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Vivió Martí en tiempos de auge para la
oratoria en Europa y en América, y fue
orador extraordinario, aparte de que una
zona importante de su capacidad creadora
en otros géneros –poesía, novela,
crónicas, cartas-, estuvo siempre
vinculada a su don de elocuencia. El
fenómeno tribunicio, además, le interesó
enormemente como objeto de estudio y
como espectáculo: en Guatemala y en
Caracas dio clases de oratoria,
recordadas con admiración por sus
discípulos, y son incontables, y siempre
animadísimas sus caracterizaciones de
los oradores españoles y norteamericanos
que escuchó. El tema es tan persistente
a través de su obra, que no sería
difícil establecer una martiana "teoría
del orador". No es ese nuestro propósito
en estas páginas, pero sí queremos
señalar algunos puntos esenciales para
comprender la actitud oratoria en Martí.
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Batalla
inmortal
Antonio Ñico |
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De los elementos enumerados por Cicerón
en sus Diálogos del orador
(1), parecen
interesarle especialmente cuatro:
conocimiento de las pasiones,
instrucción universal, dominio del
asunto y dignidad de la vida. Lo primero
lo expresa en sus Notas sobre la
oratoria con estas palabras: "Se tiene
un involuntario respeto hacia el que
penetra en nuestra alma". "El espíritu
humano es la única Retórica que debe
estudiar el orador". De la necesidad de
una instrucción abarcadora, rica en
enlaces y relaciones, dice: "Orador sin
instrucción es palmera sin aire". "El
orador necesita un conocimiento general
de la Historia que prueba, de la
Literatura que ameniza, de las artes que
embellecen, de las ciencias políticas
que fundan". Sobre el dominio del tema
recuerda que "esa seguridad del asunto"
es el "misterio y resorte del éxito e
influencia verdadera de un discurso". En
cuanto a la dignidad de la vida –la
tesis clásica del vir bonus,
acogida por Quintiliano
(2) como requisito
indispensable-, no hay que decir que de
ella hacia Martí depender la virtud de
la elocuencia. Así en el ensayo sobre
Wendell Phillips escribe: "Un orador
brilla por lo que habla; pero
definitivamente queda por lo que hace".
De Ignacio Agramonte dice: "Tenía la
única elocuencia estimable, que es la
que arranca de la limpieza de corazón".
Y en su discurso del 10 de octubre de
1890: "Las palabras deshonran cuando no
llevan detrás un corazón limpio y
entero. Las palabras están demás cuando
no fundan".
Pero hay rasgos más específicos en su
concepción: uno es el ardor, otro la
elocuencia como arma del héroe. Ambos
están, desde luego, ligados. En las
Notas aludidas insiste en la condición
ardiente de la expresión oratoria.
Verdad que siempre el ardor es
característico de su prosa y de su
verso, que su palabra vive siempre en
una temperatura muy superior a la común.
Desde esa temperatura, normal en él, nos
dice que la oratoria "es la ardiente
manera de expresar", que el orador es
"el hombre virtuoso, instruido que
expresa ardientemente la pasión". De
esta concepción procede la forma de los
discursos de Martí. En vano buscaremos
en ellos las partes que tradicionalmente
se atribuían a la pieza oratoria:
exordio, proposición, división,
narración, confirmación, refutación,
peroración. Sus discursos, mezcla de
inmensos períodos y sentencias
aforísticas, tienen la forma libre de la
llama. No podrá alabarse en ellos la
composición arquitectónica, ni el tipo
de armonía, elegancia y majestad que
alobó Sanguily en los discursos de
Montoro
(3), su perfecta
antítesis en política y en oratoria;
pero siempre podrá decirse de su palabra
lo que dijo él de Bolívar: "Quema y
arroba". Y ese ardor, desde luego, no es
un fin en sí mismo, quiere encender a
los hombres con su fuego apostólico,
porque brota del volcánico seno de una
conmoción histórica, del agravio secular
a la dignidad humana que en él hace
crisis. En el ensayo sobre Wendell
Phillips escribe: "La Tierra tiene sus
cráteres; la especie humana, sus
oradores. Nacen de un gran dolor, de un
gran peligro o de una gran infamia". Y
más adelante: "La fuerza oratoria, como
la fuerza heroica, está esparcida acá y
allá por los pechos de los hombres". He
aquí ya establecido el vínculo que
presentíamos: el sentido heroico y
redentor de su oratoria, destinada, no a
las lides parlamentarias y académicas,
sino a la orientación de un pueblo en el
destierro. Por eso dice Unamuno: "Su
estilo era un estilo profético, bíblico,
hablaba mejor, mucho mejor como Isaías
que como Cicerón".(4)
Su primer arranque oratorio se produjo
ante el tribunal militar que lo condenó
a presidio. En España habló en reuniones
y logias de Madrid y en el Teatro
Principal de Zaragoza; en México, en un
congreso obrero y en varias sociedades
literarias, conservándose testimonios
del efecto de su intervención, en un
debate sobre espiritualismo y
positivismo, ocurrido en el Liceo
Hidalgo el 7 de abril de 1875. En
Guatemala mereció el apodo de Doctor
Torrente, por la afluencia y facundia
que lo caracterizaban. Pero fue en La
Habana, durante su estancia después del
Pacto del Zanjón, donde pronunció los
primeros discursos que entusiasmaron a
los cubanos y lo descubrieron como un
guía político y espiritual.
La calidad de su palabra, en efecto, se
revela en el sepelio del poeta Alfredo
Torroella, consagrándose en la velada
que el Liceo de Guanabacoa dedica unos
días después –el 28 de febrero de 1879–
a la memoria del infortunado poeta. La
índole de esta segunda pieza, única que
se conserva, no aconsejaba la
manifestación de criterios políticos. El
discurso, sin embargo, está preñado de
alusiones patrióticas y caldeado
interiormente por una impaciencia, un
fervor, un fuego cubano que no pasó
inadvertido y fue sin dudas una de las
causa del clamoroso éxito. Una semana
después participa Martí en los debates
que venían celebrándose en el Liceo
sobre "El idealismo y el realismo en el
Arte". El solo anuncio de su
participación basta para colmar hasta el
patio de la casona. Como dice Jorge
Mañach, Martí "había estrenado en Cuba
un modo de oratoria distinto del usual:
una elocuencia nerviosa, brillante,
difícil y embriagadora"(5)
Pero la pieza decisiva, la que abre como
un rasgo incandescente su ejecutoria de
orador político, es el brindis
pronunciado en el banquete que el
Partido Liberal ofreció el 21 de abril
de 1879 al periodista Adolfo Márquez
Sterling. Se trata de un acto de
perfiles cívicos. Aquí no ha de ser
inoportuna –aunque si temeraria, por la
vigilancia española y el sesgo
ideológico de los autonomistas que
ofrecen el homenaje– la definición de
criterios políticos. Y la definición es
dramática, tajante. Si la política
cubana ha de ser profunda, amplia,
nacional, desinteresada, altiva y
heroica, él brinda por la política
cubana:
Pero si entrando por senda estrecha y
tortuosa no planteamos con todos sus
elementos el problema, no llegando, por
tanto, a soluciones inmediatas,
definidas y concretas: si olvidamos,
como perdidos o deshechos, elementos
potentes y encendidos; si nos apretamos
el corazón para que de él no surja la
verdad que se nos escapa de los labios;
si hemos de ser más que voces de la
patria, disfraces de nosotros mismos; si
con ligeras caricias en la melena, como
de domador desconfiado, se pretende
aquietar y burlar al noble león ansioso,
entonces quiebro mi copa; no brindo por
la política cubana.
Aparte de la fuerza y la belleza del
brindis, todo el acto tuvo un valor
simbólico que los espectadores de
aquella noche no pudieron apreciar,
porque les faltaba un dato fundamental:
saber quién era realmente José Martí,
que se presentaba como un joven
avasallador pero casi desconocido, sin
representación visible de ningún
partido, oscuro y febril, frente a la ya
imponente figura, llena de reposo,
armonía y prestigio, de don Rafael
Montoro. Las dos grandes personas
emblemáticas de la política y la
oratoria cubanas, en plena juventud, se
enfrentaban aquella noche de un modo
inesperado e indescifrable para ellos
mismos. Es este uno de esos raros
momentos en que la realidad se detiene
cargada de sentido y nos ofrece una
ilustración viva, tanto más
impresionante cuanto menos preparada y
consciente, de la historia de las ideas
y la batalla de los destinos.
