|
Algo extraño experimentaba cuando leía
Ismaelillo, después de más de
diez años estudiando la poesía martiana.
El texto navegaba ante mis ojos
impoluto, mostrando los afanes de
poética propios de la lírica de quien
los escribió, los sutiles tejidos de un
gran entramado, pero no me permitían el
hallazgo filológico continuado,
conectado a las diversas sendas del
poemario. Si me situaba a medio camino
entre las voces de los lectores más
jóvenes y los críticos de las nuevas
ornadas podía traicionarme aquel
criterio al parecer tan definitivo: “de
los cuadernos líricos concebidos por
Martí es Ismaelillo el menos
llamativo, quizá el que menos diga entre
las últimas generaciones de amantes a la
Literatura”.
|

|
Martí, de
la serie Rostros
Latinoamericanos
Aguedo Alonso |
|
Tratando de sacar de mi cabeza la idea
trasnochada que consagra todo lo que
salió de su pluma como obras maestras, y
no desoyendo el instinto canónico que
han revelado los acercamientos de tan
agudos estudiosos, volví a leer el
libro, comprendiendo entonces que si los
Versos sencillos están hechos
para la contemplación sin límites, y
los Libres para la participación
entrañable, Ismaelillo da
fe de una emoción desnuda, a la
intemperie, de una entrega blanca o una
dación suprema, imperiosidad de la
entrega, prisa súbita del alma. En él
siempre la emoción se superpone a otro
tipo de emoción. Por eso quizá los
subterfugios literarios no abunden, a no
ser aquellos que tienen que ver con las
cualidades plásticas del lenguaje que ha
escogido el poeta, como son la presencia
de la dicotomía sombra-luz2,
el cromatismo, el carácter visionario de
los textos, la teatralidad, la celeridad
inmersa en el tempo lírico, repuntada
por arranques heredianos conformados por
verbos; todos testimonios irrefutables
de lo vívido, latente y entrañable del
universo que nos quiere presentar.
La emoción torna en celebración, en
fiesta al leer “Príncipe Enano”. En este
poema, donde prima la acción, ocurre la
presentación del niño, del hijo con
cierto sentido elíptico1,
que va raudamente de su descripción
física al enjuiciamiento ético de su
relación con el hijo: “Él para mí es
corona, / Almohada, espuela”. Creo que
la fiesta que en el texto se invoca no
es otra que hacer al hijo motivo de
poesía, motivo de un libro de versos. La
emoción es ensoñación en “Sueño
despierto”, amor filial en “Brazos
fragantes” en tensa lucha con el placer
amoroso, y confesión que se escapa con
dolor. Es curiosa en este poema la
recurrencia de lo propio en lo propio,
rasgo típico del estilo martiano, pero
que aquí siempre recrea una imagen
gozosa, placentera, que permite la
presencia del hijo:
Mi cuerpo [...]
En su propio perfume
Lánguido exhálase!
A diferencia de las imágenes de dolor
que acompañan este recurso en Versos
libres y Versos sencillos.
Remembranza se torna en “Mi caballero”,
que debe mucho a la presencia de un
pretérito imperfecto que recorre a todo
el poema y da la medida de su actual
ausencia. En ella las elipsis también
juegan un papel fundamental. La emoción
es epopeya del espíritu y un éxtasis3
ante la entrada arrolladora y triunfal
del hijo en “Musa traviesa”, texto
conformado por apóstrofes exclamativos e
interrogativos que dan cabida a un
momento alto dentro del poema. El mismo
funciona como una especie de ars
poética:
|
Pues ¿no saben los hombres?
Qué encargo traen?
¡Rasgarse el bravo pecho,
Vaciar su sangre,
Y andar, andar heridos
Muy largo valle. |
En tal pasaje el texto se levanta o
alcanza el tono grave de los Versos
libres, él encierra como una
predicción, una orden divina, un ars
poética. El poema, que puede denominarse
también epopeya de la ternura, en su
larga estrofa final vuelve a adoptar el
tono de los endecasílabos hirsutos, y en
ella se contrasta el sentimiento augusto
del padre y la espontaneidad y vitalidad
del niño. Dice Martí en este final:
|
Pudiera yo, hijo mío,
Quebrando el arte
Universal, muriendo
Mis años dándote,
Envejecerte súbito,
La vida ahorrarte!-
Mas no: que no verías
En horas graves
Entrar el sol al alma
Y a los cristales |
Nos subyugan igualmente en el texto la
originalidad de las denominaciones, de
los apelativos que utiliza para
referirse al hijo: “¡Hete aquí, hueso
pálido”, apuntando con ellos la cualidad
de lo entrañable y de lo nuevo a la vez,
así como aquel fragmento donde la pausa
que crea el verso da doble sentido a la
idea. No es solo “¿Qué ha de haber que
me guste / Como mirarte / De entre polvo
de libros / Surgir radiante”, sino
también: ¿Qué ha de haber que me guste /
Como mirarte”, con lo que la
imagen logra mayor efecto emotivo,
trascendencia emocional por la
contemplación.
