Año V
La Habana

3 al 9 de FEBRERO
de 2007

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Forma y pensamiento en la obra martiana*

Roberto Fernández Retamar • La Habana

Muchos de quienes, deslumbrados una y otra vez y entrañablemente agradecidos siempre, hemos venido frecuentando desde hace décadas la obra inagotable de José Martí, somos de cierta manera sus evangelistas o sus secretarios, en el sentido etimológico de estas palabras. Como podemos, transmitimos la buena nueva de su paso por la vida; hurgamos en sus secretos, pero no para ocultarlos, sino para propagar alborozados los logros de la caza de amor. Naturalmente, el anuncio queda siempre por debajo de lo anunciado, la búsqueda no logra desentrañar del todo el enigma. Cosa esperable, pues por mucho que nos esforcemos, nuestra tarea será siempre “grado inferior de la virtud que la promueve”, como él dijo de la de “los poetas de la guerra” independentista cubana. Mientras tanto, nuestras palabras acaban con frecuencia pareciéndose o hasta fundiéndose cuando valen algo, que es cuando hemos logrado acercarnos a la criatura excepcional. Por eso no pretendo en lo que sigue ser original. Simplemente, decir lo que creo verdadero. Cito algunas fuentes, pero muchísimas más podría citar. Quienes se sientan, pues, aludidos (después de todo, la luz y el aire se comparten), sepan que tendrán razón para ese sentimiento, que tantos experimentamos.  

Entre los incontables asuntos relativos a Martí que me han atraído durante largo tiempo está el que proclama, de manera aproximada, el título de lo que ahora escuchan. Aprovecharé esta ocasión para, en cierta forma, ofrecer un resumen de lo que he pensado sobre la cuestión, y complementar el resumen a la altura de la fecha. 

José Martí
Gloria González

La primera vez que aspiré a considerar a fondo el asunto fue en un ensayo que escribí entre 1963 y 1964 y se publicó a principios del año siguiente bajo el título “Martí en su (tercer) mundo”. Con las sumas y restas propias de casi cuatro décadas, de él derivan en lo fundamental mis otros estudios sobre Martí. Entre las pocas restas (alguna de las cuales me parece hoy incomprensible: prefiero pensar que cayó al ser recopiadas las páginas) se encuentra, en primer lugar, la del título mismo, a lo que me sentí obligado, ya que, no obstante las reservas que expresé en el trabajo hacia la denominación, entonces tan en boga, “tercer mundo”, las reservas no impidieron que el título pareciera tragarse al texto. (No olvidar que los lectores lo son más de títulos que de textos.) Y aunque aquella expresión había sido forjada once o doce años antes de mi ensayo, por Alfred Sauvy, no me hace demasiado feliz haber contribuido a difundirla, como también le ocurrió, en mayor medida, a Sauvy, según me confesó en 1971. Sin embargo, a partir de 2001 regresé al título inicial. Después de todo, términos acuñados como Occidente, Norte o Sur son tan vulnerables (o defendibles) como “tercer mundo”. Sigo considerando válido en el ensayo el centro de su esfuerzo: haber subrayado en Martí la toma de conciencia de los pobres del Planeta en conjunto; que su perspectiva llegó a ser ecuménica a partir de su identificación con los humillados y ofendidos, los oprimidos por excelencia, los colonizados que luchaban (y luchan y lucharán “hasta la victoria siempre”) por dejar de serlo. Esta idea, básica, la recibí, en lo general, del aliento mejor de la Revolución Cubana (el Che incluso me honró comentándome el texto); y en lo particular, de mi centelleante maestro Ezequiel Martínez Estrada, que por esta razón es una de las dos personas a quienes el ensayo estuvo dedicado. La otra fue Manuel Pedro González, cuyo contagioso entusiasmo por Martí, especialmente al estudiar su faena literaria y el papel que desempeñó en el surgimiento de la nueva literatura hispanoamericana, me resultó muy estimulante. La conjunción y el choque de aquellos dos grandes ancianos e ilustres cascarrabias alumbraron la vida intelectual de Cuba en los inolvidables y fértiles años de principios de la década del 60 del siglo pasado. Volviendo al título de esta conferencia, y simplificando en extremo, podría decir que Manuel Pedro me ayudó a entender mejor la “forma” de la obra martiana; y don Ezequiel, su “pensamiento”. Pero, como dije y reiteraré, ello no es sino una simplificación. 

