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Tres enfoques sobre Martí en 1929. Revista de Avance

Pedro Alexander Cubas Hernández • La Habana
 

El velador
Eduardo Moltó

En el número 31 del rotativo 1929. Revista de Avance correspondiente a febrero de 1929 sus editores Francisco Ichaso Macías, Félix Lizaso González, Jorge Mañach Robato y Juan Marinello Vidaurreta insertaron un acápite titulado El nuevo Martí en el Editorial Directrices mediante el cual manifestaron que: “Martí sigue siendo entre nosotros… [a decir de Ventura García Calderón] ‘un ilustre desconocido’. A nuestra generación parece tocarle el duro privilegio de comenzar a comprenderle en su grandeza histórica y humana”[1]. Y sentenciaron: “Urge un cuidadoso estudio de cada uno de los sectores de la obra martiana; la indagación atenta de sus motivaciones y proyecciones; la interpretación franca y emocionada de su trayectoria espiritual; la medida de su don profético; el alcance de su aliento genial”[2]. No obstante, ellos reconocieron la labor meritoria de los estudiosos, recopiladores y comentaristas de la obra martiana; y también de algunos ensayistas; pero no la consideraron suficiente y criticaron la falta de “…una labor que dé (sic) a propios y extraños la estatura cabal de nuestro héroe, el cuidadoso comprensivo análisis de su vida y de su ‘papelería’, la síntesis de magno alcance que nos pondere la significación plena de aquella existencia iluminada”[3].

En ese mismo ejemplar mensual Lizaso, Mañach y Marinello, tres de los editores de aquel órgano de la vanguardia artístico–literaria cubana de los años 20, expresaron sus percepciones acerca de José Martí, las cuales constituyen abordajes que muestran nítidamente la impronta del ideario martiano en un sector de avanzada de la más joven intelectualidad nacional de aquella época convulsa donde cada día arreciaba la dictadura machadista.

Resulta muy atinado decir también que dichos jóvenes en sus aproximaciones reflexivas iniciales a la vida y obra martianas no pretendían asumir a —y/o apropiarse de— Martí de la forma que se hacía en los panegíricos del 28 de enero (natalicio) y del 19 de mayo (martirologio). Ni mucho menos dar crédito o hacerse eco de vacuos y fatuos discursos —pronunciados políticos e intelectuales de discutible moralidad y patriotismo— en torno a su figura donde ensalzaban el mito del Apóstol de nuestra independencia nacional. Precisamente el 6 de noviembre de 1925, tres años antes las tres propuestas presentadas en 1929…, salió publicada en el diario El País una epístola de Marinello dirigida a Mañach en la cual hacía referencia a la importancia de fomentar el conocimiento y divulgación de la obra martiana en Cuba para darle al Maestro el lugar que merecía en Cuba y América Latina[4].  

I

La primera contribución que aparece en las páginas de 1929… es de la autoría de Félix Lizaso González (1891 – 1967). Acerca de sus antecedentes como estudioso del Maestro es preciso apuntar que en 1921 publicó su primer trabajo, titulado: Él convivió con los niños y La Edad de Oro de José Martí,[5] en el cual comentaba acerca de lo importante que era la lectura de dichos textos para los niños cubanos. Posteriormente, hizo referencia a la lírica martiana en el acápite bibliográfico de su libro La poesía moderna en Cuba (realizado en coautoría con José Antonio Fernández de Castro, 1926). Y a fines de 1929 escribió el artículo “Labor americanista de Martí”[6].

Aunque en 1912 salió un texto de Lizaso en la revista El Andaluz, realmente sus inicios como colaborador de publicaciones seriadas se remontan a 1919 en el semanario El Fígaro. Él era un joven que laboraba como empleado público desde los 15 años de edad. Primero estuvo colocado en oficinas particulares y posteriormente en la Administración Pública como miembro de la Comisión de Servicio Civil (1921 – 1933). Entre 1919 y 1920 había sido instructor de español en la Universidad de Princeton, en Estados Unidos[7].

