Año V
La Habana

3 al 9 de FEBRERO
de 2007

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La Revista Venezolana, un balance necesario

Marlene Vázquez Pérez • La Habana
Centro de Estudios Martianos

El caballo mágico
Carlos Manuel Guzmán

Celebrar el aniversario de una publicación periódica, significa repasar sus aportes, repercusiones socioculturales, presupuestos ideológicos, materialización y alcance de los propósitos que la originaron. Así ha ocurrido con la Revista Venezolana, fundada por José Martí en 1881. Al llegar a los 125 años de su debut editorial, no podemos dejar de considerar la importancia que ciertamente tuvo a pesar de su corta vida, pues ella se encontró en el centro de un quehacer del que fue hito relevante, pero no esfuerzo aislado. Repasemos, pues, en este momento de definiciones de lo americano, y de pasos decisivos hacia la unidad continental, la trascendencia de ese legado.

Consciente del carácter fundador y transformador de la prensa, Martí produjo una considerable obra periodística que ha devenido paradigma del género, y piedra angular, literariamente hablando, de la renovación de la lengua castellana, por su aporte al esplendor de la prosa modernista. Abundantes y novedosas son sus colaboraciones para los diarios más importantes del continente, pero fue también significativa su contribución como fundador de órganos de prensa, faceta menos considerada dentro de su quehacer.

Si se mira panorámicamente a su biografía, observamos que desde su más temprana adolescencia estuvo interesado en el asunto, de lo que dieron fe en su momento El Diablo Cojuelo y La Patria Libre. Ello viene a confirmar, además de su madurez precoz, el interés que le merecían las publicaciones periódicas, a las que consideraba imprescindibles para consolidar los proyectos de la independencia de Cuba, como lo demostró ya al final de su vida con la fructífera labor de preparación llevada a cabo a través de las páginas de Patria.

Sin embargo, otra arista a considerar es la relativa al análisis y definición de nuestra América, de lo que existen pruebas desde 1878, cuando manifiesta su idea de fundar la Revista Guatemalteca, que quedaría solo en proyecto. Sin embargo, es notable como en las páginas que escribiera para explicar sus propósitos, se advierte ya un sentido americanista y una vocación universal que no desaparecerían jamás en sus intentos futuros, sino que se fortalecerían en cada uno de ellos. Desde aquí aflora la labor de “mediador cultural”[1] que regirá toda su obra periodística posterior, pues fue consciente de la necesidad de destacar lo más legítimo de nuestros valores a la vez que ponernos en contacto con lo mejor que se producía en otras latitudes:

Contendrá, pues, mi periódico, en cada uno de sus números, descripciones más útiles que pintorescas de las comarcas de la República; estudio  de sus frutos y sobre su aplicación, remembranzas de muertos ilustres, y de obras notables que enorgullecen al país respondiendo  a mi ideal de hacer resaltar todo lo bueno y cuanto bueno y bello encierra. Y en respuesta a la natural y curiosa demanda de noticias europeas, contendrá cada número una revista de artes bellas y útiles, de ciencias e invenciones, de libros y de dramas, de lo último que se publique e imagine, de lo que con sanción y aplauso, forje el ingenio y escriba la pluma en los ilustres y viejos pueblos de nuestras riberas humildes, Guatemala ante los ojos; y Europa en la mano.[2]

Animado por el mismo sentimiento de gratitud hacia la tierra que lo acogía, decidiría cuatro años después, fundar la Revista Venezolana, empeño fugaz que trasciende por su valía cultural.[3] En ella logrará concretar parcialmente sus ideas anteriores, que adquieren ahora una resonancia continental mayor. Esa obra que no parte “de una profesión de fe, sino de amor,”[4], significa un ascenso hacia la madurez de propósitos, que se concreta en su voluntad de hacer en bien de América, más que de decir. Ese espíritu pragmático en el buen sentido de la palabra, hallará su cauce, sin embargo, en el ejercicio verbal de que hace gala en los dos únicos números de la Revista. Solo a través de la palabra impresa es dable su empeño de indagación continuada en nuestros orígenes, lo que significa aporte decisivo al perfil de un continente que se debate aún entre la colonia subyacente en el espíritu revolucionario que le aportó el independentismo, agonizante ya en las repúblicas despóticas.

