Año V
La Habana

20 - 26 de ENERO
de 2007

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ENTREVISTA CON María Elena Molinet

Una mujer peleadora

Beatriz Benítez • La Habana
Foto: Pepe Murrieta

María Elena Molinet, René de la Cruz, Eduardo Pascual y René Fernández fueron merecedores del Premio Nacional de Teatro del año 2007. Para la decana del diseño cubano esta distinción representa un alto honor. “Muchas veces había estado propuesta para este Premio y cuando finalmente me comunicaron que se me había entregado comencé a llorar. Lloraba de alegría, de satisfacción. Ahora, ya repuesta de la emoción, me llena de orgullo haber sido escogida para tan gran reconocimiento, aunque lo que más me satisface es que se haya reconocido por primera vez el diseño escénico”.

Condecorada igualmente en los primeros días de 2007 con el Premio a la Enseñanza Artística y acreedora con anterioridad de la Medalla Alejo Carpentier y la Distinción por la Cultura Nacional, entre otros reconocimientos, María Elena Molinet se considera así misma “una mujer peleadora. Luchadora no, porque esa palabra no me gusta. Pero sí he peleado, y mucho, a lo largo de estos casi 50 años de desempeño profesional por alcanzar objetivos trazados. Por esta Revolución he peleado mucho y aún peleo, algo de lo que me alegro pues mientras más peleona, más revolucionaria soy. Peleo por lo mal hecho y también conmigo cuando no he sido capaz de trabajar con la calidad que siempre me he exigido. Pero todas y cada una de esas peleas no han hecho si no traerme felicidad”. 

¿Cuándo descubrió que era el diseño lo que más le gustaba hacer?

A diferencia de otros niños que en sus primeros dibujos pintan caminitos, casitas, árboles y el sol, a mí me dio por pintar gente, muñequitos. Al principio los representaba desnudos, con sus diferencias de sexos, por supuesto. Pero como esas representaciones me acarrearon no pocos castigos comencé entonces a pintarlos vestidos. Poco tiempo después apareció aquello que se dio en llamar Cuquita la mecanógrafa. Era una muñequita a la que se vestía con la ropita que semanalmente venía en el periódico. Un día me dije que si los del periódico confeccionaban la ropa de mi Cuquita, ¿por qué no podía hacerlo yo? Por esa época estudiaba en una escuela de monjas y a escondidas de ellas me daba a la tarea de hacer los trajes de mi muñeca. Enteradas mis compañeras de mis entretenimientos, enseguida me pidieron no solo vestidos para sus Cuquitas, sino que les confeccionara sus muñequitas. Así, haciendo Cuquitas y confeccionando para ellas ropas con los más variados modelos, fui descubriendo mi inclinación por el diseño.

Posteriormente matriculé en San Alejandro donde pretendía estudiar pintura. Sucedió, sin embargo, que en ese centro me involucré mucho con un grupo de estudiantes que fueron después artistas muy reconocidos, entre los que se encontraban Agustín Fernández y Tomás Oliva. Tanto a Agustín como a Tomás les interesaba el teatro y con ellos me colaba en las salitas, que ya existían en buen número en nuestra capital, cada vez que teníamos una oportunidad. Fue entonces cuando conocí el teatro por dentro y me quedé fascinada. Vi cómo se hacían las escenografías, cómo se pintaban y hasta yo misma lo hacía con escobas viejas y ayudé a hacer escenografías. Durante ese tiempo descubrí ese mundo increíble y encantador que es el teatro. Aprendí cómo se iba conformando el ambiente, la iluminación y las imágenes para después, como un todo, mostrarlo al público. Comprendí, en fin, que aquel era mi mundo, que era eso precisamente lo que siempre había querido hacer y, ya conocedora de lo que había detrás y antes de una puesta en escena y a sabiendas de que lo que me interesaba no era pintar sino las imágenes en movimiento, realicé profesionalmente mi primer diseño para una obra de teatro.  

En los años 50, por problemas políticos, usted se estableció en Venezuela. ¿Cómo repercutió en su formación profesional esa estancia en la tierra de Bolívar?

Durante el gobierno de Batista, por problemas políticos, tuve que salir de Cuba. Fui a vivir a Venezuela donde tuve la gran dicha de conocer a Alejo Carpentier y a su esposa, quienes como yo y otros intelectuales cubanos y de otras tierras habían encontrado refugio en la tierra de Bolívar.

