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Muchos de quienes, deslumbrados una y
otra vez y entrañablemente agradecidos
siempre, hemos venido frecuentando desde
hace décadas la obra inagotable de José
Martí, somos de cierta manera sus
evangelistas o sus secretarios, en el
sentido etimológico de estas palabras.
Como podemos, transmitimos la buena
nueva de su paso por la vida; hurgamos
en sus secretos, pero no para
ocultarlos, sino para propagar
alborozados los logros de la caza de
amor. Naturalmente, el anuncio queda
siempre por debajo de lo anunciado, la
búsqueda no logra desentrañar del todo
el enigma. Cosa esperable, pues por
mucho que nos esforcemos, nuestra tarea
será siempre “grado inferior de la
virtud que la promueve”, como él dijo de
la de “los poetas de la guerra”
independentista cubana. Mientras tanto,
nuestras palabras acaban con frecuencia
pareciéndose o hasta fundiéndose cuando
valen algo, que es cuando hemos logrado
acercarnos a la criatura excepcional.
Por eso no pretendo en lo que sigue ser
original. Simplemente, decir lo que creo
verdadero. Cito algunas fuentes, pero
muchísimas más podría citar. Quienes se
sientan, pues, aludidos (después de
todo, la luz y el aire se comparten),
sepan que tendrán razón para ese
sentimiento, que tantos experimentamos.
Entre los incontables asuntos relativos
a Martí que me han atraído durante largo
tiempo está el que proclama, de manera
aproximada, el título de lo que ahora
escuchan. Aprovecharé esta ocasión para,
en cierta forma, ofrecer un resumen de
lo que he pensado sobre la cuestión, y
complementar el resumen a la altura de
la fecha.
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José
Martí
Gloria González |
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La primera vez que aspiré a considerar a
fondo el asunto fue en un ensayo que
escribí entre 1963 y 1964 y se publicó a
principios del año siguiente bajo el
título “Martí en su (tercer) mundo”. Con
las sumas y restas propias de casi
cuatro décadas, de él derivan en lo
fundamental mis otros estudios sobre
Martí. Entre las pocas restas (alguna de
las cuales me parece hoy incomprensible:
prefiero pensar que cayó al ser
recopiadas las páginas) se encuentra, en
primer lugar, la del título mismo, a lo
que me sentí obligado, ya que, no
obstante las reservas que expresé en el
trabajo hacia la denominación, entonces
tan en boga, “tercer mundo”, las
reservas no impidieron que el título
pareciera tragarse al texto. (No olvidar
que los lectores lo son más de títulos
que de textos.) Y aunque aquella
expresión había sido forjada once o doce
años antes de mi ensayo, por Alfred
Sauvy, no me hace demasiado feliz haber
contribuido a difundirla, como también
le ocurrió, en mayor medida, a Sauvy,
según me confesó en 1971. Sin embargo, a
partir de 2001 regresé al título
inicial. Después de todo, términos
acuñados como Occidente, Norte o Sur son
tan vulnerables (o defendibles) como
“tercer mundo”. Sigo considerando válido
en el ensayo el centro de su esfuerzo:
haber subrayado en Martí la toma de
conciencia de los pobres del Planeta en
conjunto; que su perspectiva llegó a ser
ecuménica a partir de su
identificación con los humillados y
ofendidos, los oprimidos por excelencia,
los colonizados que luchaban (y luchan y
lucharán “hasta la victoria siempre”)
por dejar de serlo. Esta idea, básica,
la recibí, en lo general, del aliento
mejor de la Revolución Cubana (el Che
incluso me honró comentándome el texto);
y en lo particular, de mi centelleante
maestro Ezequiel Martínez Estrada, que
por esta razón es una de las dos
personas a quienes el ensayo estuvo
dedicado. La otra fue Manuel Pedro
González, cuyo contagioso entusiasmo por
Martí, especialmente al estudiar su
faena literaria y el papel que desempeñó
en el surgimiento de la nueva literatura
hispanoamericana, me resultó muy
estimulante. La conjunción y el choque
de aquellos dos grandes ancianos e
ilustres cascarrabias alumbraron la vida
intelectual de Cuba en los inolvidables
y fértiles años de principios de la
década del 60 del siglo pasado.
Volviendo al título de esta conferencia,
y simplificando en extremo, podría decir
que Manuel Pedro me ayudó a entender
mejor la “forma” de la obra martiana; y
don Ezequiel, su “pensamiento”. Pero,
como dije y reiteraré, ello no es sino
una simplificación.
Aunque voy a volver sobre aquel ensayo
(en ocasiones, tácitamente), daré ahora
un salto en el tiempo, y aportaré estas
palabras de la “Introducción a La
Edad de Oro” que escribí para una
edición de dicha obra publicada por el
Fondo de Cultura Económica, de México,
en 1992: “en casos como el suyo, la
separación entre las dos líneas [...]
