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La
mayor parte de los textos de viaje de
Martí por las Américas y el Caribe, se
dedica a la observación, aceptación y
defensa de los grupos culturales que va
conociendo, y tributa
inevitablemente a su discurso de
vocación ancilar —deber
ser
que, una y otra vez, precisa—,
donde la cimentación de su proyecto
emancipador constituye propósito
fundamental. Es decir, que obviamente,
constituyen un proceso cognoscitivo.
Las
formas de construcción de lo femenino
acorde a esos contextos —y, con ello,
las representaciones del cuerpo de la
mujer en específico—, resultan
indiscutiblemente conflictivas, al calor
de un debate de ideas que va más allá
del propio sistema de pensamiento
martiano para alcanzar el de toda la
época que le viera nacer.
Estos
cuadernos de anotaciones, crónicas,
memorias y diarios —por su carácter
testimonial, fueran o no dirigidos y
destinados al consumo público, y muy por
encima de otros documentos más
frecuentados en su corpus
literario— son capaces de traslucir una
compleja urdimbre de factores diversos
que enriquecen una línea de evolución en
su pensamiento liberada de excesivas
prescripciones. Revelan
fluctuaciones operadas en la propia
concepción ética del autor respecto a la
dicotomía cuerpo-alma —marcada por su
formación, evolución y experiencia—; un
subrayado epicureísmo típicamente
modernista, que refrenda el cuerpo
femenino como objeto de placer —a
contrapelo de su profunda vocación
ascética—;[1]
la corroboración gradual de la dimensión
ganada por el cuerpo en la
definición de la mujer como sujeto
social en los diversos grupos humanos
con que convive; y, muy en especial, un
compromiso voluntario y explícito con
los diversos referentes culturales con
que tropieza. Es decir, la presentación
del cuerpo femenino en los textos de
viaje martianos irradia no solo una
voluntad estética, sino, sobre todo,
testifican la experiencia vital del
autor en ese peregrinar de “el viajero”
—como él mismo se autodenomina—, que no
solo va recorriendo físicamente los
caminos de “Nuestra América” sino que
gracias a ello va accediendo a las vías
de su intelección. El registro de los
cuerpos significa percepción,
reconocimiento, y, a la postre y como
veremos, aceptación implícita o
explícita de las culturas a las cuales
ellos sirven de soporte.
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El arroyo
de la sierra
Alicia Leal |
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Desde
luego, en los documentos iniciales
—correspondientes a la primera juventud
martiana: su primer paso por los EE.UU.,
México y Centroamérica— el cuerpo
femenino será observado tras el prisma
de arquetipos canónicos, o sea,
intentando ajustarlos a los modelos de
ascendencia occidental —refrendadores de
la dicotomía “ángel del hogar”-“femme
fatal”, y receptores justo de la
dualidad alma-cuerpo y de toda su
trascendencia valorativa. Muy
marcadamente en el terreno de las
connotaciones eróticas.
Sabemos de la insistente autocensura
martiana en función de una
espiritualidad enaltecedora que
satanizaba, en particular, las pasiones
carnales. El lector entendido percibe
todo el tiempo la culpa martiana: su
deliberado propósito de penitencia.
Cárcel vil sería, según el joven Martí,
su propio cuerpo para el espíritu
trascendente —como anotara en fecha no
precisada entre 1878 y 1880:
El
alma, como un ave, bate el ala: —
Presa
en el cuerpo, se revuelve, azota,
Revuelve; clava, hiriente grito exhala
Y en
la cárcel carnal su fuerza embota.
