamiento en “Sobre mi hombro” y en “Valle Lozano”. Las cuerdas de la emoción siempre van tensas, dando poderosas notas, enmarcadas en entrañables juramentos y retos espirituales y éticos. La exaltación de la figura del hijo, la sublimación — a la que opone todas las maldades y vicios de la existencia humana— que recorren al poema “Mi despensero” es idea general que muestra y guarda el poemario. La emoción en “Rosilla nueva” también es confesión del amor, donde se le escapan sin querer meditaciones de sus versos encrespados que ya le rodeaban:

Traidor! Con que arma de oro

                               Me has cautivado?

                               Pues yo tengo coraza

                              De hierro áspero.

                              Hiela el dolor: el pecho

                              Trueca en peñasco 

Para pasar rápidamente a un tono ligero en la estrofa final del poema. El poeta se propone entregarnos un poemario siempre nítido, transparente, pese a transitorios momentos de lucha, de batalla, de enfrentamiento medieval. Este canto, que el poeta convierte en sagrado, esa continuada sublimación, tienen en el prólogo del libro su fundamentación razonada. Allí irrumpen las causas de su fe, donde curiosamente es importante el papel de las elipsis para dar lo rotundo de su mensaje, para decir que ha transformado su espanto en ternura, y luego en fe. Aún en dicho prólogo puede respirarse lo ético como rafagazo, como una mezcla de ira y vergüenza que se manifiesta, y comprobarse el énfasis en la visión y la lucha entre el carácter mental de la poesía y el carácter visionario que le imprime Martí.

La emoción desnuda, la participación entrañable, la contemplación sin límites son cualidades ineludibles de toda gran poesía. ¿Qué hizo nuestro poeta? ¿Las graduó? ¿Las matizó? ¿Las fue experimentando poco a poco como vivencias?

 ¿Fueron ganancias exclusivas de su dolor? ¿Las mezcló a fondo en cada cuaderno, y en su poderosa alquimia hizo que viéramos sólo una de estas virtudes cada vez, porque sabía hibridar las otras? ¿El tono ligero de la seguidilla puede acallar el mensaje profundísimo? Quien nos ocupa es por sobre todo un escritor de contrastes. Así lo busquen los lectores más íntimos o los más avezados, él sabrá convertir la espuma en palabra y la palabra en roca. Nos dará sensaciones engañosas, como los tiempos que vivimos, pero detrás de los turbios y a veces espesos velos esperará erguido el “hueso pálido”.  

Notas: 

[1]  Este es un procedimiento típico del estilo poético de Martí que contrasta y realza su expresión. Pongamos un ejemplo:

   ¡Venga mi caballero
                                                  Por esta senda!
¡Éntrese mi tirano
                                                   Por esta cueva!
            Tal es, cuando a mis ojos
Su imagen llega,
            Cual si en lóbrego antro
                                                    Pálida estrella,
          Con fulgores de ópalo
                                                    Todo vistiera.
        A su paso la sombra
Matices muestra,
          Como al sol que las hiere
Las nubes negras.

2  “Para un príncipe enano / Se hace esta fiesta” 

3 Es curiosa la presencia de la escritura en el poema y de la descripción del placer, del éxtasis que esta provoca en el yo lírico: 

               De mis sueños desciendo,
Volando vanse,
    Y en papel amarillo
                                                    Cuento el viaje
          Contándolo, me inunda

Un gozo grave:-

 
• Poesía de José Martí
 

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La Habana, Cuba. 2007.
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