Aunque voy a volver sobre aquel ensayo (en ocasiones, tácitamente), daré ahora un salto en el tiempo, y aportaré estas palabras de la “Introducción a La Edad de Oro” que escribí para una edición de dicha obra publicada por el Fondo de Cultura Económica, de México, en 1992: “en casos como el suyo, la separación entre las dos líneas [...] (forma/pensamiento) [...] es producto de una abstracción hecha a menudo con fines didácticos, ya que sobre Martí es necesario decir lo que en 1875, a sus veintidós años, él dijera de Hugo: ‘Su forma es una parte de su obra, y un verdadero pensamiento’.» 

Ya 20 años antes, en acápite llamado “Esencia y forma”, del prólogo a una selección que hice de ensayos martianos sobre arte y literatura, yo había planteado: 

        “Otro aspecto entre los muchos que pueden destacarse en la crítica martiana, es la relación que [él] vio, en la obra de arte, entre los elementos formales y los que algunos llaman de fondo o de contenido, y Martí, con más acierto, prefirió llamar ‘de esencia’. De acuerdo con su concepción de la realidad, él no consideró ambos elementos separados, sino estrechamente fundidos: “Toda rebelión de forma, dijo en 1886 al hablar de los pintores impresionistas franceses, arrastra una rebelión de esencia’.” [En este y en los demás casos, si no se indica otra cosa, el énfasis es de R.F.R.] 

Y si estos conceptos apuntan a la forma para señalar su vínculo con el pensamiento (que aquí y en otras ocasiones Martí prefirió llamar esencia, aunque es posible que para él ambos términos no se identificaran), otros parten del pensamiento y desembocan en la forma: y no solo en ella. En famoso apunte caraqueño de 1881 Martí escribió: “No hay letras, que son expresión, hasta que no hay esencia que expresar en ellas. Ni habrá literatura hispanoamericana hasta que no haya Hispanoamérica”. La primera idea reaparece en lo fundamental cuando en 1890, al escribir sobre el poeta Sellén, habla de 

        “lo de los franceses, que no tienen en esta época de tránsito mucho que decir, por lo que mientras se condensa el pensamiento nuevo, pulen y rematan la forma, y tallan en piedra preciosa a veces, cazos de finas y menudas facetas, donde vacían cuanto hallan en lo antiguo de gracia y color, o riman, por gala y entretenimiento, el pesimismo de puño de encaje que anda en moda, y es propio de los literatos sin empleo en la ciudad sobrada de literatura”. 

Por un momento me alejaré de Martí para regresar con más fuerza a él. “En Salamanca, año de gracia de 1912”, al ir a terminar su estremecedor libro Del sentimiento trágico de la vida, Unamuno estampó las conocidas palabras según las cuales ‘nuestra filosofía, la filosofía española, está líquida y difusa en nuestra literatura, en nuestra vida, en nuestra acción, en nuestra mística, sobre todo, y no en sistemas filosóficos. Es concreta’. En México, treinta y tres años más tarde, esas palabras resonarían en la introducción con que José Gaos presentara su Antología del pensamiento de lengua española en la Edad Contemporánea (1945). Pero en esa memorable antología, Gaos, quien se ciñe a la Edad Contemporánea, engloba a España y a la América española, y habla de cierta ‘literatura especial [...] de pensamiento, o pensamiento [...] a secas’, una de cuyas especializaciones es la filosofía. Más adelante plantea que los pensadores considerados por él, al enfrentar los españoles la decadencia de su patria, y al querer los hispanoamericanos lograr o cimentar la independencia de las suyas, realizan operaciones 

        “de política en la amplia acepción etimológica del término [...] y no solo en la acepción más estricta [...]. Y casi podría agregarse que en la medida en que [ese] pensamiento se aleja [...] de la política en la acepción amplia hacia la filosofía pura, desciende [...] en originalidad y valía. En cuanto a la forma, la del tratado o curso sistemático y metódico es la de la parte también menos original y valiosa [...] [siéndolo la más] la del ensayo y el artículo y la del discurso, de estilo de valor estético en muchos casos, sumo en algunos [...] Los más grandes pensadores de lengua española desde el Siglo de Oro de las letras españolas son [...] [sus] grandes prosistas [...]”. 