La
cárcel, a los golpes, bambolea—
La
carne, lastimada, se estremece—
Y el
cuerpo, como un ebrio, titubea,
[…].[2]
Su
experiencia de adolescente encarcelado
había dado cuenta de una sexualidad
precozmente contenida —represión
consciente de los placeres de los
sentidos, en pos de su consecución de
una forma de existencia espiritual más
elevada.[3]
Sus escrúpulos ante la arista carnal de
la relación amorosa lo encontramos por
primera vez en carta enviada a su madre
desde el presidio, donde se declarara
significativamente opuesto a la visita
de prostitutas. Subrayaba entonces: “A
Dios gracias el cuerpo de las mujeres se
hizo para mí de piedra. —Su alma es lo
inmensamente grande, y si la tienen fea,
bien pueden irse a brindar a otro lado
sus hermosuras. —”.[4]
Más allá de la natural e ingenua
vergüenza juvenil con que es rechazado
el placer corporal ante los ojos
maternos —tal vez hasta con el simple
propósito de aplacar la inquietud de
doña Leonor al respecto—, el hecho de
que en una breve misiva destaque, por
sobre otras vivencias, este asunto y
manifieste tan secamente su censura, nos
ha de hacer pensar en fuertes criterios
predefinidos. En realidad, denota una
preocupación que no habría de
abandonarlo nunca, aunque, con lo
vivido, las apetencias del cuerpo van
hallando una comprensión que comunica
levedad a su inicial autocensura.
Desde luego, estos elementos no solo
marcarán su definición —en marcha— de
“lo masculino”, sino, desde luego,
incidirán muy directamente en su
construcción de “lo femenino” en las
distintas épocas y contextos: en el
registro de su “ser” y de su “deber
ser”.
Al
fin y a tono con la vida, el cuerpo
femenino fue ganando importancia en el
discurso martiano en pos de su
definición — ¿voluntaria o inevitable?—
como sujeto social, sin perder su
vigencia como “objeto” erótico.[5]
En
específico las “mujeres de la tierra”,[6]
que Martí encuentra a lo largo de sus
periplos por tierras centro y
suramericanas, y, más tarde, caribeñas
—indias, negras, mestizas; ajenas a la
cultura urbana poscolonial, o aún
colonial según el caso— se ubican fuera
de los límites severos de las propias
cotas morales martianas y participan de
patrones más flexibles de conducta,
relativos a modelos de género bien
distintos del hispánico, lo que libera
al discurso masculino autoral del pesado
fardo de la conciencia del pecado
bíblico y de las prescripciones en
cuanto al deber ser femenino que
ha venido estableciendo, y permite que
los cuerpos femeninos, destabuizados,
protagonicen uno de los espacios más
audaces de todo el corpus
literario martiano.
En el
contexto de sus viajes, Martí denota una
experiencia emocional intensa capaz
acercar la exploración literaria del ser
humano a un punto de vista más
rousseauniano, en especial respecto a la
contradicción entre los valores morales
y sensuales. La mirada testigo
foránea —que describe una realidad
ajena— se permite, una y otra vez,
solazarse en detalles anatómicos
femeninos enmarcados en descripciones
que se tornan, por momentos, casi
lúbricas, aunque parcial —y con evidente
intención— desvirtuadas por una
atmósfera costumbrista. Desde sus
apuntes de viaje, las supuestas deidades
provocadoras —las clásicas Ceres y
Pomonas— y las inspiradas sibilas
ejercen sus desnudeces en medio de la
feracidad telúrica americana, conminando
al autor a desplegar ese “algo de
epicúreo” que hay en “el sensual y
movible ser humano”. “El paganismo se
rejuvenece”, había ya reconocido desde
1875, en la Revista Universal de
México: “Tienen los sentidos ahora el
señorío exclusivo del teatro, y es meta
y punto feliz de la actual Literatura,
la descripción voluptuosa y amena de los
fenómenos psicológicos-sensuales”.[7]
En sus “Impresiones de América” —tres
crónicas publicadas en The Hour,
Nueva York, entre julio y octubre de
1880—, refiere sin inhibición alguna —y
con una patente añoranza— episodios
supuestamente ocurridos a su paso
brevísimo por el sur de Inglaterra
(1874) y durante su más reciente periplo
guatemalteco (1877). Estos incidentes
han sido tradicionalmente asumidos por
los estudiosos como parte de una
ficcionalización lícita del cronista.
Desde luego, no podríamos asegurar que
sucedieran en realidad, pero, teniendo
en cuenta que los viajes citados sí se
produjeron, al menos nos es admisible
colegir que constituyen una denuncia
evidente de secretas ansias refrenadas.
