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Ayer
tuve la difícil tarea de ser jurado del
Premio Nacional de Teatro 2007. Luego de
poner por turno las cartas sobre la
mesa, como estableciendo principios
individuales que servirían para el
análisis colectivo, comenzamos todos a
desbrozar el camino. En un primer
momento avanzamos con rapidez, pero una
vez acordados los ocho nominados, nos
trabamos bastante para arribar a los
premiados. Esos nominados fueron, es
decir, son: René de la Cruz, René
Fernández Santana, Armando Morales,
Eduardo Arrocha, Armando Suárez del
Villar, María Elena Molinet, José Milián
y Graziella Pogolotti.
Habíamos dejado exactamente un tercio
del conjunto original propuesto por
diversas instituciones y personas. Mas
qué hacer, cómo discernir ante actuantes
hojas de vida cuyas sendas merecen en
todos los casos ese reconocimiento por
haber entregado la vida al teatro y
haber conquistado un lugar dentro de él.
Por
razones obvias, no puedo contar aquí ni
en otra parte, esas idas y venidas que
todo jurado, de la naturaleza del
nuestro, padece. Dar vueltas a veces
sobre un mismo punto, volver a los
enunciados iniciales de la sesión,
retomar ideas o nombres que parecían
quedar atrás.
De la
gran actriz Hilda Oates, presidenta del
jurado, el diseñador escénico Otto
Chaviano, el director Raúl Martín, la
músico Pura Ortiz, el actor Ramón Ramos,
el actor y director Ángel Guilarte y
este crítico, emergió por unanimidad una
propuesta atrevida, nunca antes
legitimada por el Premio Nacional de
Teatro. La concesión de cuatro
galardones de igual categoría para René
de la Cruz, René Fernández Santana,
María Elena Molinet y Eduardo Arrocha.
Entre ellos resalta el reconocimiento
que, por primera vez a esta altura, el
Premio hace al diseño escénico como
profesión en las obras de Molinet y
Arrocha, así como al trabajo para niños
y de títeres, y la labor desarrollada
íntegramente fuera de La Habana, en la
de Fernández Santana. Discusiones y
criterios vendrán, pero la suerte de
nuestro jurado está echada.
A una
larga trayectoria, comenzada antes de la
Revolución, y que tiene como punto
culminante su oficio de actor y director
en el Teatro del Tercer Mundo y en el
Teatro Político Bertolt Brecht, René de
la Cruz suma su inolvidable paso por el
cine y la televisión, entre cuyas
encarnaciones nadie borrará su Julito,
el pescador, personaje que le otorgara
casi una nueva identidad ante los
cubanos.
María
Elena Molinet camina jovencísima hacia
sus noventa años, presta siempre a
enseñar cuanto sabe, lo que la hizo
merecer al finalizar diciembre el Premio
Nacional de Enseñanza Artística. Su alma
de fundadora la ha llevado a prodigarse
en el diseño para teatro –recordad su
emblemática María Antonia–, junto
a Roberto Blanco, Vicente Revuelta,
Rolando Ferrer o Abelardo Estorino.
También en el cine al lado de Gutiérrez
Alea, Solás o Manuel Octavio Gómez. Ha
escrito y publicado libros, ha expuesto
en medio mundo, es autora de una obra
inabarcable.
Eduardo Arrocha es reconocido desde hace
años como el más exquisito de los
diseñadores escénicos. Hace poco volvió
a mostrar toda su solidez en la
soberbia faena que realizó para
Escándalo en La Trapa. Su itinerario
de producciones es también interminable
y se ha volcado tanto en clásicos como
en contemporáneos, siempre tras la
belleza y la significación. Ni qué decir
de su obra como diseñador para la danza,
que bien le merecería el Premio Nacional
de ese arte.
René
Fernández es un fundador de pies a
cabeza. Ha hecho un grupo, Papalote,
fundamental en cualquier recuento del
teatro nacional, un edificio para
acogerlo, que es un referente de todo
matancero y de mucho otro público del
país. Ha escrito texto que se
representan y publican dentro y fuera de
Cuba. Ha hecho una escuela con una
técnica, ha construido una poética, ha
creado descendencia. Ha hecho un
festival, el Taller de Títeres de
Matanzas, el más importante en su género
en Cuba. Sin él, en fin, no existiría el
movimiento teatral de Matanzas tal cual
es.
Escribo ahora apremiado por el cierre y
ello explica que no me prodigue como
cada uno merece. Pero pronto pondré mi
cabeza en la almohada y regresaré a las
tantas imágenes que guardo de los cuatro
Premios Nacionales de Teatro 2007.
Soñaré con que no nos equivocamos. Me
dolerá pensar que podían haber sido
otros, a los que en su momento llegará
este gran reconocimiento. Pero
descansaré sabiendo que, sin desdorar
sus individualidades, ellos representan
también a universos completos de nuestro
teatro. Y que ellos lo merecen y lo
son. |