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Todavía puede causar asombro el ver
cómo, en menos de tres décadas, José
Martí se ejercitó en la palabra, tanto
desde la letra impresa hasta en la
oralidad, si tomamos como punto de
referencia aquel primer artículo suyo,
publicado el 19 de enero de 1869, en
El Diablo Cojuelo, cuando le
faltaban nueve días para cumplir los 16
años.
Muchas veces, al recordársele cuando nos
aproximamos a su natalicio o al día de
su muerte en Dos Ríos, ceñida la
evocación por las efemérides, se
subrayan los valores ideológicos de su
legado para la historia y la cultura
cubanas. Y, no es que se olvide, pero se
traduce en un segundo plano, aquella
obra suya, uno de los mayores
patrimonios de nuestras letras que al
editarse ocupa diversos volúmenes, sin
haberse agotado la investigación y
búsqueda de su papelería, dentro y fuera
de la Isla, porque tampoco podemos
soslayar que su propia vida tuvo como
escenario otros países e incluso otras
lenguas y culturas, durante largos
períodos desde la juventud hasta la
madurez.
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Al margen de la singularidad de su
talento, no dudo al afirmar que en buena
parte este se vio potenciado y
enriquecido en medio de los avatares de
su existencia, en el conflictual diálogo
con la época en que vivió, y en su
obligado exilio, cuando pudo traducir su
mirada y ampliarla al conocer en calidad
de testigo y muchas veces como
protagonista del proceso mismo de la
Modernidad, tanto en Europa, como en
América.
Si en verdad al partir a su primer
destierro en la península, cuando solo
era un adolescente que no había
concluido sus estudios, llevaba en sí la
almendra estoica de su familia, y de los
valores consagrados por el patriotismo
de aquellos próceres del 68, desde la
presencia de su maestro Rafael María de
Mendive y gracias a este, de la
pedagogía cubana, aquella cuyas raíces
están en Varela y Luz, las vivencias
personales en momentos históricos como
los del tránsito de la Monarquía a la
primera república, y el revés de los
ideales del liberalismo hispano, la
cultura francesa que entonces presidía a
Europa, y su propia avidez intelectual
ampliaron el horizonte de su juventud y
contribuyeron a su formación política y
estética.
Después vendría el contacto íntimo con
la América que él llamó “nuestra”, con
el México postjuarista que se debatía
entre conservadores y liberales y se
proyectaría hacia el positivismo, como
su estancia en Guatemala, país
igualmente escenario de aquella oleada
de pensamiento democrático que intentó
superar los dogmas de la colonia, pero
cayó en los desafueros del caudillismo y
la tiranía, dejando marginado al
indígena, y abandonado al negro como a
los más humildes, a los campesinos, a
aquel pequeño género humano que
calificaría casi 20 años después como
“el hombre natural”.
La Cuba del Zanjón lo recibiría, por
breve estadio, mientras conspiraba con
la esperanza de alzar el filoso machete
en la manigua, en aquel momento de
nuestra historia que fue la Guerra
Chiquita, período de tiempo que le
permitió vivir las huellas del
coloniaje, y comparar la realidad de la
sociedad cubana de entreguerras con las
repúblicas dolorosas de América, tiempo
que lo llevaría nuevamente a Europa, ya
no en la adolescencia sino en su
juventud, más agudo y exigente en sus
juicios, aunque no menos romántico su
espíritu, comprometido desde el presidio
y la cárcel con la independencia.
A lo anterior se suma el gran período de
su estancia, por tres lustros, en los
EE.UU., sin desdeñar ni silenciar la
experiencia de aquellos meses suyos en
Venezuela que reafirmaron sus ideas
sobre el presente, el pasado y la
proyección de futuro para los pueblos de
la América Latina y el Caribe, asumido
como suyo el legado de Bolívar, presto a
escribir la estrofa que faltaba al poema
de 1810.
Norteamérica estaba en plenitud de
desarrollo, tras la guerra de secesión,
y Martí llegaba a testimoniar aquel
suceso, clave para la historia no solo
de la nación estadounidense, sino para
la de todo el continente e, incluso,
para el destino del mundo en la próxima
centuria.
