Año V
La Habana

3 al 9 de FEBRERO
de 2007

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El alma bate el ala, pero el cuerpo azota

Mayra Beatriz Martínez • La Habana


La mayor parte de los textos de viaje de Martí por las Américas y el Caribe, se dedica a la observación, aceptación y defensa de los grupos culturales que va conociendo, y tributa inevitablemente a su discurso de vocación ancilar —deber ser que, una y otra vez, precisa—, donde la cimentación de su proyecto emancipador constituye propósito fundamental. Es decir, que obviamente, constituyen un proceso cognoscitivo. Las formas de construcción de lo femenino acorde a esos contextos —y, con ello, las representaciones del cuerpo de la mujer en específico—, resultan indiscutiblemente conflictivas, al calor de un debate de ideas que va más allá del propio sistema de pensamiento martiano para alcanzar el de toda la época que le viera nacer.


Estos cuadernos de anotaciones, crónicas, memorias y diarios —por su carácter testimonial, fueran o no dirigidos y destinados al consumo público, y muy por encima de otros documentos más frecuentados en su corpus literario— son capaces de traslucir una compleja urdimbre de factores diversos que enriquecen una línea de evolución en su pensamiento liberada de excesivas prescripciones. Revelan fluctuaciones operadas en la propia concepción ética del autor respecto a la dicotomía cuerpo-alma —marcada por su formación, evolución y experiencia—; un subrayado epicureísmo típicamente modernista, que refrenda el cuerpo femenino como objeto de placer —a contrapelo de su profunda vocación ascética—;[1] la corroboración gradual de la dimensión ganada por el cuerpo en la definición de la mujer como sujeto social en los diversos grupos humanos con que convive; y, muy en especial, un compromiso voluntario y explícito con los diversos referentes culturales con que tropieza. Es decir, la presentación del cuerpo femenino en los textos de viaje martianos irradia no solo una voluntad estética, sino, sobre todo, testifican la experiencia vital del autor en ese peregrinar de “el viajero” —como él mismo se autodenomina—, que no solo va recorriendo físicamente los caminos de “Nuestra América” sino que gracias a ello va accediendo a las vías de su intelección. El registro de los cuerpos significa percepción, reconocimiento, y, a la postre y como veremos, aceptación implícita o explícita de las culturas a las cuales ellos sirven de soporte.

El arroyo de la sierra
Alicia Leal


Desde luego, en los documentos iniciales —correspondientes a la primera juventud martiana: su primer paso por los EE.UU., México y Centroamérica— el cuerpo femenino será observado tras el prisma de arquetipos canónicos, o sea, intentando ajustarlos a los modelos de ascendencia occidental —refrendadores de la dicotomía “ángel del hogar”-“femme fatal”, y receptores justo de la dualidad alma-cuerpo y de toda su trascendencia valorativa. Muy marcadamente en el terreno de las connotaciones eróticas.

Sabemos de la insistente autocensura martiana en función de una espiritualidad enaltecedora que satanizaba, en particular, las pasiones carnales. El lector entendido percibe todo el tiempo la culpa martiana: su deliberado propósito de penitencia. Cárcel vil sería, según el joven Martí, su propio cuerpo para el espíritu trascendente —como anotara en fecha no precisada entre 1878 y 1880:  
 

El alma, como un ave, bate el ala: —

Presa en el cuerpo, se revuelve, azota,

Revuelve; clava, hiriente grito exhala

Y en la cárcel carnal su fuerza embota.

La cárcel, a los golpes, bambolea—

La carne, lastimada, se estremece—

Y el cuerpo, como un ebrio, titubea,

[…].[2] 


Su experiencia de adolescente encarcelado había dado cuenta de una sexualidad precozmente contenida —represión consciente de los placeres de los sentidos, en pos de su consecución de una forma de existencia espiritual más elevada.[3] Sus escrúpulos ante la arista carnal de la relación amorosa lo encontramos por primera vez en carta enviada a su madre desde el presidio, donde se declarara significativamente opuesto a la visita de prostitutas. Subrayaba entonces: “A Dios gracias el cuerpo de las mujeres se hizo para mí de piedra. —Su alma es lo inmensamente grande, y si la tienen fea, bien pueden irse a brindar a otro lado sus hermosuras. —”.[4]


