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Nelson Domínguez Cedeño (Baire,
Santiago de Cuba, 23, septiembre,
1947), graduado en la Escuela
Nacional de Arte en 1970, con una
amplia y destacada carrera
artística, se presenta en febrero
con una muestra personal en el Museo
Nacional de Bellas Artes por segunda
oportunidad (la primera vez fue en
1983, en ocasión del aniversario 70
de la creación de esta institución).
Esta exposición nos demuestra a
Nelson Domínguez, en su madurez y
plenitud, como un audaz
experimentador de las disímiles
técnicas y materiales en las cuales
la improvisación constituye el
leiv motif de toda su obra. En
ella aparecen personajes
neoexpresionistas dotados de
fantasía y realidad, plenos de
misterio, ofreciendo una visión en
la que se mezclan cualidades
táctiles, armonizando lo matérico y
lo gestual mediante la mixtura de lo
abstracto y lo figurativo. La
preocupación por el relieve es un
elemento imprescindible en este
proceso de integración entre el
material y la expresión individual
de un artista que siente cómo crear
se convierte en un acto de
desinhibición que se aproxima cada
vez al juego.
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La génesis de estas obras,
realizadas en 2006 y principios de
2007, está en sintonía con la
decisión de Nelson Domínguez de
preparar un proyecto novedoso y
coherente de su quehacer para el
Museo Nacional de Bellas Artes. Tras
una etapa de reflexión, proyecta
Maderas y papeles, dando rienda
suelta a una remota inquietud
postergada y emprende este resumen
de su percepción con respecto a las
potencialidades de estos soportes.
Dominado por sus orígenes, Nelson
concibe este ensayo sobre la
naturaleza humana desde la condición
de la presencia activa y en
movimiento del individuo, asumiendo
lo esencial del concepto a partir de
presupuestos artísticos que
privilegian el uso de la madera,
material por el cual siente una
preferencia especial junto a la
preeminencia del dibujo, razón de
ser de sus creaciones. Reúne
exponentes con características
similares en cuanto a la dedicación
que le ha procurado Nelson, quien ha
transitado por diversos caminos con
una notable trayectoria en la
creación artística.
Su marcado y mantenido interés por
la experimentación en su actividad
creativa le ha acompañado desde su
graduación en la Escuela Nacional de
Arte. Sus primeras exploraciones en
el dibujo o en el grabado, tanto en
piedras, linóleo, maderas o metales,
–cauce
que le ha permitido apropiarse de
una disciplina y seguir en otra sin
rodeos ni temores–,
su desempeño con el barro en la
creación de piezas de cerámica y las
esculturas en metal garantizan el
predominio y la importancia que les
concede a los tanteos morfológicos
en diferentes manifestaciones así
como su inclinación por los tanteos
tanto en soportes o pigmentos,
características compartidas con la
buena factura a la par con el valor
de lo espontáneo.
Situada en el patio, La marcha
recibe al espectador. Esta
instalación constituye una escultura
formada por piezas ensambladas que
representan siluetas de figuras
humanas, manteniendo el color
natural de la madera con un preservo
de cera. Conjunción dinámica y
expresiva cuya armazón deviene
expresión de resonancia colectiva y
testimonio irrecusable para, desde
la aprehensión de la metáfora, crear
con acento estético y originalidad,
una asociación visual integrada a la
realidad nacional mediante
yuxtaposiciones metafóricas.
Propicia una lectura basada en su
significado como alegoría visual y
sígnica, constituyéndose en icono
representativo a partir de su
reflexivo valor intrínseco para
nuestro contexto.
El vestíbulo de la tercera planta
acoge una suerte de tendedera
compuesta por tres telas con la
impresión serigráfica de sendas
obras de Wifredo Lam, René
Portocarrero y Servando Cabrera
Moreno, sostenidas por sugerentes
palitos de madera. Estas imágenes
recurrentes nos hablan de una
esencia que va más allá de lo
fenoménico, de lo visible, para
adentrarnos en la referencia a lo
cubano mediante la presencia de tres
grandes de la plástica cubana.
Sincero homenaje a la significación
de estas figuras en el decursar de
la historia del arte nacional como
maestros de sucesivas generaciones.
Desde una perspectiva estética
atractiva, esta grandilocuente
instalación está formada por
estructuras
–enormes
palos de madera pintados con óleo y
quemados o resueltos con maderas
caladas y pintadas, algunas
trabajadas con fuego y todas
cubiertas de cera como preservante;
o realizados en metal trabajado con
convertidor de óxido, lo que permite
dibujar sobre esa superficie o
propiciar la oxidación de algunas
áreas buscando el contraste y la
diferencia de apariencia en la
terminación de la obra, mientras
otras están policromadas y
trabajadas a la manera de la
encáustica. Conforma un conjunto que
demuestra la diversificación y
pluralidad de los soportes
expresivos utilizados para
representar a los espectadores,
quienes, cual metáfora propia del
imaginario del artista, admiran las
telas suspendidas en lo alto.