A propósito de este encuentro con
Montoro, siempre nos ha parecido
notable, cuando no escandaloso, que en
el estudio de Manuel Sanguily Los
oradores de Cuba, publicado primero
en La Revista Cubana (número de
mayo, junio y julio de 1886) y recogido
después en libro, solo figure la
siguiente mención ocasional de José
Martí:
En tales circunstancias reapareció en
Cuba el Sr. Piñeyro. Su primera
conferencia fue pronunciada en el Liceo
de Guanabacoa, donde habían ya hablado
otros, y sobresalido el Sr. D. José
Martí (que vive ahora en Nueva York) por
su talento, su fantasía inagotable, su
originalidad enfermiza, su estilo
artificioso, y su lamentable cultismo.(6)
Dedicado a la oratoria cubana de 1868 a
1886, no hay ningún motivo válido para
que no se estudie allí, siquiera
provisionalmente, y aunque Sanguily no
lo hubiese oído nunca en persona, al
primer orador de la emigración, que en
la fecha que cierra el estudio había
publicado ya el discurso homenaje a
Alfredo Torroella en el Liceo de
Guanabacoa (1879) y la Lectura de
Steck Hall (1880), sin contar sus
discursos no publicados, como los de
México y Guatemala, el del sepelio de
Torroella, sus intervenciones en el
debate sobre Idealismo y Realismo en el
Arte, el brindis contra el autonomismo,
el elogio del violinista Rafael Díaz
Albertini, el discurso sobre los dramas
de Echegaray y sus oraciones en el Club
de Comercio de Caracas (1881), ciudad
donde dictó inolvidables clases de
elocuencia, todo lo cual ya le había
dado fama de orador insólito y
arrebatador, fama que no pudo ignorar
Sanguily, tan atento a los avatares de
la palabra pública, y en cuyo libro, por
otra parte, no falta un solo abogado
autonomista. Pero es precisamente el
gusto de estos (que lo llamaron
"metaforista delirante", "histérico
pictórico", "desequilibrado" y
"cerebral"),(7)
el que lo lleva a calificar la
originalidad de Martí de "enfermiza", su
estilo de "artificioso" y de
"lamentable" su cultismo.
Muchos años después, ya en la República
según el testimonio de su hijo en el
prólogo al citado libro, Sanguily se
proponía completarlo con cinco
capítulos, el primero de los cuales se
dedicaría a Martí y el último a Antonio
Sánchez Bustamante, su adversario en el
famoso debate sobre el Tratado de
Reciprocidad, a quien ya había
calificado de "príncipe de la palabra".
Por las declaraciones de su hijo,
tenemos la impresión, tal vez inexacta,
de que este último estudio sería el más
importante de los añadidos, repitiéndose
en Sanguily, frente al defensor de los
intereses norteamericanos en Cuba, la
fascinación que en él había ejercido el
principal aliado de los intereses de
España en Cuba. El propio don Manuel en
un artículo publicado en El Teatro
el 15 de diciembre de 1912, relatando
una entrevista en la que Díaz Silveira
le comunicaba impresiones personales de
Martí, nos dice: "le acosé a preguntas
sobre la voz, la manera de hablar, el
acento, la expresión, cuánto pudiera
hacerme evocar, como si dijéramos, al
orador en acción, ya que había yo leído
los discursos suyos, muy pocos en
números, que en pequeños opúsculos se
imprimieron en Nueva York"
–haciéndome
el efecto de que todavía buscaba el
secreto de aquel hombre al que no pudo
menos que admirar, pero al que nunca
comprendió plenamente.
El caso se agrava cuando consideramos el
ensayo que Sanguily dedicó a don Rafael
Montoro en 1894, fecha en que ya se
conocían todos los discursos magnos de
José Martí, en opúsculos que, según
acabamos de ver, don Manuel había leído
oportunamente. Este ensayo se publicó
primero en Hojas literarias y
forma la segunda parte de Los
oradores de Cuba en la edición de
1926. Nos asombramos de leer allí
juicios como este: "Entre los mejores de
España sería difícil asegurar que alguno
le supera en absoluto, y mientras Cuba
no ha producido otro de tan altas
facultades, la América Latina no puede
enorgullecerse con ninguno que se le
compare". Es decir, que en 1894 el autor
de las piezas conmemorativas del 10 de
octubre, de Con todos, para el bien
de todos, de Los pinos nuevos,
de la Oración de Tampa y Cayo Hueso
y de los discursos sobre América,
Heredia y Bolívar no podía siquiera
"compararse" con el conferencista de
La Música ante la Filosofía de Arte,
cuya grandeza tribunicia, por lo demás,
no pretendemos disminuir. A juicio de
Sanguily, el párrafo final de esta
disertación solo era parangonable con la
de Enrique Piñeyro, Dante y la Divina
Comedia. "Fuera de esta
reminiscencia –escribe- no creo que
nadie en lengua castellana haya
pronunciado párrafo ninguno, no digo
superior, que pueda siquiera
comparársele airosamente."(8)
Pero no era solo la oratoria lo que
Sanguily admiraba tan descomedidamente
en Montoro. Era, también, a pesar de la
discrepancia ideológica fundamental, la
figura política y humana. Cuando,
refiriéndose al período que se abre con
el Pacto del Zanjón, escribe Sanguily:
"¡ah! un hombre, no obstante, el único
probablemente, ve a lo lejos el día de
la gloría", y todo el ditirámbico
párrafo que sigue, nos asombra comprobar
que no está hablando de Martí sino de
Montoro.(9)
De hecho Martí permaneció públicamente
ignorado por los próceres del
pensamiento y la palabra separatista
hasta después de su muerte, y algún día
habrá que estudiar todo el alcance de la
escisión entre la Cuba isleña, dominada
culturalmente por el signo autonomista y
la Cuba de la emigración y de Martí.
Después de su muerte cuando ya era
evidente y abrumadora la grandeza de su
obra revolucionaria, y al contacto
íntimo con las emigraciones, surgieron
los elogios póstumos de Manuel de la
Cruz, Varona y Sanguily. En el discurso
de este sobre Céspedes y Martí
pronunciado en Chickering Hall el 10 de
octubre de 1895, aunque habla de "su
peculiar pero altísima oratoria" (elogio
en que va la reserva) y declara que no
ha podido leer la Oración de Tampa y
Cayo Hueso "sin emoción
extraordinaria", todo el fuego de su
alabanza se dirige hacia la obra de
Apóstol patriótico de Martí. Pronunciado
a los pocos meses de su muerte en pleno
fragor de la lucha, es comprensible que
este discurso sea mucho más un arma de
combate que un análisis integral de la
figura. Y su evocación de las predicas
de Martí en los aniversarios del 10 de
Octubre nos compensa un poco la brevedad
del espacio que en conjunto le dedica:
"Cada nuevo aniversario –dice- volvían a
congregarse los escasos iniciados para
oír la palabra fortificante, como las
primeras comunidades cristianas
dispersas por la Siria para escuchar las
admoniciones de su apóstol, y esperar y
confiar. Y aquel cubano insigne, como el
enérgico y ubicuo San Pablo, acudía a
donde quiera que pudiese encontrar
hombres fuertes que lo secundaran o
desalentados a quienes fortalecer y
reanimar, y después de peregrinar por el
continente, siempre infatigable y
siempre esperanzado, convocó a los más
humildes para predicarles la buena
nueva". Es muy significativo que incluso
en este discurso, pronunciado en el seno
de la emigración en octubre de 1895, el
mismo año en que el Partido Autonomista
se manchó definitivamente con su
vergonzoso Manifiesto al pueblo de
Cuba, apoyado en su indiscutible
autoridad e integridad revolucionarias
pero también en el enorme influjo
cultural que en él y en otros
separatistas de formación isleña
ejercieron los hombres del Partido de
Montoro, se atreva Sanguliy a declarar
que "el factor más poderoso de la
Revolución, bien que partiendo de
principios opuestos a los que inspiraban
a los conspiradores cubanos, y con
tendencias muy diversas, el auxiliar más
eficiente de la propaganda apostólica de
Martí –y no os asombre como una novedad
lo que testifican la razón y los hechos
históricos- fue sin duda la constante y
magnífica propaganda autonomista", y
asegurar nada menos que: "Partido de
oposición, el Partido Autonomista ha
sido también y muy esencialmente un
partido revolucionario".(10).
Por segunda vez, en su discurso José
Martí y la Revolución cubana
pronunciado en Chickering Hall el 19 de
mayo de 1896, intenta Sanguily hacerle
justicia, sin lograrlo cabalmente.
