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Ha
sido una coincidencia. Cada vez que se
aproxima una fecha significativa en
torno a José Martí salen a relucir
sorpresas artísticas. Hay una por estos
días que guarda relación con la
exposición colectiva Confluencias
(Museo del Ron, enero-febrero, 2007),
una suerte de homenaje a la vertiente
cubana del pop art. En dicha
muestra está representado Raúl Martínez
(1927-1995) con obras apenas conocidas.
Entre ellas figuran dos sobre Martí:
piezas aleccionadoras, importantes,
curiosas.
Bien
que pudiera celebrar el proyecto
expositivo en torno al pop
cubano, hacerle alguna que otra
acotación; pero Martí hala, es deber
afincarse en uno de los maestros de la
plástica insular en casi todas sus
variantes como Raúl para dar fe de dos
de sus pinturas, privilegio de unos
pocos en términos perceptivos.
Raúl
Martínez merecería incluso una edición
especial en forma de libro con el grueso
mayor de sus figuraciones relativas al
Maestro, como mismo requerimos de él la
impresión de sus memorias de vida (Yo,
Publio, inédito) para contrastar con
la época, los hechos pasados... y
también con aquellas evocaciones
históricas (Elapso Tempore, 2001)
de su colega de arte, el arquitecto y
pintor Hugo Consuegra.
Suerte que sus Martí existen, estos se
han divulgado por diferentes vías
(postales, carteles, fotografías...),
mas han de quedar algunos guardados.
Ahora, más de diez años después del
fallecimiento del artista, afloran dos
exponentes inéditos de su obra martiana.
Eso son. Ambas pinturas se tributan
parecidos. Las diferencias cromáticas y
compositivas vivifican el interés por
una pose frontal de amplios significados
para el pintor. Una es de 1970, la otra
corresponde a 1994. El tiempo de
realización que media entre ambas no
hizo mella en la recurrencia formal como
estrategia. Razones particulares
motivaron el énfasis en un Martí con
antifaz estrellado: bella figuración que
circunda los horizontes de la
transmutación clarividente alcanzada por
este ser que fue un ídolo en su tiempo
y, además, un incomprendido por algunos.
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Raúl Martínez:
Martí (1994).
Técnica mixta sobre cartulina
(73 x 51 cm). |
Raúl
Martínez enmascaró sabiamente a un
preclaro hombre del siglo XIX. Con el
antifaz de la estrella la lectura es más
poética. La máscara es la estrella, la
luz, el ideal. Así, se obtiene un rostro
de vigor y distinto, el cual parte de
ese siglo XX avanzado que honró a Martí
una y otra vez desde las múltiples
recolocaciones visuales. Las mismas que
superan el retrato canónico de antaño.
Retratar al Maestro es faena y aventura
de largo alcance. Lo saben aquellos que
han sondeado por esas zonas del arte y
la historia cubanos: en Martínez esta
actividad fue reiteración anunciada, una
constante a agradecer.
La
monografía sobre el pintor es pista para
saber. En los años 80 él retorna a Martí
y exhibe los resultados en la muestra
Pinta mi amigo el pintor (1985).
Este volver —más bien, un estar siempre—
propicia una reflexión escrita años
después: “Ha retomado a Martí para
buscar fuerzas y seguir pintando.
Cuando no lo apasiona ninguna idea,
regresa a él como el impulso, con el
deseo de encontrar las ideas futuras”.
II
Es
1994 y Raúl grafica a una de sus más
atractivas obras martianas: predomina el
rojo. La fuerza compositiva es
envidiable. ¿Qué lo hizo regresar?, ¿por
qué insistir en una angulación que antes
había sido bastante azul?, ¿qué lugar
ocupará este Martí pictórico en la obra
de Raúl Martínez?
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Raúl Martínez: Martí (1970).
Tempera sobre cartulina (73 x 51
cm). |
Finalmente los dos Martí aludidos antes,
ya han sido expuestos. Han salido de su
sitio permanente para ser recolocados en
el imaginario amplio que nos compete,
referido al héroe de Dos Ríos: el mismo
sujeto histórico del que con paciencia y
tesón Esteban Valderrama discursó
(mejor) en una pintura —hoy día
existente solo en fotografías—, y de
manera específica, en torno al triste
instante del 19 de mayo de 1895.
Constituía esta una reinterpretación
histórica, que fue bastante criticada,
muy a pesar del sobreesfuerzo realizado
por este pintor académico para alcanzar
la objetividad in situ (Dos
Ríos), un tipo de imposición desde sí a
modo de ética pictórica.
A
Raúl no se le vetarán sus Martí. Raúl
Martínez tal vez solo llegó a repasar la
geografía humana de quien fue uno de sus
retratados de honor. Sus pinceles e
ideas por instantes cruciales giraron en
torbellino cromático sobre la esencia de
este otro cubano del XIX.
A él
retornó el pintor. El año 1994 lo
ratifica. Es un buen punto de
referencia. Sí, en efecto, un año antes
de su partida física. Ha transcurrido ya
más de una década...
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