Me he demorado en esas citas porque a la luz de criterios como los allí expuestos es dable calibrar la relación entre forma y pensamiento en Martí. Ya en mi ponencia de 1968 “Modernismo, 98, subdesarrollo” señalé las evidentes similitudes (acompañadas de diferencias también evidentes) entre Martí y Unamuno como escritores/pensadores de la periferia de Occidente. Bien lo comprendió el arduo vasco, quien escribió que había sido “de los primeros en hablar de él en España”. Y lo que habló fue con frecuencia agudísimo. Por ejemplo, de su estilo epistolar dijo que a veces recuerda al de Santa Teresa, observación que ya había hecho el joven Pedro Henríquez Ureña; y añadió: “Ni está siempre escrito en prosa, sino en esa expresión informe, protoplasmática, que precedió a la prosa y al verso. Sus palabras parecen creaciones, actos”. Unamuno y Gaos, en líneas que acabo de citar y que voy a conjugar y abreviar, entienden que el pensamiento de lengua española está inmerso en buena parte de nuestras letras antes que en textos de explícita voluntad filosófica. Unamuno va más lejos, y llega a afirmar que está en nuestra vida, en nuestra acción. Todo esto es aplicable, paradigmáticamente, a Martí. ¿No acabamos de oír que para el rector salmantino las palabras martianas parecen creaciones, actos? Hombre de actos (sobre todo de actos de amor) fue Martí. Y en frase repetida, aunque insuficientemente asumida, Guillermo Díaz-Plaja lo llamó “desde luego, el primer ‘creador’ de prosa que ha tenido el mundo hispánico.” Lo que no puede menos que vincularse con la observación de Gaos según la cual nuestros mayores pensadores desde el Siglo de Oro son nuestros mayores prosistas (yo no olvidaría a nuestros poetas mayores, como no los olvidó Unamuno). Es pues necesario al hablar de Martí como pensador hablar de él como escritor. Y viceversa. Sobre esto se han dicho muchas cosas atinadas. Me gustaría que al citarlas, ellas incluyeran estas palabras de David Lagmanovich: “la expresión metafórica es el pensamiento martiano, constituye la sustancia misma de su pensar”. (Énfasis de D.L.) 

Lo anterior no implica desconocer la especificidad tanto de una obra de pensamiento como de una obra literaria. Pero Martí ofrece dificultades muy grandes para ser visto solo en una u otra faceta, ya que su unidad se resiste a cualquier partición. Si el incisivo comentario unamuniano tocante al estilo epistolar de aquél es válido de alguna forma para casi toda su producción verbal, el fondo de tal comentario también ilumina la figura completa del caribeño, quien da la impresión de estar situado en un momento anterior a aquel en que el ser humano se desgaja en funciones. Ya sabemos que en él el pensador no se separa del escritor. Tampoco el revolucionario político (y en este orden está igualmente entre los mayores que ha habido en la historia) se separa del espiritualista vocado hacia la trascendencia; el sediento de justicia, de la criatura erótica; el atento a las menudas atenciones familiares y amistosas, del artista exquisito; el sabio insondable, del hombre natural; el fiero demócrata, del aristócrata de espíritu; el anunciador del porvenir, del arcaico profundo. En el poema inicial de sus complejos Versos sencillos explicó: “Yo vengo de todas partes, / Y hacia todas partes voy; / Arte soy entre las artes, / En los montes, monte soy”. Max Scheler propuso en “El porvenir del hombre” que el ser humano aspirara no al superhombre, sino al “todo-hombre”. Martí se cuenta entre los escasos seres en quienes se adelanta esa meta. Con el sintagma “hombre nuevo”, de San Pablo al Che Guevara también pidieron algo similar, que fue reclamado antes del primero y lo será después del último, pues el sobrepasamiento de lo que somos es una permanente exigencia. Esa exigencia fue capital en Martí, quien vio al mundo todo “[d]e minotauro yendo a mariposa”, según su prodigioso verso libre. 