Cierto que hay en su elogio pasajes de
esta elocuencia: "Extendió la diestra
débil y delicada en que no vibraba el
acero teñido de sangre, y en el silencio
y las sombras de la colonia vigilada e
inerme, brotaron de la tierra, como los
guerreros de la leyenda griega, legiones
animosas de héroes resueltos al último
combate. Quien parecía estar solo ha
roto el equilibrio general del comercio,
ha puesto en peligro una monarquía
desdeñosa y opresiva"... etcétera. Sin
embargo, la figura aparece como en el
discurso anterior, limitada al aspecto
político más inmediato y las palabras de
Sanguily sobre la oratoria martiana,
demasiado apresuradas e insuficientes,
aunque retóricamente hermosas, dentro
del gusto de la época, no pueden desde
luego compararse con la minuciosa
atención prestada a la oratoria de
Montoro. Después de referirse a algunos
momentos cruciales del periplo martiano
–su prisión, su destierro, el episodio
de la carta de Collazo, la fundación del
Partido Revolucionario, su muerte-, se
enfrasca Sanguily en una larga
disquisición sobre las causas de la
guerra contra España, que ocupa más de
la mitad del discurso, y en el que por
cierto no predominan las ideas ni mucho
menos el tono de Martí, quien nunca
hubiese hablado del pueblo español, como
de "un pueblo fetichista y estúpido"
(muy por el contrario dijo: "el sobrio y
espiritual pueblo de España"), ni
seguramente hubiese compartido el juicio
de que "ni con un solo libro grande y
original ha contribuido el esfuerzo
mental de los españoles al acervo común
de la cultura humana", ni el desdén con
que se refiere Sanguily a la "lengua de
Cervantes, que no escribió más que
versos y novelas" o a la "lengua de
Calderón que no fue un poeta místico y
verboso", ni desde luego el autor del
Manifiesto de Montecristi hubiese
pronunciado nunca en la tribuna cubana,
precisamente por serlo, estas palabras,
de indudable elocuencia: "Porque en
castellano nos han martirizado y en
castellano los maldecimos", ni hubiese
dicho del soldado español que constituía
"una fauna prehistórica de bestias
carniceras",(11)
sino que en cada caso hubiese
puntualizado, encauzando la ira a través
de la justicia. Estos desaforados
juicios, que se llevaron al terreno de
la crítica literaria sistemática, de lo
que es máximo ejemplo. La
sensibilidad en la poesía castellana
de Nicolás Heredia, pueden justificarse
por la pasión enconada de aquellos años,
pero no puede decirse que exista en
ellos ni una gota de influjo martiano,
aunque sus mantenedores no llevasen en
el cuerpo desde la adolescencia, como
Martí, las cicatrices causadas por la
infamia española. Por lo demás, en el
caso de Sanguily, tanto odio a España en
la carne de su pueblo ignorante y en el
alma de sus mayores glorias literarias,
no se compadece con tanto respeto y
devoción hacia el más típico fruto del
Ateneo de Madrid, don Rafael Montoro.
¡Qué lejos, toda esta ferocidad oratoria
del espíritu martiano!
En cuanto al discurso de Sanguily
pronunciado el 12 de agosto de 1901 en
el Teatro Nacional como ofrenda a la
madre de Martí, en función de
beneficencia, da la impresión de una
pieza retórica de compromiso, de la que
solo retenemos, como líneas de fuego,
estas nobles, exactas y siempre
oportunas palabras: "él, que vivo hizo
más, con su palabra y con su ejemplo,
que todos nosotros, y que muerto vale
más y es más en justicia que cuantos le
hemos sobrevivido".(12)
¡Bravo don Manuel, en fin de cuentas!
¡Quizá solo él, tan huraño en el fondo,
tan reacio a entregarse a los de su
misma cuerda (Manuel de la Cruz o José
Martí), hubiese podido encontrar
semejante sentencia: "que muerto vale
más y es más en justicia que cuantos le
hemos sobrevivido". Lo que nos recuerda
la frase de Eduardo Dolz, quien
resumiendo la opinión de Montoro,
Figueroa, Fernández de Castro y los
demás jóvenes diputados autonomistas, le
decía a Julio Burell en Madrid: "Ese
pobre Martí es un hombre muerto".(13)
¿No lo diría el propio Martí: "yo que
vivo, aunque me he muerto"? Muerto para
el mundo razonable de los autonomistas,
muerto para la felicidad, muerto para el
odio, vivo solo para el sacrificio que
lo llevaba inexorablemente a la muerte,
qué profunda intuición la de Ezequiel
Martínez Estrada cuando nos dice:
"Parecería, durante el itinerario de
Montecristi a Dos Ríos, que Martí
hubiese olvidado su misión, sus
preocupaciones obsesivas; parecería que
sus afanes han concluido, que obtuvo su
aspiración, y es porque está realizando
lo que juzgó casi imposible –un sueño-
¿o porque está muerto?" Y cuando añade:
"Esta es la impresión que muchas veces,
intencionalmente, nos comunica el
Diario. Por ejemplo: la recepción en
casa de don Jesús, de noche, llena la
casa de flores y adornadas con ellas las
hijas, como en una capilla ardiente; y
la procesión nocturna, con hachones y
con velas".(14)
Sí, hubo siempre en él intensificándose
en los finales, esa condición que
despectivamente le atribuían los
autonomistas, de hombre muerto, y por
eso la palabra de sus discursos tiene
esa fuerza sobrehumana que nos llega
como desde otro plano, y por eso, porque
vivió, habló y actuó tan prodigiosamente
como si estuviese muerto, en la muerte
vale y es, como dijo don Manuel
Sanguily, en justicia, más que nosotros.
Poco después de su llegada a Nueva York
en enero de 1880, inició Martí su labor
revolucionaria entre los emigrados, con
el discurso de Steck Hall. Este
discurso, que en realidad fue una
lectura de dos horas de duración, es el
primer examen a fondo de las causas y
objetivos de la guerra que se prepara.
No resulta difícil imaginar el asombro y
el entusiasmo que produjo, por la
penetrante claridad de sus razones y la
tumultuosa belleza de su forma. Pero
seguramente más aun por el tono
arrasador, profético y apostólico de
aquel predicador que venía "a animar con
la buena nueva la fe de los creyentes".
En primer término, interesa a Martí
establecer la continuidad profunda con
la guerra del 68: halago noble a los
veteranos de la emigración y creencia
suya en las leyes de la justicia
histórica, que en él tiene dimensión
trascendente, pues abarca los reinos de
lo visible y lo invisible. Así exclama:
"¡Ni era posible que muriesen, de tan
oscura muerte, tales hombres y sucesos
tales!" O bien: "Tales recuerdos no
podían morir". Y después, como resumen
sobrepasador de toda mera casualidad
histórica, esta frase tremenda: "Y los
muertos entonces cobran forma". No es ya
solo, como dirá años más tarde a
propósito de los estudiantes fusilados,
que "los muertos son las raíces de los
pueblos, y, abonada con ellos la tierra,
el aire nos lo devuelve y nutre de
ellos", sino que la coherencia de la
acción heroica les impide regresar a lo
informe, a lo inútil y sin sentido. La
búsqueda de la forma, de la coherencia,
del sentido, es lo que centralmente
aporta Martí a la oscura inquietud de
las fuerzas que se mueven en Cuba y en
la emigración. Por eso este discurso no
es solo una prédica exaltada, sino
también –y de aquí su carácter híbrido-
una primera configuración política, y
aún filosófica, del hecho revolucionario
cubano. Por eso, junto al reiterado
ataque a la "urbana y financiera manera
de pensar" de los autonomistas, junto a
la exaltación de las energías radicales
y puras del país, llega en seguida el
reclamo de la unidad de los pobres y los
ricos, de los blancos y los negros, la
unidad inclusive de las potencias
enemigas que batallan en el hombre: la
reflexión y el entusiasmo; y no tarda en
subir, sin esfuerzos, al plano de las
grandes intuiciones morales: "Creemos y
sabemos que la naturaleza humana, mala
por accidente y por esencia noble". Lo
que pudiéramos llamar su optimismo
doloroso y trascendente, síntesis de los
contrarios que trabajaron su alma hasta
el final, se manifiesta ya con lucidez
en este discurso: la fe en la naturaleza
humana, que tanto lo hizo sufrir; la
utilidad de la virtud: "Solo las
virtudes producen en los pueblos un
bienestar constante y serio"; el sentido
compensatorio del sacrificio: "A muchas
generaciones de esclavos tiene que
suceder una generación de mártires".
Incluso apunta su constante idea de que
la vida buena nos salva de la serie
purgativa de las vidas, al decir: "¡Se
sale de la tierra tan contento cuando se
ha hecho una obra grande!". En la
crónica sobre Emerson dirá: "Va a
reposar, el que lo dio todo de sí, e
hizo bien a los otros. Va a trabajar de
nuevo, el que hizo mal su trabajo en
esta vida".
El defecto de este primer discurso en
los EE.UU., es precisamente su exceso,
la plétora de asuntos, ideas y
sentimientos. Se ve que Martí quería
volcar en una sola pieza el cúmulo de
meditaciones que había atesorado en sus
años de destierro; que quería decirlo
todo de una vez: lo que pensaba de los
autonomistas, de España, de Cuba, de
América, de EE.UU., de la necesidad de
encauzar las fuerzas violentas de la
Revolución, de las diferencias de clase
y de raza, del llamado "peligro negro",
contra el que se alzó enérgico y
amoroso; lo que pensaba, en fin, de los
temas eternos del hombre: la
consistencia moral, el sentido del
sacrificio. Y todo ello en un acto cuyas
pretensiones no iban más allá de la
propaganda para una guerra destinada al
fracaso, por la mala organización
económica y militar, pero, sobre todo,
por La insuficiente preparación
ideológica del país. Cuando ya el
fracaso es inocultable, cuando el
general Núñez, último en rendirse,
reclama instrucciones del Comité de
Nueva York, Martí le escribe una carta,
en la que se trasluce la experiencia que
de todo este episodio ha sacado, la
experiencia de la inmadurez y la
impreparación en que no es posible
reincidir, la lección, también, de las
intrigas y ruindades que durante 15 años
tendrá que batallar.