El sentido de la utilidad de su labor, y de la trascendencia de esta hacia una práctica social que quiebra los estereotipos tradicionales de escritura, se hacen explícitos cuando declara que la Revista viene

a poner humildísima mano en el creciente hervor continental; a empujar con los hombros juveniles la poderosa ola americana; a ayudar a la creación indispensable de las divinidades nuevas; a atajar todo pensamiento encaminado a mermar de su tamaño de portento nuestro pasado milagroso; a descubrir con celo de geógrafo, los  orígenes de esta poesía de nuestro mundo, cuyos cauces y manantiales genuinos, más propios y más hondos que los de poesía alguna sabida, no se esconden por cierto en  esos libros pálidos y entecos que nos vienen de tierras fatigadas(...) Cosas grandes, en formas grandes.[5]

Si se mira con atención el fragmento anterior, saltan a la vista algunas consideraciones interesantes. No solo habla el americanista que toma conciencia de su pertenencia al espacio geográfico y cultural que lo circunda. Estas reflexiones concuerdan coherentemente con sus criterios en torno a las insólitas dimensiones de la naturaleza continental, en consonancia con el conocimiento reciente de la Tierra firme, lo que significa una ampliación de sus horizontes, hasta entonces limitados al entorno isleño, aunque hubiese transitado ya por Europa y los EE.UU., espacios en los que resulta un sujeto extrañado, distante desde el punto de vista cultural y afectivo. Esta experiencia, en cambio, ha devenido grato deslumbramiento, verificación in situ de coincidencias largamente intuidas.

La noción del “pasado milagroso” aquí expuesta da continuidad a una idea que se remonta también a la etapa guatemalteca, concretamente a su texto “Poesía dramática americana” (1878), en el que reclama originalidad expresiva acorde con los temas que deben nutrir la literatura de su época. Estos se encuentran, en gran medida, en las fuentes historiográficas, estrechamente ligadas al mito y las tradiciones orales, lo que significa, en el texto citado, el reconocimiento de que poseemos un pasado a la vez “histórico y fantástico”,[6] y que como tal debe ser concebido y expresado por el escritor americano. Esa conciencia de la valía de los mitos fundadores, equiparados a la mejor tradición clásica, presente en el texto que nos ocupa, donde se pone en claro la existencia de “cuatro siglos de epopeyas no trovadas”[7], adquieren una dimensión superior, evidentemente, en las líneas subrayadas en el párrafo anterior, pero tal vez su expresión más acabada y sintética la alcance en La Edad de Oro, ya a finales de la década, cuando se decide a trabajar desde los cimientos mismos  la educación del futuro hombre americano. El modo más convincente de referirse a ese legado del que somos consecuencia y cúspide es declarar: “¡Qué novela tan linda la historia de América!”[8]

Más adelante, en los inicios del segundo número, dirá:

“No se ha de pintar el cielo de Egipto con brumas de Londres; ni el verdor juvenil de nuestros valles con aquel pálido de Arcadia, o verde lúgubre de Erin.”[9] El americano fervoroso, que consagrará sus empeños al bien de la patria mayor, aflora en esas breves líneas no solo señalando una carencia de las letras que le precedieron en el continente, sino mostrando el camino de la búsqueda hacia modos de expresión propios, que se correspondieran con la novedad del mundo que debían contar y definir. Al alcanzar plena conciencia de esa valía, daba el paso decisivo para proclamar, apenas una década después, la necesidad de juntarnos como un solo pueblo, para enfrentar el enemigo común, idea fundamental de su ensayo Nuestra América. Por eso, aquella aventura editorial caraqueña, aparentemente efímera, merece hoy, más que nunca, estudio detenido y sincero reconocimiento.


NOTAS

[1]
Véase el excelente estudio de Carmen Suárez León José Martí y Víctor Hugo en el fiel de las modernidades. Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana “Juan Marinello”, Editorial José Martí, La Habana, 1997; p. 7- 27.

[2] OC, Edición crítica, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2001, t. 5, p. 293.

[3] Salvador Morales entiende que se trata de un proyecto único, que sólo varía de nombre en relación con la tierra que lo acogía. Refiere que Martí intentó darle continuidad en 1880, desde los Estados Unidos, cuando intentó escribir y publicar pequeños libros sobre América. Para ello se acercó a Néstor Ponce de León, la casa Appleton y Frank Leslie, pero por diversas razones no pudo hacerse realidad. Véase de este autor “Revista Venezolana de José Martí”. En El periodismo como misión. Compilación y prólogo de Pedro Pablo Rodríguez, Centro de Estudios Martianos, Editorial Pablo de la Torriente, La Habana, 2002, p. 61 y ss.

[4] OC, ed. crítica, t. 8, p. 55.

[5] OC, Edición  crítica t. 8, p. 56. Subrayados nuestros.

[6] Véase José Martí . OC, Edición crítica, tomo 5, p. 225- 226.

[7] Ibídem.

[8] José Martí. La Edad de Oro. OC, t. 18, p. 389. El lector avisado advertirá de inmediato el carácter precursor del pensamiento de Martí respecto a la relación mito- historia- literatura para el siglo XX americano. Véase al respecto de Marlene Vázquez Pérez Martí y Carpentier: de la fábula a la historia, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2005.

[9] OC, t. 7, p. 212, OC, Edición Crítica, t. 8, p. 92

 

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