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El
caballo mágico
Carlos Manuel Guzmán |
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Celebrar el aniversario de una
publicación periódica, significa repasar
sus aportes, repercusiones
socioculturales, presupuestos
ideológicos, materialización y alcance
de los propósitos que la originaron. Así
ha ocurrido con la Revista Venezolana,
fundada por José Martí en 1881. Al
llegar a los 125 años de su debut
editorial, no podemos dejar de
considerar la importancia que
ciertamente tuvo a pesar de su corta
vida, pues ella se encontró en el centro
de un quehacer del que fue hito
relevante, pero no esfuerzo aislado.
Repasemos, pues, en este momento de
definiciones de lo americano, y de pasos
decisivos hacia la unidad continental,
la trascendencia de ese legado.
Consciente del carácter fundador y
transformador de la prensa, Martí
produjo una considerable obra
periodística que ha devenido paradigma
del género, y piedra angular,
literariamente hablando, de la
renovación de la lengua castellana, por
su aporte al esplendor de la prosa
modernista. Abundantes y novedosas son
sus colaboraciones para los diarios más
importantes del continente, pero fue
también significativa su contribución
como fundador de órganos de prensa,
faceta menos considerada dentro de su
quehacer.
Si se mira panorámicamente a su
biografía, observamos que desde su más
temprana adolescencia estuvo interesado
en el asunto, de lo que dieron fe en su
momento El Diablo Cojuelo
y La Patria Libre. Ello viene a
confirmar, además de su madurez precoz,
el interés que le merecían las
publicaciones periódicas, a las que
consideraba imprescindibles para
consolidar los proyectos de la
independencia de Cuba, como lo demostró
ya al final de su vida con la fructífera
labor de preparación llevada a cabo a
través de las páginas de Patria.
Sin embargo, otra arista a considerar es
la relativa al análisis y definición de
nuestra América, de lo que existen
pruebas desde 1878, cuando manifiesta su
idea de fundar la Revista
Guatemalteca, que quedaría solo en
proyecto. Sin embargo, es notable como
en las páginas que escribiera para
explicar sus propósitos, se advierte ya
un sentido americanista y una vocación
universal que no desaparecerían jamás en
sus intentos futuros, sino que se
fortalecerían en cada uno de ellos.
Desde aquí aflora la labor de “mediador
cultural”
que regirá toda su obra periodística
posterior, pues fue consciente de la
necesidad de destacar lo más legítimo de
nuestros valores a la vez que ponernos
en contacto con lo mejor que se producía
en otras latitudes:
Contendrá, pues, mi periódico, en cada
uno de sus números, descripciones
—más
útiles que pintorescas—
de las comarcas de la República;
estudio de sus frutos y sobre su
aplicación, remembranzas de muertos
ilustres, y de obras notables que
enorgullecen al país
—respondiendo
a mi ideal de hacer resaltar todo lo
bueno y cuanto bueno y bello encierra. Y
en respuesta a la natural y curiosa
demanda de noticias europeas, contendrá
cada número una revista de artes bellas
y útiles, de ciencias e invenciones, de
libros y de dramas, de lo último que se
publique e imagine, de lo que con
sanción y aplauso, forje el ingenio y
escriba la pluma en los ilustres y
viejos pueblos de nuestras riberas
humildes,
—Guatemala
ante los ojos; y Europa en la mano.
Animado por el mismo sentimiento de
gratitud hacia la tierra que lo acogía,
decidiría cuatro años después, fundar la
Revista Venezolana, empeño fugaz
que trasciende por su valía cultural.
En ella logrará concretar parcialmente
sus ideas anteriores, que adquieren
ahora una resonancia continental mayor.
Esa obra que no parte “de una profesión
de fe, sino de amor,”,
significa un ascenso hacia la madurez de
propósitos, que se concreta en su
voluntad de hacer en bien de América,
más que de decir. Ese espíritu
pragmático
—en
el buen sentido de la palabra—,
hallará su cauce, sin embargo, en el
ejercicio verbal de que hace gala en los
dos únicos números de la Revista.