Se transformaban las trece colonias de
Washington, el abolicionismo de Lincoln
y emergía con singular voracidad el
monopolio, la expansión territorial, la
fiebre del oro hacia el oeste y Alaska,
para luego desbordarse sobre las
materias primas, la mano de obra barata
y otros mercados en lo que fue durante
casi una centuria traspatio de la gran
potencia, desaparecían los valores
éticos, la utopía de la democracia y se
expandían las desigualdades sociales,
mientras los EE.UU. acogían a miles de
emigrantes europeos, y comenzaba también
en esta parte del mundo la lucha de los
trabajadores, con los sucesos de Chicago
y las ideas anarquistas y socialistas.
Y mientras el planeta multiplicaba sus
diferencias y contradicciones, se
legalizaba por las potencias coloniales
el reparto del mundo, y la llamada
periferia, luego calificada de
subdesarrollada o con el eufemismo de
naciones en desarrollo, todavía en la
última década del siglo XIX Cuba, como
Puerto Rico, continuaban sometidas al
obsoleto yugo hispano, y Martí
encabezaba en medio de la emigración
patriota, por Norteamérica, el Istmo y
el Caribe la utopía de organizar las
fuerzas y superar las diferencias y los
rencores, en un gran frente
multiclasista, “con todos y para el bien
de todos”, el Partido Revolucionario
Cubano del que sería máxima expresión en
su calidad de Delegado y también
preparaba la guerra que él calificó de
necesaria, por su urgencia, porque no
solo el pueblo cubano y también el
boricua debía enfrentarse a España, sino
y sobre todo, a la amenaza del emergente
imperialismo norteamericano.
Aquel hombre nacido en la segunda mitad
del siglo XIX, en 1853, unos días antes
de morir, en San Agustín, en la Florida,
el precursor de nuestras libertades, el
presbítero Félix Varela resultaría
entonces no un pensador ni un
intelectual ni un escritor decimonónico,
sino un precursor, la vanguardia
revolucionaria, en todos esos campos
ideológicos y estéticos, del siglo XX.
Su obra, mayoritariamente expresa en
prosa, aunque esencialmente lírica, por
el peso definitorio de su subjetividad,
los poemas de la madurez, cuando todavía
no tenía 30 años, los de sus
posteriormente llamados Versos Libres,
así como la poética de su Ismaelillo
y de sus Versos Sencillos, su
exploración de la poesía dramática desde
la adolescencia cuando escribió
Abdala, costado escénico menor de su
pasión escritural, la única novela que
publicó con el nombre de Amistad
funesta y en la que pensó cuando
escribió a Gonzalo de Quesada la carta
que se considera su testamento
literario, su Lucía Jerez, los
cuentos propios, nacidos de su genio
narrativo, y las versiones que también
realizó para ese proyecto editorial que
fue la revista La edad de oro,
hablan suficientemente de los valores
literarios y éticos de José Martí.
Pero y sobre todo, debemos subrayar
aquella profusa papelería suya, la de su
periodismo, desde La Habana colonial de
fines de los 60, hasta las páginas del
periódico Patria, en los 90 del
siglo XIX, y especialmente, su presencia
en la gran prensa continental, tribuna
hispanoamericana en la que no sólo nos
dejó la huella de su pensamiento
político y social, sino la
revolucionadora expresión de su
discurso, calificado polémicamente de
“modernista”, pero trascendente desde
sus esencias y superador de cualquier
criterio preceptivo, como se demuestra
en las crónicas publicadas por él, desde
los años 80 a los 90, desde La
Opinión Nacional de Caracas hasta
las que aparecieron en La Nación,
de Buenos Aires, sin olvidar las de la
Revista Ilustrada de Nueva York o
en El Partido Liberal, de México,
en cuyas ediciones nos entregó su gran
ensayismo, textos como el de Nuestra
América, avales de la maestría de
aquel cubano universal, una de las más
importantes personalidades de las letras
en nuestra lengua en aquella centuria,
un clásico del castellano en todos los
tiempos. |