De todos modos la Lectura de Steck
Hall, a más de un discurso de enorme
aliento y pasajes bellísimo, es un
documento político donde se bosquejan
las ideas maestras que van a ser fijadas
en el Manifiesto de Montecristi.
Aunque se trataba de "dar matiz y forma
a un movimiento que no era posible ya
impedir", Martí hecha también las bases
ideológicas del movimiento definitivo
con que sueña. Esas bases pueden
sintetizarse así: Revolución popular,
democrática, sin distingos rencorosos de
clases ni raza, enemiga por la raíz de
la violencia oscura y desbordada tanto
como del caudillismo militar o político,
pues "el pueblo, la masa adolorida es el
verdadero jefe de las revoluciones".
Cuando, cuatro años más tarde, Gómez y
Maceo inician otro movimiento
insurreccional de rasgos militaristas, y
sin fundamento bastante en el país,
Martí ya tiene suficiente experiencia y
autoridad para negarles su concurso.
Escribe entonces la memorable carta de
20 de octubre de 1884 al general Gómez:
"Un pueblo no se funda, general, como se
manda un campamento". Firme en su
actitud, un año después declina la
invitación que le hacen los emigrados de
Filadelfia para conmemorar el 10 de
Octubre. No podemos comentar aquí esa
importantísima carta a I. A. Lucena, en
la que brillan conceptos perennes sobre
el sentimiento cubano y americano de
libertad. La recordamos ahora sólo para
que se vea cuán inflexibles, a la vez
que matizados, eran los escrúpulos de
Martí. Se niega a pronunciar la oración
patriótica "porque reunidas en una la
conmemoración del 10 de octubre y el
acto político que en estas
circunstancias va envuelto en ella,
parecería hoy parecerá mañana que yo
había aprobado con mi presencia en él
aquello mismo que por la salud de mi
patria condeno. O si tomase parte en él,
tendría que explicar esta posición
personal mía, lo que sería indigno de la
majestad del acto". ¡Cuántos
miramientos, cuánta respetuosa y
minuciosa delicadeza, sin mengua de la
virilidad de una actitud que pudo
costarle a Martí, de triunfar los planes
que en aquellos momentos fraguaban Gómez
y Maceo, la exclusión de un suceso
capital en la historia de Cuba: es
decir, nada menos que la frustración de
su destino!
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Después de varios años de retraimiento,
al fin se dirige Martí a los cubanos en
la conmemoración de 10 de octubre de
1887, en el Masonic Temple de Nueva
York. Y éste si es ya un discurso típico
suyo, sin mezcla ni exceso de asuntos,
concebido como en un rapto y de una sola
pieza, en torno a la idea obsesiva de la
patria. El sustento ideológico, depurado
en sus líneas esenciales, procede entero
de su temor a las acciones prematuras,
al caudillismo sin freno y a un nuevo
peligro que ya se perfila, el de las
"esperanzas cobardes de ayudas extrañas
-peligrosas e imposibles". Sobre esta
renovada amenaza del anexionismo su
opinión es concluyente. Refiriéndose a
la experiencia de veinte años de
emigración, exclama:
¡Aquí en el conflicto diario con el
pueblo de espíritu hostil donde nos
retiene, por única causa, la cercanía a
nuestro país, hemos amontonado, y son
tantas que ya llegan al cielo, las
razones que harían odiosa e infecunda la
sumisión a un pueblo áspero que necesita
de nuestro suelo y desdeña a sus
habitantes!
Exalta las virtudes de la emigración,
pero no para deprimir las del pueblo de
la Isla, sino para que todos se sientan
hermanos, incluso los tibios o
indecisos, incluso los que no piensan
como él pero son capaces de servir a la
patria "con aquel supremo sentido de la
justicia que puede únicamente equilibrar
en lo futuro tenebroso el resultado
natural de las injusticias supremas".
Siempre el equilibrio y la previsión en
medio de la llama. ¿Quién más apasionado
que él? ¿Y quién más equilibrado en sus
juicios, en la mirada que quiere
siempre, ávida y justa, abarcar todos
los factores? En mil formas advierte:
"Precipitar ¿cuándo fue salvar?"
Encarece los beneficios de la espera, de
la maduración histórica. No se ocupa él
en llevar a Cuba "invasiones ciegas, ni
capitanías militares, ni arrogancias de
partido vencedor, sino en amasar la
levadura de República que hará falta
mañana". Su tarea no es agitar ("agitar,
lo pueden todos") sino encauzar y
prever. Su obra es "la recomposición de
los elementos históricos" de la Isla,
"la preparación de la guerra posible",
el enfrentamiento de los impacientes y
temerarios, la obediencia, sobre todo, a
la voluntad del país. Con exquisita
ponderación advierte que no basta que el
país "necesite" la conmoción, "sino que
la desee". En esta actitud de servicio,
de desprendimiento absoluto, llega a
decir: "si otra solución política fuera
superior a la nuestra". "¡Lo que importa
no es que nosotros triunfemos, sino que
nuestra patria sea feliz!" Toda la pieza
esta dedicada a rendir tributo de
adoración a la idea, el sentimiento y la
imagen de la patria; y aunque nos habla
de las virtudes del estadista –y es lo
cierto que él las tuvo en alto grado, y
en este propio discurso se evidencian-
la patria aquí se nos aparece como la
revelación de un visionario, de un
hombre que se halla poseído por el rapto
poético y sagrado. "Sus ojos –dice- como
los ojos de un muerto querido, nos
siguen por todas partes". Y enseguida el
pasaje bellísimo:
Cuando el sol brilla para todos, menos
para nosotros; cuando la nieva alegra a
todos, menos a nosotros; cuando para
todos menos para nosotros, tiene la
naturaleza cambios y fragancias, -un
aire sutil viene por sobre el mar,
cargado de gemidos, a hablarnos de
dolores que todavía no han logrado
consuelo, de vivos que desaparecen en el
misterio, de derechos mutilados, más
tristes de ver que los mismos hombres
muertos. El alma no duerme, ni sabe del
día: ásperos, y como soldados sin armas,
salen de la mente, llenos de vergüenza,
los pensamientos. ¿Qué importa el sol?
¿Qué importa la nieva? ¿qué importa la
vida? La patria nos persigue, con las
manos suplicantes: su dolor interrumpe
el trabajo, enfría la sonrisa, prohíbe
el beso de amor...
Y al final, cogido otra vez por la
misteriosa música, en uno de los
arranques más imponentes y desgarrados
de su oratoria:
Dicen que es bello vivir, que es grande
y consoladora la naturaleza, que los
días, henchidos de trabajos dichosos,
pueden levantarse al cielo como cantos
dignos de él, que la noche es algo mas
que una procesión de fantasmas que piden
justicia, de mejillas que chispean en la
oscuridad, de hombres avergonzados y
pálidos. Nosotros no sabemos si es bella
la vida. Nosotros no sabemos si el sueño
es tranquilo. ¡Nosotros no sabemos
sacarnos de un solo vuelco el corazón
del pecho inútil, y ponerlo a que lo
guíe, a que lo aflija, a que lo muerda,
a que lo desconozca la patria!
He aquí ya, junto al pathos
visionario y apostólico, la vocación
prometeica que rompe los bordes
armoniosos del discurso y lo lanza a
otra dimensión trágica, como a la playa
abrupta del sacrificio.
Pero este discurso, como los otros que
pronunció en sucesivas conmemoraciones
del 10 de Octubre, renovando siempre el
prodigio de su catártica elocuencia, es
todavía un discurso de prédica y
avivamiento, no de llamada inminente a
las filas. Como en torno a una hoguera
en medio de la nieve, que concentraba en
sus nocturnas, ávidas, alucinantes
llamas toda la luz y el calor de la isla
añorada, se reunían anualmente los
cubanos emigrados, a pesar de las
intrigas y ruindades, con el instinto de
los desdichados que buscan el sentido de
su dolor y de su invencible esperanza,
en torno a las oraciones patrióticas y
sacras de Martí. Evitar la dispersión y
el desaliento, mantener vivo el fervor,
articular las altivas y confusas
aspiraciones en un credo republicano de
profundas raíces morales: tales eran los
objetivos básicos de aquellos discursos,
que además tenían la virtud de despertar
a muchos hombres y mujeres, humildes o
pudientes, a lo mejor de su naturaleza.
