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Acerca de José Martí se oyen con
frecuencia expresiones como “lo dijo
todo”, y hasta “sirve para todo”. Acaso
la extraordinaria riqueza de su legado,
y la admiración que ella genera, puedan
suscitar metáforas similares. Pero
estas, asumidas superficialmente como
verdades fácticas, encarnan
falsificaciones extremas, si es que no
se usan con la intención de justificar
actitudes contrarias a quien fue ejemplo
mayor de eticidad, de inquebrantable
coherencia entre pensamiento, palabra y
acción.
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Martí
Ernesto García Peña |
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En la
misma medida en que esa calidad vital
determinó que todo en él llevara el
sello de la trascendencia, reclama que
nada suyo se asuma con irresponsabilidad
ni de forma banal. Sin embargo, no se ha
librado de interpretaciones ligeras,
incluida la comodidad con que se le han
endilgado frases que no le pertenecen, y
que a menudo contradicen su brújula. A
ello han contribuido presumiblemente las
dimensiones de su obra escrita, selva
ante la cual pudiera llegar a suponerse
que tal vez albergue todo tipo de árbol.
Pero la suya fue, y es, de especies
nobles, no de ejemplares torcidos y
malezas. Alguien que la conoció bien la
llamó “selva clarísima”.
Nadie
está al margen de un deber básico para
quien ejerza la comunicación masiva:
asegurarse, lectura por medio, de que no
le atribuye a un autor textos que no le
pertenecen. Incumplir esa exigencia ha
dado lugar a falsificaciones peliagudas.
Quién sabe si por un descaminado afán de
democracia cultural, o para justificar
el saqueo de bibliotecas, alguien tuvo
la iniciativa de sostener que Martí
había dicho: “Robar libros no es robar”,
y la frasecita hizo una fortuna que,
lamentablemente, no ha cesado todavía.
Más
recientemente han circulado calzadas con
el nombre del autor de “Nuestra
América”, expresiones que parecen
nacidas del resentimiento, ajeno a él.
No es raro hallarlas como estandartes o
declaraciones de fe en escritorios y
paredes de oficinas, de donde ya han
pasado a algún medio masivo de
información. Urge detener el engaño.
Según
tales atribuciones, Martí sostuvo
criterios como estos: “Si es triste
tener enemigos, más triste aún es no
tenerlos”, y “Si los que hablan mal de
mí supieran lo que yo pienso de ellos,
hablarían peor todavía”. En años de
lectura de la obra de Martí, a veces con
la ayuda de la computación, no he
encontrado ningún texto suyo que
contenga esas frases, y otro tanto les
ha ocurrido a los (y las) colegas con
quienes he hablado sobre el asunto.
De
hallarse realmente esas palabras en
algún escrito de Martí, habría que
valorar qué función cumplen en su
contexto, determinar si son ciertamente
suyas o, por el contrario, citas de otro
autor. Si algo no transmiten es la firme
fineza ética que lo caracterizó. Pero
habría que empezar por la comprobación
básica: ver si ellas se leen en alguna
página de Martí, y eso no lo han hecho
quienes se las han achacado.
En la
obra martiana resalta la ausencia de
rencillismos pandilleros, de cominerías
y mezquindades propias de resentidos. En
sus textos la noción de enemigo
se reserva de preferencia para el
terreno político y moral. En “Notas
sobre Centroamérica” (tomo 19, página 97
de sus Obras completas vigentes)
definió “las ambiciones personales” como
“ese enemigo terrible de la grandeza de
los pueblos”.
Él no
necesitaba encubrir con las banderas de
la enemistad males que no cabían en su
complexión moral: “Los talentos
frustrados son los enemigos implacables
del talento”, se lee (tomo 21, página
383 de dichas Obras) en el que se
ha identificado editorialmente como el
número 18 de sus cuadernos de apuntes.
Creador crítico, y crítico creador,
signado en ambos sentidos por la
plenitud, no va con él otro juicio que
también se ha dado como suyo, según el
cual un crítico es un creador frustrado.
A
menudo semejantes atribuciones parecen
venir de la frustración y de la pobreza
de miras, y se han esgrimido, con
pose de creador, para evadir la
crítica. No, Martí no sirve para todo,
sino para la grandeza, para la lucha por
el mejoramiento humano y la utilidad de
la virtud.
Sobresaliente prueba de ello es
precisamente su discurso conocido como
Con todos, y para el bien de todos.
A lo largo de ese texto resulta palmaria
la clara conciencia del autor al refutar
el comportamiento de quienes, por
apetito de bolsa, por ambiciones
personales, por falta de consistencia
moral, por no echar su suerte con los
pobres de la tierra, se autoexcluían o
desertaban de la obra revolucionaria
requerida para alcanzar el bien de
todos: de todos aquellos que no se
opusieran al disfrute del justo
bienestar colectivo. Quienes se oponían
a ese propósito emancipador sí eran sus
enemigos. |