Año V
La Habana

3 al 9 de FEBRERO
de 2007

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Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche

Mercedes Santos Moray • La Habana

Todavía puede causar asombro el ver cómo, en menos de tres décadas, José Martí se ejercitó en la palabra, tanto desde la letra impresa hasta en la oralidad, si tomamos como punto de referencia aquel primer artículo suyo, publicado el 19 de enero de 1869, en El Diablo Cojuelo, cuando le faltaban nueve días para cumplir los 16 años.

Muchas veces, al recordársele cuando nos aproximamos a su natalicio o al día de su muerte en Dos Ríos, ceñida la evocación por las efemérides, se subrayan los valores ideológicos de su legado para la historia y la cultura cubanas. Y, no es que se olvide, pero se traduce en un segundo plano, aquella obra suya, uno de los mayores patrimonios de nuestras letras que al editarse ocupa diversos volúmenes, sin haberse agotado la investigación y búsqueda de su papelería, dentro y fuera de la Isla, porque tampoco podemos soslayar que su propia vida tuvo como escenario otros países e incluso otras lenguas y culturas, durante largos períodos desde la juventud hasta la madurez.

Martí
Roberto Fabelo

Al margen de la singularidad de su talento, no dudo al afirmar que en buena parte este se vio potenciado y enriquecido en medio de los avatares de su existencia, en el conflictual diálogo con la época en que vivió, y en su obligado exilio, cuando pudo traducir su mirada y ampliarla al conocer en calidad de testigo y muchas veces como protagonista del proceso mismo de la Modernidad, tanto en Europa, como en América.

Si en verdad al partir a su primer destierro en la península, cuando solo era un adolescente que no había concluido sus estudios, llevaba en sí la almendra estoica de su familia, y de los valores consagrados por el patriotismo de aquellos próceres del 68, desde la presencia de su maestro Rafael María de Mendive y gracias a este, de la pedagogía cubana, aquella cuyas raíces están en Varela y Luz, las vivencias personales en momentos históricos como los del tránsito de la Monarquía a la primera república, y el revés de los ideales del liberalismo hispano, la cultura francesa que entonces presidía a Europa, y su propia avidez intelectual ampliaron el horizonte de su juventud y contribuyeron a su formación política y estética.

Después vendría el contacto íntimo con la América que él llamó “nuestra”, con el México postjuarista que se debatía entre conservadores y liberales y se proyectaría hacia el positivismo, como su estancia en Guatemala, país igualmente escenario de aquella oleada de pensamiento democrático que intentó superar los dogmas de la colonia, pero cayó en los desafueros del caudillismo y la tiranía, dejando marginado al indígena, y abandonado al negro como a los más humildes, a los campesinos, a aquel pequeño género humano que calificaría casi 20 años después como “el hombre natural”.

La Cuba del Zanjón lo recibiría, por breve estadio, mientras conspiraba con la esperanza de alzar el filoso machete en la manigua, en aquel momento de nuestra historia que fue la Guerra Chiquita, período de tiempo que le permitió vivir las huellas del coloniaje, y comparar la realidad de la sociedad cubana de entreguerras con las repúblicas dolorosas de América, tiempo que lo llevaría nuevamente a Europa, ya no en la adolescencia sino en su juventud, más agudo y exigente en sus juicios, aunque no menos romántico su espíritu, comprometido desde el presidio y la cárcel con la independencia.

A lo anterior se suma el gran período de su estancia, por tres lustros, en los EE.UU., sin desdeñar ni silenciar la experiencia de aquellos meses suyos en Venezuela que reafirmaron sus ideas sobre el presente, el pasado y la proyección de futuro para los pueblos de la América Latina y el Caribe, asumido como suyo el legado de Bolívar, presto a escribir la estrofa que faltaba al poema de 1810.

Norteamérica estaba en plenitud de desarrollo, tras la guerra de secesión, y Martí llegaba a testimoniar aquel suceso, clave para la historia no solo de la nación estadounidense, sino para la de todo el continente e, incluso, para el destino del mundo en la próxima centuria.

