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Leímos hace varias semanas a alguien de
Miami que, acudiendo a argumentos falsos
e indefendibles, publicó un libelo
contra nuestro Héroe Nacional con
expresiones melifluas para crear la
apariencia de una neutralidad aséptica.
En Cuba, el pueblo recuerda cómo, años
atrás, cuando en Europa se deshizo el
sistema de países socialistas, la
traición fue precedida por una abyecta
campaña contra las figuras históricas
del socialismo. Se circularon
sistemáticamente por espacio de años las
más descabelladas calumnias contra Lenin
y otros hombres venerados por varias
generaciones de soviéticos, más de 30
millones de los que se inmolaron en
defensa de la URSS durante la Segunda
Guerra Mundial. Las acciones de los
agentes del imperialismo en la sociedad
soviética contribuyeron a sembrar en su
pueblo la duda sobre los heroicos
fundadores del socialismo en Rusia y en
el este de Europa y de su sociedad. Todo
esto lo conoce bien el pueblo cubano,
que desde luego sabe también dónde se
concibió esta política y se ordenó su
ejecución.
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Martí-Río
Rafael Pérez Alonso |
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La exacerbación de una vieja campaña
contra José Martí en Miami, no
directamente contra el gobierno
revolucionario, sino contra la figura
del Apóstol, indica un intento dirigido
a Cuba con intenciones similares. Pero
hasta para urdir embustes se requiere un
mínimo de sentido común y respeto a la
inteligencia ajena, ambos notoriamente
ausentes en el citado artículo.
Proponerse minimizar el talento
literario de Martí constituye un
esfuerzo inútil para quien lo intente,
contrario hasta para cualquier propósito
avieso. Ocurre que la obra genial del
Héroe Nacional de Cuba, en la poesía, el
teatro, la novelística, el ensayo, el
periodismo, la literatura infantil, ha
sido universalmente reconocida por los
más importantes críticos históricos y
literarios de todos los países,
incluyendo los EE.UU..
Sería ridículo para quien carece de la
estatura intelectual requerida ignorar
lo que antes han pensado y expresado de
Martí y su obra personalidades como
Domingo Faustino Sarmiento, Rubén Darío,
Miguel de Unamuno, Alfonso Reyes,
Enrique José Varona, Francisco Pi y
Margall, Pedro Henriquez Ureña, Juan
Ramón Jiménez, Fernando Ortiz, Alejo
Carpentier, José Lezama Lima, Gabriela
Mistral, Nicolás Guillén y tantos otros,
que, en sus tiempos y los actuales, lo
han destacado como uno de los más
grandes escritores de habla hispana en
el siglo XIX. Cuba sabe, parafraseando a
un poeta olvidado, que Martí no era sólo
de su tiempo, sino de todos los tiempos.
Ya nadie puede arrancar a Martí de la
memoria histórica de su pueblo, de la
América Latina y del mundo.
Se comprende fácilmente que lo que
provoca la ira y frustración en el
flamante ciudadano estadounidense nacido
en Cuba, autor de las líneas que nos
ocupan, no es el genio literario de José
Martí, sino su patriotismo, su
independentismo, su antianexionismo y
antimperialismo. Es realmente su
posición política contraria al engendro
imperialista lo que lo hace indigesto
para el grupo provocador de Miami. Es
igualmente evidente que Martí sabía que
“no hay más que un medio de vivir
después de muerto: haber sido […] hombre
de su tiempo”, y él vivió 15 intensos
años de su corta existencia en los
EE.UU.. Fue testigo privilegiado de un
período de transición, brillantemente
reflejado en sus crónicas, en el que esa
nación declinaba hacia su destino
imperialista. Ante los ojos atónitos de
la sociedad norteamericana y del mundo
desaparecía la república de Lincoln,
concebida en la igualdad y en el bien
para todos, y emergía, con el espanto
del pueblo, de los intelectuales y
artistas norteamericanos, una nueva
república imperial cuyos poderosos
mentores se proponían, y en buena cuenta
lograron, apoderarse de los restos del
decadente imperio español y de paso de
una porción considerable de los recursos
del planeta, y en la que en el orden
interno de la nación prevalecieron
—y
prevalecen—
la corrupción, el fraude electoral, el
magnicidio, la discriminación racial, la
explotación y la represión más
desembozadas de obreros y campesinos.
Por ello, al igual que Martí, algunas de
las más admiradas y respetadas
personalidades e intelectuales
norteamericanos de su tiempo
participaron en la lucha por hacer
prevalecer sus tradicionales principios
de justicia e igualdad. No faltaron
talentos como William Ellery Channing
(1780-1842), respetado abolicionista y
ensayista de la primera mitad del siglo
XIX, quien exigió a su país demostrar
ante la humanidad “que el honor de una
nación consiste, no en la sumisión
forzada de otros estados, sino en leyes
justas e instituciones libres, en campos
cultivados y ciudades prósperas; en el
desarrollo del poder moral e
intelectual, en la difusión del
conocimiento, en la magnanimidad y la
justicia, en las virtudes y las
bendiciones de la paz”. En verdad,
resulta difícil relacionar esta
descripción con el presente
norteamericano.