A aquellos discursos de asunto
específicamente revolucionario es
preciso sumar otros que, como el
dedicado a Heredia y el dirigido a los
delegados de la Conferencia
Internacional Americana, ambos de
finales de 1889, están preñados de
alusiones al destino de Cuba y América.
En el de Heredia quisiéramos destacar
uno de los más hermosos ejemplos del
anticausalismo, de la fuerza de
irrupción y salto poético, típicos de la
ideación y el estilo martiano. Mientras
el evolucionismo dialéctico de Montoro
se refleja elocuentemente en las formas
armoniosas y progresivas de la oratoria,
el separatismo, el independentismo
radical de Martí está presente en el
pathos del impromptu y rapto de sus
discursos, fundados en una movilidad
espiritual incesante, en una
originalidad absoluta, en una invención
perenne. Así en el homenaje a Heredia,
pieza en que se funden la justicia y la
misericordia, en medio de la bellísima
evocación de los estudios infantiles del
poeta, dirigidos sabiamente por su
padre, cuidados amorosamente por su
madre, tan distintos de aquellos que
hicieron los que, según dice Martí
aludiendo quizá a su propia infancia,
"han tenido que componer sus primeros
versos entre azotes y burlas, a la luz
del cocuyo inquieto y de la luna
cómplice", de pronto hay un cambio de
tono, de registro en la voz y la
intención, y ya no son el padre y los
amigos del niño Heredia los que se
preguntan estupefactos "quién era aquél,
que lo traía todo en sí", sino el propio
Martí, que enfrentándose al prodigio
como en un ámbito poético, como en una
escena imaginaria, simbólica y fabulosa,
le pregunta directamente y sin
transición lógica: "Niño ¿Has sido
Ossián, has sido Bruto?" Y cómo olvidar
la semblanza del que fue llamado por su
mejor amigo, en el trance amargo de la
claudicación política, "ángel caído", y
al que Martí levanta, sin un reproche,
de la antesala de un alguacil habanero,
alzándolo en sus piadosas palabras como
a un hermano vencido por la enfermedad y
el infortunio: "y allí estaba, sentado
en un banco, esperando su turno,
transparente ya la mano noble y pequeña,
con la última luz en los ojos, el poeta
que había tenido valor para todo, menos
para morir sin volver a ver a su madre y
a sus palmas".
Ligada a la prédica revolucionaria
estaba la exaltación de nuestro primer
poeta civil, porque "todo el que sirvió,
es sagrado". Pero Heredia no era sólo
para Martí el poeta de Cuba sino también
el primer poeta de América, y en su
profundo acierto crítico, en su
intuición de lo herédito –"ese
movimiento a la vez arrebatado y
armonioso, ese lenguaje que centellea
como la bóveda celeste, ese período que
se desata como una capa de batalla y se
pliega como un manto real", pero sobre
todo ese "modo de disponer como una
batalla la oda"- descubre la raíz
americana y bolivariana de la poesía de
Heredia, que supo poner en sus versos,
mejor que Olmedo –aunque este cantó
mejor a Bolívar- "la sublimidad, pompa y
fuego de la naturaleza". Y la prédica
revolucionaria de Martí no puede
entenderse cabalmente si no se la sitúa
en el contexto de su concepción de la
historia y el destino de América. Fuerza
es, pues, referirnos también al discurso
pronunciado en la Sociedad Literaria
Hispanoamericana el 19 de diciembre de
1889, dirigido a los delegados de la
Conferencia Internacional, sobre la que
tan lúcidas, previsoras y amargas
crónicas escribió, y de cuyas angustias
y agonías continentales iba a saltar,
como una chispa de oro consolador, el
milagro de los Versos sencillos.
Este breve, intenso, sintetizador,
fulminante discurso, es uno de los
prodigios de su palabra: no ya
específicamente de su oratoria, sino de
su palabra, pues en él se funden
indisolublemente el estilo del discurso
y el estilo de la crónica. La capacidad
de imaginización, de resolver en rápidas
imágenes y escenas inolvidables la
historia paralela de las dos Américas,
la maestría y gracia verbal, llegan en
esta página a un grado incomparable. Si
la cita de un pasaje cualquiera no es
arrasadora para el lector o el oyente,
el comentario nada puede añadir. Veamos
el memorable resumen que hace Martí del
proceso histórico de la formación de los
EE.UU., desde el Mayflower hasta
Lincoln:
Viene, de fieltro y blusón, el puritano
intolerante e integérrimo, que odia el
lujo, porque por él prevarican los
hombres; viene el cuáquero, de calzas y
chupa, y con los árboles que derriba,
levanta la escuela; viene el católico,
perseguido por su fe, y funda un Estado
donde no se puede perseguir por su fe a
nadie; viene el caballero de fusta y
sombrero de plumas, y su mismo hábito de
mandar esclavos le da altivez de rey
para defender su libertad. Alguno trae
en su barco una negrada que vender, o un
fanático que quema a las brujas, o un
gobernador que no quiere oír hablar de
escuelas; lo que los barcos traen es
gente de universidad y de letras, suecos
místicos, alemanes fervientes, hugonotes
francos, escoceses altivos, bátavos
económicos; traen arados, semillas,
telares, arpas, salmos, libros. En la
casa hecha por sus manos vivían, señores
y siervos de sí propios; y de la fatiga
de bregar con la naturaleza se consolaba
el colono valeroso al ver venir, de
delantal y cofia, a la anciana del
hogar, con la bendición en los ojos, y
en la mano la bandeja de los dulces
caseros, mientras una hija abría el
libro de los himnos, y preludiaba otra
en el salterio o en el clavicordio. La
escuela era de memoria y azotes; pero el
ir a ella por la nieve era la escuela
mejor. Y cuando, de cara al viento, iban
de dos en dos por los caminos, ellos de
cuero y escopeta, ellas de bayeta y
devocionario, a oír iban al reverendo
nuevo, que le negaba al gobernador el
poder en las cosas privadas de la
religión; iban a elegir sus jueces, o a
residenciarlos. De afuera no venía la
casta inmunda. La autoridad era de
todos, y la daban a quien se la querían
dar. Sus ediles elegían, y sus
gobernadores. Si le pesaba al gobernador
convocar el consejo, por sobre él lo
convocaban los "hombres libres". Allá,
por los bosques, el aventurero taciturno
caza hombres y lobos, y no duerme bien
sino cuando tiene de almohada un tronco
recién caído o un indio muerto. Y en las
mansiones solariegas del Sur todo es
minué y bujías, y coro de negros cuando
viene el coche del señor, y copa de
plata para el buen Madera. Pero no había
acto de vida que no fuera pábulo de la
libertad de las colonias republicanas
que, más que cartas reales, recibieron
del rey certificados de independencia. Y
cuando el inglés, por darla al amo, les
impone un tributo que ellas no se
quieren imponer, el guante que le
echaron al rostro las colonias fue el
que el inglés mismo había puesto en sus
manos. A su héroe, le traen el caballo a
la puerta. El pueblo que luego había de
negarse a ayudar, acepta ayuda. La
libertad que triunfa es como él,
señorial y sectaria, de puño de encaje y
de dosel de terciopelo, más de la
localidad que de la humanidad, una
libertad que bambolea, egoísta e
injusta, sobre los hombres de una raza
esclava, que antes de un siglo, echa en
tierra las andas de una sacudida; ¡y
surge, con un hacha en la mano, el
leñador de ojos piadosos, entre el
estruendo y el polvo que levantan al
caer las cadenas de un millón de hombres
emancipados!
¡Cuántas cosas hay, además del prodigio
total, en esta visión por donde van
pasando, como en un sueño, los siglos y
los territorios! Cada vez que leemos
aquello de "suecos místicos, alemanes
fervientes, hugonotes francos",
recordamos el Canto a la Argentina
de Rubén Darío, escrito en 1910; toda la
poesía de la emigración europea en
América está latente aquí. Lo que hemos
llamado, no imaginación, sino
imaginización, es el eje del discurso, y
nos basta poner un ejemplo mínimo y
encantador: en las mansiones del Sur,
dice Martí, lanzándonos desde los
bosques salvajes hacia la inmensa
nostalgia de la noche -"todo es minué y
bujías"-. En lugar de nombrar a
Washington, presenta una escena
patriarcal, emblemática: "A su héroe, le
traen el caballo a la puerta". Y para el
retrato absoluto de Lincoln en cuerpo y
alma no le hacen falta más de cinco
breves palabras, que lo levantan del
polvo como hubiera podido hacerlo
Velázquez: "el leñador de ojos
piadosos".
