Año V
La Habana

3 al 9 de FEBRERO
de 2007

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 Ética sin concesiones

Rodolfo Sarracino • La Habana
Centro de Estudios Martianos

Leímos hace varias semanas a alguien de Miami que, acudiendo a argumentos falsos e indefendibles, publicó un libelo contra nuestro Héroe Nacional con expresiones melifluas para crear la apariencia de una neutralidad aséptica. En Cuba, el pueblo recuerda cómo, años atrás, cuando en Europa se deshizo el sistema de países socialistas, la traición fue precedida por una abyecta campaña contra las figuras históricas del socialismo. Se circularon sistemáticamente por espacio de años las más descabelladas calumnias contra Lenin y otros hombres venerados por varias generaciones de soviéticos, más de 30 millones de los que se inmolaron en defensa de la URSS durante la Segunda Guerra Mundial. Las acciones de los agentes del imperialismo en la sociedad soviética contribuyeron a sembrar en su pueblo la duda sobre los heroicos fundadores del socialismo en Rusia y en el este de Europa y de su sociedad. Todo esto lo conoce bien el pueblo cubano, que desde luego sabe también dónde se concibió esta política y se ordenó su ejecución.

Martí-Río
Rafael Pérez Alonso

La exacerbación de una vieja campaña contra José Martí en Miami, no directamente contra el gobierno revolucionario, sino contra la figura del Apóstol, indica un intento dirigido a Cuba con intenciones similares. Pero hasta para urdir embustes se requiere un mínimo de sentido común y respeto a la inteligencia ajena, ambos notoriamente ausentes en el citado artículo. Proponerse minimizar el talento literario de Martí constituye un esfuerzo inútil para quien lo intente, contrario hasta para cualquier propósito avieso. Ocurre que la obra genial del Héroe Nacional de Cuba, en la poesía, el teatro, la novelística, el ensayo, el periodismo, la literatura infantil, ha sido universalmente reconocida por los más importantes críticos históricos y literarios de todos los países, incluyendo los EE.UU..

Sería ridículo para quien carece de la estatura intelectual requerida ignorar lo que antes han pensado y expresado de Martí y su obra personalidades como Domingo Faustino Sarmiento, Rubén Darío, Miguel de Unamuno, Alfonso Reyes, Enrique José Varona, Francisco Pi y Margall, Pedro Henriquez Ureña, Juan Ramón Jiménez, Fernando Ortiz, Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Gabriela Mistral, Nicolás Guillén y tantos otros, que, en sus tiempos y los actuales, lo han destacado como uno de los más grandes escritores de habla hispana en el siglo XIX. Cuba sabe, parafraseando a un poeta olvidado, que Martí no era sólo de su tiempo, sino de todos los tiempos. Ya nadie puede arrancar a Martí de la memoria histórica de su pueblo, de la América Latina y del mundo.

Se comprende fácilmente que lo que provoca la ira y frustración en el flamante ciudadano estadounidense nacido en Cuba, autor de las líneas que nos ocupan, no es el genio literario de José Martí, sino su patriotismo, su independentismo, su antianexionismo y antimperialismo. Es realmente su posición política contraria al engendro imperialista lo que lo hace indigesto para el grupo provocador de Miami. Es igualmente evidente que Martí sabía que “no hay más que un medio de vivir después de muerto: haber sido […] hombre de su tiempo”, y él vivió 15 intensos años de su corta existencia en los EE.UU.. Fue testigo privilegiado de un período de transición, brillantemente reflejado en sus crónicas, en el que esa nación declinaba hacia su destino imperialista. Ante los ojos atónitos de la sociedad norteamericana y del mundo desaparecía la república de Lincoln, concebida en la igualdad y en el bien para todos, y emergía, con el espanto del pueblo, de los intelectuales y artistas norteamericanos, una nueva república imperial cuyos poderosos mentores se proponían, y en buena cuenta lograron, apoderarse de los restos del decadente imperio español y de paso de una porción considerable de los recursos del planeta, y en la que en el orden interno de la nación prevalecieron
y prevalecen la corrupción, el fraude electoral, el magnicidio, la discriminación racial, la explotación y la represión más desembozadas de obreros y campesinos.

Por ello, al igual que Martí, algunas de las más admiradas y respetadas personalidades e intelectuales norteamericanos de su tiempo participaron en la lucha por hacer prevalecer sus tradicionales principios de justicia e igualdad. No faltaron talentos como William Ellery Channing (1780-1842), respetado abolicionista y ensayista de la primera mitad del siglo XIX, quien exigió a su país demostrar ante la humanidad “que el honor de una nación consiste, no en la sumisión forzada de otros estados, sino en leyes justas e instituciones libres, en campos cultivados y ciudades prósperas; en el desarrollo del poder moral e intelectual, en la difusión del conocimiento, en la magnanimidad y la justicia, en las virtudes y las bendiciones de la paz”. En verdad, resulta difícil relacionar esta descripción con el presente norteamericano.