En cualquier caso, la propia frescura
con que nos los narra —que pugna a
las claras con sus habituales modos—
contribuye a estructurar mejor la
máscara del “very fresh spaniard”.[8]
Veámoslos:
[…] cruzando una magnífica tierra, la
costa atlántica de Guatemala, donde
—como una Venus coronada, saliendo de un
río cristalino— una flexible, esbelta,
pero voluptuosa mujer india, se mostraba
al viajero sediento en todo el encanto
majestuoso de una nueva clase de
impresionante y sugestiva belleza: amé y
fui amado.[9]
Son
contextos donde el amor carnal consigue
ser admitido. Para su satisfacción, esas
mujeres de la tierra —cuyas desnudeces,
en determinado momento lo
escandalizaron, amén de enardecerlo
placenteramente— permanecían asociadas
mayormente a espacios privados regidos
aún por los mismos parámetros fijados
por la colonia, a pesar de la
independencia conseguida por las
repúblicas desde la primera mitad del
siglo. Para él representaban, entonces,
un reservorio de tradiciones que le
interesaba revalidar —desde luego, más
“auténtico” al que podrían significar
para él el de los hombres de su propia
colectividad, quienes habían sido
obligados de inmediato a salir al
espacio público en cumplimiento del
nuevo rol genérico prescrito para ellos
en cada uno de los contextos sociales
transformados. Para Martí, las mujeres
de la tierra —encargadas de formar las
generaciones de niños y jóvenes,
ciudadanos del futuro— se convertían en
elemento clave para la defensa los
fundamentos históricos de las
identidades nacionales, fundamentos que
presumía en franco peligro ante el
avance visible de la penetración
económica capitalista y de sus códigos
culturales ajenos.
Había declarado su perplejidad —aunque
elogiosa— ante determinadas mujeres que
trabajan hombro a hombro con sus
hombres, que tenían voz en su medio, que
eran fuertes. Así, refería a su paso por
Livingstone:
Estas caribes de opulento seno son las
cultivadoras de los campos; los hombres
pescan y comercian; las mujeres siembran
y hacen su oficio de madres y de
esposas. […] Son admirables esta
vivacidad, esta generosidad, esta
fraternidad, esta limpieza.[10]
Reconoce en ellas “lo abnegado, lo
generoso”, con lo cual cumplen con el
modelo tradicional, pero se duele de no
hallar con facilidad “lo blando, lo
delicado” que, junto a la belleza, es lo
que más podría apreciar de ellas.[11]
Llega
a sentenciar, por ejemplo, a raíz de
conocer a la hostelera Teosia, a su paso
por el Roblar, en camino de Izabal a
Zacapa:
[…] ese cuerpo, cuadrado y desenvuelto,
es tan feo que parece enfadado; ese
cuerpo imprudente y descortés, no ha
vivido, sin embargo, muchos años. Si es
mujer ¿por qué no es bella? […] puesto
que no es tentadora, ni hermosa, ni
amable, no es mujer.[12]
Un
ejemplo clásico de este proceder lo
encontraríamos en el retrato de Lola, la
mujer del arriero —presumiblemente
india, porque la llama “mujer de maíz”—
y a quien a todas luces detesta. Su
descripción física y psicológica se
inicia en el capítulo primero del
Diario de Izabal a Zacapa, y se va
completando, por adición, a lo largo de
todo el texto. Este es, apenas, el
inicio, prejuiciado:
[…] Lola acarrea y amarra; y sabe
encinchar una bestia con una crueldad
que disgusta y asombra.[14]
Fascinado en cambio con la belleza de
las jóvenes en Livingston, no había
vacilado en focalizarlas sensualmente
bajo el pretexto de describir su
vestimenta:
Son locuaces con la lengua, con los
ojos, con las caderas, con las manos.
[…] Si dijeran amor, estas mujeres
quemarían. ¡Oh! Y cómo se viste esa
negra […] Un camisón de azul listado,
deja al aire brazos y cuello, y, más
abajo de las rodillas, deja paso a la
saya que le cuelga de la cintura. ¡La
que no lleva el camisón solo![15]
Sucede, pues, que lo que pondera en las
núbiles, critica en las mujeres casadas.