Y hubo también genios políticos como el
propio Abraham Lincoln, que antes de
llegar a la cima de la gloria, en sus
días de representante del Congreso de
los EE.UU. libró, urgido por los
principios éticos y de justicia del
derecho internacional, “general y
grandioso”, como lo llamaba Martí,
verdaderas batallas campales en la
Cámara de Representantes contra sus
colegas que promovieron la guerra de
despojo contra México, mientras el
filósofo Ralph Waldo Emerson proclamaba
los propios fundamentos de equidad
internacional en la prensa y otras
tribunas públicas al afirmar que “nada,
sino el triunfo de los principios, puede
traer la paz”, y “la guerra es siempre
injusta por los peligros del falso
patriotismo”, frase hecha a la medida
para caracterizar al chovinismo
desenfrenado del poder actual en los
EE.UU.
Tampoco podríamos olvidar a los poetas
Walt Whitman, genio de "Leaves of
grass", y Charles Edwin Markham, que en
una ocasión respondiera a sus críticos,
preocupados más por su posición política
comprometida que por su talento
creativo, con una oración que podía
haberla expresado el propio Martí:
“ponerse del lado de los oprimidos es lo
más digno que puede hacerse en la vida”;
y el novelista, ensayista y periodista
Mark Twain, que desde su juventud se
enfrentó a la opresión, la maldad y la
impostura, y quien sobre la ocupación
norteamericana de las Filipinas
afirmara, en un discurso publicado en el
Boston Herald de 1900, en
términos esencialmente similares a la
caracterización de Martí de las dos
patrias norteamericanas, publicada en
Nueva York en 1889 en su artículo
“Vindicación de Cuba”: su amada patria
de Lincoln, y la del provocador y
mercenario Augustus K. Cutting, que
temía:
"Creo que hay dos Américas: una que
libera a los cautivos, y otra que priva
al ex cautivo de la libertad recibida y
provoca un litigio con él sin
justificación alguna, y después lo
asesina para arrebatarle su patria. Así,
hemos aplastado y engañado a un pueblo
confiado; nos hemos vuelto contra los
débiles que creyeron en nosotros: hemos
pisoteado a una república justa,
inteligente, y bien organizada; hemos
apuñaleado a un aliado en la espalda y
abofeteado el rostro de un invitado;
hemos comprado una sombra a un enemigo
que no la tenía en venta; le hemos
robado a un amigo confiado su tierra y
su libertad; hemos obligado a jóvenes
íntegros a empuñar fusiles infames y a
hacer la labor de bandidos bajo una
bandera que los bandidos se han
acostumbrado a temer, no a seguir; hemos
deshonrado la dignidad de América y
ensombrecido su rostro ante el mundo."
Es irónico que lo que dijo Mark Twain
pudiera fácilmente aplicarse a la actual
política gubernamental estadounidense de
agresión a Iraq, Afganistán, Líbano,
Cuba, Venezuela, Bolivia y otros países
y regiones del globo menos publicitadas,
no porque el brillante escritor
norteamericano fuera un profeta, como
tampoco lo fue Martí, sino porque la
esencia del imperialismo se ha mantenido
inalterable desde entonces, aun cuando
su poder, agresividad, doble rasero
moral y ausencia de escrúpulos hayan
aumentado en proporciones literalmente
monstruosas.
Y finalmente conviene evocar también las
palabras del magnate del acero, el
multimillonario Andrew Carnegie, quien
proclamara ante el mundo y propusiera al
presidente McKinley, al terminar la
guerra entre España y los EE.UU., su
voluntad de donar los 20 millones de
dólares que el gobierno estadounidense
le ofreció a España derrotada por las
Filipinas, para entregárselas a su
propio pueblo. McKinley, desde luego, se
negó, por lo que Carnegie, después de
recibir las fotografías del genocidio
yanqui perpetrado contra el pueblo
filipino, dijo: “Ustedes [el gobierno]
han concluido su labor de civilizar a
los filipinos. Unos 8 000 de ellos yacen
civilizados en tumbas colectivas y
enviados al cielo. Espero que hayan
disfrutado esa experiencia”. A partir de
ese momento Carnegie se declaró
antimperialista, y contribuyó a crear y
financiar la Liga Antimperialista, que
presidió durante varios años hasta su
muerte.
Es
evidente que lo que todos estos hombres
tenían en común con José Martí son los
principios éticos y de justicia
internacional que el Apóstol defendió
toda su vida. Pues bien, hay que admitir
que ciertos grupos neoanexionistas de
Miami se han propuesto una tarea
ingente: si desean ser consecuentes con
sus reservas políticas y estéticas en su
patria adoptiva, junto con Martí
tendrían que enterrar también a las
grandes figuras de la cultura y todo
vestigio de inteligencia y principios
humanos en la larga historia de los
EE.UU., ambicioso proyecto para un grupo
insignificante que integra la inefable
cohorte que movió al gran poeta alemán,
Friedrich Von Schiller, a clamar:
“Contra la estupidez, hasta los dioses
luchan en vano”. |