(forma/pensamiento) [...] es producto de
una abstracción hecha a menudo con fines
didácticos, ya que sobre Martí es
necesario decir lo que en 1875, a sus
veintidós años, él dijera de Hugo: ‘Su
forma es una parte de su obra, y un
verdadero pensamiento’.»
Ya 20 años antes, en acápite llamado
“Esencia y forma”, del prólogo a una
selección que hice de ensayos martianos
sobre arte y literatura, yo había
planteado:
“Otro aspecto entre los muchos
que pueden destacarse en la crítica
martiana, es la relación que [él] vio,
en la obra de arte, entre los elementos
formales y los que algunos llaman de
fondo o de contenido, y Martí, con más
acierto, prefirió llamar ‘de esencia’.
De acuerdo con su concepción de la
realidad, él no consideró ambos
elementos separados, sino estrechamente
fundidos: “Toda rebelión de forma,
dijo en 1886 al hablar de los pintores
impresionistas franceses, arrastra una
rebelión de esencia’.” [En este y
en los demás casos, si no se indica otra
cosa, el énfasis es de R.F.R.]
Y si estos conceptos apuntan a la forma
para señalar su vínculo con el
pensamiento (que aquí y en otras
ocasiones Martí prefirió llamar esencia,
aunque es posible que para él ambos
términos no se identificaran), otros
parten del pensamiento y desembocan en
la forma: y no solo en ella. En famoso
apunte caraqueño de 1881 Martí escribió:
“No hay letras, que son expresión, hasta
que no hay esencia que expresar
en ellas. Ni habrá literatura
hispanoamericana hasta que no haya
Hispanoamérica”. La primera idea
reaparece en lo fundamental cuando en
1890, al escribir sobre el poeta Sellén,
habla de
“lo de los franceses, que no
tienen en esta época de tránsito mucho
que decir, por lo que mientras se
condensa el pensamiento nuevo,
pulen y rematan la forma, y
tallan en piedra preciosa a veces, cazos
de finas y menudas facetas, donde vacían
cuanto hallan en lo antiguo de gracia y
color, o riman, por gala y
entretenimiento, el pesimismo de puño de
encaje que anda en moda, y es propio de
los literatos sin empleo en la ciudad
sobrada de literatura”.
Por un momento me alejaré de Martí para
regresar con más fuerza a él. “En
Salamanca, año de gracia de 1912”, al ir
a terminar su estremecedor libro Del
sentimiento trágico de la vida,
Unamuno estampó las conocidas palabras
según las cuales ‘nuestra filosofía, la
filosofía española, está líquida y
difusa en nuestra literatura, en nuestra
vida, en nuestra acción, en nuestra
mística, sobre todo, y no en sistemas
filosóficos. Es concreta’. En México,
treinta y tres años más tarde, esas
palabras resonarían en la introducción
con que José Gaos presentara su
Antología del pensamiento de lengua
española en la Edad Contemporánea
(1945). Pero en esa memorable antología,
Gaos, quien se ciñe a la Edad
Contemporánea, engloba a España y a la
América española, y habla de cierta
‘literatura especial [...] de
pensamiento, o pensamiento [...] a
secas’, una de cuyas especializaciones
es la filosofía. Más adelante plantea
que los pensadores considerados por él,
al enfrentar los españoles la decadencia
de su patria, y al querer los
hispanoamericanos lograr o cimentar la
independencia de las suyas, realizan
operaciones
“de política en la amplia
acepción etimológica del término [...] y
no solo en la acepción más estricta
[...]. Y casi podría agregarse que en la
medida en que [ese] pensamiento
se aleja [...] de la política en la
acepción amplia hacia la filosofía pura,
desciende [...] en originalidad y valía.
En cuanto a la forma, la del
tratado o curso sistemático y metódico
es la de la parte también menos original
y valiosa [...] [siéndolo la más] la del
ensayo y el artículo y la del discurso,
de estilo de valor estético en muchos
casos, sumo en algunos [...] Los más
grandes pensadores de lengua española
desde el Siglo de Oro de las letras
españolas son [...] [sus] grandes
prosistas [...]”.
Me he demorado en esas citas porque a la
luz de criterios como los allí expuestos
es dable calibrar la relación entre
forma y pensamiento en Martí. Ya en mi
ponencia de 1968 “Modernismo, 98,
subdesarrollo” señalé las evidentes
similitudes (acompañadas de diferencias
también evidentes) entre Martí y Unamuno
como escritores/pensadores de la
periferia de Occidente. Bien lo
comprendió el arduo vasco, quien
escribió que había sido “de los primeros
en hablar de él en España”. Y lo que
habló fue con frecuencia agudísimo. Por
ejemplo, de su estilo epistolar dijo que
a veces recuerda al de Santa Teresa,
observación que ya había hecho el joven
Pedro Henríquez Ureña; y añadió: “Ni
está siempre escrito en prosa, sino en
esa expresión informe, protoplasmática,
que precedió a la prosa y al verso. Sus
palabras parecen creaciones, actos”.