Lizaso, con el objetivo de llevar a la práctica la idea de estudiar profundamente la obra martiana, aportó a 1929… algunos fragmentos de su texto “Martí o la vida del espíritu”. En este trabajo el autor se refirió primeramente a Martí como ser humano y señaló que con sus cualidades “Evangelizaba, convirtiendo en consideración lo que debía ser odio; luchaba por dominar su indignación de hombre ante la desventura ajena, olvidado de la suya propia (...) quizá si lo único que no perdonaba era la traición y el deshonor de sus propios hermanos”[8]. De esta reflexión se puede advertir lo acertada de su interpretación del sentido de la palabra “amor” en la vida y praxis social de Martí.

Siguiendo la misma lógica expositiva, Lizaso explicó las cuestiones que motivaban y/o despertaban la admiración de Martí pues “(...) La dignidad humana le movía a exaltación, y supo hallarla en los hombres que le rodearon. Ser simplemente un hombre movía su respeto: un hombre en el concepto goethiano —luchador, heroico, enfrentado a la vida”[9]. Precisamente, eso era todo lo que representaba el Maestro para los cubanos que se consideraban seguidores de sus nobles ideales.

En otro orden de cosas, según Lizaso, la proyección del pensamiento martiano puede ser identificada con otra suerte de narcisismo puesto que consiste en “(...) Hallar en todo excelencias que son nuestras, porque viven en lo más profundo de nosotros... [Además, es un narcisismo] Fecundo, porque ha rebasado nuestro límite, para vivir fuera de nosotros, pero con nuestro propio calor espiritual”[10]. Y, añadió que: “...sin saberlo, encuentra la perfección propia en los demás, y crea, con la generosidad siempre en entrega, fuera de sí las propias excelencias”[11]. Dichas reflexiones, a mi modo de ver, están muy relacionadas con “...un derrotero fijo, que... aproximará [a Martí] al ideal de purificación que había escogido. Purificar el alma, hacerla leve, comprensiva: para la mayor dignidad del hombre. Purificar el aire enrarecido de su suelo esclavo, porque sin libertad no hay decoro (...)”[12].

Otro elemento esencial abordado por Lizaso está relacionado con las características del discurso martiano. A su juicio “(...) En él la palabra no fue sino vehículo de una imaginación centelleante, que obliga a la plenitud de vida y realidad por la virtud de un fuego central. Ninguna producción se quedaba raquítica en su pluma o en su voz por falta de calor vital. La derramó en la amistad, en el dolor, en el arte, en sus afanes políticos; como que era su propia esencialidad”[13]. Por estas razones consideraba que “... Martí era exuberante; pero con exuberancia ideológica y cordial. Una, torbellino de ideas, señala normas; otra, presta a la obra total esa temperatura que le da un aliento universal y humano”[14]. Así concebía Lizaso a Martí y de esta forma comenzó a apropiarse de sus enseñanzas. Posteriormente, dedicó muchas páginas a  El Maestro de todos los cubanos. 

II 

La segunda propuesta la firmó Jorge Mañach Robato (1898 – 1961). Él era un joven muy talentoso que tuvo la oportunidad de estudiar en EE.UU. (graduado en Cambridge High and Latin Schools, en Massachussetts, 1917; y de Bachelor of Sciencies, cum laude en Harvard University, 1920[15]); y Francia (Universidad de París, a donde cursó estudios de Derecho; pero no se graduó). Posteriormente, en la Universidad de La Habana, obtuvo los doctorados en Derecho Civil (1924) y Filosofía y Letras (1928). Antes de 1929 había ganado rápidamente prestigio y reconocimiento en el campo intelectual cubano mostrando sus dotes como escritor (fundamentalmente en la prosa: produciendo ensayos, teatro, comedias, cuentos y novelas); fue un brillante crítico literario y artístico. Sus “Glosas” en el periódico El País fueron elogiadas durante varios años por su calidad[16]. Algunas de ellas fueron caldo de cultivo que lo indujeron a sostener fuertes polémicas con intelectuales como Rubén Martínez Villena (1927) o Gustavo Urrutia (1929 y 1931).

Los primeros textos de Mañach en torno a la temática martiana son: La Oblación (1926)[17] y Martí y la tierra (1927)[18]. Y en el segundo semestre de 1929 publicó otros dos trabajos: Conocimiento y honra de Martí[19] y Versiones de José Martí[20]. Y, a posteriori, continuó produciendo varios trabajos relativos a nuestro Héroe Nacional que constituyeron un ejemplo de la devoción que sentía por su mentor espiritual. Ese fue el caso de su obra biográfica Martí, el Apóstol (1933) que en opinión de algunos es insuperable hasta hoy.