Se destacan la diversidad de diseños
de palos de tendederas
–con
su elemento central de metal añadido–,
realizados en diferentes materiales:
mármol, madera, metal y papel,
agrupados para ofrecer las múltiples
posibilidades de los materiales al
uso. Comunión concebida para lograr
el objetivo propuesto: una
instalación bien nutrida con
trascendencia estilística y
versatilidad asumida en términos
tridimensionales. Al desarrollar
esta disciplina escultórica e
instalacionista impone variedad y
profundidad al hecho artístico,
aprovechando las posibilidades de
riqueza que propone la utilización
del fuego o el calado en las
maderas, cualidades que procuran
efectos y complementos a las
composiciones.
En esta oportunidad, el testimonio
de su poética rinde tributo a una
proyección esencialmente
manufacturera. Gracias a su
fascinación por producir papel de
naturaleza múltiple, Nelson presenta
en la galería transitoria del tercer
nivel una importante y
representativa colección de estos
dibujos. Pionero en esta modalidad,
en 1971 se adentra en los misterios
de la creación de papel
manufacturado para retomarlo luego a
lo largo de su trayectoria
artística. Ahora hace uso de ella
con un carácter predominante que
alcanza un lugar destacado en esta
muestra. Grandes superficies que nos
hablan de su fidelidad al dibujo,
manifestación que ha ocupado un
lugar sobresaliente en su creación,
mediante una impronta aferrada al
neoexpresionismo junto a la
gestualidad de los trazos pintados
con tonalidades creadas a partir de
la propia tierra. La conjunción de
los valores del colorido terroso,
junto a la sutileza del trazo, anima
este conjunto de gran fuerza
expresiva y comunicativa al lograr
la emancipación del sentimiento
sacando la expresividad tanto en la
concepción de la pieza, como en su
realización. Nelson deja aferrado en
sus dibujos ese neoexpresionismo
típico de sus pinturas y grabados,
en el cual confluyen la pericia
artesanal imprescindible y su
natural talento.
Con los elementos sobrantes del
calado de la madera, el incansable
artífice sigue creando al darle uso
a la recortería y emergen las
Crucifixiones, concebidas desde
una perspectiva
abstracto-figurativa. La adición de
elementos residuales integrados,
cual si fuera un juego de
representaciones a la manera de un
rompecabezas, propone diseños
diferentes donde imperan los
volúmenes geométricos. Asume una
postura lúdica al componer
estructuras convincentes y
atractivas en la cual los propios
trozos le van sugiriendo cómo ser
colocados para conseguir la
efectividad deseada. La
conceptualización de esta elección
está dada por la necesidad humana de
exorcizar determinadas imágenes y
esa propia permanencia conjural le
confiere al compendio de relaciones
una carga de energía y un rico
caudal visual e intelectual.
Nelson parece advertir que ha
seguido una estrategia en esta
propuesta: todo está hecho en casa.
La concepción de la muestra está
enclavada en esa necesidad de armar
aleatoriamente, de no tener nada
preconcebido, de mantener las ansias
de experimentar e investigar y de
llevar a vías de hecho, con
sencillez y austeridad, las
diferentes maneras que exige lo
artístico para conseguir ese poder
comunicativo entre el creador y el
espectador.
Centrado en dos vertientes
fundamentales alcanza el objetivo de
expresar sus emociones plenas de
redundancias iconográficas, apegado
a los diferentes componentes
figurativos, reproduciendo la
pluralidad propia del Caribe y
reflejando un sedimento cognoscitivo
plenamente identificado con nuestra
idiosincrasia insular y caribeña.
Con este empeño de amplia resonancia
estética, Nelson refuerza sus
basamentos conceptuales al tiempo
que ratifica cómo su obra se
inscribe por derecho propio dentro
de las principales corrientes del
arte contemporáneo cuando le imprime
a su arte de base ortodoxa una
mezcla de fórmulas innovadoras
características de su labor
artística, sacando la expresividad
de lo creado tanto desde el punto de
vista de la concepción de la pieza,
como por la reformulación del
significado del arte, donde tienen
lugar las más rebuscadas y
elementales maneras de expresión en
torno a su reflexión acerca del
individuo y su devenir a partir de
un prisma de cubanía y
universalidad. |