Unamuno y Gaos, en líneas que acabo de
citar y que voy a conjugar y abreviar,
entienden que el pensamiento de lengua
española está inmerso en buena parte de
nuestras letras antes que en textos de
explícita voluntad filosófica. Unamuno
va más lejos, y llega a afirmar que está
en nuestra vida, en nuestra acción. Todo
esto es aplicable, paradigmáticamente, a
Martí. ¿No acabamos de oír que para el
rector salmantino las palabras martianas
parecen creaciones, actos? Hombre de
actos (sobre todo de actos de amor) fue
Martí. Y en frase repetida, aunque
insuficientemente asumida, Guillermo
Díaz-Plaja lo llamó “desde luego, el
primer ‘creador’ de prosa que ha tenido
el mundo hispánico.” Lo que no puede
menos que vincularse con la observación
de Gaos según la cual nuestros mayores
pensadores desde el Siglo de Oro son
nuestros mayores prosistas (yo no
olvidaría a nuestros poetas mayores,
como no los olvidó Unamuno). Es pues
necesario al hablar de Martí como
pensador hablar de él como escritor. Y
viceversa. Sobre esto se han dicho
muchas cosas atinadas. Me gustaría que
al citarlas, ellas incluyeran estas
palabras de David Lagmanovich: “la
expresión metafórica es el
pensamiento martiano, constituye la
sustancia misma de su pensar”. (Énfasis
de D.L.)
Lo anterior no implica desconocer la
especificidad tanto de una obra de
pensamiento como de una obra literaria.
Pero Martí ofrece dificultades muy
grandes para ser visto solo en una u
otra faceta, ya que su unidad se resiste
a cualquier partición. Si el incisivo
comentario unamuniano tocante al estilo
epistolar de aquél es válido de alguna
forma para casi toda su producción
verbal, el fondo de tal comentario
también ilumina la figura completa del
caribeño, quien da la impresión de estar
situado en un momento anterior a aquel
en que el ser humano se desgaja en
funciones. Ya sabemos que en él el
pensador no se separa del escritor.
Tampoco el revolucionario político (y en
este orden está igualmente entre los
mayores que ha habido en la historia) se
separa del espiritualista
vocado hacia la trascendencia; el
sediento de justicia, de la criatura
erótica; el atento a las menudas
atenciones familiares y amistosas, del
artista exquisito; el sabio insondable,
del hombre natural; el fiero demócrata,
del aristócrata de espíritu; el
anunciador del porvenir, del arcaico
profundo. En el poema inicial de sus
complejos Versos sencillos
explicó: “Yo vengo de todas partes, / Y
hacia todas partes voy; / Arte soy entre
las artes, / En los montes, monte soy”.
Max Scheler propuso en “El porvenir del
hombre” que el ser humano aspirara no al
superhombre, sino al “todo-hombre”.
Martí se cuenta entre los escasos seres
en quienes se adelanta esa meta. Con el
sintagma “hombre nuevo”, de San Pablo al
Che Guevara también pidieron algo
similar, que fue reclamado antes del
primero y lo será después del último,
pues el
sobrepasamiento de lo que somos
es una permanente exigencia. Esa
exigencia fue capital en Martí, quien
vio al mundo todo “[d]e minotauro yendo
a mariposa”, según su prodigioso verso
libre.
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La confianza martiana en la
perfectibilidad de lo existente, en su
armonía última (“[t]odo es música y
razón”, escribió), en el amor que anima
al Universo, y en la necesidad que
tenemos de aceptar nuestra cuota de
deber para la realización de aquella
perfectibilidad y, como dijo a semejanza
de tantos místicos, para gozar con
fruición del beneficio de la muerte, lo
acompañó siempre. Es verdad que en su
pensamiento, según es habitual, hay
etapas. Pero también es verdad que el
núcleo de tal pensamiento, si se
enriquece, no conoce alteraciones
fundamentales desde que se manifiesta en
su dolorosa adolescencia. Desterrado,
publica en Madrid su primer opúsculo,
El presidio político en Cuba (1871),
donde aparece ya la nuez de sus
creencias políticas, éticas, religiosas,
en un testimonio de pasmosa originalidad
expresiva. Allí está Martí de cuerpo
entero. Acaba de cumplir dieciocho años,
y esa es su temporada en el infierno
(Rimbaud, un año menor que él, escribió
también en 1871 su “carta del Vidente”,
y en 1873 redactará su propia
temporada). De ninguna de las
palabras de aquel texto habrá de
desdecirse Martí, como ocurrirá con toda
su obra, más que escrita o dicha,
inscrita. Lo que ha contemplado este
veedor, y de lo que habla, es una
realidad espantosa, propia del
colonialismo. Pero ella le revela no
solo la maldad de la opresión, sino
también la nobleza de los humildes, el
valor del sacrificio, la compasión (el
unamuniano padecer con), lo
inmarcesible del amor; le revela cuál
será su combate, y su fuerza para
acometerlo; le revela que “lo
sobrenatural es en verdad carnal”, según
escribiría luego Péguy. En esa
carnalidad sobrenatural, que lo
emparienta con Santa Teresa y de ahí la
cercanía de sus estilos, vivirá el resto
de su breve vida fulgurante.