No menos calidad artística, y más amor
entrañable, hay desde luego en la
evocación de los orígenes de la América
española, siempre en ese estilo
visionario y sintetizador, de remate
aforístico: "del arado nació la América
del Norte, y la Española, del perro de
presa". Y otra vez el pathos de
la irrupción, que ahora revela su
profunda causa americana, pues hay para
Martí en la esencia de América una
capacidad misteriosa de salto, de
ruptura del causalismo histórico, de
originalidad y libertad que surgen de sí
mismas, como surgió, en su visión, la
gesta bolivariana de las entrañas
telúricas del continente, y esa
capacidad de súbito arranque y
transfiguración está en su palabra, y se
ejemplifica ahora en uno de los pasajes
más deslumbrantes de su obra:
¿Qué sucede de pronto, que el mundo se
para a oír, a maravillarse, a venerar?
¡De debajo de la capucha de Torquemada
sale, ensangrentado y acero en mano, el
continente redimido! Libre se declaran
los pueblos todos de América a la vez.
Surge Bolívar, con su cohorte de astros.
Los volcanes, sacudiendo los flancos con
estruendo, lo aclaman y publican. ¡A
caballo, la América entera! Y resuenan
en la noche, con todas las estrellas
encendidas, por llanos y por montes, los
cascos redentores. Hablándoles a sus
indios va el clérigo de México. Con la
lanza en la boca pasan la corriente
desnuda los indios venezolanos. Los
rotos de Chile marchan juntos, brazo en
brazo, con los cholos del Perú. Con el
gorro frigio del liberto van los negros
cantando, detrás del estandarte azul. De
poncho y bota de potro, ondeando las
bolas, van a escape de triunfo, los
escuadrones de gaucho. Cabalgan, suelto
el cabello, los pehuenches resucitados,
boleando sobre la cabeza la chuza
emplumada. Pintados de guerrear vienen
tendidos sobre el cuello los araucos,
con la lanza de tacuarilla coronada de
plumas de colores; y al alba, cuando la
luz virgen se derrama por los
despeñaderos, se ve a San Martín, allá
sobre la nieve, cresta del monte y
corona de la Revolución, que va,
envuelto en su capa de batalla, cruzando
los Andes. ¿Adónde va la América, y
quién la junta y guía? Sola, y como un
solo pueblo se levanta. Sola pelea.
Vencerá, sola.
Así quería él que luchara y venciera
Cuba, para completar "la última estrofa
del poema de 1810" y para asegurar "el
equilibrio del mundo"; pero no pudo ser.
Por los años de estas piezas de
conmemoración y homenaje, Martí no
vislumbraba todavía la posibilidad de
una acción inmediata. Cuando esto
comenzó a ocurrir, el súbito giro de las
circunstancias se refleja nítidamente en
los discursos, a partir del primero de
Tampa: Con todos, para el bien de
todos, pronunciado en el Liceo
Cubano de aquella ciudad, el 26 de
noviembre de 1891. La prédica entonces
se contagia de inminencia; la hora de la
acción ya se aproxima; es preciso
organizar rápidamente –sobre las bases
echadas en los años anteriores-, antes
que el ejército visible, las fuerzas
ideológicas y espirituales que
constituyen la osatura del movimiento.
De una parte, en este discurso, las
ideas profusas, encendidas, ambiciosas,
cuajan en doctrina sustantiva y frugal,
como en código viviente y abreviado que
se lleva en la mochila; de otra, el
estilo visionario y metafórico tiende a
comprimirse en grandes símbolos
resumidores, que la intuición popular
puede asimilar sin análisis. La función
que más tarde, en la oratoria política
del siglo XX, han de llenar las
consignas, la cumplen aquí los símbolos.
La consigna se dirige solo a la
voluntad: si toca otros resortes, es
para que ellos la muevan en el sentido
previsto. El símbolo es siempre una
apertura, una irradiación, que mueve,
sí, pero no solo a la fuerza táctica y
militante de la masa, sino a la
totalidad poética y sobreabundante de la
persona.
En cuanto a doctrina, mucho son los
ejemplos de síntesis ideológica que
pueden citarse. Recordemos solo la
majestuosa sentencia: "yo quiero que la
ley primera de nuestra República sea el
culto de los cubanos a la dignidad plena
del hombre" y la famosa disyuntiva, que
debe siempre sopesarse palabra por
palabra:
O la República tiene por base el
carácter entero de cada uno de sus
hijos, el hábito de trabajar con sus
manos y pensar por sí propio, el
ejercicio íntegro de sí y el respeto,
como de honor de familia, al ejercicio
íntegro de los demás; la pasión, en fin,
por el decoro del hombre, o la República
no vale una lágrima de nuestras mujeres
ni una sola gota de sangre de nuestros
bravos.
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Martí, de
la serie Talento
Javier Guerra |
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La guerra no se hará para cambiar de
apariencia, sino de espíritu, y ese
nuevo espíritu a de crear de sí propio
nuevas formas originales, fundadas en
"la esencia y realidad de un país
republicano nuestro". Cambio de "meras
formas" sería "La perpetuación del alma
colonial en nuestra vida, con novedades
de uniforme yanqui": exactamente lo que
ocurrió a partir de 1902. Cambio de
"meras formas" sería caer en la
dictadura de la demagogia: "aquel robo
al hombre que consiste en pretender
imperar en nombre de la libertad por
violencias en que se prescinde del
derecho de los demás a las garantías y
los métodos de ella". Prevé con claridad
al demagogo, y la infamia del egoísta
que lo hace posible, y exclama:
¡Clávese la lengua del adulador popular,
y cuelgue al viento como banderola de
ignominia, donde sea castigo de los que
adelantan sus ambiciones azuzando en
vano la pena de los que padecen u
ocultándoles verdades esenciales de su
problema, o levantándoles la ira: -y al
lado de la lengua de los aduladores,
clávese la de los que se niegan a la
justicia!
Sin empecinada injusticia ni habría
demagogia posible. ¿Y cuál es el
antídoto, el exorcismo de la demagogia?
La balanza, la equidad. Insiste pues en
la idea matriz de su concepción
política: la idea del equilibrio, de la
compensación de fuerzas, del juicio
abarcador de todos los lados del
problema, aún a riesgo de no parecer
bastante radical o revolucionario. Pero
él sí es un radical, porque va a la raíz
humana, y no solo el esquema teórico: él
sí es un revolucionario, porque quiere
que el mundo, contra su gravitación de
siglos, gire en torno a la justicia "ese
sol del mundo moral", como había dicho
su admirado José de la Luz. Oigámosle:
No juzgue de prisa el de arriba, ni por
un lado: no juzgue el de abajo por un
lado ni de prisa. No censure el celoso
el bienestar que envidia en secreto. No
desconozca el pudiente el poema
conmovedor, y el sacrificio cruento del
que se tiene que cavar el pan que come;
de su sufrida compañera, coronada de
corona que el injusto no ve; de los
hijos que no tienen lo que tienen los
hijos de los otros por el mundo.
¡Valiera más que no se desplegara esa
bandera de su mástil, si no hubiera de
amparar por igual a todas las cabezas!
Esa es la idea clave de todo el
discurso, y de toda su concepción del
problema social. Ella ha de servirle
para rematarlo en forma inolvidable: Y
pongamos alrededor de la estrella, en la
bandera nueva esta fórmula del amor
triunfante: "con todos, para el bien de
todos".
Insiste también en una convicción suya
central: la autoctonía, que en otros
sitios defiende como ley estética, debe
ser igualmente sustancia de la política,
de los credos e instituciones que ha de
adoptar el país. Por eso dice: "Hombre
somos, y no vamos a querer gobiernos de
tijeras y de figurines, sino trabajo de
nuestras cabezas, sacado del molde de
nuestro país".
¿Peligros? Muchos hay, sin duda, y uno
especialmente grave, al que alude con
palabras parecidas a las que utilizará
Enrique José Varona en plena República.
"La colonia –dirá Varona- se nos viene
encima". Y Martí, ya en 1891: "...la
mano de la colonia que no dejará a su
hora de venírsenos encima, disfrazada
con el guante de la República". En la
previsión nadie lo aventajó. Pero
también se agitan falsos peligros,
temores infundados, y a rebatirlos
dedica Martí la segunda mitad del
discurso, la que comienza preguntando:
"¿A qué es, pues, a lo que habremos de
temer?" y va pasando revista, y
descabezando con un "¡Mienten!" que
debió señalar un crescendo
electrizante en la noche del delirio
cubano en Tampa, los argumentos falaces
del escepticismo, del realismo, de los
pusilánimes, de los racistas, de los
enemigos cerriles del español, de los
anexionistas, y en fin, de los
"lindoros, olimpos y alzacolas". El
efecto de esta tirada, cuya simple
lectura quita el aliento, debió ser
arrebatador. Hoy sin embargo, en la
relectura, hay siempre un pasaje que es
el que más nos detiene y enamora, porque
toca los centros más entrañables y
trágicos de Martí en su relación con lo
hispánico, y es el que empieza: "¿Temer
al español liberal y bueno, a mi padre
valenciano, a mi fiador montañés, al
gaditano que me velaba el sueño febril",
hasta que exclama: "A los que no saben
que esos españoles son otros tantos
cubanos, les decimos ¡Mienten!"
