Año V
La Habana

3 al 9 de FEBRERO
de 2007

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José Martí no sirve para todo(s)

Luis Toledo Sande • La Habana

Acerca de José Martí se oyen con frecuencia expresiones como “lo dijo todo”, y hasta “sirve para todo”. Acaso la extraordinaria riqueza de su legado, y la admiración que ella genera, puedan suscitar metáforas similares. Pero estas, asumidas superficialmente como verdades fácticas, encarnan falsificaciones extremas, si es que no se usan con la intención de justificar actitudes contrarias a quien fue ejemplo mayor de eticidad, de inquebrantable coherencia entre pensamiento, palabra y acción.

Martí
Ernesto García Peña

En la misma medida en que esa calidad vital determinó que todo en él llevara el sello de la trascendencia, reclama que nada suyo se asuma con irresponsabilidad ni de forma banal. Sin embargo, no se ha librado de interpretaciones ligeras, incluida la comodidad con que se le han endilgado frases que no le pertenecen, y que a menudo contradicen su brújula. A ello han contribuido presumiblemente las dimensiones de su obra escrita, selva ante la cual pudiera llegar a suponerse que tal vez albergue todo tipo de árbol. Pero la suya fue, y es, de especies nobles, no de ejemplares torcidos y malezas. Alguien que la conoció bien la llamó “selva clarísima”.

Nadie está al margen de un deber básico para quien ejerza la comunicación masiva: asegurarse, lectura por medio, de que no le atribuye a un autor textos que no le pertenecen. Incumplir esa exigencia ha dado lugar a falsificaciones peliagudas. Quién sabe si por un descaminado afán de democracia cultural, o para justificar el saqueo de bibliotecas, alguien tuvo la iniciativa de sostener que Martí había dicho: “Robar libros no es robar”, y la frasecita hizo una fortuna que, lamentablemente, no ha cesado todavía.

Más recientemente han circulado calzadas con el nombre del autor de “Nuestra América”, expresiones que parecen nacidas del resentimiento, ajeno a él. No es raro hallarlas como estandartes o declaraciones de fe en escritorios y paredes de oficinas, de donde ya han pasado a algún medio masivo de información. Urge detener el engaño.

Según tales atribuciones, Martí sostuvo criterios como estos: “Si es triste tener enemigos, más triste aún es no tenerlos”, y “Si los que hablan mal de mí supieran lo que yo pienso de ellos, hablarían peor todavía”. En años de lectura de la obra de Martí, a veces con la ayuda de la computación, no he encontrado ningún texto suyo que contenga esas frases, y otro tanto les ha ocurrido a los (y las) colegas con quienes he hablado sobre el asunto.

De hallarse realmente esas palabras en algún escrito de Martí, habría que valorar qué función cumplen en su contexto, determinar si son ciertamente suyas o, por el contrario, citas de otro autor. Si algo no transmiten es la firme fineza ética que lo caracterizó. Pero habría que empezar por la comprobación básica: ver si ellas se leen en alguna página de Martí, y eso no lo han hecho quienes se las han achacado.

En la obra martiana resalta la ausencia de rencillismos pandilleros, de cominerías y mezquindades propias de resentidos. En sus textos la noción de enemigo se reserva de preferencia para el terreno político y moral. En “Notas sobre Centroamérica” (tomo 19, página 97 de sus Obras completas vigentes) definió “las ambiciones personales” como “ese enemigo terrible de la grandeza de los pueblos”.

Él no necesitaba encubrir con las banderas de la enemistad males que no cabían en su complexión moral: “Los talentos frustrados son los enemigos implacables del talento”, se lee (tomo 21, página 383 de dichas Obras) en el que se ha identificado editorialmente como el número 18 de sus cuadernos de apuntes. Creador crítico, y crítico creador, signado en ambos sentidos por la plenitud, no va con él otro juicio que también se ha dado como suyo, según el cual un crítico es un creador frustrado.

A menudo semejantes atribuciones parecen venir de la frustración y de la pobreza de miras, y se han esgrimido, con pose de creador, para evadir la crítica. No, Martí no sirve para todo, sino para la grandeza, para la lucha por el mejoramiento humano y la utilidad de la virtud.

Sobresaliente prueba de ello es precisamente su discurso conocido como Con todos, y para el bien de todos. A lo largo de ese texto resulta palmaria la clara conciencia del autor al refutar el comportamiento de quienes, por apetito de bolsa, por ambiciones personales, por falta de consistencia moral, por no echar su suerte con los pobres de la tierra, se autoexcluían o desertaban de la obra revolucionaria requerida para alcanzar el bien de todos: de todos aquellos que no se opusieran al disfrute del justo bienestar colectivo. Quienes se oponían a ese propósito emancipador sí eran sus enemigos.

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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