Solo a través de la palabra impresa es
dable su empeño de indagación continuada
en nuestros orígenes, lo que significa
aporte decisivo al perfil de un
continente que se debate aún entre la
colonia subyacente en el espíritu
revolucionario que le aportó el
independentismo, agonizante ya en las
repúblicas despóticas.
El sentido de la utilidad de su labor, y
de la trascendencia de esta hacia una
práctica social que quiebra los
estereotipos tradicionales de escritura,
se hacen explícitos cuando declara que
la Revista viene
—a
poner humildísima mano en el creciente
hervor continental; a empujar con los
hombros juveniles la poderosa ola
americana; a ayudar a la creación
indispensable de las divinidades nuevas;
a atajar todo pensamiento encaminado a
mermar de su tamaño de portento
nuestro pasado milagroso; a
descubrir con celo de geógrafo, los
orígenes de esta poesía de nuestro
mundo, cuyos cauces y manantiales
genuinos, más propios y más hondos que
los de poesía alguna sabida, no se
esconden por cierto en esos libros
pálidos y entecos que nos vienen de
tierras fatigadas(...) Cosas grandes,
en formas grandes.
Si se mira con atención el fragmento
anterior, saltan a la vista algunas
consideraciones interesantes. No solo
habla el americanista que toma
conciencia de su pertenencia al espacio
geográfico y cultural que lo circunda.
Estas reflexiones concuerdan
coherentemente con sus criterios en
torno a las insólitas dimensiones de la
naturaleza continental, en consonancia
con el conocimiento reciente de la
Tierra firme, lo que significa una
ampliación de sus horizontes, hasta
entonces limitados al entorno isleño,
aunque hubiese transitado ya por Europa
y los EE.UU., espacios en los que
resulta un sujeto extrañado, distante
desde el punto de vista cultural y
afectivo. Esta experiencia, en cambio,
ha devenido grato deslumbramiento,
verificación in situ de
coincidencias largamente intuidas.
La noción del “pasado milagroso” aquí
expuesta da continuidad a una idea que
se remonta también a la etapa
guatemalteca, concretamente a su texto
“Poesía dramática americana” (1878), en
el que reclama originalidad expresiva
acorde con los temas que deben nutrir la
literatura de su época. Estos se
encuentran, en gran medida, en las
fuentes historiográficas, estrechamente
ligadas al mito y las tradiciones
orales, lo que significa, en el texto
citado, el reconocimiento de que
poseemos un pasado a la vez “histórico y
fantástico”,
y que como tal debe ser concebido y
expresado por el escritor americano. Esa
conciencia de la valía de los mitos
fundadores, equiparados a la mejor
tradición clásica, presente en el texto
que nos ocupa, donde se pone en claro la
existencia de “cuatro siglos de epopeyas
no trovadas”,
adquieren una dimensión superior,
evidentemente, en las líneas subrayadas
en el párrafo anterior, pero tal vez su
expresión más acabada y sintética la
alcance en La Edad de Oro, ya a
finales de la década, cuando se decide a
trabajar desde los cimientos mismos la
educación del futuro hombre americano.
El modo más convincente de referirse a
ese legado del que somos consecuencia y
cúspide es declarar: “¡Qué novela tan
linda la historia de América!”
Más adelante, en los inicios del segundo
número, dirá:
“No se ha de pintar el cielo de Egipto
con brumas de Londres; ni el verdor
juvenil de nuestros valles con aquel
pálido de Arcadia, o verde lúgubre de
Erin.”
El americano fervoroso, que consagrará
sus empeños al bien de la patria mayor,
aflora en esas breves líneas no solo
señalando una carencia de las letras que
le precedieron en el continente, sino
mostrando el camino de la búsqueda hacia
modos de expresión propios, que se
correspondieran con la novedad del mundo
que debían contar y definir. Al alcanzar
plena conciencia de esa valía, daba el
paso decisivo para proclamar, apenas una
década después, la necesidad de
juntarnos como un solo pueblo, para
enfrentar el enemigo común, idea
fundamental de su ensayo Nuestra
América. Por eso, aquella aventura
editorial caraqueña, aparentemente
efímera, merece hoy, más que nunca,
estudio detenido y sincero
reconocimiento.
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