Conclusión realmente inaudita, por el
salto lógico que solo podía dar la
temeridad del amor. ¿Qué era entonces un
cubano para Martí? Ya el había hablado
de "la fuerza gloriosa de las islas, que
parecen hechas para recoger del ambiente
el genio y la luz"; ahora advierte que
hay en Cuba "una enérgica suma de
aquella libertad original que cría el
hombre en sí, del juego de la tierra y
de las penas que ve, y de su idea propia
y de su naturaleza altiva". El cubano,
entonces, en su concepción, es un ser
especialmente dotado para todo lo que
signifique apertura, independencia,
libertad; pero no solo libertad
política, sino esa "libertad original
que cría el hombre en sí", anterior y
superior a todas las leyes, ley ella
misma del ser, y de la cual el deseo de
independencia política es una
manifestación. Libertad ontológica, en
suma, ligada al genio y la luz de la
naturaleza en que ha nacido. Por eso "no
hay palabra que se asemeje más a la luz
del amanecer... que esta palabra
inefable y ardiente del cubano!". Genio
de la luz, apertura, amanecer. "Cubano"
se convierte entonces, a sus ojos, en el
signo de una categoría del espíritu: la
del hombre
vocado esencialmente a la vida de
la libertad. Por eso los españoles que
la aman son otros tantos "cubanos". Por
eso las diferencias de raza no
significan nada, por eso "no hay razas",
porque frente a esa vocación común se
desvanecen, y él sabe que el negro "está
poniéndose de columna firme de las
libertades patrias". Por eso, en fin, se
levanta al nivel de la prosa poemática
para decirnos de la palabra "cubano":
Yo no sé qué misterio de ternura tiene
esta dulcísima palabra, ni qué sabor tan
puro sobre el de la palabra misma de
hombre, que es ya tan bella, que si se
la pronuncia como se debe, parece que es
el aire como nimbo de oro, y es trono o
cumbre de monte la naturaleza!
Volviendo a la función resumidora del
símbolo, que a partir de este discurso
–en el que ya no se habla de "la guerra
posible" sino de "la guerra inevitable"-
cobra caracteres de imperiosa gráfica,
los ejemplos acuden enseguida.
Recordemos algunos que rápidamente se
grabaron en el alma popular: "Yo traigo
la estrella, y traigo la paloma en mi
corazón". "Las palmas son novias que
esperan". "Es preciso, en cosas de
pueblos, llevar el freno en una mano, y
la caldera en la otra".
Iván A. Schulman ha señalado el proceso
por el cual el tropo "pino" utilizado
desde un período que puede situarse
entre 1878 y 1880, se incorpora el
simbolismo martiano en el discurso
llamado de Los pinos nuevos y en
otros textos posteriores.(15)
Este discurso lo pronuncia al día
siguiente del anteriormente comentado,
también en el Liceo Cubano de Tampa, con
motivo de la conmemoración del
fusilamiento de los estudiantes el 27 de
noviembre de 1871. Entre uno y otro
media el acuerdo logrado por Martí de
preparar las bases organizativas del
Partido Revolucionario Cubano. Toda la
breve oración está recorrida por las
ideas maestras de su optimismo
trascendente: "Otros lamenten la muerte
necesaria; yo creo en ella como la
almohada, y la levadura, y el triunfo de
la vida". "¡Así, de esos enlaces
continuos invisibles, se va tejiendo el
alma de la patria!" "Por lo invisible de
la vida corren leyes magnificas". Y
hasta la evocación de la escena trágica
se le transfigura aquella noche en una
visión de la paz, y ligereza, y dicha
del sacrificio, en uno de los pasajes
más venturosos de toda su obra:
¿Quién, quién era el primero en la
procesión del sacrificio, cuando el
tambor de muerte redoblaba, y se oía el
olear de los sollozos, y bajaban la
cabeza los asesinos; quién era el
primero, con una sonrisa de paz en los
labios, y el paso firme, y casi alegre,
y todo él como ceñido ya de luz?
Chispeaba por los corredores de las aula
un criollo dadivoso y fino, el bozo en
flor y el pájaro en la alma, ensortijada
la mano, como una joya el pie, gusto
todo y regalo y carruaje, sin una arruga
en el ligero pensamiento: ¡y el que
marchaba a paso firme a la cabeza de la
procesión, era el niño travieso y
casquivano de las aulas felices, el de
la mano de sortijas y el pie como una
joya!
Esos son sus "cubanos", los que no se
meten "en la sangre hasta la cintura",
los que no viven "como el chacal en la
jaula, dándole vueltas al odio", los que
suben sonriendo llenos de aire y luz,
ingrávidos, y erguidos, al sacrificio. Y
como en la muerte se esconde el triunfo
de la vida, como aquel sacrificio le da
fundamento y savia a la esperanza,
termina la fulminante oración con el
súbito símbolo, natural, afortunado,
elocuentísimo:
Rompió de pronto el sol sobre un claro
del bosque, y allí el centelleo de la
luz súbita, vi por sobre la hierba
amarillenta erguirse en torno al tronco
negro de los pinos caídos, los racimos
gozosos de los pinos nuevos: ¡Esos somos
nosotros: pinos nuevos!
Los tabaqueros de Tampa, las gentes
sencillas que oyeron de viva voz aquel
final deslumbrante -¿cuándo se habló con
tanto primor a los humildes?- no eran
seguramente capaces de discernir sus
elementos artísticos, estudiados hoy por
la filología, pero les llegó la honda
poderosa del amor, el impulso del
símbolo iluminando sus vidas con un rayo
de belleza.
De regreso a Nueva York, pronuncia
Martí, en Hardman Hall, el 17 de febrero
de 1892, la llamada Oración de Tampa
y Cayo Hueso, porque en ella,
resume, con el júbilo de quien viene de
confirmar la intuición del prodigio, sus
impresiones del viaje a aquellas dos
ciudades. Si antes oyó, y dijo, "el
himno de la vida", ahora canta el
aleluya de las virtudes de la
emigración:
Lo que tengo que decir, antes de que se
me apague la voz y mi corazón cese de
latir en este mundo, es que mi patria
posee todas las virtudes necesarias para
la conquista y el mantenimiento de la
libertad.
A los escépticos se dirige, y a los
menguados de corazón... Pero es
imposible glosar ese discurso rapsódico,
sin puntos de soldadura ni enlace, todo
él una oda enteriza, como de un solo
aliento gigantesco, a las virtudes de su
pueblo. Para dar una idea de su calidad
literaria, de su impulso poemático
recordemos solo este pasaje:
En la niñez, cuando le nace al corazón
ingenuo la flor primera de la maravilla,
y la educación necia nos aparta, en Cuba
como en todas partes, de la joyería viva
del jardín, y en el templo grave y
solemne de la naturaleza postrase el
alma de admiración y poesía al oír en la
iglesia, que rehuirá después, resonar,
por entre las arañas que remedan los
luminares del cielo, y las cortinas que
imitan los caprichos que borda en las
nubes el sol, las notas que parecen
cernerse por las naves pomposas como
bandadas de alma. Y el viajero,
sorprendido por la puesta de la luz en
la cumbre del monte, olvida atónito un
momento el afán y el pecado de la vida y
rodeado de llamas se sumerge en el himno
glorioso de la naturaleza: -pues digo
que jamás tuve un goce tan puro, y de
tan íntima majestad, como entre los
mismos, entre mis cubanos, entre mis
guerreros y mis ancianos y mis
trabajadores: -jamás, ni en la iglesia
de niño, ni en la cumbre del monte!
Para terminar este repaso de la oratoria
martiana, quisiéramos siquiera aludir al
último gran discurso que se conserva de
Martí, el pronunciado en honor de
Bolívar el 28 de octubre de 1893,
oración breve, a la vez que descomunal y
delirante. En ella debemos subrayar tres
ideas rectoras del pensamiento martiano:
la absoluta originalidad de la América
que el concebía, expresada de nuevo en
la categórica exclamación: "¡ni de
Rousseau ni de Washington viene nuestra
América sino de sí misma!"; la
combinación de equilibrio y expansión en
que para él consistía el secreto de la
libertad política, por lo que dice de
Bolívar: "buscó en la sujeción, odiosa
al hombre, el equilibrio político, solo
constante cuando se fía a la expansión";
y su idea del mundo como Pasión: "suma
de la divinidad que asciende
ensangrentada y dolorosa del sacrificio
y prueba de los hombres todos".