El 28 de enero de 1929 Mañach estuvo en Caibarién y Cienfuegos, donde hizo un par de disertaciones acerca de la vida y obra de el Maestro. Las ideas que expresó en tales conferencias salieron publicadas en 1929… bajo el título: “El pensador en Martí”. Este fue el punto de partida de sus reflexiones porque él concebía a Martí —según sus conceptos— más pensador que filósofo. A su juicio “... el pensador es el mirar inquieto, parcial y esporádico de todos los espíritus demasiado apasionados para el largo cortejo de la verdad... el pensador hierve de preocupaciones por lo inmediato, por lo histórico... el pensador tiene la impaciencia del artista, porque, a la manera de éste, quisiera recrear, volver a crear a su manera el mundo que contempla”[21].

De tales apuntes puede advertirse que quizás eran muy estrechos y eurocéntricos los conceptos de Filosofía (concebida como contemplación) y Filósofo (tachado de impasible, desinteresado y paciente como los sabios) de los cuales se había apropiado Mañach en esos años. En el área geográfica donde hoy vivimos y laboramos hubo (y aún existen) filósofos que con sus reflexiones acertadas o no han contribuido a la historia de las ideas en Nuestra América. No obstante, Mañach tenía razón en sus planteamientos porque precisamente “... Martí piensa al través (sic) de su temperamento, esencialmente lírico y político (...)”[22] y “... su propio modo de ser es el que le dicta sus normas éticas y políticas...”[23] Por esta razón, lo veía como un romántico cuya prédica moral demuestra que está amasado de bondad, apasionado de la belleza y la libertad e iluminado por una noción casi mística del deber y del sacrificio[24].

Lo anterior explica por qué Mañach defendía la tesis de que “(...) Martí está siempre a la altura de sí mismo, y a veces se nos pierde de vista... porque su razón es la razón interior del iluminado”[25]. A pesar de eso Mañach se sentía —al igual que muchos cubanos— muy atado sentimentalmente al Maestro, pero sabía que la mayoría no lo conocía en su totalidad; aunque por instinto y/o por intuición lo tuviesen siempre presente en sus corazones.

Mañach reconoció que Martí estuvo muy ocupado en cuestiones políticas referentes a organizar una guerra de independencia y esto le restó posibilidad para ser un pensador sistemático (en el sentido de producir una obra no solo de carácter teórico sino también más acabada y orgánica como la de los grandes ideólogos del mundo). Sin embargo, admiró “...en numerosos trabajos suyos donde se ve la potencial envergadura de su pensamiento... cómo acierta también a calar honda y verticalmente la costra de los hechos hasta descubrir su más entrañada significación (...) Y es ese percibir lo que hay al fondo y detrás de las cosas, los alcances de una actitud mental, el linaje y proliferación de un concepto, donde se ve al pensador de raza, para quien las ideas, como para el buen escultor las formas, no valen sino en función de profundidad”[26]. Por eso, a mi modo de ver, el discurso martiano era tan sólido y hermético que no dejaba lugar a la endeblez y dispersión de ideas claves.

Las fuentes teóricas del pensamiento de Martí —según Mañach— fueron: la filosofía estoica clásica y el idealismo romántico del siglo XIX, con sus arrastres de racionalismo dieciochesco. Ambas tendencias dieron espíritu de cuerpo a las dos principales direcciones de su ideología: la ética, identificada con el senequismo tradicional español, y la política, que integró las nociones e ideales del liberalismo romántico francés[27]. Este constituyó, a mi juicio, el texto más teórico de los tres debido al estilo especulativo de su autor.

III


Por su parte, Juan Marinello Vidaurreta (1898 – 1977) —al igual que Mañach— demoró un poco más que Lizaso para publicar su primer trabajo dedicado al Maestro. En 1926, escribió dos textos sobre Martí que vieron
la luz en la prensa nacional: “El Homenaje”[28]; y “Ferrara, Martí y la Elocuencia”[29].