Martí asume desde los primeros momentos
que tiene el deber de contribuir a la
liberación de su país natal, y se
entrega al cumplimiento de ese deber
hasta su último aliento. La suya es
pues, en lo más perceptible, una faena
política, de inequívoco signo
revolucionario. Esa faena se enriquecerá
con metas sociales, a medida que Martí
vaya comprendiendo cada vez más el papel
que desempeña “el pueblo, la masa
adolorida [que] es el verdadero jefe de
las revoluciones”, aunque lo “ignoran
los déspotas”, como escribió en 1880; y
que, consecuente con esa comprensión,
decida “echar” su “suerte” “con los
pobres de la tierra”, hacer “causa
común” “con los oprimidos”, según añadió
diez años después. Pues no fue Martí de
esos “revolucionarios suaves” a quienes
zahirió en 1888, y que, siguió diciendo,
“son siempre bienquistos entre las
clases privilegiadas, que se entretienen
con ellos, como los niños con los globos
de papel”. Por el contrario, fue un
radical extremo, y por ello mismo nada
extremista ni demagógico. “Hombre”,
postuló en 1893, “es quien estudia las
raíces de las cosas. Lo otro [añadió] es
rebaño”. Y también sostuvo: “Radical no
es más que eso: el que va a las raíces.
No se llame radical quien no ayude a la
seguridad y la dicha de los demás
hombres”.
La brega que se le amplió en lo social,
también lo hizo en lo político. Martí
comenzó impugnando la opresión de la
vieja metrópoli de América, a la cual
sólo le quedaban allí a finales del
siglo
xix dos colonias, Cuba y Puerto
Rico, que él se propuso libertar.
Aludiendo a la zona donde en 1868 se
diera el primer combate por la
independencia de Cuba, exclamó cuando
iba a cumplir diecisiete años: “O Yara o
Madrid”. Pero luego añadió dos áreas
mayores a sus preocupaciones en este
orden: el conjunto de los pueblos de lo
que pronto llamó “nuestra América”,
conjunto al que se sintió pertenecer de
modo entrañable y del que hizo la mejor
defensa; y lo que consideró “la América
europea”, los EE.UU., país donde vivió
desterrado casi tres lustros, llegando a
apreciar como ningún otro pensador de su
ámbito las virtudes y los riesgos de la
que sería conocida como la modernidad
capitalista en aquella nación. Ello lo
llevó a proyectar otra
modernidad, alternativa, cuya primera
elaboración apareció en su trabajo de
1882 “El Poema del Niágara”. Lo
llevó también a ofrecer una inigualada
radiografía de aquel país, en crónicas
de intensa belleza y buido análisis
leídas durante su vida con fervor en
toda Hispanoamérica. Y por último lo
llevó a dar pasos concretos para
oponerse a los proyectos del naciente
imperialismo de los EE.UU. contra
nosotros: censurando con energía las
primeras conferencias panamericanas,
realizadas entre 1889 y 1891 en
Wáshington; y preparando una guerra en
Cuba que sería tanto contra el arcaico
Imperio español como contra el flamante
Imperio estadunidense. Es más: puso el
énfasis en este último, como lo prueba
su difundida carta póstuma a Mercado,
escrita en el campo de batalla la
víspera de morir en combate, en que
confiesa estar cumpliendo su «deber
[...] de impedir a tiempo con la
independencia de Cuba que se extiendan
por las Antillas los EE.UU. y caigan,
con esa fuerza más, sobre nuestras
tierras de América. Cuanto hice hasta
hoy, y haré, es para eso”. Glosando la
fórmula de su adolescencia, hubiera
podido escribir entonces: “O La Habana o
Washington”. Pero en realidad su
propósito era ya mucho más dilatado. No
solo pensaba en todas nuestras tierras
de América, como expresó en la carta
citada, sino que un año antes había
escrito: “Es un mundo lo que estamos
equilibrando: no son solo dos islas las
que vamos a libertar”. Y después de
mencionar al “conflicto innecesario
entre un pueblo tiranizador de América y
el mundo coaligado contra su ambición”,
añadió: “Un error en Cuba, es un error
en América, es un error en la humanidad
moderna. Quien se levanta hoy con Cuba
se levanta para todos los tiempos”.