Más allá de la natural e ingenua vergüenza juvenil con que es rechazado el placer corporal ante los ojos maternos —tal vez hasta con el simple propósito de aplacar la inquietud de doña Leonor al respecto—, el hecho de que en una breve misiva destaque, por sobre otras vivencias, este asunto y manifieste tan secamente su censura, nos ha de hacer pensar en fuertes criterios predefinidos. En realidad, denota una preocupación que no habría de abandonarlo nunca, aunque, con lo vivido, las apetencias del cuerpo van hallando una comprensión que comunica levedad a su inicial autocensura.


Desde luego, estos elementos no solo marcarán su definición —en marcha— de “lo masculino”, sino, desde luego, incidirán muy directamente en su construcción de “lo femenino” en las distintas épocas y contextos: en el registro de su “ser” y de su “deber ser”.
Al fin y a tono con la vida, el cuerpo femenino fue ganando importancia en el discurso martiano en pos de su definición — ¿voluntaria o inevitable?— como sujeto social, sin perder su vigencia como “objeto” erótico.[5]


En específico las “mujeres de la tierra”,[6] que Martí encuentra a lo largo de sus periplos por tierras centro y suramericanas, y, más tarde, caribeñas —indias, negras, mestizas; ajenas a la cultura urbana poscolonial, o aún colonial según el caso— se ubican fuera de los límites severos de las propias cotas morales martianas y participan de patrones más flexibles de conducta, relativos a modelos de género bien distintos del hispánico, lo que libera al discurso masculino autoral del pesado fardo de la conciencia del pecado bíblico y de las prescripciones en cuanto al deber ser femenino que ha venido estableciendo, y permite que los cuerpos femeninos, destabuizados, protagonicen uno de los espacios más audaces de todo el corpus literario martiano.


En el contexto de sus viajes, Martí denota una experiencia emocional intensa capaz acercar la exploración literaria del ser humano a un punto de vista más rousseauniano, en especial respecto a la contradicción entre los valores morales y sensuales. La mirada testigo foránea —que describe una realidad ajena— se permite, una y otra vez, solazarse en detalles anatómicos femeninos enmarcados en descripciones que se tornan, por momentos, casi lúbricas, aunque parcial —y con evidente intención— desvirtuadas por una atmósfera costumbrista. Desde sus apuntes de viaje, las supuestas deidades provocadoras —las clásicas Ceres y Pomonas— y las inspiradas sibilas ejercen sus desnudeces en medio de la feracidad telúrica americana, conminando al autor a desplegar ese “algo de epicúreo” que hay en “el sensual y movible ser humano”. “El paganismo se rejuvenece”, había ya reconocido desde 1875, en la Revista Universal de México: “Tienen los sentidos ahora el señorío exclusivo del teatro, y es meta y punto feliz de la actual Literatura, la descripción voluptuosa y amena de los fenómenos psicológicos-sensuales”.[7]


En sus “Impresiones de América” —tres crónicas publicadas en The Hour, Nueva York, entre julio y octubre de 1880—, refiere sin inhibición alguna —y con una patente añoranza— episodios supuestamente ocurridos a su paso brevísimo por el sur de Inglaterra (1874) y durante su más reciente periplo guatemalteco (1877). Estos incidentes han sido tradicionalmente asumidos por los estudiosos como parte de una ficcionalización lícita del cronista. Desde luego, no podríamos asegurar que sucedieran en realidad, pero, teniendo en cuenta que los viajes citados sí se produjeron, al menos nos es admisible colegir que constituyen una denuncia evidente de secretas ansias refrenadas. En cualquier caso, la propia frescura con que nos los narra —que pugna a las claras con sus habituales modos— contribuye a estructurar mejor la máscara del “very fresh spaniard”.[8] Veámoslos: 
 

[…] cruzando una magnífica tierra, la costa atlántica de Guatemala, donde —como una Venus coronada, saliendo de un río cristalino— una flexible, esbelta, pero voluptuosa mujer india, se mostraba al viajero sediento en todo el encanto majestuoso de una nueva clase de impresionante y sugestiva belleza: amé y fui amado.[9]  