La izada
Ernesto Rancaño

La confianza martiana en la perfectibilidad de lo existente, en su armonía última (“[t]odo es música y razón”, escribió), en el amor que anima al Universo, y en la necesidad que tenemos de aceptar nuestra cuota de deber para la realización de aquella perfectibilidad y, como dijo a semejanza de tantos místicos, para gozar con fruición del beneficio de la muerte, lo acompañó siempre. Es verdad que en su pensamiento, según es habitual, hay etapas. Pero también es verdad que el núcleo de tal pensamiento, si se enriquece, no conoce alteraciones fundamentales desde que se manifiesta en su dolorosa adolescencia. Desterrado, publica en Madrid su primer opúsculo, El presidio político en Cuba (1871), donde aparece ya la nuez de sus creencias políticas, éticas, religiosas, en un testimonio de pasmosa originalidad expresiva. Allí está Martí de cuerpo entero. Acaba de cumplir dieciocho años, y esa es su temporada en el infierno (Rimbaud, un año menor que él, escribió también en 1871 su “carta del Vidente”, y en 1873 redactará su propia temporada). De ninguna de las palabras de aquel texto habrá de desdecirse Martí, como ocurrirá con toda su obra, más que escrita o dicha, inscrita. Lo que ha contemplado este veedor, y de lo que habla, es una realidad espantosa, propia del colonialismo. Pero ella le revela no solo la maldad de la opresión, sino también la nobleza de los humildes, el valor del sacrificio, la compasión (el unamuniano padecer con), lo inmarcesible del amor; le revela cuál será su combate, y su fuerza para acometerlo; le revela que “lo sobrenatural es en verdad carnal”, según escribiría luego Péguy. En esa carnalidad sobrenatural, que lo emparienta con Santa Teresa y de ahí la cercanía de sus estilos, vivirá el resto de su breve vida fulgurante. 

Martí asume desde los primeros momentos que tiene el deber de contribuir a la liberación de su país natal, y se entrega al cumplimiento de ese deber hasta su último aliento. La suya es pues, en lo más perceptible, una faena política, de inequívoco signo revolucionario. Esa faena se enriquecerá con metas sociales, a medida que Martí vaya comprendiendo cada vez más el papel que desempeña “el pueblo, la masa adolorida [que] es el verdadero jefe de las revoluciones”, aunque lo “ignoran los déspotas”, como escribió en 1880; y que, consecuente con esa comprensión, decida “echar” su “suerte” “con los pobres de la tierra”, hacer “causa común” “con los oprimidos”, según añadió diez años después. Pues no fue Martí de esos “revolucionarios suaves” a quienes zahirió en 1888, y que, siguió diciendo, “son siempre bienquistos entre las clases privilegiadas, que se entretienen con ellos, como los niños con los globos de papel”. Por el contrario, fue un radical extremo, y por ello mismo nada extremista ni demagógico. “Hombre”, postuló en 1893, “es quien estudia las raíces de las cosas. Lo otro [añadió] es rebaño”. Y también sostuvo: “Radical no es más que eso: el que va a las raíces. No se llame radical quien no ayude a la seguridad y la dicha de los demás hombres”. 

La brega que se le amplió en lo social, también lo hizo en lo político. Martí comenzó impugnando la opresión de la vieja metrópoli de América, a la cual sólo le quedaban allí a finales del siglo xix dos colonias, Cuba y Puerto Rico, que él se propuso libertar. Aludiendo a la zona donde en 1868 se diera el primer combate por la independencia de Cuba, exclamó cuando iba a cumplir diecisiete años: “O Yara o Madrid”. Pero luego añadió dos áreas mayores a sus preocupaciones en este orden: el conjunto de los pueblos de lo que pronto llamó “nuestra América”, conjunto al que se sintió pertenecer de modo entrañable y del que hizo la mejor defensa; y lo que consideró “la América europea”, los EE.UU., país donde vivió desterrado casi tres lustros, llegando a apreciar como ningún otro pensador de su ámbito las virtudes y los riesgos de la que sería conocida como la modernidad capitalista en aquella nación. Ello lo llevó a proyectar otra modernidad, alternativa, cuya primera elaboración apareció en su trabajo de 1882 “El Poema del Niágara”. Lo llevó también a ofrecer una inigualada radiografía de aquel país, en crónicas de intensa belleza y buido análisis leídas durante su vida con fervor en toda Hispanoamérica. Y por último lo llevó a dar pasos concretos para oponerse a los proyectos del naciente imperialismo de los EE.UU. contra nosotros: censurando con energía las primeras conferencias panamericanas, realizadas entre 1889 y 1891 en Wáshington; y preparando una guerra en Cuba que sería tanto contra el arcaico Imperio español como contra el flamante Imperio estadunidense. Es más: puso el énfasis en este último, como lo prueba su difundida carta póstuma a Mercado, escrita en el campo de batalla la víspera de morir en combate, en que confiesa estar cumpliendo su «deber [...] de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los EE.UU. y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”. Glosando la fórmula de su adolescencia, hubiera podido escribir entonces: “O La Habana o Washington”. Pero en realidad su propósito era ya mucho más dilatado. No solo pensaba en todas nuestras tierras de América, como expresó en la carta citada, sino que un año antes había escrito: “Es un mundo lo que estamos equilibrando: no son solo dos islas las que vamos a libertar”. Y después de mencionar al “conflicto innecesario entre un pueblo tiranizador de América y el mundo coaligado contra su ambición”, añadió: “Un error en Cuba, es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos”. 