Si el enorme horizonte de este diseño,
que muestra a Martí en la otra
raíz del mundo actual, no lo colocara
entre los pensadores políticos de mayor
envergadura, bastaría la naturaleza de
su política para darle ese lugar, y
otros. Pues en él la política se hallaba
unimismada con la ética y guiada por el
amor, en un proceso de ascenso y
purificación espiritual. Lo que bien
poco tiene que ver con lo que está
vigente hoy. Por eso Martínez Estrada
pudo decir que “su figura se nos aparece
como la de un héroe anacrónico”, y se
volvió a los mitos para tratar de
entenderla en plenitud. También es
posible pensar, como ya he sugerido, que
es un anuncio del porvenir que
necesitamos. Lo que tampoco tiene mucho
que ver con la deplorable presentolatría
a que tantos están entregados.
A sabiendas, he estado refiriéndome
indistintamente a materiales martianos
en prosa y en verso, y exponentes de
diversos géneros: carta, poema,
testimonio, discurso, artículo, ensayo,
crónica, análisis político. El
pensamiento martiano se valió de esos y
otros géneros. Y es que Martí ni se
propuso, académicamente, atenerse a los
géneros, ni, neoacadémicamente, se
propuso desbordarlos. Más que géneros,
vio ante sí funciones, tareas, deberes,
y se dio a cumplirlos. De muchas maneras
dijo que no quería que se le tomara por
poeta en verso antes que por poeta en
actos. Y también, que la expresión es la
hembra del acto, en alusión evidente a
la cópula amorosa que garantiza la
pervivencia de la vida. Le habrá
satisfecho el verso del Cid
“¡Lengua sin manos, —quomo osas
fablar!”; y le hubieran satisfecho las
palabras de Bergson ¡conciencia
significa acción posible! Pero nada más
lejos de este hombre que el culto al
acto puro de cuyas lamentables
consecuencias tanto sabemos. El suyo fue
acto impuro, genésico. Debido a ello,
por mucho que le interesaran la forma y
el pensamiento, sobre todo le interesó
la función. Feliz paradoja que su
entrega a la función diera en él un
valor impar a las otras dos realidades.
Por eso escribí hace tiempo que de no
haber sido tan grave, se le hubiera
podido llamar lo que Cocteau dijo de sí:
el Paganini del violín de Ingres. Entre
las numerosas enunciaciones del hecho,
me parece particularmente justa esta que
data de 1931 y es de Pedro Henríquez
Ureña:
“[Martí] pudo, como Rubén Darío,
sacrificarlo todo al solo ideal de ser
poeta; pero antes quiso acatar normas de
honrado; y el deber y el amor se le
agrandaron: se completaron en la
devoción de su tierra. [...] Pero el
escritor, que se encogía para ceder el
paso al hombre de amor y deber,
reaparecía aumentado, transfigurado por
el amor y por el deber: la vibración
amorosa hace temblar cada línea suya, el
calor del deber le da transparencia. Y
cuando está entregado, devorado, en su
devoción suprema —Cuba—, escribe ya como
si se trasfundiese en la pura energía:
su carta desde Montecristi, dos meses
antes de caer en Dos Ríos, es como
arquitectura de luz”.
Quizá no sea ocioso recordar que la
carta a la que se refiere aquí Henríquez
Ureña es la que Martí escribió el 25 de
marzo de 1895 al tío de aquél, Federico
Henríquez y Carvajal. Lo mismo puede y
debe decirse de la carta que en esa
fecha Martí escribió a su madre. Y quizá
aún más de un texto que el dominicano no
conocía cuando hizo aquella valoración,
pues se publicó por vez primera en 1941:
el último Diario del Mártir de
Dos Ríos.
Porque es ejemplo soberano de cómo Martí
enlazó forma y pensamiento apuntando a
una función (“acción posible”), me
detendré un momento en su texto esencial
“Nuestra América”. Antes de entrar en
él, llamo la atención sobre su locus
dicendi: La Revista Ilustrada de
Nueva York, donde apareció el
primero de enero de 1891; y el periódico
mexicano El Partido Liberal,
donde lo hizo el 30 de aquel mes. A
ambas publicaciones Martí envió crónicas
y comentarios sobre hechos puntuales.
Tal no es el caso de “Nuestra
América”. ¿Cuál es entonces el género de
este texto, cuya extrañeza no escapa a
ningún lector mínimamente atento?
Difícil resulta no ver en él, por una
parte, un balance analítico de cuanto
Martí llegó a saber sobre nuestra patria
grande, su historia, sus componentes,
sus riesgos; por otra, un proyecto que
mira al amenazado porvenir. Pero resulta
igualmente difícil no sentirse
sobrecogido ante la imponente hermosura
de aquellas palabras. Pensador y poeta
están allí identificados en grado sumo.