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Flora Fong

Se transformaban las trece colonias de Washington, el abolicionismo de Lincoln y emergía con singular voracidad el monopolio, la expansión territorial, la fiebre del oro hacia el oeste y Alaska, para luego desbordarse sobre las materias primas, la mano de obra barata y otros mercados en lo que fue durante casi una centuria traspatio de la gran potencia, desaparecían los valores éticos, la utopía de la democracia y se expandían las desigualdades sociales, mientras los EE.UU. acogían a miles de emigrantes europeos, y comenzaba también en esta parte del mundo la lucha de los trabajadores, con los sucesos de Chicago y las ideas anarquistas y socialistas.

Y mientras el planeta multiplicaba sus diferencias y contradicciones, se legalizaba por las potencias coloniales el reparto del mundo, y la llamada periferia, luego calificada de subdesarrollada o con el eufemismo de naciones en desarrollo, todavía en la última década del siglo XIX Cuba, como Puerto Rico, continuaban sometidas al obsoleto yugo hispano, y Martí encabezaba en medio de la emigración patriota, por Norteamérica, el Istmo y el Caribe la utopía de organizar las fuerzas y superar las diferencias y los rencores, en un gran frente multiclasista, “con todos y para el bien de todos”, el Partido Revolucionario Cubano del que sería máxima expresión en su calidad de Delegado y también preparaba la guerra que él calificó de necesaria, por su urgencia, porque no solo el pueblo cubano y también el boricua debía enfrentarse a España, sino y sobre todo, a la amenaza del emergente imperialismo norteamericano.

Aquel hombre nacido en la segunda mitad del siglo XIX, en 1853, unos días antes de morir, en San Agustín, en la Florida, el precursor de nuestras libertades, el presbítero Félix Varela resultaría entonces no un pensador ni un intelectual ni un escritor decimonónico, sino un precursor, la vanguardia revolucionaria, en todos esos campos ideológicos y estéticos, del siglo XX.

Su obra, mayoritariamente expresa en prosa, aunque esencialmente lírica, por el peso definitorio de su subjetividad, los poemas de la madurez, cuando todavía no tenía 30 años, los de sus posteriormente llamados Versos Libres, así como la poética de su Ismaelillo y de sus Versos Sencillos, su exploración de la poesía dramática desde la adolescencia cuando escribió Abdala, costado escénico menor de su pasión escritural, la única novela que publicó con el nombre de Amistad funesta y en la que pensó cuando escribió a Gonzalo de Quesada la carta que se considera su testamento literario, su Lucía Jerez, los cuentos propios, nacidos de su genio narrativo, y las versiones que también realizó para ese proyecto editorial que fue la revista La edad de oro, hablan suficientemente de los valores literarios y éticos de José Martí.

Pero y sobre todo, debemos subrayar aquella profusa papelería suya, la de su periodismo, desde La Habana colonial de fines de los 60, hasta las páginas del periódico Patria, en los 90 del siglo XIX, y especialmente, su presencia en la gran prensa continental, tribuna hispanoamericana en la que no sólo nos dejó la huella de su pensamiento político y social, sino la revolucionadora expresión de su discurso, calificado polémicamente de “modernista”, pero trascendente desde sus esencias y superador de cualquier criterio preceptivo, como se demuestra en las crónicas publicadas por él, desde los años 80 a los 90, desde La Opinión Nacional de Caracas hasta las que aparecieron en La Nación, de Buenos Aires, sin olvidar las de la Revista Ilustrada de Nueva York o en El Partido Liberal, de México, en cuyas ediciones nos entregó su gran ensayismo, textos como el de Nuestra América, avales de la maestría de aquel cubano universal, una de las más importantes personalidades de las letras en nuestra lengua en aquella centuria, un clásico del castellano en todos los tiempos.

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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