Si el enorme horizonte de este diseño, que muestra a Martí en la otra raíz del mundo actual, no lo colocara entre los pensadores políticos de mayor envergadura, bastaría la naturaleza de su política para darle ese lugar, y otros. Pues en él la política se hallaba unimismada con la ética y guiada por el amor, en un proceso de ascenso y purificación espiritual. Lo que bien poco tiene que ver con lo que está vigente hoy. Por eso Martínez Estrada pudo decir que “su figura se nos aparece como la de un héroe anacrónico”, y se volvió a los mitos para tratar de entenderla en plenitud. También es posible pensar, como ya he sugerido, que es un anuncio del porvenir que necesitamos. Lo que tampoco tiene mucho que ver con la deplorable presentolatría a que tantos están entregados. 

A sabiendas, he estado refiriéndome indistintamente a materiales martianos en prosa y en verso, y exponentes de diversos géneros: carta, poema, testimonio, discurso, artículo, ensayo, crónica, análisis político. El pensamiento martiano se valió de esos y otros géneros. Y es que Martí ni se propuso, académicamente, atenerse a los géneros, ni, neoacadémicamente, se propuso desbordarlos. Más que géneros, vio ante sí funciones, tareas, deberes, y se dio a cumplirlos. De muchas maneras dijo que no quería que se le tomara por poeta en verso antes que por poeta en actos. Y también, que la expresión es la hembra del acto, en alusión evidente a la cópula amorosa que garantiza la pervivencia de la vida. Le habrá satisfecho el verso del Cid “¡Lengua sin manos, —quomo osas fablar!”; y le hubieran satisfecho las palabras de Bergson ¡conciencia significa acción posible! Pero nada más lejos de este hombre que el culto al acto puro de cuyas lamentables consecuencias tanto sabemos. El suyo fue acto impuro, genésico. Debido a ello, por mucho que le interesaran la forma y el pensamiento, sobre todo le interesó la función. Feliz paradoja que su entrega a la función diera en él un valor impar a las otras dos realidades. Por eso escribí hace tiempo que de no haber sido tan grave, se le hubiera podido llamar lo que Cocteau dijo de sí: el Paganini del violín de Ingres. Entre las numerosas enunciaciones del hecho, me parece particularmente justa esta que data de 1931 y es de Pedro Henríquez Ureña: 

        “[Martí] pudo, como Rubén Darío, sacrificarlo todo al solo ideal de ser poeta; pero antes quiso acatar normas de honrado; y el deber y el amor se le agrandaron: se completaron en la devoción de su tierra. [...] Pero el escritor, que se encogía para ceder el paso al hombre de amor y deber, reaparecía aumentado, transfigurado por el amor y por el deber: la vibración amorosa hace temblar cada línea suya, el calor del deber le da transparencia. Y cuando está entregado, devorado, en su devoción suprema —Cuba—, escribe ya como si se trasfundiese en la pura energía: su carta desde Montecristi, dos meses antes de caer en Dos Ríos, es como arquitectura de luz”. 

Quizá no sea ocioso recordar que la carta a la que se refiere aquí Henríquez Ureña es la que Martí escribió el 25 de marzo de 1895 al tío de aquél, Federico Henríquez y Carvajal. Lo mismo puede y debe decirse de la carta que en esa fecha Martí escribió a su madre. Y quizá aún más de un texto que el dominicano no conocía cuando hizo aquella valoración, pues se publicó por vez primera en 1941: el último Diario del Mártir de Dos Ríos. 