Y hubo también genios políticos como el propio Abraham Lincoln, que antes de llegar a la cima de la gloria, en sus días de representante del Congreso de los EE.UU. libró, urgido por los principios éticos y de justicia del derecho internacional, “general y grandioso”, como lo llamaba Martí, verdaderas batallas campales en la Cámara de Representantes contra sus colegas que promovieron la guerra de despojo contra México, mientras el filósofo Ralph Waldo Emerson proclamaba los propios fundamentos de equidad internacional en la prensa y otras tribunas públicas al afirmar que “nada, sino el triunfo de los principios, puede traer la paz”, y “la guerra es siempre injusta por los peligros del falso patriotismo”, frase hecha a la medida para caracterizar al chovinismo desenfrenado del poder actual en los EE.UU.

Tampoco podríamos olvidar a los poetas Walt Whitman, genio de "Leaves of grass", y Charles Edwin Markham, que en una ocasión respondiera a sus críticos, preocupados más por su posición política comprometida que por su talento creativo, con una oración que podía haberla expresado el propio Martí: “ponerse del lado de los oprimidos es lo más digno que puede hacerse en la vida”; y el novelista, ensayista y periodista Mark Twain, que desde su juventud se enfrentó a la opresión, la maldad y la impostura, y quien sobre la ocupación norteamericana de las Filipinas afirmara, en un discurso publicado en el Boston Herald de 1900, en términos esencialmente similares a la caracterización de Martí de las dos patrias norteamericanas, publicada en Nueva York en 1889 en su artículo “Vindicación de Cuba”: su amada patria de Lincoln, y la del provocador y mercenario Augustus K. Cutting, que temía:

"Creo que hay dos Américas: una que libera a los cautivos, y otra que priva al ex cautivo de la libertad recibida y provoca un litigio con él sin justificación alguna, y después lo asesina para arrebatarle su patria. Así, hemos aplastado y engañado a un pueblo confiado; nos hemos vuelto contra los débiles que creyeron en nosotros: hemos pisoteado a una república justa, inteligente, y bien organizada; hemos apuñaleado a un aliado en la espalda y abofeteado el rostro de un invitado; hemos comprado una sombra a un enemigo que no la tenía en venta; le hemos robado a un amigo confiado su tierra y su libertad; hemos obligado a jóvenes íntegros a empuñar fusiles infames y a hacer la labor de bandidos bajo una bandera que los bandidos se han acostumbrado a temer, no a seguir; hemos deshonrado la dignidad de América y ensombrecido su rostro ante el mundo."

Es irónico que lo que dijo Mark Twain pudiera fácilmente aplicarse a la actual política gubernamental estadounidense de agresión a Iraq, Afganistán, Líbano, Cuba, Venezuela, Bolivia y otros países y regiones del globo menos publicitadas, no porque el brillante escritor norteamericano fuera un profeta, como tampoco lo fue Martí, sino porque la esencia del imperialismo se ha mantenido inalterable desde entonces, aun cuando su poder, agresividad, doble rasero moral y ausencia de escrúpulos hayan aumentado en proporciones literalmente monstruosas.

Y finalmente conviene evocar también las palabras del magnate del acero, el multimillonario Andrew Carnegie, quien proclamara ante el mundo y propusiera al presidente McKinley, al terminar la guerra entre España y los EE.UU., su voluntad de donar los 20 millones de dólares que el gobierno estadounidense le ofreció a España derrotada por las Filipinas, para entregárselas a su propio pueblo. McKinley, desde luego, se negó, por lo que Carnegie, después de recibir las fotografías del genocidio yanqui perpetrado contra el pueblo filipino, dijo: “Ustedes [el gobierno] han concluido su labor de civilizar a los filipinos. Unos 8 000 de ellos yacen civilizados en tumbas colectivas y enviados al cielo. Espero que hayan disfrutado esa experiencia”. A partir de ese momento Carnegie se declaró antimperialista, y contribuyó a crear y financiar la Liga Antimperialista, que presidió durante varios años hasta su muerte.

Es evidente que lo que todos estos hombres tenían en común con José Martí son los principios éticos y de justicia internacional que el Apóstol defendió toda su vida. Pues bien, hay que admitir que ciertos grupos neoanexionistas de Miami se han propuesto una tarea ingente: si desean ser consecuentes con sus reservas políticas y estéticas en su patria adoptiva, junto con Martí tendrían que enterrar también a las grandes figuras de la cultura y todo vestigio de inteligencia y principios humanos en la larga historia de los EE.UU., ambicioso proyecto para un grupo insignificante que integra la inefable cohorte que movió al gran poeta alemán, Friedrich Von Schiller, a clamar: “Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano”.

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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