Aún en los territorios de la emoción
podemos notar el tono tierno y
satisfecho del libro para referirse al
hijo, no sin cierta dosis de misterio
así como la gracia expresiva, uno de los
dones que engalanan este cuaderno. En
“Mi reyecillo” se produce a la vez
desgarramiento y salvación. No hay que
decir que el desgarramiento es profundo,
pero la salvación no es abiertamente
material, toma la forma de una
esperanza, uno de los grados más
meditados de la emoción, que en
“Penachos vívidos” cobra la forma del
gozo, dando cabida por supuesto a
imágenes de recurrencia de lo propio en
lo propio, a diferencia de otros
poemarios y poemas, también gozosas:
“Así mis pensamientos / Rebosan en mí
vívidos”
El desgarramiento siempre es vencido por
la ternura en “Hijo del alma”. La visión
puede tornarse arrobamiento en “Sobre mi
hombro” y en “Valle Lozano”. Las cuerdas
de la emoción siempre van tensas, dando
poderosas notas, enmarcadas en
entrañables juramentos y retos
espirituales y éticos. La exaltación de
la figura del hijo, la sublimación — a
la que opone todas las maldades y vicios
de la existencia humana— que recorren al
poema “Mi despensero” es idea general
que muestra y guarda el poemario. La
emoción en “Rosilla nueva” también es
confesión del amor, donde se le escapan
sin querer meditaciones de sus versos
encrespados que ya le rodeaban:
Traidor! Con que arma de oro
Me has
cautivado?
Pues yo
tengo coraza
De hierro
áspero.
Hiela el
dolor: el pecho
Trueca en
peñasco
Para pasar rápidamente a un tono ligero
en la estrofa final del poema. El poeta
se propone entregarnos un poemario
siempre nítido, transparente, pese a
transitorios momentos de lucha, de
batalla, de enfrentamiento medieval.
Este canto, que el poeta convierte en
sagrado, esa continuada sublimación,
tienen en el prólogo del libro su
fundamentación razonada. Allí irrumpen
las causas de su fe, donde curiosamente
es importante el papel de las elipsis
para dar lo rotundo de su mensaje, para
decir que ha transformado su espanto en
ternura, y luego en fe. Aún en dicho
prólogo puede respirarse lo ético como
rafagazo, como una mezcla de ira y
vergüenza que se manifiesta, y
comprobarse el énfasis en la visión y la
lucha entre el carácter mental de la
poesía y el carácter visionario que le
imprime Martí.
La emoción desnuda, la participación
entrañable, la contemplación sin límites
son cualidades ineludibles de toda gran
poesía. ¿Qué hizo nuestro poeta? ¿Las
graduó? ¿Las matizó? ¿Las fue
experimentando poco a poco como
vivencias?
¿Fueron ganancias exclusivas de su
dolor? ¿Las mezcló a fondo en cada
cuaderno, y en su poderosa alquimia hizo
que viéramos sólo una de estas virtudes
cada vez, porque sabía hibridar las
otras? ¿El tono ligero de la seguidilla
puede acallar el mensaje profundísimo?
Quien nos ocupa es por sobre todo un
escritor de contrastes. Así lo busquen
los lectores más íntimos o los más
avezados, él sabrá convertir la espuma
en palabra y la palabra en roca. Nos
dará sensaciones engañosas, como los
tiempos que vivimos, pero detrás de los
turbios y a veces espesos velos esperará
erguido el “hueso pálido”.
Notas:
[1]
Este es un procedimiento típico del
estilo poético de Martí que contrasta y
realza su expresión. Pongamos un
ejemplo:
¡Venga mi caballero
Por esta senda!
¡Éntrese mi tirano
Por esta cueva!
Tal es, cuando a mis ojos
Su imagen llega,
Cual si en lóbrego antro
Pálida estrella,
Con fulgores de ópalo
Todo vistiera.
A su paso la sombra
Matices muestra,
Como al sol que las hiere
Las nubes negras.
2
“Para un príncipe enano / Se hace
esta fiesta”
3
Es curiosa la presencia de la escritura
en el poema y de la descripción del
placer, del éxtasis que esta provoca en
el yo lírico:
De mis
sueños desciendo,
Volando vanse,
Y en papel amarillo
Cuento el viaje
Contándolo, me inunda
Un gozo grave:-: |