Así dice de Lola horrorizado:
[…] el seno ¡pobre pudor! salta a
los ojos con una abominable
transparencia, porque apenas lo cubre la
camisa de los días de fiesta, de
finísima indiana, leve como el encaje y
como el tul. —Y Aniceto la ama: esa es
su Lola.[16]
Advierte con seguridad —aunque no
satisfecho— que la ausencia de censura
por parte del arriero responde a la
existencia de diferentes cotas morales
en estos grupos humanos.[17]
Tan es así que en Livingston donde las
bellas mujeres demonizadas “queman”,
—muy en sintonía con el tópico erótico
moderno de la “mujer fatal”—,
no tiene a menos concluir: “Es un
pueblo moral, puro, trabajador”.[18]
Pese
a sus vacilaciones, acepta en definitiva
que “las mujeres de la tierra” responden
a modelos culturales bien asentados
históricamente en las respectivas
comunidades que recorre: edificados,
justo, sobre los valores que él
pretendía defender. Redundaron, a la
postre, en una beneficiosa
complejización de la construcción de la
imagen femenina inherente a su proyecto
sociocultural y, por tanto, en la
profundización del registro
consubstancial a su discurso
alternativo, anticolonial.
De
camino a la campaña libertadora en Cuba
se vuelve a percibir, el tratamiento
relativamente más desprejuiciado de la
corporeidad que ya vimos antes, en el
caso de las dominicanas y haitianas. En
la primera parte de sus Diarios de
campaña —justo durante el periplo
entre Santo Domingo y Gran Inagua—[19]
los retratos de mujer aparecen
particularmente signados por una
carnalidad extrema de la cual el autor
con franqueza participa.[20]
El viajero se detiene fascinado ante los
encantos de la negra de Haití —“una
mocetona: de andar cazador, con la bata
morada de cola, los pechos breves y
altos”—,[21]
de “la moza que pasa, desgoznada la
cintura, poco al seno el talle”,[22]
o aquella que viene “rechoncha y picante
[con] los diez y seis años del busto
saliéndosele del talle rojo”.[23]
A un
tiempo, su “necesidad de belleza”
aparenta desaparecer al llegar a tierra
cubana. Ya no es “el viajero” el que
relata: ha llegado a su plena naturaleza
entre sus iguales[24]
y el comprometimiento con este contexto
al que pertenece y debe responder ha de
ser, desde luego, absoluto. En
concordancia, la espiritualidad recobra
su preeminencia.
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En el
jardín de la noche
Eduardo Abela Torrás |
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La
mujer enmarcada en su proyecto no podía
comprometer públicamente su pudor como
Lola o como las mocetonas de talles
desgoznados que, recién, lo regocijaran.
Apenas podemos descubrir la presencia de
algunas jóvenes, quienes, por diversas
razones, manifestaban una dinámica más
activa en sus relaciones con los hombres
ajenos —no hijos, ni padres, ni esposos,
ni hermanos. Son aquellas, de igual
modo, las que pudieran haberlo cautivado
y aparecen, en cambio, incorpóreas,
ligerísimamente dibujadas: “la mujer
india cobriza de ojos ardientes”[25];
la hija de Caridad Pérez y Piñó de
dieciséis años, que “se puso zapatos y
túnico nuevo”[26]
para recibirlos; la muchacha que “De
seno abierto y chancleta viene” a
ofrecer — ¿ofrecerse?— aguardiente
verde, de yerbas”, a la mesa del
almuerzo opulento en La Mejorana.
Recordemos que aquí no es solo el autor,
sino el protagonista de su propio relato
el que escribe: el hombre público. A la
postre, ha de ceder el paso a los
arquetípicos retratos de las matronas
que, tras la línea de combate, han de
respaldar la contienda.
Las
reiteradas referencias a la corporeidad
del hombre —en contraposición con las
poco frecuentes alusiones a la femenina—
lo reintegran, sin fisura, como dueño
del espacio público. Son numerosísimas
las descripciones donde los hombres de
la guerra expresan su carácter, sus
cualidades morales y sentimientos a
partir del registro de sus
características físicas:
[…]
el abrazo de Luis, con sus ojos
sonrientes, como su dentadura, su barba
cana al rape, y su rostro, espacioso y
sereno, de limpio color negro.[27]
[…]
Ramón, el hijo de Eufemio, con su suave
tez achocolatada, como bronce carmíneo,
y su fina y perfecta cabeza, y su ágil
cuerpo púber, —Magdaleno, de magnífico
molde, pie firme, caña enjuta,
pantorrilla volada, muslo largo, tórax
pleno, brazos graciosos, en el cuello
delgado la cabeza pura, de bozo y barba
crespa […][28]
Es
Casiano Leyva […] entre los tumbadores
el primero, con su hacha potente: y al
descubrirse le veo el noble rostro,
frente alta y fugitiva, combada al
medio, ojos mansos y firmes, de gran
cuenca; entre pómulos anchos; nariz
pura; y hacia la barba aguda la pera
canosa: es heroica la caja de cuerpo,
subida en las piernas delgadas: una
bala, en la pierna […][29]
Ninguna de las descripciones femeninas
de su último diario puede compararse a
estas. Son los rasgos con que se trazan
los arquetipos que propone: para ellos
las virtudes del cuerpo —un cuerpo que
habla por sí mismo—; para ellas las
virtudes del alma —las que justo han de
amordazar el cuerpo.