Por eso afirmé hace cerca de 40 años que
en “Nuestra América” “se junta [...] el
análisis penetrante del científico al
vuelo poético del creador de mitos”. Y
el texto, que no es una crónica, sí es,
a la vez, un ensayo y un poema. O, si se
quiere, un ensayo poemático, cuya
densidad conceptual e imaginística es
tanta que fue considerada
“verdaderamente espeluznante” por uno de
sus mejores comentaristas. Ya dije que
solo mediante una abstracción, hecha a
menudo con fines didácticos, es dable
separar en Martí forma y pensamiento.
Voy ahora a atender, con las cautelas
del caso, a esos fines.
En lo que toca al pensamiento, Cintio
Vitier (quien después, con su acierto
habitual, escribiría sobre las imágenes
en el texto y prepararía una edición
crítica suya) publicó en 1982 un
“Esquema de ‘Nuestra América’” (c. 1973)
del que me valdré libremente. Las
amenazas que enfrenta nuestra América
son internas: el aldeanismo y el
desarraigo, y externas: el imperialismo
(término que Martí no emplea en el
ensayo). El primer peligro interno, el
espíritu aldeano, es ciego e inane
frente a los países poderosos, ciegos a
su vez para los pequeños y débiles. La
superación de aquel espíritu supone la
autoconciencia y la vinculación con los
que están en situaciones similares, para
formar una cohorte unida. El segundo
peligro interno conduce al extranjerismo
y la traición. Su causa está en la
vergüenza de nuestra pobreza y en el
complejo de pertenecer a “razas” no
“blancas”. El desarraigado es atraído
por Europa y los EE.UU., cuya riqueza se
alimenta de la explotación de nuestros
países, de la cual se vuelven cómplices
quienes, al abandonar nuestras tierras,
hacen suyos los valores de las
metrópolis. A la vergüenza se une la
soberbia individualista, que lleva al
desarraigado a acusar a sus pueblos de
inferiores. Este punto le provoca a
Martí algunas de las líneas más
indignadas del ensayo.
La supuesta inferioridad de nuestros
pueblos nació del desajuste entre su
originalidad y la aplicación artificial
a ellos de formas nacidas en (y para)
pueblos distintos. Las soluciones deben
surgir de la comprensión de los
problemas propios. El gobierno debe ser
autóctono. La autoctonía es el antídoto
del desarraigo. Por eso el hombre
natural, el mestizo autóctono ha vencido
al libro importado, a los letrados
artificiales, al criollo exótico. Y de
inmediato, la abierta impugnación de la
famosa tesis sarmientina: “No hay
batalla entre la civilización y la
barbarie, sino entre la falsa erudición
y la naturaleza”.
Siete años atrás, en 1884 (cuando
Sarmiento, pues, vivía aún), Martí había
impugnado “el pretexto de que la
civilización, que es el nombre vulgar
con que corre el estado actual del
hombre europeo, tiene derecho natural de
apoderarse de la tierra ajena
perteneciente a la barbarie, que es el
nombre que los que desean la tierra
ajena dan al estado actual de todo
hombre que no es de Europa o de la
América europea”.
Ahora, en “Nuestra América”, dirá que el
hombre natural, bueno y sagaz,
defraudado en América por el desajuste
entre país original y gobierno falso,
puede ser manipulado por tiranos que
parecen atender a los elementos
naturales, pero en cuanto tales tiranos
los traicionan, caen. Nuestros gobiernos
han sido de “incultos” anárquicos y
despóticos, o de “cultos” salidos de
universidades con perspectivas ajenas a
los factores reales de nuestros pueblos
y al arte de gobernarlos. Por eso
nuestra educación ha de basarse, en
primer lugar, en el conocimiento de
nuestra historia, aunque enriqueciéndose
con aportes del resto del mundo:
“Injértese en nuestras repúblicas el
mundo; pero el tronco ha de ser el de
nuestras repúblicas”, escribió. Tras las
guerras independentistas, se entró en el
período de desajuste entre nuestros
elementos peculiares, híbridos, y las
formas de gobierno importadas,
mecánicamente aplicadas. Y luego, una
opinión que revela la radicalización del
pensamiento social martiano: “Con los
oprimidos había que hacer causa común,
para afianzar el sistema opuesto a los
intereses y hábitos de mando de los
opresores”. Al no haberse procedido así,
la colonia continuó viviendo en la
república. Pero morirá en nuestra
América, donde está naciendo, en estos
tiempos reales, el hombre real. Éramos
una caricatura de las metrópolis, en
medio de la originalidad variopinta de
nuestra América, y frente a la
oligarquía y sus amanuenses. Fracasaron
las falsas soluciones propuestas: el
libro (europeo, yanqui), el odio
(tiranías, guerras civiles), y se reveló
la única solución real: el amor creador.