Marinello, que durante su niñez estudió en España (1910 – 1912), fue un discípulo destacado en la Universidad de La Habana donde se doctoró en Derecho Civil (1920) y en Derecho Público (1921). Además, fue declarado Alumno Eminente de la Escuela de Derecho Civil (26 de mayo de 1921), lo cual le valió una beca de viaje para estudiar en la Universidad Central de Madrid, a fines de dicho año. Disfrutó de reconocimiento social durante su vida intelectual como un excelente poeta, ensayista, orador, crítico literario y artístico. Precisamente, uno de los primeros ensayos de crítica literaria que escribió fue: “El poeta José Martí”, el cual sirvió de prólogo al libro: Poesías de José Martí, publicado por la editorial habanera Cultural, S.A. (que dirigía Fernando Ortiz) en 1928. Además de dicho estudio preliminar Marinello realizó la compilación de varios poemas del Maestro y añadió una nota biográfica sobre él y otra de carácter aclaratoria referente a trabajo realizado. 

El 28 de enero de 1929 Marinello —acompañando a su colega y amigo Mañach— dictó sendas conferencias en dos ciudades de tierra adentro: Caibarién y Cienfuegos. En ambas disertaciones se apoyó en los postulados expresados en su obra “El poeta José Martí” cuyos fragmentos reprodujo al mes siguiente en 1929… para completar las tres proposiciones.

Analizando el quehacer martiano Marinello pudo advertir que: “Dos conflictos centrales conmovieron a toda hora la vida de José Martí (…) Fundido en un ministerio amoroso, doliéndole en su espíritu ‘la gran pena del mundo’ y el dolor de cada hombre, le tocó desencadenar sobre su patria infeliz la guerra y la muerte”[30]. Y a continuación acotó: “Estas vertientes de tan violentos y dolorosos declives integran el lecho de su ideario político y estético (…)”[31]. En este sentido —en mi criterio— Marinello se percató de que Martí concebía la guerra de 1895 como necesaria pero también generosa a pesar de que la muerte y el dolor estaban llamados a constituir “… los fatales heraldos del triunfo de u anhelo [redentor]…”[32] De esta forma resolvió Martí el dilema que le embargaba como hombre de su tiempo. Pero Marinello aun estaba por darle solución al suyo y por eso buscaba respuestas en el magisterio martiano.

En Martí a Marinello le atrajo más que la mitificación del prohombre —enarbolada por muchos— el genio natural del hombre —que pocos eran capaces de apreciar— porque a su entender: “(...) Lo que en último término maravilla en [Martí]... no es su obra de escritor, de orador, de poeta, sino la capacidad egregia para adecuar esa obra a la obtención, a la realización práctica, de un ideal que ‘los que no veían el subsuelo’ —que eran todos los cubanos —reputaban quimérico”[33]. Esta idea la retomó años después en su propia praxis social. Años después Marinello también dedicó múltiples trabajos dirigidos a exaltar la grandeza humana e intelectual del Maestro.

IV 

Resumiendo las ideas puestas sobre el tapete en las tres contribuciones de 1929… es menester significar que para Lizaso Martí no solo buscaba la belleza de las cosas que le rodeaban sino también la virtud. Esto se percibe nítidamente en su oratoria fascinante que constituyó un vehículo para exteriorizar su profunda espiritualidad que sigue viviendo en los cubanos de hoy. La propuesta de Mañach consistía, fundamentalmente, en enfatizar la necesidad de descubrir a Martí como pensador independientemente, de analizar su obra a profundidad. Por eso lo siente accesible a todos pese a su estatura universal, egregia y augusta. Y Marinello eligió buscar en Martí lo más profundo de su sentir poético para comprenderlo y estar a la altura humana de él. Resulta muy interesante que Juan haya establecido un diálogo de poeta a poeta, pues la lírica como género literario dejó huellas en él que se perciben a lo largo de su vida intelectual.

Mientras Lizaso señalaba los rasgos más importantes del discurso martiano, Marinello se refirió a la direccionalidad discursiva (su sentido) apuntando no exactamente lo que dijo sino cómo lo dijo para entenderse con sus diversos receptores. Mañach no prestó atención a tal asunto. Además, los tres coinciden al delinear las dos raíces capitales de su extraordinario pensar: éticas y políticas.