Son contextos donde el amor carnal consigue ser admitido. Para su satisfacción, esas mujeres de la tierra —cuyas desnudeces, en determinado momento lo escandalizaron, amén de enardecerlo placenteramente— permanecían asociadas mayormente a espacios privados regidos aún por los mismos parámetros fijados por la colonia, a pesar de la independencia conseguida por las repúblicas desde la primera mitad del siglo. Para él representaban, entonces, un reservorio de tradiciones que le interesaba revalidar —desde luego, más “auténtico” al que podrían significar para él el de los hombres de su propia colectividad, quienes habían sido obligados de inmediato a salir al espacio público en cumplimiento del nuevo rol genérico prescrito para ellos en cada uno de los contextos sociales transformados. Para Martí, las mujeres de la tierra —encargadas de formar las generaciones de niños y jóvenes, ciudadanos del futuro— se convertían en elemento clave para la defensa los fundamentos históricos de las identidades nacionales, fundamentos que presumía en franco peligro ante el avance visible de la penetración económica capitalista y de sus códigos culturales ajenos.


Había declarado su perplejidad —aunque elogiosa— ante determinadas mujeres que trabajan hombro a hombro con sus hombres, que tenían voz en su medio, que eran fuertes. Así, refería a su paso por Livingstone: 
 

Estas caribes de opulento seno son las cultivadoras de los campos; los hombres pescan y comercian; las mujeres siembran y hacen su oficio de madres y de esposas. […] Son admirables esta vivacidad, esta generosidad, esta fraternidad, esta limpieza.[10]  


Reconoce en ellas “lo abnegado, lo generoso”, con lo cual cumplen con el modelo tradicional, pero se duele de no hallar con facilidad “lo blando, lo delicado” que, junto a la belleza, es lo que más podría apreciar de ellas.[11] L
lega a sentenciar, por ejemplo, a raíz de conocer a la hostelera Teosia, a su paso por el Roblar, en camino de Izabal a Zacapa:  

[…] ese cuerpo, cuadrado y desenvuelto, es tan feo que parece enfadado; ese cuerpo imprudente y descortés, no ha vivido, sin embargo, muchos años. Si es mujer ¿por qué no es bella? […] puesto que no es tentadora, ni hermosa, ni amable, no es mujer.[12]  


Un ejemplo clásico de este proceder lo encontraríamos en el retrato de Lola, la mujer del arriero —presumiblemente india, porque la llama “mujer de maíz”— y a quien a todas luces detesta. Su descripción física y psicológica se inicia en el capítulo primero del Diario de Izabal a Zacapa, y se va completando, por adición, a lo largo de todo el texto. Este es, apenas, el inicio, prejuiciado:
 
 

Su perfil es correcto, menuda la nariz, breve la boca, bien hecha la frente, aguda la barba […] mas todas estas perfecciones de la forma, abrutadas por la incultura, se convierten en fealdades numerosas por falta de transparencia espiritual […] Anda a trancos, bebe agua en todos los ríos, come totopoxte sin cesar, ayuda a cargar y descargar a su marido. [13] 

[…] Lola acarrea y amarra; y sabe encinchar una bestia con una crueldad que disgusta y asombra.[14] 


Fascinado en cambio con la belleza de las jóvenes en Livingston, no había vacilado en focalizarlas sensualmente bajo el pretexto de describir su vestimenta:
 

Son locuaces con la lengua, con los ojos, con las caderas, con las manos. […] Si dijeran amor, estas mujeres quemarían. ¡Oh! Y cómo se viste esa negra […] Un camisón de azul listado, deja al aire brazos y cuello, y, más abajo de las rodillas, deja paso a la saya que le cuelga de la cintura. ¡La que no lleva el camisón solo![15]
 

Sucede, pues, que lo que pondera en las núbiles, critica en las mujeres casadas. Así dice de Lola horrorizado: 

[…] el seno ¡pobre pudor! salta a los ojos con una abominable transparencia, porque apenas lo cubre la camisa de los días de fiesta, de finísima indiana, leve como el encaje y como el tul. —Y Aniceto la ama: esa es su Lola.[16]  