La salvación está en crear.
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Sobrepasando los indudables peligros
internos hay otro externo: el naciente
imperialismo estadounidense, impulsado
por la pujanza expansionista y el
desdén. Al tema se alude a lo largo del
ensayo: en el segundo párrafo: “¡los
árboles se han de poner en fila, para
que no pase el gigante de las siete
leguas!”; en el octavo, con la imagen
del tigre (sobre la cual volveré), que
“espera, detrás de cada árbol,
acurrucado en cada esquina”; y en el
decimoprimero, después de un
acercamiento previo (“Pero otro peligro
corre, acaso, nuestra América...”) se
plantea inequívocamente: “El desdén del
vecino formidable que no la conoce es el
peligro mayor de nuestra América”. Ha
podido decirse que “la noción semántica
de peligro determina la estructura
externa del ensayo”, y que tal peligro
es “el de la absorción por los EE.UU.”.
Aún más: tal noción de “peligro” provoca
la existencia misma de este ensayo bien
complejo, pero en absoluto ambiguo, y
está en la raíz de lo que según Martí
debe oponerse a aquella noción, es
decir, las soluciones propuestas para
los peligros internos: autoconciencia,
unión, valor, dignidad, creación, causa
común con los oprimidos. La perenne
vigilancia debe ser crítica, “pero con
un solo pecho y una sola mente”, y sin
odio de razas, porque no las hay. La
mejor defensa se indicó desde el
principio: la unión de nuestra América,
concebida como una unión de
trabajadores, proyectada hacia el
porvenir.
En la brillante coda, Martí evoca “el
himno unánime” de “la América
trabajadora”, y funde dos mitos
indígenas: el del Semí o Cemí, deidad de
aborígenes antillanos (que José Lezama
Lima daría como apellido al protagonista
de Paradiso), y el de Amalivaca,
propio de los aborígenes venezolanos,
cuyas semillas, de las que nacerían los
hombres y mujeres de la América nueva,
“sentado en el lomo del cóndor, regó el
Gran Semí, por las naciones románticas
del continente y por las islas dolorosas
del mar”.
Al considerar las estructuras del texto,
me valdré, también libremente, del
trabajo que ya he venido citando,
“Lectura de un ensayo: ‘Nuestra
América’, de José Martí” (c. 1977),
publicado en 1987 por Lagmanovich, quien
no deja de hacer allí observaciones
políticas. Después de todo, Julio Ramos
pudo afirmar en 1989 que “en ‘Nuestra
América’ la forma misma cumple
una función política fundamental”. Hay
en “Nuestra América” una estructura
externa, una intermedia y una profunda.
La primera, que ya se dijo determinada
por la noción semántica de peligro,
implica tres partes: anuncio de aquél
(en los dos primero párrafos),
desarrollo del tema (entre los párrafos
tercero y décimo), y conclusión (en los
últimos párrafos, básicamente de
recapitulación y conclusión profética);
en esa estructura externa son frecuentes
los finales aforísticos de los párrafos,
los usos variados de un mismo vocablo,
la adjetivación imprevista o
desconcertante, los juegos de alusiones
y espejos de ciertos elementos léxicos.
En la estructura intermedia, los tiempos
verbales predominantes subrayan en forma
notable la razón de ser del ensayo (la
llamada de atención frente al peligro),
lo que se revela en la elevada presencia
de formas con valor de futuro,
especialmente con un matiz de
obligación. En cuanto a la estructura
profunda, ella reside en la oposición de
símbolos procedentes de los reinos
vegetal y animal que “se resuelven en un
gran símbolo trascendente”. Para el
autor que vengo siguiendo, “el símbolo
aterrador del tigre es [...] lo que
constituye el verdadero motor de este
ensayo martiano”, es “el símbolo
estructurador de todo el ensayo”. Martí,
insospechable de xenofobia alguna (en
este mismo texto tan enérgico advierte
que no “ha de suponerse, por antipatía
de aldea, una maldad ingénita y fatal al
pueblo rubio del continente”), ha
simbolizado en su tigre, por una parte,
no a un país sino a un sistema
depredador, llámese colonialismo,
imperialismo, neocolonialismo o con
cualquier vocablo que designe la
explotación y la opresión de un país por
otro: tal es “el tigre de afuera”; por
otra parte, a la explotación y la
opresión locales, no menos abominables:
“el tigre de adentro”.
Si la doble imagen del tigre representa
en este ensayo/poema fundador, escrito
hace más de un siglo, lo que nuestros
países tienen que combatir para
salvarse, la irrupción en él de los
oprimidos implica el otro polo de ese
combate. Y como este último está bien
lejos de haber terminado, el vertiginoso
texto, auténtico manifiesto de nuestra
segunda (y definitiva) independencia
reclamada desde 1889 por Martí, conserva
su urgente y dramática actualidad.