En las meditaciones en torno al legado de José Martí, esbozadas por Lizaso, Mañach y Marinello hay asuntos claves tales como: la comprensión de su humanismo, léase también sensibilidad humana incluyendo su sistema de valores: amor, belleza, bondad, virtud, fidelidad, que tipifican su profunda espiritualidad; la valoración de su forma de concebir la Política, entendida como un deber para con la Patria cuyo cumplimiento era necesario porque todo sacrificio en nombre de la libertad es válido; y, por último, su implícita intelección de la Cultura, que —a mi juicio— en su más amplio sentido es la síntesis de ambas cosas y, por consiguiente, la piedra angular de su fecundo pensamiento.

En aquellos tres jóvenes talentosos se evidencia cuál era la visión inicial que tenían de José Martí como figura cimera de nuestra cultura nacional. Y de esta forma Lizaso, Mañach y Marinello —éstos dos últimos poseían las mismas iniciales de su mentor espiritual: J. M.— contribuyeron con sus ideas a la revalorización de la obra martiana durante la vibrante Década Crítica y posteriormente también.



NOTAS

[1] Tomado de: “Directrices... El nuevo Martí”. En: 1929. Revista de Avance, La Habana, Febrero de 1929, Año 3, No. 31, p. 36.

[2] Tomado de: Ídem, p. 36.

[3] Tomado de: Ídem, p. 36.

[4] Marinello, Juan. “Carta a Jorge Mañach [sobre la actitud crítica]”. En: periódico El País, La Habana, 6 de noviembre de 1925, p. 3.

[5] Publicado en: revista El Fígaro, La Habana, 4 de septiembre de 1921.

[6] Publicado en: Revista Bimestre Cubana, La Habana, Septiembre – Octubre 1929.

[7] Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba. Diccionario de la Literatura Cubana. Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana [1980] T. 1, p. 503.

[8] Tomado de: Lizaso, Félix. “Martí o la vida del espíritu”. En: Op. Cit., p. 38. (subrayado de PACH)

[9] Tomado de: Ídem, p. 38. (subrayado de PACH)

[10] Tomado de: Ídem, p. 38.

[11] Tomado de: Ídem, p. 38.

[12] Tomado de: Ídem, p. 39. (subrayado de PACH)

[13] Tomado de: Ídem, p. 39. (subrayado de PACH)

[14] Tomado de: Ídem, p. 39. (subrayado de PACH)

[15] De ahí pasó a laborar como instructor del Departamento de Lenguas Romances en ese centro docente (1920 – 1921).

[16] Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba. Diccionario de la Literatura Cubana. Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana [1984] T. 2, p. 545.

[17] Publicado en: periódico El País, La Habana, 19 de Mayo de 1926

[18] Publicado en: periódico El País, La Habana, 28 de Enero de 1927.

[19] Publicado en: periódico El País, La Habana, 15 de Septiembre de 1929.

[20] Publicado en: periódico Excelsior – El País, La Habana, 1 de Diciembre de 1929. En su columna: “GLOSAS”.

[21] Tomado de: Mañach, Jorge. “El pensador en Martí”. En: Op. Cit., p. 40.

[22] Tomado de: Ídem, p. 40. (subrayado de PACH)

[23] Tomado de: Ídem, p. 41.

[24] Véase: Loc. Cit. (21), p. 41.

[25] Tomado de: Loc. Cit. (21), p. 41

[26] Tomado de: Loc. Cit. (21), p. 42.

[27] Véase: Loc. Cit. (21), p. 62.

[28] Publicado en: periódico Diario de La Marina, La Habana, 28 de Enero de 1926.

[29] Publicado en: Revista Bimestre Cubana, La Habana, Mayo – junio 1926 (a la cabeza del título: De nuestra vida intelectual).

[30] Tomado de: Marinello, Juan. “El poeta José Martí”. En: Op. Cit., p. 44. Fragmento reproducido textualmente del ensayo original de título homónimo

[31] Tomado de: Ídem, p. 44.

[32] Tomado de: Ídem, p. 44.

[33] Tomado de: Ídem, p. 46. (subrayado de PACH)

 

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