Advierte con seguridad —aunque no satisfecho— que la ausencia de censura por parte del arriero responde a la existencia de diferentes cotas morales en estos grupos humanos.[17] Tan es así que en Livingston donde las bellas mujeres demonizadas “queman”, —muy en sintonía con el tópico erótico moderno de la “mujer fatal”—, no tiene a menos concluir: “Es un pueblo moral, puro, trabajador”.[18]


Pese a sus vacilaciones, acepta en definitiva que “las mujeres de la tierra” responden a modelos culturales bien asentados históricamente en las respectivas comunidades que recorre: edificados, justo, sobre los valores que él pretendía defender. Redundaron, a la postre, en una beneficiosa complejización de la construcción de la imagen femenina inherente a su proyecto sociocultural y, por tanto, en la profundización del registro consubstancial a su discurso alternativo, anticolonial.


De camino a la campaña libertadora en Cuba se vuelve a percibir, el tratamiento relativamente más desprejuiciado de la corporeidad que ya vimos antes, en el caso de las dominicanas y haitianas. En la primera parte de sus Diarios de campaña —justo durante el periplo entre Santo Domingo y Gran Inagua—[19] los retratos de mujer aparecen particularmente signados por una carnalidad extrema de la cual el autor con franqueza participa.[20] El viajero se detiene fascinado ante los encantos de la negra de Haití —“una mocetona: de andar cazador, con la bata morada de cola, los pechos breves y altos”—,[21] de “la moza que pasa, desgoznada la cintura, poco al seno el talle”,[22] o aquella que viene “rechoncha y picante [con] los diez y seis años del busto saliéndosele del talle rojo”.[23]


A un tiempo, su “necesidad de belleza” aparenta desaparecer al llegar a tierra cubana. Ya no es “el viajero” el que relata: ha llegado a su plena naturaleza entre sus iguales[24] y el comprometimiento con este contexto al que pertenece y debe responder ha de ser, desde luego, absoluto. En concordancia, la espiritualidad recobra su preeminencia.

En el jardín de la noche
Eduardo Abela Torrás


La mujer enmarcada en su proyecto no podía comprometer públicamente su pudor como Lola o como las mocetonas de talles desgoznados que, recién, lo regocijaran. Apenas podemos descubrir la presencia de algunas jóvenes, quienes, por diversas razones, manifestaban una dinámica más activa en sus relaciones con los hombres ajenos —no hijos, ni padres, ni esposos, ni hermanos. Son aquellas, de igual modo, las que pudieran haberlo cautivado y aparecen, en cambio, incorpóreas, ligerísimamente dibujadas: “la mujer india cobriza de ojos ardientes”[25]; la hija de Caridad Pérez y Piñó de dieciséis años, que “se puso zapatos y túnico nuevo”[26] para recibirlos; la muchacha que “De seno abierto y chancleta viene” a ofrecer — ¿ofrecerse?— aguardiente verde, de yerbas”, a la mesa del almuerzo opulento en La Mejorana.


Recordemos que aquí no es solo el autor, sino el protagonista de su propio relato el que escribe: el hombre público. A la postre, ha de ceder el paso a los arquetípicos retratos de las matronas que, tras la línea de combate, han de respaldar la contienda.


Las reiteradas referencias a la corporeidad del hombre —en contraposición con las poco frecuentes alusiones a la femenina— lo reintegran, sin fisura, como dueño del espacio público. Son numerosísimas las descripciones donde los hombres de la guerra expresan su carácter, sus cualidades morales y sentimientos a partir del registro de sus características físicas: 

[…] el abrazo de Luis, con sus ojos sonrientes, como su dentadura, su barba cana al rape, y su rostro, espacioso y sereno, de limpio color negro.[27]  

[…] Ramón, el hijo de Eufemio, con su suave tez achocolatada, como bronce carmíneo, y su fina y perfecta cabeza, y su ágil cuerpo púber, —Magdaleno, de magnífico molde, pie firme, caña enjuta, pantorrilla volada, muslo largo, tórax pleno, brazos graciosos, en el cuello delgado la cabeza pura, de bozo y barba crespa […][28]  