Porque es ejemplo soberano de cómo Martí enlazó forma y pensamiento apuntando a una función (“acción posible”), me detendré un momento en su texto esencial “Nuestra América”. Antes de entrar en él, llamo la atención sobre su locus dicendi: La Revista Ilustrada de Nueva York, donde apareció el primero de enero de 1891; y el periódico mexicano El Partido Liberal, donde lo hizo el 30 de aquel mes. A ambas publicaciones Martí envió crónicas y comentarios sobre hechos puntuales. Tal no es el caso de “Nuestra América”. ¿Cuál es entonces el género de este texto, cuya extrañeza no escapa a ningún lector mínimamente atento? Difícil resulta no ver en él, por una parte, un balance analítico de cuanto Martí llegó a saber sobre nuestra patria grande, su historia, sus componentes, sus riesgos; por otra, un proyecto que mira al amenazado porvenir. Pero resulta igualmente difícil no sentirse sobrecogido ante la imponente hermosura de aquellas palabras. Pensador y poeta están allí identificados en grado sumo. Por eso afirmé hace cerca de 40 años que en “Nuestra América” “se junta [...] el análisis penetrante del científico al vuelo poético del creador de mitos”. Y el texto, que no es una crónica, sí es, a la vez, un ensayo y un poema. O, si se quiere, un ensayo poemático, cuya densidad conceptual e imaginística es tanta que fue considerada “verdaderamente espeluznante” por uno de sus mejores comentaristas. Ya dije que solo mediante una abstracción, hecha a menudo con fines didácticos, es dable separar en Martí forma y pensamiento. Voy ahora a atender, con las cautelas del caso, a esos fines. 

En lo que toca al pensamiento, Cintio Vitier (quien después, con su acierto habitual, escribiría sobre las imágenes en el texto y prepararía una edición crítica suya) publicó en 1982 un “Esquema de ‘Nuestra América’” (c. 1973) del que me valdré libremente. Las amenazas que enfrenta nuestra América son internas: el aldeanismo y el desarraigo, y externas: el imperialismo (término que Martí no emplea en el ensayo). El primer peligro interno, el espíritu aldeano, es ciego e inane frente a los países poderosos, ciegos a su vez para los pequeños y débiles. La superación de aquel espíritu supone la autoconciencia y la vinculación con los que están en situaciones similares, para formar una cohorte unida. El segundo peligro interno conduce al extranjerismo y la traición. Su causa está en la vergüenza de nuestra pobreza y en el complejo de pertenecer a “razas” no “blancas”. El desarraigado es atraído por Europa y los EE.UU., cuya riqueza se alimenta de la explotación de nuestros países, de la cual se vuelven cómplices quienes, al abandonar nuestras tierras, hacen suyos los valores de las metrópolis. A la vergüenza se une la soberbia individualista, que lleva al desarraigado a acusar a sus pueblos de inferiores. Este punto le provoca a Martí algunas de las líneas más indignadas del ensayo. 

La supuesta inferioridad de nuestros pueblos nació del desajuste entre su originalidad y la aplicación artificial a ellos de formas nacidas en (y para) pueblos distintos. Las soluciones deben surgir de la comprensión de los problemas propios. El gobierno debe ser autóctono. La autoctonía es el antídoto del desarraigo. Por eso el hombre natural, el mestizo autóctono ha vencido al libro importado, a los letrados artificiales, al criollo exótico. Y de inmediato, la abierta impugnación de la famosa tesis sarmientina: “No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza”. 

Siete años atrás, en 1884 (cuando Sarmiento, pues, vivía aún), Martí había impugnado “el pretexto de que la civilización, que es el nombre vulgar con que corre el estado actual del hombre europeo, tiene derecho natural de apoderarse de la tierra ajena perteneciente a la barbarie, que es el nombre que los que desean la tierra ajena dan al estado actual de todo hombre que no es de Europa o de la América europea”. 

Ahora, en “Nuestra América”, dirá que el hombre natural, bueno y sagaz, defraudado en América por el desajuste entre país original y gobierno falso, puede ser manipulado por tiranos que parecen atender a los elementos naturales, pero en cuanto tales tiranos los traicionan, caen. Nuestros gobiernos han sido de “incultos” anárquicos y despóticos, o de “cultos” salidos de universidades con perspectivas ajenas a los factores reales de nuestros pueblos y al arte de gobernarlos. Por eso nuestra educación ha de basarse, en primer lugar, en el conocimiento de nuestra historia, aunque enriqueciéndose con aportes del resto del mundo: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”, escribió. Tras las guerras independentistas, se entró en el período de desajuste entre nuestros elementos peculiares, híbridos, y las formas de gobierno importadas, mecánicamente aplicadas. Y luego, una opinión que revela la radicalización del pensamiento social martiano: “Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores”. Al no haberse procedido así, la colonia continuó viviendo en la república. Pero morirá en nuestra América, donde está naciendo, en estos tiempos reales, el hombre real. Éramos una caricatura de las metrópolis, en medio de la originalidad variopinta de nuestra América, y frente a la oligarquía y sus amanuenses. Fracasaron las falsas soluciones propuestas: el libro (europeo, yanqui), el odio (tiranías, guerras civiles), y se reveló la única solución real: el amor creador. La salvación está en crear. 