En
tal entramado narrativo, las mujeres
constituyen solo un agregado feliz,
trasegando a los márgenes —dibujadas con
evidente complacencia, pero marginadas
al fin—, componiendo el decorado que
sirve de escenario a la contienda.
Mientras nos concentramos cada vez más
en los acontecimientos, las escuchamos
apenas, las vemos fugazmente, pero
podemos adivinarlas siempre como tras
una veladura respetuosa, tras una
frontera amable que las protege, siempre
ocupadas en sus labores: la Niña manda
comida a la tropa, la mujer india y la
mujer de Rosalío pilan café, Domitila va
al monte a buscarles de provisiones,
Caridad les trae café y culantro de
Castilla, la mujer de Pedro Pérez les
manda la primera bandera… Es así la
práctica patriótica asignada, su
definido rol de respaldo al orden
previsto —patriarcal en sus raíces—,
fundamentado en sus virtudes
espirituales como madres y esposas —el
desprendimiento, la piedad, la
laboriosidad, la fidelidad, la castidad
y la abnegación sin límites, que las
retornan a su ancestral mutismo. En
tierra cubana, la mujer es silenciada;
vuelve necesariamente a ser —como él
mismo dijera en sus Cuadernos de
apuntes— aquella “[…] alma que late
en un cuerpo que no puede revelar el
alma”.[30]
NOTAS
[1]
El erotismo expresado
corporalmente, entrevisto en el
romanticismo anterior,
se magnifica entonces menos
agónicamente, en una fiesta
declarada de los sentidos: en un
epicureísmo, que ha sido
considerado marca típicamente
modernista, movimiento donde el
cuerpo femenino como objeto de
placer se hizo frecuentación más
que habitual.
Desde luego, la
explosión literaria de los
sentidos que sobrevendría no
dejó de hacerse patente en
Martí, justo uno de los
iniciadores del movimiento: se
manifestó a través de sus
representaciones de los
múltiples planos de la
experiencia humana, aunque,
esencialmente, supo mantener
como fundamento una fuerte
espiritualidad y una voluntad
educativa de hacerla evidente,
que lo llevó siempre a operar
específicamente en la esfera de
lo erótico de forma muy
refrenada.
[2]
Aparece este poema, no publicado
en vida, en su cuaderno de
apuntes número 4 (José Martí:
Obras completas, t. 21,
Editorial de Ciencias Sociales,
1975, pp. 135-136) y es
recopilado entre los “Versos
varios”, que se publican en
Poesía completa. Edición crítica
(t. II, Editorial Letras
Cubanas, 1885, p. 127).
[3]
Llegará a expresarlo: “Yo no
exijo las mortificaciones del
cuerpo: yo voy levantando a cada
muerto; y diciendo ‘Amor; amor’”
(José Martí: “Fragmentos”, no.
138, Obras completas, t.
22, ed. cit., p. 83).
[4]
José Martí: “A su madre”,
Obras completas, t. 1, ed.
cit., p. 41.
[5]
Rivera-Rodas ha caracterizado
—aunque, quizá, demasiado
absolutamente— este encuentro
azaroso del pensamiento moderno
con la corporeidad: “Este
proceso fue una auténtica
recuperación del cuerpo, que a
su vez refuta las concepciones
tradicionales impuestas en la
Colonia que se empeñaban en
condenar el cuerpo y tratar de
mantenerlo expulsado de la
experiencia humana. [...] La
conciencia latinoamericana se
reconocerá en su cuerpo, ligado
a su espacio geográfico y tiempo
histórico: a su propia cultura”
(Óscar Rivera-Rodas: “Modernidad
y postmodernidad literarias en
Hispanoamérica”, Conjuntos.