Muchos discursos de Martí se han
perdido, conservándose de algunos de
ellos versiones y fragmentos. La lectura
de estos borradores, quizás por
ofrecernos como el hervor aún no
fraguado de su palabra, nos aviva una
impresión que difusamente nos acompaña
en la lectura de sus discursos. Hay en
ellos todo un ideario político
perfectamente articulado. La sintaxis,
aunque generalmente compleja y
personalísima siempre, si se le
desmontan los resortes, revela una
fábrica también perfecta. Martí es un
escritor y un orador cenital, en todo
momento lúcido, dominante, que tiene en
el puño la rienda de sus ideas, de sus
sentimientos, de sus imágenes, aunque la
cuadriga sea naturalmente impetuosa y
ávida. Pero hay en sus discursos –y en
los fragmentos, al faltar la
articulación lógica, lo sentimos con
mayor claridad- un soterrado elemento
"pítico" que es el que les da lo que
llamaríamos la desmesura cualitativa, la
sobrecarga de intensidad, el halo de
alucinación -como hay en toda su obra
solar una sabia onírica, de raíz erótica
delirante y nocturna.
Sentimos que el borbotón de su
elocuencia a ratos bordea lo
incoherente. Repasamos el texto: no hay
ningún desajuste lógico ni sintáctico.
La impresión persiste. Unas veces esto
ocurre porque, al cabo de una vehemente
acumulación de efectos emotivos y
tropológicos, cuando esperamos que la
tensión se alivie, irrumpe otra imagen
inesperada y sobrecogedora, como cuando
dice: "Por el portón del muelle oscuro,
henchido de cabezas, salía como una
virgen, el estandarte patrio". Sabemos
que este hecho ocurrió en el cayo, pero
la imagen queda desprendida y como
flotando en un sueño. Otras veces es lo
súbito y apretado del leguaje simbólico
lo que le da al pasaje un aspecto
sibilino, como cuando exclama: "¡La
armadura se veía bajar del cielo, y el
ritual lo leía la patria en la
sombra...!" Otras veces, en fin, es la
reunión en un rapto, de cosas tan
heterogéneas como una turba, un arca, un
tahalí, un arenal, juntadas mágicamente
por el frenesí de la elocuencia: "¡Esta
es la turba obrera, el arca de nuestra
alianza, el tahalí, bordado de mano de
mujer, donde se ha guardado la espada de
Cuba, el arenal redentor donde se
edifica, se perdona, y se prevé y se
ama!"
De que Martí estaba poseído por el
delirio verbal, en el sentido en que
esto puede decirse de los grandes poetas
y profetas, no cabe duda. A este
propósito es del mayor interés una
anécdota relatada a José de la Luz León
por César Zumeta, que fue de los
fascinados por el discurso del Club de
Comercio de Caracas y asistió a las
clases de oratoria de Martí en aquella
ciudad. "Me contaba –dijo Zumeta a Luz
León- que el orador más elocuente que
había conocido fue un zapatero cubano
que estaba en España. Hubo un alboroto y
este zapatero se encaramo en la caja de
betunes y comenzó a arengar al público.
Le faltaba léxico, no tenía acervo
completo de palabras; inventaba un
disílabo, un trisílabo para el ritmo, y
a pesar de que eran palabras que acababa
de inventar se comprendía perfectamente
lo que quería decir". "Fue el orador,
decía Martí, que más me impresionó".(16)
La raíz sibilina, de Pitia verbal y
rapsódico entusiasmo, está patente en
esta anécdota. Lo que impresionó a Martí
fue el borbotón de la elocuencia
natural, incontenible, que poseía
pintorescamente aquel hombre inculto,
cuyo instinto le dictaba la importancia
del ritmo en la elocuencia, la
continuidad mágica de un sentido que se
apoyaba en palabras inventadas, esa
médula de incoherencia supralógica, de
mensaje oracular esencialmente
misterioso, con que se hacen los grandes
discursos. A esa fuerza catártica solo
puede llegar el sentimiento primigenio,
remontado a las fuentes originales y
sagradas del corazón humano. ¿No dijo él
una noche que su elocuencia era la de la
Biblia "que es la que mana, inquieta y
regocijada como el arroyo natural, de la
abundancia del corazón?" ¿No habló de
una "extraña oratoria, rebosante y
soberbia", de una "oratoria de llama y
sentencia", que no era la de los
modestos oradores de Tampa y el Cayo a
la que entonces se refería, sino la suya
propia? ¿No confesó que quería "encender
a los hombres"? Y en sus juveniles
Notas sobre la oratoria había
escrito: "calienta la lengua una especie
de fuego sibilítico; truécase el hombre
en numen, y anonada, convence,
reivindica, destruye, reconstruye,
exalta, quema". En esa celeridad
alarmante de los verbos con la avidez
del incendio que se propaga, está su
elocuencia. "¡Oh, oratoria, león
encendido!", escribe al final de su
examen de los oradores norteamericanos.
Y sus discursos, tan lejos de la
blandura, pulimento y redondez
académica, tan lejos del armonioso
oleaje de Montoro como de la voluptuosa
opulencia de Castelar, hijos íntegros
del sacrificio de su ser, son
precisamente del linaje de aquellas
"benéficas oraciones" que él añoraba,
"que quedan por largo tiempo visible y
suspendidas en el aire, como aquellos
escudos de los caudillos que levantados
por los nervudos brazos servían como de
punto de reunión y signo de victoria a
las cohortes desbandadas".
Hoy vemos el escudo vibrante, ígneo,
indivisible, milagrosamente en el aire;
pero vemos solo la mitad del milagro,
porque no vemos ni oímos al sustentador
de esos cuerpos gloriosos del idioma. Y
quienes lo vieron y oyeron, ¿qué nos
dice? Los testimonios pueden
multiplicarse. A Varona, en su juventud,
lo deslumbró. A Darío, en su madurez, lo
colmó de admiración. Juvenal Anzola, que
fue su discípulo en Caracas, dice
comentando el discurso sobre el pueblo
de Israel, que se ha perdido: "su
elocuencia fue nueva, sorprendente, y lo
sublime parecía poco ante aquel
espíritu"...(17)
Pero aún más nos interesa el recuerdo de
los humildes. Un mambí exclama: "¡No lo
comprendíamos, pero estábamos dispuestos
a morir por él!" Otro asegura: "Me
glorifico de haber nacido, tan solo por
el placer de haberlo oído". Un tercero,
capitán del Ejército Libertador,
declara: "Su verbo era prodigioso, sus
palabras parecía que venían de un ser
sobrenatural". Y recuerda las sentencias
finales de una de las últimas arengas
improvisadas, ya en los campos de la
Revolución: "Tendremos –dijo- tanta
pólvora y tantos rifles como palos
tienen nuestros montes; y llegaremos
victoriosos hasta las puertas de la
capital del crimen".(18)
No llegó él, pero sí su palabra
incesantemente fundadora.
NOTAS
(1)
Marco Tulio Cicerón,
Diálogos del orador, traducidos por
Marcelino Menéndez Pelayo. Libro
Primero, Buenos Aires, Emecé, 1943.
(2)
M. Fabio Quintiliano,
Instituciones oratorias, traducidas
por Ignacio Rodríguez y Pedro Sandler.
t. II, Libro duodécimo, Capítulo
primero, Madrid, 1911-1916.
(3)
Manuel Sanguily, Los
oradores de Cuba, La Habana, A.
Dorrbecker, 1926. pp. 215-281. (Obras,
t. III).
(4)
Miguel de Unamuno,
Sobre el estilo de Martí, Archivo
José Martí, La Habana, ene-dic. 1947, p.
12.
(5)
Jorge Mañach, Martí el
Apóstol. Madrid, Espasa-Calpe, 1933,
p. 138.
(6)
Manuel Sanguily, ob. cit.
pp. 180-181.
(7)
Manuel de la Cruz,
Literatura cubana. Madrid, Saturnino
Calleja, 1924, p. 416
(8)
Manuel Sanguily, ob. cit.
p. 228.
(9)
Ob. cit. p. 232
(10)
Manuel Sanguily,
Discursos y conferencias, t. I. La
Habana, Rambla, Bouza y Co. 1918, pp.
403-437.
(11)
Manuel Sanguily, ob. cit.
pp. 47-99.
(12)
Manuel Sanguly, ob. cit.
t. II, pp. 165-282.
(13)
Julio Burell, Martí.
Revista Cubana, "Los que conocieron a
Martí". La Habana, jul. 1951-dic.1952,
pp. 416-417
(14)
Ezequiel Martínez
Estrada, Martí revolucionario. La
Habana, Casa de las Américas, 1962, p.
380.
(15)
Iván A. Schulman,
Símbolo y color en la obra de Martí.
Madrid, Gredas, 1960. pp. 64-68.
(16)
José de la Luz León, "Lo
que de Martí me dijo su amigo Zumeta".
Archivo José Martí, La Habana, jul-dic.
1945, p. 278.
(17)
Juvenal Anzola, José
Martí, Revista Cubana, "Los que
conocieron a Martí", La Habana, jul.
1951-dic. 1952, p. 165.
(18)
Manuel Ferrer Cuevas,
"Ante los restos de Martí", Revista
Cubana, cit. pp. 464-465.
*Fecha
de Publicación en Bohemia: 30 de mayo de
1969
http://www.bohemia.cu/josemarti/INDEX.HTM |