s/t
Lesbia Vent Doumois

Sobrepasando los indudables peligros internos hay otro externo: el naciente imperialismo estadounidense, impulsado por la pujanza expansionista y el desdén. Al tema se alude a lo largo del ensayo: en el segundo párrafo: “¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas!”; en el octavo, con la imagen del tigre (sobre la cual volveré), que “espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina”; y en el decimoprimero, después de un acercamiento previo (“Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América...”) se plantea inequívocamente: “El desdén del vecino formidable que no la conoce es el peligro mayor de nuestra América”. Ha podido decirse que “la noción semántica de peligro determina la estructura externa del ensayo”, y que tal peligro es “el de la absorción por los EE.UU.”. Aún más: tal noción de “peligro” provoca la existencia misma de este ensayo bien complejo, pero en absoluto ambiguo, y está en la raíz de lo que según Martí debe oponerse a aquella noción, es decir, las soluciones propuestas para los peligros internos: autoconciencia, unión, valor, dignidad, creación, causa común con los oprimidos. La perenne vigilancia debe ser crítica, “pero con un solo pecho y una sola mente”, y sin odio de razas, porque no las hay. La mejor defensa se indicó desde el principio: la unión de nuestra América, concebida como una unión de trabajadores, proyectada hacia el porvenir.  

En la brillante coda, Martí evoca “el himno unánime” de “la América trabajadora”, y funde dos mitos indígenas: el del Semí o Cemí, deidad de aborígenes antillanos (que José Lezama Lima daría como apellido al protagonista de Paradiso), y el de Amalivaca, propio de los aborígenes venezolanos, cuyas semillas, de las que nacerían los hombres y mujeres de la América nueva, “sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Semí, por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar”. 

Al considerar las estructuras del texto, me valdré, también libremente, del trabajo que ya he venido citando, “Lectura de un ensayo: ‘Nuestra América’, de José Martí” (c. 1977), publicado en 1987 por Lagmanovich, quien no deja de hacer allí observaciones políticas. Después de todo, Julio Ramos pudo afirmar en 1989 que “en ‘Nuestra América’ la forma misma cumple una función política fundamental”. Hay en “Nuestra América” una estructura externa, una intermedia y una profunda. La primera, que ya se dijo determinada por la noción semántica de peligro, implica tres partes: anuncio de aquél (en los dos primero párrafos), desarrollo del tema (entre los párrafos tercero y décimo), y conclusión (en los últimos párrafos, básicamente de recapitulación y conclusión profética); en esa estructura externa son frecuentes los finales aforísticos de los párrafos, los usos variados de un mismo vocablo, la adjetivación imprevista o desconcertante, los juegos de alusiones y espejos de ciertos elementos léxicos. En la estructura intermedia, los tiempos verbales predominantes subrayan en forma notable la razón de ser del ensayo (la llamada de atención frente al peligro), lo que se revela en la elevada presencia de formas con valor de futuro, especialmente con un matiz de obligación. En cuanto a la estructura profunda, ella reside en la oposición de símbolos procedentes de los reinos vegetal y animal que “se resuelven en un gran símbolo trascendente”. Para el autor que vengo siguiendo, “el símbolo aterrador del tigre es [...] lo que constituye el verdadero motor de este ensayo martiano”, es “el símbolo estructurador de todo el ensayo”. Martí, insospechable de xenofobia alguna (en este mismo texto tan enérgico advierte que no “ha de suponerse, por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente”), ha simbolizado en su tigre, por una parte, no a un país sino a un sistema depredador, llámese colonialismo, imperialismo, neocolonialismo o con cualquier vocablo que designe la explotación y la opresión de un país por otro: tal es “el tigre de afuera”; por otra parte, a la explotación y la opresión locales, no menos abominables: “el tigre de adentro”. 

Si la doble imagen del tigre representa en este ensayo/poema fundador, escrito hace más de un siglo, lo que nuestros países tienen que combatir para salvarse, la irrupción en él de los oprimidos implica el otro polo de ese combate. Y como este último está bien lejos de haber terminado, el vertiginoso texto, auténtico manifiesto de nuestra segunda (y definitiva) independencia reclamada desde 1889 por Martí, conserva su urgente y dramática actualidad. 