En Venezuela me vinculé a un grupo muy interesante de teatro popular que también incluía danza. Con esa agrupación viajábamos por el interior del país. Visitamos regiones muy intrincadas, habitadas algunas de ellas por indígenas. De ellos aprendimos sus danzas y su música, que utilizamos después en distintas presentaciones públicas.

Fue por esa época que conocí a América, la América de la que había hablado y escrito Martí, y esos años en Venezuela a la vez ayudaron mucho en mi formación ética e ideológica. Esos años fueron muy importantes para mí como creadora y como profesional.

Precisamente con esos diseños creados durante mi estancia en Venezuela, hemos previsto montar una exposición en la Casa de la Obrapía en el próximo mes de julio.  

Una vez concluido su desempeño como profesora en el Instituto Superior de Diseño (ISDI) ¿cesó en María Elena Molinet su pasión por enseñar?

Por supuesto que no. Creo que esa pasión por enseñar nació conmigo y cesará cuando finalmente deje de respirar. Todavía con mis 87 años continúo enseñando, la diferencia es solo que ya no lo hago en el ISDI, sino en mi casa.

Para hacer un poco de historia quiero relatar que cuando se crearon las primeras Escuelas de Arte fui de las primeras en acudir al llamado de Fidel. No sabía lo que era enseñar. No tenía siquiera la más remota idea de cómo hacerlo, pero de todos modos me sumé al grupo que formaría a las nuevas generaciones de artistas. Desde entonces la docencia me fascinó. Y después de concluida esa tarea inicial continúe trabajando en el Instituto Superior de Arte (ISA) y en el Instituto Superior de Diseño (ISDI). En ambos impartí clases teóricas y prácticas de diseño. Un día, sin embargo, me di cuenta, como había sucedido en el cine y en el teatro donde ya no rendía con la calidad que me he exigía, que mi trabajo no era el mismo y decidí dar por terminada igualmente esa etapa de mi vida profesional.

Pero de cualquier manera ya había ayudado a formar a varias generaciones de diseñadores y todavía sigo “haciendo diseñadores”. No son pocos los estudiantes del ISDI, del ISA y de otros centros que vienen a visitarme en busca de asesoría. Otro tanto ocurre con la gente del teatro y el cine. A todos los ayudo, les enseño cuanto he aprendido, les muestro cómo hacer esto o aquello. O sea, que con bastante frecuencia pongo a disposición de todos ellos mis conocimientos, porque enseñar es mi pasión. Mi labor docente se hace extensiva también a charlas, conferencias, clases magistrales, realizadas dentro y fuera de Cuba.

Investigar y trabajar es lo más importante en la vida de un diseñador...

De la misma manera que he dedicado mi vida a trabajar, a diseñar, también he investigado mucho. Cada vez que trabajaba para una película, para una puesta en escena, dedicaba días y hasta meses investigando. El acto creativo viene, se produce, pero solo cuando se ha estudiado, cuando se ha investigado a fondo la razón de ser de cada diseño.

Me llena de satisfacción y de orgullo —de orgullo sano, por supuesto—, haber llegado a dominar aspectos conceptuales de la vestimenta. Estos aspectos aprendidos después de largas jornadas de investigación y estudio y en el trabajo para el cine y el teatro aparecen explicados en los cuatro libros que he escrito. El primero de ellos, ya publicado, se titula La piel prohibida. El segundo, en proceso de edición y aún sin título, trata sobre la ropa ritual popular de la santería cubana. El tercero y el cuarto se encuentran en fase de terminación. El primero de estos últimos aborda la imagen del hombre cubano, mientras que el último ya lo he titulado Teoría de la imagen del hombre. Una Teoría ampliada de la vestimenta

Con 87 años de edad y casi 50 de incansable actividad profesional, la decana del diseño cubano ¿se siente verdaderamente realizada, feliz?

He tenido una vida plena, por eso me considero una mujer feliz. A lo largo de mis 87 años de edad y mis casi 50 de desempeño profesional he atravesado por situaciones buenas, pero también por muchas muy duras, muy difíciles. Cuando estas se han producido, para darme ánimo y encontrar fuerza suficiente para salir rápidamente de ellas, me he dicho: por esos problemas pasa todo el mundo. Entonces, sin llegar a ser superficial me aferro al lado alegre, hermoso, de la vida, a las enseñanzas que puedo obtener de esas situaciones difíciles. Así he conseguido que mi vida sea muy fructífera y entre otras grandes dichas quiero resaltar dos: haber vivido varias etapas de la historia de mi país y desempeñarme profesionalmente en lo que me gusta, en lo siempre quise ser.

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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