Cabe, ya con el fin de estas palabras a
la vista, preguntarse a qué pensamiento
es dable afiliar el de Martí. Hace
tiempo que se está intentando responder
esa pregunta, y creo que al intento le
queda todavía mucho por andar.
Impresionada por la mezcla de caudalosa
información y constante originalidad en
Martí, Gabriela Mistral lo llamó, en
paradójica fórmula feliz, “Adán culto”.
Otros autores, no menos impresionados,
en este caso por la familiaridad de
Martí con los padres de la lengua, y
deseando saber a cuál se arrimaba más su
propia obra, llegaron a la conclusión de
que Martí se parece tanto a ellos por
coincidencia, porque es uno de ellos.
Quisiera aplicar al pensamiento de Martí
un razonamiento similar a los que
condujeron a esos juicios.
La información de Martí le permitió
contemplar, señalando simpatías y
diferencias (para usar vocablos que
acuñó Alfonso Reyes), muchos orbes de
pensamiento. Y en todos los casos,
incluso cuando las simpatías fueron muy
grandes, Martí fue fiel a sus
circunstancias y conservó su rostro
propio, que con frecuencia ha sido
presentado como heterodoxo. En la
cuestión religiosa, es obvio que don
Marcelino le hubiera dado sitio a este
anticlerical en su juvenil, erudita y
peleadora Historia. ¿Pero no se
lo hubiese dado también a un sacerdote
como Teilhard de Chardin, algunas de
cuyas esperanzadoras ideas conjeturé
hace tiempo que Martí habría aceptado
complacido? Claro, para tildar de
heterodoxo a alguien, en el terreno que
sea, hay que andar muy afincado en una
ortodoxia, como Menéndez y Pelayo. Y a
veces, hay que estar un poco o un mucho
enmurallado, que no fue el caso, por
ejemplo, del delicioso Chesterton, cuya
singular ortodoxia no le impidió hacer
de su contradictor Shaw el más hermoso
elogio suyo que conozco. En cuanto a la
política, a la que se dio con
vehemencia, en vez de imputarle
heterodoxia, ¿no es más adecuado aceptar
que el radical Martí, junto a otras
figuras de relevancia también
ostensible, es uno de ellos?
Los acercamientos a las criaturas
magnas, sobre todo al conmemorarse
cifras redondas, con frecuencia tienen
mucho de rituales vacíos. Especialmente
tratándose de Martí, en el
sesquicentenario de su nacimiento,
nuestro deber es no incurrir en esos
rituales; y, a la vez, no temer decir de
él lo que su grandeza requiere, aunque
sepamos que no van a faltar los
homúnculos que, al oírlo, pretendan
escarnecernos. Por eso voy a insistir,
para terminar, en que estoy convencido
de que Martí pertenece a la exigua y
preciosa estirpe de los fundadores de
grandes creencias universales, y de que
estamos asistiendo, en el comienzo del
llamado tercer milenio, al inicio apenas
de su expansión, como se habla de la
expansión de una galaxia. Por lo pronto
él es, en condiciones a menudo sumamente
arduas, el tesoro mayor y el mayor
escudo de su pueblo inmediato, aquel en
que naciera. Pero sus lecciones están
lejos de agotarse en ese pueblo.
Defendió y edificó para nosotros y para
los demás; para sus tiempos, que llamó
de reenquiciamiento y remolde, y para
los tiempos por venir. Bien lo supo
quien escribió: “Mi verso crecerá: bajo
la yerba/ Yo también creceré”; quien
escribió: “Viva yo en modestia oscura; /
Muera en silencio y pobreza; / ¡Que ya
verán mi cabeza/ Por sobre mi
sepultura!” Lezama afirmó que Martí es
un misterio que nos acompaña. Acompañará
a la humanidad durante un lapso cuyo fin
es imposible prever, como es imposible
prever el de la humanidad misma. Algunas
de las cosas que Martí dijo quizá no las
comprendamos aún del todo. Otras, han
resultado proféticas en el terrible
“corto siglo
xx” (Eric Hobsbawm dixit):
un siglo que ha visto tantas realidades
negativas en su involución, confiamos
que temporal, hacia la barbarie, al
punto de dar la impresión de ser (como
se dijo en lo económico, para nuestra
América, de las pasadas décadas del 80 y
el 90) un siglo perdido. Pero no vio, ni
verá el siglo
xxi, a los hombres y mujeres de
buena voluntad conformarse con el
destino que los soberbios, los poderosos
y los avaros pesadillean para los
crecientes pobres de la tierra; ni vio
el uno ni verá el otro apagarse la luz
encendida por José Martí.
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