Cabe, ya con el fin de estas palabras a la vista, preguntarse a qué pensamiento es dable afiliar el de Martí. Hace tiempo que se está intentando responder esa pregunta, y creo que al intento le queda todavía mucho por andar. Impresionada por la mezcla de caudalosa información y constante originalidad en Martí, Gabriela Mistral lo llamó, en paradójica fórmula feliz, “Adán culto”. Otros autores, no menos impresionados, en este caso por la familiaridad de Martí con los padres de la lengua, y deseando saber a cuál se arrimaba más su propia obra, llegaron a la conclusión de que Martí se parece tanto a ellos por coincidencia, porque es uno de ellos. Quisiera aplicar al pensamiento de Martí un razonamiento similar a los que condujeron a esos juicios. 

La información de Martí le permitió contemplar, señalando simpatías y diferencias (para usar vocablos que acuñó Alfonso Reyes), muchos orbes de pensamiento. Y en todos los casos, incluso cuando las simpatías fueron muy grandes, Martí fue fiel a sus circunstancias y conservó su rostro propio, que con frecuencia ha sido presentado como heterodoxo. En la cuestión religiosa, es obvio que don Marcelino le hubiera dado sitio a este anticlerical en su juvenil, erudita y peleadora Historia. ¿Pero no se lo hubiese dado también a un sacerdote como Teilhard de Chardin, algunas de cuyas esperanzadoras ideas conjeturé hace tiempo que Martí habría aceptado complacido? Claro, para tildar de heterodoxo a alguien, en el terreno que sea, hay que andar muy afincado en una ortodoxia, como Menéndez y Pelayo. Y a veces, hay que estar un poco o un mucho enmurallado, que no fue el caso, por ejemplo, del delicioso Chesterton, cuya singular ortodoxia no le impidió hacer de su contradictor Shaw el más hermoso elogio suyo que conozco. En cuanto a la política, a la que se dio con vehemencia, en vez de imputarle heterodoxia, ¿no es más adecuado aceptar que el radical Martí, junto a otras figuras de relevancia también ostensible, es uno de ellos? 

Los acercamientos a las criaturas magnas, sobre todo al conmemorarse cifras redondas, con frecuencia tienen mucho de rituales vacíos. Especialmente tratándose de Martí, en el sesquicentenario de su nacimiento, nuestro deber es no incurrir en esos rituales; y, a la vez, no temer decir de él lo que su grandeza requiere, aunque sepamos que no van a faltar los homúnculos que, al oírlo, pretendan escarnecernos. Por eso voy a insistir, para terminar, en que estoy convencido de que Martí pertenece a la exigua y preciosa estirpe de los fundadores de grandes creencias universales, y de que estamos asistiendo, en el comienzo del llamado tercer milenio, al inicio apenas de su expansión, como se habla de la expansión de una galaxia. Por lo pronto él es, en condiciones a menudo sumamente arduas, el tesoro mayor y el mayor escudo de su pueblo inmediato, aquel en que naciera. Pero sus lecciones están lejos de agotarse en ese pueblo. Defendió y edificó para nosotros y para los demás; para sus tiempos, que llamó de reenquiciamiento y remolde, y para los tiempos por venir. Bien lo supo quien escribió: “Mi verso crecerá: bajo la yerba/ Yo también creceré”; quien escribió: “Viva yo en modestia oscura; / Muera en silencio y pobreza; / ¡Que ya verán mi cabeza/ Por sobre mi sepultura!” Lezama afirmó que Martí es un misterio que nos acompaña. Acompañará a la humanidad durante un lapso cuyo fin es imposible prever, como es imposible prever el de la humanidad misma. Algunas de las cosas que Martí dijo quizá no las comprendamos aún del todo. Otras, han resultado proféticas en el terrible “corto siglo xx” (Eric Hobsbawm dixit): un siglo que ha visto tantas realidades negativas en su involución, confiamos que temporal, hacia la barbarie, al punto de dar la impresión de ser (como se dijo en lo económico, para nuestra América, de las pasadas décadas del 80 y el 90) un siglo perdido. Pero no vio, ni verá el siglo xxi, a los hombres y mujeres de buena voluntad conformarse con el destino que los soberbios, los poderosos y los avaros pesadillean para los crecientes pobres de la tierra; ni vio el uno ni verá el otro apagarse la luz encendida por José Martí.

*    Leído por vez primera, parcialmente, en la Casa de América, Madrid, el 15 de febrero de 1995; y ampliado, en el Instituto de Cultura Juan Gil Albert, Alicante, el 30 de marzo del mismo año. He retocado el ensayo el año 2003.

 

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