Es Casiano Leyva […] entre los tumbadores el primero, con su hacha potente: y al descubrirse le veo el noble rostro, frente alta y fugitiva, combada al medio, ojos mansos y firmes, de gran cuenca; entre pómulos anchos; nariz pura; y hacia la barba aguda la pera canosa: es heroica la caja de cuerpo, subida en las piernas delgadas: una bala, en la pierna […][29]  


Ninguna de las descripciones femeninas de su último diario puede compararse a estas. Son los rasgos con que se trazan los arquetipos que propone: para ellos las virtudes del cuerpo —un cuerpo que habla por sí mismo—; para ellas las virtudes del alma —las que justo han de amordazar el cuerpo.


En tal entramado narrativo, las mujeres constituyen solo un agregado feliz, trasegando a los márgenes —dibujadas con evidente complacencia, pero marginadas al fin—, componiendo el decorado que sirve de escenario a la contienda. Mientras nos concentramos cada vez más en los acontecimientos, las escuchamos apenas, las vemos fugazmente, pero podemos adivinarlas siempre como tras una veladura respetuosa, tras una frontera amable que las protege, siempre ocupadas en sus labores: la Niña manda comida a la tropa, la mujer india y la mujer de Rosalío pilan café, Domitila va al monte a buscarles de provisiones, Caridad les trae café y culantro de Castilla, la mujer de Pedro Pérez les manda la primera bandera… Es así la práctica patriótica asignada, su definido rol de respaldo al orden previsto —patriarcal en sus raíces—, fundamentado en sus virtudes espirituales como madres y esposas —el desprendimiento, la piedad, la laboriosidad, la fidelidad, la castidad y la abnegación sin límites, que las retornan a su ancestral mutismo. En tierra cubana, la mujer es silenciada; vuelve necesariamente a ser —como él mismo dijera en sus Cuadernos de apuntes— aquella “[…] alma que late en un cuerpo que no puede revelar el alma”.[30]


NOTAS

[1] El erotismo expresado corporalmente, entrevisto en el romanticismo anterior, se magnifica entonces menos agónicamente, en una fiesta declarada de los sentidos: en un epicureísmo, que ha sido considerado marca típicamente modernista, movimiento donde el cuerpo femenino como objeto de placer se hizo frecuentación más que habitual. Desde luego, la explosión literaria de los sentidos que sobrevendría no dejó de hacerse patente en Martí, justo uno de los iniciadores del movimiento: se manifestó a través de sus representaciones de los múltiples planos de la experiencia humana, aunque, esencialmente, supo mantener como fundamento una fuerte espiritualidad y una voluntad educativa de hacerla evidente, que lo llevó siempre a operar específicamente en la esfera de lo erótico de forma muy refrenada.

[2] Aparece este poema, no publicado en vida, en su cuaderno de apuntes número 4 (José Martí: Obras completas, t. 21, Editorial de Ciencias Sociales, 1975, pp. 135-136) y es recopilado entre los “Versos varios”, que se publican en Poesía completa. Edición crítica (t. II, Editorial Letras Cubanas, 1885, p. 127).

[3] Llegará a expresarlo: “Yo no exijo las mortificaciones del cuerpo: yo voy levantando a cada muerto; y diciendo ‘Amor; amor’” (José Martí: “Fragmentos”, no. 138, Obras completas, t. 22, ed. cit., p. 83).

[4] José Martí: “A su madre”, Obras completas, t. 1, ed. cit., p. 41.

[5] Rivera-Rodas ha caracterizado —aunque, quizá, demasiado absolutamente— este encuentro azaroso del pensamiento moderno con la corporeidad: “Este proceso fue una auténtica recuperación del cuerpo, que a su vez refuta las concepciones tradicionales impuestas en la Colonia que se empeñaban en condenar el cuerpo y tratar de mantenerlo expulsado de la experiencia humana. [...] La conciencia latinoamericana se reconocerá en su cuerpo, ligado a su espacio geográfico y tiempo histórico: a su propia cultura” (Óscar Rivera-Rodas: “Modernidad y postmodernidad literarias en Hispanoamérica”, Conjuntos. Teorías y enfoques literarios recientes, Universidad Nacional Autónoma de México-Universidad Veracruzana, México, 1996).