Teorías y enfoques literarios
recientes, Universidad
Nacional Autónoma de
México-Universidad Veracruzana,
México, 1996).
[6]
José Martí: “Isla de Mujeres”,
Obras completas, t. 19,
ed. cit., p. 31.
[7]
José Martí: “Escenas mexicanas”,
Obras completas,
t. 6,
ed. cit., p. 285.
[8]
“Impressions of America (By a
very fresh spaniard)” es el
título original de esta serie de
crónicas escritas en inglés.
Martí las escribe bajo tal
seudónimo, que ha sido traducido
habitualmente como “un español
muy fresco” o “impertinente”,
aunque también como “un español
recién llegado”. V. José Martí:
Obras completas, ed.
cit., t. 19, p. 101.
[9]
José Martí, op. cit., t.
19, pp. 115-116.
[11]
José Martí: Obras completas,
t. 21, ed. cit., p. 333.
[12]
José Martí: “Diario de Izabal a
Zacapa”, Obras completas.
Edición crítica, t. 5, ed.
cit., p. 75.
[15]
José Martí: “Livingston”,
Obras completas, t. 19, ed.
cit., p. 38.
[16]
José Martí: “Diario de Izabal a
Zacapa”,
Obras completas,
t. 19, ed. cit., pp.
45-46.
[17]
Martí comprobaba que en su vida
cotidiana los
descendientes mayas eran
portadores no solo de los
conocimientos religiosos
ancestrales propios de su
cultura, sino, además, de una
práctica peculiar que permitía a
la mujer una relativamente mayor
participación en el espacio
público, el desempeño de un
papel decisivo en la economía de
los grupos humanos fuera del
espacio estrictamente familiar.
Es decir, que no la veía
circunscrita a la función de la
reproducción y el cuidado del
hogar y de los hijos, aunque
seguía siendo parte de su
responsabilidad. Martí con
seguridad ya debía conocer, a
través de su leer enciclopédico,
al menos algunos aspectos
generales de la cultura
maya-quiché, aunque no tenemos
hasta el momento evidencias
anteriores o contemporáneas en
su obra. Encontramos la
referencia más temprana a la
altura de 1878, en su folleto
Guatemala, publicado en
México —o sea, eso ocurre apenas
un año después de haber hecho
sus anotaciones de
“Livingston” y su “Diario de
Izabal a Zacapa”.
En Guatemala
habla de José Milla, de fácil
vena, de erudición notoria”,
quien estudia “los tiempos en
que por tierra y princesas
peleaban kachiques, quichés y
zutujiles” (José Martí: Obras
completas. Edición crítica,
t. 5, ed. cit., p. 274),
denunciando su conocimiento
probable de la Historia
Antigua de Centro América,
de Milla, a la que
posteriormente, en 1884,
dedicará un comentario desde las
páginas de La América
—allí mencionaría,
explícitamente, el relato maya
del génesis que el historiador
reproduce: el del Popol Vuh..
[18]
José Martí: “Livingston”,
Obras
completas,
t. 19, ed. cit., p. 39.
[19]
Sostengo la idea de que sus dos
últimos cuadernos de viaje
forman un mismo corpus
literario. V. José Martí:
Diarios de campaña, ed. cit.
[20]
En torno al tratamiento del eros
a su paso por Santo Domingo y
Haití, véase el interesante
estudio de José Massip,
“Contingencias eróticas por los
caminos de Montecristi a Cabo
Haitiano” (Martí ante sus
diarios de guerra, Ediciones
UNIÓN, La Habana, 2002, pp.
9-39).
[21]
José Martí: Diarios de
campaña, ed. cit., p.
102.
[24]
V. la carta que envía a Carmen
Miyares desde Baracoa el 16 de
abril de 1895 (José Martí:
Diarios de campaña, ed. cit,
p. 368).
[29]
Ibidem, pp. 339-340.
[30]
José Martí: “Cuadernos de
apuntes”, no. 3, Obras
completas,
t. 21,
ed. cit., p. 106.
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