[6] José Martí: “Isla de Mujeres”, Obras completas, t. 19, ed. cit., p. 31.

[7] José Martí: “Escenas mexicanas”, Obras completas, t. 6, ed. cit., p. 285.

[8] “Impressions of America (By a very fresh spaniard)” es el título original de esta serie de crónicas escritas en inglés. Martí las escribe bajo tal seudónimo, que ha sido traducido habitualmente como “un español muy fresco” o “impertinente”, aunque también como “un español recién llegado”. V. José Martí: Obras completas, ed. cit., t. 19, p. 101.

[9] José Martí, op. cit., t. 19, pp. 115-116.

[10] Ibidem., pp. 38-39.

[11] José Martí: Obras completas, t. 21, ed. cit., p. 333.

[12] José Martí: “Diario de Izabal a Zacapa”, Obras completas. Edición crítica, t. 5, ed. cit., p. 75.

[13] Ibidem, p. 54.

[14] Ibidem, p. 58.

[15] José Martí: “Livingston”, Obras completas, t. 19, ed. cit., p. 38.

[16] José Martí: “Diario de Izabal a Zacapa”, Obras completas, t. 19, ed. cit., pp. 45-46.

[17] Martí comprobaba que en su vida cotidiana los descendientes mayas eran portadores no solo de los conocimientos religiosos ancestrales propios de su cultura, sino, además, de una práctica peculiar que permitía a la mujer una relativamente mayor participación en el espacio público, el desempeño de un papel decisivo en la economía de los grupos humanos fuera del espacio estrictamente familiar. Es decir, que no la veía circunscrita a la función de la reproducción y el cuidado del hogar y de los hijos, aunque seguía siendo parte de su responsabilidad. Martí con seguridad ya debía conocer, a través de su leer enciclopédico, al menos algunos aspectos generales de la cultura maya-quiché, aunque no tenemos hasta el momento evidencias anteriores o contemporáneas en su obra. Encontramos la referencia más temprana a la altura de 1878, en su folleto Guatemala, publicado en México —o sea, eso ocurre apenas un año después de haber hecho sus anotaciones de “Livingston” y su “Diario de Izabal a Zacapa”. En Guatemala habla de José Milla, de fácil vena, de erudición notoria”, quien estudia “los tiempos en que por tierra y princesas peleaban kachiques, quichés y zutujiles” (José Martí: Obras completas. Edición crítica, t. 5, ed. cit., p. 274), denunciando su conocimiento probable de la Historia Antigua de Centro América, de Milla, a la que posteriormente, en 1884, dedicará un comentario desde las páginas de La América —allí mencionaría, explícitamente, el relato maya del génesis que el historiador reproduce: el del Popol Vuh..

[18] José Martí: “Livingston”, Obras completas, t. 19, ed. cit., p. 39.

[19] Sostengo la idea de que sus dos últimos cuadernos de viaje forman un mismo corpus literario. V. José Martí: Diarios de campaña, ed. cit.

[20] En torno al tratamiento del eros a su paso por Santo Domingo y Haití, véase el interesante estudio de José Massip, “Contingencias eróticas por los caminos de Montecristi a Cabo Haitiano” (Martí ante sus diarios de guerra, Ediciones UNIÓN, La Habana, 2002, pp. 9-39).

[21] José Martí: Diarios de campaña, ed. cit., p. 102.

[22] Ibidem, p. 26.

[23] Ibidem, p. 44.

[24] V. la carta que envía a Carmen Miyares desde Baracoa el 16 de abril de 1895 (José Martí: Diarios de campaña, ed. cit, p. 368).

[25] Ibidem, p. 250.

[26] Ibidem, p. 252.

[27] Ibidem, p. 256.

[28] Ibidem, p. 260.

[29] Ibidem, pp. 339-340.

[30] José Martí: “Cuadernos de apuntes”, no. 3, Obras completas, t. 21, ed. cit., p. 106.

 

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